La pluma y el pergamino (Fran Márquez)

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Luz emergente - Remedios VaroLa tormenta era recia y el mar perturbado rompía la popa en medio de la nada. El frágil galeón sentía crujir su piel de teca, cediendo con las embestidas de la iracunda noche. La tripulación abdicó en una batalla desequilibrada, asumiendo la fatal sentencia sin oponer resistencia. El capellán fue el primero en saltar al agua, renegando de toda creencia, ofreciendo su vida a un Dios con tridente y cuerpo cubierto de escamas. El segundo fue el capitán, figurante en su comandancia. Le siguieron alférez, contramaestre, guardián, despensero, etc. Uno a uno fueron arrojándose al mar los cargos más relevantes e incompetentes. Los rayos se cebaban con la embarcación, asestando heridas de muerte. El maestre, nacido en la maltrecha cubierta, parido junto al timón de su amada carabela, gobernaba la embarcación con un estoicismo encomiable, pero a todas luces insuficiente. Falto de dos de sus mástiles, las sacudidas lanzaron al resto de tripulantes por los aires. El piso de madera mojada se volvió viscoso, mezcla de agua salada y sangre. En el último momento, el maestre, verdadero cargo al mando de la nave que siempre fue su preciada morada, sintió orgullo por su vida y su muerte, recordando las escasas veces que había puesto el pie en tierra firme. Con un deambular melancólico, se dirigió a sus aposentos sorteando los cuerpos inertes de su fiel tripulación. Entró en su camarote y se detuvo junto a su cuadro de mando, una mesa victoriana donde se gestaban los detalles de cada travesía. Sobre el escritorio, una botella se erigía medio vacía, pendiente de los dos últimos buches de un licor extraño. El maestre la agarró con garbo, dando cuenta de su contenido de un solo trago. La nave seguía dando tumbos, lo que le hizo salir de su letargo y, apresurado, tomó un pergamino en blanco, mojó su pluma en el tintero y metió ambos en la botella. Pluma y tela no se conocían hasta entonces, quedando profundamente dormidos, anestesiados por el dulzor alcohólico de las paredes de su cristalina prisión. El maestre tapó la botella y los lanzó al mar sin un timón que guiara la embarcación. La noche seguía rugiendo, los truenos escupían el genio de una discusión entre los dioses más ancestros y el galeón pagaba con su vida, mientras el maestre fundía su alma en la madera de su amado navío.

 Al hundirse en las fervientes aguas, la pluma despertó sin dar crédito a lo que ante sus ojos se mostraba: un lienzo en blanco como ningún otro antes surcara. Su piel inmaculada debía estar soñando con fábulas y cuentos de hadas, alejada de la cruel batalla que allí se libraba. Sin dudarlo un instante, la pluma se tambaleó hasta llegar a su lado y acurrucarse. Ante tal escena, la mar se volvió calma, las nubes cesaron sus impulsos amenazantes y la noche cayó en gracia dando paso a los tímidos rayos del alba. El suave cuero, virgen hasta ese momento, sintió el calor del sol en su respaldo de cristal. Observó el tierno abrazo de la exhausta pluma y empezó a acariciarla con sensualidad y ternura. Esta despertó entre arrumacos que devolvió con gracia, mientras la seca tinta de su cálamo se humedecía fruto de los mimos que se regalaban. Con el tenue vaivén de las olas, fueron bailando un erótico vals, desnudando sus almas. El pergamino sintió perder el virgo mientras la tinta se impregnaba en los hilos que lo conformaban. La pluma rasgaba con erotismo experto su terso tejido, mientras ambos cedían en alaridos sordos de pasión descontrolada. Tras la tempestad, vino la calma. Extasiados, vieron aparecer un risco al que la marea los guiaba. Conforme se acercaban, de las profundidades del océano surgió una energía mágica que desvió su destino a zonas más propias para el desembarco de la botella, el original navío en el que se mecieron hasta estremecer aquella mañana. Al llegar a la playa, una pequeña muchacha los encontró. Abrió el recipiente, sacó la pluma y el pergamino con suma delicadeza, evitando mojar el mensaje que allí estaba grabado:

En mil cueros habré saciado mis ansias, con borrones atormentados de lujuria y añoranza por algo de lo que nunca me sentí privada, pues nunca tuve lo que tú me has dado. Jamás antes conocí el amor hasta verme presa recorriendo tu piel en esta cárcel de vidrio, en el devenir de estas aguas. Por siempre seré tu fiel amada, mi dulce pergamino inmaculado”.

La joven, con los ojos llorosos tras leer semejante declaración, sostuvo con cariño la pluma moribunda. De repente, un viento de poniente hizo su aparición y la pequeña, instintivamente, soltó la pluma para que esta se despidiera de su amada, empleando su último aliento en una tierna mirada.

CuauhtémocC

Etiquetas: Aventura, Fantástico, Romántico

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2 comentarios en “La pluma y el pergamino (Fran Márquez)”

  1. Lunes, 04 Enero 2021 22:20

    ¡Que estupenda imaginación mi cuate! Me ha gustado mucho este escrito.

    1. Jueves, 07 Enero 2021 08:36

      Muchas gracias Pablo. Me alegro de que te haya gustado. Un saludo.

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