Mi trompo mágico

Fantástico
Mi trompo mágico

Me acuerdo que esa mañana perdí la merienda que, con todo el amor del mundo, me había guardado en el bolso Luz María, mi mamá, una mujer de líneas delgadas, corazón infinito y fe inquebrantable. Mi trompo no giró con suficiente fuerza y al chocar con el otro, el súper trompo de Mario, uno que era de guayacán y con punta de acero, fue a dar al círculo dibujado en la tierra donde iban a parar los perdedores, pero mi día no iba a mejorar, porque después del recreo, nuestra profesora de quinto de primaria, la señora Inés López, nos recibió con un sermón sobre la responsabilidad, la consideración y las matemáticas. Ella, que era una mujer hermosa, con siete meses de embarazo y por la que yo sentía un amor de tiza y un celo de párvulo, se había esforzado durante toda la semana por enseñarnos las fracciones, sin embargo, todos habíamos perdido la previa que nos había hecho.

Al entrar al salón, había usado su tono conciliador y maternal para hablarnos, pero por lo menos yo, pensaba en mi merienda perdida, en mi trompo convertido en dos tapas de madera inservible, en la rabia que sentía y en el hambre que la alimentaba, de qué me servía saber de fracciones matemáticas cuando lo que quería era romper el súper trompo de Mario, ese de guayacán y con punta de acero, entonces pasó, no sé si lo dije o lo pensé, pero en una pausa que ella hizo y bajo el silencio de mis compañeros de clases y la brisa que sopló en ese momento, se escuchó desde mi pupitre un "pura mierda", lo que desató en nuestra profesora un llanto inconsolable y la mirada atónita de mis amiguitos. El incidente fue acompañado por una citación urgente para Luz María, y todo su amor incondicional, a la rectoría, donde me impusieron como castigo, pedirle disculpas a la profesora, lavar los baños de la escuela durante una semana y la promesa de no volver a decir groserías, dentro o fuera del colegio.

Ya en la casa, Celso Herrera, mi abuelo, una línea delgada de existencia con un bigote finamente recortado, vestido con su camisa manga larga a rayas, el pantalón sin plises con el doblez de la bastilla hacia arriba, los zapatos de cuero lustroso, que le daban aún más elegancia a su cruzado de piernas de erudito, sentado en su taburete, dobló el periódico, me miró a los ojos desde su piedad, su ternura y firmeza y me dijo:

Eso no se hace hijo”.

Y me siguió mirando para ver si había entendido, yo lo vi desde mi mundo lleno de vergüenza y seguí ahí, sentado en otro asiento, sin poder pararme, sin poder levantarme a jugar, castigado por mi grosería y con la imagen amarga de mi trompo perdido en batalla.

La maestra en su mesa amarilla - Henry Matisse (1944)

Cuando mi abuelo y su mueca feliz me liberaron de mi prisión sin barrotes, y después de enterarme de las ultimas noticias del mundo, pedí permiso para ir al taller del carpintero del pueblo y solicitarle que me hiciera un nuevo trompo, un rival digno para el súper trompo de Mario, el que era de guayacán y con punta de acero.

Toqué varias veces la lámina de zinc enmarcada en un cuadro de madera que servía como portón, hasta que el señor Michú me abrió, otro cristiano bautizado con fervor, cuyos nombres y apellidos solo sirvieron para llenar un espacio en el cartón plastificado del documento de identidad porque su apodo le había ganado a su existencia. Era un hombre alto y corpulento, de color melaza, con unas manos que parecían hechas de cemento y unos ojos verdes que aparentaban pertenecer a otro cuerpo.

Señor Michú, necesito otro trompo urgente”, le dije, el gigante me miró desde su cielo, se volteó para agarrar algo y con las dos manos, me pasó un pedazo de madera, no entendí el gesto, pero él me lo aclaró enseguida, era un pedazo de higuerón, un árbol que había florecido a media noche, el último día de un año bisiesto y al que un ser fantástico de la sierra, le había silbado un secreto. Era mágico.

