Premonición

Drama

Dio un brinco en la cama. Se despertó angustiada, nerviosa. Vio que su marido todavía dormía a su lado y, aliviada, inspiró hasta llenar sus pulmones. En ese mismo instante sonó la alarma del despertador.

—¡Felipe, no te puedes ir en ese vuelo! ¡Lo vi todo! —le gritó al hombre, que aún no abría los ojos.

—Un estallido descomunal... y luego tú, con la cara pálida, aterrorizada... sangrante. ¡Fue horrible, mi amor! —agregó; mientras se abalanzaba hacia él para abrazarlo, llorando ya sin ningún tipo de control.

—Cálmate, Matilde —atinó a responder el marido, sin terminar de despertarse.

—Esta vez es cierto, fue demasiado real. ¡No permitiré que te montes en ese avión! —le espetó ella, hipando y mojando con sus lagrimones la oreja de su esposo.

—Vamos, vamos; no es para tanto. Todos tenemos pesadillas de vez en cuando, especialmente tú —dijo el hombre tratando de tranquilizarla—. Acuérdate de la última vez. Soñaste que tu mamá se había ahogado y terminamos teniendo una gran discusión porque en broma te dije que me alegraba. Relájate y respira profundo. Mira que tenemos que arreglarnos... aunque creo que es conveniente que hoy llame a un taxi; así podrás quedarte descansando y no tendrás que darte ese viaje al aeropuerto —terminó diciendo pensativo.

—¡No, no y no! ¡Qué no te vas, te dije! —insistió la mujer al marido, quien ya empezaba a molestarse por la situación.

—Óyeme, ese sueño tuyo no puede ser cierto. Piensa mujer... piensa. Si ves un gran estallido y crees que es un avión que explota conmigo adentro ¿Cómo entiendes que después me veas con la cara pálida, aterrorizada y sangrante? ¿No te parece absurdo?... debería estar al menos un poco achicharrado —agregó el hombre en tono burlón, zafándose del abrazo de la fémina.

09 Luis—Sí; puede que tengas razón, pero recuerda que los sueños no siempre son coherentes —dijo ella intentando ser convincente.

—Tu bien sabes que viajo por trabajo y no por placer. Esto lo hemos hablado millones de veces —aclaró él, para luego continuar—. Tu actitud ya me tiene cansado. Cada vez que tengo que salir de la ciudad por más de un día te inventas algo para que me vaya angustiado y molesto.

—Mi amor, esta vez no es invento, ¡Te lo juro! —replicó Matilde cerrando el puño de la mano derecha y llevándosela lateralmente hacia su boca para estampar un sonoro beso sobre la uña del pulgar.

—Lo siento; nada podrás hacer para evitar que me vaya. No depende de mí. Como ya te dije, esta noche es la inauguración de la sucursal de Maracaibo y la compañía me exige que esté allí. No porque yo sea muy bonito, sino porque trabajo en Recursos Humanos y debo alternar con el nuevo personal —dijo Felipe, saltando a continuación de la cama y dirigiéndose al cuarto de baño.

Veinte minutos después el hombre estaba listo para salir. Matilde, por su parte, se mantenía sobre la cama, sentada con las piernas recogidas y la espalda recostada en la cabecera.

La mujer no apartaba los ojos de la cara de su marido, quien no podía disimular su incomodidad. —Voy a llamar un taxi, de lo contrario se me hará muy tarde. Chao, nos vemos mañana. Llego en el vuelo de las siete de la noche; estaré aquí temprano. Acuérdate que es mi cumpleaños y vamos a salir a cenar —dijo mientras alzaba su maleta y caminaba hacia la puerta de la habitación.

—¡Adiós! Recuerda que te lo advertí. Si sales por esa puerta... ¡Felipe, no te vayas! —exclamó al ver que su marido no le hacía ni pizca de caso. Se arrodilló en la cama y poniéndose ambas manos alrededor de la boca a manera de amplificador, le grito:

—Ni se te ocurra llamarme. No voy a estar ni para ti ni para nadie. No voy a atender el teléfono para recibir malas noticias. ¡Vete al demonio! —acto seguido suspiró satisfecha, al tiempo que una pícara sonrisa se dibujaba en su rostro.

