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El sueño de un hombre ridículo

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El sueño de un hombre ridículo

I

Soy un hombre ridículo. Ahora me tildan de loco, lo que representaría un ascenso en el escalafón, si no siguiera siendo a sus ojos tan ridículo como antes. Pero yo no se los tengo en cuenta y quiero a todo el mundo, aunque se rían de mí… incluso en ese caso hay algo que me los hace especialmente queridos. De buena gana me reiría con ellos, no de mí mismo, sino del afecto que me inspiran, si no me diese tanta pena verlos. Pena porque, a diferencia de mí, no conocen la verdad. ¡Ah, qué duro es ser el único que conoce la verdad! Pero nunca lo comprenderán. No, no lo comprenderán.

Antaño, la idea de parecer ridículo me hacía sufrir mucho. Y no es que lo pareciera, es que lo era. Siempre he sido un hombre ridículo y probablemente lo he sabido desde el día de mi nacimiento. Seguramente lo he sabido desde la edad de siete años. Luego fui al colegio y más tarde a la universidad… ¿y qué quieren que les diga? Cuanto más estudiaba, más cuenta me daba de que era ridículo. De suerte que, en mi caso, cuanto más profundizaba en mis estudios universitarios, más evidente me parecía que la única razón de esos conocimientos era demostrarme, revelarme, que era un hombre ridículo. Y en la vida me ha sucedido lo mismo que en los estudios. De año en año ha crecido y se ha reforzado en mí la conciencia de ser un hombre ridículo en todos los sentidos. Todo el mundo se ha reído siempre de mí. Pero ninguno sabía ni sospechaba que si había en este mundo un hombre que supiera mejor que nadie lo ridículo que era, ese hombre era yo; y eso era lo que más me afligía, que no lo supieran, aunque la culpa era mía: siempre he sido tan orgulloso que nunca y en ninguna circunstancia he querido confesárselo a nadie. Ese orgullo ha ido creciendo en mí con el paso de los años, de manera que, si en algún momento hubiera llegado a reconocer ante otra persona que era un hombre ridículo, creo que esa misma tarde, sin perder un segundo, me habría saltado la tapa de los sesos. ¡Ah, cuánto me hacía sufrir en mi adolescencia el temor de no saber contenerme y confesárselo todo de golpe a mis compañeros! Pero a medida que fui madurando, sin saber por qué, me fui tranquilizando, aunque de año en año me iba haciendo más y más consciente de mi terrible peculiaridad. Y digo bien «sin saber por qué», pues aún sigo buscando la razón exacta. Quizá porque en mi alma fue acrecentándose un sufrimiento terrible, motivado por una circunstancia que estaba infinitamente por encima de mí; a saber, la convicción, que acabó dominándome, de que en este mundo, estemos donde estemos, todo da lo mismo. Hacía mucho tiempo que lo sospechaba, pero el convencimiento pleno sólo surgió el último año, y como por arte de magia. De pronto sentí que me daba lo mismo que el mundo existiera o que no hubiera nada en ninguna parte. Empecé a sentir y percibir con todo mi ser que a mi alrededor no había nada. Al principio seguía pareciéndome que antaño había habido muchas cosas, pero luego llegué a la conclusión de que tampoco antes había habido nada, de que no había sido más que una figuración mía. Poco a poco me convencí de que tampoco en el futuro habría nunca nada. Entonces, de buenas a primeras, dejé de enfadarme con los hombres y hasta dejé casi de prestarles atención. En verdad, todo eso se manifestaba incluso en las cosas más insignificantes: por ejemplo, cuando iba por las calles, tropezaba con la gente. Y no porque estuviera sumido en mis pensamientos: no tenía nada en que pensar, había dejado de pensar definitivamente: me daba todo lo mismo. Si al menos hubiera encontrado soluciones a las cuestiones que me acuciaban; pero no resolví ni una sola, y eso que las había a cientos. Pero, como nada me importaba, todas las cuestiones se desvanecían.

Dostoevskij 1876Y así, al poco tiempo, descubrí la verdad. La descubrí el pasado mes de noviembre, el 3 de noviembre, para ser más exactos; a partir de esa fecha puedo recordar cada instante de mi existencia. Era una noche sombría, la más sombría que pueda imaginarse. Me dirigía a casa, pasadas ya las diez, y recuerdo que iba pensando en que no era posible concebir ambiente más sombrío que aquél. Ni siquiera en sentido físico. Había estado lloviendo todo el día, una lluvia fría y lóbrega a más no poder, una lluvia incluso amenazante, me acuerdo muy bien, con una manifiesta hostilidad por los hombres; luego, de pronto, a eso de las once, cesó, y empezó a percibirse una terrible humedad, más húmeda y fría que la misma lluvia; y, si uno clavaba la mirada en la lejanía, creía percibir una especie de vapor levantándose de todo, de cada piedra del pavimento, de cada callejón. De pronto me dije que, si se apagaran todas las luces de gas, se sentiría uno mejor, pues esas luces, al iluminar todo eso, llenaban de tristeza el corazón. Ese día casi no había probado bocado; desde primeras horas de la tarde había estado en casa de un ingeniero, al que acompañaban dos amigos. Apenas había abierto la boca, así que es de suponer que mi presencia les aburriese. Estaban hablando de no sé qué asunto controvertido y de pronto se acaloraron. Pero yo me daba cuenta de que todo aquello les daba lo mismo y de que sólo se acaloraban para guardar las formas. De pronto les dije: «Pero, señores, todo eso les da lo mismo». Ellos no se ofendieron, pero se rieron de mí. Sólo porque no les había dicho aquello en son de reproche, sino simplemente porque me daba igual. Se dieron cuenta de que todo me daba igual, y eso les hizo gracia.

Cuando se me ocurrió pensar en las luces de gas, mientras andaba por la calle, alcé los ojos al cielo. Estaba terriblemente oscuro, pero podían distinguirse con claridad las nubes deshilachadas, y entre ellas insondables manchas negras. De pronto reparé en una estrellita que destacaba en una de esas manchas y me puse a mirarla fijamente. Lo hice así porque esa estrellita me sugirió una idea: decidí que esa noche acabaría con mi vida. Había tomado esa firme decisión dos meses antes, y, a pesar de mi pobreza, había comprado un magnífico revólver que había cargado ese mismo día. Pero habían pasado ya dos meses y seguía guardado en un cajón; me importaba tan poco todo que quería aprovechar un momento en que no me resultase todo tan indiferente, aunque no sabría decir por qué razón. Así pues, desde hacía dos meses, cada noche, al regresar a casa, pensaba que me iba a pegar un tiro. Seguía aguardando el momento oportuno. Y de pronto esa estrellita me había sugerido la idea, así que decidí que sería sin falta esa noche. Lo que no sé es por qué la estrellita me sugirió esa idea.

