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No dejaré que me dejes

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No dejaré que me dejes

Lo sabía! ¡Estaba segura de que me engañaba! ¡El muy sinvergüenza! Pero no le va a ser fácil desprenderse de mí. Voy a luchar por él. Voy a…

Estas palabras fueron pronunciadas por una señora de la clase media acomodada que intentó por todos los medios retener a su marido, al que las malas lenguas le encasquetaban una amante.

Meditación - Luis Eugène Grasset (1897)Asistió esta ciudadana a unas oscuras sesiones con una hechicera de dudosa reputación que le fue recomendada por una “buena amiga”, quien por cierto la acompañó a todas las visitas que realizó al “consultorio” de Yelma, como mentaban a la bruja en cuestión.

No le importó a la señora el costo del trabajo; ni desde el punto de vista económico, pues tuvo que dejar unos buenos cobres para satisfacer la demanda de su asesora sentimental, ni en lo relacionado a las tareas que esta le impuso.

Además de muchas oraciones y baños, la iluminada le mandó a realizar unas penitencias que rayaban en lo absurdo, lo que justificó diciéndole que, a través de sus transmutaciones psíquicas, pudo conocer que su clienta era la causante de la progresiva separación de su media naranja, y que por ello, si deseaba atraer a su marido de nuevo, debía pagar una cuota extra de sacrificio y traspasar las tres barreras que había formado con su inadecuado proceder.

La mujer, que no tenía idea de las acusaciones que le hacían, pero cuya decisión de recuperar a su pareja era inquebrantable, aceptó el reto sin imaginarse lo que le esperaba.

La primera cita se concertó para la siguiente semana, pues Yelma requería de ese tiempo para preparar las tres tareas (una para cada barrera a derrumbar) y armar el trabajo completo. Por supuesto, antes de que su clienta se retirara le dejó muy claro que en esa primera consulta debía cancelar las dos sesiones restantes, garantizando de esa forma la retribución a su esfuerzo en caso de que la contratante se arrepintiera durante una de las tareas y no se presentara a la siguiente consulta.

*    *    *

Para traspasar la primera barrera, la amante esposa debía cortar con los dientes las uñas de los pies, tanto de su marido como las suyas. Luego debía colocar todos los trozos juntos y majarlos con una piedra especial que le fue vendida por su asesora, hasta pulverizarlos. Superaría la prueba si su esposo se tragaba la mitad del polvo obtenido y ella la otra mitad, compartiendo una misma bebida donde previamente se hubiesen mezclado las partículas.

Si bien la señora quedó estupefacta al conocer las actividades que debía realizar, se dispuso a hacerlo sin mucho preámbulo. Aprovechó una de las frecuentes discusiones que mantenía con su cónyuge, en medio de la que le ofreció disculpas, convidándolo a continuación a tomarse unos tragos. El cambio de actitud de su mujer, quien normalmente al término de esas peleas salía llorando a refugiarse en la habitación, causó una grata impresión al hombre, que no sólo aceptó un trago del costoso whisky adquirido por la dama para tan especial ocasión; sino que, tal y como ella sospechaba, no soltó el vaso hasta ver la botella vacía.

Con el marido totalmente borracho sobre la cama, el resto de la faena se le hizo algo más fácil. Luego de quitarle los zapatos y las medias procedió a lavarle los pies con alcohol, a lo que el ebrio personaje respondió con risas entrecortadas a causa de las cosquillas y lanzando coces a diestra y siniestra. Para intentar inmovilizarlo ella se le montó encima de las rodillas, lo que no impidió que el forcejeo continuara desde que comenzó a morderle los recios apéndices, hasta que finalizó el trabajo, diez uñas después.

La batalla duró casi 20 minutos, al final de los cuales la señora, aunque con dos rodillazos en pleno rostro, se levantó vencedora. A fin de evitar complicaciones posteriores, tomó una lima e intentó emparejarle las uñas, cosa que logró a medias, pero sin mayores inconvenientes.

Ciencia de mujer - Luis Eugéne Grasset (circa 1897)El siguiente paso también presentó sus dificultades; sin embargo, luego de asumir inauditas posiciones y revolcarse por varios minutos sobre el suelo, especialmente para alcanzar con los dientes las uñas de los deditos menores de sus pies, logró el objetivo.

