Incondicional

Drama

Ese día comenzó con lluvia y sin viento. El Facha, perro sin pedigree y buen guardián, salió de su casilla al amanecer. Desenterró de su escondite el hueso recubierto aún por bastante carne y cubrió el pozo poco a poco como si sembrara semillas. Usaba un collar de colores sin tachas que cerraba flojo con una hebilla metálica, sus orejas colgaban con pelos apelmazados. Era fornido, macizo y sus ojos miraban de un modo que a veces asustaban, con una mirada como la de los lobos.

Pero al mismo tiempo tenía una capacidad de fidelidad hacia sus dueños que despertaba la admiración de más de uno en el pueblo.

Gracias a él en ese rancho modesto no era necesario cerrar con llave la puerta, apenas una tranca que solo trababa por las noches la mujer que allí vivía con su pequeño hijo; poco se sabía de ellos en ese poblado donde habían aparecido un día de los años más oscuros del país.

Ella era de huesos tan pequeños y aspecto tan frágil que verla era temer que se quebrara, y la cara muy triste, con una mirada desvaída, que hacía que todos sintieran pena al mirarla. Nadie se había atrevido a hacerle ninguna pregunta, aunque rumores no faltaban en ese ambiente pueblerino y tan falto de novedades. El niño, tímido, callado, parecía querer desaparecer debajo de la falda de la mamá. Ninguno parecía dudar de que fuera lo que fuese que hubieran pasado, no habría sido agradable.

Llegaron al pueblo en una camioneta bastante desvencijada pero con lugar suficiente para el Facha y unos cuantos bártulos modestos como sus dueños; compraron ese lote con un rancho tan venido abajo como el vehículo y tan lamentable como la gente que lo habitaría.

El hecho de que no hubiera un hombre en el grupo despertó todo tipo de hipótesis, pero ese pueblo, por haber sufrido represión y desaparecidos, tenía una tendencia al silencio y a la solidaridad que parecía ser común entre su gente, sobrevivientes unidos por tragedias tan dolorosas; y la versión que más circuló fue que su esposo debió haber sido otro de los que habría corrido tan tremenda mala suerte.

Perro guardián - Briton Rivière (1986)

En la cocina de la casa una mujer, sentada, toma mate. Lleva años enfrentando todo sola sin comprender aún cómo ha podido hacerlo.

Desde ayer, cuando el cartero entregó una carta, ha llorado mucho, pasó la noche sentada allí, con el mate al lado, la mirada perdida y los ojos hinchados, la carta, ajada y húmeda por tantas lágrimas, ha quedado sobre la mesa.

Ella también viene restando los días uno a uno, aunque nunca supo la cantidad exacta que debía quitar. Sólo lo hizo como un conjuro contra la ausencia.

No ha dejado de rezar ni un solo día rogando que el nombre del pueblo hubiera llegado a oídos de su hombre. La fe, la esperanza y su amor han obrado el milagro de la supervivencia que ella todavía no logra descifrar.

Es mediodía, el pueblo está detenido, hasta las moscas duermen la siesta veraniega, una oleada de aire caliente entra por la ventana entreabierta del cuarto donde descansa el hijo.

El Facha jadea a la entrada, en el patio de tierra, tirado como si estuviera muerto, agobiado por el calor.

De repente despierta, levanta la cabeza, tiene también instalada en los ojos una tristeza que lleva años, pero conserva intacto su fino olfato y esa percepción casi extra sensorial.

Romualdo Sosa, parado en la nieve de la provincia más austral del país, siente su vida aún detenida, tal como se siente detrás de esos muros grises y fríos. En los últimos siete años él y sus compañeros de desdicha han quedado suspendidos en el vacío, donde el tiempo pasó sin hacerse notar y en los que la resignación y el sin sentido les impregnó todo. Así llegaron a volverse iguales, sin identidad propia.

