Sueño eterno

DramaFantástico
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Estaba tan harta y atontada por el trabajo, de la gente y de los golpes de la vida, que olvidaba las cosas con suma facilidad; pero eso únicamente era la punta del iceberg. En una ocasión perdí las llaves del coche y tuve que caminar tres horas. Por fin llegué a casa, sintiéndome más inútil que de costumbre. Tenía los pies doloridos y colmados de llagas. Me quité los zapatos y los calcetines y los dejé en el pórtico. Quise abrir la puerta, pero ¡oh, sorpresa!, la llave de mi casa estaba en el llavero del automóvil. ¿Por qué todo lo malo me pasaba a mí? Tuve que rodear la vivienda y saltar la barda para acceder a mi patio, y al caer pisé una espina y empecé a sangrar. El maldito perro ladró en cuanto me vio. Creo que nunca le gustó el nombre que le puse: Cochino, la verdad es que yo nunca le gusté.

Luna de hastío - Edward Robert Hughes (c.1908)—¡Shhh! ¡Cállate el hocico, Cochino!

El ingrato olfateó mis pies, movió la cola y me orinó el vestido. Pensé en quebrar la ventana para entrar; sin embargo, para mi buena suerte, noté que había dejado abierta la puerta trasera; otro de mis despistes. Entré y descubrí que Cochino había hecho sus marranadas en el tapete. Cerré la puerta y me dirigí a la cocina. Aplasté el interruptor del foco y no encendió. ¡Me cortaron el suministro por no pagar el recibo! ¡Otra vez! ¿Dónde tenía la cabeza? No sé, pero seguramente en otro universo.

Puse una cacerola en la estufa para calentar agua. Necesitaba un té de manzanilla para calmar mi ansiedad. Puse una venda en el pie, me derrumbé en el sillón, en medio de una oscuridad sobrecogedora y esperé a que el agua hirviera. Estaba tan extenuada que en cuanto bajé los párpados quedé inmersa en un mundo onírico.

Sentí que me derretía como si fuera un cubo de hielo, que mi cuerpo era absorbido por las fibras del sillón, que quedaba adherida a los resortes y que ese era mi destino.

Desperté en otro sitio. Estaba en la luna, echa un ovillo, dentro de un cráter. No usaba un traje de astronauta, pero no lo necesitaba, podía respirar. Brinqué como una rana y emergí del boquete. Di unos saltitos sobre la superficie lunar. Descubrí que podía volar con solo pensarlo, como si tuviera unos propulsores instalados en la espalda. Seguí avanzando como un cohete hasta perder de vista a la luna. Extendí las extremidades, formando una estrella. Hice algunas piruetas en el espacio. Después monté la cola de un cometa y retorné al mundo de las tristezas, a la Tierra. Mi cuerpo se volatizó durante el trayecto, las partes de mi organismo quedaron suspendidas en el aire como si fueran motas de polvo y después empezaron a caer.

Retorné a casa. Estaba otra vez en aquel apestoso sillón, de regreso a mi realidad. Aunque ya no sentía dolor en las plantas de los pies y ya no sangraba. La atmósfera era más liviana.

Unos ruidos me sobresaltaron. Agucé los sentidos y juro por Dios que vi a un niño que corría enfrente de mí. Apenas distinguí una silueta delgada. ¿Qué daño podía hacerme un pequeño?

Me levanté. Caminé por la casa. Busqué al chico. Revisé cada rincón y no lo encontré. ¿Estaba soñando?

—¿Quién eres? ¿Dónde estás? ¡No tengas miedo!

—¡Hola! —saludó el niño al atravesar la pared del baño.

—Eres un… un…

—Sí, sí soy eso que está pensando. No es necesario que lo mencione.

—¿Y qué haces en mi casa?

—Venía para avisarle que dejó abierta la llave del gas.

—¿Cómo? ¿Yo? ¡Ay!

—Sí. Bueno, abrió la llave, pero no prendió el fogón.

—¡Dios del cielo! ¡Todo se me olvida!

—Y también quiero decirle que ronca como un tractor viejo.

—Espérame aquí, voy a cerrar...

Claro de luna – Alfonse Mucha (1902)—Un momento.

—¿Qué pasa?

—Ya no es necesario que la cierre, ya salió todo el gas y…

—¿Morí?

—Pero no lo diga así de feo, digamos que ahora usted es como yo y que podemos jugar juntos. Ahora se encuentra en otro plano existencial.

—¿Y por qué no me avisaste antes?

—Porque quería que usted fuera como yo, para poder ser amigos.

—¿Querías que yo muriera?

—Es que usted también lo deseaba.

—¡Hummmm!

Mis pies se elevaron del piso. Mi cuerpo se sentía más ligero, como si lo hubieran inflado con helio. Me había convertido en un ser translúcido, desprovisto de sufrimiento. Por lo menos podía olvidarme con gusto de algo que me estorbaba: la tristeza que estaba tatuada en cada célula de mi cuerpo.

El niño me tomó de la mano con ternura y pude sentir su energía que cimbraba todo mi ser.

—Ni hablar —dije, encogiendo los hombros—. Mejor vayamos a jugar y disfrutemos de la vida… perdón, disfrutemos de la vida después de la muerte.

Atravesamos el techo y volamos por encima del vecindario. Se soltó un aguacero y vi que mi ropa de mojaba, ¡bah!, eso ya no era mi problema. Observamos cómo las personas caminaban con pesadumbre, con la carga de sus problemas y soportando una existencia sin sentido.

—¿Y si cruzamos la estratosfera?

—¿Se puede hacer eso?

—Ahora todo es posible.

Me esfumé de la Tierra, olvidé todo lo que me afligía y jamás volví a despertar de este sueño eterno.

Soñando – Paul Gauguin (1892)

 

Servando Clemens

 

Etiquetas: Servando, Fantástico, Drama

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