El resto fue sencillo: dedicó suficiente tiempo a triturar las uñas con la piedra que le había vendido Yelma y después vertió el polvillo obtenido en un vaso en el que previamente había vaciado una botella de gaseosa. Aún meneando el recipiente para mantener mezclado su contenido, levantó la cabeza de su esposo y le hizo tomar la mitad del efervescente líquido. Finalmente, con una sonrisa de triunfo en los labios, ingirió el resto de la suspensión mientras se decía: ¡Salud!

Nuestra triunfante amiga dio por terminada la jornada dándose una larga ducha, arreglándose las uñas de las extremidades inferiores y acostándose al lado de su marido. Estaba exhausta, pero sentía la satisfacción de haber salido airosa de su primera tarea.

*    *    *

La segunda prueba consistió en arrancar cinco pelos de cada una de las siguientes partes del cuerpo de su cónyuge: pecho, axilas, pubis y piernas; y cinco de cada una de las siguientes partes de su propio cuerpo: cabeza, cejas, brazos y pubis. Luego debería colocarlos juntos en una pequeña bolsa que la misma Yelma le vendió en un altísimo precio. Para superar la prueba debía prender fuego a la bolsita e inhalar junto a su marido el humo que despidiera al quemarse.

Si bien esta tarea parecía más simple que la inicial, no dejaba de tener sus complicaciones: primero porque las relaciones con su esposo no estaban tan buenas como para comenzar a arrancarle pelos de todas partes del cuerpo, y segundo porque su esposo era lampiño, y al menos en lo referente a los pelos del pecho, presentía que se le iban a presentar algunas dificultades para detectarlos y más aún para hacerse de ellos. Pero el mayor problema que se le presentaba era que Yelma le había indicado que para esta tarea su marido debería estar sobrio, cosa que estropeaba por completo su plan de utilizar el mismo método del trabajo inicial.

Lo que más molestó a la señora fue que esta aclaratoria la hizo Yelma sólo después de que ella, entre risas, le contó la forma en que había ejecutado el primer trabajo. Obviamente su asesora tenía la intención de hacerle las cosas cada vez más difíciles.

Desde esa misma noche la dama comenzó a revisar minuciosamente los calzoncillos que se quitaba su esposo, pensando que podía hacer una pequeña trampa si la suerte le tendía una mano. Sin embargo, ese primer día la fortuna le dio la espalda y no pudo disminuir la cantidad de pelos que necesitaba.

El ataque inicial lo realizó el día siguiente en horas de la tarde cuando llegó su marido a la casa para asearse y cambiarse de ropa, ya que como era frecuente debía asistir a una reunión importante en la noche. Ella, con toda intención, se había dado a la tarea de envolver unos regalos.

Esperó con paciencia que su esposo saliera de la ducha, haciendo coincidir ese instante con el momento en que ella iba a realizar el difícil acto de mantener el papel correctamente doblado y, al mismo tiempo, colocar la cinta adhesiva en el sitio preciso para que el regalo quedara envuelto a la perfección.

Sosteniendo la tijera en una mano y un trozo de cinta ya cortado en la otra, solicitó a su víctima, que en ese momento se encontraba con el torso desnudo y sólo se cubría con un enorme paño enrollado alrededor de la cintura, que le ayudase a sostener bien presionado el papel mientras ella colocaba la pegajosa tira. Tan pronto el hombre agarró el paquete de mala gana, sucedió lo inevitable: la tijera se desprendió de la mano de la mujer, quien hizo un torpe movimiento para evitar que cayera en el brazo de su esposo, pero que no impidió que la cinta adhesiva se posara sobre el descubierto pecho de su marido y quedara adherida a este.

Demás está decir que al retirar la cinta, lo cual realizó la dama de un solo tirón, quedaron pegados a ella no cinco, sino una cantidad mucho mayor de diminutos y valiosos pelillos.

El ganar la primera batalla le permitió pasar por alto la sarta de insultos que le profirió su consorte, quien después de aullar en el momento del “despegue”, acarició la autoestima de su mujer con palabras como estúpida, bruta, imbécil y otros improperios similares.

