En la lista del Guacaó

DramaFantástico
En la lista de guacaó

GuacaóEn una mañana tranquila de sábado, mientras el resplandor del sol se recostaba de manera cordial sobre las hojas de los árboles del patio, y las sombras frescas que se formaban comenzaban a reunirse para poder charlar entre ellas, Evangelina Barros, la abuela de aquella casa, anunciaba preocupada que esa madrugada, cuando armaba el molino para moler el maíz, había escuchado el canto del “Guacaó”, un pájaro lleno de misticismo del que poco se conocía y al que los habitantes de aquel pueblo le habían otorgado el mal augurio de anunciar la visita de la muerte. Celso Herrera, quien permanecía sentado en un taburete que descansaba sobre uno de los postes de madera, que ayudaban a sostener una enramada de trinitarias, a duras penas movió la mano para que la larga página del diario que leía, le permitiera ver a su mujer caminando de un lado a otro con el afán de su presentimiento, pero no le prestó atención y siguió con su lectura en medio de una docena de perros de colores, que despiertos o dormidos, no lo dejaban solo ni para ir al baño y que todos, sin excepción, tenían sus hocicos apuntando hacia la puerta que daba a la sala para anticipar el olor de quien se atreviera a entrar sin la cortesía de anunciarse primero, mas se vieron sorprendidos en la falta de sus olfatos, cuando José Antonio, un sobrino de Evangelina, dio las horas y se materializó bajo la frondosa enredadera repleta de florecitas rosadas, sin que los perros pudieran hacer otra cosa que ladrar con un aullido temeroso que enseguida Celso Herrera mandó a callar.

José Antonio, visiblemente preocupado y más pálido de lo normal, acercó uno de los asientos que se mantenían en aquella estancia para las visitas y después de acomodarse, preguntó por su tía, que estaba por los lados del lavadero, restregando una ropa sucia de su marido y que salió secándose las manos con el delantal, feliz porque había escuchado la voz de su sobrino, pero al igual que Celso Herrera, la estremeció la presencia desencajada del hijo de su hermana, a quien ni siquiera saludó, ni le ofreció café por tener la zozobra urgente de saber qué le había pasado, entonces, José Antonio tomó una gran bocanada del aire que ya no le hacía falta y, mientras veía las hormigas que se movían por el piso de tierra, les dijo:

—Ay tía, me he sabido ganar el susto de mi vida.

Muerte y Vida - Gustav Klimt (c. 1916)

Les contó, que cuando venía de la vereda donde trabajaba su papá como administrador de una de las tantas fincas que hay por allá, un grupo de hombres encapuchados y armados, salieron a la carretera y detuvieron a todos los vehículos que transitaban a esa hora por ahí, obligando a todos los pasajeros a bajarse. Después, les pidieron sus identificaciones y con lista en mano, comenzaron a llamar a cada uno por su nombre o por su apodo que, por aquellas estribaciones, era más conocido que su apelativo cristiano. Y luego de formar dos grupos, según aquella nómina macabra y sin la consideración por las mujeres o los niños, los tapados apuntaron sus fusiles hacia una de esas masas de gente.

La fortuna en reposo - Pierre Roy (1928)—Y creo tía, que yo estaba entre los que mataron, porque desde ese momento, no me siento —dijo apesadumbrado José Antonio, mientras un lagrimeo que no llegaba al piso, se le escurría desde sus ojos quebradizos— Lo que me afana, es que mi mamá, después que le den la noticia, también se le dé por morirse hoy.

Evangelina, que estaba de pie, detrás de Celso Herrera, le apretó el hombro buscando no caerse por la tristeza, se dio fuerzas para caminar sin enredarse con las doce colas asustadas que fingían estar dormidas, ni con el llanto mudo que no la dejaba ver por dónde iba y llegó hasta la cocina, donde sirvió en dos pocillos un café tembloroso que todavía se mantenía caliente en una olleta carcomida por la candela y se los llevó a los dos hombres que, sentados en el patio, habían empezado a hablar de la situación del país, después, se fue hasta uno de los aposentos a cambiarse de ropa y salió para donde su hermana a contarle, que al menor de sus hijos, lo habían asesinado.

Cuando Evangelina Barros regresó de darle la mala noticia a su hermana, se dio cuenta por la taza de café intacta sobre el taburete vacío, que José Antonio ya no estaba, pero no se sentó ni recogió nada para que el frío del muerto no le doliera más tarde en los huesos. Celso Herrera, que había dejado el periódico en el otro asiento, se acercó hasta su mujer, la abrazó con esa manera silenciosa de sus tristezas y le dio el pésame. Ella lo miró desde sus ojos encharcados de inconformidad y le dijo:

—Viste, yo te dije que había escuchado al “Guacaó”. Pájaro hijeputa ese.

Y se quedaron ahí, abrazados y en silencio, hasta cuando llegaron a avisarles, que ya el cuerpo de José Antonio, a quien después se supo que lo habían matado porque lo habían confundido con otro “Flaco”, hijo de otra Carmen, reposaba en su casa, en un velorio que no se tendría por qué estar sufriendo.

“Dedicado a todos aquellos muertos,
a quienes les arrebataron sus vidas y
que ahora andan por ahí, reclamando
que se las devuelvan”..

Federico

Etiquetas: Federico, Fantástico, Drama

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2 comentarios en “En la lista del Guacaó”

  1. Viernes, 19 Febrero 2021 01:29

    qué perceptivos el guacaó y Evangelina...ni los perros lo vieron venir...tan triste y tan bien contado smiley-cry.gif

    1. Viernes, 19 Febrero 2021 01:38

      Irene, muchas gracias por tu apoyo. 

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