Entre animales

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No tuvo tiempo de reaccionar. El primer ataque lo tomó por sorpresa. Sus miembros inferiores no se movieron con la velocidad necesaria para contrarrestar el desequilibrio que le ocasionó el empujón que le propiné, por lo que cayó violentamente sobre la acera.

Ni siquiera pudo verme la cara, pues cuando levantaba la cabeza le asesté un fuerte golpe sobre una oreja, que hizo que se desplomara de nuevo.

Un minuto después el hombre yacía sobre la calzada, alumbrada escasamente por la luz que emanaba de un poste del alumbrado público. Pensé que ya estaba muerto. La inmovilidad del cuerpo, el anormal desplazamiento de la mandíbula inferior con respecto al resto de la cara y el inexplicable ángulo que su brazo izquierdo formaba al unirse con el hombro, dejaba muy pocas dudas sobre ello. Sin embargo, apliqué dos nuevas patadas a su cabeza y una a su costado para cerciorarme de que el individuo jamás volviera a respirar.

La oscuridad de la noche cubrió mi huida. Debía llegar pronto a buen resguardo; esfumarme antes de que descubrieran el cadáver y comenzara la búsqueda del asesino. Inconscientemente evité ir a casa por la posibilidad, aunque lejana, de que fueran a buscarme allí; además, ya nadie me esperaba.

El cansancio se apoderó de mí. Sentí que las fuerzas me abandonaban. El nuevo día asomaba en el horizonte.

Nabucodonosor - Wlliam Blake (1795)

Acabo de despertar. Han transcurrido muchas horas desde que llegué a este refugio, pues las sombras de la noche ya comienzan a mostrarse. Tengo sed y hambre y la enorme rabia que aún me acompaña, que no desaparece. Giro la cabeza a ambos lados y constato mi soledad. Me invade una tristeza infinita.

De nuevo las perversas imágenes se suceden ante mí a un ritmo endemoniado: el hombre alzando con sus manos los ensangrentados y aún calientes despojos de mis pequeños descendientes, el cuerpo apaleado de mi compañera exhalando un último suspiro de impotencia, mi enfrentamiento con aquel degenerado… su cara de terror al percatarse de mi presencia, las heridas que le causé mientras llamaba a gritos a sus amigotes para que lo socorrieran, la llegada de éstos a tiempo de salvarle la vida y mi apresurada carrera para evitar ser víctima de quienes me agredieron con palos y piedras.

No logro entenderlo. La degradación del ser humano lo está llevando a cometer actos cada vez más alejados de la razón. El asesinato se realiza no solo con una frecuencia alarmante, sino también con una impresionante frialdad y con un desprecio por la vida que realmente asusta. Entre los animales, el humano es el único que agrede y mata a sus congéneres simplemente por placer; o por el hecho de que alguien con más poder, asistido o no por la razón, se lo ordena; o porque le viene en ganas robarle al vecino algún bien material; o porque no está de acuerdo con sus principios religiosos o políticos; o porque lo miró mal; o porque…

No existe la menor duda de que la destrucción de la especie tendrá su origen en acciones emprendidas y ejecutadas por sus propios integrantes. ¡Qué barbarie!

Lo que lamento es que ahora soy uno de ellos; al menos parcialmente. Desde que ataqué al individuo que asesinó a mi familia y probé su sangre envenenada por el odio, he cambiado. Los bípedos “pensantes” cuentan entre sus mitos la maldición que recae sobre algunos de sus miembros, que consiste en transformarse temporalmente en lobo bajo la influencia de la luna llena, para cometer todo tipo de tropelías y asesinar a sus semejantes. Me pregunto si la licantropía, como llaman a esa conversión, no será otro artificio para encubrir innumerables y aberrantes crímenes que han sido cometidos por ellos mismos a través de la historia.

Siendo un animal no puedo más que seguir mi instinto; sin embargo al caer la noche, cuando la luna brilla enorme y redonda en el cielo, pierdo todo contacto con la realidad y me sumerjo en un mundo alucinante en el que me veo y me siento como un humano. No he desaprovechado del todo la desgracia que me ha tocado en suerte, porque me ha servido para rastrear y ubicar a los asesinos de mi familia sin despertar sospechas y para conocer las costumbres de esos pobres seres cuyo egoísmo les cercena cualquier posibilidad de convivir en forma pacífica.

La belleza dormida del lobo - Leon Blakst (1921)¡Sí! Ahora que tengo mucho de su naturaleza, pero nada por qué vivir, me he permitido actuar como ellos. Hoy realicé mi primera venganza, pues eliminé al peor de todos; al engendro que sin asomo de misericordia mató a los míos. También tengo ubicados a sus cómplices. Voy a acabar con todos. Solo debo esperar que se haga de noche y que me invadan esos miserables sentimientos, indispensables para cometer las atrocidades que únicamente los humanos son capaces de realizar. Después, es posible que me eche a morir, o quizá continúe eliminando escoria hasta que tenga la fortuna de ser atrapado y asesinado para escapar de este mundo absurdo.

No dudo que la mayor parte de esos seres “inteligentes” actúen siguiendo principios y normas justas; pero con toda seguridad también serán arrastrados por la envidia y el egoísmo, o por las ansias de poder de aquéllos que se dicen sus líderes, quienes no tendrán piedad de ellos.

Fue gratificante el haber nacido lobo y el haber vivido como lobo hasta hace poco.

Ya la luna está asomando, empiezo a sentir convulsiones en mi cuerpo; pronto mis garras delanteras se transformarán en manos, mis patas traseras en piernas y pies, y mi cara en una hipócrita careta con la cual estaré a la par de aquéllos que seguirán conduciendo a la humanidad hacia un ocaso prematuro.

Luís Gutiérrez G.

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Etiquetas: Luis, Drama, Terror

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