La exhumación de un nuevo aliento

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La exhumación de un nuevo aliento

Esa mañana temprano, cuando tocaron la puerta, Luz María Herrera no pudo evitar lanzar una oración rápida a sus santos para rogarles que no fuera una mala noticia, pero le ganó el miedo cuando vio la imagen cuadrada, desaliñada y sudorosa del inspector de policía que, después del saludo y con un movimiento de su triste y trasnochado bigote, le dijo que necesitaba hablar de manera urgente con ella. La mujer, que mantenía la fe en la oración que seguía masticando, lo invitó a pasar y dirigirse de una vez al patio porque la sala todavía estaba en penumbras y lo dejó en medio de unos taburetes que permanecían bajo la sombra de un palo de mango con el dilema de sentarse o no, mientras ella caminaba hasta la cocina aún rumiando su plegaria para que la librara de todo mal. Sirvió en un pocillo un café recién hecho y volvió a encontrarse con el funcionario de uniforme que había decidido tomar asiento, le pasó la taza humeante y sin dejar crecer más la preocupación que no había podido calmar el rezo, le preguntó:

—Bueno señor Antonio, dígame.

El funcionario, que se había quemado la lengua con el primer sorbo de café, sacudió una de sus manos como si eso le fuera a calmar el paladar y le respondió:

—Esta mañana, me mandaron a llamar del cementerio porque la bóveda donde está enterrado su papá, amaneció con una enorme grieta. No se sabe qué la pudo causar, pero esperaba que se acercara para que la mande a restaurar ya que es un asunto de salubridad.

En ese momento, a Luz María le llegó el alivio por la oración que seguía mascando y sin que el inspector de policía se diera cuenta, miró hacía las ramas del palo de mango con una sonrisa de picardía y le contestó:

—Yo, ahorita que me bañe, paso por el cementerio para ver qué fue lo que pasó.

El inspector, a pesar del paladar escaldado, se tomó el resto del café, le pasó la taza vacía, le hizo una mueca de aprobación, se despidió y buscó la salida a la calle por el corredor oscuro. Luz María recostó su delgado cuerpo sobre el espaldar del asiento, sacó de la batola un cigarrillo, lo prendió en medio de sus manos temblorosas, le dio un par de bocanadas mientras volvía a gozar de aquella mueca pícara y dijo como si alguien la estuviera escuchando:

—Bueno papá, llegó el momento de cumplirte la promesa.

Tiró el cigarro y se fue a cambiar para ir al cementerio.

Cuando llegó, ya había un montón de curiosos que aparte de visitar a sus difuntos, también trataban de ver y encontrar por la hendidura oscura de la bóveda donde estaba enterrado Celso Herrera, el papá de Luz María, alguna explicación de ultratumba que les diera razón del porqué se había abierto de esa manera, pero por más que miraban, nadie entendía lo que había pasado, algunos se lo atribuían al calor de aquel mes de julio, otros a la humedad que por esos días era insoportable y no faltó el que se lo atribuyera a prácticas satánicas o de brujería, aunque era claro que ya los brujos y brujas de aquel recóndito lugar habían dejado sus prácticas oscurantistas para ser parte de la sociedad porque gracias a la tecnología y demás explicaciones del mundo, ya nadie les creía.

Luz María buscó al cuidador del cementerio sin pasar por donde estaba la muchedumbre y lo encontró conversando con el inspector, que seguía con su imagen de cansancio porque el corregidor del caserío le había dado la orden de no irse para su casa hasta que se reparara aquella tumba, no tanto por el tema de salubridad como le había mentido a Luz María, sino por evitar que la población cayera en un pánico colectivo y de nuevo se robaran a sus muertos para enterrarlos en la seguridad de sus patios como había sucedido unos años atrás, cuando una creciente del rio que pasa al lado del campo santo, en una furia que jamás se había visto, arrasara con la mitad del cementerio y se llevara por delante urnas, criptas, osarios y un montón de difuntos nuevos que terminaron flotando en sus cajones hasta las playas lejanas del mar Caribe y otros, los de peor suerte, en las bocas hambrientas de los peces del afluente, que la gente dejó de comer para no sentir el remordimiento que se estaban devorando en un acto de canibalismo a sus propios familiares y paisanos. Y que, según los profetas locales y la aparición de más de un espanto quejumbroso por no descansar en paz, debido a estar muerto al lado de un peñasco, era una señal divina que en el momento menos pensado se volvería a repetir, ya fuera otra vez por la fuerza de las aguas, la furia de la tierra o por el calor de la candela, hasta que el corregidor junto con el cura del pueblo, no tomaran la decisión de mudar el camposanto a otro lugar.

