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Un hombre enfundado

DramaFilosóficoPsicológico
Un hombre enfundado
 

Al borde de la aldea de Mironósitskoie, unos cazadores, a los que se les había hecho tarde, se disponían a pasar la noche en el granero del alcalde pedáneo Prokofi. Eran solo dos: el veterinario Iván Ivánich y Burkin, profesor de instituto. Iván Ivánich tenía un apellido compuesto bastante extraño, Chimshá-Guimalaiski, que no le pegaba en absoluto, por lo que en todo el distrito lo llamaban simplemente por el nombre y el patronímico; vivía en un criadero de caballos próximo a la ciudad y había salido de caza para respirar un poco de aire puro. El profesor Burkin pasaba todos los veranos en casa del conde P. y, en consecuencia, desde hacía tiempo se sentía en ese lugar como en su propia casa.

No dormían. Iván Ivánich, anciano alto y enjuto, con largos bigotes, estaba sentado en el porche, junto a la entrada, y fumaba su pipa a la luz de la luna. Burkin se hallaba en el interior, tumbado sobre la paja, sumido en la oscuridad.

Tolstoi y Chéjov en Yalta - 1900Contaban distintas historias. Entre otras cosas, hablaban de Mavra, la esposa del alcalde, mujer fuerte y nada tonta, que no había abandonado en toda la vida su aldea natal; nunca había visto una ciudad ni las vías del tren y los últimos diez años los había pasado sentada junto a la estufa, saliendo sólo a la calle por la noche.

—¿Qué tiene eso de sorprendente? —preguntó Burkin—. En este mundo abundan las personas solitarias por naturaleza que, como el cangrejo ermitaño o el caracol, tratan de refugiarse en su concha. Quizá se deba a un fenómeno atávico, un retorno a aquellos tiempos en que nuestros ancestros aún no eran animales sociales y vivían solitarios en sus cuevas, o quizá se trate simplemente de una de las manifestaciones del carácter humano, ¿quién sabe? No soy naturalista y no me compete resolver esas cuestiones; sólo quiero decir que las personas como Mavra no son raras… Sin ir muy lejos, hace un par de meses murió en nuestra ciudad un tal Bélikov, profesor de griego y colega mío. Seguro que ha oído hablar de él. Era conocido porque salía siempre de casa, incluso cuando hacía un tiempo excelente, con chanclos, paraguas y un grueso abrigo guata. Guardaba el paraguas en una funda, el reloj en un estuche de gamuza gris y, cuando necesitaba su cortaplumas para afilar un lápiz, lo sacaba de una envoltura; hasta la cara parecía enfundada, pues siempre la llevaba tapada con el cuello del abrigo levantado. Usaba gafas oscuras y camiseta, se ponía trozos de algodón en las orejas y, cuando tomaba un coche, mandaba correr la capota. En una palabra, ese hombre sentía un deseo constante e irreprimible de rodearse de un envoltorio, de crearse, por decirlo así, un estuche que lo aislara y lo defendiera de toda influencia exterior. La realidad lo irritaba, le asustaba, lo mantenía en un estado de inquietud constante; quizá para justificar esa timidez, ese rechazo de la realidad, alababa siempre el pasado y cosas que nunca habían existido. En el fondo, las lenguas clásicas que enseñaba eran para él lo mismo que los chanclos y el paraguas que lo protegían de la vida real.

»—¡Ah, qué musical y hermosa es la lengua griega! —decía con voz suave; y, a modo de demostración, entornaba los ojos y, levantando un dedo, pronunciaba—: ¡Anthropos!

»Hasta el pensamiento trataba Bélikov de encerrarlo en una funda. Para él sólo estaban claras las circulares que prohibían algo y los artículos de los diarios que las celebraban. Cuando una circular prohibía a los alumnos salir a la calle después de las nueve de la noche o un artículo condenaba el amor físico, aquello le parecía claro e inequívoco: estaba prohibido y punto. El permiso y la autorización encerraban siempre, a su entender, un elemento dudoso, algo turbio y no del todo aclarado. Si en la ciudad autorizaban la creación de una compañía de teatro, una sala de lectura o un salón de té, él sacudía la cabeza y decía en voz baja:

»—Por supuesto, todo eso está muy bien, pero…, ¡ah!, veremos cómo acaba.

