Ellos vendrán

Drama
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Aníbal Ramos ocupa una silla Thonet (o tal vez sólo se trate de una imitación de silla Thonet, pero ese detalle poco importa), se lo ve cansado y es lógico que se lo vea cansado: esa silla, auténtica o falsa, se ha convertido en su destino final, en la meta, digamos, de una larga caminata: desde Barracas hasta Pompeya. Aníbal Ramos anduvo por calles que, bien lo sabe, no volverá a caminar. Hace un rato que subió hasta el primer piso, abrió la puerta y se dirigió directamente a esta silla en la que ahora está sentado. Si prestáramos atención oiríamos que murmura algo. “Yo se que ellos vendrán”, murmura. No sabe, y jamás lo sabrá, que está repitiendo un verso de un doloroso y bello poema. Tiene los ojos bien abiertos, recorre con la vista la pieza, pero no mira nada. ¿Cómo es la pieza? Idéntica a cualquier pieza de pensión: una cama, dos sillas, una mesa y un ropero. ¿Cómo y por qué llegó Aníbal Ramos a esta pensión?

No fue por capricho o mero azar. Si retrocediéramos cuatro semanas podríamos verlo con un marcador de tinta roja en su mano derecha. Sobre la mesa hay un mapa de la ciudad. Ramos acaba de señalar aquellos barrios situados lejos del barrio donde vive. Él vive en Belgrano, y Pompeya es el barrio que acaba de elegir. Ahora quema el mapa en la chimenea de la sala, da un último recorrido por la casa, corta la luz y sale por la puerta de servicio. Cierra con llave y camina lentamente en busca de un taxi. No es fácil encontrarlos por esa calle. Se dirige hacia la avenida del Libertador. No ve a nadie que lo siga. Esto lo tranquiliza. Sube a un taxi y pide que lo lleve hasta Callao y Corrientes. Se queda unos minutos en esa esquina y finalmente entra en el subte. Toma el tren que va a Chacarita. Baja en la primera estación. También bajan una mujer con un chico de no más de seis años y dos chicas con uniforme de colegio. Nada que despierte sospechas. Sale a la calle y para otro taxi. A Pompeya, le dice al chofer. El chofer pregunta a qué dirección de Pompeya. Ramos duda un instante y de pronto recuerda un nombre que vio en el mapa.

—Beazley —dice.

—¿Beazley y Sáenz? —pregunta el chofer.

—Ahí mismo —dice Ramos y se recuesta en el asiento.

El taxi lo ha dejado en avenida Sáenz y Beazley. Ramos se ocupa de reconocer el barrio. Lo recorre y estudia hasta los mínimos detalles, y así llega a esta pensión. Un edificio lúgubre, con un cartel miserable que anuncia “Piezas disponibles”. Sube por una escalera que guarda mugre de meses y en un hall, igualmente sucio, se topa con un hombre que, lo sabe de inmediato, es el encargado.

—¿Cuánto tiempo piensa quedarse? —pregunta el encargado.

—Al menos una semana —dice Aníbal Ramos.

El encargado pide que lo siga. Atraviesan un corredor oscuro. Se detienen ante una puerta, el encargado la abre y lo invita a entrar. Se percibe un molesto olor a humedad y Ramos ve, o cree ver, a una cucaracha perdiéndose en un zócalo. Sin embargo, en contra de lo que él había supuesto, el lugar parece limpio. La cama está tendida y las puertas del ropero abiertas de par en par. No así los vidrios de lo que parece ser una ventana. Hacia allí se dirige Ramos. Efectivamente, es una ventana que da a un patio interior. El patio se ve cubierto de botellas y de muebles viejos. La ventana está clausurada. El encargado se anticipa a la pregunta.

—Por los roedores —informa.

Debió haber dicho ratas o ratones, pero eligió un apelativo menos violento. Las ardillas y los conejos, tan dulces y simpáticos, también son roedores. Aníbal Ramos duda que en ese patio haya ardillas o conejos.

—Así está bien —dice y se aleja de la ventana.

—Necesito algunos datos —dice el encargado y dice que lo siga.

Caminan nuevamente por el corredor oscuro. El encargado se detiene ante una puerta de vidrio opaco. “Administración”, anuncia un pequeño cartel pegado sobre la puerta. Entran. Una mesa de formica cumple funciones de escritorio, sobre la mesa destacan un gran cuaderno de tapas duras y un antiguo y digno tintero de metal, plata tal vez, de diseño barroco con dos pequeñas ánforas de vidrio que alguna vez habrán guardado tinta azul y tinta roja. El encargado señala una de las tres sillas que hay en ese cuarto y lo invita a sentarse. Aníbal Ramos se sienta. El encargado ocupa la silla que se encuentra del otro lado de la mesa-escritorio. Ramos está a punto de preguntarle cómo consiguió ese tintero y a qué precio lo vendería, pero el encargado habla antes.

—¿Cuánto tiempo piensa quedarse? —pregunta otra vez.

Aníbal Ramos no modifica su respuesta anterior.

—Al menos una semana —dice.

El encargado le pide un documento de identidad; célula o DNI, no tiene importancia. Ramos se lo entrega, es un DNI. El encargado abre el gran cuaderno de tapa dura y anota: Tabaré Sagrera, uruguayo, soltero, nacido el 14 de abril de 1970, después mira la foto, que es lo único auténtico de ese documento.

—Acá no figura su profesión —dice el encargado.

—Efectivamente —dice Aníbal Ramos, con la sorpresa de quien advierte por primera vez ese detalle—. Soy viajante. Viajante de Comercio.

—¿Algún producto en particular?

Aníbal Ramos piensa que este hombre pregunta demasiado. Tal vez erró en su elección, pero ya es tarde para irse. Recuerda a un viejo conocido, un auténtico viajante de comercio. Santiago, se llamaba y vendía artículos de oficina.

—Artículos de oficina —dice.

Está seguro de que ahora el encargado le preguntará qué artículos, pero el encargado no pregunta nada. Parece conformarse con esa respuesta. Le dice cuánto le costará la pieza por día y anuncia que deberá cobrarle una seña, como anticipo. Aníbal Ramos aprueba con un movimiento de cabeza y busca su billetera. El encargado toma el dinero, le promete que en un rato le dará un recibo y le advierte que esa es una pensión familiar, que no se admiten cosas raras.

—Aunque claro está, los hombres tenemos nuestras necesidades. Si tuviera que venir con una señora, que sea bien de noche. La señora tendrá que irse antes de que amanezca. ¿Me explico? —dice y se pone de pie.

Dos máscaras - Giorgio de Chirico (1926)Aníbal Ramos dice que está claro y también se para. En todo ese tiempo no ha dejado de mirar el tintero de diseño barroco, está a punto de preguntarle cómo lo consiguió y a cuánto lo vendería, pero no pregunta nada.

El encargado quiere saber desde cuándo va a ocupar la pieza.

—Desde hoy mismo —dice Aníbal Ramos.