25 FedericoLuz María con su apariencia larga y tranquila, saludó a los dos hombres que le contestaron con una cierta reverencia y consideración, y enseguida le preguntó a Regulo, que aparte de ser el cuidador, servía como sepulturero y administrador de aquella necrópolis, lo que había que hacerle a la bóveda de su papá y la redonda humanidad de aquel custodio con sus palabras precisas y pausadas, le respondió, que antes de sellar la grieta que se había formado, era mejor terminar de abrir la tumba, sacar el cajón, que ya por el tiempo no debía exhalar ningún vaho a mortecina, ver qué había causado la hendidura y después, hacerle una bóveda nueva, además le aclaró, que eso no se demoraba porque de casualidad, él tenía ladrillos y cemento, y que solo era que ella lo autorizara para ponerse a trabajar de una vez. Luz María reflexionó por un instante lo que había escuchado y sin darle más vueltas, autorizó a Regulo para que empezara. El inspector, entonces, se acercó a donde estaba la multitud y con una voz gruesa de autoridad tan semejante a su apariencia cuadrada, les pidió el favor que dieran espacio para que Regulo pudiera iniciar con su trabajo, pero fueron pocos los que le hicieron caso hasta que el cuidador, con un mazo de albañil, le dio el primer golpe al muro donde estaba la grieta y el ruido estremecedor de un árbol albino que se abrió paso entre el resto de la pared, buscando claridad y tierra, los espantó a todos.

Antonio, que se fue de espaldas sobre una de las otras tumbas, logró sacar su arma de dotación para dispararle al extraño vegetal que se plantó con firmeza en el espacio de aquel sepulcro, pero Luz María, en un reflejo por proteger a los suyos, extendió su existencia entre el viejo revólver del funcionario y el árbol blanquecino, y le gritó:

—¡No le vaya a hacer nada, que ese es mi papá!

Y el inspector, más perplejo que asustado, bajó el arma mientras Luz María, engrandecida por una fuerza que solo podía ser la del amor, ponía distancia entre los curiosos que se querían acercar y el tronco que seguía creciendo ante sus vistas atónitas, fue cuando Antonio hizo un tiro al aire y junto con Regulo y la mujer, formó un cerco para salvaguardar el palo que había dejado de ramificarse, pero que aún no cobraba ningún otro color que el de un cándido tono pálido.

No pasó mucho tiempo, cuando se presentó José Jaime Jiménez, el corregidor, un hombre tan alto como las palmeras y de inteligencia corta, pero de genio resuelto, acompañado por Manuel Abel Toro, el cura del pueblo, un ser humano tan severo como la institución que precedía y tan falto de fe, que hasta él mismo se cuestionaba en el secreto de sus murmullos, su paso por la vida sacerdotal. Los dos habían llegado con una cuadrilla de policías para respaldar el trabajo de Antonio y evitar cualquier altercado o estampida de vivos o muertos, después de escuchar que un árbol albino y endemoniado había salido de la bóveda donde estaba enterrado Celso Herrera, destruyendo con su enorme tronco la cripta donde descansaba el difunto y una de las paredes del cementerio. Los dos hombres, cada uno desde la orilla de su autoridad y visiblemente preocupados, comenzaron a abrirse entre los presentes para ver qué estaba pasando, cuando empezaron a ver el palo descolorido de hojas blancas, casi transparentes que ni sombra daba, en medio de Luz María, Regulo y Antonio, que lo protegían de los que trataban de picarle las ramas para comprobar si era de este mundo o del otro.

Cuando Antonio vio al corregidor, fue a darle un informe de la situación mientras la cuadrilla de uniformados formaba un perímetro alrededor del árbol y el sacerdote enlistaba también, sus fuerzas de acetre y agua bendita. En el momento en que la situación se calmó y, tanto el corregidor como el sacerdote, consideraron lo que estaba pasando, José Jaime Jiménez llamó a Regulo aparte y le preguntó si tenía herramientas para tumbar el palo, pero Luz María, al escucharlo, le replicó que no podían hacer eso porque en el sitio donde se había plantado el árbol, era un espacio privado, fue cuando el sacerdote trató de corregirla:

—El cementerio es público.

—Pero ese lote es de mi familia. Y tengo una escritura que lo prueba— le respondió la mujer.

Sin embargo, José Jaime no le hizo caso y con la cabeza le dio la orden al cuidador de tumbarlo, entonces, con un movimiento ágil, Luz María le sacó de la funda el arma al inspector y le apuntó entre los ojos al corregidor mientras los fusiles silentes de la cuadrilla de uniformados, comenzaron a señalar su humanidad.

