Un corazón sencillo

Clásico
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I

Durante medio siglo, las burguesas de Pont-l'Évêque le envidiaron a la señora Aubain su criada Felicidad.

Manuscrito de “Un cœur simple” (1875)Por cien francos anuales se ocupaba de la cocina y de la limpieza, cosía, lavaba, planchaba, sabía embridar un caballo, cebar aves, batir la mantequilla y se mantuvo fiel a su señora, que no era, sin embargo, una persona agradable.

Esta se había casado con un guapo joven sin fortuna, cuyo fallecimiento en el inicio de 1809 le dejó dos niños muy pequeños junto con cuantiosas deudas. Vendió entonces sus propiedades, salvo las granjas de Toucques y de Geffosses, cuyas rentas alcanzaban como mucho 5000 francos, y abandonó su casa de Saint-Melaine para mudarse a otra menos dispendiosa que perteneció a sus ancestros, situada tras el mercado.

Dicha casa, recubierta de pizarra, se hallaba entre un pasaje y una callejuela que desembocaba en el río. Tenía en su interior desniveles que ocasionaban tropiezos. Un estrecho vestíbulo separaba la cocina de la “sala” donde la señora Aubain se pasaba el día entero sentada cerca de la ventana en una butaca de paja. Junto a los paneles pintados de blanco se alineaban ocho sillas de caoba. Un viejo piano soportaba, bajo un barómetro, un cúmulo piramidal de cajas y de tarjetas.

Dos poltronas tapizadas flanqueaban la chimenea de mármol amarillo y estilo Luis XV. En el centro, el reloj representaba un templo de Vesta; y la casa entera olía un poco a moho, ya que el nivel del suelo era inferior al del jardín.

En el piso de arriba se hallaba en primer término la habitación de la “Señora”, una estancia muy amplia, revestida de un empapelado con pálidos motivos florales y presidida por el retrato del “Señor”, ataviado de auténtico petimetre.

Se comunicaba con un dormitorio más pequeño, donde se veían dos literas infantiles sin colchones. Venía después el salón, siempre cerrado y repleto de muebles enfundados con sábanas. Un pasillo conducía al cabo a un despacho; libros y papeles guarnecían los anaqueles de una librería que rodeaba la trasera y los lados de un gran escritorio de madera negra. Ambos laterales desaparecían bajo dibujos a plumilla, acuarelas de paisajes y grabados de Audran, recuerdos de tiempos mejores y de un lujo desvanecido. Un tragaluz alumbraba en el segundo piso el cuarto de Felicidad, con vistas que daban a las praderas.

Esta se levantaba al alba, para no faltar a misa, y trabajaba sin tregua hasta el anochecer; luego, una vez concluida la cena, ordenada la vajilla y asegurado a conciencia el cierre de la puerta, metía un leño bajo las cenizas y se quedaba dormida frente al hogar, con su rosario en la mano. Nadie superaba su testarudez a la hora de los regateos. En lo tocante a la limpieza, lo pulido de sus cazuelas desesperaba a las demás sirvientas. Ahorrativa y frugal, comía con lentitud y recogía una a una sobre la mesa las migajas de su pan, un pan de doce libras, horneado específicamente para ella y que le duraba veinte días.

Fuese cual fuese la estación, llevaba siempre una pañoleta de indiana sujeta a la espalda con un alfiler, una cofia ocultándole los cabellos, medias grises, un refajo rojo y un delantal de peto sobre su camisola, como las enfermeras de hospital.

Su rostro era flaco y su voz aguda. A los veinticinco años se le echaban cuarenta. A partir de los cincuenta dejó de aparentar edad alguna; siempre silenciosa, erguida y mesurada en gestos, parecía una mujer de madera, con funcionamientos de autómata.

II

Había tenido, como cualquier otra, su historia de amor.

Su padre, un albañil, se mató al caer de un andamio. Luego murió su madre, sus hermanas se dispersaron, un granjero la recogió y la destinó, muy niña aún, a guardar las vacas en los pastos. Tiritaba bajo sus harapos, bebía de bruces el agua de los charcos, recibía palizas sin cuento por un sí o por un no y fue finalmente despedida por un robo de treinta sueldos que no había cometido. Se colocó en otra granja, llegó a chica de corral y, como complacía a sus patrones, sus compañeros la envidiaban.

Una noche del mes de agosto (ella tenía entonces dieciocho años), la arrastraron a las fiestas de Colleville. De inmediato se sintió mareada, aturdida y estupefacta por el jaleo de los violinistas locales, las luces entre los árboles, el abigarramiento de las vestimentas, los encajes, las cruces de oro, por toda esa masa de gente brincando al unísono. Se mantenía modestamente apartada en un rincón cuando un joven de aspecto acomodado, que fumaba en pipa acodado a la pértiga de un carrichoche, se le acercó para invitarla a bailar. La convidó sidra, café y creps saladas, le regaló un fular y, creyendo que ella colegía sus intenciones, se ofreció a acompañarla de vuelta. A orillas de un campo de avena, la arrojó brutalmente al suelo. Ella se asustó y empezó a gritar.

Entonces él se alejó.

Ilustración de Émile Adam para una edición individual francesa de 1884 .Otra noche, en la carretera de Beaumont, ella quiso adelantar a una gran carreta de heno que avanzaba lentamente y al rozar sus ruedas reconoció a Théodore.

La abordó con aire tranquilo, afirmando que había que perdonarlo todo, ya que “la culpa era de la bebida”.

Ella no supo qué responder y sintió deseos de huir.

De inmediato, él le habló de las cosechas y mencionó a los importantes del pueblo, ya que su padre había abandonado Colleville para establecerse en la granja Écots, de modo que ahora eran vecinos. “¡Ah!”, dijo ella. Él añadió que deseaban casarlo. Sin embargo, no tenía ninguna prisa, aguardaba a una mujer que le gustase. Entonces le preguntó si pensaba en el matrimonio. Ella le reconvino, sonriente, la burla, le afeó que se mofara a su costa. “¡No lo hago, se lo juro!”, y le rodeó la cintura con su brazo izquierdo; avanzaba apoyada en él, que la estrechaba contra sí, y ambos aminoraron el paso. El aire era tibio, las estrellas brillaban, la enorme carretada de heno oscilaba ante ellos. Los cuatro caballos levantaban el polvo con su lento arrastrar de cascos. Luego, torcieron a la derecha sin que nadie se lo ordenara. La abrazó una vez más. Ella desapareció en la oscuridad.

A la semana siguiente, Théodore obtuvo de ella varias citas.

Se veían al fondo de los corrales, detrás de un muro, bajo un árbol aislado. Ella no era inocente al modo de las señoritas —había aprendido de los animales—, pero el sentido común y su instinto del honor la impidieron sucumbir. Dicha resistencia avivó el amor de Théodore, de manera que para satisfacer sus deseos o tal vez por mera ingenuidad, este le propuso matrimonio. Ella dudaba, no acababa de creerle. Él le hizo grandes promesas al respecto.

Pronto confesó algo enojoso: sus padres le habían comprado el año anterior los servicios de un hombre para que se enrolara en su lugar. Pero en cualquier momento el asunto podría irse al traste; la idea de ser llamado a filas lo espantaba. Esa cobardía supuso para Felicidad una prueba de ternura que duplicó la suya. Se escapaba de noche a su encuentro y, una vez a su lado, Théodore la atormentaba con sus inquietudes y sus instancias.

Finalmente, declaró que iría él mismo en persona a informarse a la Prefectura y que le daría noticias el domingo siguiente, entre las once y la medianoche.

Llegado el momento, ella corrió hacia su enamorado.

Halló en su lugar a uno de sus amigos.

Este le reveló que ya no volvería a verlo más. Para librarse del reclutamiento, Théodore se había casado con una anciana muy rica, la señora Lehoussais, de Toucques.

Su pena fue descomunal. Se arrojó al suelo, profirió alaridos, invocó a Dios, gimió y se lamentó a solas en medio del campo hasta el amanecer. Después regresó a la granja y anunció su intención de despedirse; y al cabo del mes, con su finiquito ya recibido, guardó su escaso equipaje en un hatillo y se dirigió a Pont-l'Évêque.

Ilustración de Émile Adam (1884)Ante la posada, le preguntó a una burguesa ataviada con capelina de viuda, que precisamente buscaba cocinera. La muchacha carecía de experiencia, pero parecía tan rebosante de buena voluntad y mostraba tan pocas exigencias, que la señora Aubain terminó por decirle:

—De acuerdo, ¡la acepto!

Un cuarto de hora después, Felicidad se hallaba instalada en su domicilio.

Vivió al principio sumida en una suerte de estremecimiento, provocado por el tipo de vivienda, “la clase de casa”, y por el constante recuerdo del “Señor”, que planeaba sobre todas las cosas. Paul y Virginie, que contaban siete años el primero y apenas cuatro la segunda, le parecían hechos de una materia preciosa; se los subía a la espalda, llevándolos a caballito, y la señora Aubain le prohibió besuquearlos a todas horas y a cada instante, lo que la mortificó. Sin embargo, se sentía feliz. La suavidad del ambiente había disipado su tristeza.

Todos los jueves acudían visitantes asiduos a echar una partida de boston. Felicidad preparaba de antemano los naipes y las estufillas. Llegaban a las ocho en punto y se retiraban antes de que dieran las once.

Cada lunes por la mañana, el chamarilero establecido bajo la alameda disponía su chatarra sobre la acera. La ciudad se llenaba al cabo de un zumbido de voces, donde relinchos de caballos, balidos de corderos y gruñidos de cerdos se entremezclaban con el ruido seco de las carretas por la calzada. A eso del mediodía, en pleno apogeo del mercado, veían comparecer en el umbral a un viejo campesino de buena estatura, nariz ganchuda y gorra echada hacia atrás; se trataba de Robelin, el granjero de Geffosses. Poco tiempo después, le llegaba el turno a Liébard, granjero de Toucques, un hombre bajito, coloradote y obeso, vestido con chaqueta gris y polainas dotadas de espuelas.