Matilde se acostó de nuevo y se cubrió con la cobija; sentía algo de frío. Todavía podía darse el lujo de dormir un par de horas más.

—Buenos días. Vuelo 517 a Maracaibo —dijo Felipe al operador de la línea aérea entregándole el pasaje.

—Buenos días, señor... Martínez —respondió el empleado luego de ver el nombre de Felipe en el boleto—El vuelo saldrá con un retraso aproximado de una hora. ¿Quiere registrarse de todos modos?

—¡Caramba! No contaba con esta demora; nunca falta algo. ¿Habrá algún vuelo que salga antes por otra línea? —quiso saber Felipe.

—No señor, el primer vuelo que sale hacia Maracaibo es éste —le respondió el empleado con seguridad.

—¿Y a qué se debe el retraso?— preguntó Felipe sin dar crédito a su mala suerte.

—Informaron sobre una avería leve que debe ser corregida en media hora —respondió rápidamente el empleado.

—¡Aaaay coño! —exclamó Felipe, pensando automáticamente en el sueño de su esposa.

—No se preocupe señor —dijo divertido el funcionario de la línea al ver la cara de susto que ponía el pasajero que tenía enfrente—, le aseguro que el vuelo será perfecto; estas cosas suceden con mayor frecuencia de la que se piensa. ¿Tomará usted el vuelo?

—No me queda otro remedio. Debo estar en Maracaibo lo antes posible. Me están esperando —respondió Felipe resignado.

El dependiente se tomó su tiempo para efectuar el registro de los datos de Felipe. A continuación le cobró la tasa aeroportuaria y finalmente le extendió el pase de abordar.

—El embarque se realizará por la puerta 16; que tenga usted un buen viaje, señor Martínez. ¡El siguiente, por favor! —dijo, para finalizar, dirigiéndose a la persona que encabezaba la fila de pasajeros que esperaban por chequeo.

* * *

A las siete menos cuarto de la tarde del siguiente día, el avión que trasladaba de regreso a Felipe desde Maracaibo aterrizaba en el aeropuerto. A diferencia del viaje de ida, que había transcurrido sin novedad alguna, en los últimos minutos de éste que terminaba se habían presentado múltiples contratiempos a causa del mal clima reinante en la zona; inclusive entre los pasajeros se corrió la voz de que había sido sumamente arriesgado realizar el aterrizaje en esas condiciones; sin embargo, una vez que el avión tocó tierra los pasajeros celebraron el hecho brindando un aplauso al piloto de la aeronave. Felipe no podía negar que como consecuencia del sueño de su mujer había sentido una aprehensión extra durante todo el tiempo que estuvo en el aire, dedicándole a las aeromozas una mayor atención que de costumbre y no precisamente por su belleza, sino por la creencia de que en los viajes aéreos solo se debe comenzar a sentir temor cuando se observe a las aeromozas nerviosas o asustadas.

—Tengo que hablar con Matilde seriamente —se decía—, no es posible que cada vez que tenga que salir de casa monte un espectáculo diferente para amargarme el viaje. Estoy seguro de que son celos, pues piensa que tengo mis movidas de vez en cuando; sin embargo, en esta oportunidad había algo más, como una insistencia adicional. No sé si es que realmente tuvo el bendito sueño o es que se está volviendo cada vez más necia. ¡Vaya usted a saber! Lo cierto del caso es que me amargó la existencia; de veras llegué a creer que estos iban a ser los últimos momentos de mi vida. No estoy dispuesto a seguir aguantando sus ridiculeces.

Los trámites aeroportuarios se efectuaron sin novedad y, cosa extraña, rápidamente; por lo que quince minutos después y bajo un torrencial aguacero, Felipe abordaba un taxi para que lo condujera a su casa.

—¿Cómo está, amigo? —le dijo el chofer amablemente, intentando entablar conversación con su pasajero—. No le digo buenas noches porque como usted ve el tiempo está infame. Ha llovido sin parar desde las dos de la tarde. Hacía muchísimo tiempo que no veía un palo de agua como este. La autopista está inundada... parece más bien un río. Iremos despacio porque la cosa está medio peligrosa. Tenemos información de que ya han ocurrido varios accidentes.

