Estela

Drama
Valoración:
0 of 5 - 0 votes
Thank you for rating this article.

Muchos la recordarán sufriendo. Otros, solo algunos, morirán sin haber conseguido desgajarse de aquella última imagen asida en los pliegues del recuerdo. Hasta ese día, cuando mueran, la verán como la soñaron cada noche desde aquella tarde que la vieron inclinar el cuerpo hacia adelante para mirar las vías del ferrocarril, cansada de la vida… muy cansada…, porque igual que somos polvo y al polvo volveremos, Estela, con su piel llena de escamas y sus colgajos de pellejos, había sido fuego y al fuego quiso regresar para escapar de tanta lástima y de tanta burla, para no seguir ahogando los gritos y el resuello debajo de los poros obstruidos, para dejar de arrastrar un sobrenombre que no le dio ninguno de sus padres.

Fuego - Josef Capek (1939)La llamaban Estela la Quemá, y algunos, los más crueles, componían oraciones simples con el mote: Estela la quemá´llora, Estela la quemá´sufre, Estela la quemá´aguanta.

Pero yo no la recuerdo llorando. A mí me gusta recordarla como me enamoré, con sus catorce años, corriendo a lo largo de las vías para saltar hacia el río desde el puente del ferrocarril, con el sol a la espalda y el viento agitando sus cabellos negros; cargada con sus sueños, que entonces eran distintos a los de su hermana y a los de su madre porque una muchacha como ella no podía conformarse con una vida tan pequeña.

Quería hacerse cirujana, me lo confesó una tarde con los pies metidos en el agua cristalina, enredando con timidez los dedos en las raíces de los juncos quizás porque le daba vergüenza abrigar una esperanza que no dejaba de tener un tanto de ridículo y un tanto de infantil; no la esperanza de hacerse cirujana claro, sino la del porqué. Su padre había muerto de un infarto y ella creía que tal vez un cirujano hubiese podido cambiarle el corazón. La vida ha de tener una razón, un sentido, y hacerse cirujana era un sueño grande; qué importancia tiene el para qué. Yo mismo no tenía ningún sueño, ningún propósito, y Estela me dio el suyo, así que le debo más, mucho más que haber sido mi primer amor de adolescencia, ese que fácilmente se puede camuflar detrás de una envoltura de amistad pero que ella reconocía en mis sonrisas y yo en el baile cómplice de esas cejas que parecían hechas con hebras arrancadas de su pelo negro. Por eso me resisto a recordarla de otra forma, porque son esos sueños y esas aspiraciones las que me quedaron prendidas en el corazón contra la idea de la muerte.

La Estela de mis recuerdos es solo mía, nada que ver con lo que fue después, menos con ese pedazo de carne chamuscada que pusieron ante mí en la sala de la morgue municipal de Manajey.

—Vea. Esa es la que ha tenío la culpa de to. Por allá abajo, por La Vigía, le decían Estela la Quemá. Oiga, doctor, usted es de La Vigía, ¿verdad?

—Allí nací.

—¿Y usted conocía a esta?

—No recuerdo. Me fui de muy joven, mis padres se mudaron para acá, para Manajey.

Una mentira, una verdad y un silencio. La mentira, cualquiera de ustedes ya la sabe; la verdad fue la mudanza; y el silencio, que me fui a la universidad detrás de Estela y allí no la encontré.

—Pobre mujer. Dicen que estaba loca. ¡Y lo que hizo…!

Estela, apenas cumplió los dieciséis, se enamoró de Mingo, fue entonces cuando empezó a tomar el mismo camino de silencio que su madre y que su hermana. No dudo que al principio, a lo mejor al principio, los dos habrían compartido el mismo sueño o parecido, los mismos anhelos o parecidos; no podría ser de otra manera siendo Estela como era. Pero ya se sabe que uno mismo, sin tener plena conciencia, va forjando eslabón por eslabón la cadena que acaba atándole las alas; y Estela fraguó la suya en poco tiempo.

El deseo y la satisfacción - Jan Toorop (1893)

No está bien que diga que no fue feliz; sí digo que, a mi entender, los hijos llegaron muy temprano; pero ni yo ni nadie puede señalarle faltas como madre; tampoco como esposa, porque sé de buena boca que se dedicó al marido a pesar de lo mucho que hizo aquel para desmerecerla.

El padre y el abuelo de Mingo habían sido mujeriegos y Mingo se repitió como si fuese un virus. Sus ansias de libertad las calmó cuando se hizo conductor de ómnibus, entonces fue como esos marineros que se jactan de un amor en cada puerto. Sus mujeres no estaban dispersas en países de cinco continentes, sino en pueblos desparramados a lo largo de la Sierra del Rosario. Mingo no tenía necesidad de enviar cartas a Singapur si estaba en Nueva York o viceversa, le bastaba con poner en marcha el motor y enrumbar hacia sus destinos impulsado más por el deseo que por el trabajo.

