Y fue leyenda

Drama

Cuando el turco llegó al pueblo su cara le valió el sobrenombre de Quimbombó. Al principio solo era un rumor que corría subrepticio, como una nube jocosa, bajo los mentones de los jóvenes, que a su paso, ni intentaban disimular la risa que les provocaba el aspecto del gordito turco con cara de ají.

Ilustración de Pilar San Martin - 2021

El ingenioso del grupo, apodado El Hidalgo, por justiciero de causas perdidas, había creado un cantito: “okra, quimbombo, gombo, gumbo, turco ají”nota y el Fideo Barriga, mote que le habían asignado antes de que la tuberculosis lo transformara en enclenque y flaco, lo acompañaba con la armónica. A raíz del instrumento y de la enfermedad padecida, lo único grueso que conservaba eran sus labios ya de por sí bastante prominentes por ser mulato.

El Enano, que medía dos metros, casi nunca sonreía, no sabían si porque miraba a todos desde arriba como queriendo mostrar superioridad o si porque carecía de sentido del humor, era el único que no festejaba los cánticos pero tenía la actitud más violenta del grupo.

Al Lungo, que medía apenas un metro sesenta, le daba pena el turco pero no se quería arriesgar a ser llamado muñequita por compadecerse de la víctima, de modo que festejaba las ocurrencias y con apenas una tenue voz cantaba junto con los demás.

El muchacho, que ni era tan gordo ni tenía tanta cara de ají, no conocía el significado de los términos de la cantinela y por eso al pasar, saludaba con una sonrisa amistosa que daba la impresión de querer integrar el grupo algún día. Pero solo recibía puteadas y más burlas como respuesta.

En ese lugar tropical, donde el viento era algo semejante a una brisa hirviente que parecía provenir de una estufa, todos se movían en cámara lenta y ellos, ni siquiera eso; se sentaban en el umbral del local cerrado desde que el gallego había muerto y que había dejado al pueblo sin un mísero bar donde refrescarse, añorando el enorme ventilador de techo que allí había mandado a colocar el finado y que fue el mayor acontecimiento del pueblo en aquel año.

Los jóvenes se reunían cuando terminaba la jornada de trabajo y vislumbraban la posibilidad de ver el paseo de las jovencitas por las veredas de la plaza situada enfrente.

La familia del turco se había establecido sin que nadie supiera de dónde procedían, pero prácticamente todo el pueblo desfiló, intrigado y curioso, durante días por delante de la tienda que el jefe de familia instalaba con la ayuda de su hijo. Muchos colores iban llenando los escaparates y parecían instalar el arco iris en el gris pueblerino. Decenas de rollos de telas multicolores fueron acomodadas en líneas verticales y horizontales, junto a tapices y alfombras con dibujos de Oriente, que solo actuarían como decoración, porque, en el infierno sofocante que era ese pueblo, caminar sobre alfombras cuando ni descalzos soportaban el calor de las baldosas, era impensable.

Por el contrario, las telas se veían estupendas para aquel clima, lienzos livianos, linos, algodones, organzas y sedas, la mayoría de colores claros en tonos pastel, estimulaban la imaginación de las señoras que ya comenzaban a diseñar futuras prendas. Solo unos pocos rollos aparecían como manchas negras infiltradas en tanto colorido, pues el turco también anticipaba los lutos por venir. El hombre, buen comerciante, conocía muy bien cómo debía surtir su tienda, se apreciaba que no era improvisado, tal oficio se había ido transmitiendo de generación en generación con lo cual parecía marcado el futuro para su hijo. El joven le tomó muy pronto la mano al negocio, se podía observar cómo disfrutaba entre encajes y mujeres. En poco tiempo conoció las preferencias de cada una de ellas y, por la paciencia y el buen gusto que poseía, fue famoso en el pueblo y también en los poblados cercanos.

Una noche en que el Enano y el Hidalgo volvían empapados en alcohol vieron pasar a una joven envuelta en telas vaporosas que se dirigía en una moto hacia las afueras del pueblo, allí donde existían lugares para placeres considerados pecaminosos. Creyendo que una prostituta nueva trabajaba en el cabaret, organizaron con el resto del grupo una visita para el fin de semana. El Lungo inventó una excusa para no acompañarlos y el mulato agradecido por la inclusión ofreció pagar las copas.

El sábado, en el auto hurtado al padre del Enano, partieron con los gargueros ya bien humedecidos, profilácticos en los bolsillos y el ánimo eufórico que se fue elevando cada vez más durante el trayecto.

Hombre y Mujer - Fernand LegerAl llegar al local recibieron la primera sorpresa, un cartel sencillo pero bien iluminado anunciaba: “Hoy gran actuación: “LA QUIMBOMBÓ”. Sin comprender cómo y desde cuándo se podía anunciar de tal modo a una nueva prostituta y además con ese nombre, ingresaron al local donde encontraron montado un escenario en el que se anunciaba como “la Piaf del Caribe” al famoso transformista La Quimbombó, recién llegado desde Bahamas, Su actuación fue incomparable, muchos parroquianos que nunca habían escuchado mencionar algo sobre transformismo, ni alcanzaron a darse cuenta de que se trataba de un hombre, y además de fantasear escenas libidinosas con esa belleza morocha y bien curveada hubieran querido tener cuatro manos para aplaudir más aún, su magnífica voz y el entonado canto.
Pero los guapos del grupo que habían ido con otras intenciones reconocieron al turco, lo odiaron de inmediato y decidieron darle el escarmiento que el justiciero consideró obligatorio.

Después de la actuación, con el local vacío y las calles apenas iluminadas por farolitos coloniales muy vistosos pero poco prácticos, salió el turco abrazando al Lungo, la amistad que los unía dejó desconcertados a los otros que demoraron unos minutos en reaccionar, para después rodearlos y darles, ahora a los dos, la paliza programada que los escarmentara por varios motivos: ocultar su afinidad, ser artista y sobre todo tener éxito, algo que los fracasados pueblerinos no estaban dispuestos a permitir.

Pero la sorpresa fue mayúscula cuando los que debieron ser víctimas resultaron excelentes pugilistas que siguiendo la consigna ajedrecista de que “la mejor defensa es un buen ataque” les dieron una felpeada memorable dejándolos más avergonzados que amoratados.

Terminado el contrato del turco en ese cabaret, con la tienda cerrada desde hacía un año, después de que sus padres habían muerto con poca diferencia de meses, no se los vio más a él ni a su amigo.

Con los años fue llegando la modernidad también al pueblo y la televisión mostraba flashes de la actuación del famoso transformista.

Y hoy, a pesar de los setenta y pico por cumplir, sus prácticas están inalterables. Le siguen llamando La Quimbombó y es leyenda en el Caribe.

 

CuauhtémocC

Etiquetas: Edith, Drama

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