—Tranquilos muchachos— le dijo el corregidor a la tropa— yo no creo que la señora sea capaz.

Y en ese momento, José Jaime sintió el silbido caliente de un balazo que pasó cerca de su oreja.

—No me tiente —le aconsejó Luz María con una tranquilidad engañosa en tanto volvía a martillar el viejo revólver con el que le seguía apuntando al corregidor —Solo déjeme salir de aquí con mi papá. Y le aseguro que se le acaba este bochinche.

José Jaime, que no comprendió lo que le dijo la mujer, pero que seguía asustado por el zumbido del tiro, le preguntó qué quería. Y Luz María con un gesto de conformidad le volvió a responder, que la dejara salir de allí con su papá. Fue cuando le tocó a Antonio, aclararle al corregidor, que la mujer estaba segura que aquel árbol albino era su padre. José Jaime la miró como quien mira a una loca y le contestó:

—Qué ella haga lo que quiera, pero usted termine ya con este alboroto.

Y se abrió paso entre la gente para irse mientras se revisaba el oído que le había quedado sordo por el cañonazo, aunque lo detuvo el reclamo del cura, que lo increpó por su decisión. José Jaime lo miró molestó y le respondió:

—A ver, deténgala usted.

El sacerdote se vio en los ojos destellantes de Luz María y en el reflejo metálico del arma que sostenía, se quedó callado, guardó su agua bendita y se fue detrás del corregidor.

Después que los dos funcionarios se perdieron entre la multitud, Luz María le devolvió el revólver al inspector, se metió la mano en el vestido de flores grises que traía, sacó unas llaves y salió apresurada del cementerio mientras el inspector comenzaba a pensar, que aquella mujer, definitivamente, no estaba bien de la cabeza, pero no había terminado de darle forma a su consideración, cuando un pequeño camión blanco, que era conocido por los lugareños como el “Palomo” y que la familia Herrera tenía desde la época del contrabando de café y la bonanza de la marihuana, comenzó a bramar y a pitar del otro lado de la pared que el árbol albino había tumbado para que la gente se apartara, después que se parqueó de reversa, Luz María, quien era la que conducía, se bajó, se acercó entre los escombros hasta lo que quedaba de la tumba de su papá y le dijo al albo, que seguía custodiado por la cuadrilla de policías:

—Bueno papá, es hora de irnos.

Y ante las bocas y los ojos, más abiertos de lo normal, de los curiosos que seguían allí, el árbol comenzó a mover sus raíces y sus ramas de manera parsimoniosa hasta que se subió y se plantó en la parte trasera de aquel camioncito blanco. Luz maría, enseguida, se fue al puesto del conductor y arrancó en su carruaje llena de la misma sonrisa pícara de esa mañana mientras una muchedumbre la seguía con la curiosidad de saber a dónde se dirigía con aquel tronco blanquecino del que aseguraba era su papá, pero dejaron de perseguirla, cuando en medio de la polvareda, el camión había desaparecido, dejando en el ambiente solo un eco ronco que parecía venir de los caminos que suben a la sierra.

Hacia allá iba, hacia la serranía, a la finca que era de su familia y que su papá siempre la consideró como el único cielo al que quería llegar después que se muriera. Por eso, le había hecho prometer a su hija que lo enterrara allí, en medio de sus cafetos, de sus plátanos, de sus yucas, de sus amaneceres cordiales, de sus brisas frescas y de sus noches tranquilas, pero cuando la fatalidad se le apareció y ella le quiso cumplir, no lo pudo hacer por la ley del corregidor y el sermón del sacerdote, que la obligaban a enterrar a su muerto en el cementerio, aunque se hubiera salvado de la creciente del rio y de no ser arrastrado hasta las costas del mar Caribe o de ser engullido en pedacitos por “Bocachicos”, bagres o “Coroncoros” hambrientos como a sus demás colegas difuntos. Y, si bien Luz María pensó en obedecer aquella orden y robarse el cadáver después, era una osadía que no hubiera podido realizar, debido a la seguridad del campo santo que reforzó José Jaime Jiménez con un pelotón policial para evitar la estampida de muertos asustados que, acompañados de sus familiares y dolientes, se querían regresar para sus casas.

26 Federico

Cunado Luz María llegó a la finca y se bajó del camión, el semblante le cambió al verse sorprendida por el otro pasajero que no sabía que traía, pues Antonio se había encaramado en el carro, arrastrado por su curiosidad policial, pero a pesar del desdén, no le dijo nada y se dirigió al árbol que comenzaba a moverse por las brisas alegres de aquellos cerros que se habían percatado de su presencia.