No era raro que pasara una semana entera lejos de la casa. Entonces los hijos eran chicos y a Estela se le iba el tiempo en atenderlos y educarlos; tal vez por eso llegó a pensar que era su culpa, porque entre la casa, el huerto y los niños, casi no tenía tiempo para Mingo.

Yo la imagino dividida en dos Estelas… o en tres o en veinte: una de ellas es la madre, otra es la esposa, otra es la cirujana que nunca llegó a ser, y abajo, oculta y pisoteada allá en el fondo, la Estela que soñaba junto a mí.

Quizás fue esta, la Estela que recuerdo, la que acabó haciendo lo que hizo, la que terminó imponiéndose mientras las otras Estelas yacían extenuadas y humilladas. Mingo no supo que fue ella la que lo enfrentó aquella primera vez cuando él quiso protestarle un estofado que había quedado muy picante; Mingo ni se imagina que fue mi Estela la que dijo: «Mingo, ¿por qué no te pierdes una semanita, anda? Piérdete dos, mejor.»

No fue a mi Estela a la que Mingo molió a golpes una de las noches que llegó borracho. Tuvo que ser a cualquiera de las otras: a la madre, a la esposa, incluso a la cirujana que frustró. Mi Estela habría luchado. Me la figuro tratando de imponerse aquella tarde que consiguió juntar un poco de su ropa y llegar al paradero del ferrocarril, la imagino batallando con las otras, intentando convencerlas para no volver. Prefiero imaginar que fue por eso, por cobardes, que mi Estela quiso quemarlas a las tres. Desde entonces fue Estela la Quemá… la loca que se prendió fuego con un galón de gasolina.

No quiere decir… Que esté contando esto no quiere decir que historias semejantes no se repitan cada tres o cuatro casas en todos los pueblos de la sierra. Sueños rotos hay en todas partes. Tampoco la estoy justificando, pero puedo comprenderla.

Una de esas otras Estelas, no la mía, subió a la guagua aquella tarde en La Vigía para implorarle a Mingo. Dicen los que la oyeron, los que más cerca estaban, esos que la recordarán inclinada mientras vivan, que su voz sonaba ahogada por el llanto: «Vuelve para la casa, Mingo. Vuelve pa´ casa.» Dicen que él le contestaba: «¿Qué estás haciendo, Estela? Baja de la guagua. ¡Baja, Estela!» Cuentan que ella no bajaba y la gente empezó a desesperar: «¡Mingo, dale, coño, que hay calor!»

Y Mingo dio.

La guagua iba repleta, no cabía nadie más. Muchos sentían vergüenza ajena y buscaban otra cosa que mirar. Otros murmuraban «Es la Quemá». Y algunos, los más crueles, decían «¡Mingo, tas condenao con esa quemá loca!» Así llegaron hasta el cruce, ella implorándole volver y él diciendo tienes que bajar, Estela, en la próxima parada te tienes que bajar. Y entonces pasó lo que pasó. La gente apretándose en la puerta, la loma de la Cruz que no permite ver el tren cuando viene desde el Este, y Estela parada al frente, a la derecha de Mingo. Algunos aseguran que ella sí lo vio. Tuvo que verlo, dicen. Yo prefiero darle otro sentido, uno que solo entiendo yo. Porque en ese último momento, cuando Mingo dijo «No veo nada, Estela, dime por ahí», y ella se inclinó hacia delante y pegó la cara al parabrisas para mirar mejor a lo largo de las vías, quizás fue mi Estela la que acabó abriéndose paso porque las otras ya estaban encogidas y humilladas. Me gusta pensar que no lo vio porque las vías le trajeron el recuerdo de nosotros agarrados a la baranda del puente del ferrocarril, y que fue a mí a quien contestó, como entonces, cuando, un segundo antes de saltar, yo le decía, «¿Dime, Estela, saltamos?», y ella sonreía y contestaba, «¡Dale!»

Después el tren pitó, pero ya era demasiado tarde.

—¿Va a seguir ahí, doctor, mirándola?

No. Ya me voy.

 

Raydel Francisco Pérez

 

Publicaciones similares

Etiquetas: Drama

Imprimir Correo electrónico

Compartir

No hay comentarios en “Estela”

Deje su comentario

En respuesta a Some User

Suscríbase:

Al suscribirse, usted recibirá a mediados de cada mes un email con los enlaces de acceso y descarga de la nueva edición.

Contáctenos

Dirección:
alvaro@cuentosenred.com
 
Administración:
admin@cuentosenred.com
 
Consejo editorial:
ce@cuentosenred.com
 
Webmaster:
webmaster@cuentosenred.com
 

Nuestros autores

Logo 610x170 claro
Patricia Licciardi Edith Vulijscher Eréndira Corona
Servando Clemens Federico Ochoa Luis Gutiérrez González
Samir KarimoÁlvaro Díaz
¿Aún no tiene cuenta? ¡Regístrese ahora!

Ingresar