La comisura de la boca

FantásticoRomántico

Fue una obsesión, lo reconozco. Sentía entonces una fruición incontenible al observar la comisura derecha de la boca de mis interlocutoras. En ciertas ocasiones tardaba, imprudente, en apartar los ojos de ese punto en que confluyen ambos labios: Escrutar el movimiento del labio inferior cuando encuentra al superior, pero sólo… en la comisura derecha…

Estudié la infinita cantidad de diferencias morfológicas de los labios de las distintas edades y, como toda observación cuidadosa, los rechazos se presentaron. Quedaron excluidas, por ejemplo, las caras sometidas a cirugías porque se me hizo imposible detectar la verdadera fisonomía de la unión de la que hablo; en estos casos era difícil encontrar la gracia natural y recomponer las facciones. La comisura derecha, dictaba para mí un universo arquitectónico sobre las personalidades, sobre la belleza… Era esa comisura como un “rabillo” del ojo…

¡Qué maravilla…!

Según mi estadística, analicé exactamente 2787 comisuras derechas, todas al fin fotografiadas en un descuido de su propietaria. Nunca empleé la violencia ni privé de la libertad a nadie.

Me resultaba insoportable quedarme en las paridades; es por esto que si la boca tiene encanto es porque es impar y lo único que mengua este embrujo —para mí y entonces— es el ángulo izquierdo: me distrae…. ¡Porque deben ser solo las comisuras derechas!

Diecisiete - Paul Klee - 1923

De acuerdo con el análisis estadístico de mi colección, de las 2787 fotografías y moldeados de comisuras derechas, la más exótica era la última. Sí, ¡la última!; la más curiosa, enigmática, misteriosa, distinta, sin par… Es la que había estado buscando desde hacía años… y este hallazgo cambió mi vida.

Contaré la historia: La persona que tiene esta comisura es única y hoy la tengo cerca… La que yo clasificaba como “Nº 2787” me dejó extasiado desde un principio.

Conseguí varias entrevistas con la poseedora de esta beldad (Sofía) porque un común lugar de trabajo me facilitó las cosas. Al fin logré sacarle una fotografía en un momento de distracción, mientras conversábamos. Fui raudo. Reaccionó con asombro ante mi hábil y rápida maniobra… La inmortalicé, e incorporé la foto a la mentada colección de comisuras.

En el momento gritó; adujo argumentos como “irrespetuoso”, “violador de la intimidad”, “abusador”… Al día siguiente, le ofrecí mis sinceras disculpas, y hasta lloré. Jamás tuve segundas intenciones ni con ella ni con nadie en lo que respecta a mi colección, sino que yo me enfrascaba en el estudio morfológico y sistemático de las comisuras ¡y sólo las derechas!… No pude evitar, mientras me retaba, ofrecerle, por las buenas, un tratamiento no invasivo de parafinado a fin de sacar un molde, y mantener la perfección de tan exquisito detalle de su cara; de modo que los embates de la vida no estropearan ese encanto de su anatomía facial.

Abrió con desmesura la boca, me miró con ojos desorbitados y enormes, como se mira a un loco, y se escapa de él. Corrió asustada.

Era forzoso que Sofía y yo nos encontráramos a diario, por lo que volví a suavizar el entuerto. Unas disculpas —unas más endulzadas que otras— lograron apaciguarla, y más por no afear el increíble equilibrio de ese rincón de sus labios que por otra cosa —¡qué egoísta fui!—. Ella me observaba de modo peculiar, analítico, inteligente; con el tiempo, hasta simpático.

Así, de a poco, se creó una fuerte empatía entre nosotros —¡claro!: en desmedro de mi colección—, luego una amistad… Mis encuentros con Sofía se hicieron más frecuentes.

La comisura de Sofía se había consustanciado con el conjunto de las demás beldades de su rostro. En la sonrisa se formaban esos hoyuelos muy suyos y la expresión de sus ojos me impresionaba de tal forma que mi alma caía en el océano de los verdes azulados del iris, de cada uno de ellos… ¡Cuánto tiempo perdido en una obsesión, excluyendo a… ¡a Sofía!

