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El ladrón de cadáveres

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El ladrón de cadáveres
 

Todas las noches del año, los cuatro nos sentábamos en el saloncito de la taberna George de Debenham: el empresario de pompas fúnebres, el dueño, Fettes y yo. A veces había alguno más, pero soplara viento o no, lloviera, nevara o cayera una helada, nosotros cuatro nos arrellanábamos en nuestros sillones respectivos. Fettes era un viejo escocés aficionado a la bebida, un hombre culto y, sin duda, también acomodado, pues vivía sin necesidad de trabajar. Había llegado a Debenham hacía muchos años, cuando todavía era joven, y por el mero hecho de seguir viviendo allí había llegado a convertirse en ciudadano de adopción. Su manto azul de camelote era una antigüedad local, como el campanario de la iglesia. Su sitio fijo en el salón de la taberna, su falta de asistencia a la iglesia y sus viejos vicios libertinos y vergonzosos eran de todos conocidos en Debenham. Sostenía algunas vagas opiniones radicales y un efímero escepticismo religioso que sacaba a relucir de vez en cuando y subrayaba con vacilantes manotazos en la mesa. Bebía ron: por lo general, cinco copas cada noche, y pasaba la mayor parte de sus visitas nocturnas a la taberna con un vaso en la mano derecha y sumido en un melancólico estado de saturación alcohólica. Lo llamábamos el médico, porque se decía que tenía conocimientos de medicina y se sabía que, en caso de apuro, era capaz de entablillar una fractura o reducir una luxación, pero, aparte de esos escasos detalles, no sabíamos nada de su personalidad o antecedentes.

Una negra noche de invierno —habían dado las nueve poco antes de que el dueño se reuniera con nosotros— llevaron a un enfermo a la taberna, un gran terrateniente de la comarca había sufrido una apoplejía mientras iba camino del Parlamento y habían telegrafiado a un famoso médico londinense para que acudiese a la cabecera del gran hombre. Era la primera vez que ocurría algo semejante en Debenham, pues hacía muy poco que habían inaugurado la línea de ferrocarril y a todos nos conmovió mucho el incidente.

Robert Louis Stevenson —Ya ha llegado —dijo el dueño después de llenar y encender la pipa.

—¿Que ha llegado? —pregunté—. ¿Quién…? ¿No será el médico?

—El mismo —replicó nuestro anfitrión.

—¿Cómo se llama?

—Doctor Macfarlane —dijo el dueño.

Fettes iba ya por su tercer vaso y estaba tan sumido en el estupor de la borrachera que lo mismo asentía con la cabeza que miraba perplejo a su alrededor, pero al oír aquellas palabras dio la impresión de despertar y repitió el nombre «Macfarlane» un par de veces, en voz baja al principio y con súbita emoción la segunda vez.

—Sí —dijo el dueño—, así se llama, doctor Wolfe Macfarlane.

Fettes se serenó en el acto, sus ojos parecieron despertar, su voz se volvió clara, fuerte y firme, y habló con energía y seriedad. A todos nos sorprendió aquella transformación, como si alguien hubiese resucitado de entre los muertos.

—Le ruego que me disculpe —dijo—, me temo que no estaba siguiendo la conversación. ¿Quién es ese Wolfe Macfarlane? —y después de oír las explicaciones del dueño exclamó—: Es imposible, no puede ser, y, sin embargo, quisiera verle la cara.

—¿Lo conoce usted, doctor? —preguntó boquiabierto el empresario de pompas fúnebres.

—¡No lo quiera Dios! —replicó el otro—. No obstante, es un nombre poco corriente y sería mucha coincidencia que hubiese dos. Dígame, ¿es viejo?

—Bueno —dijo el dueño—, desde luego no es joven, y tiene el cabello cano, pero parece más joven que usted.

—Y sin embargo, es mayor, mucho mayor. Pero lo que ven pintado en mi rostro es obra del ron…, del ron y del pecado —dijo dando un manotazo en la mesa—. Ese hombre tal vez tenga la conciencia tranquila y una buena digestión. ¡Conciencia! Cualquiera que me oyera pensaría que he sido un buen cristiano, ¿no creen? Pero no, yo no, nunca he sido ningún hipócrita. Tal vez Voltaire lo hubiese sido de haber estado en mi pellejo —se dio un manotazo en la calva cabeza—, pero mi cerebro estaba claro y despejado y me limité a ver sin sacar conclusiones.

