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Estante del Nº 6 - may/2021

RollodexMicros RadioAudiocuentos
  • Rueda

    La rueda mutante cambiaba mis facciones, de licántropo a zombiro.

    Samir Karimo
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  • El enamorado

    “Me quiere, no me quiere...mucho, poquito, nada” recitaba Juancho sentado sobre aquel montoncito de piedras con la blanca sibila en mano. Dejando así el destino de su felicidad en la sucesión de un juego que apelaba a la fortuna de los múltiplos de cinco; donde la vida le sonreiría solo si al último pétalo le antecedía el quinto, el décimo o el decimoquinto…
    No era pues entonces extraño, que siendo el amor algo que a veces sobrepasa los límites de lo cabal, el enamorado se encontrara buscando la respuesta en la razón más irracional de todas.

    Eréndira Corona
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  • Resarcimiento

    Después de haber tenido ese sueño, que me impulsó con la fuerza de un tsunami a acudir al auxilio de aquellas voces, entré al parque de mi abandonada casa de infancia. No había vuelto desde las desgracias ocurridas allí; sombras siniestras la sobrevolaban y envolvían su historia. El sol no encontraba un resquicio para introducirse a través de la espesa vegetación que, como un monstruo cariñoso, la abrazaba por completo. Tenía un machete para abrirme paso y, de ser necesario, lo usaría para destrozar el interior con la esperanza de destruir también la maldición que albergaba.
    Apenas había avanzado un trecho cuando un círculo de un fulgor rojizo, glacial y nauseabundo me encerró.
    Paralizado, vi las sombras de mis antepasados que, encadenados unos a otros, estiraban sus brazos huesudos pugnando por asirse a mí. Gemían con una letanía espeluznante y se acercaban con un balanceo aterrador, cuando estaban casi encima escuché la temida carcajada: era la aparición diabólica que presagiaba también mi desgracia.
    El terror, unido al deseo de liberar a esas almas del padecimiento, me dio fuerzas.
    Salté, corrí hacia el auto por la alternativa que había previsto, tomé el bidón de nafta y, retorné hacia la entrada convencido: el fuego purifica.

    Edith Vulijscher
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  • Bajo las primeras noches

    Fue alrededor de una fogata, bajo un cielo repleto de puntos brillantes y titilantes, que la vi por primera vez. Me cautivó la maraña indescriptible de sus cabellos, las cuencas de sus ojos sorprendidos por cada cosa que miraba y el movimiento de su boca llena de comida, que aún en su masticar, dejaba escapar una sonrisa de bondad. Entonces, me decidí. Le di un garrotazo, la arrastré hasta mi cueva y se convirtió en mi familia, aunque después, me tocó botar aquel objeto contundente de mis amores, porque entonces, era ella quien lo usa conmigo, cada vez que me vía cerca de otra cavernícola.
    Será que en el futuro, esta dinámica de amores y odios ¿Evolucionará?

    Federico Ochoa
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  • En busca de redención

    Amanece la esperanza. El hombre arrastra su cuerpo hacia la orilla de un mar que hoy parece celestial, abatido por una carga imaginaria.
    Tal vez en este día ocurra el milagro, piensa.
    Se arrodilla en la costa y siente el agua purificada que comienza a bautizarlo. Hunde su cabeza agitando el agua bendita, para dejar inmaculados sus pensamientos. Se persigna y reza una y mil veces. Acaso Dios pueda escucharlo por semejante esmero.
    Se levanta para discernir si tiene un horizonte por delante, pero comprueba con desilusión que aún sigue apesadumbrado.

    Patricia Licciardi
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  • Vidas

    Lo tomó entre sus manos con mucho cuidado, intentando hacerle el menor daño.
    —La vida... qué impensables secretos tiene. Cada órgano tiene una función específica que cumplir; pero lo maravilloso es el trabajo en armonía; la perfecta sincronización entre todos ellos para lograr el milagro —dijo en voz alta.
    Levantó la vista y observó con detenimiento a cada uno de los hombres y mujeres que lo rodeaban y que, sin excepción, lo miraban fijamente, con respeto.
    —Una sola falla y todo se va al traste. Un solo descuido y el sistema se derrumba.
    Puso de nuevo manos a la obra.

    Luis Gutiérrez González
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  • El matador

    La multitud se puso de pie en las gradas de la plaza. ¡Viva! ¡Esto es arte! El toro resoplaba, mientras que de su hocico manaba una mezcolanza de baba, sangre y agonía. Las banderillas clavadas en el lomo le menguaban las fuerzas; lo torturaban.
    El demonio vestido de luces, elevó la espada, corrió hacia el astado y lo atravesó.
    La afición quería sacar a hombros al matador. No se fijaron que un cuerno se había ensartado en el pecho del torero. El dolor de ambos era indescriptible.
    El hombre no quería morir. El animal tampoco.
    Los dos sucumbieron con el corazón destrozado.

    Servando Clemens
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