Ambos le ofrecían a su propietaria unas gallinas o unos quesos. Felicidad desarmaba invariablemente sus argucias, y ellos se marchaban llenos de respeto y consideración por su persona.

En fechas indeterminadas, la señora Aubain recibía la visita del marqués de Gremanville, uno de sus tíos, arruinado por la crápula y residente en Falaise, en la última parcela que le quedaba de sus tierras. Se presentaba siempre a la hora de comer, con un horrendo caniche cuyas patas ensuciaban todos los muebles. A pesar de sus esfuerzos por aparentar grandeza, hasta el punto de descubrirse, izándose el sombrero cada vez que mencionaba a su “finado señor padre”, trasegaba, llevado por la costumbre, de continuo; se escanciaba copa tras copa y soltaba picardías, requiebros subidos de tono. Felicidad lo empujaba fuera, se lo quitaba cortésmente de en medio: “Ya es suficiente, ya ha tenido bastante, Señor de Gremanville, ¡hasta la próxima!”. Y cerraba de nuevo la puerta.

Ilustración de Émile Adam (1884) .Se la abría con gusto al señor Bourais, antiguo abogado.

Su corbata blanca y su calvicie, la chorrera de su camisa, su amplia levita marrón, su manera de tomar rapé arqueando el brazo, todo en la persona de ese individuo le infundía esa turbación a que nos aboca la visión de los hombres extraordinarios.

Como administraba las propiedades de la “Señora”, se encerraba con ella durante horas en el despacho del “Señor”; siempre temeroso de comprometerse, le profesaba un infinito respeto a la magistratura y se daba aires e ínfulas de latinista.

Para instruir a los niños de manera agradable, les regaló una geografía ilustrada. Las estampas representaban diferentes escenas del mundo: antropófagos tocados de plumas, un mono raptando a una damisela, beduinos en el desierto, una ballena en el instante de ser arponeada, etc..

Paul le explicó dichos grabados a Felicidad. De hecho, esa fue toda su educación literaria.

De la de los niños se encargaba Guyot, un pobre diablo empleado municipal, famoso por su buena letra, que afilaba el cortaplumas con su bota.

Cuando el tiempo era bueno, iban desde bien temprano a la granja de Geffosses.

El patio estaba en declive, con la casa en el centro; el mar se divisaba a lo lejos como una mancha gris.

Felicidad sacaba tajadas de carne fría de su cabás y almorzaba en una estancia contigua a la lechería. Era el único vestigio de un pabellón de recreo, ya desaparecido. Los jirones de papel del ruinoso recinto temblaban, sacudidos por las corrientes. La señora Aubain agachaba la cabeza, agobiada de recuerdos; los niños callaban, ya no se atrevían a seguir hablando. “¡Pero bueno, id a jugar!”, les decía ella. Y ambos se marchaban a escape.

Paul se metía en la granja, atrapaba pájaros, hacía cabrillas con un canto en el agua de la charca o golpeaba con un palo los gruesos toneles, que resonaban cual tambores.

Virginie daba de comer a los conejos, corría a coger acianos y la velocidad de sus piernas dejaba entrever sus pantaloncitos bordados.

Un atardecer de otoño emprendieron el camino de regreso a través de los pastizales.

La luna en cuarto creciente alumbraba una parte del cielo y una neblina flotaba como un chal sobre las sinuosidades de la Toucques. Unos bueyes, tumbados en medio de la hierba, contemplaban tranquilamente el paso de esas cuatro personas. Llegados al tercer pasto, algunos se levantaron y se arremolinaron en círculo frente a ellos. “¡No temáis nada!”, dijo Felicidad; y murmurando una especie de lamento, acarició el lomo del que se hallaba más cerca; este dio media vuelta y los demás lo imitaron. Pero una vez atravesado el siguiente pasto, se escuchó un formidable bramido. Era el de un toro, oculto por la bruma. Avanzó hacia las dos mujeres. La señora Aubain ya se aprestaba a correr. “¡No, no! ¡Vaya menos deprisa!”.

Ilustración de Émile Adam (1884)Ambas apuraban el paso, sin embargo, y oían acercarse tras de sí el sonoro, ruidoso hálito. Sus pezuñas cual martillos golpeaban la hierba de la pradera, y hete aquí que de pronto ¡se lanzaba al galope! Felicidad se giró y comenzó a arrancar con ambas manos motas de tierra que le arrojó a los ojos. Se las lanzaba a manos llenas y el toro bajaba el morro, sacudía las cuernos y temblaba de furia mientras mugía espantosamente.

Al final del pasto, junto con sus dos pequeños, la señora Aubain buscaba a la desesperada el modo de franquear el desnivel. Felicidad seguía retrocediendo ante el toro, sin parar de arrojarle motas de césped que lo cegaban a la par que chillaba: “¡Dese prisa! ¡Dese prisa!”.

La señora Aubain bajó a la hondonada, empujó primero a Virginie y luego a Paul, se cayó varias veces al tratar de subir el talud y finalmente consiguió remontarlo, a fuerza de empeño.

El toro había acorralado a Felicidad contra una valla. Babeaba sin cesar y cornearla era solo cuestión de segundos. Le dio tiempo a deslizarse entre dos barrotes y la bestia, sorprendida, se detuvo.

Semejante suceso fue motivo de conversación durante años en Pont-l'Évêque. Felicidad no se envaneció de ello, puesto que ni siquiera se le ocurrió la idea de haber hecho nada heroico.

Virginie la ocupaba por entero, ya que había contraído una afección nerviosa tras el susto del incidente y el espanto sufrido. El médico, el señor Poupart, aconsejó los baños de mar en Trouville.

En esa época no eran habituales, no se frecuentaba la playa. La señora Aubain se informó, consultó a Bourais e hizo preparativos como para un largo viaje.

Los enseres y bultos de su equipaje partieron la víspera, en la carreta de Liébard. A la mañana siguiente, este trajo dos caballos, uno de los cuales iba equipado con una silla de mujer, guarnecida con un respaldo de terciopelo y un abrigo enrollado a modo de asiento en la grupa del segundo. La señora Aubain montó tras él. Felicidad se encargó de Virginie y Paul subió a lomos del asno del señor Lechaptois, prestado bajo la condición de profesarle sumo cuidado.

La carretera era tan mala que sus ocho kilómetros de trayecto les llevaron dos horas. Los caballos se hundían hasta las cuartillas en el lodo y realizaban con los flancos bruscos movimientos para liberarse; tropezaban, se salían de la rodada y a veces brincaban, obligados de repente a saltar. La yegua de Liébard se paraba de golpe en ciertos lugares. Él aguardaba pacientemente a que reanudase la marcha, y hablaba entretanto de las personas cuyas propiedades bordeaban la carretera, añadiéndole reflexiones y comentarios morales a sus peripecias y trayectorias. Así, en el centro de Toucques, al pasar bajo unas ventanas enmarcadas por flores de capuchina, se encogió de hombros y dijo: “Pues aquí tenemos a una tal señora Lehoussais que, en lugar de hacerse con un joven…”. Felicidad no escuchó el resto; los caballos trotaban, el asno galopaba. Enfilaron un sendero, se abrió una barrera, aparecieron dos chicos y todos desmontaron frente al abono, en el umbral mismo de la puerta.

La comadre Liébard prodigó grandes muestras de alegría al divisar a su señora. Sirvió un almuerzo consistente en solomillo, callos, morcilla, una pepitoria de pollo, sidra espumosa, tarta de compotas y ciruelas en aguardiente, todo ello regado por un sinfín de zalamerías y alabanzas a la señora, cuya salud parecía haber mejorado, a la señorita, que se había puesto “espléndida”, al señor Paul, tan notablemente “robustecido”, sin olvidarse de la mención a sus difuntos abuelos, a quienes los Liébard habían conocido, ya que llevaban al servicio de la familia desde hacía varias generaciones. La granja tenía, al igual que ellos, su pátina de vejez. Las viguetas del techo estaban carcomidas, las paredes ennegrecidas por el humo y un polvo gris recubría las baldosas. Una alacena de roble soportaba toda clase de utensilios: picheles, platos, escudillas de estaño, trampas para lobos, esquileos para las ovejas. Una enorme jeringa hizo reír a los niños. No había en los tres patios ni un solo árbol que no tuviese champiñones en su base o una mata de muérdago entre sus ramas. El viento había tirado abajo varios. Habían rebrotado por el medio y al albur; y todos se doblegaban bajo el peso de su carga de manzanas. Las techumbres de paja, de espesor desigual y similares a un terciopelo pardo, eran capaces de resistir las peores borrascas. No obstante, la cochera se caía a pedazos. La señora Aubain dijo que pensaría sobre el asunto y ordenó enjaezar las monturas.

Ilustración de Émile Adam (1884)Se tardó aún media hora más en alcanzar Trouville. La pequeña caravana desmontó para atravesar las Écores, un acantilado que se erguía sobre las embarcaciones; y tres minutos después, entraron, desde el fondo del muelle, en el patio del Agneau d'or, donde la comadre David.

Desde los primeros días Virginie se sintió menos débil, de resultas del cambio de aires y de los baños de mar, que tomaba en camisa, a falta de un bañador; su muchacha volvía a vestirla después en la cabaña de un aduanero, habilitada para los bañistas.

Por la tarde iban con el burro más allá de Roches-Noires, por el camino de Hennequeville. El sendero ascendía primero entre ondulantes campos, verdes como el césped de un gran jardín, y desembocaba al cabo en un llano donde alternaban pastizales y terrenos de labranza. En el borde del camino, entre la maraña de zarzales, se erguían acebos; y aquí y allá un gran árbol muerto trazaba zigzags en el azul del cielo con sus ramas.