Y en el momento en que estaba mirando el cielo, esa niña me cogió del codo. La calle estaba ya desierta, no había apenas un alma. A lo lejos un cochero dormitaba en su tílburi. La niña tendría unos ocho años, llevaba un pañuelo y un vestidito raído; estaba toda mojada, pero lo que más me llamó la atención fueron sus zapatos empapados y agujereados, que aún me parece estar viendo. Atrajeron mi mirada de manera especial. De pronto se puso a tirarme del codo y a llamarme. No lloraba, pero gritaba con voz entrecortada unas palabras que no podía articular bien, pues todo su cuerpo se estremecía de frío. Algo la aterrorizaba y chillaba con desesperación: «¡Mamá! ¡Mamá!». Estuve a punto de volverme hacia ella, pero al final no dije una palabra y seguí mi camino; no obstante, ella corría detrás de mí y me cogía de la manga; en su voz se percibía esa nota que en los niños muertos de miedo denota desesperación. Conozco esa nota. Aunque no llegó a acabar sus frases, comprendí que su madre agonizaba en alguna parte, o que le había sucedido algo, y que ella había salido corriendo para llamar a alguien, para encontrar a alguien que socorriera a su madre. Pero yo no la seguí; al contrario, de pronto se me ocurrió la idea de apartarla de mi lado. En primer lugar le dije que fuera a buscar a un guardia. Pero ella juntó las manos y, sollozando y jadeando, siguió corriendo a un lado, sin apartarse de mí. En ese momento di una patada en el suelo y le grité. Ella, entonces, se limitó a exclamar: «¡Señor, señor!…», pero de pronto se alejó y cruzó la calle a todo correr: había descubierto a otro transeúnte y se aprestaba a abordarlo.

Subí a mi quinto piso. Vivo de alquiler en una pensión. Mi habitación es mísera y pequeña, con una claraboya semicircular. Mi mobiliario se compone de un sofá de hule, una mesa en la que se apilan varios libros, un par de sillas y un cómodo sillón, muy viejo, pero de estilo Voltaire. Me senté, encendí una vela y me quedé pensativo. En la habitación contigua, detrás del tabique, seguía aquel barullo, que duraba ya tres días. Vivía allí un capitán retirado cuyos invitados —unos seis o siete gandules— bebían vodka y jugaban a los naipes con una baraja vieja. La noche anterior había estallado una trifulca, y sabía que dos de ellos se habían tirado de los pelos durante un buen rato. La patrona quería quejarse, pero le tiene mucho miedo al capitán. Además de ese inquilino, vive en nuestra pensión una señora delgada y baja de estatura, viuda de un oficial, con tres hijos de corta edad que habían caído enfermos en ese alojamiento. Tanto a ella como a los niños les da pavor el capitán y se pasan la noche temblando y santiguándose; el más pequeño ha llegado a tener convulsiones de puro miedo. Ese capitán, lo sé de buena fuente, a veces detiene a los transeúntes en la Avenida Nevski y les pide limosna. Nadie se decide a contratarlo, pero lo extraño (y por eso me ocupo aquí de la cuestión) es que, durante el mes que lleva viviendo entre nosotros, el capitán no me ha causado la menor molestia. Naturalmente, he evitado su compañía desde el principio, y él mismo me ha encontrado aburrido desde nuestro primer encuentro; pero, por mucho que griten al otro lado del tabique y por muchas personas que se reúnan en su habitación, a mí me da lo mismo. Me paso toda la noche sentado y la verdad es que no les oigo: hasta tal punto me desentiendo de ellos. No consigo pegar ojo hasta el amanecer; y así llevo ya un año. Me siento en mi sillón, junto a la mesa, y allí me quedo toda la noche, sin hacer nada. Sólo leo libros de día. Ni siquiera pienso; tan sólo algunas confusas ideas rondan mi cabeza, y yo las dejo vagar a sus anchas. Durante la noche se consume una vela entera.

Me senté en silencio junto a la mesa, saqué el revólver y lo puse delante de mí. En ese momento, lo recuerdo muy bien, me pregunté: «Entonces, ¿estás decidido?». Y me respondí con pleno convencimiento: «Sí». Es decir, que me iba a pegar un tiro. Sabía que esa noche, sin falta, me levantaría la tapa de los sesos, pero ignoraba cuánto tiempo pasaría aún allí sentado. Y no cabe duda de que me habría pegado un tiro, de no haber sido por esa niña.