Incienso - Fernand Khnopff (1898)Inmediatamente después de que el hombre partió para su importante reunión, la señora seleccionó los cinco pelos de mayor tamaño, que retiró pacientemente de la cinta adhesiva con una pinza para cejas y luego guardó en la, hasta ese momento, vacía bolsita. Al hacer esto, no pudo evitar reírse al recordar la cara de su esposo cuando era casi desollado por el trozo de cinta adhesiva, y la cara de sumisa que ella puso al pedirle perdón mientras le colocaba una capa de crema humectante en el área lesionada.

A la mañana siguiente la suerte favoreció a la ansiosa mujer, pues encontró un pelo en la ropa interior de su marido. Sonriendo, nuestra amiga se dijo que la jornada prometía ser muy fructífera, o más bien... “pilífera”.

Y de hecho fue así. Esa tarde su esposo llegó con un fuerte dolor de cabeza. Realmente se veía afectado. Sintiendo una sincera necesidad de ayudarlo, ella le propuso que se fuera a recostar, ofreciéndose a llevarle un analgésico y una bolsa con hielo.

Si bien no había pensado en su penitencia hasta ese momento, al entrar en la habitación y ver que su marido se había acostado sin quitarse la ropa, la recordó de inmediato… junto con una buena idea para rebajar el saldo de pelos.

Se le acercó con cariño y hablándole en voz muy baja le pidió que levantara la cabeza para introducirle la pastilla en la boca. Acto seguido le ofreció un sorbo de agua para que pasara el tarugo, cosa que él agradeció sin ni siquiera abrir los ojos. Le colocó en las manos la bolsa con hielo y luego buscó un pijama para que se cambiara.

Lo ayudó a desnudarse, a ponerse la ropa de dormir y después le dijo que se acostara para quitarle las medias.

El hombre no había terminado de poner los pies en la cama cuando ella tomó uno de los calcetines desde la parte superior y tiró de él hacia abajo, con fuerza, bajándolo hasta los tobillos.

El grito de su marido fue lastimero pero no agresivo, ya que el dolor de cabeza era tan fuerte que dominaba todos sus sentidos. La mujer le pidió disculpas, aduciendo que la liga de la media estaba sumamente ajustada y no había podido evitar el arrastrar con ella unos pocos pelos de su pierna. Terminó de extraer el calcetín y procedió a retirarle el otro, esta vez con extremo cuidado. Finalmente, se acercó a él, le dio un beso en la frente, apagó la luz y salió de la habitación cerrado la puerta tras de sí.

Una vez en el exterior extendió la mano que tenía libre y sobre su palma sacudió la media que contenía el botín, mientras frotaba entre sí los dedos utilizados para la “depilación”.

Luego de hacer inventario de lo obtenido, buscó la pequeña bolsa e introdujo en ella los cinco pelos más largos. El resto, por cierto una cantidad apreciable de entorchados pelos de pierna, los desechó tirándolos al piso.

El siguiente ataque se le ocurrió al hacer la compra en el supermercado, donde promocionaban un insecticida inodoro, de reciente introducción en el mercado.

A media mañana del siguiente día, cosa sumamente extraña, llegó su marido con cara de pocos amigos. Había tenido que pedir permiso en la oficina porque no soportaba la inflamación que había aparecido en sus axilas. No podía mantener los brazos en posición normal y debía sostenerlos en alto, casi cruzándolos delante de su cuerpo, como si abrazara a un ser invisible.

Nuevamente la esposa atendió solícita a su maltrecho consorte, quien se deshizo de la camisa y alzó los brazos cual vaquero amenazado para mostrarle la causa de su agonía. La mujer quedó sorprendida por el efecto devastador que habían producido las dos rociadas del mata cucarachas sobre la “bolita” del frasco de desodorante que su marido utilizaba a diario.

Luego de consolar al pobre hombre, que en su desesperación lo que deseaba era arrancarse la piel de los sobacos, procedió a lavar meticulosamente las inflamadas oquedades con una infusión de manzanilla, a secarlas con una toalla de suave textura y a extender sobre la zona afectada una crema reconstituyente. Durante el proceso, y mientras comentaba a su esposo la conveniencia de cambiar de marca o tipo de desodorante, contuvo su emoción al ver cómo los pelos se desprendían de la enrojecida y tumefacta piel y quedaban adheridos a la toalla.

Para mayor gozo, la propuesta que hizo a su marido de quitarle los pantalones de trabajar y ponerle unos shorts, fue aceptada. Ese era el momento de terminar su faena… no creía tener mejor oportunidad para hacerse de los pelos que le faltaban.

