Vía crucis

DramaHumor

Lo logré. Un largo salto y un estirón me permitieron asirme de un tirador, me imagino que puesto allí para situaciones como la vivida por mí en ese momento, y colocar el pie en el estribo de la puerta del colectivo que ya iniciaba movimiento.

Satisfecho y feliz inspiré para llenar al máximo mis pulmones. Tomé un nuevo impulso y, ayudándome con unos estratégicos empujones para los que utilicé hombros, codos y cadera, pude subir el par de peldaños restantes y alcanzar el pasillo central del atiborrado vehículo.

Lo primero que sentí y que borró por unos instantes mi sonrisa, fue el repulsivo olor a cebolla que se desprendía de una camisa. Si bien era indudable que en sus orígenes había sido confeccionada en algún tipo de hilo blanco, el uso y abuso de la prenda que se colocó a escasos centímetros de mi prominencia nasal, solo tenía vestigios de ese color cuando su portador levantó el brazo para asirse del tubo de seguridad que atravesaba, a lo largo, el techo de la buseta.

—¡Por Dios! —exclamé en voz baja, mientras volteaba la cabeza para evitar aspirar aquella hediondez que arrugaba la pituitaria.

Sin embargo, el cuadro que se presentó frente a mí a continuación no fue más alentador: un hombre de mediana edad y de baja estatura clavó en mis ojos su vidriosa mirada, dándome a entender con un gesto de desagrado que había violado su espacio.

—Carajo vale ¿me vas a tumbar? —atinó a decirme con voz pastosa, inequívoca señal de que los vapores emanados del aguardiente consumido nublaban su cerebro. El inconfundible olor a alcohol en proceso de digestión se coló a través de su aliento e impactó mis pulmones que, en ese momento, buscaban con urgencia aire fresco, después del ayuno a que habían sido sometidos cuando huí de la amenaza previa.

Con la idea de no prolongar mi estadía frente al bamboleante personaje, giré mi humanidad y me interné más en la saturada cabina, a la vez que decía a manera de disculpa y con la firme decisión de no estropear ese maravilloso día:

—Lo lamento señor, no fue mi intención.

Con resignación pensé en la aventura que iniciaba... en el calvario que debía transitar en aquel desvencijado transporte: veintiocho cuadras y catorce paradas para llegar a mi destino.

El vehículo, ya en pleno movimiento, hacía que los pasajeros danzáramos al ritmo que los baches de la destrozada calle imponía. Cada segundo nuestros cuerpos se agitaban como en una “coctelera”, batiéndose unos contra otros debido al efecto que la inercia y los frenazos producían sobre las diferentes masas corpóreas de quienes soportábamos con estoicismo, y en aras de la economía familiar, el obligado error de montarnos en una de esas licuadoras rodantes.

—Me deja en la esquina, “porfa” —se oyó decir a alguna dama desde el fondo del pasillo.

Un minuto después el bombeo del pedal del freno por parte del conductor, nos hizo bailar de nuevo el recordado “caderú”.

Como un remolino comenzó a formarse en la parte trasera del vehículo al escucharse por segunda vez la voz femenina:

—¡Déjenme pasar “porfa”!

—¡Dale “pa’lante”! —gritó casi de inmediato un individuo que intentaba dar paso a una señora cuyas características físicas y carga adicional, impedía que la operación se llevase a cabo sin la evacuación previa del pasillo central del colectivo.

—¡Bájense para que pueda salir la señora! —gritó el hombre, esta vez muy cerca de mi oreja, redoblando a continuación la empujadera para desocupar el vehículo.

No menos de quince personas tuvimos que bajar para que, finalmente, una señora de monumental humanidad, cargando un “niño” de más de cinco años y una enorme mochila escolar, pusiera sus pies sobre la calle.

—Gracias, jóvenes... disculpen, pero el bebé se durmió —nos dijo amablemente la dama a manera de justificación, mientras el “chico”, abrazándose a su cargadora y con uno de sus pulgares en la boca, nos miraba con una sonrisa burlona en el rostro.