II

Para que vean: aunque me daba todo igual, podía sentir, por ejemplo, el dolor. Si alguien me hubiera golpeado, me habría hecho daño. Y lo mismo sucedía en el ámbito moral: si se producía un acontecimiento muy triste, sentía pena, igual que antes, cuando no me daba todo igual en la vida. Y en esa ocasión también sentí pena: a una niña estaba obligado a prestarle ayuda. Entonces, ¿por qué no había socorrido a aquélla? Por una idea que se me ocurrió entonces: mientras me tiraba de la manga y me llamaba, se me había planteado de pronto un dilema, y no había sabido resolverlo. Era un dilema ocioso, pero me había irritado. Me había irritado porque, si había tomado la decisión de acabar con mi vida esa misma noche, todo lo que pudiera suceder en el mundo debería resultarme más indiferente que nunca. Entonces, ¿por qué sentía de pronto que no me daba todo igual y que me compadecía de la niña? Recuerdo que sentí una pena enorme, que acabó transformándose en un dolor extraño e incluso totalmente inverosímil, dada mi situación. En verdad, no encuentro mejor manera de definir esa sensación fugaz que experimenté en ese momento, sensación que no me abandonó ni siquiera en casa, cuando ya me había sentado junto a la mesa; estaba muy irritado, como hacía tiempo que no lo estaba. Las consideraciones se sucedían una tras otra. Me parecía evidente que, si era un hombre y no una nulidad —puesto que todavía no me había transformado en una nulidad—, estaba vivo, y en consecuencia podía sufrir, enfadarme y avergonzarme de mis actos. De acuerdo. Pero, si iba a matarme al cabo de dos horas, pongamos, ¿qué se me daba a mí esa niña y qué podía importarme la vergüenza y cualquier otra cosa en el mundo? Estaba a punto de transformarme en un cero, en un cero absoluto. ¿Era posible que la conciencia de que en un momento iba a dejar totalmente de existir y, de que, en consecuencia, todo lo demás dejaría también de existir, no hubiera ejercido la menor influencia ni en mi sentimiento de lástima por la niña ni en mi sentimiento de vergüenza después de la villanía que había cometido? La razón de que diera una patada en el suelo y gritara con voz salvaje a la pobre niña era que me decía: «Bueno, no sólo no siento ninguna compasión, sino que puedo comportarme de la manera más inhumana, porque dentro de dos horas todo habrá desaparecido». ¿Creerán ustedes que ése fue el motivo por el que grité? Ahora mismo estoy casi convencido. Me parecía evidente que a partir de ese momento era como si la vida y el mundo dependieran de mí. Puedo decir incluso que en ese momento el mundo me parecía creado exclusivamente para mí: en cuanto me pegara un tiro, el mundo dejaría de existir, al menos para mí. Dejando a un lado la cuestión de que, quizá, después de mí no habría nada para nadie, y de que el mundo entero, en cuanto se apagara mi conciencia, se desvanecería inmediatamente como una fantasmagoría, como un simple atributo de mi conciencia, que se anularía, pues quizá todo ese mundo y todas esas personas sólo existían en mí. Recuerdo que no paraba de darle vueltas a esas nuevas cuestiones que se amontonaban en mi cabeza, hasta que llegué a considerarlas desde un punto de vista muy distinto y a imaginar algo completamente nuevo. Por ejemplo, de pronto se me ocurrió esta extraña idea: si hubiera vivido antes en la Luna o en Marte y hubiera cometido el acto más vergonzoso e innoble que pueda imaginarse, y fuese vejado y deshonrado de un modo como, a lo sumo, puede concebirse y representarse en algún sueño o pesadilla, y si más tarde me hubiese encontrado en la Tierra, conservando la conciencia de lo que había hecho en otro planeta y sabiendo, además, que nunca y en ningún caso regresaría, al contemplar la Luna desde la Tierra, ¿me daría todo igual o no? ¿Me sentiría avergonzado de mi acto o no? Cuestiones vanas y superfluas, pues el revólver estaba ya delante de mí, y yo sabía con todo mi ser que eso seguramente iba a suceder; pero esas cuestiones me soliviantaban y me sacaban de mis casillas. Era como si no pudiera morir sin haber resuelto antes cierto asunto. En suma, esa niña me salvó porque, al pasar de una cuestión a otra, iba demorando el momento del disparo. Entre tanto, en la habitación del capitán se había restablecido el silencio: habían dejado de jugar a los naipes y se habían echado a dormir, sin dejar de rezongar y de lanzarse desganados insultos. De repente me quedé dormido en mi sillón, delante de la mesa, algo que no me había sucedido nunca. Me quedé completamente dormido, sin darme cuenta siquiera. Como es bien sabido, los sueños son una cosa de lo más extraña: unos se perciben con una claridad pavorosa y sus detalles son tan precisos que parecen cincelados por un orfebre; en otros, en cambio, ni siquiera se da uno cuenta de los saltos que da en el tiempo y en el espacio. Creo que los sueños no los gobierna la razón sino el deseo, no la cabeza sino el corazón, y no obstante, ¡qué tretas tan astutas ejecutaba a veces la razón en mis sueños! Por lo demás, la razón adopta a veces en los sueños una actitud totalmente incomprensible. Por ejemplo, mi hermano ha muerto hace cinco años. En ocasiones sueño con él: toma parte en mis asuntos, nos interesamos mucho el uno por el otro, y sin embargo, a lo largo de todo el sueño, no olvido ni pierdo de vista en ningún instante que está muerto y enterrado. ¿Cómo no me sorprende que, a pesar de estar muerto, se encuentre a mi lado y comparta mis preocupaciones? ¿Por qué mi razón acepta todo eso sin rechistar? Pero basta. Paso a ocuparme de mi sueño. ¡Sí, fue el 3 de noviembre cuando tuve ese sueño! Ahora se burlan de mí diciéndome que, después de todo, no fue más que un sueño. Pero ¿acaso no da lo mismo que fuera un sueño o no lo fuera, dado que ese sueño me reveló la Verdad? Pues, una vez que se ha visto y conocido la verdad, se sabe que es la verdad, que no hay ni puede haber otra, ya esté uno dormido o despierto. Bueno, aceptemos que fuera un sueño, pero el caso es que yo iba a poner fin a esa vida que ustedes estiman tanto; en cambio mi sueño…, ¡ah, mi sueño me reveló una vida nueva, grande, renovada, poderosa!

Escuchen.

III

He dicho que me quedé dormido sin darme cuenta; hasta tenía la impresión de que seguía razonando sobre los mismos dilemas. De pronto soñé que cogía el revólver y, sin levantarme del sillón, lo dirigía directamente contra el corazón, contra el corazón, no contra la cabeza; con anterioridad había decidido que me dispararía sin falta en la cabeza, en la sien derecha, para ser más precisos. Después de apuntarme al pecho, aguardé uno o dos segundos, y de pronto la vela, la mesa y la pared que había delante de mí empezaron a moverse y a oscilar. Sin perder más tiempo, apreté el gatillo.

Dostievski 1860En los sueños a veces caéis desde las alturas o recibís una puñalada o una paliza, pero nunca sentís dolor, a menos que os golpeéis de verdad con el cabecero de la cama; entonces sentís dolor y casi siempre os despertáis. Así sucedió también en mi sueño: no sentí dolor, pero después del disparo me pareció que todo se desbarataba en mi interior y a continuación se apagaba, al tiempo que a mi alrededor se hacía la noche. Era como si me hubiera quedado sordo y mudo; estaba tendido de espaldas, cuan largo era, sobre algo duro; no veía nada ni podía hacer el menor movimiento. En tomo a mí se oían pasos y gritos; reconocí la voz de bajo del capitán y los chillidos de la patrona; de repente se produjo otro intervalo, y a continuación me vi transportado en un ataúd cerrado. Sentía que el ataúd se balanceaba y pensaba en esa cuestión; en ese instante, por primera vez, comprendí que estaba muerto, completamente muerto; lo sabía, no tenía la menor duda; no veía nada ni podía moverme y, sin embargo, sentía y razonaba. Pero no tardé en congraciarme con esa idea y, como suele suceder en los sueños, acepté los hechos sin poner objeciones.

Y he aquí que me enterraban. Todos se marchaban y yo me quedaba solo, completamente solo. No me movía. Antaño, cuando estando despierto me imaginaba que me iban a enterrar, la única idea relacionada con la tumba era una sensación de humedad y frío. Lo mismo sentí ahora: un frío tremendo, sobre todo en las puntas de los dedos de los pies; eso era lo único que sentía.