—Si conoce usted a ese médico —me aventuré a observar, tras una penosa pausa—, ¿debo entender que no comparte la buena opinión del tabernero?

Fettes no me hizo el menor caso.

—Sí —dijo con súbita decisión—, tengo que verlo cara a cara.

Se hizo otra pausa, luego una puerta se cerró en el primer piso y se oyeron unos pasos en las escaleras.

—Es el médico —gritó el dueño—. Si se da prisa, podrá alcanzarlo.

Solo había dos pasos desde el saloncito hasta la puerta de la taberna, las anchas escaleras de roble daban casi a la calle y entre el último peldaño y el umbral solo había sitio para una alfombra turca, pero aquel lugar estaba muy bien iluminado no solo por la lámpara de la escalera y el gran farol que había junto al cartel de la taberna, sino también por el cálido resplandor de la ventana del bar. El establecimiento se anunciaba así brillantemente a los transeúntes que pasaban por la calle fría. Fettes fue allí con paso firme, y los que nos quedamos detrás vimos encontrarse a los dos hombres cara a cara. El doctor Macfarlane parecía despierto y vigoroso. Su cabello blanco enmarcaba su semblante pálido y plácido, aunque enérgico. Iba muy bien vestido con el mejor paño y una camisa de hilo, llevaba una gran cadena de oro para el reloj, y gemelos y antiparras del mismo material precioso. Lucía una ancha corbata blanca con lunares de color lila, y llevaba debajo del brazo un cómodo abrigo de piel. No había duda de que llevaba sus años con dignidad y de que transpiraba riqueza y respetabilidad, y fue un sorprendente contraste ver a nuestro borrachín contertulio —calvo, sucio, granujiento y envuelto en su vieja capa de camelote— salirle al encuentro al pie de las escaleras.

—¡Macfarlane! —exclamó en voz alta, más como un heraldo que como un amigo.

El famoso médico se detuvo en el cuarto escalón, como si le sorprendiera la familiaridad de aquel saludo y ofendiera en cierto modo su dignidad.

—¡Toddy Macfarlane! —repitió Fettes.

El londinense casi se tambaleó. Se quedó mirando un instante al hombre que tenía delante, luego echó un vistazo asustado a sus espaldas y susurró muy sorprendido:

—¡Fettes! ¡Tú!

—Sí —dijo el otro—, ¡yo! ¿Creías que también había muerto? No es tan fácil librarse de los conocidos.

—¡Calla, calla! —exclamó el médico—. ¡Calla!, este encuentro es de lo más inesperado… Veo que te has ofendido. Admito que casi no te he reconocido, pero me alegra mucho…, me alegra tener esta oportunidad. Hoy solo puedo decirte hola y adiós, pues tengo un coche esperando y no quiero perder el tren, pero…, veamos…, sí, eso es, dame tu dirección y tendrás noticias mías. Algo habrá que hacer por ti, Fettes. Me temo que no andas bien de dinero, pero algo habrá que hacer aunque solo sea «por los viejos tiempos», como solíamos cantar en nuestras cenas.

—¡Dinero! —gritó Fettes—, ¡tu dinero! El que me diste todavía debe de seguir allí donde lo arrojé en la lluvia.

El doctor Macfarlane había hablado con cierta superioridad y confianza, pero la insólita energía de aquel rechazo lo devolvió a su confusión inicial.

Una fea y horrible expresión cruzó rápidamente su casi venerable semblante.

—Mi querido amigo —dijo—, haz lo que quieras, nada más lejos de mi intención que ofenderte. No pretendía entrometerme. No obstante, te dejaré mis señas…

—No, gracias…, no quiero saber cuál es el techo que te cobija —le interrumpió el otro—. Oí tu nombre, temí que pudieras ser tú, quise saber si después de todo había un Dios; ahora ya sé que no. ¡Vete!