Vuelta al pasillo. Ayudado de nuevo con mis codos y cadera, esta vez llegué casi hasta el fondo de la buseta, donde, si bien disminuía la posibilidad de bajar otra vez, debía soportar un agobiante calor y una creciente concentración de aire viciado; pues los pasajeros que ocupaban las ventanillas comenzaron a cerrarlas como consecuencia de la lluvia, que empezó a caer con fuerza.

Aunque no lo pude creer, aparte del anormal balanceo y las gotas de sudor que resbalaban por mi cuerpo, no se presentó ningún otro incidente durante las siguientes cuatro paradas, hasta que, al arrancar violentamente el vehículo, sentí que uno de mis pies era aplastado por otro cuyo propietario resultó ser el beodo ejemplar con el que me topé al inicio del “tour”.

—Caramba señor... tenga cuidado —le reclamé, intentando mantener la compostura, pero sin poder evitar que un gesto de dolor asomara en mi rostro.

—¿Otra vez tú? ¡Qué broma, vale! —contestó mientras su cuerpo, saturado de alcohol batido, hacía unas convulsiones que me pusieron los pelos de punta de solo imaginar que una debacle como la que pasó por mi mente, sucediera en ese mismo lugar.

Necesitaba huir, alejarme de esa bomba de tiempo, por lo que, dándole la espalda, arremetí contra una señora ataviada de negro, única persona que me separaba de la puerta de emergencia, a la que no dudaría en reventar si el individuo se me acercaba de nuevo. Al superar el obstáculo humano posé mi espalda contra la puerta y me quedé vigilante, sin apartar los ojos del aguardentoso de marras.

Ilustración de @pilar.san.martin, experimenta con el arte y el diseño ecológico (© 2021)

Dos paradas más. La mitad del viaje había transcurrido sin mayores percances.

—Me deja en la próxima — gritó el tambaleante borrachín.

—¡Aleluya! —Dije en voz alta sin poder evitarlo, lo que consiguió que por unos segundos el sujeto, que no puso ni un instante en duda quién había sido el autor de la expresión, me dirigiera una mirada cargada de odio e intentara dar unos pasos en mi dirección.

Pero la suerte me acompañó, pues el frenazo en esta oportunidad fue tal, que todos nos vimos lanzados hacia la parte anterior del vehículo. Asumo que el individuo dio por perdida la batalla, porque dando traspiés comenzó a caminar hacia la puerta. No puedo negar que dejé escapar un suspiro de alivio cuando tamaña amenaza era devorada lentamente por el enjambre de cuerpos que tapiaban el pasillo.

Una parada más. Ya sólo faltaban cuatro estaciones. La sonrisa volvió a mi cara y la emoción se hizo presente de nuevo.

—¡Desgraciado! —gritó de repente la señora de negro, que se había mantenido a mi lado.

Di un respingo pensando que se dirigía a mí, cuando la mujer le mandó un cachetón a un adolescente que intentó despojarla de su monedero aprovechando el apurruñamiento existente.

Como lo que soy… todo un caballero, salí en defensa de la agraviada: estiré el brazo y agarré por la pechera al carterista, quien a manera de defensa y emulando a un perro rabioso, lanzó una dentellada que, gracias a Dios y a mi inmediata reacción, no logró alcanzar la piel de mi antebrazo.

No retrocedí ante la inesperada respuesta y, sin rehuir el combate, tiré un golpe hacia las manos del ladrón, logrando con ello que la cartera cayera al suelo. Ante la imposibilidad de recuperar el botín, por la dificultad de agacharse en aquel tumulto, el muchacho emprendió la huida.

No puedo entender cómo lo logró, pero en cuestión de segundos el joven estaba en la calle. Eso sí; a juzgar por los quejidos que se levantaban del congestionado pasillo, quedaba claro que antes de alcanzar la puerta lanzó una buena cantidad de golpes sobre los pasajeros, muchos de los cuales fueron alcanzados por los impactos.

