Una carta..., ¿dos amores?

DramaHumor

Una carta... ¿dos amores?Amada esposa mía:

Muchos días han pasado desde que escapaste de casa huyendo de mi fanatismo; de mi incontrolable obsesión por el fútbol.

Sé que en nuestra última conversación telefónica, semanas atrás, mis palabras te hirieron; especialmente porque te juré que no quería verte más, ni siquiera en fotografía, cuando me presionaste para que escogiera entre el deporte de las patadas y tú.

¿Cómo puede un ser humano sobreponer un placer, por demás fugaz, al amor a tiempo completo de su esposa y compañera? La misma pregunta me la hago yo a cada instante, sin poder encontrar una respuesta convincente. Sin embargo, es de humanos errar y de hombres rectificar. Yo sé cuando la razón no está de mi lado.

Te confieso que eres la cosa más importante de mi vida. Lo que siento por ti es incomparable, inmenso; ya no me queda la menor duda de ello. Es tan grande... que anoche lo hice: saturado de alcohol, gracias a Dios de buena calidad esta vez, y acompañado de esa tos que alimento a diario con humo y nicotina, rompí mi juramento.

La tarde había empezado de lo mejor. Estaba solo, con mi camiseta a rayas verticales y mi calzón corto, recostado en el sofá que tantas veces compartimos, esperando el comienzo del partido que daba por concluida la temporada. ¡El partido decisivo! ¡Qué emoción sentía!

Estoy convencido de que si el juego se hubiese realizado aquí, en nuestra ciudad, yo hubiera comprado entradas para la tribuna especial; para esas sillas que casi están sobre el terreno, donde ves a los jugadores cerquita... y te hubiera invitado. Bueno; seguro que no me hubieses acompañado, ¡con lo que tú odias el fútbol!

No sé qué me pasó desde que comenzó el partido. Te puedo jurar que con cada trago que sorbía, con cada cigarrillo que consumía y, mas aún, con cada mala jugada que hacían los mediocres jugadores de mi, hasta ayer adorado equipo, tu imagen se iba confundiendo con las de la tele. A medida que pasaban los minutos, a medida que peor jugaban esos ineptos, tu presencia era más evidente: veía tus ojos, veía tu cara, tus cabellos, tus senos… ¡Sí! cuando veía tus senos, escuché otra vez: ¡Gooooool!

Era el tercer tanto que recibíamos sin que nosotros hubiésemos podido anotar ni siquiera uno. Sentí que me faltaba el aire, que las manos me temblaban... te sentía tan cerca.

Cuando finalizó el primer tiempo decidí servirme otro trago, prender otro cigarrillo y cerrar los ojos para intentar ordenar mis ideas. ¿Podría el técnico enjabonar a esos inútiles y hacerlos reaccionar?

No fue así; el complementario fue peor. La superioridad del equipo contrario era abrumadora. Cuando nos anotaron el quinto tanto estuve a punto de apagar el bendito aparato, pero no pude; debía continuar aupando a mi equipo hasta el final, tú me conoces: ¡Fiel hasta la muerte! Pero sin quererlo, como por arte de magia y aunque no puedas creerlo, mi atención se desviaba cada vez más hacia tu imagen que se contoneaba, danzaba, se movía y hasta llegó a sentarse a mi lado. ¡Qué real era tu presencia!

Los minutos finales fueron un calvario. Por más que intentaba concentrarme en el partido, los ojos se me escapaban hacia tu aparición, que era ya casi palpable. La necesidad de acercarme a ti y de tocarte opacó cualquier interés en el balón, que por lo demás siempre estaba en los botines de los jugadores contrarios.

Tras otro trago y otro cigarrillo la inquietud y el deseo se apoderaron de mí por completo. La urgencia de abrazarte y besarte se hizo insoportable. Jamás había pensado (y creo que tú tampoco) que me hicieras tanta falta mientras miraba el fútbol. Anhelaba tocarte, sentirte, llorar sobre tu hombro... llorar. Pero cuando quise agarrarte, ¡Zas! te esfumaste. Sólo quedó tu risa. ¿Te estabas burlando de mí?