Se retiró un momento con la excusa de buscar el pantalón corto y aprovechó para acercarse a la peinadora y tomar de ella lo que se le ocurrió sería la clave para completar su colección de pelos.

Al terminar de retirarle los pantalones y dejar a su marido en calzoncillos, la mujer se puso seria y comenzó a ver intermitentemente a los ojos y a la zona genital del hombre, quien al darse cuenta del gesto, le preguntó:

—¿Qué te pasa? Parece que estuvieras viendo un partido de tenis.

—¿Qué es esto? —preguntó a su vez la mujer, alzando la voz y acercando su mano hacia la parte delantera de los calzoncillos de su marido.

—¡Coño, maldito sinvergüenza, esto es pintura de labios! —gritó ella, al mismo tiempo que con su dedo embadurnaba de carmín la prenda de vestir, precisamente sobre la región púbica de su esposo, y de inmediato, casi en el mismo movimiento, lanzaba un manotazo en el que agarró la tela junto con una buena porción de pelos.

Mientras el hombre gritaba por el intenso dolor que se producía en sus sobacos al bajar los brazos para sentarse en la cama, la mujer tiró con todas sus fuerzas, sintiendo que el calzoncillo se desgarraba, pero que ella lograba su objetivo.

La confusa y bulliciosa escena que se suscitó a continuación estuvo preñada de dramatismo, lágrimas y ayes. Por una parte la señora, en una fingida escena de celos, reclamaba a su esposo la osadía de llegar al hogar con la ropa interior manchada de lápiz labial, lo que no dejaba dudas de las actividades a las que se dedicaba cuando no estaba en casa. Por la otra, el pobre marido saltaba de dolor sin entender el reclamo de que era objeto por parte de la cada vez más enajenada mujer.

Sansón y Dalila - Matthias Strom (1630-9)

A medianoche, después de que su esposo cayó en un profundo sueño gracias al efecto de una fuerte dosis de calmantes que ingirió para aplacar sus dolores, pudo la dama registrar el calzoncillo, extraer de él los pelos que le faltaban y culminar su tarea. No hubo problemas esta vez, ya que el agradable olor que desprendía el material de la pequeña bolsa al quemarse, contrarrestaba el que emanaba de la combustión de la colección de pelos, previamente completada con los que arrancó de su cuerpo.

*    *    *

La última y definitiva misión que debía realizar la ya desesperada esposa (quien comenzaba a dudar del tratamiento que seguía, no solo porque no observaba ninguna mejoría en la relación con su marido, sino porque empezaba a darle la razón cuando este la tildaba de loca), requería que se embadurnara el cuerpo con una especie de betún negro desde la cintura para abajo, y del mismo emplasto pero de color blanco desde la cintura para arriba, hasta el cuello. La cara debía cubrírsela con una hedionda pasta de color rojo intenso. Para no variar, estos productos, que tenían la cualidad de ser fosforescentes, le fueron suministrados por la “iluminada”, no precisamente gratis.

Al ver que la mujer tenía la moral en cero, Yelma procedió a informar a las damas el objetivo del trabajo final, a justificar la realización de las dos primeras tareas y a explicarles lo que hasta el momento se había logrado.

Sin muchos rodeos, Yelma les dijo que la finalidad del trabajo que remataría el proceso, era que su clienta absorbiera una porción del espíritu de su esposo, de tal manera que este desarrollara un alto nivel de dependencia para con su mujer que perduraría hasta el fin de sus días. De allí que las tareas iniciales habían tenido como finalidad disminuir el fuerte enlace que por naturaleza existe entre el cuerpo y el espíritu.

El suministro de los polvos de uña y la inhalación de los vapores emanados de la combustión de los pelos de ambos cónyuges y del material especial del cual estaba elaborada la bolsita que los contenía, debían haber logrado ese objetivo hasta el nivel deseado; al tiempo que familiarizaban los elementos vitales del hombre con los del ser que dentro de muy poco tiempo tendría una influencia determinante en todos los actos de su vida.

El éxito del tratamiento dependería de la oportuna inhalación del hálito expulsado por su esposo al ser despertado bruscamente por ella, que debería hallarse libre de ropas y accesorios, y cubierta con los mencionados patuques, cuyos componentes tenían la propiedad de retener y facilitar la asimilación de la espiración, inclusive a través de la maquillada piel.