Estaba allí tumbado y, por extraño que parezca, no esperaba nada, aceptando sin más que un muerto nada debe esperar. Pero el ambiente era húmedo. No sé cuánto tiempo pasó: una hora, varios días, muchos días. Pero de pronto sobre mi ojo izquierdo cerrado cayó una gota de agua que se había filtrado a través de la tapa del ataúd, al cabo de un minuto una segunda, un minuto más tarde una tercera, y así sucesivamente, siempre a intervalos de un minuto. Una profunda indignación inflamó mi pecho y al momento sentí un dolor físico en el corazón. «Es la herida abierta por el disparo —pensé—; tengo allí alojada una bala.» La gota seguía cayendo a cada minuto, justamente sobre mi ojo cerrado. De pronto invoqué, no con la voz, pues no podía moverme, sino con todo mi ser, a Quien había dispuesto todo lo que me estaba sucediendo:

—Quienquiera que seas, si es que existes y si hay algo más racional que lo que está ocurriendo en este momento, haz que ese orden se cumpla también aquí. Y, si pretendes vengarte de mi insensato suicidio mediante el horror y el absurdo de una nueva existencia, has de saber que ningún suplicio que puedas infligirme podrá equipararse jamás con el desprecio que iré acumulando en silencio, ¡aunque me esperen millones de años de martirio…!

Después de esta invocación, callé. Durante casi un minuto entero reinó un hondo silencio, luego volvió a caer otra gota, pero yo sabía —lo sabía y lo creía con una fe inquebrantable e ilimitada— que todo iba a cambiar sin falta. Y he aquí que de pronto se abrió mi tumba. La verdad es que no sé si retiraron la tierra y apartaron la tapa, pero el caso es que un ser oscuro y desconocido se apoderó de mí, y ambos nos encontramos en el espacio. En ese momento recobré la vista: era una noche profunda; ¡jamás había visto una tiniebla semejante! Ambos flotábamos en el espacio, muy lejos ya de la Tierra. No le formulé ninguna pregunta a mi guía; me limité a aguardar, lleno de orgullo. Me decía que no tenía miedo y casi desfallecía de placer al pensar que no lo tenía. No recuerdo cuánto duró nuestro vuelo ni tampoco soy capaz de imaginármelo: todo sucedió como siempre en los sueños, en que uno salta a través del tiempo y del espacio, quebranta las leyes de la razón y la existencia, y sólo se detiene en aquellos lugares que anhela nuestro corazón. Recuerdo que vi de pronto en la oscuridad una estrellita.

—¿Es Sirio? —no pude dejar de inquirir, a pesar de mi resolución de no hacer preguntas.

—No, es la misma estrella que viste entre las nubes, cuando regresabas a casa —me respondió la criatura que me llevaba, de la que sólo sabía que su rostro tenía cierta apariencia humana.

Pero, cosa extraña, esa criatura no me gustaba, hasta me inspiraba una profunda aversión. Había esperado una nada completa, y con esa expectativa me había pegado un tiro en el corazón. Y ahora estaba en manos de esa criatura que sin duda no era humana, pero que era, existía. «¡Así que hay vida después de la muerte! —pensé con esa extraña frivolidad de los sueños, pero la esencia de mi corazón seguía siendo la misma—. Incluso si hay que volver a ser —me dije—, si hay que volver a vivir porque una voluntad ajena e ineluctable así lo ordena, no quiero que nadie me venza ni me humille».

—Sabes que no te temo y por eso me desprecias —le dije de repente a mi acompañante, incapaz de guardarme esa humillante pregunta, que llevaba implícita una confesión, y sintiendo que todo ese bochorno se me clavaba en el corazón como una aguja.

La criatura no respondió a mi pregunta, pero yo sentí de pronto que no me despreciaba ni se burlaba de mí, que ni siquiera me compadecía, y que nuestro viaje tenía una meta desconocida y misteriosa que no me concernía a mí solo. El miedo iba aumentando en mi corazón. Sin palabras, mi silencioso compañero me estaba comunicando algo que me causaba un profundo dolor y me traspasaba de parte a parte. Atravesamos espacios oscuros e ignotos. Hacía ya tiempo que había dejado de ver las constelaciones conocidas. Sabía que hay estrellas en la vastedad del firmamento cuyos rayos tardan miles y millones de años en llegar a la Tierra. Quizá habíamos llegado ya a esas regiones. Esperaba algo con una angustia terrible que me desgarraba el corazón. Y de pronto un sentimiento desconocido y preñado de nostalgia me conmovió: ¡había visto de golpe nuestro Sol! Sabía que no podía ser nuestro Sol, padre de nuestra Tierra, que nos encontrábamos a una distancia infinita de nuestro Sol, pero de algún modo reconocí con todo mi ser que era un sol exactamente como el nuestro, su réplica y su doble. Un sentimiento dulce y entrañable llenó de éxtasis mi alma: la fuerza nutricia de la luz, la misma que me había engendrado, repercutía en mi corazón y lo resucitaba, y yo sentía de nuevo la vida, la vida de antes, por primera vez desde mi entierro.

—Pero si es el Sol, si es exactamente el mismo Sol que el nuestro —exclamé—, ¿dónde está la Tierra?

Y mi acompañante me señaló una estrellita que centelleaba en la oscuridad con un resplandor esmeralda. Nos dirigíamos directamente hacia allí.

—¿Es posible que haya tales repeticiones en el universo, que tal sea la ley de la naturaleza?… Y si eso de allí es la Tierra, ¿será una Tierra como la nuestra…, igual que la nuestra, desdichada, miserable, pero querida y eternamente amada, que despierte en sus hijos, incluso en los más ingratos, el mismo doloroso amor que la nuestra…? —grité, estremeciéndome de un amor arrebatador y apasionado por esa vieja Tierra nativa que había abandonado. La imagen de la pobre niña a la que había ofendido pasó como un relámpago por mi recuerdo.

—Lo verás todo —me respondió mi acompañante, y en sus palabras vibraba cierta tristeza.

Nos acercábamos rápidamente al planeta, que iba creciendo a mis ojos; ya podía distinguir el océano, los contornos de Europa; de pronto brotó en mi corazón un sentimiento extraño, una especie de celos desmesurados y sagrados: «¿Cómo es posible que exista semejante réplica y por qué? Amo y sólo puedo amar esa Tierra que acabo de abandonar, a la que regué con mi sangre, cuando, ingrato de mí, me quité la vida de un disparo en el corazón. Nunca, nunca dejé de amar esa Tierra; incluso la noche que la abandoné la amé, acaso de forma más dolorosa que nunca. ¿Existe el sufrimiento en esta nueva Tierra? ¡En nuestra Tierra solo podemos amar de verdad mediante el sufrimiento, a través del sufrimiento! No sabemos amar de otra manera, no conocemos otra clase de amor. Quiero sufrir para poder amar. ¡Ansío, anhelo, en este mismo instante, besar e inundar con mis lágrimas esa Tierra única que he dejado y no quiero, no acepto vivir en ninguna otra…!».

