El vuelo de la mariposa

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El vuelo de la mariposa

«...El vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña,
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta despertar».
Pedro Calderón de la Barca

Se había despertado.

Pero no abrió los ojos, recobró, eso sí, la ilusión de la conciencia en medio de la noche, rodeado de una sensación extraña.

Debía permanecer inmóvil, tendido a la deriva entre las olas blancas de las sábanas, perfilando el ritmo de una respiración pausada, tratando de no pensar en nada más y después esperar, con algo de ingenuidad, a que los recuerdos de lo soñado se asomaran.

Las memorias, como si intuyeran el acecho de un curioso testigo, revolotearon sin cesar asemejando el vuelo de las mariposas.

Él, pacientemente las contempló.

Iban y venían.

Agitaban las pequeñas alas, posándose de flor en flor en el solitario jardín de su vigilia. Una tras otra en la grácil danza, en el más absoluto silencio de sus ojos cerrados.

Las veía.

Le pareció que sobre aquellas alas dormían los colores olvidados del mundo.

Hizo el intento de acercarse a una, tan solo a una, pero en ese abrumador instante el recuerdo mismo de lo que sea que hubiese estado soñando, junto a todas ellas, se disolvió…

—Tal cual los sueños son espetó interrumpiendo a Milena, que sostenía el libro de cuentos entre sus manos.

Luego adoptó una pose meditabunda y dirigió su atención al reloj, que había comenzado a recitar la llegada del crepúsculo.

Fotografía de Calvin Mano© - Fuente: unsplash.com

Era un vínculo mágico, un puente invisible el ¡Ding, dong! de aquel horologium que resonaba en la habitación.

Lo escuchaba y sabía.

Sabía que ella no tardaría en llegar para arroparle y leerle un cuento antes de dormir. Entonces, se inclinaba a darle en la frente ese dulce beso de las buenas noches.

Y en el relicario que improvisaba con sus ojos cerrados, capturaba esa calidez que le duraba hasta el último escalón, en que escuchaba los pasos de su madre desvanecerse junto a la campanada final del reloj.

¡Ding, dong!… y el último repiqueteo sonó. Con el rostro todavía iluminado por el atisbo de una lejana dicha infantil, y con los ojos aún cerrados, dijo:

—Los sueños, Milena, la materia de la que estamos hechos, tanto si dormimos como si estamos de pie.

Observa a un recién nacido dormir tiernamente en su lecho y verás cómo a veces sin razón aparente sonríe. Luego mira al padre de ese mismo niño contemplándolo mientras duerme y sabrás que, sin remedio, a plena luz del día, le sueña despierto.

Esos mundos intemporales.

Sombras que aparecen tímidas en el umbral.

No habremos de escapar nunca de ellas.

Ni de la incertidumbre que nos suponen.

Ni de los esquivos recuerdos.

Ni de la falsa certeza de encontrarnos despiertos.

Son los rastros de algo que desconocemos, tras lo que va siempre a la zaga una mariposa en su trémulo vuelo.

En los sueños se esconden lugares sin tiempo.

Habitantes sin nombre.

Realidades sin dueño.

—Un tesoro extraviado expresó Milena, completando la oración, mientras Gustav abrió los ojos y la miró.

La miró y se vio.

Se vio reflejado en el espejo de sus pupilas, revelando otro yo de sí mismo que emanaba un poco de angustia; tal como lo haría el soñador que acababa de despertar, sintiendo que le habían robado de sus manos una soñada fortuna sin poder asir nada.

Sus ojos se habían abierto lentamente.

Mientras se encontraba todavía tendido en la cama y una inevitable ansiedad se le posaba en el pecho.

Entendió que lo había perdido casi por completo, el universo dentro de sus sueños había emprendido el vuelo sobre las alas de aquellos holometábolos oní-ricos.

Mariposa azul - Martin Johnson Heade (1865)

Los paisajes entrelazados.

La parsimonia de los rostros desdibujados.

Las reliquias de realidades difuminadas en el lienzo de la noche que se redujeron a una sola cosa, el rastro sutil de un reflejo amarillo.

—¡Entonces sí recordaba algo después de todo! exclamó Milena.

—Cuando se sueña replicó Gustaven ocasiones uno puede intentar rescatar pedacitos de esos orbes tan alejados, ya no recordando formas o cosas bien definidas, sino las sensaciones que estas van dejando a modo de huellas mientras transitamos entre las arenas de este mundo y los otros.

Alguien que intente recordar al despertar.

En ocasiones lo logrará, otras no.

Pero si existe la posibilidad, el soñador debe aferrarse a un resto del naufragio para rescatar algo de él y traerlo consigo de vuelta.

El que sueña es parte creador.

Y como tal, procurará la continuidad de su ensoñación al despertar.

Lo sabrá pequeño y vulnerable, como a un recién nacido.

Lo verá y lo sabrá.

Lo tratará con sumo cuidado, como al endeble botón de una flor que está por abrir.

Acunándolo cuidadosamente.

Le hospedó en una pequeña habitación de algo parecido a la memoria, a la débil reminiscencia que había rescatado.

Pensó una y mil maneras para conservarle, darle un rostro, quizás un nombre, algo de qué sujetarse a este mundo suyo, que no era el de él.