Nos complementábamos. Cierto día, la paridad de sus labios mutó —¡sorpresa!— en excelsa. Abandoné mis estudios sobre las comisuras derechas y —¡qué cambio tan súbito!— encontré que no solo era esa armonía simétrica la que tanto me atraía, sino la verdadera personalidad de quien ahora yo amaba. Toda ella no me permitía salir de un embeleso.

La sacerdotisa - John William Gosward - 1896El idilio comenzó. Sí, estábamos enamorados. Aquello que tanto había significado para mí —la colección de comisuras— carecía de importancia… y convenimos en vivir juntos. Así, nos mudamos. Sus cosas embaladas parecían no tener fin. De hecho Sofía nunca abrió muchas de sus cajas y algunas quedaron junto con otras mías sin desembalar.

¡Qué impiedad haber alguna vez llamado a Sofía “la N0 2787”! Sin embargo por razones desconocidas, ella, al tiempo, me convenció de no deshacerme de mi colección de moldes y fotografías… Sugirió que las piezas quedaran archivadas allí arriba en el altillo, junto a sus cajas. Muy por el contrario, a veces se mostraba interesada en que le hablara sobre mis viejos descubrimientos, sobre la lectura que hacía de las líneas de las comisuras derechas (como se hace en la quiromancia de las manos), pese a mi reticencia y disgusto.

Le parecía importante aquello que yo ya había superado.

¡Éramos felices…! Estaba curado de la rara obsesión, gracias a Sofía.

Hace unos meses, en la mañana del catorce de febrero, día de San Valentín, día de los enamorados, desperté frente a su rostro, entre chanzas y muestras de su amor. Bromeé, porque me pareció curioso: Sofía estaba distinta, apasionada, no era su modo habitual, yo no podía moverme y el sol me daba de pleno sobre la cara.

—Bueno, ¿qué pasa Sofía?

—Es que tienes rasgos perfectos.

—¡Nunca me lo dijiste, que tontería!… No es así. Bueno, ¿qué tienes Sofía? —interrumpí sus chistes.

Me detuvo con un beso con labios de algodones, no era uno de sus besos normales.

—¿Sofía, qué te pasa? —me alarmé, porque sostenía una lupa enorme y me observaba.

Enseguida ordenó:

—¡No intentes moverte!… —y, ya preparada para esto, tomó una foto. En un santiamén me aplicó la amalgama de fraguado rápido para el molde…

—La foto… —dijo— ¡es perfecta! ¡Tu comisura izquierda es perfecta! ¿Te he mostrado alguna vez mi colección? —siguió, ante mi aturdimiento y pasmo— Eres, querido, mi caso número tres mil. No te amaría sin esto, y no te muevas que no he terminado.

Traté de incorporarme… estaba atado a la cama y con la cabeza inmóvil, aguardando sorprendido que mi Sofía terminara el parafinado de la comisura izquierda de mi boca.

—¡Sofía!, ¡Sofía, no sigas con esto! —grité sollozando.

Me había curado de un trauma ridículo, ¡y ella no…! ¿Qué signifiqué para mi amada? ¿Un número?

—¡Sofía! ¡Sofía! —grité desaforado.

Pero no me soltó hasta que obtuvo el molde.

Almorzamos juntos, sin decirnos una palabra.

Hoy sigo con ella (¿preso?), sometiéndome manso, de tanto en tanto, al proceso de parafinado para que Sofía no pierda el rasgo que tanto le enamora de su caso “número tres mil”: la comisura izquierda de mis labios…

El resto de nuestra relación es muy normal… porque la amo apasionadamente.

 

Eduardo Miguel Vadell - Autor invitado

 

Etiquetas: Fantástico, Romántico

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2 comentarios en “La comisura de la boca”

  1. Sábado, 03 Abril 2021 00:14

        El relato tiene lo suyo, pero me llamó la atención este párrafo "desperté frente a su rostro", y me resutó muy curioso que un doctor en ciencias naturales no sepa que los únicos que tienen rostro son los pájaros, las personas tenemos caras.

    1. Sábado, 03 Abril 2021 04:47

      Según la RAE, es correcto usar "rostro" como sinónimo de "cara": https://dle.rae.es/rostro?m=form.

      La cuarta acepción de "rostro" refiere al espolón de las aves y la quinta nos incluye a ambos.

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