Pero mi acompañante ya me había dejado. De pronto me encontré, sin saber muy bien cómo, en esa otra Tierra, un día luminoso, soleado y magnífico, digno de un paraíso. Creo que me hallaba en una de esas islas que en nuestra Tierra constituyen el archipiélago griego, o acaso en el continente, en algún lugar del litoral próximo a ese archipiélago. ¡Ah, todo era exactamente igual que en nuestro planeta, pero todo parecía envuelto en un resplandor festivo, como si al fin se hubiera alcanzado un triunfo glorioso y sagrado! Un acariciante mar de color esmeralda rompía suavemente contra la orilla, besándola con un amor visible, evidente, casi consciente. Unos árboles altos y magníficos se alzaban en todo su esplendor, y sus innumerables hojillas, estoy convencido, me daban la bienvenida con su delicado y deleitoso murmullo, y parecían susurrar palabras de amor. La hierba centelleaba de flores coruscantes y aromáticas. Las aves surcaban los cielos en bandadas y se posaban en mis hombros y en mis manos sin temor y me golpeaban alegremente con sus gentiles y trémulas alas. Y finalmente veía y conocía a los hombres de esa Tierra dichosa. Unos se acercaban a mí por su propio pie, me rodeaban y me besaban. Hijos del Sol, de su propio sol. ¡Ah, y qué hermosos eran! Jamás había visto en nuestra Tierra una belleza humana como aquélla. Tal vez sólo en nuestros niños, en su más tierna infancia, podría encontrarse un lejano y pálido reflejo de esa belleza. Los ojos de esos hombres venturosos centelleaban con un brillo claro. Sus rostros irradiaban sabiduría y una suerte de conocimiento revestido de serenidad, pero eran rostros alegres: en las palabras y voces de esos hombres vibraba una alegría infantil. ¡Ah, me bastó una sola mirada a esos rostros para comprenderlo todo, todo! Era una Tierra no mancillada por el pecado original, en la que habitaban hombres que no habían pecado y que vivían en un paraíso como aquel del que habían gozado nuestros ancestros antes de la caída, según las tradiciones de toda la humanidad, con la única diferencia de que esa Tierra era en todas partes un mismo paraíso. Esos hombres, que se apretaban a mi alrededor y me acariciaban entre risas alegres, acabaron conduciéndome a sus moradas; no había uno solo que no se desviviera por tranquilizarme. ¡Ah, no me hicieron ninguna pregunta, pero era como si lo supieran todo de mí —o ésa era la impresión que yo tenía— y quisieran borrar de mi rostro cuanto antes cualquier vestigio de sufrimiento!

IV

Manuscrito de DostoievskiY vuelvo a repetirlo una vez más: ¡poco importa que no fuera más que un sueño! El recuerdo del amor de esos hombres inocentes y hermosos no se borrará nunca de mi corazón, y siento que incluso ahora su amor se derrama sobre mí. Los vi con mis propios ojos, llegué a conocerlos y a convencerme de su existencia, los amé y más tarde sufrí por ellos. ¡Ah, ya entonces comprendí en seguida que en muchos aspectos no podría entenderlos! Como progresista ruso moderno y vil petersburgués que soy, me parecía incomprensible, por ejemplo, que, sabiendo tantísimas cosas, no poseyeran nuestra ciencia. Pero pronto comprendí que su conocimiento se completaba y se alimentaba con descubrimientos diferentes de los de la Tierra y que sus aspiraciones también eran distintas. No deseaban nada y estaban tranquilos; no aspiraban al conocimiento de la vida tanto como nosotros, porque su vida era plena. Pero su saber era más profundo y elevado que nuestra ciencia, pues nuestra ciencia trata de explicar en qué consiste la vida, aspira a conocerla para enseñar a otros a vivir; ellos no tenían necesidad de ciencia para saber cómo tenían que vivir, como no tardé en darme cuenta, aunque no fui capaz de entender su conocimiento. Me mostraban sus árboles, y no conseguía comprender por qué les testimoniaban tanto afecto: era como si hablaran con sus semejantes. ¡Y saben ustedes, es posible que no me equivoque cuando digo que hablaban con ellos! Sí, habían descubierto su lengua, y estoy convencido de que se entendían. De la misma manera contemplaban toda la naturaleza: los animales vivían con ellos en paz, no les atacaban y les profesaban afecto, subyugados por su amor. Me enseñaban las estrellas y me decían cosas sobre ellas que escapaban a mi comprensión, pero estoy convencido de que tenían algún tipo de contacto con esos cuerpos celestes, no sólo por medio del pensamiento, sino a través de algún canal más inmediato. Ah, esos hombres no se esforzaban para que les comprendiera, me amaban sin necesidad de eso, pero yo sabía que jamás me entenderían, por eso casi nunca les hablaba de nuestra Tierra. Me contentaba con besar en su presencia la Tierra que les albergaba y con adorarlos sin pronunciar palabra; ellos lo veían y se dejaban adorar sin avergonzarse, porque estaban llenos de amor. No sufrían por mí cuando a veces, bañado en lágrimas, les besaba los pies, pues en sus alegres corazones eran conscientes del inmenso amor con que me lo pagarían. En ocasiones me preguntaba con asombro cómo era posible que, en todo ese tiempo, no me hubieran ofendido ni una sola vez, ni hubieran exacerbado nunca mis celos y mi envidia. En algún momento me pregunté cómo un hombre como yo, jactancioso y embustero, se había abstenido de hablarles de sus conocimientos, de los que, desde luego, no tenían la menor idea, ni había albergado el menor deseo de sorprenderlos con las cosas que sabía, aunque sólo fuera por el amor que les profesaba. Estaban tan llenos de vida y eran tan alegres como los niños. Vagaban por sus magníficos bosques y arboledas, cantaban sus hermosas canciones, comían alimentos ligeros, frutos de sus árboles, miel de sus bosques y leche de sus apreciados animales. Dedicaban poco tiempo y cuidado a procurarse alimentos y vestido. Se amaban y engendraban hijos, pero jamás observé entre ellos esos arrebatos de cruel lascivia que afectan a casi todo el mundo en nuestra Tierra —a todos y cada uno— y que constituyen la única fuente de casi todos los pecados de la humanidad. Se alegraban de los recién nacidos, a los que acogían como nuevos participantes en su felicidad. No había disputas ni celos entre ellos; ni siquiera sabían lo que significaban esos conceptos. Sus hijos eran hijos de todos, porque todos constituían una sola familia. Apenas conocían las enfermedades, pero no escapaban a la muerte; en cualquier caso, sus ancianos se apagaban con total serenidad, como si se quedaran dormidos, rodeados de personas que los despedían, los bendecían y les sonreían, de suerte que partían entre semblantes alegres. En tales ocasiones no contemplé escenas de duelo ni lágrimas, sólo un amor que parecía multiplicarse hasta alcanzar el éxtasis, pero se trataba de un éxtasis sereno, pleno, contemplativo. Hubiera podido pensarse que se mantenían en contacto con sus difuntos incluso después de la muerte, que la unión de su vida terrenal no se veía interrumpida por aquélla. Apenas me comprendían cuando les preguntaba por la vida eterna; por lo visto, estaban tan firmemente persuadidos de su existencia que no albergaban la menor duda al respecto. No disponían de templos, pero tenían una suerte de unión esencial, viva e ininterrumpida con la Totalidad del universo; no profesaban ninguna religión, pero albergaban la firme certeza de que, cuando su felicidad terrenal alcanzara los límites de la naturaleza terrestre, todos gozarían, tanto los vivos como los muertos, de un contacto aún mayor con la Totalidad del universo. Aguardaban ese momento con alegría, pero sin ansia, sin que la espera les hiciera sufrir, como si en sus corazones se insinuara ya un presentimiento de ese instante que se comunicaban unos a otros. Por las noches, antes de entregarse al sueño, gustaban de constituir coros armoniosos y ordenados. En esas canciones transmitían todos los sentimientos que habían experimentado durante el día, del que se despedían entre alabanzas. Ensalzaban la naturaleza, la tierra, el mar, los bosques. Les encantaba componer una canción tras otra y se elogiaban como niños; esas canciones eran muy sencillas, pero ponían todo su corazón en ellas y traspasaban el alma. Se diría que no sólo sus cantos, sino su vida entera, tenían como objetivo el deleite mutuo. Era una suerte de devoción recíproca, completa y total. Algunas de sus canciones, solemnes y triunfales, me resultaban casi incomprensibles. Entendía las palabras, pero nunca podía penetrar plenamente su significado, que parecía inaccesible a mi entendimiento, aunque mi corazón, instintivamente, lo desentrañaba cada vez más. A menudo les decía que había presentido todo eso desde hacía mucho tiempo, que había vislumbrado toda esa alegría y esa gloria ya en nuestra Tierra, cuando me vencía una nostalgia que a veces se transformaba en una tristeza insoportable; que había intuido su existencia y su gloria en los sueños de mi corazón y en las fantasías de mi imaginación; que a menudo, en nuestra Tierra, me había sentido incapaz de contemplar la puesta de sol sin llorar… Que mi inquina por los hombres de nuestra Tierra siempre había estado entreverada de tristeza: ¿por qué no podía odiarlos, puesto que no los amaba? ¿Por qué no podía dejar de perdonarlos? ¿Por qué mi amor por ellos estaba impregnado de tristeza? ¿Por qué no podía amarlos sin odiarlos? Ellos me escuchaban y yo veía que no podían concebir lo que les decía, pero no lamentaba haberles hablado de esa cuestión: sabía que entendían toda la fuerza de mi pena por aquellos a quienes había abandonado. Sí, cuando me contemplaban con su mirada dulce y transida de amor, cuando sentía que en su presencia mi corazón se volvía tan inocente y sincero como el suyo, no lamentaba no poder entenderlos. La sensación de la plenitud de la vida me dejaba sin aliento y no podía hacer otra cosa que adorarlos en silencio.