Los primeros veinte minutos del trayecto hacia la ciudad transcurrieron sin inconvenientes, aunque Felipe podía notar el nerviosismo del chofer por la poca visibilidad; pues era difícil distinguir más allá de unos pocos metros por lo cerrado del aguacero. En un par de oportunidades el conductor le comunicó a Felipe su intención de orillarse y detener el carro; sin embargo, en ambas ocasiones decidió continuar debido a la posibilidad de ser embestidos por otros vehículos cuyos conductores, sin lugar a dudas, atravesaban por los mismos problemas que él, quien dentro de su locuacidad no escatimaba ocasión para alardear sobre su experiencia como conductor, autodenominándose “todo un veterano del volante”.

Repentinamente Felipe oyó que el chofer lanzaba una maldición y cruzaba el volante con rapidez hacia su izquierda para intentar esquivar un vehículo que, sin luces traseras, se hallaba aparcado a la orilla de la autopista. La súbita maniobra hizo que los neumáticos patinaran y el carro se deslizara sin control durante un buen trecho…

Una hora después Felipe descendía sano y salvo frente a su casa. Todavía no sabía si achacar a la suerte o a la ahora comprobada pericia del taxista, el haber salido ilesos de la peligrosa situación que se les presentó, ya que milagrosamente pudieron sortear los vehículos que se desplazaban en su misma dirección y la defensa que separaba esa vía de la autopista de los canales que se dirigían hacia el aeropuerto.

Por supuesto que una vez superado el susto y reanudada la marcha, el orgulloso conductor se había dirigido a su cliente para decirle: —¿Vio usted lo que es saber manejar? Le aseguro que salir de esta situación no fue fácil, sin embargo he salido de peores... —comenzando a continuación a narrarle una serie de aventuras del volante que se prolongaron hasta arribar al destino de su pasajero.

La casa estaba a oscuras. «¿Estará Matilde o se habrá ido a la casa de sus padres para continuar con este estúpido y desagradable juego?» se preguntaba Felipe, deseando llegar de una vez, pero al mismo tiempo temiendo encontrar una situación desagradable, pues lo menos que tenía en ese momento eran ganas de pelear con su mujer.

Introdujo y giró la llave para abrir la puerta principal de la vivienda. Tan pronto prendió las luces de la sala escuchó la primera nota de la universal melodía destinada a festejar el comienzo de un nuevo año de vida de la única persona que, poniendo cara y sonrisa de estúpido, se priva de cantar; mientras el resto de los presentes con caras y sonrisas similares a las del agasajado, intentan emular a su cantante predilecto, gesticulando exageradamente con la boca e intentando no desentonar: “Cum ple aaa ños fee liz, te de seaaa mos aaa ti...”

—Tremenda sorpresa la que me han dado —dijo el recién llegado al finalizar la cantata y recibir todo tipo de apretones, estrujones y palmadas del significativo grupo de amigos y familiares que se encontraban presentes.

Segundos después Felipe se percató de que alguien importante faltaba.

—¿Dónde está Matilde, que aún no la he visto? ¿Sigue molesta conmigo por lo del viaje? —preguntó, mientras trataba de ubicar a su esposa entre los visitantes.

En ese momento comenzó a repicar el teléfono.

* * *

No habían transcurrido más de cuarenta minutos cuando Felipe y sus suegros entraban en el Hospital General del Oeste, cuya desagradable atmósfera competía con la de todos los hospitales habidos y por haber. El inspector de tránsito García, quien había hecho la llamada desde el teléfono móvil de Matilde al número asociado a la palabra “home” en su directorio, lo esperó en el área de emergencia, donde cubría la guardia nocturna.

—Acompáñenme, por favor —les dijo amablemente a los visitantes luego de un breve y formal saludo, sin agregar ninguna información relacionada con el motivo de la urgencia.

Caminaron por un ancho pasillo y luego bajaron un par de pisos por una semi oscura escalera para arribar a una puerta en la que se podía leer: “Unidad de cuidados intensivos. Sólo personal autorizado”.

—Esperen aquí un momento, ya vuelvo —dijo el inspector abriendo la puerta y desapareciendo tras ella.

Felipe repasó rápidamente lo acontecido desde que recibió la llamada telefónica del inspector García, cuyo escueto mensaje se redujo a solicitar su presencia inmediata en el hospital, donde el personal médico le informaría sobre el estado físico de su esposa, quien había sufrido un accidente automovilístico en la autopista que conducía al aeropuerto.

