Panecillos con café

DramaPsicológico
Valoración:
5 of 5 - 1 votes
Thank you for rating this article.

La mañana azul y luminosa encuentra a Elide en plena faena, la ropa limpia papalotea al viento; la grata sensación de frescura y humedad se dispersa con el aire. De la cocina llega el aroma de buen café, que ella diligente dispone sobre la mesa; en el centro de esta, flores recién cortadas regalan belleza al momento. Abre el horno, y el olor a panecillos de centeno y manzana rivaliza con la fragancia de las flores. Con muy buen gusto los acomoda sobre una cesta de paja tejida, cubierta con un paño bordado con puntilla de encaje. Contempla la imagen que le devuelve la luna del mueble del comedor. Apurada entra al baño, lava su cara y peina el cabello que desordenara el viento. Un toque de color realza los pálidos labios, sonríe satisfecha mientras escucha los pasos de su esposo que baja las escaleras y entra a la cocina. Ella cruza la puerta en el mismo momento en que él toma asiento frente a la mesa. Lo saluda cariñosa, mientras pone la sartén al fuego y reúne en ella los ingredientes para una buena torta de huevo. Tal como le gusta a él, sin que falte nada. La sirve y la lleva a la mesa, buscando una ligera muestra de aprobación en su mirada. Aún no termina de depositar el plato, cuando un fuerte golpe en la cara la hace trastabillar y caer al piso. El hombre, por primera vez, abre la boca para decir.

Cabeza de mujer - Auguste Renoir (c. 1918)—¡Estúpida!, no has servido el pan, se enfriarán los huevos.

Dolida, ella lo contempla desde el suelo. Con cuidado toca su rostro, la fina piel se ha abierto sobre el pómulo, muy cerca de su ojo, exactamente sobre el golpe que él le diera el día anterior. Siente escurrir entre sus dedos el líquido tibio. Él, de nuevo grita:

—¿Te quedarás ahí todo el día? No seas imbécil, dame el pan o te rompo de nuevo la cara.

Mientras ella con dificultad se pone de pie, le sigue diciendo:

—Ya sé que no es tuya toda la culpa, es herencia de tu madre, que no supo educarte para ser una buena esposa; debieron de nacer putas y así no darían problemas.

Ella en silencio va por el pan y lo lleva a la mesa; por el nerviosismo y el dolor, olvida el cuchillo. El hombre la toma del brazo y lo retuerce hasta hacerle poner la cabeza pegada a la mesa y de nuevo la interroga de forma brutal:

—¿Qué falta?, ¡dime! ¿Qué maldita cosa falta aquí?

La suelta y ella cae de rodillas. A gatas se aleja de él. Sujetándose de la cómoda donde se guardan los cuchillos consigue ponerse de pie, mientras el intenso dolor afecta sus sentidos. Abre con torpeza el cajón, tiene la visión nublada, tanto como el entendimiento. Toma el cuchillo del pan y, con vacilantes pasos, lo lleva hasta la mesa. En el momento que extiende la mano para que él lo tome, percibe la mirada de satisfacción y la sonrisa de sorna dibujada en el bestial rostro. ¡Una nube roja la ciega por completo! Las imágenes de las veces en que la había golpeado y humillado en forma repetida, desfilan por su mente inundándola de una rabia incontrolable. Con la mente obnubilada y el corazón latiendo acelerado, jadeante, ve a su esposo sentado, con el cuchillo clavado en la garganta, ahogándose; los ojos desorbitados, llenos de dolor e incredulidad. La sangre escurre y tiñe de rojo todo a su alrededor, mientras intenta contenerla, se derrumba y cae al piso. Replegada en la mesa de la cocina, ella lo observa, su expresión es inescrutable. Cuando él queda quieto, ella se sienta sin dejar de contemplarlo. Una gran frialdad se ha instalado en sus ojos. Toma un panecillo, aún tibio, y lo divide por la mitad; come una parte y va al baño. Saca unas gasas del botiquín y entonces observa los tonos de verde, morado y gris, velados por la sangre que ya comienza a secarse sobre su rostro. Con mucho cuidado limpia y cura las heridas. Tiene el ojo casi cerrado por la hinchazón. Da una última mirada al espejo y vuelve a la cocina. Pasa junto al cuerpo con indiferencia y recoge los trastes de la mesa; los deposita en el fregadero, no sin antes tirar su contenido al bote de la basura. Después se da la vuelta y con la espalda apoyada en el mueble, contempla el cuerpo por un momento. Se acerca e inclinándose, con enorme frialdad le saca el cuchillo del cuello, no sin cierta dificultad. Lo deja dentro del fregadero sobre los trastes y se lava las manos. Mientras las seca con el delantal, va hacia la mesa y quita el mantel. Lo extiende sobre el piso, con gran trabajo le da vuelta al cuerpo hasta dejarlo encima, cubre la parte de la cabeza con una bolsa para basura, termina de envolverlo doblando las puntas del mantel sobre él y lo arrastra a la salida que da al patio. Después limpia con gran cuidado la sangre del piso, de la mesa y de la silla que había quedado insalvable. La lleva también afuera. Pone un mantel limpio y el centro de mesa con las flores. Iba a lavar la loza, cuando recapacita y vuelve al patio.

