Los tigres del mar

Clásico
Valoración:
0 of 5 - 0 votes
Thank you for rating this article.

¡Los tigres del mar! Así llaman los marineros a los tiburones, los enemigos más terribles y feroces que los navegantes pueden encontrar en los océanos.

Fotografía de Emilio Salgari (sin fecha)Si los tigres de la selva india son los seres más sanguinarios del mundo, los tiburones son los más abominables habitantes de los mares.

Ningún animal los supera; comparados con ellos, pueden considerarse unos angelitos los imponentes cachalotes, cuyas fauces son capaces de triturar y engullir de una vez hasta una chalupa equipada con una docena de hombres.

Se hallan por todas partes, tanto en los mares interiores como en los vastos océanos, y siempre donde exista la posibilidad de devorar carne humana.

No disminuyen en número pese a la caza encarnizada que llevan a cabo marineros y pescadores; afrontan con denuedo las balas de las carabinas y las heridas de los arpones.

No hay barco que se libre de llevar tras la popa al menos un par de ellos. Casi siempre van sumergidos, mostrando solo la aleta dorsal; mas cuando el cocinero arroja al mar las sobras de la comida, allí están ellos; surgen junto al timón, abren de par en par sus enormes bocas y engullen, de una sola vez, todo lo que cae al mar.

Latas de conserva, botellas, pantuflas viejas, trapos usados para limpiar las cacerolas, trozos de cuerda embreada; todo pasa por aquellas fauces que nunca se cansan de devorar.

Si un hombre cae al agua, allí están ellos, cual tigres, precipitándose sobre la presa humana.

Con unos cuantos golpes de cola caen sobre el pobre desdichado, abren sus terribles mandíbulas armadas con una triple fila de dientes móviles, planos, duros como el acero y ¡crac!… El hombre desaparece en dos bocados.

Raudos nadadores, provistos de poderosas armas, impetuosos, insaciables y muy voraces, persiguen con saña a su presa con la boca desmesuradamente abierta, y casi siempre la consiguen.

Poseen una fuerza verdaderamente extraordinaria y una cola tan potente que es capaz de elevarse muchos metros por encima del agua.

He sabido de tiburones que saltaron hasta los gallardetes del trinquete para hincar sus dientes a un cadáver que un capitán negrero había hecho colgar allí.

Ahora que os he dado a conocer la ferocidad de estos tigres del mar, os quiero relatar un terrible suceso, acaecido hace algunos años en el golfo de México, del que tuve noticia en uno de mis viajes por Centroamérica.

Es uno de los casos más terribles registrados en la historia de los mares y por ello quería contarlo a mis pequeños lectores, ávidos de grandes emociones.

Si mal no recuerdo debió de tener lugar a finales de 1889.

Unas semanas antes del suceso, una gran nave española, la Girolda, había abandonado los puertos de Brasil con destino a Veracruz.

Se trataba de uno de los veleros más bellos de la marina transatlántica, equipado con una selecta tripulación al mando del capitán Álvaro Crey, un lobo de mar que había dado la vuelta al mundo no sé cuántas veces.

Desde su entrada en el golfo de México, los marineros habían observado, sobresaltados, que el bajel era escoltado con encono por una manada de tiburones de la especie más feroz, el tiburón blanco.

Había al menos una docena, y era tal su voracidad que, cuando el cocinero del barco lanzaba al agua las sobras, saltaban hasta la amurada de popa para disputárselas.

Aquel número verdaderamente extraordinario de escualos había sobrecogido a la tripulación, pues debéis saber que aquellos feroces habitantes de los océanos parecen captar la inminencia de una desgracia. Podría decirse que la perciben a distancia, y desde ese instante jamás abandonan los barcos perseguidos por la fatalidad.

No obstante, la Girolda había llegado felizmente al golfo de México.

Hasta entonces, es decir, desde que abandonara las costas de Brasil, no había ocurrido ninguna desgracia a bordo de la embarcación.

Hasta el mar permanecía en calma y los vientos eran casi siempre favorables. Pero he aquí que un aciago día, cuando la Girolda se aproximaba a las playas de Puerto Rico, el cielo se cubrió de nubes y el aire adquirió una transparencia tan extraordinaria que los marineros divisaron las lejanas montañas de Cuba.

