Ernesto de Tal

ClásicoDramaPsicológico
Ernesto de Tal

I

Aquel joven que está allí parado en la calle Nueva del Conde, esquina con Campo de Aclamación, a las diez de la noche, no es ningún ladrón, no es siquiera un filósofo. Tiene un aire misterioso, es verdad; de vez en cuando se lleva la mano al pecho, se da una palmada en el muslo, o arroja un cigarro recién encendido. Filósofo ya se ve que no es. Ratero tampoco: si algún sujeto acierta a pasar por su lado, la figura se aparta cautelosa, como si tuviera miedo de ser reconocido.

De diez en diez minutos, sube por la calle hasta el lugar en que hace ángulo con la Calle del Arenal, vuelve a bajar diez minutos después, para otra vez subir y bajar, bajar y subir, sin otro resultado más que aumentar cinco por ciento la cólera que le murmura en el corazón.

Quien lo viese hacer estas subidas y bajadas, palmearse la pierna, encender y apagar cigarros, y no tuviera otra explicación, supondría plausiblemente que el hombre está loco o cerca de eso. No, señor; Ernesto de Tal (no estoy autorizado para decir el nombre completo) simplemente está enamorado de una muchacha que vive en aquella calle; está colérico porque aún no ha podido recibir respuesta a la carta que le envió esa mañana.

Machado 25 anos 1864Conviene decir que dos días antes habían tenido un pequeño disgusto. Ernesto rompió la promesa de enamorado que le hiciera, de nunca más escribirle, enviando esa mañana una epístola de cuatro páginas incendiarias, con muchos signos de admiración y varias licencias de puntuación. La carta fue, pero la respuesta no vino.

Cada vez que nuestro enamorado practicaba el descenso o subida de aquella calle, se detenía frente a una casa de dos pisos, donde se bailaba al son de un piano. Era allí que vivía la dama de sus pensamientos. Pero se detenía en vano; ni ella aparecía en la ventana, ni la carta le llegaba a las manos.

Ernesto mordía entonces sus labios para no soltar un grito de desesperación e iba a desahogar sus furias en la próxima esquina.

—¿Pero qué explicación tiene esto? —se decía a sí mismo—. ¿Por qué razón no me arroja ella el papel desde la ventana de arriba? No importa; está totalmente entregada al baile, tal vez al galanteo, no recuerda que yo estoy aquí en la calle, cuando podría estar allá...

En este punto calló el enamorado, y en lugar del gesto de desesperación que tenía que hacer, soltó apenas un largo y lastimero suspiro. La explicación de este suspiro, inaudita para un hombre que está explotando de cólera, es un tanto delicada para decirse en letra escrita. Pero allá va. O no se ha de contar nada, o se ha de decir todo.

Ernesto frecuentaba la casa del señor Vieira, tío de Rosina, que es el nombre de la enamorada. Allá acostumbraba ir con frecuencia, y allá fue que se disgustó con ella dos días antes de este sábado de octubre de 1850, en el que ocurrieron los acontecimientos que estoy narrando. Ahora bien, ¿por qué razón no figura Ernesto entre los caballeros que están bailando o tomando el té? En la tarde de la víspera el señor Vieira, habiéndose encontrado con Ernesto, le participó que al día siguiente daría una pequeña fiesta para celebrar no sé qué acontecimiento de familia.

—Resolví esto esta misma mañana —concluyó él—. Invité poca gente, pero espero que la fiesta sea brillante. Iba a enviarle ahora la invitación, pero creo que me dispensará de hacerlo...

—Sin duda —se apresuró a decir Ernesto frotándose las manos de alegría.

—¡No falte!

—¡No señor!

—¡Ah! Se me olvidaba avisarle algo, —dijo Vieira que ya había dado algunos pasos— como irá el Subdelegado, que además es Comendador, desearía que todos mis invitados asistieran de frac. Sacrifíquese al frac, ¿si?

—Con mucho gusto —respondió el otro poniéndose pálido como un difunto.

¿Pálido, por qué? Lector, por más ridícula y lastimosa que te parezca esta declaración, no dudo en decirte que nuestro Ernesto no poseía ningún frac nuevo ni viejo. La exigencia de Vieira era absurda; pero no había cómo evadirla: no ir, o ir de frac. Tocaba resolver a cualquier costo esta gravísima situación. Tres posibilidades se presentaron ante el espíritu del atribulado muchacho; encargar, por el precio que fuera, un frac para la noche siguiente; comprarlo a crédito; pedírselo prestado a un amigo.
Las dos primeras posibilidades fueron rechazadas por impracticables; Ernesto no tenía dinero ni crédito suficiente. Quedaba la tercera. Hizo Ernesto una lista de los amigos y fracs posibles, la metió al bolsillo y salió a la busca del vellocino.

La desgracia que lo perseguía hizo, sin embargo, que el primer amigo tuviera que asistir al día siguiente a una boda y el segundo a un baile; el tercero tenía su frac roto, el cuarto lo había prestado, el quinto no prestaba el frac, el sexto no tenía frac. Recurrió a otros dos amigos suplementarios; pero uno había partido en la víspera para Iguazú y el otro estaba destacado en la fortaleza de San Juan como alférez de la Guardia Nacional.

Imagínese la desesperación de Ernesto; pero también hay que admirar la exquisita crueldad con que el destino trataba a este muchacho, que de regreso a su casa encontró tres entierros, dos de ellos con muchos carruajes, cuyos ocupantes iban todos vestidos de frac. Era menester inclinar la cabeza ante la fatalidad; Ernesto no insistió. Pero como le urgía a su corazón reconciliarse con Rosina, le escribió la carta de la que hablé más arriba y la envió con un negritoburbujita de la casa, diciéndole que por la noche esperaría la respuesta en la esquina de Campo. Ya sabemos que tal respuesta no llegó. Ernesto no comprendía el motivo de aquel silencio; había tenido muchos disgustos con la muchacha, pero ninguno de ellos resistía a la primera carta ni duraba más de cuarenta y ocho horas.

Desengañado finalmente de que la respuesta llegara aquella noche, Ernesto se dirigió a casa con desesperación en su corazón. Vivía en la calle de la Misericordia. Cuando llegó allá estaba cansado y abatido. Ni aún así pudo dormirse enseguida. Se desnudó precipitadamente. Estuvo a punto de rasgar el chaleco, cuya hebilla insistía en engancharse a un botón del pantalón. Lanzó los botines sobre un aparador y casi despedazó uno de los jarrones. Dio alrededor de siete u ocho golpes sobre la mesa, fumó dos cigarros, renegó del destino, de la muchacha, de sí mismo, hasta que casi de madrugada pudo conciliar el sueño.