El Sr. Michú prendió el torno, y el cincel bajo sus manos de cemento, se deslizó por la madera, buscando en su interior el trompo mágico que guardaba.

Era hermoso, sus líneas, su redondez. Era fantástico. Luego, de una de las gavetas, sacó un clavo, según él, había llegado desde España incrustado en la base de madera que protegía la campana de la iglesia y que fue lo único que se rescató del antiguo templo, destruido por las balas de los cañones, en alguna batalla de las tantas épocas de violencia que hemos tenido. Lo clavó en el trompo, le cortó la cabeza, lo limó, sopló por aquí y sopló por allá como un genio de la botella concediéndome un deseo y me dijo con su voz celestial desde las alturas:

Toma, es un regalo, espero que sea el trompo que necesitas. Ahora, tienes que buscarle una cuerda especial”.

Lo recibí con las dos manos y salí lentamente del taller. No podía apartar los ojos de la madera de mi trompo nuevo, de sus líneas, del diseño, lo guardé en el bolsillo del pantalón, que obviamente rompió, pero que logró sostenerlo hasta que llegué a la casa.

Estaba emocionado, feliz, el trompo no cabía en mi bolsillo, así como mi pecho no le daba suficiente espacio a mi corazón, no veía la hora de derrotar a Mario y a su súper trompo, el que era de guayacán y de punta de acero, aunque eso ya no importaba. Yo tenía un trompo mágico. Ahora, solo necesitaba una cuerda, una cuerda especial, un cáñamo que soportara la fuerza fantástica del trompo, y fue entonces cuando se me reveló, fue una señal, la cabecera de la hamaca de mi abuelo se descolgó del lazo que la sostenía y se cayó, justo en el momento en que yo pasaba por ahí. ¿Qué más podía pensar? Era el mismo universo confabulando a mi favor, regalándome esa cuerda especial que venía de mi abuelo, de su hamaca, la que lo acompañó en sus aventuras de colonizador por tierras que iban más allá de mi entendimiento, la que estuvo con él cuando contrabandeaba café, la misma lona que le sirvió en el monte para que su mujer, Evangelina, mi abuela, un ser menudo de huesos simples, que adornaba su existencia con una cinta de resabio, se recostara sobre ella y pudiera parir a uno de sus hijos y que aún guardaba un leve rastro de sangre en uno de los cáñamos que formaban esa cabecera y que por más que se lavó, no se le pudo quitar. Sí, sin duda, esa era mi cuerda especial. Cogí un cuchillo de la cocina y corté aquel cáñamo. Mi trompo mágico estaba completo, solo tenía que esperar hasta que amaneciera para retar, a la hora del recreo, a Mario y el trompo que me había quitado mi merienda.

Celso Herrera, era un hombre de horarios estrictos, se levantaba con los gallos, desayunaba temprano y se tomaba dos o tres tazas de café negro, según el número de visitas que recibiera por la mañana, almorzaba justo a medio día y era urgente para él, comerse un dulce después, según decía, para poder tener sed. De vez en cuando, recibía visitas por la tarde y todo su día, era una mezcla entre los que querían escucharlo y las lecturas que se desgranaban en sus letras al dejarse leer por él, a las cinco y media de la tarde, cenaba, y después de reposar, colgaba su hamaca y se acostaba. Esa noche, cuando ya todos estábamos en la casa y él suspendía su existencia en ese pedazo de tela llena de historia, su cuerpo se precipitó contra el piso porque una de sus cabeceras había cedido ante el peso de su vida y no se dio más duro porque en un acto de reflejo logró poner los pies en el suelo. La inspección de Evangelina, mi abuela, pasado el susto y de ver cómo había quedado su marido, era contundente, alguien había cortado los cáñamos de la cabecera y por eso mi abuelo se había caído, sólo había un sospechoso, quien se acurrucó entre los brazos y todo el amor del mundo de Luz María, y se hizo el dormido.