Casi siempre reposaban en un prado, con Deauville al fondo, Le Havre a su derecha y el océano enfrente. El mar esplendía al sol, liso como un espejo, tan en calma que apenas si se escuchaba su murmullo; piaban escondidos gorriones y la bóveda inmensa del cielo lo recubría todo. Sentada, la señora Aubain trabajaba en su labor de costura, Virginie trenzaba juncos a su vera, Felicidad escardaba flores de lavanda, Paul, que se aburría, quería marcharse.

Otras ocasiones, una vez pasaban en barco La Toucques, se dedicaban a buscar conchas. La bajamar dejaba al descubierto erizos, vieiras, medusas; y los niños corrían en pos de los copos de espuma que se llevaba el viento. Las olas adormecidas rompían sobre la arena a lo largo de la playa; esta se extendía hasta donde se perdía la vista, pero su límite tierra adentro eran las dunas que la separaban del Marais, una larga pradera de marismas con forma de hipopótamo. Cuando tomaban ese camino de regreso, Trouville, que divisaban al fondo, sobre la pendiente de la ladera, se agrandaba con cada paso y parecía expandirse, junto con todas sus casas desiguales, en un desorden alegre.

Los días que hacía demasiado calor no salían de sus habitaciones. La destellante claridad exterior imprimía barras de luz entre las lamas de las celosías. No había ningún ruido en el pueblo. Nadie abajo, tampoco, sobre las aceras. Ese extendido silencio aumentaba la tranquilidad de las cosas. A lo lejos, los martillos de los calafates tamponaban las carenas y una brisa espesa arrastraba consigo el olor de la brea.

La principal diversión era el retorno de las barcas. Comenzaban a bordear nada más superar las balizas. Sus velas se arriaban hasta dos tercios de los mástiles. Avanzaban, con el trinquete inflado como un balón, deslizándose entre el chapoteo de las olas hasta el centro del puerto, donde de repente caía el ancla. Luego, la embarcación se arrimaba al muelle. Los marineros arrojaban peces palpitantes por encima de la borda; los aguardaba una hilera de carros, y mujeres con cofias de algodón se precipitaban para asir los cestos y besar a sus hombres.

Una de ellas abordó un día a Felicidad, quien poco después entró contentísima en la habitación. Había reencontrado a una hermana; y Nastasie Barrete, de casada Leroux, entró, con un crío colgado al pecho, otro asido a su mano derecha y un pequeño grumete a su izquierda, con los brazos en jarras y la boina ladeada sobre la oreja.

Ilustración de Émile Adam (1884)Al cabo de un cuarto de hora, la señora Aubain la echó.

Se topaban siempre con ellos en las inmediaciones de la cocina o durante los paseos. El marido no se dejaba ver.

Felicidad les tomó cariño. Les compró una manta, camisas, un hornillo. Abusaban obviamente de ella. Esa debilidad suya exasperaba a la señora Aubain, a quien por lo demás disgustaban las familiaridades del sobrino, ya que este tuteaba a su hijo. Y como Virginie tosía y ya no hacía buen tiempo, regresó a Pont-l'Évêque.

El señor Bourais le aconsejó acerca de la elección de un internado. El de Caen pasaba por ser el mejor. Se envió allí a Paul, que se despidió valerosamente, contento de irse a vivir a una casa donde tendría compañeros.

La señora Aubain se resignó al alejamiento de su hijo, puesto que tal cosa era indispensable. Virginie lo añoraba cada vez menos. Felicidad echaba en falta su bullicio. Pero pronto la distrajo una nueva ocupación; a partir de Navidad, llevó a la niña a diario a catequesis.

III

Una vez realizada su genuflexión en la puerta, avanzaba bajo la alta nave entre la doble hilera de sillas, abría el banco de la señora Aubain, se sentaba y paseaba la mirada en su derredor.

Los chicos, sentados a la derecha, y las niñas, instaladas a la izquierda, llenaban las sillas del coro; el cura se mantenía de pie junto al atril; en una vidriera del ábside, el Espíritu Santo dominaba a la Virgen; otra la mostraba de rodillas ante el Niño Jesús y, tras el tabernáculo, una talla de madera representaba al arcángel San Miguel venciendo al dragón.

El cura hizo primero un compendio de la Historia Sagrada. A ella le parecía ver el paraíso, el diluvio, la torre de Babel, ciudades envueltas en llamas, pueblos que morían, ídolos derribados; y de semejante deslumbramiento entresacó su respeto por el Altísimo y el temor a su cólera. Luego, lloró al escuchar la Pasión. ¿Por qué lo habían crucificado, a él, que quería a los niños, alimentaba a las masas, curaba a los ciegos y por dulzura y humildad quiso nacer entre los pobres, sobre el estiércol de un establo? Las siembras, las cosechas, los lagares, todas esas cosas familiares de que habla el Evangelio se hallaban presentes en su vida; el paso de Dios las había santificado; y quiso más tiernamente a los corderos por amor al Cordero, a las palomas a causa del Espíritu Santo.

Le costaba imaginar, representarse su persona; ya que no era únicamente un ave, sino también un fuego, y otras veces un soplo. Acaso fuera su luz la que de noche revoloteaba a orillas de las ciénagas, su hálito el que empujaba los nubarrones, su voz la que tornaba armoniosas las campanas; y ella se sumía en un estado de adoración, disfrutando del frescor de los muros y de la tranquilidad de la iglesia.

Ilustración de Émile Adam (1884)En cuanto a los dogmas, no comprendía nada, no trató siquiera de entenderlos. El cura discurría, los niños recitaban y ella terminaba por dormirse; y se despertaba de golpe, cuando estos, al marcharse, golpeaban las losas con sus zuecos.

Y así fue como, a fuerza de escucharlo, aprendió el catecismo, luego de una juventud carente de educación religiosa.

Imitó desde entonces todas las prácticas de Virginie; ayunaba como ella, se confesaba a la par. Para la festividad del Corpus, ambas hicieron juntas un altar.

La primera comunión la preocupaba de antemano. Se desvivió por los zapatos, el rosario, el misal, los guantes. ¡Con cuánto temblor ayudó a su madre a vestirla!

Sintió angustia durante toda la misa. El señor Bourais le ocultaba una parte del coro; pero justo enfrente, el tropel de vírgenes tocadas con blancas coronas sobre los velos bajados formaba una suerte de campo níveo; y ella distinguía, reconocía de lejos a su querida pequeñuela, por la mayor delicadeza de su cuello y su actitud de recogimiento. Sonó la campana. Las cabezas se reclinaron; se produjo un silencio. Al clamor del órgano, los cantores y el gentío entonaron el Agnus Dei; luego comenzó el desfile de los muchachos; después de estos, se levantaron las chicas. Paso a paso, con las manos unidas, se encaminaban hacia el altar profusamente iluminado, se arrodillaban sobre el primer peldaño, recibían por turnos la hostia y regresaban en ese idéntico orden a sus reclinatorios. Cuando le tocó a Virginie, Felicidad se inclinó para verla; y al vuelo de la imaginación que infunden el cariño y el amor auténticos, le pareció que ella misma era esa niña; su silueta se convertía en la suya, su ropa la revestía, su corazón le latía en su pecho; en el instante de entreabrir la boca, mientras entornaba los párpados, a punto estuvo de desmayarse.

Al día siguiente, se presentó muy temprano en la sacristía para que el señor cura le diera la comunión. La recibió muy devotamente, pero no experimentó el mismo deleite.

La señora Aubain quería hacer de su hija una persona formada; y como Guyot no podía enseñarle ni inglés ni música, resolvió enviarla interna a las ursulinas de Honfleur.

La niña no objetó nada. Felicidad suspiraba, tomando a la señora por insensible. Después reflexionó y se dijo que acaso su señora tuviera razón. Tales cosas no entraban dentro de sus competencias y entendimiento.

Finalmente, una vieja tartana se detuvo un día ante la puerta.

Descendió una religiosa venida en busca de la señorita. Felicidad subió el equipaje a la imperial, le hizo unas cuantas recomendaciones al cochero y colocó en el baúl seis tarros de confitura y una docena de peras, junto con un ramillete de violetas.

Ilustración de Émile Adam (1884)En el último momento, a Virginie le embargaron los sollozos; abrazaba a su madre, quien la besaba en la frente al tiempo que repetía: “¡Vamos! ¡Un poco de valor! ¡De valor!”.

Se quitó el estribo y el coche partió.

Entonces la señora Aubain sufrió un desmoronamiento.

Y todos sus amigos, el matrimonio Lormeau, la señora Lechaptois, esas señoritas Rochefeuille, el señor de Houppeville y Bourais se presentaron por la noche para consolarla.

La falta de su hija le resultó muy dolorosa al principio, pero recibía carta suya tres veces por semana y le correspondía a su vez el resto de los días; paseaba por su jardín, leía un poco y colmaba así el vacío de las horas.

Felicidad entraba de mañana por mera costumbre en el cuarto de Virginie y se quedaba mirando las paredes. Le fastidiaba no tener ya que peinarle los cabellos, atarle los cordones de sus botines, arrullarla en su cama y no ver de continuo su encantadora carita, no poder seguir llevándola de la mano cuando salían juntas. Para paliar su ociosidad, intentó hacer labores de encaje. Pero sus dedos demasiado gruesos rompían los hilos. No se enteraba de nada, había perdido el sueño y, según sus propias palabras, estaba “minada”.

Pidió, por “distraerse”, permiso para recibir las visitas de su sobrino Victor.

Este llegaba los domingos después de misa, despechugado y con las mejillas coloradas, oliendo a aromas campestres, los de la campiña que acababa de atravesar. Disponía sus cubiertos de inmediato. Almorzaban juntos, frente a frente; y ella, que comía lo menos posible por ahorrar gasto, lo atiborraba de comida de tal modo que él terminaba por dormirse. Lo despertaba al primer toque de vísperas, cepillaba sus pantalones, le anudaba la corbata y se dirigía a la iglesia, cogida de su brazo con un orgullo maternal.