Las explicaciones se produjeron durante el trayecto hacia el hospital, en el que su suegra, con voz entrecortada debido al inevitable llanto ocasionado por la incertidumbre sobre la suerte de su hija, le informó sobre el plan que Matilde había trazado para darle una fiesta sorpresa.

Elogió la dedicación de su hija a los preparativos del agasajo y le contó a Felipe la gracia con la que le había comentado sobre la actuación del día anterior, en la que se fingió excesivamente molesta para justificar su ausencia nocturna en caso de que a él se le ocurriera llamarla por teléfono.

—Pasó todo el santo día de ayer limpiando y arreglando la casa para la fiesta y después se fue para nuestro apartamento a pasar la noche, con la idea de levantarnos temprano a preparar la comida que se serviría a los invitados —explicó la suegra, para luego continuar—. Tal y como lo tenía planeado Matilde, su última diligencia consistió en buscarte en el aeropuerto para llevarte a casa, lo que hizo en contra de nuestra recomendación, pues le insistimos hasta el final que te esperara junto con el resto de los convidados.

En ello pensaba Felipe cuando la puerta se abrió de nuevo, dando paso al inspector y a un personaje que de inmediato se presentó como el doctor Rodríguez, lo que corroboraba la identificación que guindaba de uno de los bolsillos frontales de la pulcra bata que portaba.

—Señor Martínez, le voy a ser franco y directo —dijo dirigiéndose a Felipe, pero permitiendo la presencia de los padres de Matilde—. Su esposa está inconsciente. Lamentablemente, según me informó el inspector, quien ya recibió el parte preliminar de tránsito, el manejar sin llevar puesto el cinturón de seguridad permitió que con el impacto su cabeza fuese a dar contra el marco de la puerta. La noticia positiva es que no tiene fractura, pero sí una herida que, aunque no reviste gravedad, ameritó veinte puntos de sutura. Además presenta una buena cantidad de excoriaciones leves en la cara, brazos y cuero cabelludo debido a que el parabrisas del auto estalló en cientos de pedazos. Si le soy franco, dentro de lo aparatoso del accidente la señora ha corrido con suerte, pues ha podido ser fatal.

Luego de unos pocos segundos en los que el silencio y la angustia dominaron la escena, el doctor continuó: —Si bien el cuadro clínico en sí no es grave, no podemos estimar el tiempo que la paciente pasará inconsciente. Puede ser que en estos momentos esté regresando, pero también es posible que para ello transcurran días, meses... o quizás años. Es cierto que la ciencia ha evolucionado a pasos agigantados y cada día hay nuevos descubrimientos y equipos maravillosos, pero actualmente no disponemos de ningún recurso que nos permita establecer un diagnóstico confiable en casos como este.

Luego de intercambiar miradas con sus afligidos, aunque esperanzados suegros, Felipe se dirigió al galeno:

—¿Puedo verla, doctor?

El médico, con voz afectada a consecuencia de la siempre desagradable tarea de notificar a los familiares de sus pacientes las malas noticias, contestó:

—Sólo un minuto y desde lejos. Sígame señor Martínez. Permiso señores —dijo antes de retirarse, dirigiéndose a los padres de Matilde—. Tengamos fe. La naturaleza humana tiene muchos misterios, pero sabe cómo reaccionar ante cada circunstancia que le toca enfrentar. Siempre he tenido la hipótesis de que mientras dura este tipo de inconsciencia cuyas causas somos incapaces de explicar, se está librando una batalla. Esperemos que la gane la señora Martínez y la tengamos pronto de vuelta.

Tras caminar unos pocos metros por un amplio pasillo, el doctor dijo a Felipe: —Espere aquí un momento —desapareciendo a continuación tras una puerta que se cerró rápidamente a su espalda.

Un minuto después comenzó a abrirse una cortina, dejando ver, tras un inmenso vidrio que abarcaba desde la altura de la cintura de Felipe hasta el techo, la postrada figura de Matilde sobre una cama clínica. La cara del hombre se contrajo por la impresión que le produjo la imagen de su mujer cubierta de vendas, de tal forma que no podía apreciarse ni el color de su piel; mientras que de alguna oquedad de su rostro que no pudo precisar y de sus dos brazos que yacían laxos, emergían tubos plásticos de diferentes grosores, conformando una grotesca escena que hizo estremecer al incrédulo observador.

