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La presa

Drama
La presa

La cálida tarde llegaba a su fin mientras pegaba la cara a un gran ventanal, a través del que pudo observar una habitación de paredes azules, decorada con motivos infantiles.

Una joven mujer, echada sobre una cama, hacía esfuerzos por dormir a un bebé de pocas semanas de nacido que reposaba junto a ella, boca abajo y estrechamente pegado a su cuerpo. La paciente madre daba cariñosas palmadas en la espalda de la criatura, al tiempo que movía sus labios pronunciando algo que no pudo ser oído al otro lado del cristal... seguramente una nana para propiciar el sueño a su bebé.

La cuna - Berthe Morisot - 1872Lentamente dio la vuelta y se alejó de su observatorio, dejando tras de sí la tierna escena. Buscando por dónde entrar recorrió el frente de la casa, una construcción de una sola planta cuyo jardín exterior se extendía unos pocos metros hasta un seto de cayenas, que hacía de lindero con la acera de la calle.

Al llegar al garaje divisó una ventana de mediano tamaño que se encontraba abierta. Se introdujo a través de ella sin ningún tipo de problema. El asunto fue más sencillo de lo esperado.

Vio a su izquierda una puerta entreabierta y caminó hacia ella. Cautelosamente asomó la cabeza y miró a ambos lados. La puerta comunicaba con el resto de la vivienda.

Al asegurarse de que no había nadie se dirigió con sigilo hasta un enorme baúl, que apoyado en cuatro patas de madera, se levantaba a unos veinticinco centímetros del piso. Seguidamente se agazapó detrás de él, ya que existía suficiente espacio entre el inmenso mueble y la pared.

Cuando estaba a punto de movilizarse para continuar la búsqueda de la habitación azul, oyó unos pasos. Se mantuvo inmóvil... alguien se acercaba.

Sin la menor idea de que su casa era visitada por un personaje indeseable, la joven señora que momentos antes dormía al bebé, apareció en la estancia tarareando una canción y cargando un montón de ropa entre los brazos.

En el preciso instante en que pasaba por delante del baúl, una prenda de vestir se desprendió del resto y cayó al suelo... demasiado cerca de quien había violentado la privacidad de la casa, que quedaría al descubierto si la mujer, al agacharse para recuperarla, volteaba en su dirección.

—¡Qué broma! —murmuró la fémina interrumpiendo la melodía y deteniendo su andar.

Retrocedió un par de pasos y comenzó a doblar sus rodillas; pero al intentar estirar su brazo derecho descuidó ese flanco y del bojote de ropa se deslizó una nueva pieza que cayó al piso cerca de la que ya reposaba en él.

La señora, convencida de que el bulto completo de ropa sucia iba a terminar en el suelo si insistía en recuperarlas, decidió continuar su viaje hacia el lavadero y regresar luego por ellas.

Corriendo el riesgo de delatarse, pero intuyendo que la mujer no tardaría en regresar a buscar la ropa que se encontraba en el piso, la oculta visita abandonó su refugio tan pronto aquélla salió de la estancia.

Buscando con urgencia un nuevo escondite tomó por un pasillo, sin saber con qué o con quién se iba a enfrentar. La primera entrada que encontró tenía la puerta cerrada, pero la suerte estuvo de su lado en la siguiente, que le permitió acceder a una habitación grande, ocupada en buena parte por una cama matrimonial, bajo la cual pudo ocultarse. En lo posible trataría de evitar cualquier enfrentamiento, especialmente antes de lograr su cometido. Esperaría en silencio durante un rato... debía ser prudente.

No habían transcurrido más de tres minutos cuando pudo oír pasos que se acercaban, acompañados esta vez por el sonsonete de una melodía diferente.

La joven señora entró en la habitación y se sentó sobre la cama. Como respuesta al peso recibido, el bastidor se hundió parcialmente, acercándose peligrosamente al cuerpo que encubría y dejando escuchar un crujido semejante a una queja, que se repetía al compás de cada movimiento que sobre él se realizaba. Un par de minutos después la mujer se puso de pie, se desnudó y se dirigió al cuarto de baño anexo a la habitación.