El encargado parece estar de acuerdo: inclina ligeramente la cabeza en señal de aprobación. Ese gesto también es un saludo de despedida. Aníbal Ramos se pregunta si habrá que darle una propina. Está acostumbrado a dar buenas propinas (las buenas propinas abren muchas puertas), pero buenas propinas se dan en hoteles cinco estrellas, no en esta pensión miserable.

—Voy por mis cosas —dice Aníbal Ramos y dice que volverá pronto.

El encargado dice que él estará hasta las diez de la noche.

—Si llega más tarde y necesita algo, toque este timbre —agrega y señala un timbre en medio de la pared—, yo vivo acá.

Aníbal Ramos agradece la gentileza y baja por las escaleras de esta ruinosa casa que a partir de ahora comienza a ser su nuevo hogar. Cruza a la vereda de enfrente y observa el edificio. Cree haber hecho una buena elección. A nadie se le ocurrirá buscarlo en este barrio y menos aún en ese sitio. Es tiempo de ir por sus cosas, eso resulta más difícil. ¿Quién le asegura que no estén vigilando su casa? Decide que seguramente la están vigilando. Adentro no ha dejado nada que lo comprometa. No debía quedar el mínimo rastro; por eso, junto con el mapa en donde marcara los barrios, quemó hasta el último papel que pudiera perjudicarlo. Antes de irse copió en un pendrive el disco rígido de su computadora, después destruyó el disco. Ahora toda la información está en el pendrive que cuelga de su cuello como si fuera una cadenita con su crucifico. ¿Esto lo tranquiliza? De ninguna manera, sabe muy bien que ellos no vienen ni por su información ni por sus papeles, vienen por él. Es él quien se debe borrar. Recuerda cierta frase que ha leído, no sabe dónde ni cuándo: “Tengo la obligación de obrar de manera que todos se olviden de mí”, decía la frase. A partir de ahora vivirá en esa pieza miserable, con ventana clausurada. Aunque eso no es borrarse; en todo caso, es camuflarse. Para lograr un buen camuflaje necesita nuevas ropas, en la pensión no podrá exhibir sus trajes, camisas y zapatos de marca; de nada vale, entonces, que se arriesgue a entrar a su casa para buscar esa ropa que de inmediato lo delataría.

En su recorrido por el barrio recuerda haber visto un negocio de compra-venta. Esa puede ser la solución. Sólo tiene que ubicar el negocio. Un buen método es desandar el camino que hizo. Ve un quiosco de diarios y hacia allí se dirige. Los diarieros saben todo lo qué pasa en el barrio. Por consiguiente, también se enterarán de su presencia. Decide continuar la búsqueda sin preguntar nada. El que busca encuentra. Aníbal Ramos ha llegado hasta la puerta del local de ropa usada, pero no entra. Acaba de advertir que puede ser un enorme error. ¿Quién le asegura que el vendedor de ese local no conoce al encargado de la pensión? ¿Quién le asegura que el vendedor de ese local no le cuente al encargado de la pensión sobre ese hombre que vino y compró de todo? ¿Quién le garantiza que el encargado de la pensión no le pregunte al vendedor de ese local cómo era el hombre que compró tantas cosas? El vendedor de inmediato describirá a Aníbal Ramos y entonces todo habrá sido un esfuerzo inútil: quedaría a tiro de los que vendrán. Por eso, Ramos en este momento sube a un taxi. “Hasta Constitución”, le anuncia al chofer. No bien llegan, le pide que recorra la zona a marcha lenta. Luego de un buen rato descubre un negocio de compraventa, sigue otras tres cuadras y ordena que se detenga ahí. Baja, se queda en la esquina hasta que el taxi se aleja y recién entonces va en busca del negocio que ha descubierto.

Ahora está en el interior de un local en el que cuelgan trajes, hay pilas de camisas, zapatos y hasta una valija imitación cuero que servirá para poner toda la ropa que piensa comprar. Elige cinco camisas, tres corbatas, dos trajes, un saco sport y un pantalón haciendo juego, y un par de zapatos negros. Es ropa ordinaria y gastada, pero es justo lo que él necesita. Acomoda todo en la valija y paga en efectivo. El vendedor agradece una y otra vez, ha hecho la gran venta del día; quizá la gran venta del mes. El hombre está eufórico y no lo disimula. Seguramente hablará con su mujer y con sus amigos de ese cliente que vino y sin siquiera discutir los precios se llevó tantas cosas. Poco importa con quien hable: el negocio de compraventa está a muchas cuadras de la pensión hacia donde ahora se dirige Aníbal Ramos. Valija en mano, tiene todo el aspecto de alguien que ha llegado desde el interior. Por eso es natural que en esta perfumería compre jabón, una máquina y crema de afeitar; también elige un desodorante y una colonia barata. Le falta comprar algunos calzoncillos (se trata de ropa interior por lo que nadie podrá ver si son de marca o no), unos pares de medias y tres sólidas toallas de baño. Ahora sale del negocio en donde compró la ropa interior, las medias y las toallas. El vendedor iba a colocar todo en una bolsa, pero Aníbal Ramos le dijo que no era necesario. Abrió la valija y lo acomodó allí. Está otra vez en la calle, detiene un taxi, sube y le dice que vaya hasta Coronel Roca y Pedernera. La pensión se encuentra a pocas cuadras de esa esquina. El último tramo hasta su nuevo hogar lo hará caminando.

El encargado está sentado en una silla, inmóvil, con la cabeza caída sobre el pecho. Aníbal Ramos se estremece. ¿Tan pronto lo han ubicado? Apoya la valija en el suelo y se dispone a huir. Tal vez lo vieron entrar y ahora lo esperan en la puerta de calle. Un coche con el motor encendido, en el interior del coche los mismos que un rato antes liquidaron al encargado. ¿Si de verdad lo estaban esperando, porque permitieron que entrara al hotel y subiera por la escalera valija en mano? ¿Por qué no lo mataron en ese mismo momento? Un modo de humillarlo, tal vez. Una manera de burlarse de él. Decidieron que el encargado fuese un mensaje: “Te encontramos”. Tiene que escapar de ahí, pero no por la puerta. Recuerda que en su pieza hay una ventana, también recuerda que esa ventana está clausurada. Por otra parte, ¿quién le asegura de que no lo estén esperando en su pieza? Mira hacia el final del largo pasillo y luego mira hacia el final de la escalera, no ve ni oye nada, todo es paz y silencio. Descubre que la escalera y el pasillo forman una suerte de L, un ángulo recto. El sitio en donde él se encuentra es justo el vértice de ese ángulo. ¿Ahí lo van a matar? No piensa darles ese gusto. Se dispone a ir hacia su pieza cuando cree oír algo. Gira la vista y mira al encargado. Continúa con la cabeza caída sobre el pecho, pero ha movido un brazo: con su mano derecha se está rascando las pelotas. Los muertos no sufren picazones. Aníbal Ramos carraspea fuerte. El encargado levanta la cabeza, se refriega los ojos y dice que no comprende cómo pudo quedarse dormido.

—Una pequeña siesta siempre hace bien —dice Aníbal Ramos, levanta la valija y agrega—: Traje mis cosas.