—Mala señal —exclamó el capitán, buen conocedor del golfo de México—. Está a punto de estallar una tormenta colosal.

Fotografía de Emilio Salgari (sin fecha)El lobo de mar hacía bien en preocuparse.

La Girolda se encontraba en parajes tremendamente peligrosos, de funesta fama debido a la violencia de sus huracanes.

Son las Antillas las islas más espléndidas del mundo, pero también las más desgraciadas.

Con frecuencia se ven azotadas por ciclones de una furia increíble que devastan las playas y las tierras del interior, arrasan las ricas plantaciones de azúcar, de café y de cacao y a veces destruyen poblados enteros.

Los vientos adquieren tal fuerza que incluso son capaces de mover la gruesa artillería que se utiliza para defender los puertos.

Además, las olas, altas como montañas, se estrellan contra las costas con un ímpetu capaz de arrancar trozos enormes de escollos. ¡Ay de la embarcación que se encuentre entre aquellas moles líquidas que los vientos desenfrenados empujan de levante a poniente!

El capitán de la Girolda, que había soportado más de un ciclón en su larga carrera marítima, mandó llamar al patrón, un viejo de luenga barba blanca, que poseía un profundo conocimiento del golfo y una gran disposición para dar valiosos consejos.

—¿Tú qué piensas, Cardal? —le preguntó—. Esta transparencia del aire me da que pensar.

—Se prepara un ciclón, capitán —respondió el patrón tras observar un instante el cielo—. Conozco muy bien estas peligrosas rachas de viento.

—¿Qué me aconsejas hacer?

—Plegar buena parte de las velas y buscar refugio. Santiago de Cuba está a sesenta millas. Es un puerto de difícil acceso, pero también el más seguro de todo el golfo de México.

—Vayamos a Santiago, pues, y esperemos llegar antes de que el huracán nos sorprenda —concluyó el capitán.

El viejo Cardal hizo un gesto de duda con la cabeza, después señaló a los tiburones que en ese preciso momento emergían mostrando sus enormes fauces, y gruñó:

—Me temo que sus dientes ya saborean la carne humana.

La Girolda había cambiado el rumbo para sortear las costas de Puerto Rico, incapaces de ofrecer refugio alguno en aquellos parajes; se dirigía directa hacia Cuba, cuyas montañas podían avistarse merced a aquella insólita transparencia del aire.

La infortunada nave corría y corría, ansiosa de ponerse a seguro; mas el huracán también avanzaba veloz, proveniente del Atlántico.

Al anochecer aún quedaban treinta millas para llegar a Cuba; el cielo se había cubierto rápidamente de nubarrones negros como la pez, cargados de lluvia, mientras el viento soplaba con unas rachas tan potentes que curvaban la alta arboladura del barco.

A las diez, la oscuridad era tan profunda que los hombres situados en la toldilla no lograban distinguir a los que maniobraban más allá del palo mayor.

El mar rugía roncamente y lanzaba olas monstruosas contra la embarcación, levantándola de popa a proa con mil crujidos, mientras el viento ululaba terriblemente entre la jarcia y las velas.

El capitán, instalado en la toldilla, junto al timón, miraba la brújula mientras el viejo Cardal mantenía el rumbo.

De tanto en tanto se miraban el uno al otro, interrogándose con inquietud.

—El ciclón se acerca, ¿verdad, viejo amigo? —preguntó el capitán.

—Sí —respondió el patrón—. Se nos echa encima.

—¿Podremos resistir su embestida?

—La Girolda es un buen velero, pero…

—No te veo tranquilo, Cardal.

—Es cierto, capitán.

—¡Y las costas de Cuba ni asoman!

—Y Santiago tiene un canal demasiado peligroso para enfilarlo con una tormenta a las espaldas.

—Confiemos en Dios, Cardal.

—Y en la solidez de nuestra nave.

A las once, los fulgurantes relámpagos iluminaban las nubes tormentosas y el retumbar de los truenos era cada vez más aterrador.

