El milagro repudiado

FilosóficoDrama

Poco después del milagro, Pierino empezó a tocar con los ojos cerrados. Temía perder la nitidez de sus silencios, esos vacíos que hacía destellar como monedas en la lluvia avivando el color de cada nota. Él amaba las afonías en su música; tanto, que la describía como «un arcoíris de sonidos alhajado de silencios luminosos». Ignoro cómo pudo componer esa metáfora, porque Pierino no conocía la luz ni los colores. Nació ciego, sumido en la negrura más rotunda.

04 AlvaroNo es absurdo decir que la música lo encontró de casualidad, y que la casualidad no existe.

Su padre, un hombre anodino, agobiado por desgracias reales e inventadas, se hizo atropellar por un camión antes de que él hablara y su mamá, desesperada por creer en la normalidad del niño, repudió al Instituto Braille y gastó casi todo el dinero del seguro para lograr que lo admitieran en un costoso colegio privado. ¡Pobre Pierino! Al principio, sus compañeros le tenían lástima, pero pronto quedó claro que la ceguera no opacaba su inteligencia, y cambiaron la conmiseración por la crueldad.

A los siete años conoció a Julia, una niña de alcurnia que, imitando a su madre, halló en la caridad el medio para expiar los pecados que los de su clase están destinados a cometer. Julia adoptó la amistad de Pierino con orgullo, desoyendo a sus amigas. Empezó a quererlo. Charlaba con él en los recreos y un día, lo invitó a pasar el fin de semana en casa de su abuelo Guido.

Recorrieron la casona de la mano. Julia le iba indicando los obstáculos y él, contando sus pasos, descubrió un universo de salones habitados por siete pianos; cuatro de ellos verticales, enfrentados de dos en dos en la habitación donde al fin se detuvieron.

—¿Quieres que toque algo? —preguntó Julia, ansiosa.

—Sí, por favor —dijo él, con los ojos fijos en la pared.

La niña hizo sentar a su amigo frente a uno de los pianos, abrió la tapa, quitó la franela, y las manitas de Pierino se dejaron llevar mansas al teclado. ¡Fue mágico! Tras la suave tibieza de las manos de Julia, sus yemas sintieron la tersura del marfil y el ébano, electrizadas de certezas. Presionó algunas teclas y el mapa de los sonidos se fijó en su mente con una precisión insólita. Julia, en el piano de al lado, tocó el Minuet en Sol mayor mientras los ojos de Pierino, claros como la miel de azahares, se anegaban en lágrimas alegres. Cuando ella acabó, Pierino buscó las notas, dedicó un instante a presagiar el movimiento de sus dedos y repitió el Minuet fielmente, con tanto sentimiento que Julia, boquiabierta, no se dio cuenta de que su abuelo estaba ahí, apretándole el hombro con la mano temblorosa.

—¿Cuánto hace que tocas? —preguntó don Guido.

Pierino, sorprendido de no haber oído los pasos ni la respiración ni otro corazón latiendo, se paró de golpe volviéndose hacia la voz y balbuceó:

—Perdón, señor Santórsola… No, no… Yo no toco, señor Santórsola.

—¿¡Escuchaste, abuelito!? —exclamó Julia, tan sorprendida como su amigo—. Yo te digo, abuelito, yo te digo… ¡Toca desde hace dos minutos!

Pierino entendió al fin por qué había tantos pianos en esa casa: el abuelo de Julia era director de orquesta, un maestro de maestros. Ese fin de semana le enseñó partituras en Braille, endulzó con chocolate y pasteles sus historias de compositores sordos, de Shi Kuang, de Francesco Landini…, y tres días después bajó de un enorme auto frente a la casa de Pierino para rogarle a su mamá que le permitiera tomarlo de discípulo.

A los nueve años Pierino dio su primer concierto y a los once, dirigió la Sinfónica Nacional. Su oscuro universo se volvió infinito en las ochenta y ocho teclas y creció distinto, nutriendo de sentimientos su memoria sin imágenes, cultivando una inteligencia consagrada a las emociones en la que cada sonido, aroma, tacto y sabor se fundía a impresiones profundas y conmovedoras.

Oía siempre frases que no lograba entender: «Ver para creer», «La verdad está ante tus ojos», «Una imagen vale más que mil palabras»…; expresiones que, por comunes, lo hicieron sospechar que lo real solo era accesible a la mirada, y para no sentirse inválido, impedido de conocer lo verdadero, decidió que el verbo ver era una alegoría de “darse cuenta”; que luz, de cierto modo, significaba alma, y que los colores representaban emociones.

