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Los dioses extraños

Misterio
Los dioses extraños

Ojalá la casualidad no me hubiese detenido aquella tarde tranquila en la que paseaba por la avenida Rivalden. Después de tomar un café en Lazarín me dirigí a la estación de tren caminando por la avenida con un libro bajo el brazo, cuando de pronto una voz con tono angustiado pronunció mi nombre desde el lado contrario de la acera. Quizás no me hubiese detenido a no ser porque enseguida alguien rozó accidentalmente mi hombro e hizo que el libro cayera abierto de par con las hojas revueltas en plena calle. Entonces me agaché a recogerlo y cuando levanté la mirada me encontré con él.

Observé, con gesto de duda, el rostro afilado por unos instantes; algo en él me resultaba familiar y sin embargo, no estaba del todo seguro. Tras hacer un pequeño esfuerzo y recorrer con más atención el arco de las cejas, le pude reconocer. Hacía muchos años que no le había visto, su complexión solía ser un poco más rolliza y ahora su silueta era esbelta, incluso un tanto lánguida, pero aquellos ojos pequeños, que en nuestra infancia me habían hecho guiños en la complicidad de las travesuras del patio de juegos, acabaron por delatarlo.

09 Felicien Rops illustration of les diaboliques 1879—Daniel ¡Qué gusto encontrarte por aquí!, después de tanto tiempo.

—¡Vaya sorpresa, Julián!, mira que venir a coincidir tan lejos de casa después de todos estos años —dije mientras le daba un abrazo y unas palmadas en la espalda.

Después del inesperado reencuentro, Julián me acompañó durante el resto de mi trayecto hacia la estación. Yo le conté de mi reciente mudanza de manera temporal a esta ciudad por un interinato que me habían propuesto en el trabajo; y él a su vez, me confesó que su abuela había fallecido hacía poco y se encontraba aquí para arreglar todo lo concerniente al funeral y demás trámites reglamentarios, que implicaban una cuantiosa herencia, incluyendo una casa en esta misma ciudad. Le expresé mis más sinceras condolencias. Yo tenía un recuerdo lejano de ella, la había visto un par de ocasiones mientras lo visitaba de niño en casa de sus padres, poco antes de que la señora sufriera un extraño infortunio.

Detrás del tono de voz y la mirada de Julián asomaban indicios de cansancio, en sus ojos no quedaba mucho de aquella chispa de antaño, aunque en ese momento me resultó natural atribuir todo eso a la reciente situación de su pérdida.

Al llegar a la estación nos despedimos e insistió en que lo fuera a visitar a la residencia de su difunta abuela, le había sido de gran consuelo encontrar un rostro familiar en aquella ciudad lejana y quería seguir charlando conmigo, por lo cual me dio un buen pretexto al mencionar que debía mostrarme algunos libros que quizás fueran de mi interés, pues prefería regalarlos a alguien que supiera los iba a valorar, antes de tener que deshacerse de ellos vendiéndolos por unos céntimos. En aquel momento no dudé en aceptar, después de todo, era una excelente oportunidad para recuperar nuestra buena amistad de la infancia.

Dos semanas después, hice sonar el picaporte de una casa con bellas cornisas, señalada por el número setenta y tres en la calle Aldaba. El frontispicio estaba adornado con un arco sostenido por dos columnas que enmarcaban la puerta y justo encima un balcón blanco con un gran ventanal. En un instante un mayordomo atendió el llamado y me hizo entrar, recorrimos un angosto pasillo que daba a un jardín en medio de la casa y enseguida entramos por una de los costados a la sala principal donde me pidió que esperara un momento.

—Me alegra que hayas aceptado la invitación. Estos días han sido un tanto difíciles para mí y necesitaba alguien con quien platicar —dijo mi amigo Julián en cuanto apareció en aquella sala con su silueta delgada y unas ojeras visiblemente más marcadas debajo de sus ojos. Comenzamos la charla recordando otros tiempos y bebiendo un poco de vino. Luego Julián, dejando entrever una inusual impaciencia, quiso mostrarme los libros de los que me había hablado y para ello nos desplazamos hacia una habitación contigua, una especie de despacho con una biblioteca familiar muy bien lograda. Al entrar, la curiosidad me hizo recorrer con la vista los muebles y demás objetos que ahí se encontraban y mi atención se fue a posar sobre un retrato pintado de la abuela de mi amigo. En la imagen había quedado plasmada luciendo la figura de sus años mozos.

—Fue una mujer hermosa. Lamento que haya tenido que vivir en esa situación, tras haber quedado ciega en su juventud a consecuencia de ese extraño accidente… Nunca volvió a ser la misma —comentó Julián pensativo.

—Una verdadera tragedia me contaste, no se explicaron cómo habría podido sucederle algo así.

—La abuela me dejó una gran herencia como puedes ver —continuó mi amigo—. El sueño de cualquier amante de los libros. Puedes mirar y seleccionar cuantos ejemplares quieras —mi mirada recorrió sobre los estantes el desfile de libros dónde figuraban obras de Shakespeare, Cervantes, Blake, Hegel…—, pero no es todo —agregó Julián haciendo una pausa y dudando por unos segundos para después continuar—, también me gustaría mostrarte algo más, es necesario que otra persona lo vea.

Mi amigo se volvió hacia uno de los cajones del escritorio con un ánimo que se me antojó contrariado y sacó un pequeño estuche cuadrado de terciopelo negro y lo extendió con su mano para que lo tomara. Lo abrí con cuidado. En su interior acolchado de satín blanco reposaba un monóculo de cristal con una cadenita metálica sujeta por un extremo. Levanté la vista para ver a mi amigo y él solo se limitó a hacer un gesto para indicarme que continuara examinando aquel objeto.