No soporté más. Imagínate que faltando algo menos de un minuto para terminar el partido (sin incluir el descuento), salí corriendo hacia la habitación y busqué tu retrato; el mismo que había escondido con rabia la última vez que perdió mi equipo, dos jornadas atrás, con la solemne promesa de no volver a tocarlo jamás. Te confieso que en mi frustración llegué a jurar que esa fotografía tuya que estaba frente a la tele, donde posas vestida de novia, era la que nos daba mala suerte. ¡Qué tonto! ¿Verdad?

Falté a mi juramento y estoy feliz por ello. Fue inevitable. Al verte en la foto, con esa sonrisa que me enloquece, perdí el control. Con toda mi pasión, esa que sólo tú conoces bien, te apreté contra mi pecho y luego, desesperado, te llené de besos. De hecho, estaba tan alterado que el porta retrato se me cayó al piso, y como no me di cuenta de que el vidrio se había quebrado y continué besándote después de recogerlo, me corté los labios. No te preocupes por mí, fueron sólo pequeñas heridas, aunque no te puedo negar que sangraron bastante.

Estoy arrepentido; no es juego (por cierto el de fútbol lo perdimos seis por cero). Esta vez, si no me equivoco la tercera, te prometo que no volverá a suceder. No caeré de nuevo en la tentación; me retiro de ese deporte que no me deja sino malos ratos y la tragedia de pedirte perdón, cosa que sabes bien que no me gusta. Pero también sabes que soy un hombre que reconoce sus errores y culpas, y que no evade las responsabilidades que ellas acarrean.

Debes recordar que en nuestros tres años de matrimonio hemos tenido momentos muy felices; es más, me atrevo a asegurar que cuando no es temporada somos la pareja más feliz del mundo. Lástima que la temporada sea tan larga... aunque a partir de este momento eso no tendrá la menor importancia.

Lo que ha pasado no debe dañar nuestra bonita relación.

Quiero pedirte que vuelvas; te aseguro que no te arrepentirás. Si lo deseas yo hablo con tus padres y les pido perdón a ellos también, estoy seguro de que al recibirte en su casa lo que intentan es protegerte. Si a tu papá le gustara el fútbol seguramente me comprendería, pero él es un tipo raro, pues no le gusta ningún deporte, no es aficionado a nada y, para rematar, sé que no soy santo de su devoción.

Te mando esta carta con tu hermano, con quien conversé esta mañana y me expresó su solidaridad. Él me entiende porque es tan fanático como yo, aunque estoy al tanto de que no tiene mucho peso en tu casa porque es un “bueno para nada”, como tú sueles decir. Por cierto me convidó a jugar un partido el domingo, con sus amigos.

Acudo a esta vía porque no me atiendes el teléfono ni quieres recibirme. Te ruego que me des una nueva oportunidad. Sé que me quieres y que me necesitas tanto como yo a ti.

Besos.
Tu esposo.

P.D. Si te decides a venir no lo hagas el domingo en la mañana, pues iré a jugar al fútbol con tu hermano. Te juro que voy a ir, sólo para agradecerle el favor que me hace.

* * * * * * *

Si bien tío Agapito le hizo entrega de esta carta a mi madre, en cuyo vientre yo me encontraba para el momento de la separación, hace ya algo más de catorce años; estoy casi convencido de que no la leyó y, si lo hizo, me consta que no accedió a la petición de mi padre.

Hasta el día de hoy no he podido conocer a mi papá. Lo único que supe por boca de mi tío, quien se enemistó con él al enterarse del comentario que sobre su persona hiciese en el escrito, es que el citado domingo pudo encajar un gol... pero lamentablemente lo hizo en la puerta de su propio equipo.

Luís Gutiérrez G.

Etiquetas: Luis, Humor, Drama

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3 comentarios en “Una carta..., ¿dos amores?”

  1. Viernes, 18 Junio 2021 12:28
    1. Me alegró muchísimo, por un momento me sacó de la tristeza dónde me hallaba. Gracias, Luis.
  2. Lunes, 11 Enero 2021 05:29

    Me pareció muy bueno. 

    1. Lunes, 11 Enero 2021 16:32

      Agradecido por tu comentario, Daniela. Recibe un saludo cordial. 

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