Una idea mediocre

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Una idea mediocre

A Louis Montchal.
destinatario de El desesperado.

Eran cuatro y yo los conocí bastante. Si esto no provoca en usted ningún inconveniente, los llamaré Teodoro, Teódulo, Teófilo y Teofrasto. No eran hermanos, pero vivían juntos y no se separaban un solo minuto. No se podía ver a uno sin que en seguida aparecieran los otros tres.

El jefe de la escuadra era naturalmente Teofrasto, el último a quien nombramos, el hombre de los Caracteres, y pienso que era digno de gobernar a sus compañeros, porque sabía gobernarse a sí mismo.

Era una especie de puritano seco, enjaezado de certidumbres, meticuloso y escrutador. Exteriormente, ejercía a la vez de contador y de tasador en una sucursal de casa de empeños, en un barrio pobre.

Cuando uno le daba los buenos días, producía siempre la impresión de recibir algo en prenda, y su respuesta se parecía a la evaluación de un experto.

Interiormente, su alma era el establo de un mulo inconmovible, de esos que se crían con tanta solicitud en Inglaterra o en la ciudad de Calvino para el transporte de ataúdes baratos.

No quería sin embargo que lo creyeran protestante: decía ser católico hasta la punta de los cabellos, y ostensiblemente ponía a secar su corazón sobre las varas de la Viña de los elegidos. Su acervo era ser casto, y sobre todo parecerlo. Casto como un clavo, como las tijeras de podar, como un arenque ahumado. Sus acólitos lo proclamaban inmarcesible e indeshojable, no menos albo y lactescente que el nítido ropón de los ángeles.

¿Me atreveré a decirlo? Miraba a las mujeres como a la caca, y el colmo de la demencia hubiera sido incitarlo a dirigirles un cumplido. En general, desaprobaba el acercamiento de los sexos y toda palabra que evocara el amor le parecía una agresión personal.

Era tan casto que habría condenado la falda de los suevos. Tal era, a grandes rasgos, la fisonomía de este jefe.

Que se me permita esbozar las otras…

Teodoro era el león del grupo. Constituía su orgullo, su ornamento, y el elegido por los otros para dar la cara cuando se trataba de diplomacia o de persuasión, porque Teofrasto carecía de elocuencia.
Es verdad que en tales ocasiones Teodoro se hartaba de comida y bebida para hablar mejor, pero se desempeñaba con general asentimiento.

Era un pequeño león de Gascuña, lamentablemente privado de melena, que se jactaba de pertenecer a la célebre familia, casi extinguida hoy, de los Théodore de Saint-Antonin y de Lexos, cuya gloria conocieron las orillas del Aveyron.

Hubiera sido inadmisible ignorar que sus armas, las alternativas y nobles armas de sus abuelos, estaban esculpidas en el pórtico o en un lugar cualquiera de la catedral de Albi o de Carcasonne. El viaje era demasiado caro como para que alguien intentara una verificación, por otra parte inútil, dado que él daba su palabra de caballero. Esas armas, calcadas con detalle en papel transparente en la Biblioteca Nacional, no me fueron enseñadas, pero sí la divisa: ¡Por allí, cuernos!, que me pareció siempre tan sencilla como magnífica.

En suma, este Teodoro fascinaba, deslumbraba a sus amigos cuya ascendencia no era, ¡ay!, sino de pobretones. Sin embargo, no podía ser el jefe, porque todo brillo debe dejar que prive la sabiduría. Era el tierno pero impecable Teofrasto quien los había unido en un haz para que las tormentas de la vida no pudieran quebrarlos. Era él quien los mantenía así cada día, mostrándoles la virtud, enseñándoles a vivir y a pensar, y el fogoso Aquiles hubiera aceptado noblemente obedecer al visionario Néstor.

Teódulo y Teófilo pueden ser despachados en pocas palabras. En el primero sólo se destacaba la aparente robustez de buey dócil e inconsciente a quien se hubiera podido hacer arar un cementerio. Se sentía simplemente feliz con andar bajo la pica y casi no necesitaba que le iluminaran el camino.

El segundo, por el contrario, los seguía por miedo. No le parecía que el conjunto fuese lo bastante espiritual ni lo bastante divertido; pero habiéndose dejado enganchar por Teofrasto, no se atrevía tampoco a concebir el pensamiento de una deserción y temblaba ante la idea de disgustar a ese hombre temible.

Era un muchacho muy joven, casi un niño, y merecía, creo, mejor suerte, porque me pareció dotado de inteligencia y de sensibilidad.