El encargado se ha puesto de pie. Le entrega dos llaves. Dice que una es la de la pieza y otra la de la puerta de abajo.

—A la noche, a eso de las diez, cerramos. Por los ladrones, sabe. Más vale prevenir que curar.

—Cualquier prevención es poca —dice Aníbal Ramos.

Un poco antes creyó ver muerto al encargado y supuso que ahora era su turno. Durante ese tiempo sospechó que sus asesinos lo esperarían en la calle o en la pieza que había alquilado. Nada de eso, sin embargo, se reflejó en su cara. No manifestar emociones sirve tanto para una buena mesa de póquer como para enfrentar a los verdugos. Se lo habían enseñado sus mayores y Aníbal Ramos supo demostrar que era un buen alumno. Pero un buen alumno, aunque sepa ocultar sus sentimientos, no puede quedarse con lo primero que ven sus ojos. Ahora los ojos de Aníbal Ramos ven las manchas que tiene el techo de su pieza. Se ha tirado en la cama y pese a que su cara sigue sin reflejar nada, seguramente piensa que cometió un error. Sabe que no está en condiciones de cometer errores. Salta de la cama y comienza a acomodar las cosas en el ropero. Tabaré Sagrera dice su nuevo documento de identidad. Habrá que comenzar a ser Tabaré Sagrera. Va hasta el espejo que está sobre la cómoda y se mira. Primer paso, pelarse la cabeza, luego dejar que crezca un bigote bien poblado. Un par de anteojos de falso aumento servirán para completar el cuadro. Muchas cosas juntas. El encargado podría desconfiar. No tiene por qué desconfiar. Aníbal Ramos le dirá que quiere estar a la moda. Con respecto a los anteojos también es sencillo: confesará que usa lentes de contacto, pero por una puta conjuntivitis debe volver a los tradicionales. En cuanto al bigote, tampoco hay problema: crece de a poco y la gente se acostumbra a ese crecimiento.

Es hora de comer. Por estos barrios perdidos suele haber restaurantes que se ponen de moda. Ni pensarlo. Tendrá que elegir un bar o una fonda anónima. Hacia allí sale. En el hall encuentra al encargado. Está sentado, mirando un punto fijo. Aníbal Ramos piensa que tal vez se trata de un televisor; pero no, el encargado sólo mira un punto fijo en la pared. Es tiempo de que le pregunte cómo se llama, para dejar de decirle “el encargado”. Ramos se acerca, sonríe y pregunta:

—¿Cómo se llama? Aún no sé su nombre.

—Reynaldo —dice el encargado-, con y griega.

—Bien, Reynaldo —dice Ramos— Quiero comer algo, ¿tiene algún sitio para recomendarme?

Reynaldo abandona el punto fijo.

—“El Encanto” —dice.

—¿Queda lejos?

Reynaldo niega con la cabeza.

—Dos pasos —dice—. No bien sale, camina hacia la derecha, al llegar a la esquina dobla de nuevo hacia la derecha. Está a mitad de cuadra. No se puede perder.

Aníbal Ramos baja la escalera. Sospecha que se va a encontrar con una calle desierta, y no se equivoca. Es natural, son las nueve de la noche y a esta hora, por este barrio, todo el mundo está en su casa. Seguramente viendo televisión: el noticiero o alguna serie, quizá un programa cómico o una película. Casi todos con un plato de comida frente a sí: fideos con salsa o milanesas con papas fritas o ñoquis. Si hoy fuera 29, sin duda serían ñoquis. Aníbal Ramos los envidia. Esa gente también tiene problemas, por supuesto, pero ahora está saboreando un vaso de vino con soda y un programa de TV. Los problemas de Ramos no se apagan con un vaso de vino y soda y un programa de TV. Por otra parte, Ramos no bebe vino con soda y jamás mira televisión. Ha llegado a la esquina, dobla hacia la derecha y casi en mitad de cuadra, en la vereda de enfrente, ve “El Encanto”. Cruza la calle. No se topó con nadie, nadie lo ha seguido. Entra. Hay más parroquianos de los que esperaba encontrar. Elige una mesa del costado, frente al televisor. Estudia el menú, no hay ningún vino digno. Pide milanesas con papas fritas y una cerveza.

Otra vez en la calle. Faltan pocos minutos para las once de la noche. Casi no quedan ventanas encendidas. Sopla un vientito suave, agradable. Aníbal Ramos camina lento, como si paseara. Cualquiera que lo viese en este momento, lo confundiría con un hombre solitario, aunque no angustiado, que ha comido muy bien y que ahora se dirige a su casa a gozar de ese buen sueño que se tiene merecido. Sabemos que no es así. Aníbal Ramos no gozará de un buen sueño. Abre la puerta y sube la escalera. Se enfrenta a un hall desierto. Una lámpara de no más de cuarenta watts malamente ilumina el pasillo por donde en este momento camina Ramos. Entra en su pieza, enciende la luz y comprueba que todo está tal como lo había dejado. Va hasta la ventana, abajo en el patio, no hay ni ratas ni ratones, pero en el alfeizar de la ventana, del otro lado del vidrio, ve a tres cucarachas que pasean tranquilamente. Es hora de dormir. Advierte que olvidó comprar un pijama. Piensa en los de seda que han quedado en su casa; mañana comprará uno bien ordinario. La cama es más confortable de lo que imaginara, o al menos a él le resulta confortable. Cierra los ojos, pero no se duerme: piensa en Mariana. En realidad, piensa en lo que ella estará pensando de él. Luego de muchas llamadas sin respuesta, Mariana habrá ido a buscarlo a su casa. La imagina recorriendo los cuartos en silencio, sorprendida porque ni siquiera funciona la luz, puede ver cómo se marcha, con un gesto de preocupación, o tal vez de rabia, en su cara. Ya habrá tiempo de explicarle, ahora sólo quiere dormir.

No lo despertaron ni el canto de los pajaritos ni el sol entrando impetuosamente por la ventana, pero está despierto y eso es lo que importa. Se despereza, ha dormido bien. Tal vez soñó algo (dicen que siempre se sueña), pero si soñó algo ahora no lo recuerda. Salta de la cama. Se pone los pantalones, una camisa sin abotonar y calza los zapatos sin medias, cuelga una toalla de su hombro, en la mano izquierda tiene el cepillo de dientes y el dentífrico. Abre la puerta y mira hacia uno y otro lado del pasillo. No hay nadie. A las nueve de la mañana sus compañeros de pensión ya se habrán ido a trabajar. Decide que el cuarto de baño está a la derecha, y hacia allí va. No se equivoca. Los azulejos azules que llegan hasta la mitad de la pared (el resto de pared hasta el techo alguna vez habrá sido blanca, ahora está sucia y descascarada), una pileta, un inodoro, un bidet y la bañadera indican que no se equivocó. Abre la canilla de la bañadera y comprueba que hay agua caliente. Se pega una ducha. Quince minutos más tarde está otra vez en su pieza. Termina de vestirse. Es hora de salir. Los viajantes de comercio suelen ir con una valijita o un portafolio. Tendrá que comprar algo de eso.