Al sopesarlo con una mano constaté su ligereza, lo tomé entre los dedos pulgar e índice y le examiné un poco extendiéndolo hacia el frente para observarlo a contraluz y volteándolo por ambos lados. Luego me lo llevé al ojo derecho para colocármelo y…

10 Goya the sleep of reason produces monsters 1799—Es un monóculo de calidad, tiene un diseño elegante y es lo suficientemente ligero para no incomodar —expresé a Julián.

—¿No ves nada raro?, fíjate bien —insistió.

—No, nada. Ni un solo rasguño, se ve perfecto.

—Daniel, por favor. Mira bien, mira a tu alrededor con él. ¿Ves algo distinto?, ¿Los ves… a ellos?

—¿A quiénes? —pregunté un poco confundido— no entiendo Julián, ¿qué se supone que debería estar viendo?, ¿puedes explicármelo?

—Es difícil describirlo —dijo con impotencia llevándose las manos a la cabeza— quizás pensarás que estoy loco, pero siempre… siempre nos observan. Son como dioses extraños, observan todo lo que hacemos, lo que decimos, lo que no decimos. Incluso te han seguido hasta aquí. Creo que mi abuela también los llegó a ver y por eso sucedió, o mejor dicho, se provocó ella misma aquel terrible percance en los ojos. Solo ahora comprendo la desesperación que debió invadirle, quizás ése haya sido el motivo por el que decidió alejarse de la familia y ahora que ella ya no está, yo…

Mi amigo lucía verdaderamente desesperado en aquel momento y yo había comenzado a preocuparme. Intentando comprender el motivo de lo que parecía ser un delirio le pedí que me siguiera describiendo aquello que veía.

—Nunca me he quedado ciego, Daniel. Pero lo que me sucede ahora con este objeto del demonio podría quizás compararse a la desesperación que debe sentir alguien que pierde la vista de un momento a otro sumiéndose en la más absoluta oscuridad, solo que por el contrario este lente circular me permite observar algo que mis ojos no están hechos para comprender, no entiendo, no puedo… Veo cosas, formas que no sé interpretar y luego están ellos, siguiendo atentos todo lo que hago, lo que haces tú, ahora mismo lo que hacemos ambos en esta habitación... He intentado hablarles, tratando de obtener una respuesta, pero a pesar de todo, ellos siempre se limitan a observar y nunca contestan.

—Bueno, quizás en realidad no se dan cuenta de que te estás dirigiendo a ellos —repliqué, procurando hacer fluir la conversación para que mi amigo continuara desahogándose. Sin embargo, luego de aquel fallido intento por tratar de explicar aquello que lo perturbaba, y al ver la incertidumbre en mi rostro, Julián decidió dar por terminada mi visita, guardó aquel objeto y se despidió excusándose diciendo que intentaría descansar. Como era de esperarse todo aquello confirmó aún más mis primeras sospechas. Estaba claro, la soledad y la presión por arreglar el asunto del papeleo, debían estar haciendo mella en mi amigo.

11 Odilon Redon there were also embryonic beings 1885En las semanas siguientes continué visitando a Julián, pero nunca volvió a tocar el tema y yo tampoco quise forzarlo o hacerlo sentir incómodo. Nos limitamos a charlar acerca de los clásicos y de mis planes para un nuevo negocio, incluso se mostró interesado en brindarme apoyo con el financiamiento. Desafortunadamente, poco a poco las visitas se fueron haciendo más y más cortas al mismo tiempo que su salud se fue deteriorando. Una de las últimas veces que logré verlo, aunque fuera de lejos, se dio cuando fui a tocar aquella misma puerta y el mayordomo solo atendió para excusar a Julián. Al retirarme alcancé a ver a través de las ventanas del balcón, la figura casi fantasmal de mi amigo, que me observaba en la distancia con gesto de disculpa y bastante más demacrado.

Poco tiempo después me llegó la triste noticia de su fallecimiento al recibir una nota de parte de su servidumbre convocándome a las exequias.

Ojalá no hubiera tenido que verlo extinguirse como a una vela sin poder haber hecho nada por él… Hoy después del funeral, se llevó a cabo un pequeño servicio en su casa. Justo ahora, estando en la sala donde charlamos, llena de tanta gente desconocida, soy yo quien echo de menos una cara familiar. Me incorporo y voy hacia la habitación donde se encuentra el retrato de la abuela, y a su lado, ahora, el retrato de Julián y todos esos maravillosos libros que ya no me atrevo a tocar —suspiro—. Doy media vuelta para salir de la habitación y antes de apagar la luz me vuelvo un instante.

De pronto sobre el escritorio, el estuche de terciopelo negro.

Me aproximo, lo tomo en mis manos, lo abro con cuidado y extraigo el elegante monóculo. Lo coloco una vez más sobre mi ojo derecho y recorro con mi vista toda la habitación de derecha a izq… ¡¿Pero qué demonios es ésto?!, ¡¿Y… y quiénes son todos ustedes?!

Eréndira Corona
 

 

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4 comentarios en “Los dioses extraños”

  1. Martes, 23 Noviembre 2021 20:12

    Un buen final para que siga la historia en la mente del lector. Prometo echarte de menos en las subsiguientes entregas de la revista. Un abrazo.

    1. Martes, 23 Noviembre 2021 20:25

      Gracias por leer y comentar Fernando! Un abrazo.

  2. Viernes, 15 Octubre 2021 07:42

    Ya extrañaba estos cuentos mágicos. Muchas gracias por escribir así, es un placer leerla. 

    1. Sábado, 16 Octubre 2021 17:04

      Muchas gracias a ti por leerme, Rodolfo. ¡Abrazo!

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