La Girolda, golpeada por las montañas de agua que la acometían por todas partes, brincaba desordenadamente, ora suspendida en la cresta del oleaje, ora hundida en su seno.

El agua corría por la cubierta barriéndolo todo en su fogosidad: marineros, amarras, barriles y cajas.

A cada instante, una ola rompía sobre los costados y brincaba sobre la toldilla con un estrépito ensordecedor.

El capitán y el anciano se esforzaban desesperadamente para mantener el rumbo de la Girolda, aunque no siempre lo conseguían.

Arrastrada por el viento que soplaba con una violencia increíble, acometida por las olas y desobedeciendo al timón, la nave iba a la deriva.

Se escoraba a menudo, ora de un lado, ora del otro, y el agua entraba a raudales.

El espectáculo era pavoroso y el miedo empezaba a cundir entre todos los navegantes, especialmente en el instante que vieron, a la luz de los relámpagos, la horda de feroces tiburones deslizándose por las olas turbulentas.

A medianoche, cuando mayor era la furia de los elementos desencadenados, se oyó una voz a proa que gritaba:

—¡Tierra a la vista!…

La tierra, en aquel momento, con aquel huracán que empujaba la embarcación, ya no suponía la salvación ansiada.

Representaba un grave peligro: tal vez la muerte.

El capitán ordenó cambiar el rumbo de inmediato, y entonces se oyó al viejo Cardal emitir un grito de-sesperado que anunciaba una desgracia irremediable.

El capitán regresó precipitadamente a la popa.

—¿Qué te sucede, Cardal? —preguntó.

—El timón ha dejado de funcionar —respondió el anciano con voz temerosa.

—¿Se ha estropeado la rueda del timón?

—Creo, más bien, que las olas lo han destrozado todo.

—¡Entonces, estamos perdidos! —exclamó el capitán—. Nos encontramos frente a las costas de Cuba.

—¡Ordene arriar las velas, capitán! —gritó Cardal.

—Eso no nos librará del huracán.

—Al menos será…

No había concluido la frase, cuando en la proa se oyó un estruendo aterrador.

Eran las olas que se estrellaban contra el rompiente.

Mientras tanto, la Girolda, privada de todo rumbo y medio escorada a estribor, crujía lúgubremente avanzando entre el oleaje.

Parecía lamentarse de su inminente final.

El capitán y Cardal se precipitaron a la proa mientras los marineros, perdida la calma, corrían por la cubierta como si hubieran enloquecido.

A la luz de un relámpago, los dos lobos de mar vieron una hilera de escollos contra la que rompían las olas con enorme furor.

Detrás de aquellos rompientes, a una distancia de dos o tres millas, habían distinguido las costas de Cuba.

—¡Estamos perdidos! —exclamó el capitán, pálido como un muerto.

—Sí, es el fin de la Girolda —respondió el patrón—. En unos minutos se estrellará contra aquellas rocas.

—¿No podemos intentar alguna maniobra para retrasar, al menos, la catástrofe?

—Ninguna, capitán y, además, la tripulación ya no obedecería.

—Preparémonos para el terrible impacto.

—¿Y las chalupas?

—Olvidémoslo, Cardal. Estas olas las hundirían en un santiamén. Mientras tanto, tratemos de arriar las velas para amortiguar el choque.

La orden fue dada sin demora y, como Cardal había previsto, nadie respondió a la llamada del capitán.

Los marineros, trastornados por el miedo, ya no obedecían órdenes. Por el contrario, se afanaban alrededor de las chalupas para echarlas al agua en el momento del naufragio, si bien ellos también estaban convencidos de que no podrían resistir la furia del oleaje.

A las doce y cuarto de la noche, la Girolda, empujada por el viento que aumentaba sin cesar, se encontraba solo a unos cientos de metros de los escollos.

Las olas bramaban en torno a la desventurada nave, condenada ya irremediablemente; parecía que quisieran hundirla antes de que se desfondara sobre el arrecife.

Desde lo alto de la toldilla, el capitán y el patrón miraban con espanto la costa cubana, esperando con inquietud la catástrofe.