Ah, todo el mundo se ríe ahora en mi cara y afirma que es imposible ver en sueños detalles como los que estoy describiendo, que en mi sueño sólo vi o percibí una mera sensación que mi propio corazón engendró en un momento de delirio, y que todos esos pormenores los elaboré al despertar. Y cuando reconocí que tal vez tuvieran razón… Señor, cómo se rieron en mis barbas y qué diversión les procuré. Ah, sí, naturalmente sólo estaba dominado por la sensación que me dejó ese sueño, y solo él perduraba en mi corazón herido y sangrante; pero las imágenes y formas reales de mi sueño, es decir, las que en realidad vi en el momento en que soñaba, guardaban tal armonía, eran tan hermosas y seductoras y encerraban tanta verdad que, al despertarme, no fui capaz de recrearlas con nuestro pobre lenguaje, de suerte que tuvieron que borrarse de mi memoria; en suma, es probable que, inconscientemente, me viera obligado a recomponer después algunos detalles, sin duda distorsionándolos, llevado sobre todo por el deseo apasionado de expresarlos lo antes posible de un modo u otro. Pero ¿cómo no iba a creer que todo eso sucedió de veras? ¿Que mi experiencia acaso resultara mil veces mejor, más luminosa y alegre de lo que he relatado? Aun suponiendo que fuera un sueño, todo eso no ha podido dejar de ser. Miren ustedes, voy a confiarles un secreto: ¡es posible que todo eso no haya sido un sueño en absoluto! Pues lo que sucedió fue algo de tal naturaleza, algo tan terriblemente verdadero, que no puede achacarse a un sueño. Supongamos que ese sueño lo engendrara mi corazón, pero ¿acaso el corazón por sí solo habría sido capaz de alumbrar esa terrible verdad que más tarde se me reveló? ¿Cómo habría podido inventármelo solo? ¿Cómo iba a ser una fantasía de mi corazón? ¿Acaso mi pobre corazón y mi caprichosa e insignificante inteligencia podrían elevarse hasta semejante revelación de la verdad? ¡Ah!, juzguen ustedes mismos: hasta aquí lo he ocultado, pero ahora voy a revelar toda la verdad. El caso es que yo… ¡los corrompí a todos!

