El nieto que no era de Evangelina

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El nieto que no era de Evangelina

Evangelina Barros, una mujer de edad sabia, cuerpo menudo y huesos simples, había empezado su día con el afán de buscar en las pequeñas tiendas del caserío, las cajas de cartón donde empacaría las cosas que se iba a llevar Adaniel, su hijo menor, en un viaje de ilusiones que realizaría a la capital del país para encontrar esa prosperidad perdida en algún trabajo, que se acomodara a su condición de pueblerino, aunque el pago por cualquier labor fuera un sueldo de hambre. Y también, para que dejara de ser una preocupación constante para sus papás, debido a sus parrandas interminables, su sed insaciable de ron, su gusto por las peleas de gallos y los juegos de dominó, que no traían nada bueno, y por la fila atiborrada de muchachitas impertinentes que lo asediaban, como los loros a los mangos, por su sangre dulce para las mujeres, aunque se haya salvado milagrosamente, en más de una ocasión, de caer muerto por algún tiro de rabia que le hiciera algún papá inconforme, al darse cuenta que la niña de sus ojos carecía de la castidad divina de merecer a otro hombre de mejores intenciones.

Mujer gitana con bebé - Amadeo Modigliani - 1919Cuando Evangelina llegó a su casa, encontró sobre la mesa que estaba en el patio y que reposaba bajo la sombra de una enramada de trinitarias, una pila de yucas buenas llenas de barro, una docena de lulos que brillaban como el sol, diez aguacates criollos, un racimo de plátanos gigantes y amarillos, una mano de guineo largo, catorce guayabas rosadas con sus gusanos escondidos, diez tomates de árbol, dos panelas, treinta y cinco limones cargados de tanta agrura que con solo verlos provocaban denteras involuntarias. Tres piezas de pescao salpreso, un kilo de carne oreada de algún animal de monte que no se sabía a ciencia cierta cuál era. Seis bloques de dulces, de diferentes colores y sabores, hechos en las pailas sagradas de la negra Antonela. Y siete libras de queso fresco que empezaban a sudar por el calor y que Celso Herrera, el marido de Evangelina, envolvió en una tela, después de acomodar sobre el mesón lo que había traído de la finca y lo que les había comprado a otros campesinos.

Luego que Evangelina terminó de meter todo en las cajas con la simetría de un rompecabezas y de acomodar la ropa del viajero en una maleta vieja, que después aseguró con cabuyas de fique, fue al aposento a despertar a su hijo, que suspendido sobre un chinchorro, reposaba una parranda de tres días con sus noches y cuya memoria de esa última época feliz, siempre lo asaltaría en sus años de vejez con la nostalgia de sus recuerdos provincianos, en las tardes de lluvias grises que empañarían de frío las ventanas de su pequeño apartamento citadino.

Adaniel levantó la cabeza, se sentó en el borde de la hamaca y mientras el mundo le daba vueltas, trató de entender las palabras de la mamá, que tras de sacudirle el hombro, le advirtió de lo tarde que era. El muchacho, que era parecido a su papá en sus formas y más semejante a Evangelina en sus maneras, le dio los buenos días y sin responderle más nada, aunque muerto de miedo, caminó hasta el baño que quedaba en la mitad del patio. Saludó a su papá, que estaba bebiendo su segunda taza de café bajo la enramada de trinitarias y se metió a bañar para estar listo cuando el carro, que lo iba a llevar en un viaje casi inhumano de treinta horas hasta la capital, llegara por él.

Una vez que sintieron el silbido carrasposo del transporte que venía a recoger al último de sus pasajeros, Evangelina cubrió a su hijo con una bendición apresurada. Celso Herrera le pasó unos billetes arrugados con la esperanza de que le alcanzaran para lo que fuera. Y Adaniel se despidió de los dos, sin darse el consuelo de llorar sus ausencias, aunque la garganta se le hubiera cerrado por el requiebro y el temor de su futuro incierto, y la última vista de la única casa que sentía como propia se llenara de un silencio triste que, después del adiós, los dos viejos trataron de apaciguar con la rutina muda de sus labores.