»Cualquier infracción, desviación o violación de las reglas lo llenaba de tristeza, aunque no se entendía en qué podían afectarle. Si alguno de sus compañeros llegaba tarde a los oficios u oía rumores de que los alumnos habían hecho alguna travesura o veía a última hora de la tarde a una preceptora con un oficial, se turbaba sobremanera y le decía a todo el mundo, con un acento trágico, que aquello acabaría mal. En las reuniones del claustro nos abrumaba con su circunspección, su desconfianza y sus consideraciones de “hombre enfundado” sobre el mal comportamiento de los alumnos y las alumnas y el mucho ruido que hacían en clase. “¡Ah, mientras el director no se entere! ¡Ah, mientras no pase nada!”; y decía que sería buena idea expulsar a Petrov, alumno de segundo curso, y a Yegórov, de cuarto. ¿Y qué cree usted? Con sus suspiros, sus quejas, sus gafas oscuras y su rostro pequeño y pálido como el de un animalito espantado nos acongojaba a todos, de manera que nos sometíamos, bajábamos las calificaciones de Petrov y Yegórov por su mala conducta, los castigábamos y, al final, acabábamos expulsándolos. Tenía la extraña costumbre de ir a vernos a nuestras casas. Llegaba a lo de un colega, se sentaba y guardaba silencio, como si estuviera examinando algún objeto. Al cabo de un par de horas, sin haber despegado los labios, se marchaba. Llamaba a esas visitas “mantener buenas relaciones”. Era evidente que le disgustaba ir a vernos y pasar allí un rato, y que sólo lo hacía porque lo consideraba una obligación para con sus compañeros. Los profesores le temíamos. Y el director también. Figúrese que nuestros profesores eran personas reflexivas y valiosas, versadas en las obras de Turguéniev y Schedrín, y, sin embargo, ese hombre que iba siempre con chanclos y paraguas tuvo a todo el instituto metido en un puño durante quince años. ¡Y no solo al instituto! ¡A la ciudad entera! Nuestras damas no organizaban espectáculos privados los sábados por temor a que se enterara; los miembros del clero no se atrevían a comer carne o a jugar a las cartas en su presencia. Bajo la influencia de personas como Bélikov, la ciudad ha vivido atemorizada durante los últimos diez o quince años. La gente no se atrevía a hablar demasiado alto, a enviar cartas, a trabar amistades, a leer libros, a ayudar a los pobres, a enseñar a leer y escribir…».

Iván Ivánich carraspeó, dando a entender que quería decir algo; luego encendió la pipa, contempló la luna y finalmente dijo, separando mucho las palabras:

—Sí. Las personas reflexivas y valiosas leen a Schedrín y a Turguéniev, a Buckley a otros, pero se someten y aguantan… Así es.

—Bélikov vivía en el mismo edificio que yo —continuó Burkin—, en la misma planta, frente a mi puerta, de manera que nos veíamos a menudo y yo conocía su vida doméstica. En casa era la misma historia: bata, gorro, postigos, cerrojos, toda una batería de prohibiciones y restricciones, y siempre esa expresión: “¡Ah, veremos cómo acaba!”. Ayunar no le sentaba bien, pero no podía comer carne porque entonces habrían dicho que Bélikov no respetaba la cuaresma; en consecuencia, comía percas fritas con mantequilla, un plato que no era de cuaresma, pero al que tampoco se le podía llamar carne. No tenía criada por temor a que alguien pensara que mantenía relaciones con ella, así que empleaba a un cocinero llamado Afanasi, anciano de unos sesenta años, borracho y medio tonto, que antaño había trabajado como ordenanza y tenía algún conocimiento de cocina. Ese Afanasi, por lo común se mantenía cerca de la puerta con los brazos cruzados, murmurando siempre la misma letanía, con un profundo suspiro:

»—¡Hay mucha gente sospechosa hoy día!

