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Estante del Nº 10 - sept/2021

RollodexMicros RadioAudiocuentos
  • Corazón convaleciente

    Ya empaqué mis cosas, solo falta mi corazón. Tomo las aurículas derecha e izquierda para unir sus puntas y efectuar el primer pliegue, luego hago el segundo doblez, a la altura de la parte media. Lo coloco con cuidado en mi valija para que no se arrugue, ya tiene algunas marcas, para qué agregar nuevas.
    Tenemos que partir y cruzar de nuevo la frontera.
    Haré todo lo que esté a mi alcance para que mi corazón pueda recobrar su aspecto.
    Por lo pronto, de ser posible, voy a blanquearlo con lavandina, no quiero que le queden rastros del pasado. Y como la textura de su tela muestra bastante inconsistencia, tendré que revitalizar y tratar sus fibras con almidón, para que recupere su dureza. Y por fin, si encuentro el método, intentaré impermeabilizar el miocardio para que esté más protegido.
    Luego del tiempo adecuado y este tratamiento intensivo, creo que podré volver a usarlo.

    Patricia Licciardi
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  • Mala suerte

    Los ojos desorbitados, el incontrolable temblor de su cuerpo y la fuerza con la que sus manos se aferraban a los posa brazos de la reclinada silla anclada al suelo, delataban el terror que sentía.
    El destino le jugaba una mala pasada. La suerte, que según alardeaba con frecuencia siempre estaba de su parte, le había dado la espalda… Jamás pensó que el nuevo barbero del barrio, ese que acariciaba su yugular con el filo de la navaja en ese mismo instante, era el padre de la chica que pocos días atrás le había confesado su incipiente preñez.

    Luis Gutiérrez González
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  • Fantasía Nº 7

    Con una mano sostuvo la manga de su kimono de seda y con la otra hizo un movimiento delicado como si con ello rasgase el velo fino de la realidad.
    Volvió la palma de su mano, lanzó al aire una pequeña mariposa de papel y comenzó su danza, con movimientos gráciles la hizo levitar en el aire surcando mundos invisibles a su alrededor, mientras ella bailaba y mecía su hermoso abanico de jade blanco.

    Eréndira Corona
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  • Alma siniestra

    La silueta del asesino salió de la estación del tren. Se detuvo al verme. De su mano enguantada cayó un cuchillo manchado de muerte. Corrí lo más rápido que pude y él me siguió de cerca.
    No, no podía escapar de mi propia sombra.

    Servando Clemens
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  • Luna llena

    Las noches de luna llena los licántropos se convertían en zombiros y devoraban vegetales.

    Samir Karimo
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  • Intuición de abuela

    …Las abuelas saben más por viejas, que por diablo.
    —Hmmmnn… ¿Qué estarán haciendo mis nietos? —preguntó la abuela, sin dejar de ver los agujeros de un botón que le estaba cosiendo a una camisa vieja.
    —Ay, mamá ¿y por qué lo dices? —preguntó la hija con un cierto tono de descontento.
    —Por el silencio hija. Por el silencio.
    Y justo en ese momento, la paz de la casa se atiborró con el estropicio de una de las ramas de un palo de níspero que le daba sombra al patio, que se quebró por el peso de un niño que trataba, desde aquellas alturas, de agarrar una iguana asustada, mientras su hermano menor, veía por primera vez, cómo caen los cuerpos por efecto de la gravedad, sin que pudieran volar como lo hacían sus súper héroes de televisión.
    —Te lo dije —le recordó la abuela a la hija, que salió desesperada para ver qué había pasado.

    Federico Ochoa
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  • La abadía sin verbos

    A cargo del abadengo: el abad, hombre de mediana edad con abdomen prominente, rasgos duros, ojos pequeños de mirada inquisidora, penetrante y siempre acusadora, aun sin motivos.
    Adorador del dinero y gran conquistador de riquezas durante años.
    Sus aposentos, lugar de almacenamiento: muchas ánforas de oro puro en armarios espejados. Gran deleite para el ambicioso.
    Pero no solo eso, además atormentador de niños, maestro cruel y aprovechador, por esta razón solo disciplina y penurias para los pupilos. Nunca un gesto de comprensión o amor.
    Un día domingo con el personal de franco, los niños diligentes para la conspiración planificada. En el almuerzo, el somnífero en su vino. A la hora de la siesta el abad en consabido descanso, entre tanto el robo: uno tras otro cada niño con un ánfora de oro directo al fogón de la cocina.
    Y por último la venganza: un baño de oro líquido sobre el torturador.

    Edith Vulijscher
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