Un cáncer consumió rápido a su madre cuando él tenía quince años y el maestro Santórsola lo adoptó. Le había tomado cariño y temía que el talento de ese prodigio se perdiera en el orfanato.

Había cumplido dieciséis cuando estalló el cataclismo del amor en su tiniebla. Don Guido estaba dirigiendo en Europa y por primera vez, Pierino y Julia se quedaron solos en la casona. Hacía ya algún tiempo que temblaban ruborizados al rozarse, evitaban hablar de ciertos temas y los invadía el desasosiego si el otro mencionaba a un novio o las flores de una admiradora. Se querían mucho desde niños, pero la adolescencia trajo culpas. Empezaron a creer que su cariño era incestuoso y a desearse con toda el alma. En su primera noche a solas, mientras el reloj daba las doce, Julia cruzó el pasillo temblando, se deslizó desnuda en la cama de Pierino y le besó los labios. Lo demás fue puro éxtasis. Sus manos ansiosas se exploraron palmo a palmo, sorbieron del otro cada elíxir, respiraron los efluvios de la carne trémula, impetuosa, y una armonía de gemidos inundó el mundo entero. No había retorno de ese paraíso; lo sabían. Lloraron abrazados hasta el amanecer y juraron amarse hasta la muerte.

Desde entonces, Julia se arreglaba para él de otras maneras: vestía de seda, suavizaba su piel con aceites aromáticos o componía melodías de susurros para naufragar dichosos, cada vez en un nuevo mar de sensaciones. Su amor febril y secreto duró hasta los veinticuatro años, cuando Julia cumplió su juramento al morir en un accidente.

05 AlvaroPierino, en la casona, también se murió un poco. Volvió por mucho tiempo al oscuro claustro de la primera infancia, al vacío bruno que lo aislaba de todos. Purgó su duelo amargo, casi eterno, hasta que un día evocó las manos tibias de una niña llevando las suyas al teclado, y volvió a sentirse vivo. La música fluyó arrastrando al mar de las pasiones su soledad de agua estancada, barriendo el charco frio y quieto de la nostalgia. Volvió a llenar de luz cada silencio, a impregnar las notas de su alma; supo al fin que la verdad no le era ajena; que la noche es más noche si está cerrada por dentro, y que no muere del todo quien habita los recuerdos.

Su memoria sin imágenes era un manantial inagotable de emociones intensas, un teatro negro de los sentidos en el que Julia aún le susurraba al oído, aún reía, gemía, temblaba, emanaba sus fragancias, actuando cada vez con más talento los papeles que interpretó en el escenario de sus vidas. Pierino volvió a ser feliz. A los treinta decidió dar conciertos otra vez, solo uno o dos al año, para poder componer; no porque ambicionara dejar algún legado, sino porque la música había empezado a emanar de sus evocaciones, y al recordar, se le henchía el alma.

Heredó de don Guido la casona y a Carmiña, un ama de llaves española que flotaba sigilosa como fantasma mientras él, siempre en el piano, transmutaba los hitos de su memoria en sublimes armonías, contrapuntos y silencios.

Así vivió veintiséis años hasta que una mañana, al despertar, se sintió enfermo. La cabeza le dolía como si un punzón atravesara sus sienes. Se sentó en la cama con los párpados apretados y al abrirlos, una mancha luminosa delgada, vertical, irrumpió en la negrura. Dio un grito. Se restregó los ojos y empezó a distinguir formas: las cortinas bailaban en silencio separadas por un espectro de otro mundo. No sabía aún que eso era luz. Recorrió la casa torpemente, tropezando con todo, ante la mirada atónita de Carmiña que, asustada, me llamó enseguida.

Evité hasta ahora confesar que fui su agente desde antes que muriera Julia. No sé por qué lo hice. Quizá por esa culpa secreta que me empeño en ignorar.

Los médicos, incapaces de explicar aquel fenómeno, lo tildaron de “milagro” y él, asombrado por las nuevas maravillas, adoptó el término. Cuando al fin asumió su nueva condición, temiendo aún volver a la ceguera, contempló un amanecer soberbio y empezó a hacer una lista de las cosas que en sus momentos más felices, Julia lamentó que él no pudiera ver y había intentado describir desesperada, sin hallar el modo. Todo se convulsionó entonces. Pierino, ansioso de evocar a Julia en esas cosas, las deseó con avaricia y yo, dedicado por entero a su satisfacción y a enriquecerme, no tuve tregua.

