La condena del señor "N"

DramaPolicial
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Una bala pasa silbando cerca de tu cabellera, lo descubres porque dicho fragmento de metal destroza el lóbulo de tu oreja izquierda; no, ya no podrás usar arete en esa diminuta parte de tu cuerpo. La otra bala atraviesa tu bíceps derecho; no, ya no irás al gimnasio como es costumbre. Los demás disparos, que escupe el drogado gatillero, revientan las ventanas de una tienda de autoservicio. El matón huye entre el gentío, tú te salvas… por lo pronto.

Escribes notas policiales para un periódico local, pero te despiden, la orden viene de “arriba”. A esas personas no les gusta lo que expresas, odian tu crítica y tu falta de respeto hacia la autoridad municipal.

—A la próxima —te había advertido el jefe de redacción— te cortan la cabeza. ¡Ya bájale!

Te llamaremos “N” por tu seguridad. Te has largado de la ciudad, cambiaste de nombre y ahora te dedicas a la venta de seguros. En tus ratos libres escribes relatos policíacos, los cuales son publicados por prestigiosas revistas a nivel nacional e internacional. Escribes ficción; sin embargo, entre líneas lanzas tu crítica mordaz hacia los gobiernos corruptos. Has ganado popularidad entre los lectores. En las redes sociales eres aclamado por miles de seguidores. Ya tienes una propuesta por parte de una importante editorial para hacer una novela negra. La herida de tu oreja ya ha cicatrizado, pero la del alma sigue destilando miedo.

La torre del terror - Nicholas Roerich (1939)

Sales a la calle portando un chaleco antibalas debajo de la cazadora. Miras a tu alrededor. La violenta ciudad continúa su curso habitual: decenas de asesinados por día; y tú te mueres por redactar algo al respecto. Ya no sabes si las manchas del pavimento son de aceite o de sangre.

Caminas a la oficina. Lo detectas: alguien te sigue. Es un tipo que viste traje, gafas y botas negras. ¡Escapa! Tuerces por una calle. Aceleras el paso. No camines. ¡Corre! Utilizas los ventanales como espejos retrovisores. Al parecer, lo perdiste. Decides entrar a un restaurante. No empezarán un tiroteo dentro de un afamado lugar, ¿verdad? No lo sabemos, ya lo han hecho antes. Una mano fuerte te sujeta del brazo derecho. Sientes escalofríos, sí, ahí donde la bala hizo su agujero.

—Hola, señor “N” —saluda el hombre de negro—. Tome asiento. Vamos, lo invito a comer.

—¿Cómo supo mi nombre?

—Yo lo admiro, me gusta su forma tan peculiar de escribir. Es usted magnífico.

Te sientas en una silla cercana a la salida, un lugar propicio para huir.

—Gracias por el cumplido.

El mesero deja las cartas sobre la mesa. Les ofrece algo de tomar, pides un agua mineral con gas para aliviar la resequedad de tu garganta. El hombre de negro se quita las gafas de aviador, sus ojos son verdes y están enmarcados por diminutos cráteres que se multiplican por toda la cara. Te informa que es jefe de la policía estatal y que tiene un trabajo para ti.

—¿Cómo la ve, “N”?

—¿De qué se trata?

Sonríe. Ves un par de dientes de oro que resplandecen. Se quita el saco y lo cuelga en un perchero. El brillo de su pistola cromada te deslumbra, te intimida.

—¡Quiero que labore para mi equipo! —lo expone como una orden irrefutable.

—¿Para qué equipo?

Él quiere que escribas para un periódico, que digas cosas buenas del alcalde, del gobernador, del jefe de la policía, y, sobre todo, que ya no te expreses mal de ellos en tu página, porque los dirigentes únicamente buscan el bienestar de la población.

—¿Sorprendido, “N”?

Tu labio inferior empieza a temblar. Bebes más líquido. Las burbujas queman tu boca que vibra de rabia y de pánico. Tu interlocutor toma la segunda cerveza y eructa.

—No, no puedo hacerlo.

—Le pagaremos bien.

Todavía te queda algo de valor y tajantemente rechazas la indecorosa propuesta.

—Gracias, pero no puedo.

Él pasa el dedo índice por la empuñadura del arma. ¿Es una amenaza? Por supuesto que lo es.

—Si acepta mi propuesta, no se arrepentirá, de lo contrario…, tal vez sí.

—No.

Buscas un billete en el bolsillo de tu pantalón, pero él se adelanta.

—No se preocupe, yo pago.