Al día siguiente, muy temprano, se presentó La Cune, una mujer de dimensiones abundantes, de sonrisa engañosa y corazón estrecho, con su hija, La Queno, una jovencita de rostro hermoso, que había heredado la belleza de su madre antes de los descalabros de la vida, y de su padre, la forma sigilosa de su ser. Y de las que muy pocos conocían sus nombres, porque sus apodos llenos de historia, al igual que le había pasado a muchos lugareños, habían reemplazado a sus apelativos y apellidos cristianos.

—Señora Vange, buenos días —le dijo La Cune a Evangelina, sin dejar de sostener el brazo escuálido de su hija, que no levantaba la mirada de las líneas del piso.

—Buenos días Cune —le contestó Evangelina con una cara de desconcierto por la visita.

—Ay señora Vange, imagínese que Adaniel se fue y dejó preñada a La Queno.

Evangelina enseguida reprendió la sonrisa que se le presentó en la cabeza del hijo ausente, miró de pies a cabeza a la muchachita que seguía escondiendo su vergüenza en la dureza del suelo y le respondió a la mujer con la autoridad de su palabra.

—Bueno Cune, si es así, acá se responderá por lo que necesite el niño.

Y las despidió sin ninguna otra cortesía que la de aquella promesa.

El tema no se volvió a tocar en la casa, ni siquiera cuando Evangelina se lo dijo a Celso Herrera como si fuera algo casual. Ni mucho menos en la respuesta que le enviaron a Adaniel, después de su primer telegrama, donde les contaba que había llegado bien, a pesar de lo duro del viaje. Que ya estaba buscando trabajo. Y donde les disimulaba la nostalgia que estaba viviendo en aquella ciudad de llovizna perpetua donde las casas llegaban hasta el cielo, las calles jamás descansaban y a las personas nunca se les adivinaba si estaban tristes o contentas porque todas parecían igual.

Nueve meses después, y luego de haber cumplido con su palabra de responder por aquella preñez, Evangelina se despertó con la imagen de la muchacha llena de vergüenza parada al frente de su casa, hizo una pequeña cuenta con el recuerdo del andar de sus caderas, cuando las reparó por un momento mientras se devolvía con su mamá, que le siguió sosteniendo el brazo hasta que llegaron a su casa, y dijo:

—La Queno pare hoy.

Se levantó como si se le hubiera olvidado lo que acaba de decir y justo en el momento que estaba lavándose la cara, escuchó un golpeteo urgente en la puerta. Se acordó de que su marido estaba en la finca y que por eso no abría, no desesperó y removió sus lagañas de las vistas, acomodándose el puente dental que se había sacado para también echarle agua y caminó sin afán hasta la entrada, quitó la tranca de madera y se llenó los ojos con la figura inmensa de La Cune y su cara de trasnocho, que sin dejar de sacudir las manos, le informó que ya La Queno había parido. Evangelina la miró sin mayor interés por la noticia y le respondió que después del desayuno se acercaba por allá. La enorme mujer dejó de abanicar las manos, se quedó en silencio y le tocó devolverse para su casa magullando un refunfuño inconforme.

Cuando Evangelina llegó al rancho de La Cune, en la entrada, bajo la sombra de un palo de almendro, estaban los hombres de la familia celebrando con una botella de ron los primeros meaos inocentes del recién nacido que, para fortuna y alivio de todos, era varón. Le hicieron una reverencia a la abuela que llegaba a conocer al nieto y aunque el papá de La Queno insistió en brindarle un trago, Evangelina se lo rechazó de manera cordial pero firme y pasó de largo, buscando a alguna de las mujeres que le dijera en qué aposento estaba la recién parida. Una niña que retozaba en la sala con otras jóvenes de su mismo tamaño y vestidas de manera idéntica, le señaló una cortina descolorida por el uso, que en ese momento se abrió con La Cune detrás y su afán de saber quién había llegado. Evangelina la saludó un poco más cordial que en la mañana y la mujer la invitó a seguir para que conociera al niño que descansaba en el pecho de la mamá, a la que se le había escurrido su rostro inocente de muchachita en los gritos del parto y que ahora mostraba el semblante de una mujer que se había madurado biche.