Mientras él duerme, indaguemos la causa del silencio de su enamorada.

II

 Vea el lector a esa muchacha que está allí, sentada en un sofá, entre dos damas de su misma edad, conversando bajito entre ellas, y languideciendo de vez en cuando los ojos. Es Rosina. Los ojos de Rosina no engañan a nadie... excepto a sus enamorados. Sus ojos son vivaces y cautivadores, y con un cierto movimiento que ella les da, se vuelven aún más vivaces y cautivadores. Es galante y agraciada; si no lo fuera, no se hubiera prendado de ella nuestro infeliz Ernesto, muchacho de gusto refinado. Alta no era, más bien bajita, viva, traviesa. Tenía algo de amaneramiento en sus modales y al hablar, pero Ernesto, a quien un amigo le hiciera notar esto mismo, declaró que no le interesaban las moscas muertasburbujita.

—A mí, ni las moscas vivas —replicó el amigo encantado de haber engendrado aquel juego de palabras.

Juego de palabras de 1850.

No viste con lujo porque el tío no es rico, pero aún así está vistosa y elegante. En la cabeza tiene por adorno apenas dos lazos de cinta azul.

—¡Ah! ¡Si aquellas cintas quisieran ahorcarme! —decía un dandi de bigote negro y cabello partido a la mitad.

—¡Si aquellas cintas quisieran llevarme al cielo! —decía otro de patillas castañas y orejas pequeñitas.

Ambiciosos deseos los de estos muchachos; ambiciosos y vanos, porque si alguien captura la atención de ella, es un joven de bigote rubio y nariz larga que está ahora conversando con el Subdelegado. Es hacia él que Rosina dirige de vez en cuando los ojos, disimuladamente es cierto, y sin embargo no tanto como para que las dos muchachas que están junto a ella no lo perciban.

—¡Seducción en puerta! —le decía una a la otra haciendo un gesto con la cabeza hacia el joven de la nariz larga.

Machado MarcFerrez MachadodeAssis 1890—¡Ay, Justina!

—¡Calumnias! —intervino la otra muchacha.

—¡Cállate, Amalia!

—¿Pretendes engañarnos? —insistía Justina—. ¡Quita el caballo de la lluvia!burbujita Él te está mirando... Parece que ni escucha al Comendador... ¡Pobre Comendador! Para carabinaburbujita está demasiado gordo.

—¡Mira, si no te callas me voy —dijo Rosina fingiendo enfado.

—¡Pues, vete!

—¡Pobre de Ernesto! —suspiró Amalia del otro lado.

—Mira que la tía nos puede oír —observó Rosina mirando de soslayo hacia una vieja gorda, que, sentada junto al sofá, refería a una comadre las peripecias del último achaque de su marido.

—¿Pero por qué no vino Ernesto? —preguntó Justina.

—Mandó a decirle a papá que tenía un trabajo urgente.

—¿Quién sabe si algún romance también? —insinuó Justina.

—¡No es capaz! —reviró Rosina.

—¡Bravo! ¡Qué confianza!

—¡Qué amor!

—¡Qué seguridad!

—¡Qué protectora!

—No es capaz. —repitió la muchacha— Ernesto no es capaz de seducir a otra; estoy segura de eso... Ernesto es un...

Se tragó el resto.

—¿Un qué? —preguntó Amalia.

—¿Un qué? —preguntó Justina.

En ese momento se tocó un vals, y el joven de la nariz larga, a quien el Subdelegado dejara para ir a conversar con Vieira, se acercó al sofá y le pidió a Rosina el honor de concederle aquel baile. La muchacha bajó los ojos con singular modestia, murmuró algunas palabras que nadie oyó, se levantó y fue a valsar. Justina y Amalia se acercaron una a la otra y comentaron la actitud de Rosina y su forma de bailar sin gracia. Pero como ambas eran amigas de Rosina, no fueron estas censuras hechas con un tono ofensivo, sino con dulzura, como los amigos deben censurar a los amigos ausentes.

Y no tenían mucha razón las dos amigas. Rosina bailaba con gracia y podía rivalizar con cualquiera en este tipo de bailes. Ahora, en cuanto al romance, puede ser que tuvieran razón, y efectivamente la tenían; la forma en la que ella miraba y hablaba al joven de la nariz larga despertaría sospechas al espíritu más desprevenido a ese respecto.

Terminado el vals, pasearon un poco y fueron después junto al pretil de una ventana. Era entonces la una de la madrugada, y ya el desgraciado Ernesto se encaminaba en dirección de la calle de la Misericordia.

—Pasaré mañana a las seis de la tarde.

—¡A las seis, no! —dijo Rosina.

Era la hora en que Ernesto acostumbraba ir allá.

—Entonces a las cinco...

—¿A las cinco?... Sí, a las cinco —concordó la muchacha.

El joven de la nariz larga agradeció con una sonrisa esta ratificación de su tratado amoroso, y profirió algunas palabras que la muchacha escuchó conmovida y avergonzada, entre vanidosa y modesta. Lo que él le decía era que Rosina no sólo era la flor del baile, sino también la flor de la calle del Conde, y no sólo la flor de la calle del Conde, sino también la flor de la ciudad entera.

Eso era lo que le había dicho muchas veces Ernesto; el joven de la nariz larga, sin embargo, tenía una manera especial de elogiar a una muchacha. La gracia, por ejemplo, con que introducía el dedo pulgar de la mano izquierda en el bolsillo izquierdo del chaleco, golpeando luego con los otros dedos como si tocara el piano, era desde todo punto de vista inimitable; ni había nadie, al menos por aquellas inmediaciones, que tuviera más elegancia en el modo de arquear los brazos, de arreglarse el cabello, o simplemente de ofrecer una taza de té.

Tales fueron los atributos que subyugaron al corazón inconstante de la agraciada Rosina. ¿Sólo ésos? No. La simple circunstancia de no tener Ernesto la elegante vestimenta que adornaba el cuerpo y realzaba los atributos de su afortunado rival, puede dar algunas luces al lector de buena fe. Rosina ignoraba sin duda la precaria situación de Ernesto en lo referente al frac; pero sabía que tenía un empleo mediocre en el Arsenal de Guerra, mientras que el joven de la nariz tenía una buena posición en un establecimiento comercial.