El gran dragón rojo y la mujer vestida de sol - William Blake (1810)

Lo observa con detenimiento; poco después va por un pico y una pala al depósito de herramientas. Dice para sí: “Aquí quedarán bien mis rosales”. Se pone a cavar, mientras piensa en la ventaja que le da el que su marido nunca hubiera querido gastar en jardinero, ni en quien cortara la leña para la chimenea. Pronto tiene una zanja profunda y amplia. Arrastra el cuerpo y lo deja caer al fondo, tira encima la tapicería que había arrancado de la silla. Lo cubre todo de tierra, acomoda varias plantas en el espacio que enmarca con algunas rocas, y forma un hermoso cantero. Mientras lo hace, tararea la melodía que acostumbra cantar cuando trabaja en el jardín. Al terminar, observa todo satisfecha y escucha que llaman a la puerta, entra y al abrir, encuentra parada en el dintel a su suegra, que sin saludar, se introduce en la casa, haciéndola hacia un lado con grosería.

—¡Roberto! ¡Roberto! —grita, a lo que dan sus pulmones.

Elide regresa a la cocina, pasea su mirada por todos lados mientras echa agua para quitar la sangre que había salpicado los trastes. Temerosa de ser descubierta, su corazón golpea con fuerza dentro de su pecho. Mientras tanto, su suegra termina de recorrer toda la casa; busca a su nuera y la encuentra frente al fregadero que aún tiene los trastes sucios.

—¿Dónde está Roberto? —pregunta impaciente.

—Se fue —dice Elide en voz baja.

—¡Bueno, mujer! —exclama su suegra—. ¿Dónde demonios se fue?, ¿va a tardar? Se supone que íbamos a salir de compras; yo como siempre soy puntual, y resulta que no lo encuentro.

—No va a volver —dice Elide.

—¿No va a volver de nunca?, ¿de jamás?, ¿te ha dejado?

—Sí —murmura Elide.

—¡Si serás idiota! —injuria furiosa su suegra—. Seguro ya lo tenías aburrido. Mira la hora que es y tú ni los trastes has lavado, ¿y esa cubeta, qué demonios hace a media cocina? El piso ya debiera estar limpio; seguro que estás de holgazana y por eso te ganaste esos mamporrazos. Con lo bestia que eres, que ni hijos le has dado, deberías de estar agradecida que estuvo contigo aguantándote todos estos años, ya le decía que una vieja tan presumida de educada y leída no era para él, que lo harías infeliz. ¡Y para colmo, le resultas mula! Y ahora hasta cochina, las fachas que traes, pareces salida de un estercolero.

—Plantaba unas flores —dice Elide, a modo de disculpa, mientras pasa las manos sobre las manchas de tierra de su falda.

—¿Ahora qué va a pasar?, yo creo que la que se debió de largar eres tú, ¿en dónde va a vivir? Conmigo ni lo sueñe, a menos que esté con la Berta; que esa sí que le ha tenido paciencia. Además de que le ha dado dos hijos, y no te hagas a la que no lo sabe, que todo el mundo está enterado. ¡Mala suerte la mía!, un solo hijo y no da una. Porque esos serán mis nietos, como dicen las malas lenguas, pero a mí, nadie me lo asegura. Mientras ella no deja de hablar, Elide la contempla; su mirada ya no denota temor, una gran frialdad la invade.

—¿Le gustaría un café? —pregunta, al mismo tiempo que acomoda una silla para ella, donde momentos antes quitara la de su hijo. Mientras lo prepara, llena una fuente con panecillos, y esta vez no olvida el cuchillo, lo pone bajo el chorro de la llave, hasta que el agua empieza a quedar clara y el fondo de la pileta se tiñe de rosa. Con mucho cuidado, lo coloca a un lado de la fuente. Los comentarios crueles y ofensivos de su suegra dejaron de repercutir en su cerebro. En su mente solo tiene una duda: ¿dónde pondrá un nuevo cantero con flores? Busca a través de la ventana, con la mirada puesta en el patio, un buen lugar para ello. Sus ojos descansan sobre el que recién terminara; sonríe y piensa para sí, satisfecha, “junto a él, como debe de ser”. Dispone el café, la fuente, y le pregunta amable a su suegra mientras se acerca.

—¿Panecillos con su café?

 

Genny Chávez Rodríguez

 

Publicaciones similares

Etiquetas: Drama, Psicológico

Imprimir Correo electrónico

Compartir

No hay comentarios en “Panecillos con café”

Deje su comentario

En respuesta a Some User

Suscríbase:

Al suscribirse, usted recibirá a mediados de cada mes un email con los enlaces de acceso y descarga de la nueva edición.

Contáctenos

Dirección:
alvaro@cuentosenred.com
 
Administración:
admin@cuentosenred.com
 
Consejo editorial:
ce@cuentosenred.com
 
Webmaster:
webmaster@cuentosenred.com
 

Nuestros autores

Logo 610x170 claro
Patricia Licciardi Edith Vulijscher Eréndira Corona
Servando Clemens Federico Ochoa Luis Gutiérrez González
Samir KarimoÁlvaro Díaz
¿Aún no tiene cuenta? ¡Regístrese ahora!

Ingresar