Según Yelma, era muy importante la forma de despertar a su marido, pues la receta estipulaba que mientras más brusca fuera la reacción del hombre, más concentrado sería el aliento que saldría por su boca, lo que aumentaría la posibilidad de absorber una mayor porción del espíritu de la víctima.

La sugerencia era, por lo tanto, darle un gran susto mientras estuviese dormido, a fin de que su despertar fuese traumático. La mujer debería estar montada sobre su esposo con la cara lo más cerca posible a la de él, que debería estar tendido de espaldas en la cama.

Yelma continuó su retahíla de recomendaciones indicando que el trabajo tendría que realizarse después de la medianoche y sin otra luz que la producida por un velón de color rojo, también pagado por la dama a su consejera; de tal forma que lo único que se visualizara en la penumbra fuese el brillo de los elementos que cubrirían su cuerpo.

Sin embargo, Yelma dejó por cuenta de su clienta la solución de algunos detalles, tales como la explicación que daría a su marido una vez realizado el trabajo y, muy especialmente, la forma en que lo despertaría para lograr la reacción esperada. Aludiendo experiencias previas, le notificó la inconveniencia de despertarlo de un alarido dado por ella misma, ya que al estar ambos gritando, es decir, en fase de espiración, no sería posible realizar la transferencia con el éxito deseado.

Luego de otros consejos de menor importancia, la rentable y en ese momento ilusionada esposa se despidió de su sagaz explotadora.

Esa misma noche la mujer hizo los preparativos para ejecutar el proceso de transfusión espiritual. Dejó una pequeña bolsa preparada con todos los elementos necesarios para el acto final y se acostó un poco más temprano que de costumbre. Sabía que como todos los días su esposo la despertaría al llegar, no precisamente con cariñitos como ella hubiera deseado, sino con la fuerte bulla que acostumbraba a hacer mientras se preparaba para dormir y que ella estaba segura de que hacía adrede… para molestarla.

Tal y como era de esperar su marido llegó de madrugada, hizo todo el ruido que le dio la gana y veinte minutos después se acostó a dormir.

La dama tuvo que esperar otros veinticinco minutos hasta oír sus primeros ronquidos; entonces tomó la bolsa que había escondido debajo de la cama y sigilosamente se dirigió al baño.

Necesitó más de un cuarto de hora para embadurnarse el cuerpo y la cara con los coloridos y malolientes emplastos. Solo dejó sin untar sus plantas. Finalmente limpió sus palmas con papel higiénico y retornó a la habitación.

Procurando no hacer ruido, colocó la alarma del reloj despertador para que se disparara en dos minutos y puso el volumen en su máximo nivel. Esperó que transcurriera un minuto durante el cual permaneció inmóvil al lado de la cama, y luego, jugando con el tiempo para evitar que su permanencia sobre el cuerpo del hombre se extendiera demasiado, prendió el colorado velón y se montó a horcajadas sobre su marido, como si este fuera un caballo. Cuando faltaban solo cinco segundos para la hora cero, se acostó sobre el hombre y pegó nariz y boca a las de él.

Un estridente sonido emitió la radio a través de sus cornetas en el momento en que su pantalla digital mostró la hora programada por la pintarrajeada amazona.

La impresión del durmiente fue tal, que dio un brinco e intentó levantarse; pero algo muy pesado que reposaba sobre su cuerpo se lo impidió.

Amodorrado aún, abrió los ojos para distinguir la cara de un monstruo de color rojo que intentaba morderlo, comérselo, absorberlo o al menos chupárselo, cosa que intuyó debido a las fuertes inspiraciones y bufidos que hacía la demoníaca criatura. De manera instintiva el agredido personaje se defendió en la forma en que todo animal acorralado lo hace: atacando.

El primer golpe que lanzó lo recibió el repugnante ser en su sien izquierda, con lo cual cayó pesadamente hacia el lado contrario.

No había terminado de resbalar de la cama y estrellarse contra el piso cuando el hombre, cada vez más despabilado y cargado de adrenalina, se puso de pie y asestó una fuerte patada en la cabeza del invasor, que comenzó a proferir agudos y angustiosos gritos que el recién despierto, aún asustado y algo aturdido por lo inesperado de la grotesca escena, entendió como el preámbulo de un ataque letal por parte de aquella criatura.