Una muchacha que profesara ideas filosóficas respecto del amor y del matrimonio diría que los impulsos del corazón estaban ante todo. Rosina no era enteramente opuesta a los impulsos del corazón y a la filosofía del amor; pero tenía ambición de llegar a ser alguien, moría por los vestidos nuevos y espectáculos frecuentes, le gustaba, en fin, vivir a luz pública. Todo eso podría dárselo, con el tiempo, el joven de la nariz larga, que ella imaginaba ya en la dirección del establecimiento en el que trabajaba; Ernesto, sin embargo, era difícil que pasara del puesto que tenía en el Arsenal, y en todo caso no ascendería mucho ni deprisa.

Pesados los merecimientos de uno y de otro; el que perdía era el pobre Ernesto.

Rosina conocía al nuevo candidato desde algunas semanas atrás; pero sólo en aquella noche había tenido ocasión de tratarlo de cerca, de consolidar, digámoslo así, su situación. Las relaciones, hasta entonces puramente telegráficas, pasaron a ser verbales; y si el lector gusta de un estilo suntuoso y gongóricoburbujita, le diría que fueron tantos los telegramas intercambiados por ellos durante esa noche, que los Estados vecinos, recelosos de perder una alianza probable, llamaron a las armas a las milicias de las galanterías, ordenaron zarpar a la armada de los requiebros, apostaron la artillería de los ojos tiernos, de los pañuelos en los labios y de las expresiones susurrantes; pero todos estos alzamientos no dieron ningún resultado porque la Hermosaburbujita Rosina, al menos aquella noche, se hallaba entregada a un sólo pensamiento.

Cuando el baile terminó y Rosina entró en su alcoba, vio un papelito doblado en el tocador.

—¿Qué es esto? —dijo ella.

La abrió: era la respuesta a la carta de Ernesto que ella olvidara enviar. ¿Y si alguien la había leído? No, no era probable. Dobló la cartita con mucho cuidado, la lacró, y la guardó en una gavetita, diciéndose a sí misma:

—Es preciso enviarla mañana por la mañana.

III

 —Un idiota —es lo que Rosina quería decir cuando defendió la fidelidad de Ernesto, maliciosamente atacada por sus dos amigas.

Hacía apenas tres meses que Ernesto cortejaba a la sobrina de Vieira, que se carteaba con ella, que se habían jurado uno al otro eterna fidelidad, y en ese corto espacio de tiempo había ya descubierto cinco o seis moros en la costa. En esas ocasiones montaba en cólera, y era capaz de tirar todo abajo. Pero la buena niña, con su varita mágica, traía al chico al buen camino, escribiéndole dos líneas o diciéndole cuatro palabras de fuego. Ernesto confesaba que había observado mal, y que ella era excesivamente misericordiosa para con él.

—Bien merecerías que yo dejara de amarte —observaba Rosina con adorable enfado.

—¡Oh, no!

—¿Por qué inventas esas cosas?

—Yo no invento..., me lo dijeron.

—Pues haces mal en creerlas.

—Hice mal, sí..., ¡tú eres un ángel del cielo!

Rosina le perdonaba la calumnia y las cosas continuaban como antes.

Un amigo a quien Ernesto confiaba todas sus alegrías y pesares, a quien tomaba por consejero y que era su compañero de habitación, muchas veces le decía:

—Mira, Ernesto, yo creo que estás perdiendo el tiempo.

—¿Cómo es eso?

—Ella no te quiere.

—¡Imposible!

—Tú eres apenas un pasatiempo.

—Te engañas; me ama.

—Pero ama también a otros muchos.

—¡Jorge!

—En conclusión...

—¡Ni una palabra más!

—Es una seductora —concluía el amigo tranquilamente.

Escuchando este perentorio juicio de su amigo, Ernesto le dirigía una mirada larga y profunda, capaz de paralizar todos los movimientos conocidos de la mecánica; pero como el rostro de su amigo no revelaba la menor expresión de temor o arrepentimiento, Ernesto desviaba su mirada —más sensato en este punto que el senador Don Manuel, a quien el vizconde de Jequitinhonha dijera un día en el senado que depusiera su risa, y continuó riendoburbujita— y todo acababa en buena y santa paz.

Tal era la confianza de Ernesto en la flor de la calle del Conde. Si un día ella le dijera que tenía en el bolsillo de su vestido una de las torres de la iglesia de la Candelaria, no es seguro, pero es muy probable que Ernesto lo creyera.

Esta vez sin embargo el disgusto era serio. Ernesto había visto positivamente a la muchacha recibir una cartita, a hurtadillas, de mano de una especie de primo que frecuentaba la casa de Vieira. Sus ojos resplandecieron de rabia al ver blanquear la misteriosa epístola en las manos de la muchacha. Hizo un gesto de amenaza al joven, lanzó una mirada de desprecio hacia ella, y se fue. Después escribió la carta de que tenemos noticia, y fue a esperar la respuesta en la esquina. ¿Qué respuesta, si él había visto la actitud de Rosina? Lector ingenuo: él quería una respuesta que le demostrara que no había visto nada; una respuesta que lo hiciera verse a sí mismo con desprecio y repugnancia. No le parecía posible semejante explicación, pero en el fondo de su alma era eso lo que él quería.

La respuesta llegó al día siguiente. El muchacho que vivía con él fue a despertarlo a las ocho de la mañana, para entregarle una cartita de Rosina.

Ernesto dio un salto en la cama, se sentó, abrió la epístola, y la leyó rápidamente. Un aire de celeste buenaventura reveló al compañero de Ernesto el contenido de la carta.

—Todo está aclarado —dijo Ernesto cerrando la carta y dejando la cama—. Ella lo explica todo, yo había visto mal.

—¡Ah! —dijo Jorge mirando con lástima a su amigo—. Entonces, ¿qué dice ella?

Ernesto no respondió inmediatamente; abrió la carta otra vez, leyó para sí, volvió a cerrarla, miró hacia el techo, hacia las chinelasburbujita, hacia el compañero, y sólo después de esta serie de gestos reveladores de la profunda abstracción de su espíritu, fue que le respondió a Jorge, diciendo:

—Ella lo explica todo; la carta que yo pensé que era de amores, era una nota del primo pidiéndole dinero a su tío. Dice que yo soy muy malo al obligarla a hablar de esas debilidades de la familia, y concluye jurando que me ama como nunca nadie será capaz de amar. Lee...