Hija de la tierra - John Collier - 1899Evangelina saludó a la madre primeriza y extendió la cordialidad a la demás mujeres, que entre tías, primas, amigas y conocidas chismosas, rodeaban a La Queno. La Cune cargó con sus manos de zamba al pequeño vástago de una palidez morada que se parecía a lo que iba a ser de anciano, solo que sin tantos años, y se lo pasó a Evangelina, que con un movimiento esquivo, miró a La Cune y le dijo que lo desnudara y lo pusiera en la cama. La mujer que seguía sosteniendo en el silencio al recién nacido, miró a su alrededor y con la misma rabia que había sentido en la mañana por el desaire de Evangelina, desvistió al bebé y lo puso en la cama. Evangelina se acercó, lo miró por un lado, lo miró por el otro, le revisó la nariz y la nalguita izquierda, apretó los labios y aclaró:

—Cune, a mi me da pena contigo, pero este muchachito no es hijo de mi hijo. Esta criatura tiene pinta de Torres, no de Herrera. Ni mucho menos de Barros.

La Cune quiso refutar a Evangelina, pero entonces fue La Queno quien la tomó del brazo y, con su mirada, le confirmó lo que acababa de escuchar. Evangelina, simplemente, se despidió y se fue.

Días después, se supo que Armando Torres llegó a la casa de La Cune, acompañado de su mamá, para responder como el papá del hijo de La Queno.

Y años después, cuando Adaniel llegó con su familia a la casa de sus papás para unas vacaciones de final de año, Evangelina supo que la niña que venía con él, sin necesidad de desnudarla, era su nieta porque a pesar de haber nacido en la capital, caminaba con un andar de monte que era igual a Agripina, su mamá. Y pensó con una sonrisa que, definitivamente, la sangre llama.

Federico

Etiquetas: Federico, Humor, Drama

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14 comentarios en “El nieto que no era de Evangelina”

  1. Jueves, 28 Enero 2021 02:47

    Muchísimas gracias. Es grato el apoyo. 

  2. Miércoles, 27 Enero 2021 23:57

    Precioso relato de sabiduría de sangre. Me remitió a mi primera lectura del gran Gabo y al asombro de leer exageraciones que me parecieran totalmente normales. Logrado el efecto de transportar al lector a un mundo tan terrenal y a la vez tan mágico.

  3. Martes, 19 Enero 2021 00:36

    Felicitaciones...

    Me encanta leer te

    1. Jueves, 21 Enero 2021 13:08

      RBC. Muchísimas gracias por tu apoyo 

  4. Martes, 19 Enero 2021 00:33

    Cómo siempre un bello relato es un placer leer tus relatos y vivir las historias 

    1. Jueves, 21 Enero 2021 13:09

      Patricia. Me alegra mucho que hayas disfrutado de este escrito. Te envío un abrazo. Gracias 

  5. Viernes, 15 Enero 2021 21:49

    Me encantó tu relato. Se me escaparon algunas palabras o giros en el lenguaje utilizado: creo que eso es un mérito, porque como que uno oye hablar a los personajes. Cada personaje es un placer. La trama es hermosa y con un final excelente. Me gustó particularmente eso de describir el presente y el futuro...

    Felicitaciones

    Atte

    Mauricio

     

    1. Sábado, 16 Enero 2021 00:06

      Me alegra que te haya gustado Mauricio. Gracias por tu apoyo. 

  6. Viernes, 15 Enero 2021 16:18

    Muy bien logrado, la gente de antes tenía otros ojos y miraba a las cosas con mucha más profundidad que hoy día. Nos quitaron lo profundo y nos movemos con los aparatos que solo nos muestran la superficialidad. Muy bueno.

    1. Sábado, 16 Enero 2021 00:05

       Hernán. Muchísimas gracias por tu apoyo. Un abrazo. 

  7. Viernes, 15 Enero 2021 15:38

    Genial narración mi cuate, me gustó mucho.

    1. Sábado, 16 Enero 2021 00:04

      Muchas gracias Pablo. Un abrazo. 

  8. Viernes, 15 Enero 2021 15:32

    Precioso Fede. Escribes contando cosas de pueblo con una frescura y dulzura, que me maravilla.

    Saludos!!

    1. Sábado, 16 Enero 2021 00:03

      Muchísimas gracias por tu apoyo. Me alegra mucho que te haya gustado 

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