La hamaca – Joseph Decamps (c. 1895)

En la casa, Luz María y Evangelina siempre consideraron que los regaños y castigos nunca se debían dar antes de ninguna de las comidas, siempre, y si así lo ameritaba la travesura, en la tarde, con el sol reposado y con las rabias calmadas para no darle paso a otras rabias nuevas, por eso y a pesar de las caras de disgusto, salí con la bendición de las dos para la escuela. Ya en el colegio, me enfrenté a la segunda prueba del día, en el salón, en presencia de la rectora y todos mis compañeros, le pedí disculpas a la profesora, quien me miró desde su afecto y le correspondió a mi amor de tiza, diciéndome:

Tranquilo cariño, pero que no vuelva a pasar”.

Y de ahí en adelante, comenzó su discurso sobre el perdón, sobre escuchar y sobre la tolerancia, al que estuve atento y en alerta, por sí se me daba por pensar en voz alta otra vez. Cuando salí al recreo, ya todos estaban reunidos para ver al súper trompo de Mario, y habíamos vuelto a apostar nuestras meriendas, y solo faltaba esperar nuestro turno para enfrentarlo. Al llegar mí momento, había un rastro de mocos y llanto, que mojaban la arena del patio por los trompos que habían sido víctimas de la punta de acero del trompo de guayacán y un arrumen de meriendas, guardadas con todo el amor del mundo, se apilaban al lado del bolso de Mario, mientras él, se reía y explicaba lo fácil que eran las operaciones con fracciones y pasaba el papel de su previa adornada con una letra “E”.

La suerte estaba echada y la cruz o la cara de una moneda dirían quién empezaría primero. Mario, envolvió su trompo y lo hizo girar con fuerza, sus vueltas eran imponentes y bailaba con tal determinación, que la punta de acero marcaba el piso con una línea profunda, dejando una estela de polvo a su paso, me llené de valor y pensé en el secreto mágico que guardaba el mío dentro de su madera de higuerón, en su punta santa que llegó con la campana desde España y en el cáñamo especial que el universo me había regalado por medio de mi abuelo, entonces, apunté al trompo usurpador de meriendas y con todas las fuerzas de mi brazo, lo lancé, pero salió “charrancho”. No giraba en orden, sus vueltas eran caóticas y la punta, la que era santa, daba brincos como si se quisiera salir de la madera, dejando en el suelo una línea de puntos, como una clave morse pidiendo ayuda. Una saliva espesa y fría bajó por mi garganta, en tanto una lágrima se asomaba por mi ojo derecho solamente para ver desde su orilla, cómo los demás se reían, pero entonces, el “charrancho mágico” rozó al súper trompo de Mario, el que era de guayacán y con punta de acero, el que danzaba en el suelo como los dioses, y le silbó, y fue tan agudo aquel zumbido, que nos tuvimos que tapar los oídos. El trompo de Mario salió despedido contra la pared partiéndose en dos pedazos de madera, mientras un instante de silencio arropaba al patio que estalló un momento después en gritos de júbilo. Había ganado, mi trompo charrancho y mágico había vencido y todos los niños comenzaron a felicitarme entre chistes y risas.

Después del recreo, la sonrisa de mi querida profesora por la que mi amor de tiza crecía, me entregó la previa, cuyo papel estaba marcado por una enorme letra “B”. ¡Estaba tan feliz!, y lavé los baños tan contento, que los dejé inmaculados, incluso la rectora me felicitó y hasta le bajó dos días a mi condena por la grosería, y me fui para la casa satisfecho, con mi bolso repleto de meriendas, que de seguro habían sido guardadas con todo el amor del mundo. Fue un día de triunfadores.