V

¡Sí, sí, acabé corrompiéndolos a todos! No sé cómo pudo suceder, no lo recuerdo con claridad. El sueño se prolongó miles de años y sólo me dejó una impresión de conjunto. Lo único que sé es que la causa de su caída en el pecado fui yo. Como una abominable triquina, como un germen pestífero que infecta países enteros, así contagié yo toda esa Tierra feliz, que hasta mi llegada desconocía lo que era el pecado. Aprendieron a mentir, se aficionaron a los embustes y conocieron su hermosura. ¡Ah, es posible que todo comenzara de manera inocente, como una broma, por mera coquetería o juego amoroso! Puede que no fuera más que un germen, pero ese germen de mentira penetró en sus corazones y les agradó. No tardó en aparecer la voluptuosidad, que a su vez engendró los celos, que dieron paso a la crueldad… Ah, no sé cómo sucedió, no lo recuerdo ya, pero pronto, muy pronto, se vertió la primera gota de sangre. Se sorprendieron y se horrorizaron, y empezaron a separarse, a desunirse. Se formaron alianzas, pero ahora de unos contra otros. Surgieron las recriminaciones, los reproches. Conocieron la vergüenza y la erigieron en virtud. Apareció el concepto del honor, y cada bando blandía su enseña. Empezaron a maltratar a los animales, que se apartaron de ellos, se ocultaron en el bosque y se convirtieron en sus enemigos. Se inició una batalla por la separación, por la particularización, por la individualidad, por lo «mío» y lo «tuyo». Empezaron a hablar distintas lenguas. Conocieron la tristeza y se aficionaron a ella; tenían sed de sufrimientos y decían que sólo era posible alcanzar la Verdad a través del sufrimiento. Fue entonces cuando hizo su aparición la ciencia. Cuando se malearon, empezaron a hablar de la fraternidad y de la humanidad, y comprendieron esas ideas. Cuando se volvieron criminales, inventaron la justicia y redactaron códigos enteros para salvaguardarla, y para asegurarse del respeto a esos códigos levantaron la guillotina. Apenas se acordaban de lo que habían perdido; ni siquiera querían creer que antaño habían sido inocentes y felices. Hasta se reían de la posibilidad de esa dicha pasada y la consideraban un sueño. Ni siquiera podían imaginársela mediante formas e imágenes, pero lo más extraño y prodigioso era que, una vez perdido cualquier rastro de fe en su felicidad anterior, que calificaban de cuento de hadas, sentían tal deseo de volver a ser inocentes y felices que se prosternaban como niños ante los deseos de sus corazones, deificaban esos deseos, levantaban templos y se ponían a adorar su propia idea, sus propios «deseos», aunque estaban plenamente convencidos de que no podían cumplirse ni realizarse, a pesar de lo cual seguían adorándolos con lágrimas y genuflexiones. Sin embargo, si hubiesen podido volver al estado de inocencia y felicidad que habían perdido, si alguien les hubiera mostrado su situación anterior y les hubiera ofrecido la posibilidad de recobrarla, seguramente la habrían rechazado. A mí me decían: «Bueno, seremos mentirosos, malvados e injustos; lo sabemos, lo lamentamos, nos atormentamos y nos castigamos quizá con mayor severidad de la que emplearía ese Juez misericordioso que nos juzgará y cuyo nombre desconocemos. No obstante, hemos descubierto la ciencia y gracias a ella encontraremos de nuevo la verdad, que ahora aceptaremos de manera consciente. El conocimiento es superior al sentimiento; la conciencia de la vida, superior a la vida. La ciencia nos proporcionará la verdadera sabiduría, ésta a su vez nos revelará las leyes, y el conocimiento de las leyes de la felicidad es superior a la felicidad». Eso es lo que decían, y después de pronunciar tales palabras cada uno se amaba más a sí mismo que a los demás; y, en realidad, no podían actuar de otra manera. Cada uno empezó a mostrarse tan celoso de su individualidad que procuraba por todos los medios empequeñecer y rebajar la de los demás, convirtiendo esa tarea en el objeto de su vida. Apareció la esclavitud, incluso la esclavitud voluntaria: los débiles se sometían de buen grado a los más fuertes, simplemente para que éstos les ayudaran a subyugar a quienes todavía eran más débiles que ellos. Surgieron hombres justos que se acercaban a esos hombres con lágrimas en los ojos y les hablaban de su orgullo, de su falta de mesura y armonía, de la pérdida de cualquier sentimiento de vergüenza. Pero los fuertes se burlaban de ellos o los lapidaban. Sangre sagrada corrió por el pórtico de los templos. Más tarde hicieron su aparición algunos hombres que trataron de encontrar algún medio de volver a unir a todos, pero de tal modo que cada uno, sin dejar de amarse a sí mismo más que a los demás, no se convirtiera en una molestia para nadie, de suerte que todos convivieran en una especie de sociedad basada en la concordia. Esa idea dio origen a grandes guerras. Al mismo tiempo todas las partes enfrentadas estaban firmemente convencidas de que la ciencia, la verdadera sabiduría y el instinto de conservación acabarían uniendo a los hombres en una sociedad armoniosa y racional; y entre tanto, para acelerar las cosas, los «sabios» se apresuraban a exterminar a los «no sabios» y a quienes no comprendían su idea, a fin de que no fuesen un obstáculo para su triunfo. Pero el instinto de conservación no tardó en debilitarse y surgieron hombres orgullosos y voluptuosos que demandaban abiertamente «todo o nada». Para conseguirlo todo recurrían al crimen y, si no tenían éxito en su empresa, al suicidio. Aparecieron religiones consagradas al culto del no ser y de la auto destrucción en aras del eterno reposo en la nada. Finalmente esos hombres se cansaron de sus absurdos esfuerzos y en sus rostros se reflejó el dolor; entonces empezaron a proclamar que en el sufrimiento había belleza, pues sólo él encerraba algún tipo de pensamiento. En sus cantos ensalzaron el sufrimiento. Yo iba entre ellos, estrujándome las manos y doliéndome de su suerte, aunque es posible que los quisiera más que antes, cuando el sufrimiento aún no había marcado sus rostros y eran inocentes y tan bellos. Sentía más cariño por su tierra mancillada que cuando era un paraíso, por la única razón de que en ella había hecho su aparición el dolor. Ay, siempre he amado el dolor y la pena, pero sólo para mí, para mí solo; en cambio, al pensar en su suerte, me compadecía y lloraba. Les tendía las manos y, lleno de desesperación, me acusaba, me maldecía y me despreciaba. Les decía que todo era culpa mía, sólo mía; que yo les había llevado la corrupción, la peste y la mentira. Les suplicaba que me crucificaran y les enseñaba a levantar una cruz. No podía darme muerte, me faltaban las fuerzas, pero quería sufrir el suplicio de sus manos, ansiaba el suplicio, ardía en deseos de verter hasta la última gota de mi sangre en esos tormentos. Pero ellos se limitaban a reírse de mí y acabaron considerándome un alienado. Hasta me defendían diciendo que sólo habían tomado lo que habían querido y que todo lo que ahora estaba sucediendo no podría haberse desarrollado de otra manera. Por último, declararon que me había convertido en un peligro para ellos y que, si no me callaba, me recluirían en un manicomio. En ese momento el dolor traspasó mi alma con tanta fuerza que se me encogió el corazón y sentí que me moría; entonces…, entonces me desperté. Era ya de mañana, aunque no había amanecido; serían más o menos las seis. Desperté en el mismo sillón; la vela se había consumido del todo; en la habitación del capitán todos dormían; a mi alrededor reinaba un silencio inhabitual en nuestra casa. Lo primero que hice fue levantarme de un salto, lleno de sorpresa: nunca me había sucedido nada parecido, y eso era válido hasta para los detalles más anodinos e insignificantes; por ejemplo, nunca me había quedado dormido en mi sillón. De pronto, mientras estaba acabando de espabilarme, mis ojos fueron a dar con el revólver, listo, cargado, pero ¡en un instante lo aparté de mí! ¡Ah, ahora quería vivir, vivir! Levanté las manos e invoqué la eterna Verdad; más que invocar, lloré; un entusiasmo, un entusiasmo inconmensurable henchía todo mi ser. ¡Sí, quería vivir y predicar! ¡Ah, en ese mismo instante decidí dedicar a la predicación mi vida entera! Iré a predicar, quiero predicar, pero ¿qué? La verdad, puesto que la he visto, la he visto con mis propios ojos. ¡La he visto en toda su gloria!