Sus padres lo instaban siempre a sacarle algo, algún beneficio, ora un paquete de azúcar moreno, ora jabón, aguardiente, a veces incluso dinero. Él le traía su ropa vieja para que se la remendase; y ella aceptaba esa tarea, contenta por el motivo que lo obligaría a regresar.

En el mes de agosto, su padre lo embarcó.

Era período vacacional. La llegada de los niños la consoló.

Pero Paul se estaba volviendo caprichoso y Virginie ya no tenía edad de que la siguiera tuteando, lo que estableció una incomodidad, una barrera, un freno entre ambas.

Victor fue sucesivamente a Morlaix, a Dunkerque y a Brighton. Le traía siempre un regalo a la vuelta de cada viaje. La primera vez se trató de una caja hecha de conchas; la segunda consistió en una taza de café. A la tercera, le obsequió un bizcocho de jengibre con forma de hombrecillo. Se estaba poniendo muy guapo, lucía esbelto y con buena planta, llevaba bigotillo, tenía una hermosa mirada franca y un pequeño sombrero de cuero, echado hacia atrás como el de un piloto. Solía divertirla narrándole historias salpicadas de términos marineros.

Ilustración de Émile Adam (1884)Un lunes, el catorce de julio de 1819 (ella no olvidó la fecha), Victor le anunció que se había enrolado en la marina mercante y que dos días más tarde iría por la noche, vía el paquebote de Honfleur, a embarcarse en su goleta, que zarparía próximamente de Le Havre. Estaría fuera acaso dos años.

La perspectiva de una ausencia semejante desoló a Felicidad; y para despedirlo una vez más, el miércoles por la noche, tras servirle la cena a la señora, se calzó unos zuecos y afrontó las cuatro leguas que separan Pont-l'Évêque de Honfleur.

Al llegar ante el Calvario, en lugar de encaminarse a la izquierda, giró a su derecha y se extravió por los astilleros.

Volvió sobre sus pasos e interpeló a unas gentes, que la conminaron a apresurarse. Dio la vuelta a la dársena repleta de navíos, tropezando con las amarras; después, el terreno se inclinó, unas luces se entrecruzaron y ella se tomó a sí misma por loca al divisar unos caballos en el cielo.

Otros relinchaban al final del muelle, espantados por el mar. Un aparejo los izaba y los bajaba hasta un barco, donde se empujaban viajeros entre las barricas de sidra, los cestos de quesos, los sacos de grano; se oía cacarear a las gallinas, el capitán blasfemaba; y un grumete permanecía acodado en la serviola, indiferente a cuanto le rodeaba. Felicidad, que no lo había reconocido, gritó: “¡Victor!”. Él alzó la cabeza y ella ya se lanzaba en su dirección, cuando de pronto retiraron la escala.

El paquebote, que unas mujeres halaban cantando, salió del puerto. Sus cuadernas crujían, pesadas olas azotaban su proa. El velamen había girado y ya no se vio a nadie; y era, sobre la mar plateada por la luna, una mancha negra que no cejaba de empalidecer, una mancha hundiéndose hasta que desapareció.

Felicidad, al pasar junto al Calvario, quiso encomendarle a Dios lo que más amaba; y oró durante mucho rato, de pie, con el rostro bañado en lágrimas y los ojos vueltos hacia las nubes.

La ciudad dormía, unos aduaneros se paseaban; y el agua manaba sin cesar por los agujeros de la esclusa, con un ruido de torrente. Dieron las dos.

El locutorio no abriría antes de que amaneciera. Un retraso molestaría por descontado a la señora. De manera que, a pesar de sus ganas de abrazar a la otra niña, desistió y emprendió el regreso. Las muchachas de la posada empezaban a despertarse cuando entró en Pont-l'Évêque.

¡De modo que el pobre crío iba a tirarse meses bogando sobre las olas! Sus viajes anteriores no la habían asustado. De Inglaterra y de Bretaña se volvía; pero América, las colonias, las islas, todo eso se hallaba perdido en regiones inciertas, en la otra punta del mundo.

Desde entonces, Felicidad pensó exclusivamente en su sobrino. Los días de sol se preocupaba por la sed. Cuando había tormenta, temía que le cayeran encima los rayos. Según oía el aullido del viento, que ululaba en la chimenea y arrancaba partes del empizarrado, se lo imaginaba golpeado por esa misma tempestad, en lo alto de un mástil roto, con todo el cuerpo caído hacia atrás bajo un manto de espuma; o bien se lo representaba —un recuerdo de aquella geografía ilustrada— devorado por los salvajes, capturado por monos en un bosque, agonizante en la orilla de una playa desierta. Pero jamás hablaba de sus preocupaciones.

La señora Aubain albergaba, por su parte, otras acerca de su hija.

A las monjas Virginie les parecía de temperamento afectuoso, aunque delicado. La menor emoción la trastornaba. Tuvo que renunciar a las clases de piano.

Su madre exigía del convento una correspondencia regular.

Una mañana en que no vino el cartero, se impacientó; paseaba por la sala, yendo y viniendo de su butaca a la ventana. ¡Era muy raro, algo inaudito, verdaderamente inhabitual! ¡Llevaba cuatro días sin noticias!

Para reconfortarla con su ejemplo, Felicidad le dijo:

—Pues yo, señora, ¡llevo ya seis meses sin recibir ninguna!

—Pero… ¿noticias de quién?

La criada replicó suavemente:

—Pues… ¡de mi sobrino!

—¡Ah, ya! ¡De su sobrino!

Y encogiéndose de hombros, la señora Aubain reinició sus idas y venidas, lo que venía a significar: “¡Ni siquiera me acordaba! Y además, ¡a mí qué me importa! Un grumete, un muerto de hambre, un cualquiera, ¡valiente cosa! Mientras que mi hija… Pero haberse visto…”.

Pese a estar acostumbrada desde antaño a la rudeza y al trato sin miramientos, Felicidad se resintió en un primer momento con la señora, aunque pronto olvidó su enfado.

En realidad, se le antojaba muy sencillo perder la cabeza y la compostura a causa de la pequeña.

Ambos críos tenían a sus ojos idéntica importancia; los unía un nexo en su corazón y sus destinos debían ser los mismos.

El farmacéutico le comentó que el barco de Victor había llegado a La Habana. Había leído la noticia en una gaceta.

A causa de los cigarros, se imaginaba La Habana como un lugar donde no se hacía otra cosa que fumar, y a Victor circulando entre los negros en medio de una nube de humo de tabaco. ¿Sería posible, “en caso de necesidad”, volver de allí por tierra? ¿A qué distancia estaba aquello de Pont-l'Évêque?

Para saberlo, se lo preguntó al señor Bourais.

Este tomó su atlas y al cabo empezó a proporcionar explicaciones sobre las longitudes; exhibía una amplia sonrisa de presuntuoso ante el desconcierto de Felicidad. Finalmente, le indicó con su portalápices un imperceptible punto negro sobre los márgenes de un manchurrón oval y añadió: “aquí”.

Ella se inclinó sobre el mapa; esa red de líneas coloridas le fatigaba la vista sin aclararle nada. Y al animarla Bourais a que dijera lo que le preocupaba, le rogó que le mostrara la casa donde residía Victor. Bourais alzó los brazos, estornudó, se rió a mandíbula batiente; semejante candor le regocijaba muchísimo. Y Felicidad no comprendía el motivo, ¡creída si acaso de que tal vez alcanzaría incluso a divisar hasta el retrato de su sobrino, tan escasa era de entendederas!

Quince días después, Liébard, llegado como siempre a la hora del mercado, entró en la cocina y le entregó una carta que le enviaba su cuñado. Al no saber leer ninguno de los dos, recurrió a su señora.

La señora Aubain, que contaba los puntos de una labor, dejó su tejido a un lado, abrió el sobre, se estremeció y dijo, en voz baja y con mirada honda:

—Es una desgracia lo que le anuncian… Su sobrino…

Había muerto. No se precisaban más detalles.

Felicidad cayó sobre una silla, apoyó la cabeza en el tabique y cerró los párpados, que enrojecieron de improviso. Luego, con la frente gacha, las manos caídas y los ojos idos, comenzó a repetir por intervalos:

—¡Pobre chiquillo! ¡Pobre chiquillo!

Liébard la observaba, exhalando suspiros. La señora Aubain temblaba levemente.

Le propuso que fuera a ver a su hermana, a Trouville.

Felicidad respondió, con un gesto, que no lo necesitaba.

Se produjo un silencio. El tío Liébard juzgó conveniente retirarse.

Entonces ella dijo:

—¡A ellos esto no les importa!

Agachó de nuevo la cabeza. Y cada cierto tiempo levantaba, de modo mecánico, las largas agujas depositadas sobre el costurero.

Por el patio pasaron unas mujeres con unas andas de las que goteaba ropa húmeda.

Al percibirlas a través de los cristales de la ventana, recordó su colada; habiéndola lavado la víspera, ya le tocaba escurrirla.

Entonces salió de la casa.

Su plancha y su tonel estaban en la orilla de la Toucques.

Arrojó un montón de camisas sobre la ribera, se arremangó, tomó su paleta; los fuertes golpes que propinaba se escuchaban en los otros jardines contiguos. Las praderas estaban vacías, el viento agitaba el curso del río; altas hierbas se curvaban al fondo, como cabelleras de cadáveres que flotasen en el agua. Aguantaba, reprimía su dolor y hasta la noche fue muy valiente; pero una vez en su cuarto, se entregó a él por completo, tirada de bruces sobre su cama, con la cara hundida en la almohada y los puños pegados a las sienes.

Mucho más tarde, por boca del propio capitán de Victor, se enteró de las circunstancias de su fin. Lo habían sangrado demasiado en el hospital, a causa de la fiebre amarilla. Cuatro médicos lo sujetaban a la vez. Había muerto de inmediato, y el jefe había exclamado:

—¡Vaya! ¡Otro más!