Como era de suponer, durante el resto de mi recorrido la conversación se centró en el frustrado robo. Por una parte, la señora y algunas personas que presenciaron la escena me tildaron de héroe. Sin embargo, algunos pasos más adelante la situación era diferente, pues los que recibieron maltratos del prófugo hubiesen preferido mil veces que le robaran la cartera a la dama de negro si a cambio desapareciese la dolorosa huella del fugitivo. Para esa gente yo era el origen de sus males, cosa que deduje por un comentario que se dejó escuchar poco después del episodio: ¡Déjalo que se baje para que vea lo que es bueno!

Ya cerca de mi destino y por aquello de que “guerra avisada no mata soldado”, comencé a movilizarme hacia la puerta intentando pasar desapercibido; pero no conté con la efusividad de la señora cuya cartera evité robar, quien aún creyéndose en deuda por mi gesto y pensando que me hacía un cumplido, dijo en voz alta:

—Gracias señor; gente como usted es la que hace falta en este país. Gente que “le eche pichón” y no le tenga miedo a los ladrones. ¡Dios lo bendiga!

Todos los pasajeros voltearon hacia mí. Pude ver en aquellos que bloqueaban el pasillo una malévola sonrisa: el momento del desquite había llegado.

Con decisión anuncié mi parada en voz alta:

—Señor, me deja en la próxima.

Cuando alcancé a mis primeros enemigos sentí un golpe a la altura del hígado, destapándose a continuación un toma y dame, con la particularidad de que el toma partió solo de mis dos manos, mientras el dame provenía de una infinidad de ellas que parecían multiplicarse a cada paso que, con gran esfuerzo, lograba dar.

Tiempo y distancia se hicieron interminables, pero finalmente logré alcanzar la puerta y bajar del vehículo. Si algo bueno sucedió fue que el conductor, viendo mi estado y considerando que el dejarme lo antes posible era más valioso que el monto de mi pasaje, prefirió continuar su camino sin cobrarme.

En la calle fui recibido por un soberbio chaparrón. El agua, que caía en enormes gotas, refrescó mi rostro, aliviando mis dolores y lavando mi nariz, que sangraba profusamente.

Pero ya nada me importaba. Había llegado a mi destino. Quedaban atrás los difíciles momentos vividos y las horas de sufrimiento.

Crucé la calle con lentitud, obviando que el agua sucia que por ella corría buscando desagües inexistentes o colapsados, me llegara a media pierna.

Entré al taller mecánico y vi mi vehículo.

No sé si él me reconoció ni si se alegró al verme, pero yo corrí a abrazarlo. Dos semanas había tardado la reparación del averiado motor, atosigado por el exceso de uso. ¡Catorce días me había visto obligado a andar a pie o a utilizar colectivos para desplazarme!

Rápidamente arreglé lo concerniente al pago del trabajo, y sin ni siquiera dar las gracias, escandalizado por el precio que me cobraron, ocupé el asiento del conductor.

Solamente de sentarme ante el volante me sentí otro. Recobré mi seguridad. El traqueteo del motor había desaparecido. Se sentía bastante mejor, lo que me hizo temblar de emoción. Quité el freno de mano y me incorporé a la vía.

Iba a recorrer de nuevo el trayecto que acababa de transitar, pero ahora en el papel de chofer... cómodamente sentado.

¡Ojalá se me cruce el borrachito que me hizo la vida imposible! —pensé—. Si fuese necesario me montaría sobre la acera para darle el susto de su vida. Con seguridad su estómago quedaría rápidamente desocupado al verse amenazado de esa forma… ¡cómo me reiría!… o el ladronzuelo causante de estos dolores que me aquejan. Creo que a ese sí me lo llevaría por delante.

Recordé la buseta en la que tanto había padecido y reconocí que, apartando el ahora sereno motor, estaba en mejores condiciones que la mía. Debía pensar seriamente en mejorar la tapicería y cambiar los amortiguadores. Ahora sabía lo que sienten las personas que, por no tener otro remedio, tienen que abordar busetas tan destartaladas como la mía. Pero ya habría tiempo para ello —me dije—, ahora lo importante es cargar pasajeros... muchos pasajeros. No tengo seguro ni me pagan lucro cesante, por lo que deberé trabajar extra para cubrir el faltante producido durante catorce días de paro obligatorio.

 

Luís Gutiérrez G.

Etiquetas: Luis, Humor, Drama

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