Los compañeros del miedo - René Magritte (1942)

En el hall encuentra a Reynaldo. Hasta ahora es la única persona que ha visto en esa pensión. Recuerda una película de terror que sucedía en un hotel solitario. Pero el hotel de aquella película era de primera categoría, muy lejos de esta pocilga con cucarachas en el alfeizar de la ventana y ratas en el patio. Reynaldo le pregunta si durmió bien. Aníbal Ramos dice que como un lirón y pregunta dónde puede desayunar. Reynaldo le dice que en “El Encanto”, allí también sirven desayuno. Ramos agradece, baja la escalera y se detiene un instante en la puerta de calle. Recorre la zona con la mirada y no ve nada que le resulte sospechoso. Camina hacia la fonda. Elige una de las mesas del costado y pide café con leche y medialunas. En una mesa vecina alguien ha olvidado el diario. Aníbal Ramos con un gesto le pregunta al mozo si puede tomarlo. El mozo también con un gesto lo autoriza. Ramos busca en Policiales: no hay una sola noticia de su desaparición, no tiene por qué haberla. Llama al mozo, paga la cuenta, deja una buena propina y le pregunta si por ahí cerca hay una peluquería. El mozo le recomienda dos y le dice cómo llegar a una y a otra. Sólo están a pocas cuadras. Ramos visita las dos y opta por la que parece más moderna.

—Péleme del todo —dice y ante el asombro del peluquero, agrega—, para estar a la moda.

El peluquero aprueba en silencio y se ocupa de templar la navaja. Un rato después, Aníbal Ramos se ve completamente calvo. Supo tener el pelo corto, pero nunca antes hasta este extremo. El Aníbal Ramos de pelo largo y lacio, sin barba ni bigote, se ha transformado en el calvo Tabaré Sagrera, un viajante de comercio que ya comienza a mostrar los primeros signos de lo que será un grueso bigote. Es hora de volver a la pensión y ver de qué manera reacciona Reynaldo.

Reaccionó mejor de lo que Ramos esperaba. Primero no lo reconoció, luego quiso saber la razón de ese cambio. A los que sufren alguna peste en la cabeza se los suele pelar. Es necesario eliminar esa posibilidad.

—Hay que estar a la moda —dice Ramos y trata de armar una sonrisa cómplice.

—Le queda bien —admite Reynaldo—, lo hace más joven.

Pasó la prueba. Claro que quienes lo buscan son más exigentes que Reynaldo y saben distinguir muy bien a los buscados. Una simple calvicie no los desorientará; tal vez el bigote. Ramos nunca usó bigote, por lo que no sabe cómo será el que le ha comenzado a crecer. Lo imagina tupido y decide que calvo y con bigote tupido no será fácil reconocerlo. Se trata de esperar que crezca. ¿Una semana o dos? Poco importa, tiene todo el tiempo del mundo. Vuelve a su pieza y se tira vestido sobre la cama. ¿Qué le diría Mariana si lo viese con este nuevo aspecto? Poco importa lo que fuera a decirle, porque Mariana no lo va a ver por mucho tiempo. ¿La habrán apretado? No cree que sean tan hijos de puta, pero íntimamente sabe que lo son. Si pueden sacarle algún dato no dudarán en apretarla. ¡Pobrecita! Ella no tiene nada para decirles, pero ellos se van a dar cuenta de eso después de varias sesiones. Tal vez todavía no la visitaron, ¿y si la llama y le pide que desaparezca por un tiempo? Llamarla sería mandarla al muere, ¿quién le asegura que no han intervenido el teléfono de Mariana?

Puede llamar a Miguel Müller y pedirle que se ocupe de Mariana. Imposible. Aunque Miguel Müller es su gran amigo, aunque se trata de la única persona en el mundo en quien realmente puede confiar, Aníbal Ramos sabe que no debe llamarlo; no por ahora, ya habrá tiempo. En este momento sólo debe comprar los anteojos de falso aumento, una valijita o un portafolio y comenzar a ser un anónimo viajante de comercio. Salta de la cama, se detiene frente al espejo del ropero y controla cuánto ha crecido su bigote. Aún falta mucho.

Ha pasado algo más de una semana. A lo largo de ese tiempo, Aníbal Ramos se afeitó sistemáticamente la cabeza (cuesta mantener una falsa calvicie) y controló el crecimiento del bigote. En una óptica consintieron en hacerle los anteojos falsos (una broma con los amigos, argumentó Ramos) y Reynaldo aceptó lo de la conjuntivitis; “cuídese”, recomendó.

Día a día el aspecto de Aníbal Ramos se acerca más al de un viajante de comercio. Incluso ha cambiado sus gestos. En la fonda “El Encanto”, de la que se ha hecho un asiduo parroquiano, bebe vino con soda y no vacila en escarbarse los dientes con un palillo al final de cada comida. Está seguro de que en estos casi diez días ha aumentado un par de kilos. No se pesó, pero una incipiente panza denuncia ese aumento.

La pensión no está vacía, como creyó en un principio. Se ha topado con varios pensionistas, con los que únicamente cruzó un saludo cordial: buen día, buenas tardes, buenas noches. Le desagrada eso de no hablar con nadie, pero sabe que en boca cerrada no entran moscas. ¡Qué curioso! No puede hablar y justamente lo que le anda pasando fue por haber hablado más de la cuenta. Habrá que persistir en el silencio, aunque ha decidido llamar a Miguel Müller. No ahora sino cuando su bigote sea definitivamente un bigote. No entiende por qué se impone esa cláusula. Él y Müller hablarán por teléfono. Müller no podrá ver que su amigo Aníbal eligió la calvicie, anteojos de aumento y un bigote voluminoso. Cábala, tal vez lo hace por cábala. Lo cierto es que por ahora Reynaldo es su único interlocutor. No puede decirse que entre ambos se haya tejido una amistad. Tocan temas generales e incluso se permiten algunas bromas, pero no se tutean. Varias veces Ramos estuvo a punto de preguntarle por el tintero barroco que vio sobre esa mesa de formica, le interesa saber cómo llegó a manos de Reynaldo y a qué precio lo vendería, pero hasta ahora no se lo ha preguntado. En cambio, confirmó que Reynaldo vive en la pensión y ya sabe que alguna vez compartió su cama con una mujer. Ella lo habrá dejado, porque Reynaldo evita hablar de esa mujer. Aunque si habla de otras. Incluso se ofrece enviarle a una chica para que lo alegre un poco. Ramos está a punto de negarse —no, no es necesario—, pero en cambio coincide en que es una buena idea; no quiere que Reynaldo lo tome por un homosexual.

Michele, así dijo Reynaldo que se llama, vendrá a las once de la noche. Ramos debe esperarla en su pieza, permanecer atento a dos golpes livianos contra su puerta. A las once y cinco oye esos golpes, salta de la cama y abre. Michele es peor de lo que imaginara. No vale la pena describirla. Esta mujer que ahora está frente a Aníbal Ramos cumple al pie de la letra con el arquetipo de la puta barata, desde el pelo rabiosamente teñido de rubio hasta los zapatos con plataforma sobre los que se ha montado. Ramos piensa que puede ser un travesti, ¿una broma de Reynaldo?, no le ha dado tanta confianza para ese tipo de bromas.