»El dormitorio de Bélikov era pequeño, como una caja; la cama tenía cortinas. Cuando se acostaba, se tapaba hasta la cabeza; el ambiente era caluroso, sofocante; el viento golpeaba las puertas cerradas, la estufa silbaba; se oían suspiros en la cocina, unos suspiros siniestros…

»El terror se apoderaba de él bajo la manta. Le daba miedo que le sucediera alguna cosa, que Afanasi lo degollara, que entraran ladrones; además, durante toda la noche tenía sueños perturbadores y por la mañana, cuando nos dirigíamos juntos al instituto, estaba apesadumbrado y pálido; se veía que el poblado instituto al que se encaminaba le daba pavor y le repugnaba con toda su alma, y que caminar a mi lado, debido a su naturaleza solitaria, le resultaba penoso.

»—Hacen mucho ruido en clase —decía, como tratando de buscar una explicación a su malestar—. En mi vida he visto nada igual.»

Burkin hizo una nueva pausa, se envolvió en una nube de humo y prosiguió:

—Sí…, y figúrese que ese profesor de griego, ese hombre enfundado, ¡estuvo a punto de casarse!

—¡No, usted bromea!—contestó Iván Ivanovich.

—¡Palabra de honor! Mire usted cómo fue. Un día llegó a la ciudad un nuevo profesor de Geografía e Historia, un tal Mijaíl Sávvich Kovalenko. Lo acompañaba su hermana, llamada Várenka. Eran de origen ucraniano; el hermano era un mocetón joven aún, muy moreno, con unas manos enormes; solo con mirarlo se adivinaba que tenía voz de bajo, y, en efecto, cuando hablaba, su voz parecía salir de un tonel vacío: “bu-bu-bu…”. Ella había dejado atrás la juventud, tendría unos treinta, pero era tan alta como su hermano, esbelta, con cejas negras y mejillas rubicundas; en una palabra, más que una muchacha, era un bombón; además, muy vivaracha y ruidosa; siempre estaba cantando romanzas ucranianas y riéndose a carcajadas. Por cualquier nadería, estallaba en una risa sonora: ¡ja, ja, ja! Nuestro primer contacto serio con los Kovalenko, lo recuerdo muy bien, se produjo durante el santo del director. En medio de pedagogos adustos, muy aburridos, que habían acudido a esa gala por obligación, vimos de pronto surgir de la espuma a esa nueva Afrodita. Andaba con los brazos en jarra, reía a carcajadas, cantaba, bailaba… Entonó con gran sentimiento Soplan los vientos, luego otra romanza y a continuación una tercera, hechizándonos a todos, incluso a Bélikov, que se sentó a su lado y comentó, con una dulce sonrisa:

»—La delicadeza y agradable sonoridad del ucraniano me recuerdan el griego antiguo.

»Ella se sintió halagada y empezó a contarle con sentimiento y convicción que tenía una granja en el distrito de Gadiachsk en la que vivía su madre. ¡Qué peras, melones y kabaki se daban allí! Dijo que los ucranianos le llaman kabaki a las calabazas, no a las tabernas, como nosotros; a estas últimas les dan el nombre de shinki, y que preparan una sopa con tomate y berenjena “tan suculenta, tan suculenta, que hasta da miedo”.

»Pasamos largo rato escuchándola y de repente a todos nos vino la misma idea.

»—No estaría mal que se casaran —me susurró la mujer del director.

»Por alguna razón todos nosotros recordamos que nuestro Bélikov no estaba casado y nos pareció extraño no haberlo advertido hasta ese momento, haber perdido de vista por completo un detalle tan importante de su vida. En general, ¿cuál era su actitud con las mujeres? ¿Cómo había resuelto esa cuestión fundamental? Hasta ese momento, nada de eso nos había interesado lo más mínimo; es posible que ni siquiera se nos pasara por la imaginación la idea de que un hombre que llevaba chanclos con cualquier tiempo y dormía en una cama con cortinas pudiera enamorarse.

»—Él hace mucho que pasó de los cuarenta; ella tiene treinta… —dijo la mujer del director, revelando su pensamiento—. Creo que ella le aceptaría.

