La suerte del sapo

Fantástico
La suerte del sapo

Desde que llegó al pueblo, lo primero que hizo Encarnación, fue mostrar su colosal orgullo y un pedazo de papel que lo acreditaba como médico. Venía acompañado de Mariana, su esposa, citadina hasta el sueño, y de su hija, Antonela, una linda niña que estaba por saltar el cerco hacia la pubertad.

El hericero de Hiva Oa - Paul Gauguin (1902)No perdió tiempo, montó su consultorio y desde allí, empezó un ataque con argumentos académicos y de buena praxis contra parteras, hechiceros, rezanderos y sobanderos de vieja usanza. Los bebés comenzaron a nacer sobre una camilla en su dispensario entre tapabocas, guantes y pinzas, y no en sus hogares, acompañados de tías, abuelas, primas y guiados por las manos babosas de parteras gentiles, que tenían la caridad de desenredarles los cordones umbilicales o cualquier otra cosa que tuvieran envueltas en el pescuezo. Ahora las dolencias se curaban con granitos de colores que parecían dulces, en vez de los escupitajos con buches de ron revueltos con quina, ruda, marihuana y otras yerbas que los rezanderos tomaban de una botella a la que llamaban “contra”.

Ya muchas cosas tenían explicaciones científicas, cosas que anteriormente, solo eran atribuidas a intenciones blancas o negras, de hechicería o “mal de ojo” y que fácilmente se podían curar con pastillas o jarabes de vitaminas.

Un día, la hija del médico amaneció con una fiebre altísima, titiritando de frío y más pálida de lo que habitualmente era, señales claras de una infección. Encarnación, comenzó a indagar en la esposa, como en una particular más, por algo extraño que hubiera notado en la rutina de la paciente, pero la madre angustiada, no daba razón de nada fuera de lo cotidiano. El médico, examinó a la pequeña, pensando qué podía ser, hasta que encontró una úlcera en carne viva, en una de las piernas de su hija. Una llaga inflamada con bordes irregulares de color rojo y una costra amarillenta a punto de reventar, enseguida supo qué era. Disipela. Sabía que no era grave, era una infección causada por una bacteria que con la aplicación de antibióticos y un ungüento, sanaría. Tranquilizó a su mujer con una explicación catedrática sobre lo que pasaba, sacó de su botiquín una ampolla de penicilina, inyectó a la paciente y se fue para el consultorio con la seguridad de que al volver, ya su hija se sentiría mucho mejor, pero a media mañana, su esposa, con la niña en brazos y goteando una fiebre más caliente, lo interrumpió en plena consulta. Encarnación, recostó a su hija en la camilla, le tomó la temperatura, revisó de nuevo la herida infectada y con asombro, vio que la llaga se había ramificado. La señora que estaba siendo atendida, cuando la mujer del médico llegó, al ver el estado de la niña y de la úlcera que se estaba apoderando de su piernecita, le dijo: “Vea doctor, que pena que me meta, pero eso no es cosa buena. Hable con Simón”.

El galeno, que sabía de las historias de aquel rezandero, le señaló la puerta a la entrometida mujer y le pidió que saliera. Encarnación, le hizo curaciones en la herida a la hija, calculó el tiempo que había transcurrido desde la inyección de penicilina y volvió a aplicarle otra dosis. Cerró el dispensario para no atender a nadie más y dejó a su paciente más importante en observación.

Al pasar las horas, Mariana, la esposa del galeno no veía que su hija diera señales de mejoría, por el contrario, cada vez que revisaban la pierna infectada, más ramas le salían a la llaga. Aterrada, le dijo a su marido que vieran la posibilidad de hablar con Simón para que la viera, pero el marido iracundo le prohibió hasta la sola idea de considerarlo, sin embargo y contradiciendo a su esposo, la asustada mamá, se fue por las calles del pueblo averiguando dónde vivía el viejo curandero.

Mariana lo encontró en su casa, preparando en botellas de vidrio, vinagre casero, lo vio tan acabado y maltrecho que por un momento se arrepintió de querer solicitar su ayuda. El pequeño hombre, de piel morena, ajada por el sol y con unas gruesísimas gafas que mostraban su ceguera, supo quién era aquella dama elegante y triste, y le dijo, sin que la mujer tuviera oportunidad de hablar:“[…] Necesito un sapo”. La mujer pidió perdón, más como pregunta que como disculpa y el viejo Simón le contestó: “Tranquila, esas cosas son comunes por acá”

La esposa del médico, seguía tratando de entender y el viejo rezandero se acercó y sin explicarle nada, le volvió a hablar:

“Para lo que usted me viene a pedir…, yo necesito un sapo”.