—¿Me vas a tener todo el tiempo en la puerta? —pregunta Michele.

Ramos se disculpa y la invita a entrar. Ahora le ve mejor la cara, pero esa visión no mejora su imagen anterior. Confirma que no se trata de un travesti, y eso lo tranquiliza.

—¿Qué puedo hacer por vos, chiquito? —pregunta Michele.

Ramos está a punto de decirle: “irte”. Pero en lugar de decirlo, retrocede un par de pasos y mira a Michele como quien contempla una obra de arte. Si se trata de jugar, juguemos.

—¿Qué me ofrecés? —dice.

Michele sonríe y detalla.

—Un bucovaginal, 50 pesos. Si querés por el culo, 30 pesos más. En cuanto a besos, sólo piquitos, nada de lengua.

Ni en la peor de sus borracheras, Aníbal Ramos sería capaz de besar a esa mujer. Su cara le resulta cada vez más desagradable.

—Por el culo —dice y le da un billete de 100 pesos—, quedate con el vuelto.

Michele agradece la gentileza, abre su cartera, guarda el dinero y saca un profiláctico y un potecito que, por lo que se puede ver, contiene vaselina. Deja el profiláctico y el potecito en la mesa de luz, se acerca a Ramos y murmura algo que Ramos no alcanza a entender; quizá “Cachito” o “Perico”. Tal vez se trata del apodo de su novio o de su cafishio. Evocarlo en ese momento puede ser parte del rito. ¿Por dónde andará Mariana?, se pregunta Ramos.

Ahora está tirado en la cama, boca arriba y desnudo. Fue ha pedido de Michele. Primero le quitó la ropa, después le ordenó “acostate que empezamos”, y por último se desnudó ella. En este momento a Ramos le llama la atención el tatuaje que Michele tiene en el bajo vientre. Parece la cara de una niña. Le pregunta quién es y Michele, sin dejar de sobarlo, dice que es su hija. Ramos ve que debajo de la cara de la niña han tatuado un nombre.

—¿Se llama Jesica? —pregunta.

—Sí —dice Michele, saca algo de vaselina del pote y se la pasa por el culo—. Estás listo. Linda la pendeja, ¿no?

Ramos dice que sí y cierra los ojos. Sabe que no está listo y que nunca lo estará. Descubre que hay otro modo de no ver ni el tatuaje ni la cara de Michele.

—Chupamela —pide.

—Pero vos pagaste por el culo.

—No importa. Otro día será, ahora quiero que me la chupes.

Michele toma el profiláctico y se ocupa de cumplir con el deseo de Ramos. Aunque poco hay de deseo. Ha cerrado otra vez los ojos. Piensa en los hijos de puta que andan detrás de él, no les conoce la cara ni quiere conocérselas, piensa en Miguel Müller y se toca levemente el bigote: mañana lo llamará al celular, piensa por un instante en Mariana y piensa en el tintero barroco que está sobre la mesa de fórmica, en ese momento siente un ligero cosquilleo y ya no piensa en nada más. Michele le quita el profiláctico, lo cierra con un pequeño nudo, busca donde tirarlo y finalmente lo guarda en su cartera.

—¿Conforme? —pregunta.

—De primera —dice Ramos y señala hacia una de las sillas—. Ahí hay una toalla, creo.

Michele vuelve con la toalla. Limpia a Ramos y luego la usa para quitarse la vaselina del culo. Ahora se viste. Ramos continúa desnudo, sobre la cama.

—Llamame si me necesitas —dice Michele—. Sabés cómo encontrarme.

—Reynaldo —dice Ramos, ¿se quedará con algún porcentaje? Está a punto de preguntárselo, pero sólo repite—: Reynaldo.

Michele asiente, le tira un beso y se dirige hacia la puerta.

—Cariños a Jesica —dice Ramos.

Michele no dice nada, tal vez ni siquiera lo escuchó.

Aníbal Ramos sólo quiere dormir, pero antes de dormir necesita darse un baño. Se queda unos minutos en la cama, luego se pone un pantalón y una camisa, se calza los zapatos sin medias y busca el jabón y la toalla. En el pasillo encuentra a Reynaldo, ¿Lo habrá estado oyendo? ¿Lo habrá espiado? Reynaldo hace un gesto cómplice y pregunta cómo le fue. Ramos alza el pulgar de su mano derecha. Reynaldo dice que Michele es muy gauchita. Una hembra de verdad, dice y dice que él a veces también la usa. Ramos sonríe: ha descubierto de qué modo Reynaldo cobra su comisión.

Hombre que espera - Ottone Rasai (1919)Las diez de la mañana. Ramos ha tomado su desayuno y ahora está en el interior de una cabina telefónica en Plaza Constitución. Se dispone a llamar a su amigo Miguel Müller. Es esencial que nadie escuche esa conversación. Para evitar cualquier oreja intrusa, Ramos y Müller han establecido un código, un método podríamos decir, que hasta hoy ha dado óptimos resultados. Ramos llamará a la casa de Müller. No bien Müller atienda, Ramos le preguntará si está hablando con la Farmacia Norte. Müller obviamente dirá que no, que está equivocado. Entonces Ramos pedirá disculpas y cortará. A partir de ese momento, Müller sabe que Ramos quiere hablar urgente con él, por lo que en menos de diez minutos deberá llegar a un quiosco situado a pocas cuadras de su casa. En ese quiosco hay un teléfono semipúblico, a ese teléfono llamará Ramos y podrán hablar en paz.

Es como están hablando en este momento. Aunque no es posible afirmar que hablan en paz. Müller quiere saber dónde está y por qué ha desaparecido de ese modo.

—Sabés porqué me tuve que borrar —dice Ramos.

—Sí, lo sé —acepta Müller—, pero no es para tanto.

—Es para tanto —dice Ramos y oye un sonido extraño, como que se perdiera la señal—. ¿Seguís ahí?

—Sigo aquí —dice Müller—. ¿Vos dónde estás? ¿Visitando alguna provincia o algún país hermano?

Ramos asegura que está bien, pero no le dice dónde está. Pregunta por Mariana, quiere saber si la apretaron.

—No que yo sepa —dice Müller—, la vi en un par de boliches y no parecía que la hubiesen apretado.

—¿Y a vos? —pregunta Ramos— ¿A vos te apretaron?

Oye la risa de Müller.

—No jodas, Aníbal. Sabés que a mí no me pueden tocar. Y a vos tampoco. Decime dónde estás, te busco y lo solucionamos en un minuto.