»¡Cuántas cosas inútiles y absurdas se hacen en la provincia por simple aburrimiento! Todo eso sucede porque la gente no se ocupa de lo que debiera. Dígame si no, ¿a qué obedecía ese súbito interés por casar a Bélikov, al que ni siquiera nos era posible imaginarlo casado? La mujer del director, la del inspector y todas las damas del instituto se mostraron más animadas y hasta más guapas, como si de pronto hubieran encontrado un objetivo en la vida. La mujer del director reservó un palco en el teatro y allí vimos a Várenka, con un abanico en la mano, radiante, feliz, y a su lado a Bélikov, pequeño, encorvado, como si lo hubieran sacado de su casa con pinzas. Si yo daba una velada, las damas exigían que invitara sin falta a Bélikov y Várenka. En una palabra, la maquinaria se puso en marcha. Se descubrió que Várenka no era contraria al matrimonio. Vivir en casa de su hermano no resultaba muy alegre, pues pasaban días enteros discutiendo y disputando. Vea un ejemplo: Kovalenko, hombretón alto y robusto, va por la calle, con una camisa bordada y un mechón que se le ha salido de la gorra y le cae sobre la frente; en una mano lleva un paquete de libros y en la otra un grueso y nudoso bastón. Le sigue su hermana, cargada también de libros.

»—¡Pero si no lo has leído, Mijáilik! —dice en voz alta y agresiva—. ¡Estoy dispuesta a jurar que no has leído ni una página!

»—¡Te digo que lo he leído! —grita Kovalenko, dando golpes en la acera con el bastón.

»—¡Ah, Dios mío, Mijáilik! ¿Por qué te enfadas? Sólo estamos discutiendo de principios.

»—¡Te digo que lo he leído! —grita aún más fuerte Kovalenko.

»Y en casa, en cuanto había un extraño, no paraban de reñir. Es probable que Várenka estuviera harta de esa vida y quisiera tener una casa propia; además, había que tomar en consideración la edad; no disponía de mucho tiempo para escoger, se casaría con el primero que llegara, incluso con el profesor de griego. Hay que decir que la mayoría de nuestras señoritas están dispuestas a casarse con cualquiera, con tal de casarse. El caso es que Várenka empezó a manifestar una acusada inclinación por nuestro Bélikov.

»¿Y Bélikov?… Visitaba a los Kovalenko del mismo modo que a nosotros. Llegaba, se sentaba y guardaba silencio. Mientras él callaba, Várenka le cantaba Soplan los vientos o le dirigía una mirada pensativa con sus ojos oscuros o de pronto se echaba a reír:

»—Ja, ja, ja.

»En las cosas del amor, y especialmente del matrimonio, la sugestión desempeña un papel importante. Todos —tantos los colegas como las damas— empezaron a asegurarle a Bélikov que debía casarse, que no tenía otra cosa que hacer en la vida; todos lo felicitamos, le dijimos con expresión grave un montón de trivialidades, como por ejemplo que el matrimonio es un paso importante; además, Várenka era guapa, atractiva, hija de un consejero de Estado, propietaria de una granja y, sobre todo, la primera mujer que le trataba con ternura y cordialidad. A Bélikov la cabeza empezó a darle vueltas y acabó decidiendo que debía casarse.»

—Era el momento de quitarle los chanclos y el paraguas —comentó Iván Ivánich.

—Pues, verá usted que resultó imposible. Él puso sobre la mesa un retrato de Várenka y venía a verme a cada rato para hablar de ella, de la vida familiar, de que el matrimonio es un paso importante; visitaba con frecuencia a los Kovalenko, pero no cambió lo más mínimo su régimen de vida. Por el contrario, la decisión de casarse había tenido sobre él un efecto pernicioso; estaba más pálido, más delgado y parecía haberse metido aún más en su funda.

»—Varvara Savvishna me gusta —me decía, torciendo la boca en una sonrisa apenas perceptible—; ya sé que todo hombre debe casarse, pero… todo esto, ¿sabe?, ha sucedido tan de repente… Hay que reflexionar.

»—¿Por qué? —le preguntaba yo—. Cásese y no le dé más vueltas.

»—No, el matrimonio es un paso importante, primero hay que sopesar las obligaciones y responsabilidades que comporta, para que luego nada salga mal. Esa cuestión me desasosiega tanto que paso noches enteras sin dormir. Y debo reconocer que estoy asustado: tanto ella como su hermano tienen una forma rara de pensar, razonan de un modo extraño y tienen un carácter muy vivo. Se casa uno y luego, cuando menos lo piensa, se ve metido en algún lío.