Jorge recibió la carta y la leyó, mientras Ernesto se paseaba de un lado a otro, gesticulando y diciéndose monosílabos a sí mismo, como si dictara mentalmente un acto de contrición.

—¿Y entonces? ¿Qué dices? —dijo él, recibiendo la carta.

—Tienes razón, todo se explica —respondió Jorge.

Ernesto fue esa misma tarde a la calle del Conde. Ella lo recibió con una sonrisa desde lejos. En la primera ocasión que tuvieron, todo quedó explicado, Ernesto se declaró compungido por haber sospechado de Rosina, y llevando la muchacha su generosidad al punto de concederle un beso, a escondidas, antes que la criada viniera a encender las velas de espermaburbujita de los aparadores.

Ahora tiene la palabra el lector para interrogarme respecto a las intenciones de esta muchacha, que prefiriendo la posición del joven de la nariz larga, todavía se carteaba con Ernesto, y le daba todas las demostraciones de una preferencia que no existía.

Las intenciones de Rosina, lector curioso, eran perfectamente conjugablesburbujita. Quería casarse, y casarse lo mejor que pudiera. Para este fin aceptaba los homenajes de todos sus pretendientes, escogiendo en su fuero interno el que mejor correspondiera a sus deseos, pero aún así sin desanimar a los otros, porque el mejor de ellos podía fallar, y había para ella algo peor que casarse mal, que era no casarse absolutamente.

Esos eran los planes de la muchacha. Añada a ello que era naturalmente provocativa, que le gustaba atraer a su lado a una chusma de pretendientes, muchos de los cuales, es preciso aclarar, no pretendían casarse y flirteaban por pasatiempo, lo que revelaba de parte de esos caballeros una incurable frivolidad de espíritu.

Quien no tiene perro, caza con gatoburbujita, dice el refrán. Ernesto era pues, moral y conyugalmente hablando, el “gato” de Rosina, una especie de pis-allerburbujita —como dicen los franceses— que convenía tener a mano.

IV

El joven de la nariz larga no pertenecía al grupo de los pretendientes arribistas; sus intenciones eran estrictamente conyugales. Tenía veintiséis años, era trabajador, admirado, ahorrativo, sencillo y sincero, un auténtico patricio. Podría darle la felicidad a una muchacha.

La muchacha, por su parte, supo infiltrase tanto en el espíritu de él, que por poco le hizo perder el empleo. Un día, al acercarse su jefe al escritorio en el que el joven trabajaba, vio un papelito debajo del tintero, y leyó la palabra “amor”, repetida dos o tres veces. Sólo una hubiera bastado. El señor Gomes Arrudaburbujita juntó las cejas, ordenó las ideas, e improvisó una alocución extensa y amenazadora, de la que el mísero contable sólo percibió la expresión ”patitas en la calle”.

Patitas en la calle” es una expresión grave. El contable meditó sobre ella, reconoció la razón del patrón, y trató de enmendarse de los descuidos, no del amor. El amor se iba enraizando en él cada vez más; era la primera pasión seria que el chico experimentaba, añadido al hecho de haber acertado en dar con una verdadera maestra del oficio.

—Esto así no puede continuar —pensaba el joven de la nariz larga, rascándose la barbilla y caminando una noche hacia su casa—; lo mejor es casarme de una vez. Con lo que me dan en mi trabajo y alguna escritura que haga por mi cuenta, creo que podré afrontar los gastos, el resto queda en manos de Dios.

No demoró Ernesto en desconfiar de las intenciones del joven de la nariz larga. Una vez llegó a descubrir una mirada entre la muchacha y el rival. Se enfadó, y en la primera ocasión que tuvo interpeló a su enamorada respecto a aquella circunstancia sospechosa.

07 MdeAssis—¡Confiesa! —decía él.

—¡Oh! ¡Dios mío! —exclamó la muchacha— ¿Tú desconfías de todo? Lo miré, sí, es verdad, pero lo miré por tu causa.

—¿Por mi causa? —preguntó Ernesto con un frío tono de ironía.

—Sí, le examinaba la corbata, que es muy bonita, para darte una a ti el día de Año Nuevo. Ahora que me has obligado a descubrir todo, a ver si me sugieres otro regalo, porque ese ya no sirve.

Ernesto cayó en cuenta; recordó que efectivamente había en aquella mirada de la joven una cierta intención dadival, si me permiten este adjetivo obsoleto; toda su cólera se transformó en una sonrisa amable y contrita, y el enojo se desvaneció.

Días después, era un domingo, estando él y ella en la sala, y un hijo de Vieira en la ventana, fueron los dos enamorados interrumpidos por el pequeño que bajaba, gritando:

—¡Ahí viene él! ¡Ahí viene él!

—¿Él, quién? —dijo Ernesto sintiendo que se le resquebrajaba el corazón.

Fue a la ventana: era el rival.

Apareció a tiempo la tía de Rosina; una tempestad inminente ya se cernía en el rostro enrojecido de Ernesto.

Poco después entró en la sala el joven de la nariz larga, que, al ver a Ernesto, pareció sonreír maliciosamente. Ernesto se tensó. Sus miradas, si fueran puñales, hubieran cometido dos asesinatos en aquel instante. Se contuvo sin embargo, para poder observarlos mejor a los dos. Rosina no parecía prestar al otro ninguna atención de carácter especial; lo trataba apenas con cortesía. Esto aquietó un poco el ánimo agitado de Ernesto, que al cabo de una hora había sido restituido a su habitual bonhomía.

No advirtió sin embargo las miradas desconfiadas que el joven de la nariz larga le lanzaba de vez en cuando. La sonrisa maliciosa había desaparecido de los labios del contable. La sospecha le entró en el alma al ver la manera indiferente, o casi, con que lo trataba Rosina, aún cuando trataba de igual modo al otro pretendiente.

—¿Será seriamente un rival? —pensaba el joven de la nariz larga.

En la primera ocasión en que pudo intercambiar dos palabras con la enamorada, sin testigos, lo que fue sólo al día siguiente, manifestó la desconfianza que le oscureciera el espíritu hasta entonces tan color-de-rosa. Rosina soltó una carcajada, —una de esas carcajadas que llevan la convicción al fondo del alma— de tal modo que el joven de la nariz larga juzgó que sería más digno no insistir en la absurda sospecha.