Sus padres lo habían tratado siempre con bárbara brutalidad. Ella prefirió no volver a verlos, y ellos no hicieron tampoco a su vez ningún intento de reanudar el contacto, por olvido o endurecimiento de míseros.

Virginie se debilitaba.

La opresión respiratoria, la tos, la fiebre constante y lo amoratado de los pómulos revelaban algún mal oculto. El señor Poupart había aconsejado una estancia en Provenza.

La señora Aubain aceptó la sugerencia, y hubiera traído enseguida a su hija de vuelta a casa de no ser por el clima de Pont-l'Évêque.

Llegó a un acuerdo con un hombre que alquilaba coches y este la conducía cada martes al convento. Hay en el jardín una terraza desde la que se divisa el Sena. Virginie paseaba asida a su brazo, sobre las caídas hojas de pámpano. En ocasiones, el sol filtrándose a través de las nubes la obligaba a entornar los párpados mientras contemplaba a lo lejos los velámenes y el horizonte entero, desde el castillo de Tancarville hasta los faros de Le Havre. Luego, descansaban un rato en el cenador.

Su madre se había hecho con un barrilito de excelente vino de Málaga; y riéndose ante la idea de acabar ebria, se bebía dos deditos, no más.

Recuperó fuerzas y reapareció su vigor. El otoño transcurrió apaciblemente. Felicidad tranquilizaba a la señora Aubain al respecto. Pero una noche que había salido a hacer unos recados por las inmediaciones, halló al volver el cabriolé del señor Poupart ante la puerta; él estaba en el vestíbulo. La señora Aubain se anudaba la cinta del sombrero.

—¡Rápido, deme mi calientapiés, mi bolso, los guantes! ¡Vamos, dese más prisa!

Virginie tenía una pleuresía; su caso quizá fuera ya desesperado.

—¡Todavía no! —dijo el médico.

Y ambos subieron al coche, bajo un arremolinarse de copos de nieve. La noche estaba a punto de caer. Hacía mucho frío.

Felicidad se precipitó a la iglesia para prender un cirio. Corrió después tras el cabriolé, al que alcanzó una hora más tarde. Saltó con presteza a su parte trasera, donde se mantuvo un rato enroscada, hasta que se le ocurrió lo siguiente: “¡El patio no se cerró! ¿Y si entraran ladrones?”. Entonces se bajó.

Apenas despuntaba el día siguiente, se presentó en casa del doctor. Este había regresado, pero había vuelto enseguida a marcharse al campo. Ella permaneció después en la posada, creída que unos desconocidos traerían consigo una carta. Finalmente, tomó al alba la diligencia de Lisieux.

El convento se hallaba al fondo de una escarpada calleja.

Cuando iba por la mitad, escuchó sones extraños, un tañido fúnebre. “Tocan a muertos por otros”, pensó. Y Felicidad tiró violentamente de la aldaba.

Al cabo de varios minutos se escuchó un arrastre de chancletas. La puerta se entornó y apareció una religiosa.

La monja dijo, con aire compungido, que “acababa de pasar a mejor vida”. Mientras, al unísono, redoblaron su toque a difuntos las campanas de Saint-Léonard.

Felicidad llegó al segundo piso.

Desde el umbral mismo de la habitación percibió a Virginie, tumbada boca arriba, con las manos juntas, la boca abierta y la cabeza echada hacia atrás bajo una cruz negra tendida sobre ella, entre las cortinas inmóviles, menos pálidas que su rostro. La señora Aubain, a los pies del lecho que rodeaba con sus brazos, lanzaba hipidos agónicos de dolor. La superiora se mantenía de pie, a la derecha. Tres candelabros sobre la cómoda formaban manchas rojas y la bruma emblanquecía las ventanas. Unas religiosas se llevaron a la señora Aubain.

Felicidad no se separó de la muerta durante dos noches seguidas. Repetía idénticas oraciones, echaba agua bendita sobre las sábanas, volvía de nuevo a sentarse y la contemplaba. Al término del primer velar, observó que el rostro se había amarilleado, que los labios se tornaban azules, la nariz se afilaba y los ojos se hundían en las cuencas. Los besó varias veces; y no hubiera sentido ningún inmenso asombro en caso de que Virginie los hubiera reabierto; para semejantes almas, lo sobrenatural es bien sencillo y de recibo. La lavó, la amortajó, la introdujo en su ataúd, le colocó una corona, extendió sus cabellos. Eran rubios y extraordinariamente largos a tenor de su edad. Felicidad cortó un grueso mechón, cuya mitad deslizó junto a su pecho, decidida a no desprenderse jamás de él.

El cuerpo fue devuelto a Pont-l'Évêque, según los deseos de la señora Aubain, que siguió al coche fúnebre en un vehículo cerrado.

Luego de la misa, tardaron aún tres cuartos de hora en alcanzar el cementerio. Paul encabezaba el cortejo y sollozaba. El señor Bourais iba a la zaga, seguido de los principales habitantes, de mujeres cubiertas con mantos negros, y de Felicidad. Ella pensaba en su sobrino y, no habiéndole podido rendir tales honores, sentía acrecentarse su tristeza, como si lo estuvieran enterrando a su vez con la otra.

Ilustración de Émile Adam (1884)La desesperación de la señora Aubain fue ilimitada.

Primero se rebeló contra Dios, hallándolo injusto por haberle arrebatado a su hija, ¡su hija que jamás cometió mal alguno y cuya conciencia era tan pura! ¡Pero no! Ella tendría que haberla llevado al sur, al Midi. ¡Otros médicos hubieran podido salvarla! Se acusaba, quería reunirse con ella, gritaba de angustia entremedias de sus sueños. Había uno, sobre todo, que la obsesionaba. Su marido, ataviado como un marinero, regresaba de un largo viaje y le decía llorando que había recibido la orden de llevarse a Virginie. Entonces, ambos se concertaban para descubrir un escondite en alguna parte.

Cierta vez volvió descompuesta del jardín. Poco antes, el padre y la hija se le habían aparecido (y señalaba el lugar), el uno al lado de la otra; y no hacían nada, excepto mirarla.

Se quedó durante muchos meses encerrada en su habitación, inerte. Felicidad la reprendía y sermoneaba con dulzura; debía cuidarse y salir adelante por su hijo, y por la otra, en recuerdo de “ella”.

—¿Ella? —inquiría la señora Aubain, como si se despertara—. ¡Ah! ¡Sí!… ¡Sí!… ¡Usted no la olvida!

Era una alusión al cementerio, que le habían prohibido tajantemente pisar.

Felicidad acudía allí a diario.

A las cuatro en punto, pasaba a orillas de las casas, subía la pendiente, abría la verja y llegaba frente a la tumba de Virginie. Era una pequeña columnata de mármol rosa, con una losa abajo y cadenas en derredor que cercaban un jardincillo. Los arriates desaparecían bajo un manto de flores. Ella regaba las hojas, renovaba la arena, se arrodillaba para trabajar mejor la tierra. Cuando la señora Aubain estuvo al fin en condiciones de ir a visitarla, experimentó un alivio, una suerte de consuelo.

Luego, los años pasaron, todos iguales y sin otros pormenores que los señalados por el retorno de las grandes festividades: Semana Santa, la Asunción, Todos los Santos. Otros sucesos internos marcaron su impronta y se erigieron en fechas distintivas, a las que más tarde recurrirían como elementos de precisión. Así, en 1825, dos cristaleros enlucieron las paredes del vestíbulo; en 1827, una parte del techo a punto estuvo de matar a un hombre al caer sobre el patio. El verano de 1828 le tocó a la señora ofrecer el pan bendito; Bourais se ausentó misteriosamente por esa época. Los antiguos conocidos fueron muriéndose poco a poco; Guyot, Liébard, la señora Lechaptois, Robelin, el tío Gremanville, paralizado desde hacía ya tiempo.

Una noche, el conductor de la diligencia del correo postal anunció en Pont-l'Évêque la Revolución de Julio. Pocos días después se nombró a un nuevo sub-prefecto: se trataba del barón de Larsonnière, ex cónsul en América y que tenía consigo en su casa, además de a su mujer, a una cuñada con tres hijas, unas señoritas ya bastante crecidas. Se las veía sobre el césped de su jardín, ataviadas con flotantes camisolas; poseían un negro y un loro. La señora Aubain recibió su visita y no dudó en devolverles la cortesía. Por muy lejos que las divisase, Felicidad corría a prevenirla de su llegada. Pero tan solo había una cosa capaz de emocionarla, las cartas de su hijo.

No lograba terminar ninguna carrera, absorbido como estaba por su asiduidad a los cafetines. Ella le pagaba sus deudas; él contraía otras nuevas. Y los suspiros que exhalaba la señora Aubain mientras tricotaba junto a la ventana, llegaban hasta Felicidad, que giraba su rueca en la cocina.

Paseaban juntas a lo largo del emparrado; y charlaban siempre sobre Virginie, preguntándose si tal cosa le hubiera complacido, qué hubiera muy probablemente dicho en tal o cual situación.

Todos sus pequeños enseres ocupaban un armario empotrado en la habitación de las dos camas. La señora Aubain los inspeccionaba lo menos posible, no los ojeaba casi nunca.

Un día de verano, se resignó a hacerlo y unas polillas salieron volando del armario.

Sus vestidos se alineaban bajo un estante donde había tres muñecas, unos aros, un ajuar, la jofaina que solía utilizar. Sacaron igualmente las enaguas, las medias, los pañuelos, y los extendieron sobre ambas camas, antes de volver a doblarlos. El sol iluminaba esos pobres objetos, resaltando las manchas y destacando los pliegues formados por los movimientos del cuerpo. El aire era cálido y azul, un mirlo gorjeaba, todo parecía existir inmerso en una profunda dulzura. Se toparon con un sombrerito de felpa, de fibras largas y densas y color marrón. Estaba completamente apolillado. Felicidad lo reclamó para sí. Sus miradas se entrecruzaron y el llanto las embargó; finalmente, la señora abrió los brazos y la criada se arrojó a ellos; y ambas se enlazaron, fundiendo su común dolor en un beso que las igualaba.