Se quedó plantado en mitad de la alfombra, entre la puerta y las escaleras, de modo que el gran médico londinense tuviera que hacerse a un lado para escapar. Fue evidente que dudó al pensar en aquella humillación. A pesar de lo pálido que estaba, había un brillo amenazador en sus antiparras, pero mientras esperaba indeciso, reparó en que el cochero estaba contemplando de reojo desde la calle aquella escena tan poco frecuente, y al mismo tiempo vio a nuestro pequeño grupo amontonado junto a la barra del bar. La presencia de tantos testigos le decidió a huir de inmediato. Se encogió y se dirigió hacia la puerta rozando los paneles de la pared tan rápido como una serpiente. Pero sus tribulaciones no habían terminado del todo, pues Fettes lo agarró del brazo al pasar y le susurró estas palabras con dolorosa claridad:

—¿Has vuelto a verle?

El acaudalado y famoso médico londinense soltó un grito agudo y oprimido, empujó al que le interrogaba, se echó las manos a la cabeza y huyó como un ladrón al que acaban de sorprender. Antes de que pudiésemos hacer ningún movimiento el coche traqueteaba ya hacia la estación. La escena terminó como un sueño, aunque dejó huellas y pruebas de que había sucedido. Al día siguiente, el criado encontró rotas las antiparras de oro en el umbral y esa misma noche nos reunimos boquiabiertos junto a la ventana del bar, con Fettes a nuestro lado, sobrio, pálido y con aire decidido.

—¡Que Dios nos ayude, señor Fettes! —dijo el dueño, que fue el primero en recobrar el uso normal de sus sentidos—. ¿A qué ha venido todo eso? Ha dicho usted cosas muy raras.

Fettes se volvió y nos fue mirando a la cara uno por uno.

—Traten de no irse de la lengua —dijo—. Es peligroso contrariar a ese Macfarlane, los que lo han hecho no han tenido tiempo de arrepentirse.

Y luego, sin haber terminado siquiera el tercer vaso, ni mucho menos pedido los otros dos, se despidió de nosotros y se internó en la oscuridad de la noche, tras pasar por debajo del farol de la posada.

Los tres volvimos a ocupar nuestros sitios en el saloncito, con un buen fuego y tres velas recién empezadas; y, al recordar lo sucedido, el primer escalofrío de sorpresa no tardó en convertirse en un cosquilleo de curiosidad. Nos quedamos hasta tarde, no recuerdo ninguna otra ocasión en la que tardáramos tanto en irnos de la taberna. Antes de que nos fuésemos, cada uno de nosotros tenía una teoría que demostrar y ninguno pensaba en otra cosa que no fuese rastrear el pasado de nuestro misterioso contertulio y descubrir el secreto que compartía con el famoso médico londinense. No es por presumir, pero creo que me las arreglé mucho mejor que mis compañeros de tertulia a la hora de desentrañar su historia, y tal vez hoy sea el único en el mundo que puede narrar los sucesos horribles y monstruosos que me dispongo a relatar a continuación.

 

De joven, Fettes estudió medicina en la Universidad de Edimburgo. Tenía un talento especial para retener con facilidad todo lo que oía y hacerlo propio. No era muy estudioso, pero sí amable, atento e inteligente cuando estaba en presencia de sus maestros. Pronto repararon en él como un muchacho que sabía prestar atención y tenía buena memoria. Es más, aunque me resultara extraño oírlo, por lo visto era bien parecido y su aspecto le beneficiaba. Había en esa época cierto profesor de anatomía ajeno a la universidad, a quien llamaré en adelante K…, y cuyo nombre llegó a hacerse después tristemente famoso. El hombre pululaba disfrazado por las calles de Edimburgo, mientras la turba que aplaudía la ejecución de Burke  clamaba por la sangre de su patrón. Pero el señor K… estaba en la cima de su prestigio y disfrutaba de una popularidad debida en parte a su propio talento y en parte a la incapacidad de sus rivales, los profesores universitarios. Los estudiantes, al menos, tenían una fe ciega en él, y el propio Fettes creía, igual que lo creían otros, haber puesto los cimientos de su éxito al conseguir el favor de aquel hombre de carrera meteórica. El señor K… era un bon vivant, además de un gran profesor, y apreciaba tanto una alusión maliciosa como una cuidadosa preparación. Fettes destacaba en ambas cosas y, al segundo año de sus estudios, consiguió el puesto semioficial de profesor ayudante a media jornada.