¿Y si Miguel Müller tuviese razón? Si no hubiese sido nada más que una falsa alarma, una previsión innecesaria. Tal vez Aníbal Ramos podría encontrarse con su amigo. Ambos festejarían el encuentro y se reirían de esa pensión de Pompeya y de las comidas en “El Encanto”. Müller celebraría la astucia de Ramos: “Mirá que pelarte y usar bigotes y anteojos falsos, no has perdido las mañas, viejo”. Ramos le hablaría de Reynoso y le contaría su aventura sexual con Michele: “Más que un gato, una comadreja”. Por un instante, Ramos piensa que Müller tiene razón: no habían tocado ni a su amigo ni a su novia.

—¿Seguís ahí? —pregunta Müller.

—Sigo acá —confirma Ramos.

—Decime dónde estás y voy para allá —insiste Müller.

—Todavía no. Pronto te vuelvo a llamar —dice Ramos y corta.

En Constitución a esta hora de la mañana los vendedores ambulantes ya han desplegado su mercadería por la vereda: las bombachas y corpiños se confunden con las pilas y los CDs truchos, desde las fondas y bares al paso llega el olor a grasa quemada y el sonido de las cumbias es la música de fondo. Aníbal Ramos necesita confundirse con los que ahora andan por allí, disimularse ante quienes lo buscan. Ha decidido volver a la pensión caminando. La gente cuando camina piensa y Ramos necesita pensar cómo seguirá esta historia. Seguramente piensa en Mariana. Lo ha sorprendido lo que le dijo Müller. “La vi en un par de boliches”, dijo. Ella no tenía por qué borrarse, pero tampoco mostrarse de ese modo. Estrategias: mientras él se oculta ella se muestra. Él tiene motivos para ocultarse, ¿los tiene ella para mostrarse? Ramos decide que sí: una manera de probar que la relación entre ambos es cosa del pasado, a mí no me compliquen con lo que haya hecho ese hombre. Sabe que es un argumento ingenuo, inadmisible para quienes lo están buscando, pero es el único que justifica esa conducta de Mariana. Tendrá que pedirle más información a Müller y buscar el modo de conseguir su propia información. Decide que ha caminado y ha pensado más de la cuenta, para un taxi y en el momento de subir descubre de qué modo puede conseguir esa información. Ahí mismo, a bordo de un taxi, pero no como pasajero sino como conductor. No solemos mirar al chofer, sólo le decimos dónde queremos que nos lleve, a veces cruzamos algunas palabras y únicamente le vemos la nuca. Aníbal Ramos mostrará una nuca calva. Nadie que lo conozca lo imaginaría conduciendo un taxi, pelado, de bigotes y con anteojos de aumento. Tampoco quienes andan detrás de él. Por donde quiera que vaya, un taxi está libre de sospechas, y él, Aníbal Ramos, conducirá ese taxi. Podrá recorrer las calles de su barrio y deambular por los boliches que suele frecuentar Mariana.

Buscó en clasificados de Clarín y luego de algunos llamados telefónicos consiguió un Renault con algunos achaques, pero con la gran ventaja de no estar asociado a ninguna empresa de radiollamadas. Esas empresas saben por dónde andan sus coches y Ramos necesitaba perderse en el tráfico, no ser localizable. “Lo recaudado en los viajes queda para usted”, le dijo el dueño del Renault. El combustible y los gastos de mantenimiento correrán por cuenta de Ramos; al dueño del Renault sólo le interesa que le paguen el alquiler del auto: ciento cincuenta pesos por día que invariablemente Ramos deberá entregarle al final de cada jornada.

Ahora Ramos, ya convertido en chofer de taxi, recorre la ciudad a paso lento, va con el reloj marcador apagado. Su propósito no es levantar pasajeros sino vigilar sin que lo noten. En este momento cruza la avenida Libertador y se dispone a recorrer las calles de lo que un par de semanas antes era su barrio. Casi nadie camina por esas veredas, levanta apenas la vista y allí, a treinta metros, ve su casa. Una de las persianas se encuentra a medio abrir. Él recuerda que dejó todo cerrado. Está a punto de detener la marcha: sería un error imperdonable, el taxi debe seguir andando. Tal vez alguien esté mirando detrás de esas persianas a medio abrir. Ramos acelera y se pierde por Echeverría. Vigila si lo siguen. Incluso enciende el reloj marcador y levanta a un pasajero. Ahora más que nunca debe parecerse a un taxi. El pasajero pide que lo lleve a México al 1500. Ramos conoce de qué modo llegar. Van a una clínica, el hombre le dice que debe hacerse un electroencefalograma. También le dice algunas otras cosas, pero Ramos ha dejado de prestarle atención, se limita a aprobar con gruñidos o con pequeños movimientos de cabeza. Sigue pensando en la persiana a medio abrir; eso sí lo preocupa.

Es la una de la tarde. Ramos ha dejado el Renault en una playa de estacionamiento, a diez cuadras de la pensión. Decidió caminar desde ahí hasta “El Encanto”. Abrir el apetito fue la excusa de esa marcha; pero en realidad quería comprobar si alguien lo andaba siguiendo. No hubo un solo movimiento ni una sola cara sospechosa, por lo que entra en “El Encanto” con la felicidad de quien se dispone ha saborear una buena comida. Se ha hecho cliente, por lo que se dirige hacia lo que podríamos denominar “su mesa” y allí se sienta. El mozo viene con la botella de vino y un sifón. Ramos pide bife con ensalada. Mientras espera a que lo traigan, hojea el diario sin mucho interés. Para los mozos y los otros parroquianos, no es más que un hombre solitario que suele desayunar, almorzar, y a veces también cenar ahí mismo, en esa misma mesa. Un hombre amable, de pocas palabras. Los mozos lo aprecian: deja buenas propinas.

Casi las tres de la tarde. Buena hora para dormitar una siesta. Reynaldo no está en la recepción. Tal vez también él eligió la siesta. Ramos cruza el pasillo rumbo a su pieza, cuando pasa junto a la administración está a punto de entrar, quiere echarle un vistazo al tintero barroco. Ha decidido que se trata de un objeto centenario, tal vez robado de algún museo. Sólo se detiene por un instante frente a esa puerta, luego continúa su marcha: está seguro de que en algún momento Reynaldo le contará cómo llegó el tintero a esa pensión.

La siesta ya es cosa del pasado. En este momento Ramos paga el ticket del estacionamiento. En unos minutos más pondrá el Renault en marcha y se dirigirá hacia Belgrano. Durante el trayecto piensa que uno puede desaparecer sin que el entorno se modifique. Pero no bien llega a la cuadra en donde está su casa ese pensamiento se le hace añicos: desde la persiana entreabierta se ve luz, alguien está adentro, con la luz encendida. Recuerda que él cortó la llave general. ¿Okupas? No, en ese barrio es imposible. La puerta no ha sido violada. Los que viven en su casa están viviendo como gente de bien. Acelera la marcha. Mañana hablará con Miguel Müller. Ahora necesita beber una copa de algo fuerte. Sabe que no lejos de ahí hay un bar en el que se reúnen los taxistas. Es una jugada riesgosa, pero decide hacerla.