»Y, para gran enfado de la mujer del director y de todas nuestras damas, en lugar de declararse, lo iba dejando de un día para otro. Sopesaba todas las obligaciones y responsabilidades del matrimonio y entre tanto paseaba casi todos los días con Várenka, pensando, quizá, que era algo necesario dada su situación. Después venía a verme para hablarme de la vida familiar. Es muy probable que, de no haber sido por el kolossalische skandal  que estalló de pronto, al final se le hubiera declarado, contrayendo uno de esos miles de matrimonios inútiles y estúpidos que se conciertan por simple aburrimiento y ociosidad… Es preciso decir que Kovalenko, el hermano de Várenka, odiaba a Bélikov desde el día en que lo conoció y no podía soportarlo.

»—No entiendo —nos decía, encogiéndose de hombros— cómo pueden aguantar a ese soplón, a ese tipejo miserable. Ah, señores, ¿cómo pueden vivir aquí? Respiran un aire sofocante y viciado. ¿Cómo pueden llamarse profesores, maestros? Son ustedes unos chupatintas y esto no es un templo del saber, sino una administración parroquial que apesta a garita de policía. No, hermanos, pasaré algún tiempo entre ustedes y luego me retiraré a mi granja a pescar cangrejos y a darles clases a los niños ucranianos. Me marcharé y les dejaré aquí con ese Judas, mal rayo le parta.

»O estallaba en carcajadas hasta que se le saltaban las lágrimas, con una risa tan pronto grave como aguda y chillona, y me preguntaba, levantando los brazos:

»—¿Por qué viene a verme? ¿Qué es lo que quiere? Se sienta y se queda mirando algún objeto.

»Hasta había apodado a Bélikov “el tacaño” o “la araña”. No hace falta que le diga que, en su presencia, evitábamos hablar del proyecto de matrimonio entre su hermana y “la araña”. Una vez, cuando la mujer del director le insinuó que sería una buena idea casar a su hermana con un hombre serio y respetado por todos como Bélikov, frunció el ceño y rezongó:

»—Eso no es asunto mío. Que se case con una víbora, si quiere; no me gusta mezclarme en asuntos ajenos.

»Pues escuche lo que sucedió. Algún bromista hizo una caricatura que representaba a Bélikov con chanclos, pantalones arremangados y el paraguas abierto, llevando del brazo a Várenka; en la parte inferior, una leyenda decía: “Anthropos enamorado”. El parecido era sorprendente, imagínese. El artista debió haber trabajado más de una noche, pues todos los profesores del instituto masculino y del femenino, los del seminario y los funcionarios recibieron una copia. Bélikov también tuvo la suya. La caricatura le causó una impresión harto penosa.

»Salimos juntos de casa; era precisamente el primero de mayo, domingo, y tanto profesores como alumnos habíamos acordado encontrarnos en la puerta del instituto para dar un paseo por el bosque de las afueras de la ciudad. Bélikov tenía el semblante verdoso, más sombrío que una nube de tormenta.

»—¡Qué malvada y ruin es la gente! —exclamó con labios temblorosos.

»Hasta me dio pena de él. Íbamos caminando, cuando de pronto, figúrese, vimos pasar a Kovalenko montado en bicicleta, seguido de Várenka, también en bicicleta, roja y fatigada, pero muy alegre; feliz.

»—¡Nosotros iremos por delante! —gritó—. ¡Hace un tiempo estupendo, tan estupendo que hasta da miedo!

»Y desaparecieron. Bélikov pasó del verde al blanco y se quedó como petrificado. Se detuvo y me miró…

»—Permítame, pero ¿qué significa esto? —preguntó—. ¿O es que me engaña la vista? ¿Es acaso decente que los profesores de instituto y las mujeres vayan en bicicleta?

»—¿Y qué tiene eso de indecente? —dije yo—. Que monten si eso les divierte.

»—Pero ¿cómo es posible? —gritó, asombrándose de mi serenidad—. ¿Qué dice usted?

»Estaba tan sorprendido que no quiso seguir adelante y regresó a casa.