En virtud de aquel empleo cayó sobre sus espaldas el cuidado del aula y el quirófano. Era responsable de su limpieza y del comportamiento de los demás estudiantes, y era parte de su deber proveer, recibir y repartir los sujetos de estudio. A fin de facilitarle esta última tarea —que en aquel tiempo resultaba muy delicada—, el señor K… lo alojó en el mismo callejón y por fin en el mismo edificio de la sala de disecciones. Allí, tras una velada de placeres turbulentos, con las manos temblorosas y la vista todavía nublada y confundida, lo despertaban en mitad de las negras noches invernales, antes de que amaneciera, los sucios y desesperados intermediarios que abastecían la mesa de operaciones. Les abría la puerta a aquellos hombres ahora tan mal vistos en todo el país, les ayudaba a transportar su trágica carga, les pagaba su sórdido precio y, cuando se iban, se quedaba a solas con aquellos desagradables despojos humanos. Luego iba a robarle otro par de horas al sueño para tratar de reparar los excesos de la noche y refrescarse para los trabajos del día.

Pocos habrían podido ser más insensibles a las impresiones de una vida pasada entre aquellos símbolos de la mortalidad. Su imaginación era inmune a cualquier consideración de tipo general. Era incapaz de interesarse por el destino y la fortuna de los demás, y un esclavo de sus propios deseos y ambiciones mezquinas. Frío, egoísta y superficial hasta extremos insospechados, tenía ese mínimo de prudencia, mal llamado moralidad, que aleja a la gente de las borracheras inconvenientes y los crímenes punibles. Ambicionaba, además, gozar de la consideración de sus maestros y condiscípulos y no se arriesgaba a dejarse perjudicar por las apariencias. De modo que se consagró a destacar en los estudios y, día tras día, le ofreció a su patrón, el señor K…, un servicio impecable. Compensaba el trabajo diario con noches de juerga ruidosa y desvergonzada y, cuando lograba el equilibrio, el órgano que llamaba su conciencia se declaraba satisfecho.

La obtención de sujetos de estudio era una causa continua de dificultades para él y su patrón. En una clase tan concurrida y atareada, la materia prima de las disecciones se agotaba constantemente, y las transacciones que se hacían necesarias no solo eran desagradables en sí mismas, sino que podían acarrear peligrosas consecuencias para todos los implicados en ellas. El señor K… tenía por costumbre no hacer preguntas en sus tratos comerciales. «Ellos traen los cadáveres y nosotros les pagamos su precio», decía recalcando la aliteración, «quid pro quo». Y les pedía con cierto cinismo a sus ayudantes: «No hagáis preguntas por el bien de vuestras conciencias». Se suponía que los cadáveres no se obtenían por medio del asesinato. Si alguien le hubiese expuesto esa posibilidad con palabras, el señor K… se habría horrorizado, pero la ligereza con que hablaba de un asunto tan serio, era ya una ofensa a las buenas costumbres y una tentación para los hombres con quienes trataba. Fettes, por ejemplo, había reparado a menudo en lo recientes que eran los cadáveres. Le había sorprendido más de una vez el aspecto odioso y patibulario de los rufianes que iban a verlo al amanecer, y, tras sacar sus propias conclusiones, le atribuía tal vez un sentido demasiado inmoral y categórico a los consejos de su patrón. Daba por sentado, en suma, que su deber consistía básicamente en tres cosas: aceptar lo que le llevasen, pagar su precio y hacer la vista gorda ante cualquier indicio de crimen.