Entonces decidió hacerle un habitáculo forjado con la iridiscencia de las palabras, qué mejor lugar para que lograra sobrevivir.

Después de todo el mundo de las letras no era tan distinto al de los sueños, pensó entusiasmado.

Gustav, por otro lado más tranquilo, se dejó llevar en la danza de sus recuerdos, a la par en el interludio que le ofrecía la lectura.

Como siempre al compás de la dulce Milena.

Rememoró el disfrute que antaño le otorgara la añorada voz de sus padres, narrándole a él infinidad de aventuras.

La infancia de un niño era otra cosa cuando se le daba la oportunidad de vivir entre todas esas fantásticas realidades.

En la aparente dislocación inducida por aquel ritual de palabras.

Zhuangzi soñando la mariposa (o la mariposa soñando a Zhuangzi) - Ike no Taiga (circa 1760)

Revivió los días en que fue marinero y navegó los mares en busca de una gran ballena.

Las tardes cuando visitó al príncipe que habitaba un diminuto planeta.

Y las peripecias de los días en que viajó con el profesor Lidenbrock, en tumultuoso recorrido, directo al centro de la tierra.

Fue rey.

Fue mendigo.

Fue guerrero cautivo.

Testigo de descubrimientos que de otro modo hubieran continuado para siempre perdidos.

Mejor amigo de personajes desconocidos que se desvanecían al cerrar la página de aquellos cuadernos y reaparecían mágicamente de nuevo al abrirlos.

En los libros se escondían, como pequeños infantes esperando a ser encontrados, a través de los transparentes velos de una cortina de letras, vastas e inexploradas tierras donde se hablaban desconocidos lenguajes y eran habitadas por fantásticas criaturas de cuya existencia, de otro modo, jamás hubiera sabido…

De ella supe, una tarde en que los árboles cantaban azul entre los ecos fantasmas de las flores.

Mientras aguardaba infinita y serena la rendición del ocaso.

Recuerdo haberla visto deambular entre los laberintos del tiempo sin temores.

Conocía de memoria los caminos intrincados que desembocaban en aquel sitio olvidado. Escondite inverosímil engarzado en las oxidadas entrañas de los engranajes.

Irónicamente, piezas predilectas de un terrible artificio hermosamente edificado.

Sospecho que esos caminos eran lo único que podía recordar.

Después, todo lo que sucediera habitaría en el olvido…

De lejos la contemplé por un largo rato, como se contemplan los atardeceres, con los ojos cerrados y en silencio.

La mera intuición de su existencia me rescataba de la repetitividad del paisaje.

Volviéndome espectador inmune, aunque sea por un momento, de la vorágine de movimientos precalculados del invisible artefacto.

Al caer el día, sobre el camino de narcisos, le vi retornar los pasos…

Así lo escribió.

Después, hizo una pausa.

Y volvió a humedecer el extremo de la pluma con la tinta.

Empleando solamente la herramienta de su escritura, creó capitel, plinto y puntal en el sitio para erigir los trazos de una intangible estructura.

—Emplear las palabras como herramientas advirtió Gustav a Milena como pequeños pedacitos de un caleidoscopio que giran, danzan, se mecen, transformando y creando.

Escondiendo o revelando la realidad

Realidad, creación,

Su velo sagrado el sueño.

Arquetípico el diseño,

la inmaculada canción

desdibujada visión

Se repetía, intentando grabar los versos en su frágil memoria.

Cuando, se vio de repente interrumpida por el ruido de una estruendosa sirena y unos golpes que hacían retumbar toda la nave. Era el anuncio del tránsito de la grúa con alguna carga suspendida.

Aquello hizo que tornase sus pasos sobre el camino amarillo.

El hombre, con papel y tinta en mano, continuó escribiendo y describiendo los trazos de la nave y de cómo caminaban portentosos gigantes dentro de ella.

Invocó dragones y peces de fuego que se deslizaban por el laberinto de ardientes senderos...

¡Tum! ¡Tum! escuchó cómo resonaban los pies del gigante sobre el vasto campo amarillo.

Donde se podía a lo lejos escuchar, cada vez que iban y venían, mientras retumbaba todo en su paso al caminar.

Más tarde, ella se sentó al límite de la línea invisible donde nacía el horizonte, entre castillos de arreboles, a contemplar una mariposa que venía de algún lugar siempre tan cercanamente lejos, inmersa en su párvulo vuelo, mientras entrelazados en los inverosímiles colores de aquel par de alas, le pareció divisar la tenue infinitud de cálidos rostros ajenos. Y en el compás de su vuelo ha creído escuchar el latido atemporal de un invisible reloj.

Eréndira Corona
 

 

Etiquetas: Eréndira, Fantástico, Filosófico

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2 comentarios en “El vuelo de la mariposa”

  1. Viernes, 15 Enero 2021 22:36

    Muy bueno Eréndira, eres una genia metiendote en el mundo de los sueños, esos que nos acompañan tanto dormidos como despiertos y nos hacen volar a lugares maravillosos como esa mariposa. Muy delicada tu escritura, es un gusto leerla.

    1. Sábado, 16 Enero 2021 02:21

      ¡Hola Hernán! Muchas gracias por la lectura y el comentario, me alegra que lo hayas disfrutado y que nos acompañes siguiendo la publicación. Saludos 🤗

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