Era la primera vez que sucedía algo semejante en sus vidas, ya que la señora Aubain no tenía un temperamento expansivo. Felicidad se lo agradeció encarecidamente, como si se tratara de una buena obra, y la quiso, a partir de entonces, con devoción salvaje y una sacra veneración.

La bondad de su corazón se desarrolló.

Si escuchaba por la calle los tambores de un regimiento de paso, se situaba en la puerta con un cántaro de sidra y convidaba a beber a los soldados. Cuidó a los enfermos de cólera.

Protegía a los polacos y hubo uno, incluso, que se declaró dispuesto a querer casarse con ella. Riñeron, sin embargo; ya que una mañana, cuando ella regresaba del Ángelus, se lo encontró metido en su cocina, dónde se había colado y se acababa de preparar una vinagreta, que se zampaba tan tranquilo.

Tras los polacos, le llegó el turno al tío Colmiche, un viejo con fama de haber cometido las peores atrocidades en el ‘93.

Vivía en la orilla del río, entre los escombros de una porqueriza. Los chiquillos lo observaban por los resquicios del muro y le arrojaban guijarros que caían sobre el jergón donde yacía, vapuleado de continuo por una inflamación pectoral crónica, con los cabellos desmesuradamente largos, hinchazón de párpados y un tumor en el brazo de tamaño mayor que el de su cabeza. Le proporcionó ropa, trató de adecentar su tugurio, soñaba con instalarlo junto al horno, sin que molestara a la señora. Cuando el cáncer reventó, se lo vendó a diario.

A veces le llevaba tortas, le colocaba al sol sobre un haz de paja; y el pobre viejo, babeante y trémulo, se lo agradecía con su voz apagada y, temeroso de perderla, extendía las manos apenas la veía alejarse. Murió y ella encargó una misa por el descanso de su alma.

Ese mismo día le sobrevino una gran dicha: el negro de la señora de Larsonnière se presentó a la hora de la cena, con el loro dentro de su jaula, con su percha, su cadena y su candado.

Un mensaje de la baronesa le comunicaba a la señora Aubain que, al haber sido su marido ascendido a prefecto, partían esa misma noche; y le rogaba que aceptase la ofrenda de ese pájaro como un recuerdo suyo y en señal de sus respetos.

Este ocupaba desde hacía ya mucho los pensamientos y la imaginación de Felicidad, ya que provenía de América y ese nombre le recordaba a Victor, hasta el punto de que solía inquirirle al respecto al negro. Una vez incluso le había dicho:

—¡A mi señora le encantaría tenerlo!

El negro le había repetido esa frase a su dueña, quien, no pudiendo llevárselo consigo, se libraba de él de esa guisa.

IV

Se llamaba Lulú. Su cuerpo era verde, tenía la punta de las alas rosa, la frente azul y el pescuezo dorado.

Pero tenía asimismo la exasperante manía de morder su percha, se arrancaba las plumas, esparcía sus porquerías, volcaba el agua de su bebedero; la señora Aubain, a quien le fastidiaba, se lo regaló para siempre a Felicidad.

Esta se dispuso a enseñarle. Y pronto fue capaz de repetir: “¡Buen chico! ¡A su servicio, señor! ¡Dios te salve, María!”. Lo colocaron junto a la puerta, y muchos se extrañaban de que no respondiese al nombre de Jacquot, visto que todos los loros se llaman Jacquot. Lo comparaban con una pava, con un tronco, comparaciones que sentaban a Felicidad como puñaladas traperas. ¡Y cuán extraña obstinación la que demostraba Lulú, negándose a hablar desde el momento en que se le miraba!

No obstante, le gustaba la compañía y la buscaba, ya que los domingos, mientras esas señoritas Rochefeuille, el señor de Houppeville y los nuevos asiduos —el boticario Onfroy, el señor Varin y el capitán Mathieu— echaban su partidita de cartas, golpeaba los vidrios con las alas y se debatía con tanta furia que era imposible entenderse.

Ilustración de Émile Adam (1884)El rostro de Bourais se le antojaba, sin duda, muy gracioso.

Nada más verlo, empezaba a reírse, a carcajearse con todas sus fuerzas. El estruendo de su voz llegaba hasta el patio, el eco repetía la escandalera, y los vecinos se asomaban a sus ventanas, riéndose a su vez. Para no ser descubierto por el loro, el señor Bourais se deslizaba a lo largo de las paredes, ocultando el perfil con el sombrero; llegaba al río, y entraba por la puerta del jardín. Y las miradas que entonces le prodigaba al pájaro no eran precisamente de afectuosa ternura.

Lulú había recibido un papirotazo del chico de la carnicería por haberse atrevido a fisgonear metiendo la cabeza en su canasto; desde entonces, trataba siempre de picarle a través de la camisa. Fabu amenazaba con retorcerle el pescuezo, si bien no era en absoluto cruel, a pesar del tatuaje de sus brazos y de sus grandes patillas. ¡Todo lo contrario! Sentía, en realidad, cierta debilidad por el loro, hasta el punto de querer, por su carácter jovial y bromista, enseñarle palabrotas. Felicidad, a quien asustaba semejante comportamiento, se lo llevó a la cocina. Le quitaron la cadenita y circulaba libre por la casa.

Al bajar la escalera, apoyaba en los peldaños la curva del pico, alzaba primero la pata derecha y luego la izquierda. Ella temía que semejante gimnasia le provocase vahídos. Se puso enfermo y ya no fue capaz de hablar ni de comer. Tenía algo espeso bajo la lengua, como le ocurre a veces a las gallinas.

Ella lo curó, arrancándole dicha capa con sus uñas. El señor Paul cometió en cierta ocasión la imprudencia de soplarle encima el humo de un cigarro. En otra, el loro le arrebató la virola de la sombrilla a la señora Lormeau, que llevaba un rato molestándole con la punta. Finalmente, se extravió.

Ella lo había dejado un momento en la hierba para que se refrescara; se ausentó un minuto, y cuando volvió, ¡ni rastro del loro! Lo buscó primero entre los matorrales, por la ribera y sobre los tejados, sin atender a su señora, que le gritaba:

“¡Pero tenga cuidado! ¡Está usted loca!”. Inspeccionó después todos los jardines de Pont-l'Évêque. Detenía a los transeúntes y les inquiría: “¿No habrán visto ustedes por un casual a mi loro?”. A quienes no conocían al loro, se lo describía. De repente, creyó distinguir tras los molinos, ladera abajo, algo verde que revoloteaba. Pero una vez en lo alto de la pendiente, no atisbó nada. Un ropavejero le dijo que se lo había encontrado un rato antes en Saint-Melaine, en la tienda de la comadre Simon. Corrió al lugar de inmediato. Pero allí nadie la entendía, no sabían ni a qué se estaba refiriendo.

Al fin regresó, extenuada, con las chancletas destrozadas y la muerte en el alma. Sentada en el centro del banco, junto a la señora, pormenorizaba todos sus pasos y trámites, cuando un peso liviano le cayó encima del hombro, ¡y por supuesto que se trataba de Lulú! ¿Qué demonios había hecho? ¡Quizá se hubiera ido de paseo por los alrededores!

Le costó sobreponerse o, mejor dicho, no se repuso jamás del disgusto.

De resultas de un enfriamiento, le sobrevino una angina y, cierto tiempo después, una afección de oídos. Tres años más tarde estaba sorda. Hablaba en tono muy alto, incluso en la iglesia. Pese a que sus pecados hubieran podido, sin deshonra para ella ni inconveniente alguno para el resto, expandirse a los cuatro vientos y por todos los rincones de la diócesis, el señor cura creyó preferible a partir de entonces atender sus confesiones únicamente en la sacristía.

Unos perturbadores zumbidos ilusorios terminaron por darle la puntilla. Su señora le decía con frecuencia:

—¡Dios mío! ¡Pero qué tonta es usted!

Y ella replicaba: “Sí, señora”, mientras buscaba cualquier cosa a su derredor.

El restringido margen de sus ideas se estrechó y redujo aún más, y el carrillón de las campanas, el mugido de los bueyes dejaron de existir. Todos los seres funcionaban con el silencio de los fantasmas. Un único sonido alcanzaba ya sus oídos, el de la voz del loro.

Como si pretendiera distraerla, este imitaba el tictac del asador, el agudo reclamo callejero de un pescadero, la sierra del carpintero que se alojaba enfrente. Según sonaba el timbre, emulaba a la señora Aubain:

Ilustración de Émile Adam (1884)—¡Abra, Felicidad, abra! ¡Que llaman a la puerta!

Mantenían diálogos en los que él reiteraba hasta la saciedad las tres frases de su repertorio y ella le respondía mediante palabras anodinas, carentes de importancia, pero con las que su corazón se desahogaba. Lulú era, en su aislamiento, casi un hijo, un enamorado. Trepaba por sus dedos, le mordisqueaba los labios, se aferraba a su delantal. Y si reclinaba la frente, meneando la cabeza al modo de las nodrizas, las grandes alas de su cofia y las del pájaro se agitaban a la par.

Cuando se agolpaban las nubes y rugía el trueno, él chillaba, acordándose si acaso de los chaparrones de sus bosques natales. El chorrear del agua avivaba su delirio; revoloteaba enloquecido, volaba hasta el techo, lo derribaba todo a su paso y se largaba por la ventana, a chapotear en el jardín; pero regresaba enseguida, se subía a uno de los morillos y brincaba para secarse el plumaje, mostrando ora la cola, ora el pico.

