Un cuento y un laberinto

Fantástico

Desde hacía algunos días merodeaba en mi cabeza aquella idea. Una ocurrencia, un tanto descabellada, de estar siendo acechado muy de cerca… por alguien o quizás por algo. Durante las siestas que diligentemente solía tomar en el transcurso de las tardes, había comenzado de pronto a despertar un poco sobresaltado sin saber el porqué. En medio de la confusión, hacía un gran esfuerzo para tratar de recordar lo que había estado soñando, a modo de obtener algún indicio. Pero eso solo me hacía sentir como un infortunado explorador que trata de escapar de las arenas movedizas; cuanto más lo intentaba, menores eran mis probabilidades de recobrar aquel preciado tesoro y mayor mi angustia.

Ilustración de @pilar.san.martin, experimenta con el arte y el diseño ecológico (© 2021) .

Mi sospecha se vio confirmada solo unas semanas después. Cuando en uno de los periodos de descanso, logré rescatar, de aquel foso artero, un débil vestigio. Ya no por medio del intento de reproducir alguna vana palabra pronunciada durante la estadía en el interior de aquel sueño; ni por la remembranza de los difuminados trazos que daban vida a los oníricos objetos, a los transmutables rostros o los lugares que en ellos se dibujaban, sino empleando otra táctica a la que, astutamente, me aferré: ¡la sensación que me provocaba!, y deposité en esta estrategia todas mis esperanzas, emulando al náufrago que se sujeta del endeble pero certero trozo de madera. Así fue como finalmente comprendí el motivo de mi desasosiego.

¡Un cuento! Estaba siendo turbado por el recuerdo fallido de un maravilloso cuento. El espejismo de una historia, un relato acuñado en palabras que no alcanzaba yo a reproducir, cuyo título me era negado y del cual el nombre del autor mucho menos podría vagamente aludir. A ninguno de estos lograba yo rescatar de la vorágine provocada al paso de la tormenta que azotaba el vasto mar de mis pensamientos. Habiendo dilucidado el tipo de ente cuya ausencia me asolaba, en vano busqué en cada uno de los estantes del librero, sobre los escritos encima del buró al lado de la cama, o en el reguero de los libros que como semillas permanecían dispersos por todas las habitaciones dentro de la casa. Una señal, un nombre, un color, una palabra solamente… que saltara como un pequeño niño travieso, tocando el timbre de mi memoria, invocando desde sus profundidades ese brumoso recuerdo; para que volviera etéreo, inmarcesible, como hermoso fantasma flotando desde la nada, le imploraba en mi desesperación a una indiferente Ariadna; cualquier cosa que me mostrara el extremo del hilo del cuál podría seguir tirando, hasta llegar a recuperarlo letra tras letra desde las entrañas del sinuoso laberinto, antes de que fuera devorado por el minotauro. Y nada…

El recuerdo de un viaje – René Magritte (1955)

Solo me quedaba el consuelo de regocijarme en la evocación que aquel escrito había logrado plasmar en mis sentidos. Incluso podría decir, casi como una pequeña piedra que, al caer, agitaba la superficie en las profundidades del pozo de mi alma. Recuerdo, esto sí que lo recuerdo bien; el mero acto de leerlo hizo despertar algo en mí, a un ritmo dulce y acompasado. Era una resonancia sutil que venía de muy lejos buscándome a través de la vibración de las frases, imágenes, signos y palabras; incluso me atrevo a pensar, desde otro remoto tiempo.

Continuaron desfilando en el transcurrir de mi vida, los días, los meses, los libros y los años. Tuve que seguir el camino, a la sombra de aquella gran omisión, sin la pequeña dicha de poder releer palabra por palabra ningún párrafo de aquel cuento que disfrutara yo tanto, y que por tal motivo (quiero justificar) en el afán de conservarlo a mi lado, lo hube guardado tan bien en las profundidades de mi memoria, que el pobrecillo se había perdido, quizás para siempre, recorriendo los pasadizos que conformaban el dédalo de mi propio olvido.

Eréndira Corona
 

 

Etiquetas: Eréndira, Fantástico

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