Otra oportunidad

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Otra oportunidad

Cierto día de septiembre, apareció un boquete en la tina de mi baño. El agujero parecía no tener fondo. Agarré un jabón, lo lancé al hueco oscuro y se perdió de mi vista. Era extraño y sin una explicación lógica. Sin embargo, no tomé cartas en el asunto debido a mi pereza y decidí no ducharme. Después de tres días sin asearme, las moscas no me dejaban en paz, entonces pedí los servicios de un experto, el mejor de la ciudad.

Ilustración de Pilar San Martin - 2021Esa misma tarde, llegó el plomero, el clásico sabelotodo, y al ver el hoyo en la tina se rascó la rabadilla y dijo:

—Estamos ante la presencia de un agujero de gusano.

Permanecí turbado ante las palabras de aquel tipo con cara de loco.

—¿Puede solucionarlo?

—No, muchacho. Necesitará la ayuda de un especialista en la materia.

—Lo que me faltaba.

—Tiene sus ventajas —dijo el plomero mientras metía su cabezota de buey al agujero de la tina.

—¿Cuáles?

—En algún momento, usted podría saltar al agujero y viajar en el tiempo y espacio.

El plomero sacó la cabeza y se quitó el polvo de estrellas que tenía adherido en la frente.

—¿Cómo sabe eso?

—Lo vi en un canal de YouTube.

No tenía interés en viajar en el tiempo, de modo que al siguiente día busqué a una amiga de la universidad. Ella estudiaba ciencias, era inteligente, pedante y tenía un cuerpo de lujo. La saqué de su salón y nos reunimos en una cafetería.

—¿Qué quieres? —preguntó ella.

—Necesito que vayas a mi departamento.

—Te he dicho mil veces que no, entiende que no me interesas. Aparte, me pareces un hombre asqueroso y muy feo.

—No es lo que piensas… bueno, esta vez no.

—Habla y no me hagas perder el tiempo, tengo clases.

—En la tina de mi baño apareció un agujero de gusano.

—¿Te sigues drogando?

—Llevo varios días sin probarla, de verdad.

—¿Intentas burlarte de mí?

—Te lo juro por Dios —dije—, un plomero me lo aseguró. Cada vez que lanzo algún objeto a la tina, este es absorbido por el hueco.

—Vete a la mierda, cabrón.

Se levantó de su asiento y se dirigió hasta la puerta. Pero antes de que saliera le dije:

—Espera un segundo.

—¿Y ahora?

—¿Irás a mi departamento a ver mi orificio?

—Pervertido —gritó y azotó la puerta.

Supuse que estaba enamorada de mí. Regresé al departamento, y sentado en el inodoro analicé las ventajas del socavón en la tina. Pensé que podría desechar la basura, desaparecer documentos, o tal vez deshacerme de un cadáver.

Esa noche no podía dormir por la preocupación. Eso que había en el baño me estaba volviendo loco. Tomé algunas cervezas, aventé las latas a la tina y no quedó rastro de ellas.

Después de emborracharme, fui a la cama y dormí profundamente. Al día siguiente, desperté un poco antes de las doce. Tenía una resaca terrible y ese maldito agujero perturbaba mis pensamientos. Me paré en la orilla de la tina y oriné adentro de ella. Era una sensación extraña, ¿adónde llegarían esos líquidos amarillos? Dejé de pensar en el asunto. Observé mi rostro en el espejo. Tenía unas ojeras horribles y mi piel era pálida.

Intempestivamente, el piso cimbró con fuerza. El espejo del baño se quebró al rajarse la pared y algunos trozos botaron a mi cara. Fragmentos del techo empezaron a caer. Me moví con rapidez y me guarecí en el quicio de la puerta, no obstante, el marco apolillado también se derrumbó y casi cayó en mi cabeza. Intenté huir por el pasillo pero los muros y techos se desplomaron. Estaba al borde de la muerte. Recordé la tina y salté al agujero para salvar la vida.

Era un abismo sin final. Una caída libre. Durante el trayecto no podía escuchar, ver, ni sentir absolutamente nada.

Aparecí sumergido en el agua y con grandes esfuerzos pude salir de la tina. Era mi baño, solo que estaba pintado de manera diferente. No había rastro del terremoto. La situación era confusa y delirante. Al dar un paseo por el departamento noté que la decoración era de otra época. Revisé mi closet y la ropa no era mía, no me importó y me la puse. Fui hasta el cajón donde guardaba mis credenciales y me percaté de que tenían impreso otro nombre y otros apellidos. Sin lugar a dudas era yo el de las fotografías. Al salir del departamento, percibí un clima más helado, las personas usaban bicicletas en vez de coches, por el cielo volaban globos aerostáticos, en los parques las personas leían libros, los transeúntes saludaban con amabilidad. Estaba inmerso en una realidad alternativa.

Visión - Odilon Redon - 1883Luego de vagar algunas horas por ahí, decidí ir a comer a un restaurante, pero mis bolsillos estaban vacíos. Al cruzar una calle un sujeto rechoncho y de bigote robusto me hablo:

—Espere un momento, señor Godínez.

Quedé paralizado en medio de la calle como si me hubiera picado un animal ponzoñoso.

—Aquí tiene su pago —dijo y me extendió un cheque—. Magnífico trabajo, es un verdadero placer laborar con personas como usted.

—Gracias.

El hombre abordó un bicitaxi y se marchó. Observé el cheque y vi que era una suma considerable.

—¡Soy un hombre con suerte! —grité.

Acudí a un banco, cambié el cheque y llené mis bolsillos de dinero. Mientras andaba por las calles, la gente me saludaba con alegría. Noté que era un ciudadano querido. Tal vez me esperaba una mejor vida. Eso sí, por más que busqué no pude localizar una cantina para celebrar mi fortuna.

Por el centro de la ciudad, me topé con un famoso restaurante por sus cortes de carne y decidí entrar.

—Buenos días, señor Godínez —saludó un mesero—. ¿Lo mismo de siempre?

Vacilé unos instantes y respondí:

—Sí. Por favor.

Cuando el mesero se retiraba, lo detuve y le dije:

—Podría traerme un cigarro y una cerveza bien fría.

—¿Un cigarro? ¿Cerveza?

—Sí —dije—, un tabaco, un pitillo…, una helada, ya sabe: el elixir de los dioses.

—Disculpe, no le entiendo, señor.

El mesero se retiró y yo permanecí confundido. En la mesa contigua una señora leía el periódico, me acerqué y le pregunté:

—¿Tendrá un cigarrillo?

—¿Un qué?

—Nada —respondí—, disculpe la molestia.

Retorné a mi asiento y recapacité que tal vez era momento de hacer un cambio en mi vida y dejarme de sandeces. Tenía otra oportunidad, pero sabía que para mí era algo imposible.

«Tengo que buscar aquel agujero de gusano en la tina y regresar a la Tierra», pensé, poniéndome de pie.

El mesero regresó y me preguntó:

—¿El caballero desea que le traiga un canuto de cannabis de nuestra cosecha o algún vino mientras preparan su comida?

—Por supuesto que sí —dije, sentándome de nuevo en mi silla—. Tráigame las dos cosas que acaba de sugerirme.
En esta jodida vida tenemos que aprovechar las segundas oportunidades que nos regala el cosmos.

No cabe duda, el universo conspira a nuestro favor.

 

Servando Clemens

 

Etiquetas: Servando, Fantástico, Ciencia Ficción

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