Una mañana del terrible invierno de 1837, pese a haberlo colocado delante de la chimenea para protegerlo del frío, lo halló muerto, cabeza abajo en medio de su jaula, con las uñas entre los barrotes de hierro. ¿Tal vez lo había matado alguna congestión? Pensó —y así lo creyó— en un envenenamiento producido por el perejil. Y aunque carecía de cualquier viso de pruebas al respecto, sus sospechas se fijaron sobre Fabu.

Lloró tantísimo que su señora le dijo:

—¡Bueno! ¡Pues mándelo disecar!

Le pidió consejo al farmacéutico, que siempre se había portado bien con el loro.

Este escribió a Le Havre. Un tal Fellacher se encargó del asunto. Pero como la diligencia extraviaba a veces los paquetes, resolvió llevarlo ella misma a Honfleur.

Manzanos deshojados se sucedían a ambos lados del camino. El hielo recubría las cunetas. Unos perros ladraban alrededor de las granjas. Avanzaba presta en medio de la carretera, con las manos dentro de la esclavina, sus pequeños zuecos negros y su cabás.

Cruzó el bosque, dejó atrás Haut-Chêne, llegó a Saint-Gatien.

A sus espaldas, envuelta en una nube de polvo y embalada por el descenso, una diligencia del correo postal se precipitaba a galope tendido, como una tromba. Viendo a esa mujer que ni se molestaba en apartarse, el cochero se irguió por encima de la capota. El postillón chillaba, al tiempo que sus cuatro caballos, a los que no conseguía retener, azuzaban, frenéticos, el ritmo; los dos primeros ya casi la rozaban; logró echarlos a un lado con una sacudida de riendas, pero entonces alzó de nuevo, enfurecido, el brazo y, fustigándola con todas sus fuerzas y su gran látigo, le propinó un zurriagazo del vientre al moño de una magnitud tal que ella cayó de espaldas, desvanecida.

Lo primero que hizo tras recobrar el conocimiento fue abrir su cesto. Por fortuna, Lulú no había sufrido ningún daño. Sintió una quemazón en la mejilla derecha y, al tocársela, advirtió que sus manos estaban rojas. Le manaba sangre.

Ilustración de Émile Adam (1884)Se sentó sobre un lecho de guijarros, se taponó la cara con su pañuelo, y se comió después un mendrugo de pan, echado al cesto por precaución. Se consolaba de su herida mirando al pájaro.

Al llegar a la cima de Ecquemauville, divisó las luces de Honfleur, que titilaban en la noche como una multitud de estrellas; más lejos, el mar se extendía borrosamente. Sintió entonces que le flaqueaban las fuerzas y se detuvo; las miserias de su infancia, la decepción del primer amor, la marcha de su sobrino, la muerte de Virginie, todo le retornaba a la vez como una marejada, imponiéndole un nudo en la garganta que la ahogaba.

Quiso después hablar con el capitán del barco. Sin mencionar el contenido de su envío, se lo encomendó con varias recomendaciones al respecto.

Fellacher mantuvo mucho tiempo al loro en su poder. Prometía siempre entregarlo a la semana siguiente; al cabo de seis meses, anunció la próxima salida de una caja, que no llegó y de la que nada volvió a saberse. Era como para creer que Lulú ya nunca regresaría. “¡Me lo han robado!”, solía decirse ella en su fuero interno.

Por fin llegó, espléndido, erguido sobre una rama de árbol, fijada con tornillos a una peana de caoba: con una pata alzada, la cabeza ladeada, y mordiendo una nuez, que el taxidermista había dorado por prurito de grandiosidad.

Lo encerró en su dormitorio.

Ese lugar, donde recibía a muy poca gente, se asemejaba a la vez a una capilla y a un bazar, por el gran cúmulo de objetos religiosos y cosas heteróclitas que contenía.

Un pesado armario dificultaba la apertura de la puerta.

Frente a la ventana, tendida sobre el jardín, un ojo de buey daba al patio. Una mesa, situada junto al catre de tijera, contenía una jarra de agua, dos peines y una pastilla azul de jabón sobre un plato desportillado. Junto a las paredes se veían rosarios, medallas, varias figurillas de Vírgenes, una pila de agua bendita hecha de coco. Presidía la cómoda, cubierta con un paño como si de un altar se tratase, la caja de conchas que le regaló Victor. Se advertían también una regadera y una pelota, cuadernos de caligrafía, el manual de geografía ilustrada, un par de botines; y del clavo del espejo, colgaba, sujeto por sus cintas, ¡el sombrerito de felpa! Felicidad llevaba dichas muestras de respeto y reverencia a un extremo tal que conservaba incluso una de las levitas del señor. Se llevaba a su cuarto todas las antiguallas desechadas por la señora Aubain. Y de ese modo había flores artificiales al borde de la cómoda y un retrato del conde de Artois en el hueco del tragaluz.

Lulú fue colocado, mediante una tablilla, sobre una repisa de chimenea que circulaba por la casa. Cada mañana, ella lo divisaba al despertarse, iluminado por la claridad del alba, y rememoraba entonces los días desaparecidos y actos insignificantes hasta en sus detalles más nimios, sin dolor, plena de tranquilidad.

Al no hablar con nadie, vivía inmersa en un sopor de sonámbula. Las procesiones del Corpus la reanimaban. Visitaba a las vecinas para colectar candelabros y esterillas con los que adornar y embellecer el altar que erigían en la calle.

En la iglesia, contemplaba siempre al Espíritu Santo, y se dio cuenta de que guardaba cierta semejanza con el loro. Su parecido se le antojó aún más manifiesto en una estampilla de Épinal, que representaba el bautizo de Nuestro Señor. Con sus alas purpúreas y su cuerpo esmeralda, era ciertamente el vivo retrato de Lulú.

Compró la estampilla y la colgó en el sitio del conde de Artois. De modo que podía verlos juntos con un único vistazo. Su pensamiento los asoció, y el loro se halló así santificado por este nexo con el Espíritu Santo, que se tornaba más vívido e inteligible a sus ojos. El Padre no habría podido elegir a una paloma para anunciarse, puesto que esas aves carecen de voz, sino que tuvo que decantarse por alguno de los antepasados de Lulú. Y Felicidad oraba con la mirada clavada en la imagen, pero de cuando en cuando se giraba un poco hacia el pájaro.

Le entraron ganas de unirse a alguna congregación mariana de seglares. La señora Aubain la disuadió.

Se produjo entonces un acontecimiento de importancia notoria: el matrimonio de Paul.

Tras haber oficiado primero de pasante de notaría, pasando después sucesivamente por la división de comercio, la aduana o la oficina de contribución, y de haber iniciado incluso gestiones para colocarse en el Servicio Forestal, hete aquí que a los treinta y seis años, de golpe y como por ensalmo, había descubierto su vocación: ¡el Registro! Mostraba tantas aptitudes para ello que un interventor le había ofrecido la mano de su hija, asegurándole al tiempo su apoyo y protección.

Paul, sentada ya la cabeza y convertido en un hombre serio, la condujo a casa de su madre.

Denigró las costumbres de Pont-l'Évêque, se dio aires de princesa, ofendió a Felicidad. La señora Aubain se sintió aliviada tras su marcha.

A la semana siguiente, se enteraron de la muerte del señor Bourais, en una posada de la Baja Bretaña. El rumor de un suicidio se confirmó; surgieron dudas acerca de su probidad.

La señora Aubain revisó sus cuentas y no tardó en descubrir la sarta de sus perfidias: desfalco y malversación de fondos, ventas clandestinas de madera, recibos falsificados, etc.. Para colmo, tenía un hijo natural, y “ciertas relaciones con una persona de Dozulé”.

Dichas infamias la afligieron mucho. En el mes de marzo de 1853 la acometió un dolor en el pecho; tenía la lengua espesa, como recubierta de humo, y las sangrías no atenuaron la opresión. Expiró a la novena noche, a los setenta y dos años recién cumplidos.

Se la creía más joven a causa de los cabellos morenos que enmarcaban su rostro, de una palidez extrema y marcado por la viruela. La añoraron pocos amigos, pues lo altivo de su trato y la altanería de sus modales imponían distancias.

Felicidad la lloró como no se llora a los amos. Que la señora muriese antes que ella perturbaba sus ideas y se le antojaba contrario al orden de las cosas, algo inadmisible y monstruoso.

Frontispicio de la primera edición de “Trois Contes” (“Tres cuentos”, París, 1877)Diez días después (el tiempo necesario para acudir desde Besançon), aparecieron los herederos. La nuera hurgó en los cajones, seleccionó varios muebles y vendió el resto. Luego, regresaron a su Registro.

¡La butaca de la señora, su velador, su estufilla, el juego de ocho sillas habían volado, ya no estaban! El hueco de los grabados se perfilaba en cuadrados amarillentos en medio de los tabiques. ¡Se habían llevado las dos camitas con sus colchones, y en el armario ya no se veía ninguna de las pertenencias de Virginie! Felicidad subió a los pisos superiores enferma de tristeza.

Al día siguiente, había un cartel colgado de la puerta: el boticario le chilló al oído que la casa estaba en venta.

Se tambaleó, y no tuvo más remedio que sentarse.

Lo que más la acongojaba era la idea de tener que abandonar su cuarto, tan cómodo para el pobre Lulú. Arropándolo con una mirada de angustia, imploraba al Espíritu Santo, y contrajo el hábito idolátrico de pronunciar sus oraciones arrodillada ante el loro. En ocasiones, el sol que entraba por el tragaluz incidía en su ojo de vidrio y este proyectaba un gran haz luminoso que la sumía en éxtasis.

Disponía de una renta de trescientos ochenta francos, legada por su señora. El jardín le abastecía de verduras. Por lo que atañe a la ropa, tenía con qué vestirse hasta el final de sus días, y ahorraba en gastos de iluminación acostándose desde el crepúsculo.

Apenas si salía para no tener que pasar por delante de la tienda del chamarilero, que exhibía algunos de los viejos muebles de antes. Desde su vahído, arrastraba una pierna. Y como le menguaban las fuerzas, la comadre Simon, arruinada por su colmado de ultramarinos ido al traste, acudía todas las mañanas a partirle la leña y a bombear el agua.