Consciente de que era inminente una nueva agresión, la mujer, que no tenía idea de su espeluznante apariencia, intentó levantarse y hablarle a su esposo. Sin embargo, su decisión fue tardía.

En el momento en que se incorporaba del piso, el hombre asestó una nueva patada a su disfrazada esposa, con tan mala suerte que ella al perder el equilibrio se acercó demasiado al encendido velón rojo. Como una tea ardió el cabello de la mujer al entrar en contacto con la llama, a lo que siguió un terrible espectáculo cuando las inflamables sustancias que le cubrían la cara y el cuerpo fueron alcanzadas por el fuego.

Fuego - Giuseppe Arcimboldo (1566)Ella intentó correr hacia el baño mientras el marido, estático pero ya totalmente despierto, empezó a entender que algo no estaba bien; que lo que tenía ante sí no era un monstruo sino un ser humano que estaba sufriendo y que aullaba de dolor al arder su cuerpo.

—¡Dios Santo! —dijo aterrado al entender que lo que gritaba aquel cirio humano era: —Soyyooo, soyyyoooooo, soy yoooooooo.

Repentinamente la antorcha danzante cambió de rumbo y se dirigió hacia el hombre, quien observaba la escena sin poder moverse por el choque emocional que recibió al reconocer en aquellos desgarradores gritos la voz de su esposa.

No hizo nada por apartarse o por intentar esquivar el choque. Aquella cosa olorosa a parrilla chamuscada se abalanzó sobre él y lo abrazó, cruzando las piernas alrededor de su cintura y pegándosele como si fuera una enorme garrapata.

En el momento en que su cuerpo comenzó a quemarse y se inició un dolor que aumentaría progresivamente hasta desaparecer por completo junto con todo, absolutamente todo, el hombre pudo oír claramente:

—Solo no te dejo… nos vamos juntos.

*    *    *

El día del entierro de la pareja, la “buena amiga” de la infortunada dama lloraba a mares. Su llanto no podía ser más sincero. Entre las opciones que había barajado para deshacerse de su contrincante, la que a su criterio tenía mayor opción había sido la de que su amante desechara a su fastidiosa esposa por absurda y loca. Hubiese sido feliz si la hubieran internado en un manicomio después de que su marido la acusara de tratar de matarlo; inclusive hubiese recibido con cierta alegría la desaparición física de esa estúpida que impedía su dicha. Sin embargo, jamás pasó por su mente que el hombre que amaba también estaría involucrado en aquel trágico final. A fin de cuentas el trabajo de Yelma surtió efecto, solo que se le pasó la mano y hubo una sobredosis de transferencia espiritual… la maldita mujer se lo llevó todo.

Ese mismo día Yelma fue de compras bien temprano. Al regresar a su “consultorio” encontró a una señora que lloraba desconsolada, porque según las malas lenguas su esposo tenía otra mujer.

—Me han dicho que usted me puede ayudar —dijo la potencial clienta secándose las lágrimas con un fino pañuelo de seda.

—Te informaron bien, amiga. Has venido al lugar adecuado —contestó Yelma mientras en su cara se dibujaba una maliciosa sonrisa.

Luís Gutiérrez G.

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4 comentarios en “No dejaré que me dejes”

  1. Viernes, 12 Febrero 2021 02:36

    ¡Qué buen cuento, Luis!. Y es que, las infidelidades dan para que corra mucha tinta... Me alegró leerte. Un abrazo. Lourdes

    1. Viernes, 12 Febrero 2021 05:52

      ¡Hola Lourdes! Mil gracias por tu lectura y comentario. Me encanta que hayas disfrutado mi cuento. Un abrazo grande. 

  2. Sábado, 16 Enero 2021 02:23

    Una historia con bastante ingenio, humor y muy, muy bien narrada. Me sacó varias risas al imaginarme todas esas imágenes plasmadas en el texto. Espero leer más obras suyas, amigo Luis. ¡Saludos chamánicos!

    1. Sábado, 16 Enero 2021 05:54

      Agradecido por tu comentario, Don Diego. Me encanta que lo hayas disfrutado. Recibe un cordial saludo. 

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