Mariana, quiso confirmar lo que había escuchado y Simón con su voz fraternal, se lo reiteró.

“Sí mi señora, un sapo. Esos animalitos que saltan”.

Ilustración de @pilar.san.martin, experimenta con el arte y el diseño ecológico (© 2021)

La madre preocupada, salió de la humilde vivienda del curandero, más confundida que aliviada, pero resuelta a buscar lo que el viejo Simón le había dicho que necesitaba para curar a su hija.

Cuando el rezandero llegó al consultorio, Antonela estaba muy grave mientras Encarnación, con su orgullo transfigurado por el miedo de perder a su hija, aunque de mala forma, lo dejó pasar. Simón, revisó a la niña, le miró la pierna y con toda la tranquilidad del mundo, le indicó al médico, que era preferible llevarla al patio.

“Estas cosas es mejor sacarlas afuera pa’ que no sigan revoloteando adentro”, explicó el curandero.

El viejo Simón, preguntó por el sapo que le había pedido a la mamá de la paciente, que sin que lo supiera el médico, lo guardaba dentro de una bolsa, después de comprárselo a un par de niños. Cuando la mujer se lo dio, el curandero sacó una botella de “contra” de su mochila, tomó un gran sorbo y comenzó a escupir sobre la herida de la niña, murmurando rezos conjurados y pasando la barriga del sapo por toda la piel afectada.

Encarnación, que ya no soportaba más semejante espectáculo, agarró por el cuello al anciano, que por la reacción, soltó al sapo que ya estaba muerto, dejándolo caer al piso y en el momento en que el médico iba a empezar su retahíla de insultos contra el curandero, su mujer le sacudió el hombro para que viera lo que estaba pasando.

Sin que su razonamiento académico pudiera dar alguna explicación, el asustado médico, comenzó a ver cómo la llaga que su hija tenía en la pierna iba desapareciendo, al instante que se iba dibujando en la panza del animalito.

De repente, escucharon la vocecita tierna de la niña que los llamaba, Encarnación enseguida la examinó sin encontrar rastros de fiebre, ni mucho menos algún vestigio de herida o cicatriz. Simón recogió el sapo con la bolsa y lo guardó en la mochila donde guardaba la “contra”. El médico, con una vergüenza más grande que su orgullo, le pidió perdón por su reacción y se ofreció a pagarle lo que fuera por aquel servicio, el viejo curandero le regaló una mirada serena y le dijo:

“Trátenos pasito médico, jugamos del mismo la’o”.

Encarnación entendió el mensaje y asintió con la cabeza, extendiéndole la mano en señal de paz, Simón le correspondió el saludo de tregua y después que se despidió, el galeno, en son de broma, le preguntó:

“Y ahora ¿qué va a hacer con el sapo?”.

El viejo, sonrió y le contestó:

“Voy a devolvérselo a la colega que le quiso jugar a usted esta broma”.

 

Federico

Etiquetas: Federico, Fantástico

Compartir

2 comentarios en “La suerte del sapo”

  1. Martes, 03 Agosto 2021 14:08

    Felicitaciones Sr. Ochoa, como siempre encantada con sus maravillosos escritos.

  2. Miércoles, 26 Mayo 2021 18:17

    Felicitaciones 

Deje su comentario

En respuesta a Some User

Suscríbase:

Al suscribirse, usted recibirá a mediados de cada mes un email con los enlaces de acceso y descarga de la nueva edición.

{emailcloak=off}

Contáctenos

Dirección:
alvaro@cuentosenred.com
 
Administración:
admin@cuentosenred.com
 
Consejo editorial:
ce@cuentosenred.com
 
Webmaster:
webmaster@cuentosenred.com
 

Nuestros autores

Logo 610x170 claro
Patricia Licciardi Edith Vulijscher Eréndira Corona
Servando Clemens Federico Ochoa Luis Gutiérrez González
Samir KarimoÁlvaro Díaz
¿Aún no tiene cuenta? ¡Regístrese ahora!

Ingresar