»Al día siguiente se pasó todo el tiempo frotándose las manos con inquietud y sobresaltándose; por la expresión de su rostro se veía que no se encontraba bien. Hasta dejó de acudir a las clases, algo que no había sucedido nunca. Y no almorzó. Por la tarde se puso ropa de más abrigo, aunque el tiempo era de lo más veraniego, y arrastrando los pies se dirigió a casa de los Kovalenko. Várenka había salido y sólo encontró a su hermano.

»—Siéntese, haga el favor —dijo Kovalenko con frialdad y el ceño fruncido; tenía cara de sueño, pues acababa de levantarse de la siesta, y estaba de muy mal humor.

»Bélikov guardó silencio durante unos diez minutos y al cabo comentó:

»—He venido a verle para aligerar el peso que abruma mi alma. Estoy muy, muy preocupado. Un difamador me ha dibujado bajo un aspecto ridículo en compañía de una persona que tanto a usted como a mí nos resulta muy cercana. Considero mi deber asegurarle que no he hecho nada que justifique esa abominable broma; al contrario, siempre me he comportado como un hombre absolutamente respetable y educado.

»Kovalenko seguía enfurruñado y no decía palabra. Bélikov esperó unos instantes y continuó con voz queda y triste:

»—Tengo otra cosa que decirle. Soy profesor desde hace tiempo y usted acaba de empezar, así que considero mi deber, como colega de más edad, prevenirle. Monta usted en bicicleta y ese pasatiempo es totalmente inadecuado para un educador de la juventud.

»—¿Por qué? —preguntó Kovalenko con voz de bajo.

»—Pero ¿es que necesita que se lo expliquen, Mijaíl Sávvich? ¿Es posible que no lo entienda? Si un profesor monta en bicicleta, ¿qué puede esperarse que hagan los alumnos? ¡Acabarán yendo cabeza abajo! Y como ninguna circular lo autoriza, está prohibido. ¡Ayer me quedé horrorizado! Cuando vi a su hermana, ¡se me nubló la vista! ¡Una mujer o una muchacha, en bicicleta, es un horror! ¡Un verdadero horror!

»—Y, en concreto, ¿qué es lo que quiere usted?

»—Sólo quiero una cosa: advertirle, Mijaíl Sávvich. Es usted joven, tiene toda la vida por delante, hay que andarse con mucho cuidado y usted se permite muchas libertades. Sí, muchas libertades. Lleva usted camisas bordadas, siempre va por la calle con libros bajo el brazo, y ahora, encima, esto de la bicicleta. El director se enterará de que su hermana monta en bicicleta, luego llegará a oídos del inspector… ¿Qué beneficio puede reportarle todo esto?

»—¡Que mi hermana y yo montemos en bicicleta es algo que no le importa a nadie! —dijo Kovalenko, poniéndose como la grana—. Y al que se meta en mi vida privada y familiar, lo mandaré al diablo.

»Bélikov palideció y se puso de pie.

»—Si me habla usted en ese tono, no me queda otro remedio que marcharme —dijo—. Y le ruego que en mi presencia no vuelva a hablar en ese tono de nuestros superiores. Debe usted mostrarse respetuoso con las autoridades.

»—¿Acaso he dicho algo malo de las autoridades? —preguntó Kovalenko, mirándole con ira—. Déjeme en paz, por favor. Soy un hombre honrado y no tengo el menor deseo de conversar con personas como usted. No me gustan los soplones.

»Bélikov, sacudido por estremecimientos nerviosos, se puso el abrigo a toda prisa, con una expresión de terror en el rostro. Era la primera vez en su vida que escuchaba semejantes groserías.

»—Puede decir lo que quiera —dijo al pasar del recibidor al descansillo de la escalera—. Pero debo advertirle una cosa: es posible que alguien nos haya oído; por tanto, para evitar que se interprete mal nuestra conversación, creándonos alguna complicación, me veo obligado a informar al señor director de su contenido…, a grandes rasgos. No me queda otra salida.

»—¿Informar? ¡Haga lo que le plazca!