Una mañana de noviembre, aquella ley del silencio se vio sometida a una dura prueba. Había pasado toda la noche despierto con un terrible dolor de muelas, dando vueltas por la habitación como un animal enjaulado o tumbándose desesperado en la cama, y se había sumido por fin en ese sueño profundo y tenso que tan a menudo sigue a una noche de sufrimiento, cuando lo despertó la airada repetición, por tercera o cuarta vez, de la señal convenida. La luna brillaba, hacía un frío terrible, ventoso y helado, la ciudad no había despertado todavía, pero un temblor indefinible preludiaba ya el ruido y la agitación del día. Los profanadores de tumbas habían llegado más tarde de lo acostumbrado y parecían tener más prisa por marcharse que las otras veces. Fettes, muerto de sueño, les indicó que subieran. Oyó sus gruñonas voces irlandesas como en sueños, y, mientras sacaban del saco su triste mercancía, se quedó aturdido con el hombro apoyado contra la pared, y tuvo que espabilarse para encontrar el dinero de aquellos hombres. Al ir a hacerlo su mirada se posó en el rostro del cadáver. Se sobresaltó y avanzó un par de pasos con la vela encendida.

—¡Dios mío! —gritó—. Pero ¡si es Jane Galbraith! —Los hombres no respondieron, aunque se acercaron a la puerta arrastrando los pies—. Les digo que la conozco —prosiguió—. Ayer estaba viva y coleando. No puede ser que haya muerto, es imposible que hayan conseguido este cadáver honradamente.

—Sin duda se equivoca usted por completo —dijo uno de los hombres.

Pero el otro miró a Fettes con aire siniestro a los ojos y exigió que les pagara enseguida.

Era imposible malinterpretar aquella amenaza o exagerar el peligro. Al joven le faltó valor. Balbució una excusa, contó el dinero y acompañó a la puerta a sus odiosos visitantes. En cuanto se marcharon, corrió a confirmar sus sospechas. Identificó a la chica con quien había bromeado la noche anterior por medio de una docena de marcas inconfundibles. Vio con horror señales sobre su cuerpo que podían indicar una muerte violenta. Lo dominó el pánico y corrió a refugiarse en su habitación. Allí reflexionó largamente sobre lo que había descubierto, recordó las instrucciones del señor K… y consideró el peligro que supondría para él entrometerse en un asunto tan grave, y por fin, lleno de amargas dudas, decidió pedirle consejo a su inmediato superior, el primer ayudante.

Se trataba de un médico joven, el doctor Wolfe Macfarlane, muy apreciado por los estudiantes más alocados, un hombre inteligente, disipado y totalmente carente de escrúpulos. Había viajado y estudiado en el extranjero. Sus modales eran agradables y un poco descarados. Se le consideraba toda una autoridad en cuestiones teatrales, era muy hábil en la pista de hielo y en los campos de golf, vestía con atrevimiento, y como último toque de distinción tenía un calesín y un robusto caballo trotón. Había llegado a hacerse íntimo de Fettes, y de hecho sus cargos respectivos exigían que se vieran a menudo; y, cuando escaseaban los sujetos de estudio, la pareja viajaba a algún pueblo perdido en el calesín de Macfarlane, visitaba y profanaba un cementerio solitario y volvía antes del amanecer con su botín a la puerta de la sala de disecciones.

Esa mañana concreta, Macfarlane llegó un poco antes de lo acostumbrado. Fettes lo oyó y salió a recibirlo a las escaleras, le contó lo sucedido y le mostró la causa de su preocupación. Macfarlane examinó las marcas de su cuerpo.

—Tienes razón —dijo asintiendo con la cabeza—, aquí hay gato encerrado.

—Bueno, y ¿qué me aconsejas hacer? —preguntó Fettes.

—¿Hacer? —repitió el otro—. ¿Es que quieres hacer algo? Cuanto menos se hable de esto, antes se olvidará, diría yo.

—Alguien más podría reconocerla —objetó Fettes—. Era tan popular como el Castle Rock.

—Esperemos que no —dijo Macfarlane—, y, si alguien lo hace, tú di que no te diste cuenta y asunto terminado. Lo cierto es que esto lleva ocurriendo demasiado tiempo. Remueve el fango y meterás a K… en un buen lío, del que tú también puedes salir mal librado. Y yo, si vamos a eso. Quisiera saber cómo quedaríamos y qué demonios íbamos a alegar si tuviésemos que comparecer ante un tribunal. En mi opinión, hay una cosa bien clara: que, en la práctica, todo nuestro «material» son personas a las que han asesinado.

—¡Macfarlane! —gritó Fettes.

—¡Vamos! —le respondió el otro con desdén—. ¡No me vengas con que no te lo habías imaginado!