¡Desde entonces no he dejado de predicar! Y debo añadir que amo a todos los que se ríen de mí, los amo más que a nadie. Desconozco la razón y no sabría explicarlo, pero así es. Dicen que me equivoco y que, si ya ahora me equivoco, ¿qué no sucederá en el futuro? Y tienen toda la razón: me equivoco, y es posible que la cosa vaya a peor. No cabe duda de que me equivocaré muchas veces antes de encontrar el modo apropiado de predicar, es decir, las palabras y los actos adecuados, pues es una tarea muy complicada. Incluso ahora lo veo con toda claridad, pero díganme: ¿quién no se equivoca? Y, sin embargo, todos persiguen un mismo objetivo, al menos todos aspiran a un mismo objetivo, desde el sabio hasta el último bandido, pero lo buscan por caminos diferentes. Es una verdad antigua, pero también hay algo nuevo: a saber, que no puedo equivocarme tanto. Porque he visto la verdad, la he visto, y sé que los hombres pueden ser felices y dichosos sin perder la capacidad de vivir en la Tierra. No puedo ni quiero creer que el mal sea el estado normal de los hombres. Y es precisamente esa fe lo que les lleva a burlarse de mí. Pero cómo voy a creer otra cosa: he visto la verdad; no es que la haya descubierto mediante una operación de mi inteligencia, sino que la he visto, la he visto, y su imagen viva ha llenado mi alma para siempre. La vi en una plenitud tan completa que no puedo creer que no exista entre los hombres. Así pues, ¿cómo iba a estar equivocado? Me extraviaré, sin duda, más de una vez, y hasta es posible que pronuncie palabras ajenas, aunque no por mucho tiempo: la imagen viva de lo que he visto me acompañará siempre y siempre me corregirá y me guiará. Ah, reboso salud y vigor, y no dejaré de caminar, aunque ese viaje me lleve mil años. Les confesaré algo: al principio quería ocultar el hecho de que había corrompido a todos, pero se trataba de un error. ¡Ése fue mi primer error! No obstante, la Verdad me susurró que estaba mintiendo, me salvó y me puso en el camino correcto. No sé cómo construir el paraíso, pues no consigo expresarlo con palabras. Después de mi sueño perdí las palabras. Al menos, las palabras esenciales, las más necesarias. Pero no importa: vagaré por el mundo y hablaré sin descanso, pues, al fin y al cabo, lo he visto con mis propios ojos, aunque no soy capaz de transmitirlo con palabras. Pero eso es precisamente lo que los bromistas no entienden: «Lo que ha visto es un sueño —dicen—, un delirio, una alucinación». ¡Ah! ¿Acaso es eso inteligente? ¡Y se sienten tan orgullosos de sí mismos! ¿Un sueño? ¿Y qué es un sueño? ¿Acaso nuestra vida no es un sueño? Y diré más: supongamos que esa aspiración no se cumpla nunca, que el paraíso nunca llegue a ser una realidad (¡entiendo muy bien que eso pueda suceder!); aun en ese caso, seguiría predicando. Y sin embargo, sería tan sencillo: ¡en un solo día, en una sola hora, todo podría arreglarse sin más! Lo esencial es amar a los semejantes como a uno mismo, eso es lo esencial; y en eso consiste todo, casi no se necesita nada más: en seguida encontraréis el modo de organizar todo lo demás. Y no obstante, no es más que una verdad antigua que se ha repetido y leído millones de veces, pero que aún no ha conseguido arraigar. «La conciencia de la vida es superior a la vida; el conocimiento de las leyes de la felicidad, superior a la felicidad». ¡Eso es contra lo que hay que luchar! Y yo lo haré. Bastaría con que todos quisieran y todo se arreglaría en un momento.

En cuanto a la niña pequeña, la he encontrado… ¡Y seguiré mi camino! ¡Sí, seguiré mi camino!

  

Fiódor DostoievskiFiódor Mijáilovich Dostoievski

Moscú, 1821-1881, San Petersburgo

Dostoievski es, sin duda, uno de los escritores más importantes e influyentes de la literatura universal. Su obra trasciende la literatura para convertirse en marco de referencia de los más destacados filósofos y psicólogos desde mediados del siglo XIX. La lista de escritores que lo consideraron su maestro equivaldría a un catálogo. Fue referente para Nietzcshe, Sartre y Freud, entre otros. Sus novelas son obras maestras de lectura obligada para todo amante de la literatura, aunque muchas de ellas, debido a su extensión, se desdeñan en esta época que reclama recompensas inmediatas con un mínimo de esfuerzo. Sus cuentos son igualmente exquisitos y tienen la misma profundidad psicológica, fino humor y agudeza en la crítica social y al género humano.
El sueño de un hombre ridículo” se publicó por primera vez en el semanario “Diario de un escritor(abril, 1877) y luego fue incluido en la edición en dos volúmenes que recopila las publicaciones del autor en dicho periódico entre 1873 y 1881. Cabe señalar que este cuento, al que subtituló “Relato fantástico”, constituye una las pocas excepciones entre los trabajos de no ficción que normalmente publicaba en el referido semanario.
Para el crítico e historiador literario Mijaíl Bajtín, este cuento «abarca casi todos los temas de la obra mayor de Dostoievski». Se trata de una típica sátira menipea, que rechaza el nihilismo, el racionalismo y aborda uno de los temas que, no por casualidad, sería central en la obra mayor que el autor comenzó a escribir inmediatamente después de este cuento (“Los hermanos Karamazov”), y que podría resumirse como la idea de que, en un mundo sin Dios ni inmortalidad del alma, todo está permitido, concepto que a su vez se vincula con el solipsismo ético.
Al análisis de este cuento, que algunos consideran uno de los mejores de Dostoievski, se le ha dedicado mucha más tinta que al cuento mismo, aunque para comprenderlo quizá baste esa última frase: «En cuanto a la niña pequeña, la he encontrado… ¡Y seguiré mi camino!», ya que en la inocencia y pesar de esa niña desamparada y en lo inadmisible que resulta hasta para el hombre ridículo, nihilista y racional, negarle ayuda, está la verdadera razón de vivir.

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