—Ya te lo dije: él bien quisiera que yo lo aceptara, pero pierde el tiempo: yo tengo un solo rostro y un corazón.

—¡Ah! ¡Rosina, tú eres un ángel!

—¡Quién lo fuera!

—Un ángel, sí —insistió el joven de la nariz larga—, y creo que en breve podré decirte “esposa”.

Los ojos de la muchacha brillaron de alegría.

—Sí —continuó el enamorado—. Dentro de dos meses estaremos casados...

—¡Ah!

—Siempre que...

Rosina palideció.

—¿Siempre que..? —repitió ella.

—Siempre que el señor Vieira lo apruebe...

—¿Y por qué no? —dijo la muchacha aliviándose del susto que había experimentado—. Él desea mi felicidad; y el matrimonio contigo sería mi mayor felicidad. Aun si él se opusiera a los impulsos de mi corazón, basta que yo lo quiera para que nuestros deseos se realicen. Pero tranquilízate; mi tío no pondrá ningún obstáculo.

El joven de la nariz larga continuó aún mirando a la muchacha algunos minutos sin decir palabra; admiraba dos cosas: la fortaleza del alma de Rosina y el amor que ella le prodigaba. Quien rompió el silencio fue ella.

—¿Pero entonces, dentro de dos meses?

—A menos que la suerte me fuera adversa.

—¿Y podrá serlo?

—¿Quién sabe? —respondió el joven de la nariz larga con un suspiro de duda.

Luego de esta perspectiva de felicidad, el platillo de la balanza en el que se pesaban las esperanzas de Ernesto comenzó a subir un poco. Él notó que Rosina efectivamente parecía ir espaciando las cartas, y en las pocas que aún recibía de ella, la pasión era menos intensa; las frases estudiadas, escuetas y frías. Cuando estaban juntos había menos intimidad y franqueza; la presencia de él parecía inhibirla. Ernesto empezó seriamente a creer que la batalla estaba perdida.

Infelizmente la táctica de este enamorado consistía en preguntar a la propia muchacha si sus sospechas eran fundadas, a lo que ella respondía vivamente que no, y esto bastaba para restituirle la paz a su espíritu. No era largo ni profundo el sosiego; el laconismo epistolar de Rosina, la frialdad de sus modales, la presencia del otro, todo eso ensombrecía singularmente el ánimo de Ernesto. Pero tan aprisa caía en el abismo de la desesperación, como ascendía a las regiones de la celestial buenaventura, mostrando así lo que la naturaleza quería que él fuera, un alma inconsistente y pasiva, llevada como una hoja seca a merced de todos los vientos.

Entretanto, era difícil que la verdad no se le metiera por los ojos. Un día notó que además de la sospechosa afectuosidad de Rosina, había por parte del tío ciertas atenciones características para con su rival. No se engañaba; aún cuando el nuevo pretendiente todavía no había pedido formalmente la mano de la muchacha, era casi un hecho para el señor Vieira que en él se preparaba un nuevo sobrino, y siendo éste un hombre vinculado al comercio, no podía haber, en opinión del tío, una más feliz elección.

Desisto de describir los desesperos, los terrores, los ruegos de Ernesto el día en que la certeza de la derrota más profunda y contundente se le clavó en el corazón. Ya entonces no le bastó la negación de Rosina, que además le pareció inconsistente, y efectivamente lo era. El triste muchacho llegó a desconfiar que la amada y el rival se habían puesto de acuerdo para burlarse de él.

Como por regla general, y de nuestra miserable condición en la que el amor propio domina al simple amor, apenas aquella sospecha le pareció probable, se apoderó de él una feroz indignación, y dudo que ningún quinto acto de melodrama ostente mayor cuota de sangre derramada que la vertida por él en su fantasía. En la fantasía, apenas, compasiva lectora, no sólo porque él era incapaz de hacer mal a un semejante, sino sobre todo porque le repugnaba a su naturaleza llegar a cualquier resolución. Por ese motivo, después de mucho y largo meditar, confió todos sus pesares y sospechas a su compañero de residencia y le pidió un consejo. Jorge le dio dos.

—Mi opinión —dijo Jorge—, es que te olvides de ella y vayas a trabajar, que es cosa más seria.

—¡Nunca!

—¿Nunca trabajar?

—No; nunca olvidarla.

—Bien —dijo Jorge desabrochando la bota del pie izquierdo—. En ese caso ve a enfrentar a ese sujeto de quien desconfías y entiéndete con él.

—¡Acepto! —exclamó Ernesto—. Es lo mejor. Pero —continuó él después de reflexionar un instante—, y si él no fuera mi rival, ¿qué he de hacer? ¿Cómo descubrir si hay otro?

—En ese caso —dijo Jorge extendiéndose filosóficamente en el sofá—, en ese caso mi consejo es que tú, él y ella, se vayan todos juntos al infierno y que el diablo los cargue.

Ernesto cerró los oídos a la blasfemia, se vistió y salió.

V

Apenas salió a la calle, se encaminó Ernesto hacia la casa de comercio donde trabajaba el joven de la nariz larga, resuelto a pedirle explicaciones de una vez. Dudó un poco, es verdad, y estuvo a punto de echarse atrás; pero la crisis era tan violenta que se impuso a la laxitud de su ánimo, y veinte minutos después llegaba él a su destino. No entró en la oficina del rival; se puso a pasear de un lado a otro, esperando a que él saliera, lo que sucedió a los tres cuartos de hora; tres molestos y mortales cuartos de hora.

Ernesto se aproximó casualmente al rival; se saludaron con una sonrisa tímida y amarillenta, y se quedaron algunos segundos mirando para otro lado. Ya el contable iba quitándose el sombrero y despidiéndose, cuando Ernesto le preguntó:

08 MdeAssis—¿Irá hoy a la calle del Conde?

—Tal vez.

—¿A qué hora?

—No lo sé todavía. ¿Por qué?

—Podríamos ir juntos. Yo voy a las ocho.

El joven de la nariz larga no respondió.

—¿Para qué lado irá ahora? —preguntó Ernesto después de un silencio.

—Voy al Paseo Público, siempre y cuando usted no vaya allá —respondió resueltamente el rival.

Ernesto palideció.

—¿Quiere entonces huir de mí?

—Sí, señor.

—Pues yo no; hasta deseo que haya una franca conversación entre nosotros. Espere..., no me dé la espalda. Sepa que yo también soy osado, y menos todavía de palabras que de actos. Vamos, deme su brazo y caminemos hasta el Paseo Público.