—Una cosa es sospechar y otra…

—… estar seguros. Sí, lo sé; y lamento tanto como tú que hayamos tenido que llegar a esto —dijo dando unos golpecitos en el cadáver con el bastón—. Pero, en mi opinión, lo mejor que podemos hacer es mirar hacia otro lado, y eso mismo —añadió con frialdad— es lo que pienso hacer. Tú haz lo que te parezca más conveniente. No seré yo quien te dé órdenes, aunque creo que cualquier hombre de mundo haría como yo; y me atrevo a añadir que es lo que K… quiere que hagamos. La pregunta es: ¿por qué nos eligió a nosotros como ayudantes? Yo te lo diré: porque no quería melindrosos.

Aquel modo de hablar era el que más podía influir en Fettes. Accedió a imitar a Macfarlane. El cadáver de la desdichada joven acabó en la mesa de disección y nadie pareció reconocerla.

Una tarde, al acabar su día de trabajo, Fettes se pasó por una conocida taberna y encontró a Macfarlane sentado con un desconocido. Era un hombre bajo, muy pálido y cetrino y con los ojos muy negros. El corte de sus facciones parecía prometer una inteligencia y un refinamiento que sus modales desmentían, pues al conocerlo mejor resultó ser vulgar, grosero y estúpido. Y, sin embargo, tenía una notable influencia sobre Macfarlane: le daba órdenes como si fuese un gran bajá, se irritaba si le llevaba la contraria o tardaba en obedecerle, y hacía comentarios ofensivos sobre su servilismo. Aquel hombre tan desagradable pareció sentir una inmediata simpatía por Fettes, le invitó a beber y le honró con extraordinarias confidencias sobre su vida pasada. Si una décima parte de lo que le confesó era cierto, se trataba de un granuja odioso, y la vanidad del joven se sintió halagada de que le prestara atención aquel hombre tan vivido.

—Puede que yo sea mala persona —observó el desconocido—, pero al lado de Macfarlane soy un querubín. Yo lo llamo Toddy Macfarlane… Toddy, pídele otra copa a tu amigo —o bien le decía—: Toddy, levántate de ahí y ve a cerrar la puerta —y tras una pausa, agregó—: Toddy me odia… Sí, Toddy, ¡no lo niegues!

—No me llames de ese modo —gruñó Macfarlane.

—¿Lo has oído? ¿Has visto alguna vez a los niños jugando a tirar al blanco con sus navajas? A él le gustaría hacer lo mismo con mi cuerpo —observó el desconocido.

—Los médicos tenemos un sistema mejor —dijo Fettes—. Cuando alguien nos cae mal, lo diseccionamos.

Macfarlane le observó aguzando la mirada, como si le hubiese dado una idea.

Pasó la tarde. Gray, pues así se llamaba el extraño, invitó a Fettes a cenar con ellos y encargó un festín tan suntuoso que hizo falta movilizar a todo el personal de la taberna. Al terminar, le ordenó a Macfarlane que pagase. Se separaron entrada ya la madrugada; el tal Gray estaba completamente borracho. Macfarlane, sobrio a causa de la rabia, rumiaba sobre el dinero que había tenido que desperdiciar y los desdenes que se había visto obligado a soportar. Fettes, con varios licores cantándole en la cabeza, volvió a casa con pasos inseguros y la mente en blanco. Al día siguiente, Macfarlane no asistió a clase y Fettes sonrió para sus adentros al imaginárselo invitando al insufrible Gray de taberna en taberna. En cuanto sonó el timbre del final de la clase fue a buscar a sus compañeros de la noche anterior. Sin embargo, no los encontró por ninguna parte y volvió pronto a sus habitaciones, se acostó y durmió el sueño de los justos.

A las cuatro de la mañana lo despertó la conocida señal. Bajó a abrir la puerta y se sorprendió mucho al encontrar a Macfarlane en el calesín y, dentro del coche, uno de aquellos bultos alargados que le eran tan familiares.

—¿Cómo? —gritó—. ¿Has ido tú solo? ¿Cómo te las has arreglado?

