Masca Hico

Fantástico
Masca Hico

He tratado, desde hace varios días, de detallar su pies grandes, desnudos y ásperos, con las uñas largas, llenas de mugre, así como sus manos de cemento, los pantalones harapientos de color indescriptible,la camisa de rayas difusas, repleta de rotos y remiendos, el pelo enmarañado sin textura definida que adornaba su cuerpo rechoncho y pequeño, colmado de una vaharada a calle mojada llena de perros huérfanos, y que dejaba ver el brillo del último diente que le quedaba, mientras rumiaba como vaca echada en potrero y por el que se había ganado su apodo: Masca Hico.

Masca HicoSiempre lo vi terciando una mochila de fique, de colores vivos que, a diferencia del resto de su apariencia, era inmaculada, limpia y con un olor a flores de azahar de la India, que la cubría de un misticismo casi sacro.

La primera vez que fui consciente de la presencia de Masca Hico, fue después que mi abuelo, a escondidas de mi mamá, me quitó mi pañal de tela, me dejó encuero y me puso en el patio, en medio de sus doce perros de colores, que me olieron y me lamieron hasta el fondillo, según él, para que me consideraran parte de su manada y así evitar el peligro de que alguno de ellos me tragara de un solo mordisco. En ese momento de vergüenza, llantos y mocos, lo vi cuando entró a la casa, se sentó bajo la enramada de trinitaria y los perros dejaron de prestarme atención para ir a saludarlo. Masca Hico, les puso la mano en la frente a cada uno y luego, metió la mano dentro de la mochila y sacó algo, se los dio de comer y la docena de perros bravos, se quedaron celebrando su visita hasta que mi abuela salió de la cocina y le entregó una taza plástica llena de comida con la advertencia de que se la trajera después.

Sí... Má tade... Má tade”, le contestó en su jeringonza de loco noble.

Nunca lo vi más viejo de lo que siempre fue y cuando le preguntaba a mi abuela por él, me decía que toda la vida lo había visto igual, es más, la consideración de darle comida, había empezado con mi bisabuela, Agripina, que cuando se las llevaba a ella y a sus cuatro hermanas, cada una con una batea llena de ropa ajena para lavar en el río, Masca Hico, las ayudaba de regreso con la pesada carga de prendas limpias y húmedas, que él mismo se encargaba de colgar en las cuerdas del patio para que el peso del resplandeciente sol terminara el trabajo y se le agradecía la gentileza con unos centavos y un plato repleto de lo que se fuera a comer en la casa. Mi bisabuela decía que estaba enamorado de alguna de ellas, pero él jamás mostró un interés diferente al de ayudarlas con la ropa que trajeran, y a todas, las trató igual y con el mismo respeto. Aunque mi abuela estaba particularmente agradecida con él, porque en alguna ocasión, cuando se retrasó en el arroyo restregando unos pantalones, un hombre, del que no me quiso dar mayor referencia, se le presentó montado en su caballo y la acechó. Masca Hico, se apareció de la nada, bajó al tipo del animal y lo lanzó al río como si fuera un muñeco de trapo.

Muchos decían que en su mochila guardaba conjuros, embrujos y hasta oro, y no faltó el que quiso averiguarlo por las buenas o por las malas, pero siempre terminaba maltrecho, tanto, que una hechicera de vieja data, tuvo que pedirle disculpas públicas por el intento y ver, si de esa manera, dejaba de desearlo con los fragores del cuerpo y de buscarlo en carne viva por todas las calles del pueblo sin importar la hora en que la sorprendía la libidinosidad. En otra ocasión, unos muchachos, hijos de las familias prestantes de la localidad, borrachos, quisieron jugarle la broma de quitarle la ropa y la mochila, y amanecieron trepados en las ramas del árbol de almendro que le daba sombra a la iglesia, vomitando y cagando nueces verdes como iguanas desnudas, con sus ropas finas al pie del tronco, que les sirvieron de cama a los animales callejeros.

Masca Hico, se bañaba una vez al año, por lo general en agosto y para esos días, Luz María, mi mamá, junto con la comunidad del Sagrado Corazón de Jesús, le celebraban la iniciativa, entregándole una vestidura nueva y un jabón. Después de bañarse en el rio, le cortaban el pelo y le prestaban unas tijeras de hierro negro con las que él mismo se podaba las uñas de los pies, aunque nunca se puso ni las medias, ni los zapatos que le regalaban. Se paseaba por las calles del pueblo sin que la gente lo pudiera reconocer, pero no soportaba su imagen de hombre común y a la semana, se volvía a poner los mismos harapos con los que siempre anduvo. Solo en dos ocasiones se cambió de ropa sin que fuera agosto y fue para darnos el pésame por la muerte de mis abuelos; en las dos ocasiones, y como una réplica suspendida en el tiempo, le puso a cada uno sobre su cajón un clavel blanco que había sacado de su mochila y nos acompañó, en los dos velorios, todos los días hasta el término de sus nueve noches. Y siguió yendo a la casa por las mañanas para recibir, ahora de la mano de Luz María, su taza de plástico, llena de comida y la misma advertencia de que la devolviera cuando terminara.