»Kovalenko le cogió por el cuello del abrigo y le dio tal empellón que Bélikov bajó rodando por los peldaños, haciendo ruido con los chanclos. A pesar de lo alta y empinada que era la escalera, llegó abajo sano y salvo; una vez en el suelo, se levantó y se llevó las manos a la nariz para comprobar si las gafas estaban intactas; en ese momento se dio cuenta de la presencia de Várenka y otras dos damas, que habían entrado en el portal en el preciso instante de su caída y, detenidas en el nacimiento de la escalera, lo miraban. Para Bélikov eso fue lo más terrible de todo. Pensaba que habría sido mejor partirse el cuello y las dos piernas que convertirse en objeto de burla; ahora toda la ciudad se enteraría, el asunto llegaría a oídos del director y del inspector y Dios sabía lo que podía resultar. Habría una nueva caricatura y al final se vería obligado a presentar la dimisión…

»Cuando se incorporó, Várenka lo reconoció; como no sabía lo que había sucedido y suponía que se había caído solo, por descuido, nada más ver su aspecto ridículo, con el abrigo arrugado y los chanclos, no pudo contenerse y estalló en tales carcajadas que se oyeron en toda la casa:

»—Ja, ja, ja.

»Y esas risas impetuosas y desbordantes lo decidieron todo: la boda y la propia existencia terrenal de Bélikov, que ya no oía lo que decía Várenka ni veía nada. Cuando regresó a casa, lo primero que hizo fue retirar la fotografía de la mesa; luego se tumbó y ya no volvió a levantarse.

»Al cabo de unos tres días vino a verme Afanasi y me preguntó si no sería conveniente llamar al médico, pues a su amo le pasaba algo. Entré en casa de Bélikov. Estaba tumbado detrás de las cortinas, cubierto con una manta y guardaba silencio; cuando le hacía alguna pregunta, se limitaba a responderme con monosílabos, nada más. Afanasi deambulaba junto al lecho, sombrío, con el ceño fruncido, profiriendo profundos suspiros; olía tanto a vodka como una taberna.

»Un mes más tarde Bélikov murió. A su entierro acudió todo el mundo, es decir: los dos institutos y el seminario. Ahora que yacía en el ataúd tenía una expresión dulce, agradable, incluso jovial, como si se alegrase de verse por fin en una funda de la que no saldría jamás. ¡Sí, había alcanzado su ideal! Y, como si fuera en honor suyo, durante el entierro el tiempo fue desapacible y lluvioso, de modo que tuvimos que llevar chanclos y paraguas. Várenka también asistió y, cuando metieron el ataúd en la tumba, vertió algunas lágrimas. Advertí que las ucranianas sólo saben llorar o reír a carcajadas, no tienen término medio.

»Reconozco que enterrar a personas como Bélikov proporciona un gran placer. Cuando regresábamos del cementerio, todos teníamos una expresión seria y contrita; nadie quería exteriorizar ese sentimiento de satisfacción, análogo al que experimentábamos antaño, en nuestra infancia, cuando nuestros padres nos dejaban solos en casa y podíamos correr un par de horas por el jardín, disfrutando de una completa libertad. ¡Ah, libertad, libertad! Una simple alusión a ella, una débil esperanza de que pueda existir, basta para dar alas al alma, ¿no es verdad?

»Volvimos del cementerio en un estado de ánimo excelente. Pero antes de que pasara una semana, la vida retomó su curso habitual y se volvió igual de sombría, agobiante y absurda; era una vida que ninguna circular prohibía, pero que no estaba permitida del todo. Nada mejoró. Sí, habíamos enterrado a Bélikov, pero cuántos hombres enfundados quedaban, cuántos quedarán.»

—Así es —dijo Iván Ivánich, encendiendo su pipa.

—¡Cuántos quedarán! —repitió Burkin.

El profesor de instituto salió del granero. Era un hombre de talla mediana, grueso, completamente calvo, con una barba negra que le llegaba casi hasta la cintura; con él salieron dos perros.

—¡Qué luna! —dijo, alzando la vista.