Pero Macfarlane le hizo callar y le pidió que le ayudara. Después de subir el cadáver y dejarlo sobre la mesa de disección, Macfarlane hizo ademán de marcharse. Luego se detuvo, pareció dudar un instante y por fin habló:

—Será mejor que le veas la cara —dijo como si le costara pronunciar las palabras—. Sí, será mejor —repitió mientras Fettes lo miraba atónito.

—Pero ¿cómo, dónde y cuándo has dado con él? —gritó el otro.

—Tú mírale la cara —fue su única respuesta.

Fettes titubeó, lo asaltaron unas dudas muy extrañas. Miró al joven médico, luego al cadáver y volvió a mirar al médico. Por fin, estremecido, hizo lo que le pedía. Casi esperaba toparse con lo que vieron sus ojos, pero aun así se llevó una sorpresa. Ver, desnudo sobre la tosca tela de saco y paralizado por la rigidez de la muerte, al hombre a quien había dejado bien vestido y lleno de concupiscencia en la puerta de la taberna, despertó, incluso en alguien tan irresponsable como Fettes, algunos terrores de la conciencia. Que dos personas a las que había conocido acabaran tendidas en las heladas mesas de disección era un cras tibi que resonaba sin cesar en el fondo de su alma. Sin embargo, era solo una idea secundaria. Su principal preocupación era Wolfe. Aquello le había cogido tan de improviso que no sabía cómo mirar a la cara a su compañero.

Fue el propio Macfarlane quien dio el primer paso. Se le acercó despacio por detrás y le puso la mano, amable pero firmemente, en el hombro.

—Que Richardson se quede con la cabeza. —Richardson era un estudiante que llevaba tiempo queriendo diseccionar esa parte del cuerpo humano. No hubo respuesta y el asesino continuó—: Y hablando de negocios, tendrás que pagarme. Es necesario que te cuadren las cuentas.

A Fettes le salió una voz que era solo una sombra de la suya.

—¡Pagarte! —gritó—. ¿Pagarte por eso?

—Pues sí, claro. Es imprescindible que lo hagas —repuso el otro—. Ni yo te lo daría nunca gratis, ni tú debes aceptarlo, eso nos comprometería a los dos. Este es un caso como el de Jane Galbraith. Cuanto más irregular sea la transacción, más debemos actuar como si todo estuviera en orden. ¿Dónde guarda el dinero el viejo K…?

—Allí —respondió con voz ronca Fettes, señalando a una alacena que había en un rincón.

—Pues, venga, dame la llave —dijo el otro extendiendo la mano con calma.

Se produjo un instante de vacilación y la suerte quedó echada. Macfarlane no pudo reprimir un temblor nervioso, el indicio infinitesimal de un enorme alivio, al tener la llave entre los dedos. Abrió la alacena, sacó la pluma y el tintero y un cuaderno que había en un cajón y contó una suma adecuada para la ocasión.

—Ahora escucha —dijo—, el pago ya está hecho…, es la primera prueba de tu buena fe, tu primer paso hacia la seguridad. Ahora tienes que confirmarlo con un segundo paso. Anota el pago en el cuaderno y luego podrás enfrentarte al mismo diablo.

Los segundos que siguieron fueron una agonía para Fettes, pero al sopesar sus terrores triunfó el más inmediato. Cualquier dificultad futura parecía casi bienvenida si podía evitar una discusión con Macfarlane. Dejó sobre la mesa la vela que había sostenido todo el rato y, con mano firme, anotó la fecha, la naturaleza y la cantidad de la transacción.

—Y ahora —dijo Macfarlane—, lo más justo es que te quedes tú el dinero. Yo ya he cobrado mi parte. Y, a propósito, cuando un hombre de mundo tiene un golpe de suerte y se hace con unos chelines de más…, me avergüenza tener que decírtelo, pero en estos casos hay una norma de conducta. Nada de invitar a la gente, nada de comprar libros caros, ni pagar viejas deudas; pide prestado, no prestes.

—Macfarlane —empezó Fettes, todavía un poco ronco—, me he puesto la soga alrededor del cuello para complacerte.