El joven de la nariz larga sintió el impulso de enfrentarse con el rival y medirle las fuerzas; pero estaban en una calle comercial; todo su futuro volaría por los aires. Prefirió darle la espalda y seguir su camino. Ejecutaba ya ese plan, cuando Ernesto le gritó:

—¡Venga acá, enamorado infeliz!

El pobre muchacho se dio vuelta rápidamente.

—¿Qué dijo el señor? —preguntó.

—Enamorado infeliz —repitió Ernesto clavando los ojos en el rostro del rival para ver si le descubría una confesión cualquiera.

—Es extraordinario —replicó el joven de la nariz larga—, es extraordinario que usted me tilde de enamorado infeliz, cuando nadie ignora el triste papel que ha hecho tratando de obtener los favores de una muchacha que es mía...

—¡Suya!

—¡Mía!

—Nuestra, diría yo...

—¡Señor!

El joven de la nariz larga preparó un puñetazo; la seguridad y tranquilidad con que Ernesto lo miraba lo hicieron cambiar de idea. ¿Estaría diciendo la verdad? Esa muchacha, que tanto amor le juraba, con quien pensaba casarse dentro de poco tiempo, pero de quien alguna vez desconfiara, ¿habría dado efectivamente a aquel hombre el derecho de llamarla “suya”? Esta simple pregunta perturbó el espíritu del muchacho que estuvo cerca de dos minutos mirando en silencio a Ernesto, mientras éste lo miraba en silencio a él.

—Lo que usted acaba de decir es muy grave; exijo una explicación.

—Le exijo una explicación yo a usted —respondió Ernesto.

—Vamos al Paseo Público.

Siguieron camino, al principio silenciosos, no sólo porque la situación los intimidaba naturalmente, sino también porque cada uno de ellos temía escuchar una cruel revelación. La conversación empezó con monosílabos y frases truncadas, pero poco a poco fue haciéndose natural y correcta. Todo lo que los lectores saben de uno y del otro fue expuesto allí por ambos, y por ambos oído entre abatimiento y cólera.

—Si todo cuanto usted dice es verdad —observó el joven de la nariz larga mientras bajaba por la calle de las Marrecasburbujita—, la conclusión es que fuimos engañados...

—Vilmente engañados —corrigió Ernesto.

—Por mi parte —dijo el primero—, recibo con esto un gran golpe porque yo la amaba mucho, y pretendía hacerla mi esposa, lo que sucedería en breve. Mi buena fortuna hizo que usted me avisara a tiempo...

—Tal vez me critiquen este paso que he dado, pero el resultado que vamos a lograr lo justifica todo. No por eso crea que padezco menos..., ¡yo amaba locamente a esa muchacha!

Ernesto profirió estas palabras tan de adentro, que resonaron en el corazón del rival, y ambos quedaron callados por algún rato, devorando para sí mismos el dolor de la humillación. Ernesto rompió el silencio, soltando un amarguísimo suspiro, en el momento en que entraban al Paseo. Sólo el guardia pudo oírlo; el joven de la nariz larga iba dándole vueltas en su alma a una duda.

—¿Debo yo condenar con tanta ligereza a esa muchacha? —se preguntaba a sí mismo— ¿Y no será este sujeto un pretendiente vencido que, por semejante medio quiere obtener ni favor?

El rostro de Ernesto no parecía dar razón a las conjeturas del rival, no obstante, como el asunto era grave y lo sensato era no ir por las apariencias, el joven de la nariz larga abrió de nuevo el capítulo de las revelaciones, en lo que fue acompañado por el rival. Todas ellas iban concordando entre sí; los incidentes y los gestos que uno recordaba, tenían eco en la memoria del otro. Lo que sin embargo decidió todo fue la presentación de una carta que cada uno de ellos tenía casualmente en el bolsillo. El texto de ambas mostraba que eran recientes; la expresión de ternura no era la misma en las dos epístolas, porque Rosina, como sabemos, había enfriando el tono con relación a Ernesto; pero era bastante para dar al joven de la nariz larga el golpe de gracia.

—Despreciémosla —dijo éste, cuando terminó de leer la carta del rival.

—¿Sólo eso? —preguntó Ernesto—. ¿El simple desprecio será suficiente?

—¿Qué venganza tomaríamos de ella? —objetó el joven de la nariz larga—. Aún si alguna venganza fuera posible, no sería digna de nosotros...

Se quedó callado, pero tocado por una súbita idea exclamó:

—¡Ah! ¡Se me ocurre un medio!

—¿Cuál?

—Mandémosle un carta de rompimiento, pero una carta del mismo tenor.

La idea le sonrió enseguida al espíritu de Ernesto, que parecía todavía más humillado que el otro, y fueron desde allí a redactar la carta fatal.

Al día siguiente, enseguida del almuerzo, estaba Rosina en casa muy tranquila, lejos de esperar el golpe, y hasta forjando planes de futuro, que apuntaban todos al joven de la nariz larga, cuando el negrito se le apareció con dos cartas.

Amita Rosina —dijo él—, esta carta es de señó Ernesto; y esta...

—¿Cómo es eso? —dijo la muchacha—. Los dos...

—No —explicó el negrito—. Uno estaba en la esquina de arriba, otro en la esquina de abajo.

Y haciendo tañer en el bolsillo algunos cobres que los dos rivales le habían dado, el negrito dejó a la siñorita leer a su gusto las dos misivas. La primera que abrió fue la de Ernesto. Decía así:

«¡Señora! Hoy que tengo certeza de su perfidia, certeza que ya nada puede arrancar de mi alma, me tomo la libertad de decirle que está libre y yo rehabilitado. ¡Basta de humillaciones! Pude darle crédito en tanto le fue posible engañarme. Ahora... ¡Adiós para siempre!»

Rosina alzó los hombros al leer esta carta. Abrió rápidamente la del joven de la nariz larga, y leyó:

«¡Señora!: Hoy que tengo certeza de su perfidia, certeza de que ya nada puede...»

De aquí en adelante fue creciendo su sorpresa. Ambos se despedían; ambos con las mismas palabras. Ciertamente habían descubierto todo entre los dos. No había medio de reparar nada; ¡todo estaba perdido!

