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Estante del Nº 2 - ene/2021

RollodexMicros RadioAudiocuentos
  • Políticamente correcto hasta el final

    El maquillista pasó el lápiz delineador por la ceja del hombre y dibujó un arco perfecto.
    —Coloca más polvo en mis mejillas.
    —Lo que usted diga.
    —¡Maravilloso! —dijo el cliente, sosteniendo el espejo—. No se percibe el agujero de bala en mi frente.
    —Es un honor trabajar para el presidente de la nación.
    —Ya dejé de ser presidente.
    —Oh, cierto.
    —¿No me tienes miedo?
    —No, señor. Llevo más de veinte años preparando cadáveres y de vez en cuando converso con uno que otro.
    —Endereza mi nariz, muchacho. No quiero que mis enemigos políticos me vean derrotado dentro de mi ataúd.

    Servando Clemens
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  • La turista

    Ella, después de andar y buscar, por fin había encontrado una playa tranquila, libre de turistas y vendedores necios que la fueran a molestar, extendió la enorme toalla sobre la arena, buscó en su bolsa de tela el bronceador y se lo aplicó en el cuerpo. Se acomodó el bikini, las grandes gafas de sol y recogió su extensa cabellera para que cupiera dentro del anchísimo sombrero. Suspiró su calma y se acostó para asolearse.
    Don Carlos, un pescador de la región, coqueto por vocación y mujeriego sin culpa, arrimó su vieja chalupa en la playa, agarró la atarraya vacía porque no hubo pesca y comenzó a caminar y a cantar por la orilla del mar, a pesar de la escasez, hasta que vio a la hermosa mujer descansando, como un elemento más de aquella bella postal, entonces, se acomodó la vestimenta y carraspeó sin consideración. La mujer al darse cuenta de que era observada, se incorporó para ver quién era y el viejo pescador, lanzó su sonrisa presumida y le comenzó a cantar un vallenato:
    Mírame fijamente hasta cegarme.
    Mírame con amor o con enojo.
    Pero no dejes nunca de mirarme.
    Porque quiero morir bajo tus ojos…
    Entonces, la turista, dejó ver sus ojos brillantes y su extensa cabellera, que se retorcía y que se movía con vida propia, y miró al pescador, que con su sonrisa infantil y la melodía de su canción, poco a poco se fue convirtiendo en piedra.
    La mujer suspiró resignada por su maldición, recogió sus cosas y se fue a buscar otra playa.

    Federico Ochoa
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  • American express

    Su rostro tiene profundos surcos esculpidos por un viento que lo azotó con crueldad.
    Lleva puesto un sobretodo, y lo llamo así, porque ese abrigo viejo cubre todo lo que tiene.
    Miró hacia atrás y arrastró sus pies por el andén para tomar el próximo expreso que lo llevará a ningún lugar.

    Patricia Licciardi
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  • Bella histeria

    Se levanta el telón, ingresan los músicos y se acomodan.
    En un camarín ha quedado el delicado bouquet de camelias junto a una tarjeta.
    El hombre del primer palco la espera, siempre allí, función tras función.
    Hace su entrada la solista de violoncelo; le han preparado su lugar adelante y en el centro del escenario; ella pasea la vista por los palcos más próximos y encuentra su atractiva víctima, simula querer acondicionar mejor el instrumento y lo acomoda de tal modo que quedarán: él allí, cercano, a la derecha y ella allí, cercana, en un costado.
    Sonríe apenas y saluda con una leve inclinación.
    Fija en él la mirada penetrante, la boca entreabierta, la lengua acaricia y humedece los labios de rojo intenso, dejándolos brillantes y húmedos. Ha tirado un nuevo anzuelo, el pez vuelve a picar.
    Falda larga abierta a los costados, las piernas separadas abrazan el instrumento. Comienza el concierto.
    En los momentos orquestales ella continúa su mejor acto: la seducción.
    Se inclina demasiado, sabe que el escote, gran aliado, mostrará lo necesario.
    Ejecuta los solos abrazando el chelo con sensualidad estudiada.
    El hombre, inquieto, no logra acomodarse. Y en un ensamble perfecto con la música, al unísono con el crescendo final, culmina.

    Edith Vulijscher
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  • Tzimtzum

    Tzimtzum Era un punto infinito... acaso una linealidad eterna vista desde un extremo o quizás y solo quizás, el rastro de un ser superior de otra dimensión retirándose a su escondite para poder dejar existir a su creación. Sea lo que fuere, era el origen y el final de todo lo que conocemos y los científicos le apodaron Big Bang.

    Eréndira Corona
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  • Diálogo mortal

    La triste Muerte le hablaba así:
    —¿Por qué segué la Vida de alguien tan bueno?
    Entonces, la Vida, con quien hablaba, le contestó:
    —¿Por qué no di Muerte a los monstruos?

    Samir Karimo
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  • Arde Madrid

    Lo despertó un olor agrio a goma quemada. Abrió la ventana… Madrid ardía por completo. De inmediato se dejó escuchar el llanto de su hija menor y la risa cínica de su primogénito.
    No lo dudó un instante: salió de la habitación a toda carrera, bajó los escalones de a tres en tres y en menos de un minuto llegó al jardín de la casa.
    El contraste de las reacciones ante el cálido evento lo paralizó. La niña, impotente ante el espectáculo, moqueaba. A pocos pasos de ella el niño reía con ganas, señalando con sus índices el llameo de Madrid.
    Al ver la caja de cerillas en el suelo entendió la situación: la hora de la venganza había llegado.
    Revivió entonces la escena de días atrás, cuando la pequeña, por encontrarlo desagradable y feo, descabezó a Barcelona, el muñeco preferido de su hermano.

    Luis Gutiérrez González
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