El whisky lo ha reconfortado. Incluso cruzó algunas bromas con otros conductores. Acepta compartir la mesa con un par de ellos, mientras comen hablan de fútbol y de mujeres. Ramos se proclama hincha de Huracán (ha dicho que nació y que aún vive en Parque Patricios) y confiesa que las tetas es lo que más le gusta de las mujeres. Pero las naturales, dice, nada de siliconas. Luego del café, señala el reloj que está en la pared. Las once, dice. Lo espera una larga noche, es hora de trabajar. Otra vez en el Renault, se dirige hacia uno de los boliches que suele frecuentar Mariana. Estaciona en la vereda de enfrente y espera. Imagina que en algún momento ella aparecerá, riéndose por una broma que acaba de hacerle el hombre que la acompaña. Un tango. Sonríe: envilecida y a otros brazos entregada. Pero después de casi una hora de espera, Ramos decide que Mariana no irá por allí. Pone el coche en marcha y se dirige hacia Pompeya. Sin embargo, si se hubiera quedado diez minutos más hubiese visto a Mariana, ni envilecida ni entregada a otros brazos, pero sí en compañía de un hombre, y riéndose.

A la mañana siguiente, antes de desayunar, Aníbal Ramos entra en un locutorio y llama a Miguel Müller. En esta ocasión pregunta por la ferretería El Martillo, no es conveniente repetirse. Ramos sabe que dentro de minutos Müller lo atenderá desde el teléfono semipúblico del quiosco. No bien oye la voz de Müller, le pregunta si alguien se metió en su casa. Müller quiere saber a qué viene esa pregunta. Ramos no le dice a qué viene, se limita a repetirla. Müller dice que no sabe, pero promete averiguarlo.

—Dame un teléfono donde ubicarte —pide.

—Yo te llamo —dice Ramos—, mañana te llamo, a esta misma hora.

Ha decidido desayunar en el bar de la noche anterior, tal vez pueda compartir la mesa con otros taxistas: confundirse es una buena manera de camuflarse. Además, esta cerca de su casa, podrá comprobar si hay alguien adentro. Baja la banderita y parte hacia el bar. No encuentra a nadie, pide un cortado y una medialuna. Un rato después está de nuevo en el Renault. A marcha lenta pasa frente a su casa. Avanza unos metros y por el espejo retrovisor alcanza a ver a una mujer joven que lleva de la mano a un chico de 4 o 5 años. Una madre en compañía de su hijo. Sin embargo, hay algo que no encaja: esa mujer y ese chico han salido de la casa de Aníbal Ramos. El propio Ramos alcanzó a ver cómo esa mujer con toda naturalidad cerraba la puerta con llave, tomaba al chico de la mano y se iba caminando en dirección opuesta al Renault. Ramos acelera la marcha y después de andar algo más de diez cuadras detiene el auto en una calle semidesierta. A lo largo de esa carrera no pensó en nada, sólo necesitaba irse de allí. Ahora, con el motor apagado, piensa en esa mujer con ese chico. Tal vez todo ha sido fruto de una confusión: Ramos se equivocó, entró por una calle que no era la suya y pasó frente a una casa idéntica a la suya. Sabe que no es cierto. Siempre se jactó de su casa, insistía en que no había otra igual en todo el barrio. Esa mujer y ese chico habían salido de la casa de él. Tendría que averiguar cómo y por qué habían entrado. Miguel Müller podría contestar esa pregunta, pero a Müller debe llamarlo mañana. ¿Y hoy qué? Hoy Aníbal Ramos pone nuevamente el coche en marcha y recorre calles desconocidas o que en este instante le resultan desconocidas, por fin llega a Plaza Once. Allí elige un bar, pequeño y sucio, para comer un sándwich y beber una cerveza. Luego lleva el coche a la playa de estacionamiento (ha decidido no salir esa tarde) y camina a paso rápido hasta la pensión. No tiene ganas de toparse con Reynaldo y, por suerte, no se topa. Entra en su pieza y mata una cucaracha antes de que pueda escabullirse por el zócalo. Se tira sobre la cama, quisiera dormirse de inmediato, pero no lo consigue: por algo más de media hora mira el techo y piensa en esa mujer y en ese chico desconocido. También piensa en Mariana y piensa cómo será la cara de quienes lo andan buscando. Se despierta a las nueve. Decide comer en “El Encanto”. Ocupa la que definitivamente es su mesa y mientras espera el guiso de garbanzos que ha pedido se entretiene con un concurso de bailarines que pasan por TV. A las once de la noche regresa a la pensión. Solo, en medio de la calle, una vez más Aníbal Ramos se puede confundir con cualquier hombre que vuelve a su hogar después de una dura jornada de trabajo.

A las seis de la mañana se levanta. Una hora inusual para Aníbal Ramos. Esa mujer y ese chico que han ocupado su casa le quitaron definitivamente el sueño. Cuatro horas más tarde llama a Miguel Müller. Su amigo tiene que darle respuesta, por eso no bien oye su voz, pregunta:

Máscara funeraria tañendo la campana - Odilon Redon (1882)—¿Quién carajo ocupó mi casa?

Müller pide que se tranquilice. Dice que es pura logística. Han situado a esa mujer y ese chico para eliminar cualquier sospecha: la inocencia de un niño junto a su cariñosa madre elimina los malos pensamientos. Ramos dice que no está para bromas y Müller le asegura que no es ninguna broma. Esa mujer pertenece a la Organización, cumple una tarea.

—¿Cómo sabés eso? —pregunta Ramos.

—Me pediste que averiguara —dice Müller y le dice que eso es apenas una parte de todo lo que averiguó.

En los siguientes cinco minutos, Ramos se entera que la mujer que ha ocupado su casa responde al falso nombre de María Candelaria. “Aníbal tuvo que hacer un viaje repentino y me pidió que le cuidara la casa; soy su prima”, pregonó María Candelaria entre los vecinos. La presencia de su falso hijo (Facundo, se llama el chico) disipó sospechas, aunque no del todo: siempre hay algún vecino desconfiado. Fue preciso avalar la operación, para eso hubo que recurrir a alguien muy cercano a Ramos.

—¿Vos? —dice Ramos.

—No —asegura Müller—, jamás me hubiera prestado.

—¿Quién? —pregunta Ramos, aunque desde hace un instante sabe la respuesta.

—Mariana —confirma Müller.

—¿La apretaron? —quiere saber Ramos, podría ser un modo del perdón.

—No creo —dice Müller—. Parece que se entiende muy bien con El Colorado Díaz. ¿Lo ubicás al Colorado?

Aníbal Ramos sabe quién es El Colorado. Le cuesta aceptar que Mariana se entienda con ese canalla.

—¿Estás seguro? —pregunta.

—Estoy seguro —afirma Müller.

Se produce un silencio, como si la comunicación se hubiera cortado. Sin embargo, Aníbal Ramos y Miguel Müller siguen ahí.

—No puedo creerlo —dice Ramos.

—Es así —dice Müller—. Decime dónde te encuentro y te lo demuestro.

—No me vas a reconocer —dice Ramos.

—Hace muchísimos años que nos conocemos —dice Müller.