Sales sin despedirte. Por instinto o por nervios, tratas de palpar el inexistente lóbulo de tu oreja. Levantas la mano. Subes a un taxi. Huyes. Sacas tus pocas pertenencias del departamento. Dejas de escribir. Borras tu página. No tiene caso arriesgarse.

Únicamente te dedicas a la venta de seguros. Rentas una casa en los suburbios. Tu objetivo: pasar desapercibido y salvar el pellejo. En ocasiones escribes, pero enseguida lo borras. Pasan un par de años, ahora eres un ciudadano ignoto. La novela sigue escondida en un cajón, a merced de la polilla y del olvido.

El blasfemo - William Blake (c. 1810)Un mal día, un excompañero de tu anterior trabajo te manda un correo electrónico, quiere que vuelvas a escribir, pero ahora para un portal de noticias, redactando la nota roja. ¿Aceptas? Lo piensas diez segundos. Claro que accedes, pues es lo que te emociona, es tu razón de ser.

Transcurren los meses y no sucede nada extraordinario mientras mandas tus artículos. Por fin rescatas esa novela del cajón: las hojas ya están amarillas, aunque las ganas están renovadas. Lanzas a la basura el chaleco antibalas.

Es hora de regresar al gimnasio, el dolor del brazo ha cesado. Bajas del automóvil. Sientes que alguien te persigue, lo tuyo ya es instinto, el cual te dice que es hora de correr. Regresas al coche y giras la llave. Metes primera, segunda, tercera. Te pasas el semáforo en rojo. Vas por el periférico. Casi atropellas a un vendedor ambulante. Cuarta. Una camioneta negra con los vidrios oscuros te pisa la defensa. ¡Ese maldito color! Quinta velocidad, casi los pierdes. ¡Bravo, los evadiste! Es tiempo de cambiar de ciudad, no, carajo, es hora de cambiar de país. ¡Sin embargo! (esa expresión que tanto odias), un camión de volteo te cierra el paso. Frenas. Las llantas derrapan y pasa lo inevitable: colisionas el coche que aún no terminas de pagar, aunque eso, ahora es lo de menos.

Abres los ojos. Vas esposado, dentro de otro vehículo. Te pusieron un costal en la cabeza. Unos tipos te pegan culatazos en las costillas. También te insultan y te queman los antebrazos con las brasas de un cigarrillo. El viaje dura unos veinte minutos. Otro desfallecimiento. Están en una habitación en penumbras. Delante de ti, distingues una mesa de madera. Tienes las manos amarradas a las posaderas de una silla metálica. Dos hombres te resguardan como un par de perros. Se enciende un foco amarillo que parpadea. Ingresa un sujeto, usando un pasamontañas y toma asiento. Lo reconoces por los ojos verdes. Se despoja de su máscara y te dice:

—Hola, “N”.

—Hijo de la…

Un puñetazo te parte la ceja por impertinente y la sangre cubre tu rostro.

—No lo traten así, cabrones…

Se pone de pie, levanta una franela mugrosa y con la tela áspera te limpia la cara.

—¿Por qué? —preguntas.

Empieza a decir que lo hace porque seguiste diciendo estupideces contra el gobierno, que porque no le haces caso en lo de trabajar para ellos. Él asegura que en sus años mozos deseó ser escritor, pero que no tenía tiempo para tal pasatiempo, que lo de él era ganar plata.

—Te lo confieso: eres mi ídolo. Te sigo leyendo. Me encanta tu estilo. Sé de tu novela y la espero con ansias locas para devorarla. Lo malo es que no te quisiste cuadrar como es debido.

Descubres que el sujeto está obsesionado contigo. Nada tiene que ver la crítica que emites contra algunos politicuchos de quinta. ¿A quién le importa?

—¡Déjame ir, cabrón!

—Ah, te crees muy valiente. Te dejaré ir, pero ya sabes mis condiciones: quiero que escribas para mí, a mi favor. Seré candidato. Quiero ser el próximo gobernador del estado. ¿Entiendes?

Estalla una carcajada dentro de tu boca.

El tipo le hace un ademán a uno de sus compinches. El subordinado aprisiona tu cabeza con firmeza y la estrella contra la mesa. Adviertes con horror que saca unas enormes tijeras. ¡Dios santo! ¡Diablos! ¡Puta madre! Ya no sabes qué gritar. Te cercena la oreja izquierda de un solo movimiento. ¡Qué dolor! ¡Qué rabia!

Prometeo - Gustave Moreau (1868)Definitivamente ya no usarás arete como en tus épocas de rockero. Horas más tarde despiertas con toda la camisa manchada. Un espantoso vendaje te envuelve la cabeza. Las moscas revolotean alrededor de tu cuerpo. Te inyectaron drogas. La sangre aún mana sin control sobre tu hombro.