Cuando llegué, saludé a Luz María, mi mamá, con un abrazo fuerte. A Evangelina, mi abuela, le di un pico de esos tiernos, que ahora, en su ausencia extraño tanto, y escuché la situación sociopolítica del mundo de la voz de mi abuelo con tanta admiración, que aún me acuerdo de aquellas noticias. Antes de almorzar, me escapé un momento a donde el señor Michú, le di las gracias y le prometí contarle los pormenores de la batalla después. Almorcé con gusto y a plenitud, y luego me dejé llevar por una siesta reposada, donde escuchaba el sonido del trompo de Mario rompiéndose y los vítores de mis compañeros, que me cargaban en sus hombros y justo cuando mi sueño me hacía esbozar esa mueca de felicidad que había heredado de mi abuelo, mi abuela, de manera suave pero firme, me sacudió del brazo, me despertó y me obligó a ir a la casa de cada uno de los niños para devolverles las meriendas que me había ganado. Después que el sol se recostó en la tranquilidad del horizonte, y en presencia de Luz María, me llamó la atención por mi acto de irresponsabilidad, me sentó al lado de mi abuelo, que con su mirada silenciosa me decía cómo le dolían su cadera, los brazos y hasta la cabeza. Y allí terminé de pasar mi triunfo, al lado de mi viejo y sus dolencias, con un regaño interminable pero manso de mi mamá y de mi abuela, que tejía el bolsillo de un pantalón escolar que había guardado a un trompo mágico que había salido “charrancho”.

Muchos años después, ya con la partida de cada uno de ellos, encontré el trompo, mi trompo charrancho mágico, en una de las gavetas donde Luz María, con todo el amor del mundo, guardaba nuestros recuerdos. Lo encontré entre mis primeros zapatos, un mameluco de bebé, un pedacito de piel acartonada por los años y otra cantidad de cosas que solo las mamás saben guardar y me acordé, que esa fue la única vez que lo hice bailar, porque ya la época de jugar al trompo había pasado y empezaba la época de las canicas. Empezaba la época de los duelos contra los boliches súper poderosos de Mario, los que eran de vidrio indestructible y metal recalentado, pero bueno, esa es otra historia.

 

Federico

Etiquetas: Federico, Fantástico

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17 comentarios en “Mi trompo mágico”

  1. Viernes, 09 Julio 2021 01:49

    FEDERICO, que hermoso cuento, tu forma  de relatar  esas historias  hace que uno se transporte a cada momento  expresado por tus escritos.

    Te felicito  y deseo que sigas adelante  con tus publicaciones. 

  2. Martes, 29 Junio 2021 03:31

    Hermoso cuento, tierno y con toda la magia de la infancia. Un placer leerlo.

  3. Martes, 22 Junio 2021 16:35

    Hermoso Don el que Dios te ha dado. Tus cuentos, historias y demás escritos me llegan al alma. Un Beso.

  4. Jueves, 17 Junio 2021 04:35

    Papá,que buenas historias tienes de niño,síguenos contando,que lo lean muchas personas,te queremos.

    1. Jueves, 17 Junio 2021 10:45

      Hijos míos. Gracias. Gracias. Gracias. Por y para ustedes 

  5. Miércoles, 16 Junio 2021 13:57

    Totalmente identificado, vivencias llevadas al relato. Te felicito hermano. 

    1. Jueves, 17 Junio 2021 10:46

      Gracias por tu apoyo hermano mío 

  6. Martes, 15 Junio 2021 15:56

    Muy bueno  el cuento, cautivante  en todos sus aspectos 

    1. Martes, 15 Junio 2021 16:47

      Chica, muchísimas gracias por tu apoyo

       

  7. Martes, 15 Junio 2021 13:59

    Super hermanito felicidades bendiciones está chevere 

    1. Martes, 15 Junio 2021 14:10

      Gracias mani. Un abrazo 

  8. Martes, 15 Junio 2021 13:47

    Felicitaciones hijo me gusta el amor q le colocas a tu cuento

    Lira

    1. Martes, 15 Junio 2021 14:11

      Gracias por tu apoyo. 

  9. Martes, 15 Junio 2021 12:00

    Eres un genio q historia tan linda Dios te siga iluminando t.q.m

    1. Martes, 15 Junio 2021 12:40

      Muchas gracias por tu apoyo Gloria 

  10. Martes, 15 Junio 2021 11:53

    Maravilloso!

    1. Martes, 15 Junio 2021 12:40

      Gracias Bárbara. Un abrazo 

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