Adentro no hay actividades y ya casi ni se habla, cada uno se va reconcentrando en sí mismo y tanto los presos como los guardias quedan en el olvido, fuera del mundo. Todos parecen cumplir condena y a todos los iguala no haber cometido ningún crimen.

Quizás sea el clima que colabora, el paisaje siempre blanco como la muerte que sienten instalarse minuto a minuto. El frío ha helado todo y dentro de esos hombres ha ocupado sus almas.

No se reciben visitas, ni un leve roce de manos para despertarles el recuerdo de una sensación. Y esto es así no sólo por la distancia, sino porque estos presos alejan a sus familias para preservarlas.

Y también porque hubo un plan: desmoralizarlos y, si era posible, quitarles su dignidad, condenarlos a la soledad más absoluta.

Pero hoy Romualdo Sosa ha salido libre del penal de máxima seguridad, destino para presos políticos.

No sabe si podrá recorrer el camino inverso, si su corazón volverá a latir con fuerza.

No puede sentir aún que haya terminado su condena, que, instalada dentro, lo castiga marcándolo como paria, como un hombre sin derechos, sin afectos ni amores y con la piel reseca como su alma hecha callo, los ideales postergados, débiles y quizás nunca más recuperados. Nada supo de sus compañeros en todos estos años y, le duele admitirlo, tampoco sabe ahora si le va a interesar averiguar algo.

En sus primeros meses de arresto alguien le contó que su compañera y el bebé al que apenas alcanzó a arropar unas horas el día del parto, habían logrado perderse en el interior de un pueblo, de esos que abundan y que parecen figurar en los mapas casi por compasión. Su memoria ha retenido ese nombre como el tesoro más valioso que debía preservar.

Pero tiene miedo, siete años es mucho tiempo y tantas son las cosas que pueden suceder en él.

Ambos conservan una imagen del otro distorsionada por la idealización y el amor y temen el encuentro tanto como lo desean.

Fidelidad - Briton Rivière (1869)

Él está sumamente delgado y envejecido, ella ya no es rubia y también pesa bastante menos. Pero el perro no ha cambiado, y aunque sus ojos tienen una tristeza instalada desde hace siete años, conserva intacto su fino olfato.

Ya recorrió los cinco kilómetros del acceso de tierra que separa al pueblo de la ruta, y ahora, debajo del cartel que un humorista colgó y que reza: “Bienvenido a Hierbas Muertas donde todos estamos vivos pero respetamos las siestas”, esboza una sonrisa y continúa. Ni el sol, que parece haber puesto su cerebro a las brasas, lo detiene; podría hacerlo, un hermoso boulevard con añosas palmeras lo va escoltando en su ingreso, pero él está ansioso. Sobre su espalda una gran mochila de tela gruesa no logra acallar sonidos de objetos chocando entre sí, es que ha querido llegar con regalos, todavía sin saber qué sucederá. Pero sí con la confirmación del lugar preciso donde aún alguien podría estar esperándolo.

El pueblo está detenido, hasta las moscas duermen la siesta veraniega.

Una oleada de aire caliente entra por la ventana entreabierta del cuarto en el que duerme un niño.

El perro de la casa jadea a la entrada, en el patio de tierra, tirado como si estuviera muerto, agobiado por el calor.

La siesta se interrumpe, no con las palmas del forastero, sino con los aullidos desesperados del animal y esa percepción casi extra sensorial que lo hace correr de la tranquera hacia la puerta del rancho en un vertiginoso ida y vuelta para terminar saltando sobre dos que se abrazan como para no soltarse nunca más.

CuauhtémocC

Etiquetas: Edith, Drama

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2 comentarios en “Incondicional”

  1. Jueves, 25 Febrero 2021 12:31

    Hola Pablo, hermoso comentario el tuyo que te agradezco de corazón, gracias a vos por leer y comentar. Abrazos

     

  2. Jueves, 25 Febrero 2021 03:13

    ¡Que cuentonón te aventaste apreciada Edith! Me hiciste emocionar hasta las lágrimas mientras avanzaba en la trama.  El final excelso. Gracias.

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