Unos minutos más tarde, el barco, encaramado en una ola monstruosa, se desplomaba sobre el primer rompiente.

El golpe fue tan colosal que los palos del trinquete y del bauprés se vinieron abajo.

En un instante, el agua invadió la cubierta y los costados de la desafortunada nave quedaron destrozados sobre los escollos con un estruendo atronador.

Las olas que se precipitaban sobre la toldilla impedían que el capitán y el patrón pudieran ver a los marineros aferrados a las chalupas.

—¡No abandonéis el barco! —gritaron ambos al unísono—. ¡Esperad al alba!

El viento se llevó las palabras.

Un momento después, una primera chalupa cargada de hombres se alejaba a estribor; a continuación, de inmediato, una segunda.

Entre los aullidos del oleaje y los silbidos del viento, el capitán y Cardal oyeron unos alaridos desesperados y, a continuación, un gran impacto.

¿Qué había sucedido? ¿Se habían estrellado las dos chalupas contra los rompientes, o habían logrado hacerse a la mar?

El viejo Cardal, pese al peligro que corría, había abandonado la toldilla y se precipitaba hacia la proa, agarrándose con fuerza a las amuradas para evitar que las olas lo arrastraran.

A su regreso, traía la cara descompuesta.

—¡Capitán! —exclamó con voz desgarrada—. Me temo que esos desgraciados han sido arrojados contra el rompiente y devorados por los tiburones que nos seguían.

—¿No has visto a nadie? —preguntó con angustia el capitán.

—No, solo he visto a los tiburones retorciéndose frente a los escollos.

—Y ¿no has oído ningún grito?

—No, capitán.

—¿Has visto algún resto en el rompiente?

—La oscuridad me lo impide.

—Esos infelices se han ahogado —dijo el capitán, reprimiendo un sollozo.

—Y quizá seamos nosotros los siguientes —añadió el patrón.

—Aún no está todo perdido, Cardal. El barco está profundamente encallado y si no lo derriban las olas podremos alcanzar la costa de Cuba.

—¿En una balsa?

—Sí, Cardal. Mientras, subamos a la cofa de mesana para impedir que nos arrastren las olas.

El consejo llegaba en el momento más oportuno, pues el barco se hundía poco a poco, como en un lecho de arena; las olas barrían incesantes la cubierta, destrozándolo todo.

El capitán y el patrón, aferrados a los flechastes, aprovecharon un momento de calma y alcanzaron felizmente la cofa, una especie de tabla semicircular situada casi en medio de los mástiles y que puede servir de refugio a cuatro e incluso a seis personas.

Desde aquella altura el espectáculo que el mar ofrecía era aterrador.

Olas enormes se encabalgaban confusamente, persiguiéndose, empujándose, rompiéndose y golpeando la desdichada nave y los rompientes.

La Girolda, ya desfondada por la proa, se hundía lentamente, acercándose cada vez más a las rocas.

Por los flancos destrozados entraba el agua a raudales, irrumpiendo en la bodega; a veces, de aquellos boquetes salían arcas y barriles que formaban parte de la carga.

El capitán y el patrón, agarrados con firmeza a las jarcias, miraban la embarcación, cada vez más angustiados y temerosos de que se deshiciera de un momento a otro.

El mástil que los sostenía temblaba al embate de cada ola, como si fuera a quebrarse. La verga ya había sido arrancada junto con la vela; también había desaparecido la vela mayor.

La situación de los dos supervivientes era muy precaria.

De un momento a otro podían verse arrastrados junto con el mástil y estrellarse contra los amenazantes escollos.

Hacia las dos de la madrugada, la cubierta del barco ya se encontraba sumergida.

La Girolda se hundía poco a poco en el banco de arena, y los salientes de las rocas y el oleaje la destruían lentamente.

Los golpes de mar habían arrancado la tablazón de los costados y solo los dos mástiles resistían todavía.

—Capitán —dijo Cardal—, se acerca nuestra última hora. Pronto nos reuniremos con la tripulación que nos ha precedido en su viaje a la tumba.

