La visita del señor Ezequiel

Drama
La visita del señor Ezequiel

Celso Herrera, al escuchar los dos golpeteos secos en la entrada, dobló el periódico, levantó su delgada existencia del taburete y caminó hasta la puerta, quitó la tranca de madera que la aseguraba y la abrió mientras pensaba que las malas noticias siempre madrugan más que cualquier otro anuncio.

—Buenos días Sr. Celso ¿Camilo se encuentra? —le preguntó el Sr. Ezequiel Maestre, parado al frente de la casa con un semblante triste, pero resuelto, en tanto sostenía con sus manos de labriego, una vieja y temblorosa escopeta.

—Adelante, adelante Sr. Ezequiel…, este asunto es mejor arreglarlo adentro —le contestó presuroso Celso y le señaló el interior de la casa para que pasara al patio, donde lo invitó a sentarse en uno de los asientos que estaban debajo de una enramada de trinitarias.

El pequeño hombre se acomodó en el taburete tratando de controlar sus nervios, se quitó el viejo sombrero vueltiao, lo dejó descansando sobre sus piernas y encima puso la trémula escopeta para recibir con las dos manos una taza de café caliente de quien había sido su patrón.

—A mí, me da pena venir a estas horas Sr. Celso, pero Camilo tiene que responder —dijo el Sr. Ezequiel mientras a tientas buscaba con la boca el borde del pocillo. Celso Herrera comprendió el compromiso de honor de aquel pobre hombre con su familia y le respondió en un tono conciliador —No se preocupe Sr. Ezequiel, yo lo entiendo.

En ese momento, Evangelina Barros, la esposa de Celso Herrera, una mujer sencilla de huesos simples y de carácter decidido, salió para saber quién había llegado tan temprano, pero cuando vio a su marido sentado al frente del Sr. Ezequiel, que tenía las manos ocupadas con la taza de café y una carabina nerviosa sobre su regazo, supo qué estaba pasando. El labriego trató de levantarse para saludarla, pero la mujer al verlo enredado con el pocillo, el sombrero, la escopeta y la honra herida, le dijo:

—Buenos días Sr. Ezequiel. Tranquilo. No es momento para formalidades. Ya voy por Camilo.

Evangelina fue hasta la habitación de su hijo y lo encontró boca abajo en su chinchorro, durmiendo el trasnocho de una parranda de tres días y le sacudió el cuerpo para despertarlo, Camilo abrió los ojos con la imagen y la música de la fiesta aún en la cabeza, pero Evangelina lo trajo de vuelta a la realidad con la advertencia que su papá y el Sr. Ezequiel, lo estaban esperando en el patio. Camilo saltó alterado de la hamaca y el resto del ron que todavía le recorría las venas, se diluyó en una pregunta que le hizo a su mamá:

—¿Está armado?

Evangelina, se quitó una de sus chancletas y comenzó a golpearlo como si eso fuera a remediar la situación, y comenzó a reprocharle:

—Entonces, sí perjudicaste a esa muchacha.

El joven se alejó del ataque de su mamá, cubriéndose la cabeza con los dos brazos, pero no le respondió. La mujer lo miró con decepción, preocupada por lo que pudiera pasar y lo mandó a arreglarse para que saliera y le diera la cara a la dignidad mancillada de la visita.

Después que su mamá lo dejó solo, Camilo se puso otra ropa, se acomodó su revólver en la parte trasera del cinto y trató de quitarse de la cara las marcas del tejido del chinchorro y la vergüenza que surcaba entre ellas, pero no lo logró. Al salir al patio, sus ojos se tropezaron con la mirada ofendida del Sr. Ezequiel, que no dudó en buscar con su mano el gatillo oxidado de la vieja escopeta que reposaba sobre sus piernas mientras Camilo, en un movimiento ligero, hacía lo mismo con el arma que se sostenía de su pantalón acampanado, sin embargo, se encontró con la mueca de desaprobación de su papá, que lo forzó a dejar de empuñar la cacha del revólver.

—¿Vas a darle otro dolor de cabeza a tu mamá? —le reprochó Celso. Camilo mostró sus manos, se acercó hasta donde estaban los dos hombres y le extendió una al Sr. Ezequiel. El labriego, dejó la carabina a un lado del taburete, se puso el desgastado sombrero y le dio un fuerte apretón al muchacho, luego miró a Celso Herrera y le dijo:

—Entonces, quedamos así Sr. Celso.

Celso asintió con la cabeza y el Sr. Ezequiel, salió de aquella casa agradeciéndole a todos sus santos por no haber tenido que matar a Camilo.

Después que el Sr. Ezequiel se fue, Evangelina llegó hasta donde estaba su marido con dos tazas de café, le dio una a su hijo, que la necesitaba de verdad, y le pasó la otra a Celso, que le dijo:

— Voy para donde el cura, a ver si “picha loca” se casa a las cuatro.

Camilo, que casi se ahoga con el buche de café caliente al escuchar a su papá, quiso contradecirlo, pero Evangelina antes de que hablara lo frenó:

—Te casas. Y punto.

Margarita, que era la menor de tres hermosas hermanas y que había sucumbido ante los encantos del perfil aguileño de Camilo, escuchó entre lágrimas cuando llegó su papá. Ezequiel abrió la cortina del pequeño cuarto, miró a la hija que se desgonzaba en un llanto imparable y le dijo:

—Te casas esta tarde.

La mamá de Margarita, Agripina Muegues, quien se había dado cuenta de que ya su hija no era casta por un brillo particular que le vio en los ojos y un andar extraño en las caderas, entró a la habitación después de escuchar a su marido y empezó a buscar en el chifonier, el vestido que había usado la muchacha en su primera comunión y que era lo más decente para el casorio.