Fíjense ahora a qué idea miserable, a qué imbécil y desvencijada idea servían estos cuatro sujetos de animales de tiro. Si alguien puede descubrir una idea más mediocre, le quedaré personalmente agradecido de hacerla llegar a mi conocimiento.

Habían imaginado realizar en número de cuatro la asociación misteriosa de los Trece soñada por Balzac. Sueño pagano como nunca lo hubo. Eadem velle, eadem nolleburbujita, decía Salustio, que fue uno de los más atroces granujas de la Antigüedad.

No tener más que una sola alma y un solo cerebro repartidos bajo cuatro epidermis, es decir, en fin de cuentas, renunciar a la propia personalidad, llegar a ser número, cantidad, montón, fracción de un ser colectivo. ¡Qué concepción genial!

Pero el vino de Balzac, demasiado fuerte para esas pobres cabezas, los había intoxicado, y esa condición les pareció divina, por lo que se unieron en un juramento.

¿Han leído bien? En un juramento. ¿Sobre qué evangelio, sobre qué altar, sobre qué reliquias? No me lo dijeron, desgraciadamente, porque hubiera tenido muchas ganas de saberlo. Todo lo que pude descubrir o conjeturar es que, mediante fórmulas execratorias, y la invocación del testimonio de todos los abismos, se consagraron a esa existencia absurda consistente en no tener nunca un pensamiento que no fuese el pensamiento de su grupo; en no amar o detestar nada que no fuera amado o detestado en común; en no mantener jamás el más mínimo secreto; en leerse todas sus cartas y vivir juntos a perpetuidad, sin separarse un solo día.

Naturalmente, Teofrasto debió ser el instigador de este acto solemne. Los otros no hubieran ido tan lejos.

Empleados los cuatro en la misma oficina de un ministerio, les fue posible realizar la parte esencial del programa. Tuvieron la misma casa, la misma mesa, los mismos trajes, los mismos acreedores, los mismos paseos, las mismas lecturas, la misma desconfianza o el mismo horror por todo lo que no fuera su cuadrilla, y se equivocaron de la misma manera acerca de los hombres y acerca de las cosas.

Con el propósito de estar en entera intimidad, abandonaron suciamente a sus viejos amigos y a sus benefactores, entre ellos a un muy grande artista a quien habían tenido la increíble suerte de interesar por un instante y que había intentado prevenirlos contra la tendencia a andar en cuatro patas como los cerdos…

De esta manera pasaron años, los mejores años de la vida, porque el mayor de ellos, Teofrasto, tenía apenas treinta cuando la asociación comenzó. Llegaron a ser casi célebres. Las burlas surgían de tal manera a su paso, que debieron cambiar de barrio varias veces.

La buena gente se enternecía al ver pasar a estos cuatro hombres tristes, a estos esclavos encadenados por la Estupidez, vestidos de la misma manera y caminando con el mismo paso, que tenían un aspecto fúnebre y a quienes vigilaban atentamente los polizontes con miradas cargadas de sospechas.

Naturalmente, aquello tenía que terminar en una tragedia. Un día, el inflamable Teodoro se enamoró.

Tenían tan pocas relaciones como era posible, pero en suma las tenían. Una joven, a quien Dios no amaba, creyó elegir bien casándose con un gentilhombre cuyas armas embellecían tan positivamente la catedral de Albi o la catedral de Carcasonne.

Por supuesto, no estoy contando la historia infinitamente complicada de ese matrimonio que modificaba, de la manera más completa y profunda, la existencia mecánica de nuestros héroes.

Desde las primeras manifestaciones de la enfermedad, Teodoro, fiel al programa, abrió su corazón a sus tres amigos, cuyo estupor llegó al colmo. Para comenzar, Teofrasto exhaló una indignación sin límites y esparció, en términos atroces, el más negro veneno sobre todas las mujeres sin excepción.

Estuvieron a punto de pelear y la Santa Hermandad se halló a dos pasos de disolverse.

Teódulo se derretía de dolor, a pesar de que Teófilo, secretamente hambriento de independencia y haciendo votos para que estallara una revolución, pero no atreviéndose a manifestarse, guardaba un sombrío silencio.

No obstante, todo se calmó y el equilibrio artificial quedó restablecido; cada bloque, levantado por un instante, volvió a caer pesadamente en su alvéolo; y el terrible celador Teofrasto, considerando que su rebaño, en suma, habría de aumentar en una unidad, terminó por consolarse con la esperanza de un dominio más vasto.

Los inseparables fueron en persona a pedir, para Teodoro, la mano de la infortunada que no vio el abismo donde la precipitaba su deseo ciego de casarse con un muchacho de buena prosapia.