—No perdamos el ánimo, viejo Cardal —respondió el lobo de mar, que aún albergaba alguna esperanza—. La embarcación se encalla cada vez más y resistirá la embestida de las olas.

—Y ¿qué vamos a hacer para salvarnos?

—No nos faltarán restos del barco en que sujetarnos.

—¿Y los tiburones? ¿No ve a esos malditos nadar sin cesar alrededor del barco? Mire: allí están todos, y se diría que solo esperan la caída del mástil para alimentarse de nuestra carne.

El patrón tenía razón.

Iluminados por los relámpagos, los terroríficos escualos continuaban nadando en torno a la desgraciada nave, mostrando sus enormes fauces.

El instinto los guiaba y, tras devorar a los marineros, esperaban con paciencia el momento de hincar sus dientes en los dos últimos supervivientes.

Parecían comprender la espantosa situación en la que se encontraban aquellas dos personas.

Algunos se habían dejado arrastrar a la cubierta, ya anegada, y giraban amenazadoramente alrededor del mástil, golpeándolo con sus robustas colas.

Emilio Salgari a los 41 años (1903)Ya eran los amos de la embarcación y podían impedir el descenso de los dos desgraciados náufragos.

—Capitán —dijo el anciano, poco antes de que rayara el alba—, estamos condenados a una muerte segura.

—No lo creo, Cardal —respondió el capitán—. El barco, aunque sumergido, resistirá mucho tiempo la acometida de las olas. También he observado que el viento ha menguado su violencia y que el ciclón se desplaza hacia el sur.

—Y ¿cómo lograremos llegar a las costas de Cuba? Los tiburones impedirán que construyamos una balsa.

—Esperaremos aquí a que pase algún barco. Santiago no está muy lejos.

—Ha olvidado algo de vital importancia para nosotros.

—¿Qué?

—Que, si el barco anhelado se retrasa, corremos el peligro de morir de hambre, pues no tenemos ni un trozo de galleta.

El capitán sintió un escalofrío y lanzó una mirada desesperada a los tiburones hambrientos.

Cardal tenía razón. ¿Qué sería de los dos supervivientes si ningún barco se acercaba a recogerlos? ¿Cómo bajar para construir una balsa con aquellos feroces adversarios ya convertidos en amos del puente de la nave?

En cuanto el capitán y el patrón hubieran bajado unos cuantos metros, los tiburones no habrían tardado en aparecer.

Mejor dicho, con toda probabilidad estaban seguros de conseguir, antes o después, aquellas dos presas humanas.

Al amanecer, la situación de los dos náufragos no había variado.

La embarcación, varada en el arrecife, no se había desplazado y resistía tenazmente el ímpetu del oleaje.

No obstante, estaba totalmente sumergida y solo sobresalían parte de la toldilla y dos palos, el mayor y la mesana.

Apenas amaneció, el capitán y Cardal dirigieron la mirada hacia el rompiente sin poder reprimir un gesto de horror. Las dos chalupas yacían destrozadas y volcadas entre las rocas, y junto a ellas se veían dos cuerpos humanos sin piernas ni brazos.

—¡Nuestros infelices compañeros han sido devorados por los tiburones! —exclamó el patrón, pálido como la cera.

—Así lo han querido —respondió el capitán—. Aún estarían vivos si se hubieran quedado a bordo y amparado en los mástiles.

—A esperar una muerte quizá más horrible, capitán.

—No perdamos el coraje, Cardal. ¿Reconoce la costa que se ve a poniente?

—Sí, capitán.

—¿De qué lado se encuentra Santiago?

—Hacia el sur, más allá del promontorio que acaba en punta —respondió Cardal.

—Bueno, algún barco aparecerá antes o después. Aún se mantiene la bandera en lo alto de la mesana y señalaremos nuestra posición.

Entretanto, los tiburones nadaban apiñados en torno al palo de mesana, dejándose arrastrar por las olas que no perdían un ápice su ímpetu.

Se retorcían impacientes por devorar a los dos náufragos, dejando ver unas veces los hocicos planos, y otras los dorsos pardo-grisáceos o las panzas plateadas.

Sus gigantescas bocas, semicirculares, se abrían de par en par para cerrarse después con un ruido sordo, mientras agitaban sus mandíbulas armadas de dientes aterradores.