Ya era medianoche. A la derecha se veía toda la aldea, una larga calle se extendía a lo lejos, a lo largo de unas cinco verstas . Todo estaba sumido en un sueño sereno y profundo; ni movimientos, ni sonidos; parecía increíble que la naturaleza pudiera mostrar tanto sosiego. Cuando en una noche de luna se contempla la ancha calle de una aldea, con sus isbas , sus almiares y sus sauces soñolientos, se apodera del alma una sensación de paz; sumida en esa tranquilidad, protegida por las sombras de la noche de los trabajos, las preocupaciones y las penas, muestra una apariencia dulce, triste y hermosa, y hasta parece que las estrellas la contemplan con ternura y afecto, que el mal no existe en la tierra y todo es felicidad.

A la izquierda, al borde de la aldea, empezaban los campos; se sucedían hasta el lejano horizonte, y en toda su extensión, inundada por la luz de la luna, tampoco había movimientos ni sonidos.

—Así es —repitió Iván Ivánich—. ¿Acaso la vida que llevamos en la ciudad, en un ambiente viciado y con apreturas, escribiendo papeles inútiles y jugando al whist, no constituye también una especie de funda? ¿Y el hecho de que pasemos el tiempo en medio de gandules ociosos y trapaceros, de mujeres tontas y banales, diciendo y escuchando toda suerte de naderías, no es también una funda acaso? Si quiere usted, le contaré una historia muy instructiva.

—No, es hora de dormir —dijo Burkin—. Hasta mañana.

Ambos entraron en el granero y se tumbaron en el heno. Ya se habían tapado y quedado adormilados cuando de pronto se oyeron unos ligeros pasos: tup, tup… Alguien caminaba no lejos del granero; el desconocido avanzó un poco más y se detuvo; un minuto más tarde volvió a oírse: tup, tup… Los perros empezaron a gruñir.

—Es Mavra —dijo Burkin.

Los pasos dejaron de oírse.

—Ver y escuchar cómo la gente miente —comentó Iván Ivánich, volviéndose del otro lado— y ser tratado de imbécil por tolerar sus mentiras; soportar ofensas, humillaciones; no atreverse a declarar abiertamente que estás del lado de los hombres honrados y libres; mentirse a uno mismo, sonreír, y todo eso por un pedazo de pan, por un techo bajo el cual cobijarse, por un puestecillo de nada. ¡No, no se puede seguir viviendo así!

—Eso ya es otra historia, Iván Ivánich —dijo el profesor—. Vamos a dormir.

Diez minutos después, Burkin ya dormía. Pero Iván Ivánich seguía cambiando de postura y suspirando; al cabo de un rato se levantó, volvió a salir al exterior y, tras sentarse junto a la puerta, encendió la pipa.

 

 

Anton ChéjovAntón Pávlovich Chéjov

Taganrog (Rusia), 1866 - 1936, Badenweiler (Alemania)

Médico, dramaturgo y escritor, verdadero maestro del relato corto, considerado, casi de forma unánime, como uno de los mejores y más influyentes cuentistas de la literatura universal.
Durante un largo período escribió como un medio de subsistencia y publicó con tantos pseudónimos, que es imposible saber cuántos cuentos ha escrito.
Un hombre enfundado”, publicado por primera vez en el número 7 de El pensamiento ruso (junio, 1848) y más tarde, con correcciones, incluido en la segunda edición de sus Obras completas (1903), se ha traducido al castellano con varios títulos diferentes: “El hombre en el estuche”; “El hombre en su funda” y “El hombre enfundado”, entre otros.
El estadounidense E. L. Doctorow, dijo de Chéjov: «Sus cuentos parecen esparcirse sobre la página sin arte, sin ninguna intención estética detrás de ellos. Y así uno ve la vida a través de sus frases». A nuestro parecer, éste relato refrenda el acierto de esas palabras.
Con el recurso de la narración enmarcada, este autor magnífico nos presenta la angustia existencial de quien, temeroso de la libertad, edifica un refugio de reglas y hábitos en el que se esconde para protegerse; pero esa protección es ilusoria. Bélikov vive preso de un terror constante que no mitigan los chanclos, el paraguas, correr la capota del carruaje ni taparse con las sábanas hasta las cabeza… Solo enfundado en su féretro el rostro de Bélikov refleja algo de paz, y las reflexiones finales de Iván Ivánich, que no lo dejan dormir, nos hacen ver que todos, de una forma u otra, nos enfundamos para sobrellevar la realidad..

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