Realmente estaba de suerte. Le habían dejado el campo libre durante algunos minutos; los suficientes para realizar lo que se había propuesto... ¡A la carga!

Salió de su escondrijo e instintivamente se dirigió hacia el final del pasillo; el área de la casa donde con toda seguridad encontraría la habitación azul.

No tardó en dar con ella. Por un instante permaneció sin moverse bajo el dintel de la puerta, hasta ubicar la cuna donde debía reposar la criatura. Avanzó lentamente varios pasos, se detuvo a los pies del lecho infantil y alzó la vista mientras comenzaba a sentir un cosquilleo en el estómago, una inmensa sensación de placer que le producía la cercanía de aquella carne trémula y delicada.

De un salto subió a la cama que momentos antes compartían madre y cría, a muy poca distancia de su objetivo. La excitación hacía temblar sus largos bigotes. Se frotó las patas delanteras al ver, a través de los barrotes que formaban la baranda de la cuna, la frágil figura del bebé.

Dando otro salto intentó montarse sobre la baranda que le quedaba más próxima, pero sus pequeñas patas no encontraron el soporte adecuado debido a la interferencia del mosquitero, que resbaló sobre la superficie de madera laqueada e hizo que el roedor cayera hacia atrás; arrastrando consigo la pieza de tul que, engarzada en las afiladas uñas de la rata, se desgarraba a medida que el animal caía al suelo.

¡Plaff! Sonó al chocar contra el piso el cuerpo del despreciado mamífero.

Molesta por su incompetencia, saltó de nuevo a la cama y de inmediato, tomando impulso, sobre la cuna, al centro de ella, directo hacia su presa.

Esta vez el protector contra invasores voladores, aunque desvió parcialmente la trayectoria del animal, no soportó el peso recibido y se desprendió de su soporte, cayendo sobre la cuna y cubriendo a la rata y al bebé, que se despertó inocente de las acciones que a su lado se desarrollaban.

La alimaña comenzó a revolverse intentando zafarse de la sutil tela; pero mientras más se sacudía para liberarse de ella, mayor era su enredo. A dentellada limpia pretendía desprenderse del envoltorio, cuando el bebé comenzó a llorar.

Se habían unido el incómodo y desconocido movimiento que se sucedía a sus pies, que lo asustaba; con la incómoda y conocida sensación que se producía en su pequeño estómago cada tres horas.

Los angustiosos alaridos del bebé, provocados más por el deseo de conectarse con el pezón materno que por la batalla que protagonizaba el roedor, llegaron a oídos de la mamá, quien conocedora de los distintos agudos que daba el pequeño a la hora de pedir la comida, notó un dejo adicional de desesperación que su instinto de madre captó de inmediato.

La tensión de la pieza de tul al prensarse sobre la humanidad del animal, le impedía mover sus miembros con soltura; mas esa misma tensión permitió que sus garras delanteras penetraran en las diminutas cuadrículas de la tela, que al no tener suficiente holgura para contrarrestar la fuerza ejercida por las patas del astuto cuadrúpedo, cedió; abriéndose en su superficie un boquete de suficiente tamaño para que emergiera la cabeza de la rata.

Con el cuerpo enrollado en el otrora protector contra plagas aéreas, el peludo dentón pudo ver a muy poca distancia la cara del bebé llorón.

Mi hijo Tobias... - Eliseu Visconti - 1910

Por una fracción de segundo se quedó inmóvil. Algo en su interior le sugería desprenderse de su capullo y huir, pero su instinto y voracidad la incitaban a culminar la operación que la había llevado hasta ese lugar.

Se arrastró cual gusano mientras continuaba forcejeando con su camisa de fuerza. Estaba muy cerca de su objetivo; tan cerca que comenzó a abrir la hedionda boca; tan cerca que empezó a babear de placer celebrando por adelantado el festín; tan cerca que...

—Aaaayy, asqueroso bicho… ¡Mi hijito! ¡Dios mío, ayúdame!

La rata se vio obligada a voltear cuando oyó el grito femenino muy cerca de ella. Estaba en aprietos… debía defenderse. Peló sus amarillentos y afilados dientes, al tiempo que la pelambre de su lomo se erizaba.

