Solo mil

FantásticoDrama

Mil pasos exactos desde el estacionamiento marcado hasta el lugar que le indicaba la carta.

El buró del escritor - Olga Razanova - 1924¡Mil pasos! ¿Largos, cortos? Eso, ¿sería importante?

Esta costumbre mía de dudar de todo, de necesitar certezas hasta para clavar un clavo en el lugar justo, ni un milímetro más acá, ni un milímetro más allá.

La exageración, el intento de perfección, aun conociendo su imposibilidad, es lo que le había arruinado la vida.

Siempre, previo a cualquier acción sobrevenía la parálisis, la inmovilidad provocada por las dudas.

Ninguna decisión que generara algún cambio, un movimiento, eso le aseguraba no equivocarse, pero ¿no era ya en sí misma una equivocación?

Dudas que lo envenenaron, que le arruinaron todos los proyectos que había tenido desde niño, ¿qué querés ser cuando seas grande?, bombero, albañil, músico, pintor…

¿Es posible tener deseos propios? ¿Se puede evitar la influencia de lo que otros se proponen para nuestra vida? ¿Qué vas a ser cuando seas grande? ¿Eso? Jajaja, no… mejor abogado, como papá… pero yo… ya vas a darte cuenta cuando seas más grande…

Más grande… anulado, teñido por deseos ajenos.

El escritor se levanta, inquieto, con un malestar estomacal que intentará acallar con otro café. ¿Qué hará con ese personaje? Lo ha construido como un pobre tipo, un inútil de esos que nunca van para ningún lado, y lo puso en la situación de tener que dar mil pasos, mil pasos para llegar adónde, para hacer qué. No lo sabe, él escribe impulsado por sus personajes, nunca tiene previamente en su cabeza la historia completa, ni mucho menos los finales. Ha creado su propia trampa, el personaje está inmóvil, paralizado, no encuentra la manera de hacerlo andar. Ni siquiera sabe qué podría encontrar si lograra dar esos mil pasos.

Mil pasos…mil palabras. Es un desafío y eso le gusta, además es nuevo en el grupo, quiere entrar con el pie derecho, dar una buena impresión.

Podría hacer trampa, revisar entre los cuentos que ya tiene escritos, agrandar, achicar algunos, tomar alguna parte del argumento de alguno, rehacerlo, utilizarlo, meter a este nuevo personaje en alguna historia anterior.

Pero no puede, quizás no sea buen escritor, pero su ética es indiscutida.

Ha contado las palabras solo tiene ciento ochenta y tres. Le faltan ochocientas diecisiete. No cree que lo pueda lograr. Justo él, que tiene más microcuentos que otra cosa.

¿Cuánto de él tiene su personaje? Bombero, albañil, músico, abogado… ¿escritor?

Él no estudió abogacía, una carrera de mierda, se lo impidió esa maldita ética que quizás sea lo único verdadero de su esencia. No pudo. ¿Defender a tránsfugas? ¿Acusar a inocentes? ¿Ganarle a la verdad, a la decencia?

Se le dio por la escritura, ese espacio en donde ya fue abogado, bombero, albañil.

También inútil, como hoy. Mil pasos, mil palabras.

Otro café, un estimulante.

De nuevo frente al teclado, a ver ¿dónde dejó al inútil?

Era mi última oportunidad, no sé cómo me metí en este lío, yo no quería, pero ella, con esa habilidad que siempre tuvo para empujarme, echándome en cara mi falta de carácter, de decisión, amenazando con dejarme, hacés algo o me voy, no creas que no sé que soy tu salvoconducto para no caer al vacío, soy lo único que te sostiene y lo sabés. Andá a ver a este tipo, necesita alguien de confianza y vos, serás inútil pero no sos cagador, ya le dije: fiel y de confianza, y eso es lo que necesita.

El jurista - Giuseppe Arcimboldo - 1566Y fue. Al final no era tan complicado, entregar paquetes, curioso no era, no se metía donde no debía. ¡Qué ironía!, casi todos los paquetes se entregaban en estudios de abogados. Sabía que no era “trigo limpio” lo que llevaba, tampoco droga, tanteó el paquete: eran papeles, por algo no se enviaban por cualquier mensajería, pero él era un tipo de confianza, y no hacía preguntas y si se trataba de abogados ¿qué peligro podía haber? Ellos pueden estar metidos en cosas gordas pero saben salir bien parados. No recuerda a ninguno que terminara preso. Algunos de sus destinatarios inclusive eran jueces.

No le importa, ella está contenta, lo espera animada, ha vuelto a desearlo, ya tienen sexo otra vez, y él trae buen dinero, eso calma a las mujeres…bueno, calma a todos en realidad. No hay caso, todo lo que se hace por izquierda suele traer más dinero, ¿y su ética? A esta altura de mi vida ya qué carajo me importa la ética, ¿para qué me ha servido? Discusiones con mi viejo, ¿etica o abogacía? Según él, ambas cosas y más si se ha llegado a ser juez, impartir justicia, justicia y ética, ética y dinero, dinero y sobres.

No puede entrar, otra vez paralizado, no entregará este sobre. ¡¿Mi viejo también?! Se derrumba el tipo confiable, se deshace su vida, caen las piezas. Todo falso, identidades de cartón, barnizadas de brillos falsos, ¡el viejo! Ese fantasma que lo persiguió toda la vida como el modelo insuperable, el espejo que le mostraba su incapacidad.
Abogado como el viejo…

Otro café…la cosa se está poniendo interesante, ha tomado un rumbo que le gusta, ya le surgen muchas ideas, ciertos hilos han comenzado a trenzarse y anticipan un giro inesperado.

Su personaje está inmóvil en la entrada del edificio. El paquete le quema en la mano. Ha tomado una decisión, esta vez sí, es su propia decisión: no lo entregará.

Se dirige a la costanera, lo tira al río.

No es una escena muy original, pero es útil para el caso.

Vuelve a su casa, no dirá nada a la mujer, ya está harto de reproches, no sabe qué hará.

El segador - Nicolas Perscheld - 1901

Noche sin sexo, noche de insomnio. Intentará justificarse con el tipo. Trata de inventar alguna buena razón… no la encuentra, el tipo es de confiar, era de confiar… por eso le daban los sobres.

Hoy le llegó el sobre a él.

Se dirige al lugar, estaciona donde le indicaron, cuenta los mil pasos en la dirección indicada hasta el lugar preciso donde recibe el disparo.

 

CuauhtémocC

Etiquetas: Edith, Fantástico, Drama

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