Sus ojos pequeños, casi redondos, de iris color verde oscuro y pupila azulada, no se despegaban de la cofa de mesana.

Espiaban ansiosamente a sus dos presas humanas, dispuestos a engullirlas en dos bocados.

El capitán y el patrón, agazapados en la cofa, miraban en dirección a la costa de Cuba, a la espera de divisar algún punto blanco o cualquier nube de humo que les indicara la presencia de algún velero o algún vapor.

¡Qué largas transcurrían aquellas horas!…

Y ¡nada asomaba por aquel mar todavía borrascoso! ¿De verdad estaban destinados a morir de hambre en el mástil o a dejarse caer entre los tiburones para abreviar su larga agonía?

No, la Providencia velaba por los dos náufragos.

Eran las cuatro de la tarde cuando Cardal, con vista de lince, divisó un punto blanco que parecía rozar las costas de Cuba.

—¡Capitán! —exclamó con voz tonante—. ¡Un barco! ¡Veo un barco!

El capitán se incorporó de un salto.

Un punto blanco avanzaba desde el sur y parecía dirigirse presuroso hacia el rompiente contra el que se había destrozado la Girolda.

—¡Hagamos señales! —gritó el capitán.

Cardal trepó hasta la punta del mástil, arrancó la bandera y la amarró a la cofa.

La embarcación se acercaba, recorriendo largas bordadas. Era un bello bergantín que tal vez hubiera salido de Santiago rumbo a las Pequeñas Antillas.

Su tripulación ya debía haber visto aquellos dos mástiles que emergían del agua y la nave corría para salvar a los dos náufragos.

Una hora más tarde, la nave llegaba a quinientos metros de los escollos y los bordeaba lentamente.

Los marineros hacían señales con las banderas, a las que respondían Cardal y el capitán.

Lanzaron al agua una chalupa con cuatro hombres que se dirigió a los escollos a gran velocidad, con el mar ya en calma.

—¡Bajen! —gritaban—. Estamos aquí para salvarlos.

—¡Hay tiburones! —respondieron al unísono Cardal y el capitán.

Afortunadamente, los marineros iban armados de fusiles.

Al divisar a los tiburones alrededor del mástil realizaron algunas descargas, obligándolos a huir, heridos en su mayoría.

Diez minutos más tarde, la lancha embarcaba a los dos náufragos y los conducía felizmente a bordo del bergantín.

Estaban tan agotados que apenas podían mantenerse en pie; pero bastaron unos cuantos vasos de vino viejo de España para reanimarlos.

El día siguiente Cardal y el capitán desembarcaban en Santiago de Cuba.

 

Emilio SalgariEmilio Salgari
Verona, 1862 – 1911, Turín
 Escritorperiodista y marino italiano, cuyas novelas de aventuras fueron muy populares, sobre todo “El corsario negro(1898) y la serie dedicada a su personaje más icónico: el pirata Sandokán.
El cuento “Los tigres del mar” pertenece a una serie de obras menores que escribió bajo seudónimo, a pedido, entre 1900 y 1906, para una serie de libros de bolsillo, muy económicos, llamada “Bibliotechina aurea illustrata”.
 

 

Etiquetas: Clásico, Emilio Salgari

Imprimir Correo electrónico

Compartir

No hay comentarios en “Los tigres del mar”

Deje su comentario

En respuesta a Some User

Suscríbase:

Al suscribirse, usted recibirá a mediados de cada mes un email con los enlaces de acceso y descarga de la nueva edición.

Contáctenos

Dirección:
alvaro@cuentosenred.com
 
Administración:
admin@cuentosenred.com
 
Consejo editorial:
ce@cuentosenred.com
 
Webmaster:
webmaster@cuentosenred.com
 

Nuestros autores

Logo 610x170 claro
Patricia Licciardi Edith Vulijscher Eréndira Corona
Servando Clemens Federico Ochoa Luis Gutiérrez González
Samir KarimoÁlvaro Díaz
¿Aún no tiene cuenta? ¡Regístrese ahora!

Ingresar