10 Luis

* * *

Cuatro años, once meses y cinco días después del incidente, en una lluviosa mañana de octubre, Felipe se encontraba en el interior de su recién adquirido vehículo. Un minuto antes había esbozado una sonrisa de satisfacción al escuchar el perfecto sonido del contacto eléctrico que se produjo al girar la llave del encendido, y ahora disfrutaba de la serenidad y silencio del novedoso motor del auto.

—¡Qué divinidad de máquina! ¡No se siente! —dijo en voz alta, observando que el sensor de temperatura indicaba que el tiempo mínimo de calentamiento había transcurrido, y que ya podía poner el vehículo en marcha.

Estaba satisfecho del vuelco que había dado su vida. Los dos últimos años habían sido profesional y económicamente excelentes, logrando escalar una importante posición en la empresa en la que trabajaba y un ingreso acorde con las responsabilidades que habían delegado en él. Su vida privada también se había estabilizado: su primer hijo cumpliría los dos años en menos de cinco semanas y su esposa estaba embarazada de tres meses.

Quitó el freno de manos y activó el control remoto para abrir la puerta del garaje. Tan pronto ésta se deslizó un par de metros, pudo ver a Matilde. La extraña sonrisa que portaba la mujer reveló a Felipe la cercanía de desagradables momentos... aunque en realidad no tenía idea de cuán desagradables iban a ser.

Sin que desapareciera de su rostro la macabra mueca, Matilde se plantó frente al auto y a continuación levantó su brazo derecho, en cuya mano sostenía un arma de fuego, con la que apuntó a Felipe.

—Sólo un año te duró la pena. Sólo un año, me imagino que el más desagradable de tu vida, esperaste para abandonarme y empezar una nueva vida con otra mujer, mientras yo me pudría en vida en ese miserable hospital —dijo con voz alta y clara.

A medida que Felipe escuchaba las palabras de su ex mujer, su rostro se iba desencajando. Jamás pensó que Matilde actuaría de esa forma cuando supo por intermedio de unos viejos conocidos, una semana antes y de manera casual, que su otrora pareja había regresado después de pasar casi cinco años como un vegetal, sin dar señales de recuperación... muerta en vida.

—Tienes que entenderme Matilde —comenzó a gritar Felipe buscando ganar tiempo; cosa que jamás consiguió. Lo único que pudo hacer como un efecto reflejo fue pisar, con todas las fuerzas que le otorgó la desesperación del momento, el acelerador del bonito carro que tan poco tiempo pudo disfrutar.

Cinco disparos hizo Matilde, ayudada por el efecto repetitivo del arma que había robado a su padre para realizar su venganza. Los cuatro primeros proyectiles, que atravesaron el parabrisas y se alojaron en la humanidad de Felipe, hicieron que la lámina de vidrio estallara, transformándola en miles de pequeñas partículas, muchas de las cuales fueron a reposar sobre el cuerpo del hombre. La quinta bala se incrustó en el techo del garaje, al ser disparada cuando Matilde caía al suelo, arrollada por el descontrolado vehículo que, luego de atropellar a la mujer, continuó hacia la calle y terminó su aventura en el jardín de la casa de enfrente.

Moribunda, Matilde recordó, en un instante de lucidez, la cara pálida, aterrorizada y sangrante de Felipe al recibir el merecido castigo. Una lágrima resbaló por su mejilla cuando la duda asaltó sus últimos pensamientos, que se esforzaron en descubrir si aquel premonitorio juego de palabras que a su manera de ver marcó el inicio de la absurda parodia que estaba por concluir, había sido un invento suyo, tal y como había creído, o una pesadilla que presagiaba el fatal desenlace.

 

Luís Gutiérrez G.

Etiquetas: Luis, Drama

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2 comentarios en “Premonición”

  1. Martes, 05 Octubre 2021 05:17

    Debo reconocer que me imaginé muchos finales sin conseguir dar con el correcto. Gracias por compartir tu cuento, Luis.

    1. Miércoles, 06 Octubre 2021 03:37

      Hola Fernando. Gracias por tu lectura y comentario. Un saludo. 

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