El infierno comenzó desde el primer día. Habían convenido que continuaría la vida en común. Los recién casados consiguieron, es verdad, que los dejaran solos durante la noche, pero fue preciso, como antes, que todo el mundo estuviese en pie a determinada hora y que nadie se exceptuara de observar el reglamento más monástico.

Teodoro debió dar cuenta exactamente, cada mañana, de lo que había podido ocurrir en la oscuridad del cuarto conyugal, y la pobre mujer pronto descubrió con espanto que se había casado con cuatro hombres.

El porvenir más temible se presentó ante sus ojos, al día siguiente de sus tristes bodas. Vivió plenamente la estupidez innoble del rastacueros de quien se había convertido en mujer y el envilecedor estado de esclavitud que resultaba de esa afiliación de imbéciles.

Sus cartas, las de ella, fueron abiertas por el odioso Teofrasto y leídas en voz alta ante los otros tres, en su presencia. El buey paseó su estiércol y su baba impura por las confidencias de las mujeres, de las madres, de las muchachas. Con el consentimiento de su marido, la tiranía de ese fámulo abominable se extendió a su atuendo, a sus vestidos, a su apetito, a sus palabras, a sus miradas y a sus gestos más insignificantes. Ahogada, golpeada, manoseada, desesperada, se hundió en un profundo silencio y se consagró a envidiar, de todo corazón, a los bienaventurados que viajan en un coche fúnebre y a quienes no acompaña ningún cortejo.

En los primeros tiempos, la cuadrilla la encerraba con dos llaves, cuando iban a su oficina, donde la administración no les hubiera permitido llevarla.

Muy graves inconvenientes los forzaron a suavizar este rigor. Entonces, ella quedó libre, o debió creerlo, de ir y venir alrededor de ocho horas por día.

Ignoraba que la portera, convenientemente pagada, consignaba por escrito sus entradas y salidas, y que varios espías escalonados en las calles vecinas observaban con cuidado todos sus movimientos.
La prisionera aprovechó en consecuencia este simulacro de liberación para embriagarse con otros aires que el del infame claustro, donde ni siquiera se atrevía a respirar.

Fue a ver a parientes, a viejas amigas; se paseó por las avenidas y a lo largo de los muelles. Fue castigada por ello con escenas de una violencia diabólica y llegó a sentirse aún más desventurada: porque Teodoro, además de sus otras encantadoras cualidades, era celoso como un Barba Azul de Kabilia.

Era demasiado. Ocurrió lo que debía naturalmente, infaliblemente, ocurrir bajo semejante régimen.
La esposa de Teodoro escuchó sin disgusto las proposiciones de un desconocido que le pareció un hombre de genio en comparación con semejantes idiotas. Lo vio tan bello como un dios porque no se parecía en nada a ellos; lo creyó infinitamente generoso porque le hablaba con suavidad, y se convirtió allí mismo en su amante, en un transporte de indecible alegría.

Lo que ocurrió luego fue publicado, en estos últimos días, en la sección de noticias policiales. Pero me han contado que, la noche misma de la caída, estando reunidos los cuatro hombres, se les apareció el demonio.

 

Léon BloyLéon Bloy
Périgueux, Francia, 1846-1917, Bourg-la-Reine
Personaje polémico al que Borges llamó “coleccionista de odios”, y sus contemporáneos apodaron “El mendigo ingrato”. No fue un hombre "amable", pero la persona no es el autor. El autor es un personaje, y el mismo Borges dijo también que Bloy era uno de los 7 que releía constantemente. Su persona ganó justamente la antipatía de Zolá, Maupassant, Daudet y Anatole France (la lista es demasiado extensa). En su fanatismo religioso, tras la muerte de Victor Hugo escribió un pérfido libelo acusándolo de ateo senil, avaro e hipócrita, pero su influencia en la obra de KafkaCarpentier, Graham Greene, John Irving y muchos otros es innegable. Hasta el papa Francisco lo citó en su homilía del 2013. Su obra lo trasciende al hombre y hace al autor (ese personaje ficticio, desdoblado, tan iracundo como el hombre que lo creó) y, acaso, más real que “el otro”.
Una idea mediocre, publicado inicialmente en "Histoires désobligeantes" (Historias despectivas, París, 1894), es, a mi entender (y respeto su derecho a discrepar), una crítica a lo absurdo de la castidad monástica; un retrato caricaturesco y sarcástico de la perversión institucional que Bloy nos pinta con tínta ácida. 
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Etiquetas: Fantástico, Misterio, Clásico, Léon Bloy

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