Masca HicoNunca vi dónde vivía o dónde dormía, solo estaba ahí, en las calles, caminando de aquí para allá y de allá para acá, sacando misterios de su mochila y otras cosas que nadie entendió. Lo último que supe de él, fue que un día lo vieron andando por la carretera y cuando le preguntaron, que para dónde iba, respondió en su manera particular de hablar, que iba a visitar a su hija a un pueblo vecino, no se supo nunca si era cierto, pero después de eso, nadie lo volvió a ver.

Una mañana, mi mamá se levantó algo indispuesta y cuando le pregunté por su destemplanza, me dijo que se sentía triste, había soñado con Masca Hico. Se le presentó en la visión, bañado, peinado, con una camisa guayabera blanca, un pantalón de tela muy elegante, pero descalzo, y le había mostrado el interior de su mochila, aunque por más que trató de ver el fondo o lo que había adentro, no pudo, lo único que logró mirar, fue un papel donde estaba escrito: “Gracias”.

Ese mismo día, los doce perros de colores de mi abuelo, y que aún vivían, estuvieron decaídos y sin apetito, así como todos los demás animales del caserío, y lo más extraño, es que en pleno calor de agosto y con un sol más grande de lo normal, cayó un aguacero tan fuerte, que hizo que se desbordara el rio hasta la cabecera del pueblo, dejando una estela de pescados gordos como a Masca Hico le gustaban y con los que la gente pobre se alimentó, sin tener la necesidad de comprar comida por varios días.

Hoy, muchos no se acuerdan de él, pero quienes lo nombran o lo recuerdan, siempre se encuentran con un clavel blanco a la hora de abrir sus puertas por la mañana como los que sacaba de su mochila, aquel loco noble de mis recuerdos.

 

Federico

Etiquetas: Federico, Fantástico

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16 comentarios en “Masca Hico”

  1. Viernes, 03 Septiembre 2021 03:22

    A través de la lectura es posible recorrer las calles de aquel pueblo y sentir la presencia de los personajes que lo habitan. Felicitaciones

  2. Martes, 31 Agosto 2021 06:16

    Una historia entrañable de esos pueblos que los abuelos nos pintaban con su peculiar manera de contar sus historias.

  3. Miércoles, 18 Agosto 2021 01:08

    Esta  muy bueno ese escrito,  con la magia de hacer transportar a los lectores a esos lugares y de sentir  todo lo que pasa en nuestros pueblos.  Excelente 

    1. Miércoles, 18 Agosto 2021 03:13

      Chica, gracias, gracias, gracias por ser lectora asidua de mis relatos 

  4. Martes, 17 Agosto 2021 23:08

    Excelente historia y buena narrativa, que lo sumerge en el ambiente típico y particular de los pueblos. Felicitaciones.

    1. Martes, 17 Agosto 2021 23:31

      Fabián, muchas gracias por tu apoyo. Gracias 

  5. Martes, 17 Agosto 2021 21:31

    ¡10/10 para este escrito! 

    1. Martes, 17 Agosto 2021 21:38

      Gracias mi amor. Gracias

       

  6. Martes, 17 Agosto 2021 14:30

    Saludos primo. Es excelsa tu narrativa. En esas palabras parece envuelto el misterio que el protagonista siempre guardaba muy celosamente en su mochila. Felicitaciones 

    1. Martes, 17 Agosto 2021 21:00

      Jose, primo, gracias, gracias. Me alegra mucho que te haya gustado. Un abrazo fuerte.

  7. Martes, 17 Agosto 2021 04:24

    Te felicito Federico., como siempre te lo he dicho, tus relatos tienen la magia de transportar al lector  a cada uno de los instantes descritos en ellos. Sigue adelante Dios te bendiga.. 

    1. Martes, 17 Agosto 2021 21:01

      Muchísimas gracias Adriana. Gracias por tu respaldo. Un fuerte abrazo.

       

  8. Lunes, 16 Agosto 2021 15:04

    Elegante viejo Fede! 

    1. Martes, 17 Agosto 2021 21:02

      Samir, es muy grato para mí que hayas leído mi relato y sobre todo, que te haya gustado. Un abrazo. Gracias 

  9. Lunes, 16 Agosto 2021 14:25

    Que buen escrito felicitaciones 

    1. Martes, 17 Agosto 2021 21:03

      Gracias. Gracias. Gracias. Y gracias por compartirlos siempre. 

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