Rosina no acostumbraba a llorar. Se refregaba a veces los ojos, para enrojecerlos, cuando había necesidad de mostrar a algún enamorado que sufría por algo. Esta vez, sin embargo, lloró de verdad; no de amargura, sino de rabia. Triunfaban ambos rivales; ambos se escapaban y le asestaban de común acuerdo el último golpe. No podía soportarlo; le entró en el alma la desesperación. Por desgracia, no había en el horizonte ni la más tenue vela. El primo a quien aludimos en uno de los anteriores capítulos, andaba con ideas respecto a otra muchacha, e ideas ya conyugales. Ella misma había descuidado su sistema durante los últimos treinta, días dejando sin respuesta algunas miradas interrogadoras. Estaba pues abandonada de Dios y de los hombres.

No; aún le quedaba un recurso.

VI

Un mes después de aquel fatal desastre, estando Ernesto en casa conversando con el compañero y otros dos amigos, uno de los cuales era el joven de la nariz larga, oyó de pronto un batir de palmas. Fue a la escalera; era el negrito de la calle Nueva del Conde.

—¿Qué es lo quieres? —dijo él con aire severo, sospechando que el negrito venía a pedirle dinero.

—Vengo a traer esto —dijo el negrito en voz baja.

Y sacó del bolsillo una carta que entregó a Ernesto.

La primera idea de Ernesto fue rechazar la carta y arrojar al negrito a puntapiés escalera abajo; pero el corazón le dijo algo, como él mismo confesó. Extendió la mano, recibió la carta, la abrió y leyó.

Decía así:

«Una vez más me inclino ante tus injusticias. Estoy cansada de llorar. No puedo vivir más bajo la opresión de una calumnia. ¡Ven, o yo muero!»

Ernesto se restregó los ojos; no podía creer lo que acababa de leer. ¿Sería un nuevo ardid, o una expresión sincera? Ardid podía ser; pero Ernesto observó con atención, y creyó ver el rastro de una lágrima. Evidentemente la muchacha lloraba. Y si lloraba era porque sufría; y en ese caso...

En éstas y otras reflexiones perdió Ernesto cerca de ocho a diez minutos. No sabía qué hacer. Acudir al llamado de Rosina era olvidar la infidelidad que ella había mostrado amando a otro en cuyas manos viera hasta una carta suya. Pero no ir, podría significar contribuir a la muerte de una criatura que, aun cuando no fuera amada por él, merecía sus sentimientos de humanidad.

—Dile que iré después —dijo al fin Ernesto.

Cuando regresó a la sala traía el rostro demudado. Los amigos advirtieron el cambio e intentaron descubrir la causa.

—Algún acreedor —decía uno.

—No le trajeron dinero —agregaba otro.

—Otra vez enamorado—opinaba el compañero de habitación.

—Es todo eso, tal vez —respondió Ernesto con un tono que quería ser alegre.

En la tarde se preparó Ernesto y se dirigió a la calle Nueva del Conde. Diez o doce veces se detuvo resuelto a regresar; pero un minuto de reflexión le quitaba los escrúpulos y el muchacho proseguía su camino.

—Hay misterio en todo esto —se decía a si mismo releyendo la carta de Rosina—. Es cierto que él me lo reveló todo, y hasta me leyó cartas; sobre eso no hay dudas. Rosina es culpable; me engañó; enamoraba a otro, diciéndome que sólo me amaba a mí. ¿Pero por qué esta carta? Si ella amaba al otro, ¿por qué no le escribe? Investiguemos todo esto.

La última vacilación del digno muchacho fue al entrar en la calle Nueva del Conde; su espíritu dudó esa vez más que nunca. Diez minutos perdió en pasitos, ahora hacia atrás, ahora hacia adelante, sin decidirse por nada definitivo. Finalmente rindió su corazón y siguió resueltamente la senda que el destino parecía indicarle.

Cuando llegó a la casa de Vieira, estaba Rosina en la sala con la tía. La muchacha hizo un gesto de alegría; pero, mientras Ernesto le examinaba las facciones, la alegría no era tal que pudiera disimularle los surcos de las lágrimas. Lo que es cierto es que un velo de melancolía parecía envolver los ojos traviesos de la hermosa Rosina. Que ya no eran traviesos; estaban desmayados o muertos.

—¡Oh! ¡Ahí está la inocencia! —dijo Ernesto para sí mismo.

Al mismo tiempo, avergonzado por esta opinión tan benevolente, y recordando las revelaciones del joven de la nariz larga, Ernesto asumió una actitud severa y grave, menos de enamorado que de juez, menos de juez que de verdugo.

Rosina clavó los ojos en el suelo.

La tía de la muchacha le preguntó a Ernesto por la causa de su ausencia tan prolongada. Ernesto alegó mucho de trabajo y algunos achaques, las primeras disculpas que se le ocurren a todos los que no tienen disculpa. Intercambiadas algunas palabras más, salió la tía de la sala para ir a dar algunas órdenes, habiéndole ya ordenado disimuladamente a Juquinhaburbujita que se quedara en la sala. Junquinha sin embargo se trepó a una silla y se puso a mirar por la ventana; los dos tuvieron tiempo para las explicaciones.

La situación era confusa; pero no se podía perder tiempo. Bien lo comprendió Rosina, que profirió estas palabras:

—¿No tienes remordimientos?

—¿De qué? —preguntó Ernesto espantado.

—De lo que me has hecho.

—¿Yo?

—Sí, abandonándome sin una explicación. Adivino yo cuál es la causa, alguna nueva sospecha, o más bien alguna calumnia...

—Ni calumnia, ni sospecha —dijo Ernesto después de un momento de silencio—. Sólo la verdad.

Rosina sofocó un grito; sus labios pálidos y trémulos quisieron murmurar algo, pero no pudieron; de sus ojos brotaron dos grandes lágrimas. Ernesto no podía verla llorar; por más lleno de razones que estuviera, al ver sus lágrimas, se inclinó enseguida y le pidió perdón. Esta vez sin embargo era imposible que tan rápidamente volviera a su antiguo estado. Las revelaciones del rival estaban todavía frescas en su memoria.

Se inclinó entre tanto hacia la muchacha y le pidió que no llorara.

—¡Que no llore! —dijo ella con voz lastimosa—. Me pides que no llore cuando veo a la felicidad escaparse de mis manos, sin al menos ser merecedora de tu estima, porque tú me desprecias; sin siquiera decirme cuál es esa calumnia para desmentirla o desenmascararla...