Eso es cierto. Ramos y Müller se conocen desde los tiempos en que a Müller le decían El Alemán. Aunque morocho y de pelo bien negro, hubo una época en que Miguel Müller fue El Alemán Müller. Su apellido avalaba ese mote. Pero por alguna razón, que él nunca dijo, le molestaba que lo llamaran así. Sólo a Ramos se lo permitía, tal vez como prueba de amistad. Desde el día en que se conocieron hasta este día en que están hablando por teléfono han pasado muchos años y muchas cosas. Aníbal Ramos sabe que Miguel Müller es el único amigo que le queda. En nombre de esa amistad, repite que no lo va a reconocer y propone un encuentro en ese antiguo bar de Barracas, donde solían reunirse cuando eran jóvenes.

—Mañana a las doce del mediodía —dice.

Acaba de cometer un terrible error.

“El Pensamiento”, se llama el bar. Aníbal Ramos nunca supo el porqué de ese nombre y en este momento no le interesa averiguarlo. Se ha sentado a una de las mesas del costado, muy cerca de los billares. Ha pedido un Gancia, espera que, como antes, le llenen la mesa de platitos. Pero los tiempos han cambiado. El mozo, que no es el de antes, junto al vaso de Gancia deja un sifón, un plato con papas fritas, otro con trozos de salame y otro con maníes; nada más. Ramos mira hacia la puerta de la esquina, por esa puerta solía entrar Müller cada vez que se citaban. Siempre llegaba después de Ramos y todo indica que ahora va a repetir ese rito. Ramos se dispone a llevar un trozo de salame a su boca cuando en el marco de la puerta distingue la figura de Müller. Está sólo y parece buscarlo. Camina hacia el centro del bar y mira hacia donde se encuentra Ramos, pero no lo reconoce. Entonces Ramos lo chista y levanta el brazo derecho en señal de saludo. Müller no oculta el asombro.

—¿Qué te hiciste? —pregunta y se sienta.

El mozo se acerca. Con un gesto, Müller le pide lo mismo que está bebiendo su amigo. El mozo se va y Müller otra vez pregunta:

—¿Qué te hiciste?

—Me camuflé —dice Ramos.

—Pelado, con bigotes y anteojos de aumento —enumera Müller— ¡Bárbaro! Aníbal El Transformista, ¿pero te parece que era necesario?

—Lo es, vos bien sabés que lo es.

Müller afirma que está exagerando y a partir de ese momento ambos se confunden en una discusión que por su tono y por sus gestos se asemeja a aquellas lejanas discusiones que tenían en este mismo bar, tal vez en esta misma mesa. Aunque realmente sólo se parecen por su tono y por sus gestos: entonces discutían de fútbol y de mujeres, a veces también de política. En cambio, ahora la discusión gira en torno a los tipos que, según Ramos, pretenden borrarlo. Müller asegura que no y repite que exagera.

—Sí —dice Ramos—, y pusieron a esa mujer con el nenito en mi casa porque quieren protegerme.

Müller hace un ademán que puede ser de aprobación o de contrariedad.

—Y lo de Mariana también fue pura protección: se fue a la cama con El Colorado Díaz sólo para protegerme. Hay protecciones que matan.

Müller insiste con que exagera.

—¡Mirá que disfrazarte de ese modo! —dice—. Justo vos, que odiabas los carnavales.

A pocas cuadras de allí se levantaba el corso. Müller tenía que insistir para que Ramos lo acompañara. Ramos se negaba una y otra vez, pero finalmente lo acompañaba. Ahora Müller también insiste, pero en esta ocasión no se trata de ponerse un disfraz sino de quitárselo. Ramos no tiene ganas de quitarse el disfraz y presentarse ante quienes lo buscan.

—Tengo que desaparecer —dice—. Al menos por un tiempo.

Edición francesa de Sucesos argentinos (Gallimard, 2000)Müller aprueba con un gesto minúsculo. A partir de ese momento estudian las diferentes posibilidades de fuga. Finalmente se impone la que propone Müller. No es la que más le interesa a Ramos, aunque termina por aceptarla. Tal vez porque Müller es el único amigo que le queda; tal vez porque Ramos está muy cansado. Bebe el último trago de Gancia y con desgano, casi en un susurro, le dice en qué calle está la pensión. Es el momento de la despedida. Ambos amigos se ponen de pie y en silencio caminan hacia la puerta del bar. Ahora están en la calle, frente a frente. Müller apoya su mano izquierda sobre el hombro de Ramos. Le da un corto beso en una mejilla y con la mano derecha le acaricia levemente la cara.

—Mañana te paso a buscar —dice.

En ese instante Aníbal Ramos comprende que su amigo Miguel Müller lo va a traicionar. Es imposible explicar por qué y cómo lo comprende, pero no tiene dudas de eso.

—Te espero —dice Ramos.

“Lo que vas a hacer, hazlo pronto”. Aníbal Ramos sabe que sus perseguidores no van a esperar hasta mañana. Müller les va a pasar la información de inmediato. Esta misma noche vendrán por él. Aún faltan muchas horas, tiene tiempo de desaparecer nuevamente. Tirar los falsos anteojos de aumento a la basura, afeitarse el bigote o tal vez dejar que crezca la barba; también deberá crecer el pelo y mientras tanto puede arreglarse con una buena peluca. Aunque no le guste el carnaval, él sabe cómo disfrazarse. ¿Pero tiene ganas de ponerse un nuevo disfraz? En las últimas semanas ha sido viajante de comercio y taxista, ¿ahora qué será? “Serás lo que debas ser o sino no serás nada”, se lo había enseñado su maestra de quinto grado. La frase, dijo aquella vez la maestra, era de San Martín. En este momento, Aníbal Ramos decide no ser nada. O mejor: no hacer nada.

Miguel Müller lo ha dejado en la esquina de Suárez y Montes de Oca. Ramos se propone volver a la pensión caminando. Sabe que va a ser una larga caminata, de Barracas a Pompeya, pero le servirá para revisar una serie de cosas y, sobre todo, para despedirse de estas calles que nunca más verá. Ni estas calles ni nada, pero ya está decidido. Ha llegado a la puerta de la pensión. Sube y en el hall encuentra a Reynaldo.

— ¿Todo bien? —pregunta Reynaldo.

—Todo bien —dice Ramos y se dirige hacia su pieza, en mitad del pasillo se detiene y agrega—: Seguramente vengan por mí, hágalos pasar.

Ahora volvemos al principio, con Aníbal Ramos sentado en la silla Thonet, auténtica o falsa, no tiiene importancia. Afuera es de noche y Ramos sabe que falta poco. En este momento oye pasos por el corredor, son los de un par de hombres que se dirigen hacia su pieza. Oye que abren la puerta, pero no levanta la cabeza: no quiere encontrarse con caras conocidas. Sabe que las armas tendrán silenciador: esta gente odia los ruidos. Entonces cierra fuerte los ojos y piensa en el tintero barroco, ¿cómo habrá llegado ese tintero a esta pensión?

 

Vicente Battista

 

Etiquetas: Drama

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