Nos radicamos en Florencia por tres años y aún hoy, siendo ya anciano, no logré gastar todo el dinero que gane con él en esos días. Fue arduo, es cierto. Me asignaba tareas que parecían imposibles, como organizar el primer concierto de esa gira: una velada nocturna al aire libre en las afueras de Reikiavik, bajo la aurora boreal. ¡Qué escenario sublime! Asistió público de todo el mundo y hasta los empresarios ignorantes que me llamaron loco quedaron boquiabiertos. Después recorrimos museos en París, visitamos Madrid, Viena, Berlín, Praga, La Gran Muralla…, hasta el concierto en San Pietro in Vincoli, frente al Moisés de Miguel Ángel que, juraría, estuvo a punto de pararse a aplaudirlo.

Pierino había cambiado para entonces. Ya no temía el regreso de la ceguera, ¡lo anhelaba!

—Las imágenes invaden mis recuerdos más puros —me confesó un día—, me contaminan el alma de falsas apariencias. Hay algo ominoso en el milagro, una trampa cruel, una artimaña…

Yo no entendí aquello; estaba demasiado imbuido del mundo material, monetizando el talento inconmensurable de ese genio que, habiendo visto lo que para él era importante, empezó a tocar con los ojos cerrados, mejor que nunca, como si sus emociones fueran más diáfanas a oscuras.

Lamenté que quisiera retirarse, encerrarse en su casona a componer, pero la compensación fue generosa y no objeté. Esa noche, me dijo que había aprendido mucho observándome:

—Tú, amigo mío, perteneces al universo de las apariencias. Como todos sus habitantes, luces tu disfraz con orgullo sin darte cuenta, acaso, de que cuanto más te disfrazas, más te pareces a ti mismo… Fue un privilegio tenerte cerca, que me llevaras de la mano por un mundo que no es el mío. Te lo agradezco sinceramente.

Tampoco entendí que aquello era un adiós y volví a visitarlo hace unos años. El fantasma avejentado de Carmiña abrió la puerta para llevarme al salón del Steinway. Pierino me dio la mano en la penumbra, señaló el sillón y se sentó frente a mí. Llevaba puesto uno de esos antifaces para dormir cubriéndole los ojos. Había decidido regresar a la ceguera, «donde lo aparente no oculta lo verdadero».

No me reprochó la visita, al contrario; charlamos largo rato. Me habló de Edipo y de Tiresias; de las ficciones inventadas por Homero, más reales que el presente; nombrando siempre a Julia como si estuviera viva, rondando por ahí… Creí que se había vuelto loco, pero en la puerta, al despedirme, me abrazó y dijo:

—Aprende de una vez a vivir, amigo mío. Ya no te afanes en tener. Entiende que lo esencial no puede poseerse; que la música, el ocaso, los misterios del amor y la belleza no tienen dueño ni sentido… Solo son, y eso es lo único que importa.

Entonces comprendí. ¡Por fin vi brillar la luz majestuosa de Pierino!

No, no estaba loco.

Quiero creer que aún vive, que sigue componiendo su música secreta preñada de recuerdos; necesito la certeza de que todavía existe un humano de verdad, fiel al adjetivo; un hombre que logró alcanzar la dicha sin tener que arrancarse el corazón.

 

CuauhtémocC

Etiquetas: Álvaro, Drama, Filosófico

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4 comentarios en “El milagro repudiado”

  1. Viernes, 08 Octubre 2021 02:36

    Muy bueno su cuento, prosa fluida, atractiva y profunda historia. Me conectó con la frase de El Principito: "Lo esencial es invisible a los ojos." Fue un placer leerlo.

    1. Sábado, 09 Octubre 2021 16:44

      Hola, Hilda. Me alegra que te gustara. Gracias por leerlo y comentar. Un abrazo.

  2. Sábado, 18 Septiembre 2021 01:47

    Un cuento estupendo, Álvaro. Tu estilo narrativo es rico en bellas metáforas. Me gustó esta afirmación: "No es absurdo decir que la música lo encontró de casualidad, y que la casualidad no existe".

    1. Sábado, 18 Septiembre 2021 18:51

      Gracias, Fernando, por la lectura y el estimulante comentario. Un abrazo.

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