Promesas de Primavera Alma Tadema Laurence (c. 1870)Antes de las cuatro de la tarde, llegó Margarita a la iglesia, con la cara hinchada por el llanto y embutida en su traje infantil de sacramento, la acompañaban su mamá y su papá, que se quedó afuera del templo, tratando de ocultar la vieja escopeta que había llevado por si acaso. Evangelina, se presentó con el último anuncio de las campanas, agarrada del brazo de Camilo, mas por evitar que saliera corriendo, que por cualquier otra cortesía y Celso Herrera, que había llegado antes que todos, estaba adentro de la iglesia, dejando una ofrenda generosa al cura, que se había acostumbrado a oficiar aquellos matrimonios de urgencia y que no eran otra cosa que un parche celestial para una virginidad perdida, pero con los que se evitaban vendettas de sangre por necesidades de honor.

La ceremonia fue corta, al salir, Evangelina y Celso Herrera, agarraron a su hijo y saldada la ofensa, se lo llevaron para su casa. Ezequiel, agarró su escopeta, a su mujer y a su hija, que no paraba de llorar, y se fueron para el rancho, mientras Margarita, llena de una necesidad urgente de morirse, veía por el rabillo del ojo cómo el amor de su vida, se iba convirtiendo en una silueta borrosa y acuosa con cada paso que arrastraba.

Cuando llegó al aposento, Margarita se tiró en su catre y siguió llorando su desventura hasta que los botones de aquel vestido de novia sin consumar, se fueron desabrochando de la tela que se iba deshaciendo por la tristeza y el moho que le había crecido desde su última postura, su mamá al verla casi desnuda en medio de un llanto de ripios blancos, agarró una sábana y la cubrió, le quitó los zapaticos de charol y salió del cuarto sin decirle nada, pero con las tripas revueltas en una rabia cerrera por aquel muchacho ingrato y un lamento que se le escurrió por la boca.

—Hubiera sido mejor, que Ezequiel matara a ese hijeputa.

Después de cinco días y sus noches, y con su cuerpo lacerado por aquel mal de amor, Margarita se levantó de la cama, se bañó, se vistió y comenzó a remendar su vida como si no hubiera más remedio que el de existir, se empezó a preocupar por la limpieza de la casa y se inició en las labores de la cocina junto con Agripina, que comenzó a verla como su igual a diferencia de sus otras dos hijas, que se parecían más al papá.

El tiempo fue pasando hasta que aquel incidente dejó de ser certero para la memoria de quienes lo habían vivido y, aunque pareciera imposible, sobre todo en un pueblo donde sus habitantes sabían más de la vida de los demás que de la propia, Margarita no volvió a escuchar nada de Camilo, que a pesar de seguir vivo por la intercesión de los santos, seguía en sus parrandas y saltando de cama en cama sin haber aprendido nada, aunque una mañana, después de enterarse de la muerte de Agripina, se sintió con el deber moral de ir a darle el pésame a la mujer que nunca fue su señora y después de despedirse de sus papás, que comenzaban a vivir en la fragilidad de la ancianidad, se fue para el velatorio.

Cuando llegó a la casa de Ezequiel, lo encontró sentado en una pequeña mecedora frente al ataúd que descansaba en la escuálida sala, lleno de una vejez tranquila, tal vez porque sabía que la mujer que lo había acompañado por siempre no tardaría mucho en recibirlo. Camilo se acercó con la cautela de no avivar viejas ofensas y se agachó para saludarlo, Ezequiel trató de reconocerlo, pero lo confundió en sus recuerdos como había confundido a todos los que habían llegado al velorio y lo despidió con una sonrisa de cortesía; en ese momento se acercó Margarita sosteniendo una bandeja llena de vasitos con café y aguas aromáticas. Camilo volvió a sentir esa vergüenza de antaño, pero con un ánimo resuelto y dejándose llevar por aquellos ojos que eran mucho más hermosos de como los recordaba, le dio sus condolencias a aquella que, ante los ojos de Dios, seguía siendo su esposa. Margarita vio en él el paso del tiempo lleno de sus noches sin ella, lleno de los excesos de la juventud y colmado de pliegues de tantas remembranzas sin los dos y se volvió a sentir embutida en su traje de primera comunión tan necesitada de él, pero esta vez, la voz de su mamá, que salía de entre los clavos que aseguraban el cajón, le recordó lo que alguna vez le dijo en la cocina:

—Ay hija, que lo que te pasó, te sirva de lección para que siempre tengas en cuenta que, antes de metido, que te cumpla con lo prometido.

 

Federico

Etiquetas: Federico, Drama

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4 comentarios en “La visita del señor Ezequiel”

  1. Jueves, 28 Octubre 2021 03:55
    1. Me encantó la historia del juglar, como relata la nobleza de nuestra gente del campo y no se desviven por lo moderno, que son felices con lo que tienen, muy buenas descripciones  saludos MARTHA 
  2. Sábado, 14 Agosto 2021 17:39

    Federico, tu cuento nos deja pensando: acudió el "esposo" después de tanto tiempo, ¿será que ella olvide los agravios pasados y ceda una vez más? Interesante historia en estos tiempos de liberación femenina.

  3. Jueves, 15 Julio 2021 15:02
    • Muy buena historia convertida en cuento. Es cautivadora 
    1. Viernes, 16 Julio 2021 02:03

      Gracias Chica por tu apoyo. Un fuerte abrazo

       

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