El desgraciado coloca una hoja en la mesa y te exige que la firmes.

—¡No!

—¿Sigues envalentonado? Solo firma y deja de sufrir.

—Te cortaré la mano… y sabes que lo digo en serio.

Y lo dice en serio, para muestra, un botón, mejor dicho, una oreja. Firmas el documento sin leerlo. El hombre sale del cuartucho, entra un Dóberman y se come la oreja. Otro golpe en la cabeza y pierdes el conocimiento.

Nuevamente abres los ojos. Todavía estás instalado en la espeluznante pesadilla. Te dieron muchos años por delitos contra la salud y por trata de blancas. No sales de la celda, pasas los meses escribiendo cuentos fantásticos en cuadernos que te regalan los demás reclusos. Por fin estás tranquilo. Nadie te molesta y haces lo que más amas en la vida: escribir.

A veces miras por la ventana y, a pesar de que los días casi siempre son soleados en esa parte del mundo, percibes un cielo nublado. Es la tristeza, eso es.

Es de mañana, hora de ir a desayunar. El celador tarda más de lo habitual. ¿Qué le pasa a ese bueno para nada? Han sacado a los demás internos al patio. Un vigilante pone una sábana blanca en los barrotes para tapar la visibilidad. Corren el pasador de la puerta. Ingresan cuatro tipos fornidos. Un individuo pone un taburete en el piso y se sienta. Reconoces esos ojos verdes, llenos de tiranía y de locura.

—¿Qué quiere?

Uno de sus secuaces introduce un escritorio a la celda y otro mete una máquina de escribir y una pila de hojas.

—Ya sabes lo que tienes que hacer para salvar la otra oreja.

Enmudeces. Desearías tener una “punta” para clavársela en el cuello. Él sonríe con sorna y notas que ahora tiene dientes de porcelana. Usa un traje gris y unos zapatos que cuestan más de lo que tú ganarías en seis meses de trabajo honrado. Las marcas causadas por el acné han desaparecido de su cara. Ahora es un individuo atildado.

—No —murmuras, retrocediendo, buscando un refugio que no existe.

¡Otra maldita señal de ese chacal! Un hombre de cabeza rapada, enano y de brazos músculos, te somete en escasos segundos y te pone contra la pared. Otro guardaespaldas extrae un cuchillo y se aproxima a tu cara.

—¡Acepto!

Por fin doblas las patitas como una gacela que se rinde ante la feroz mordida de un león.

—Ese cambio de actitud me agrada.

Los guardaespaldas te sueltan y te acomodan el uniforme de convicto. Te sientas en la orilla del catre y apoyas los codos en los muslos.

—¿Qué desea que haga en específico?

—Ahora quiero que escribas una novela biográfica.

—¿De quién? —preguntas.

—Del gobernador actual del estado y del futuro presidente de la nación.

—¿Qué?

Ya no lees diarios, no escuchas la radio, no querías saber nada del exterior… y te enteras de:

—Yo soy el gobernador, ¿no lo sabías?

Hablan por más de una hora: tendrás privilegios; de vez en cuando podrás salir a la calle, cigarrillos y cervezas gratis, un sueldo mensual, visita conyugal (una puta) cada fin de semana, todos los libros que tú desees y tendrás la oportunidad de salir antes de este infierno por buen comportamiento y finalmente podrás integrarte como un miembro más del gobierno, ¿acaso era mucho pedir? ¿Por qué no aceptaste anteriormente? Es que eras un joven iluso y estúpido que no comprende nada del funcionamiento del mundo real.

—De acuerdo, patrón.

Esboza su típica sonrisa de hiena, se despide y se marcha junto a su séquito de lameculos.

Piensas: entre la ficción y la realidad, existe una línea casi imperceptible. Además, ¿quién decide lo que es correcto y lo que no lo es? Palabras más, palabras menos. Yo sólo soy un humilde tipo que ansía un poco de éxito y respeto. Tendré dinero, un trabajo, estabilidad, prestigio y quizá algún día, si ya no me necesitan, terminaré mis días con una bala incrustada en el cerebro y flotando en un canal de riego.

Te echas en el catre, un frío recorre tu columna vertebral, ves de reojo la máquina de escribir y deseas aporrear las teclas, y luego, analizas con detenimiento la sábana que quedó colgada en los barrotes de tu claustro.

Y, ¿qué piensas hacer, “N”?

—…

Servando Clemens

 

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