La mujer, atendiendo al llamado de su bebé, había salido de la ducha chorreando agua y como Dios la trajo al mundo. Decidida a defenderlo y corriendo el riesgo de ser mordida por la fiera, lanzó un manotazo al roedor.

Pese a que el golpe no dio de lleno sobre el cuerpo del animal, sí logró alejarlo un poco del niño, lo que dio a la madre el tiempo suficiente para cargar al pequeño, quien entre los espasmos que le producía el llanto, logró divisar el par de glándulas de donde obtenía el néctar que apaciguaba su hambre, su sed... que le devolvía el bienestar que tanto necesitaba en ese momento.

Mientras el bebé hacía malabares para abordar el pecho que tenía más cerca de su boca, la mujer corrió hacia la cama y depositó en ella a su hijo. La criatura, al sentirse desamparada, reinició el zafarrancho con mayor fuerza, con renovados bríos; añadiendo esta vez unos decibeles al nivel de ruido como protesta por el abandono de su madre y por la consecuente desaparición de su condumio.

La rata, hecha una furia pero al mismo tiempo asustada por encontrarse en inferioridad de condiciones en relación al humano que le hacía frente, duplicó su esfuerzo para liberarse totalmente de su sudario. La mujer, por su parte, buscaba con afán algún objeto contundente para atacar al enemigo.

Instintivamente fijó la vista en el palo que servía de soporte al mosquitero de la cuna, conformado por dos varas de madera laqueadas en blanco y unidas en forma de “L” que, partiendo de la cabecera, terminaba casi en el centro de la cuna, pero a una prudencial altura.

La mujer asió con las dos manos la vara de madera que ascendía y haló con todas sus fuerzas, potenciadas en ese momento por el estado emocional al que estaba sometida.

La fortaleza del envión aplicado a la delgada vara y el apalancamiento que sobre su base produjeron los dos tornillos con los que se fijaba a la cuna, hicieron que la pieza se partiera transversalmente, dejando ver en cada una de las partes resultantes de la fractura un largo sector de madera en su color natural, que disminuía gradualmente de grosor hasta terminar en una afilada punta.

23 Mama Jeanne Mary Cassatt 1908La perfecta estaca que tenía en sus manos, digna de la escena final de una película en la que el más célebre de los vampiros humanos es sacrificado en su ataúd, indicaron a la angustiada mujer la forma en que debía acabar con su enemigo.

Sin darse tiempo para pensarlo, levantó la estaca y la descargó sobre el aún enredado roedor. Éste, con un movimiento reflejo que le permitió girar sobre su cuerpo, logró esquivar la aguzada púa; pero como resultado de la maniobra y para su infortunio, quedó panza arriba... preparada para el acto final.

En el segundo intento la vara perforó y atravesó por completo el cuerpo del animal, continuando con la sábana de algodón, el protector del colchón y el colchón mismo, en el que penetró varios centímetros.

Una mancha de color rojo intenso comenzó a expandirse bajo la empalada rata, que pregonó su agonía con agudos chillidos y contorsiones sin coordinación, delatoras del daño sufrido por su espina dorsal.

Incapaz de levantar de nuevo la estaca, asediada por el fantasma de que el moribundo mamífero se incorporara y la atacara de nuevo, la histérica mujer mantuvo la presión sobre ella hasta que la rata dejó de moverse.

Se sentía en otro mundo. Su cuerpo temblaba. Estaba exhausta... pero la pesadilla había terminado.

Los alaridos de su hijo la hicieron volver a la realidad. Casi arrastrándose se dirigió a la cama y se acostó a su lado. Cerró los ojos y comenzó a llorar en silencio.

El hambriento bebé buscó con desesperación el pecho de su madre, tomando entre sus labios un pezón que inicialmente rechazó por lo salobre del sudor que lo cubría, pero que instantes después comenzó a succionar con intensidad, sin dejar de gimotear y sollozar como protesta por la desagradable experiencia vivida, y sobre todo por el retraso en la hora de la comida.

 

Luís Gutiérrez G.

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