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Estante de:

Emilio Salgari

RollodexMicros RadioAudiocuentos
  • El sueño del violinista

    Siempre había sido el sueño del gran violinista tocar debajo del agua para que se oyese arriba, creando los nenúfares musicales.
    En el jardín abandonado y silente y sobre las aguas verdes, como una sombra en el agua, se oyeron unos compases de algo muy melancólico que se podía haber llamado «La alegría de morir», y después de un último «glu glu» salió flotante el violín como un barco de los niños que comenzó a bogar desorientado.

    Ramón Gómez de la Serna
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  • El león y la espina

    Un león que vagaba por el bosque se clavó una espina en la pata, y al encontrar un pastor, le pidió que se la extrajera. El pastor lo hizo, y el león, que estaba saciado porque acababa de devorar a otro pastor, siguió su camino sin hacerle daño. Algún tiempo después, el pastor fue condenado, a causa de una falsa acusación, a ser arrojado a los leones en el anfiteatro. Cuando las fieras estaban por devorarlo, una de ellas dijo:
    —Este es el hombre que me sacó la espina de la pata.
    Al oír esto, los otros leones honorablemente se abstuvieron, y el que habló se comió él solo al Pastor.

    Ambrose Bierce
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  • La dicha de vivir

    Poco antes de la oración del huerto, un hombre tristísimo que había ido a ver a Jesús conversaba con Felipe, mientras concluía de orar el Maestro.
    —Yo soy el resucitado de Naim —dijo el hombre—. Antes de mi muerte, me regocijaba con el vino, holgaba con las mujeres, festejaba con mis amigos, prodigaba joyas y me recreaba en la música. Hijo único, la fortuna de mi madre viuda era mía tan solo. Ahora nada de eso puedo; mi vida es un páramo. ¿A qué debo atribuirlo?
    —Es que cuando el Maestro resucita a alguno, asume todos sus pecados —respondió el Apóstol—. Es como si aquél volviera a nacer en la pureza del párvulo…
    —Así lo creía y por eso vengo.
    —¿Qué podrías pedirle, habiéndote devuelto la vida?
    —Que me devuelva mis pecados —suspiró el hombre.

    Leopoldo Lugones
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  • Su amor no era sencillo

    Los detuvieron por atentado al pudor. Y nadie les creyó cuando el hombre y la mujer trataron de explicarse. En realidad, su amor no era sencillo. Él padecía claustrofobia, y ella, agorafobia. Era sólo por eso que fornicaban en los umbrales.

    Mario Benedetti
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  • Abrió los ojos

    Abrió los ojos. (Había estado tirado en su butaca toda la mañana fea, durmiendo su largo, desesperado hastío).
    Las cuatro paredes de su cuarto estaban oscuras de tanto deslumbre. Una ventanita cuadrada cortaba el cuadro resplandeciente. Un cielo azul limpio, casas radiantes de sol y sombra, una plaza llena de gentes gritando y corriendo. «Ésa es la vida, sal», le dijeron seres oscuros por dentro de su sangre.
    Y se tiró por la ventana.

    Juan Ramón Jiménez
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  • Carta a un reportero

    Esta semana hubo seis incendios grandes y cuatro pequeños. Se suicidó un joven por el amor apasionado hacia una dama, y esa misma dama enloqueció al conocer su muerte. El portero Guskin se ahorcó porque había consumido en exceso. El día de ayer se hundió un bote con dos tripulantes y un niño pequeño… ¡Pobre niño! En los jardines públicos de La Arcadia, le agujerearon la espalda a cierto comerciante y casi le rompen la crisma. Atraparon a cuatro ladronzuelos bien vestidos, y un tren de mercancías naufragó. ¡Lo sé todo, estimado señor mío! ¡Qué circunstancias tan diferentes! ¡Cuánto dinero tiene usted ahora y no me da a mí ni un kopek! ¡Los buenos caballeros no hacen eso!
    Su sastre, Zmirlov.
    Informó, El hombre sin bazo.

    Anton Chéjov
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  • Dos políticos

    Dos políticos cambiaban ideas acerca de las recompensas por el servicio público.
    —La recompensa que yo más deseo —dijo el primer político— es la gratitud de mis conciudadanos.
    —Eso sería muy gratificante, sin duda —dijo el segundo político—, pero es una lástima que con el fin de obtenerla tenga uno que retirarse de la política.
    Por un instante se miraron uno al otro, con inexpresable ternura; luego, el primer político murmuró:
    —¡Que se haga la voluntad del Señor! Ya que no podemos esperar una recompensa, démonos por satisfechos con lo que tenemos.
    Y sacando las manos por un momento del tesoro público, juraron darse por satisfechos.

    Ambrose Bierce
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  • El adivino

    En Sumatra, alguien quiere doctorarse de adivino. El brujo examinador le pregunta si será reprobado o si pasará. El candidato responde que será reprobado…

    Jorge Luis Borges
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