La vista se le debilitó. Ya no se abrían las persianas. Pasaron muchos años y la casa seguía sin alquilarse. Tampoco lograban venderla.

Temerosa de que la echaran, Felicidad no exigía reparación alguna. Las traviesas del tejado se pudrían; se tiró un invierno entero con la almohada húmeda. Después de Pascua, escupió sangre.

La comadre Simon recurrió entonces a un médico. Demasiado sorda para oírle, solo captó una única palabra: “neumonía”. Le resultaba conocida, de modo que replicó dulcemente a su vez:

—¡Ah, como la señora!

Se le antojaba de todo punto natural seguir los pasos de su señora.

El momento de levantar los altares para la procesión del Corpus se acercaba.

Ilustración de Émile Adam (1884)El primero se situaba siempre cuesta abajo, el segundo delante de la oficina de Correos, el tercero hacia la mitad de la calle. Hubo discusiones y rivalidades a propósito de este último. Las feligresas eligieron finalmente el patio de la señora Aubain.

La opresión y la fiebre aumentaban. A Felicidad le apenaba no hacer nada por el altar. ¡Si al menos hubiera podido poner algo, algún detalle de su parte! Entonces pensó en el loro. No era apropiado, objetaron las vecinas. Pero el cura concedió dicho permiso; y ella se sintió tan feliz que le rogó que tras su muerte aceptara a Lulú, su único bien de riqueza.

Desde el martes hasta el sábado, víspera del Corpus, tosió con mayor frecuencia aún. A la noche, su rostro se hallaba congestionado y febril, los labios se le pegaban a las encías y le sobrevinieron los vómitos. Y al día siguiente, al alba, sintiéndose ya muy mal, mandó llamar a un sacerdote.

Tres buenas mujeres la rodearon durante la extremaunción. Luego, declaró que necesitaba hablar con Fabu.

Este llegó vestido de domingo, manifiestamente incómodo en medio de esa atmósfera lúgubre.

—¡Perdóneme! —le dijo ella, esforzándose por alargar el brazo—, ¡pensaba que era usted el que lo había matado!

¿Qué significaban semejantes chismes? ¡Pero haberse visto! ¡Tomarlo por criminal, por sospechoso de un asesinato, a él, a un hombre como él! Y se indignaba, se encorajinaba, se aprestaba a armar jaleo.

—¡No está en sus cabales, está claro que ha perdido la cabeza!

Felicidad hablaba de cuando en cuando con las sombras. Las mujeres se alejaron. La Simonne almorzó.

Un poco más tarde, cogió a Lulú, se lo arrimó a Felicidad y dijo:

—¡Vamos, despídase de él!

A pesar de no ser un cadáver, lo devoraban los gusanos; una de sus alas estaba rota, la estopa se le salía del vientre.

Pero ella, ya totalmente ciega, lo besó en la frente y lo mantuvo apretado contra su mejilla. La Simmone lo retomó para depositarlo en el altar.

V

Los pastizales transmitían olor a verano; las moscas zumbaban; el río relumbraba al sol, que caldeaba las lajas de pizarra. La comadre Simonne, que ya había regresado a la habitación, se adormecía lentamente.

La despertaron unas campanadas; tocaban a vísperas. El delirio de Felicidad cesó. Según pensaba en la procesión, la veía igual que si estuviera siguiéndola.

Gustave Flaubert - Fotografía de Nadar (c.1859)Todos los escolares, los cantores y los bomberos caminaban por las aceras, mientras en la calzada avanzaban, por el centro de la calle y en primer término, el alabardero suizo, el pertiguero con una gran cruz, el maestro vigilando a los críos, la monja atendiendo a sus niñas; las tres más bonitas, peinadas con angelicales rizos, arrojaban al aire pétalos de rosas; el diácono dirigía la música separando los brazos; y dos incensarios se giraban a cada paso hacia el Santísimo Sacramento, que portaba, bajo un palio de rojo terciopelo sostenido por cuatro fabriqueros, el señor cura ataviado con su hermosa casulla. Un mar de gente se apiñaba detrás, entremedias de los blancos manteles que recubrían los muros de las casas. Y así se llegó al final de la cuesta.

Un sudor frío empapaba las sienes de Felicidad. La Simonne se las secaba con un trapo, diciéndose que alguna vez le tocaría a ella pasar por ese trance.

El murmullo de la masa se acrecentó, se tornó muy fuerte durante un instante y luego se alejó.

Una descarga de fusilería sacudió los cristales. Era la salva de saludo al custodio. Felicidad puso los ojos en blanco y preguntó, lo más alto que pudo e inquieta por el loro:

—¿Pero él está bien?

Su agonía comenzó. Un estertor, de vez en vez más rápido, le estremecía las costillas. La saliva espumeaba en las comisuras de su boca y le temblaba el cuerpo entero.

Pronto se escucharon los zumbidos de los figles, las voces cristalinas de los niños, la voz profunda de los hombres. Todo se acallaba por momentos, a intervalos, y el sonido de las pisadas, que amortiguaban las flores, se asemejaba al del paso de un rebaño sobre la hierba.

El clero apareció en el patio. La Simonne trepó a una silla para llegar al ojo de buey. Desde ese puesto dominaba el altar.

Ilustración de Émile Adam (1884)

Unas guirnaldas verdes pendían sobre este, ornado con un volante de encaje inglés. Había un pequeño relicario en el centro, un par de naranjos a los lados y lo rodeaban candelabros de plata y jarrones de porcelana de los que emergían girasoles, azucenas, peonías, dedaleras, manojos de hortensias. Ese cúmulo de colores rutilantes descendía, oblicuo, desde el primer piso hasta la alfombra que se extendía sobre los adoquines; y algunas cosas raras herían la vista. Un azucarero de esmalte ostentaba una corona de violetas, unas lágrimas de gemas de Alençon esplendían sobre una muselina, dos pantallas chinas exhibían sus paisajes. De Lulú, oculto bajo unas rosas, no se distinguía más que su frente azul, similar a una placa de lapislázuli.

Los fabriqueros, los cantores y los niños se alinearon en las tres zonas restantes del patio. El sacerdote subió lentamente los peldaños y depositó sobre el encaje su gran sol de oro, que destellaba. Todos se arrodillaron. Se hizo un gran silencio. Los incensarios, lanzados al vuelo, se deslizaban sobre sus cadenas.

Un vaho azul ascendió hasta el cuarto de Felicidad. Ella adelantó las aletas de la nariz, inhalándolo con sensualidad mística, y al cabo cerró los párpados. Sus labios sonreían. Los latidos de su corazón se enlentecieron uno tras otro, cada vez más difusos e inaudibles, como se agota una fuente, como desaparece un eco. Y al exhalar su último aliento, creyó ver, en los cielos entreabiertos, un loro gigantesco planeando por encima de su cabeza.

 

Gustave FlaubertGustave Flaubert
Ruan, 1821 - 1880, Croisset

El nombre de Gustave Flaubert nos evoca, lo hayamos leído o no, a Madame Bobary; la búsqueda tenaz de le mot juste y descripciones tan detalladas que convierten en símbolo a las cosas. Eso distingue a los inmortales de quienes solo son excelentes escritores. Pero la minuciosidad de Flaubert va más allá de las descripciones y la búsqueda de palabras precisas; se extiende a la construcción de la trama y, sobre todo, a la cuidadosa composición de sus personajes: sus obras tienen una coherencia absoluta, sin cabos sueltos, excesos ni omisiones.

Un cœur simple, publicado en el libro Trois contes (París, 1877), es un claro ejemplo de esas virtudes. Su protagonista, Felicidad, un personaje entrañable que se sobrepone a las desgracias consagrando su vida a los demás, sufre en soledad sin que a nadie le importe su sufrimiento, incluso la privan de manifestar su amor, prohibiéndole, por ejemplo, besar a Paul y Virginie. En los primeros capítulos se fundamenta la descripción que la cosifica diciendo: “… A partir de los cincuenta dejó de aparentar edad alguna; siempre silenciosa, erguida y mesurada en gestos, parecía una mujer de madera, con funcionamientos de autómata”. Pero Felicidad insiste en amar, incluso a su sobrino, cuya intención pérfida es clara, y cada objeto de su amor, acaba convirtiéndose en motivo de sufrimiento… Entonces sobreviene un giro notable en la trama: la aparición del Lulú, el loro, otra muestra de la minuciosa construcción de Flaubert. ¡Qué compañero tan adecuado para la soledad de Felicidad, uno que apenas puede repetir lo que ella dice!… Y la coherencia de la obra llega al extremo cuando, al quedarse sorda, solo puede escuchar la voz del loro, que es, en definitiva, su propia voz… Pero Flaubert era un perfeccionista, así que cuando Lulú muere y es transformado en un objeto vulgar (un ave disecada “con una pata alzada, la cabeza ladeada, y mordiendo una nuez, que el taxidermista había dorado por prurito de grandiosidad”), lo coloca en la colección de fetiches de Felicidad, junto al sombrerito de felpa, la caja de conchas que le dio su sobrino, el manual de geografía…, hasta que, con su lógica rudimentaria, Felicidad le da una dimensión mítica a Lulú, viendo en él una representación del Espíritu Santo. Es lo único que le queda para amar, de modo que, ya ciega, lo besa en la frente y lo mantiene contra su mejilla, sin reparar en que: “pese a no ser un cadáver, lo devoraban los gusanos…”. Finalmente, poco antes de morir, al escuchar los disparos de las salvas, su último afán amoroso le hace preguntar “lo más alto que pudo e inquieta por el loro: —¿Pero él está bien?”.

Distinguir un buen cuento de una verdadera obra maestra es más difícil que distinguir a un inmortal entre buenos escritores, pero en este caso, creo que no cabe ninguna duda.

 

Etiquetas: Clásico, Flaubert

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