—¿Eres capaz de eso? —preguntó Ernesto enardecido— ¿Eres capaz de rebatir esa calumnia?

—Lo soy —dijo ella con un magnífico gesto de dignidad.

Ernesto expuso en resumen la charla que tuviera con el joven de la nariz larga, y concluyó diciéndole que había visto una carta de ella. Rosina escuchó en silencio la narración: tenía el pecho agitado; se sentía la conmoción que la dominaba. Cuando él terminó, soltó un torrente de lágrimas.

—¡Dios mío! —dijo en voz baja Ernesto—. Pueden oírte.

—No me importa —exclamó la muchacha—, estoy dispuesta a todo...

—Dime, ¿puedes negar lo que acabo de contarte?

—Todo, no; algunas cosas son verdad —respondió ella con voz triste.

—¡Ah!

—La promesa de casamiento es mentira; no hubo más que dos cartas, apenas dos, y eso..., por tu culpa...

—¡Por mi culpa! —exclamó Ernesto tan asombrado como si acabara de ver dos candelabros bailando.

—Sí —repitió ella—, por tu culpa. ¿No recuerdas? Te habías enojado una vez conmigo, y yo..., fue una locura..., para meterte celos, para vengarme... ¡Qué locura!... Correspondí al cortejo de aquel individuo sin educación... Fue demencia mía, bien que lo veo... ¿Pero qué quieres? Yo estaba despechada...

El alma de Ernesto quedó fuertemente conmovida con esta exposición que la muchacha le hacía de los acontecimientos. Era claro para él que Rosina negaría todo si su proceder hubiera tenido alguna mala intención; la carta, diría que era una imitación de su letra. Pero no: ella lo confesaba todo con la más noble y ruda sinceridad de este mundo; sólo que —y en esto estaba la clave de la situación—, la muchacha explicaba que había cedido al impulso del despecho, mostrando así, si podemos comparar el corazón con un pastel, bajo una envoltura de liviandad, la crema y nata del amor.

Transcurrieron algunos segundos de silencio, en los que la muchacha tenía los ojos fijos en el suelo, en la más triste y melancólica actitud que jamás tuvo una doncella arrepentida.

—¿Pero, no imaginaste que ese acto de locura podía causar mi muerte? —dijo Ernesto.

Rosina se estremeció al escuchar estas palabras que Ernesto le dijo con la voz más dulce de los antiguos días; alzó los ojos hacia él y volvió a posarlos en el suelo.

—Si hubiera reflexionado sobre eso —observó ella— no habría hecho nada de lo que hice.

—Tiene razón —pensaba Ernesto, pero llevado por un mal espíritu de venganza, entendió que la imprudencia de la muchacha debía ser castigada con unos minutos más de duda y recriminación.

La muchacha escuchó aún muchas cosas que le dijo Ernesto, y a todas respondió de forma tan contrita y con palabras tan colmadas de amargura, que nuestro enamorado sentía que le estallarían los ojos en lágrimas. Los de Rosina estaban ya más tranquilos, y la limpidez comenzaba a tomar el lugar de las sombras melancólicas. La situación era casi la misma de algunas semanas antes; faltaba sólo consolidarla con el tiempo. Entonces, Rosina dijo:

—No pienses que te pido más de lo que merezco. Mi actitud algún castigo ha de tener, y yo estoy perfectamente resignada a ello. Te pedí que vinieras aquí con el fin de que me explicaras tu silencio; por mi parte, ya te expliqué mi desvarío. No puedo pretender nada más...

—¿No puedes?

—No. Mi fin era poder merecer tu estima.

—¿Y por qué no mi amor? —preguntó Ernesto—. ¿Te parece que el corazón puede apagarse de repente, y por simple fuerza de la voluntad, la llama que lo avivó por largos días?

—¡Ah! ¡Eso es imposible! —respondió la muchacha—. Y por mi parte sé lo que voy a padecer...

—Además —dijo Ernesto—, el culpable de todo he sido yo; francamente lo confieso. Ambos tenemos que perdonarnos el uno al otro; te perdono tu ligereza. ¿Me perdonas el fatal enojo?

Rosina, a menos que tuviera un corazón de bronce, no podía dejar de conceder el perdón que su enamorado le pedía. Fue recíproca la generosidad. Como en el regreso del hijo pródigo, las dos almas festejaron aquel renacer de la felicidad, y se amaron con más fuerza que nunca.

Exactamente tres meses después se celebró en la iglesia de Santa Ana, que estaba entonces en el Campo de la Aclamación, la unión de los dos enamorados. La novia estaba radiante de ventura; el novio parecía respirar los aires del paraíso celestial. El tío de Rosina dio una fiesta a la que asistieron los amigos de Ernesto, excepto el joven de la nariz larga.

No quiere decir esto que la amistad entre los dos se hubiera enfriado. Por el contrario, el rival de Ernesto reveló cierta magnanimidad, estrechando aún más los lazos que los ligaban desde la singular circunstancia que los aproximó. Hubo más: dos años después del casamiento de Ernesto, vemos a los dos asociados en una pequeña tienda de cosméticos, reinando entre ambos la más serena intimidad. El joven de la nariz larga es padrino de un hijo de Ernesto.

—¿Por qué no te casas? —le pregunta a veces Ernesto a su socio, amigo y compadre.

—¡Ni loco!, amigo mío —responde el otro—. Yo muero soltero.

 

Katherine MansfieldJoaquim Machado de Assis
Río de Janeiro, Brasil (1839-1908)
Escritor, poeta, periodista, dramaturgo y crítico literario. Nieto de esclavos, nació en un imperio y murió en una república, siendo el máximo exponente de la literatura brasileña y uno de los más notables de América.
Ernesto de Tal” se publicó por primera vez en el periódico Jornal das familias
 en 1871, y posteriormente fue incluido en "Historias de medianoche("Histórias da Meía-Noite", Río de Janeiro, 1863). Cabe especular con que no es casul que la historia, que se desarrolla en 1850 (cuando Machadinho era niño) y omite deliberadamente los nombres de sus protagonistas, recree de cierta forma algún hecho que lo asombró en su infancia y, acaso, lo llevó a decubrir la manipulación y el engaño que se manifiesta tan comunmente en las relaciones humanas.
Le invitamos a dejar su comentario respecto a este cuento. Nos interesa su opinión y enriquecernos a través del intercambio. Gracias por leer Cuentos en Red.

Etiquetas: Drama, Clásico, Psicológico, Machado de Assis

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