—Bueno papá, llegamos —le indicó la mujer al tronco albino, que comenzó a moverse con la lentitud de su ser hasta que se bajó del camión y sintió entre sus raíces la cordialidad de aquella tierra buena, entonces, se le comenzaron a llenar las hojas de un verde calmo mientras sus ramas iban tomando el mismo tono oscuro de aquel suelo que lo estaba esperando desde hacía varios años atrás, mucho antes que se le hubiera dado por morirse. Antonio, que no había podido tranquilizar su asombro, se fue dando cuenta que aquel árbol tenía la apariencia de un palo de aguacate y que a medida que se iba afianzando en su tierra, crecía y crecía hasta que su sombra coposa los cubrió por completo y fue en ese momento, cuando una fila de matas de hortensias, que se habían desplantado de donde estaban enterradas y que se movían como flores flotantes, comenzaron a rodear el tronco de aquel enorme aguacate y se enraizaron junto a él como si al igual que aquella tierra, también lo estuvieran esperando.

Luz María sonrió, se dio la vuelta y caminó hasta una cocina sin paredes, cubierta por un techo de zinc que quedaba al lado de la humilde vivienda de aquella finca, justo al frente donde se había sembrado el enorme árbol y le gritó al inspector, que no dejaba de ver al aguacate que cada vez parecía más feliz.

—¡Señor Antonio! Venga, que allá no hay nada más que ver.

El hombre, sin poder quitarle la vista al árbol, se acercó a donde estaba la mujer, que trataba de organizar las piedras de un fogón que estaba en el piso para poner a hacer un café y le reclamó:

—¿Será? ¿Que ahora me puede explicar todo esto?

Luz María, mientras buscaba una olla entre los trastes que aún servían, le alcanzó una banqueta al inspector para que se sentara, después de encontrar la olleta, la llenó del agua de una tinaja que estaba allí, agarró unas ramas secas de la madera que aún quedaba, las acomodó entre las piedras, se sacó un encendedor del vestido, las prendió y se agachó a soplar el humo que comenzaba a salir para darle vida a la candela, entonces, puso la cacerola y mientras esperaba a que hirviera, le comenzó a contar al inspector, que lo único que había pasado, era que ella, en el momento en que había muerto su papá, y como no pudo enterrarlo en la finca como él se lo había hecho prometer, le puso una pepa de aguacate entre las manos para que sintiera el consuelo de su tierra, pero que no era otra cosa, que una semilla de esperanza que tardó cinco años en dar frutos.

Antonio por un momento se sintió conmovido, sin embargo, había algo más que no comprendía y se lo preguntó:

—Está bien, ahora entiendo que ese árbol es su papá. Pero ¿y la mata de hortensia?

Luz María miró al inspector con la misma sonrisa pícara de la mañana, aunque esta vez no se la escondió y le respondió:

—Esa es mi mamá…

Entonces, buscó una bolsa del ultimo café que había tostado su papá, le echó un par de cucharadas al agua que estaba hirviendo, lo revolvió, bajó la olleta del fogón, buscó azúcar y un par de tazas, y las llenó de aquella agua oscura y aromática sin dejar ni siquiera que se asentara la borra, le pasó una al inspector y mientras ella se acomodaba en otra banqueta y prendía un cigarrillo, le contó al pasmado Antonio, cómo su papá había eludido a todas la autoridades para enterrar a su mujer en la tierra de su jardín de flores gigantes, donde los dos habían sido tan felices y donde lo seguirían siendo aún después de partir porque ya habían conocido su cielo.

Antonio se volvió a escaldar la lengua con el primer sorbo de aquel café, pero estaba tan absorto en aquella historia, que no se quejó y sencillamente se quedó ahí con sus ojos llorosos, escuchando una historia de amor que apenas estaba empezando.

 

Federico

Federico Ochoa

Etiquetas: Federico, Fantástico, Drama

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3 comentarios en “La exhumación de un nuevo aliento”

  1. Domingo, 10 Octubre 2021 01:38

    Bonito cuento fantástico de amor.

  2. Jueves, 30 Septiembre 2021 17:34

    Hermoso

  3. Viernes, 24 Septiembre 2021 12:56

    Muy buena historia, recoge el sentir de la vida y de lo verdaderamente importante, el amor entre padres, y de hija a padres. Primo, gracias por remontarnos a esos momentos de felicidad.

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En respuesta a Some User
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