—¿Para complacerme? —gritó Wolfe—. ¡Vamos, hombre! Desde mi punto de vista, has hecho lo que has hecho solo para protegerte. Supón que me viese metido en un lío, ¿qué sería de ti? Este segundo asuntillo deriva claramente del primero. El señor Gray no es sino la continuación de la señorita Galbraith. No se puede empezar y luego parar. Cuando se empieza hay que seguir, esa es la verdad. No hay descanso para el malvado.

Una horrible sensación de negrura y de haber sido traicionado por el destino invadió el alma del desdichado estudiante.

—¡Dios mío! —exclamó—. ¿Qué he hecho? ¿Y cuándo empecé? Seamos sensatos, ¿qué tiene de malo que a uno lo nombren ayudante? Service también quería el empleo. ¿Estaría él en la misma situación en que me encuentro yo ahora?

—Mi querido amigo —dijo Macfarlane—, ¡qué ingenuo eres! ¿Acaso te ha ocurrido algo malo? ¿Es que puede pasarte algo malo si no te vas de la lengua? Hay dos tipos de personas: los leones y los corderos. Si eres un cordero, acabarás tendido en una de estas mesas como Gray o Jane Galbraith; si eres un león, vivirás y conducirás un carruaje como yo, como K…, y como cualquiera que tenga valor e inteligencia. Al principio vacilaste. Pero ¡mira a K…! Mi querido amigo, eres inteligente y tienes valor. Me caes bien, y a K… también. Naciste para encabezar la partida de caza. Y te aseguro que, según mi experiencia de la vida, dentro de tres días te reirás de tus miedos como un colegial en una pantomima.

Y con esas palabras, Macfarlane se despidió y se fue en su calesín por el callejón, para recogerse antes de que amaneciera. Fettes se quedó solo con sus remordimientos. Vio el triste peligro que corría. Comprendió, con inexpresable desánimo, que su debilidad no tenía límites, y que, a fuer de hacer concesiones, había pasado de ser el árbitro del destino de Macfarlane a un cómplice indefenso y pagado por él. Habría dado cualquier cosa por haber sido un poco más valiente antes, pero no se le pasó por la cabeza serlo ahora. El secreto de Jane Galbraith y la maldita entrada en el libro de registro sellaron sus labios.

Pasaron las horas, llegó la hora de las clases: los miembros del desdichado Gray se repartieron entre los alumnos sin que nadie notara nada raro. Richardson se alegró mucho de haber conseguido por fin una cabeza y, antes de que sonara el timbre, Fettes temblaba de satisfacción al ver lo mucho que habían avanzado hacia su seguridad.

A lo largo de dos días, siguió observando, con creciente alegría, el terrible proceso de ocultación.

Al tercer día, apareció Macfarlane. Dijo que había estado enfermo, pero recuperó el tiempo perdido con la energía con que dirigió a los estudiantes. En particular, ofreció su ayuda y sus consejos a Richardson, y el estudiante, animado por las alabanzas del profesor, se llenó de ambición y creyó ver una medalla a su alcance.

Antes de que terminase la semana, la profecía de Macfarlane se había cumplido. Fettes había sobrevivido a sus temores y había olvidado su bajeza. Empezó a vanagloriarse de su valor y rehízo la historia en su imaginación para poder recordar aquellos sucesos con un orgullo insano. Vio poco a su cómplice. Coincidían, claro está, en las clases; recibían juntos las órdenes del señor K… En ocasiones charlaban un poco en privado y Macfarlane se mostraba siempre amable y jovial. Aunque era evidente que evitaba hacer la menor alusión al secreto que ambos compartían; e incluso cuando Fettes le susurró que había optado por ser un león y renegado para siempre de los corderos, se limitó a sonreír e indicarle que guardara silencio.

Por fin, una circunstancia volvió a unir íntimamente a la pareja. El señor K… volvió a quedarse sin sujetos de estudio; los estudiantes estaban impacientes y parte de las pretensiones de su profesor era contar siempre con suministros. Al mismo tiempo, llegaron noticias de que se había producido un entierro en el rústico cementerio de Glencorse. El tiempo ha cambiado muy poco aquel lugar. Se encontraba entonces, igual que ahora, en un cruce de caminos, lejos de cualquier sitio habitado y enterrado a varias brazas de profundidad entre el follaje de seis grandes cedros. Los balidos de las ovejas en las montañas vecinas, los riachuelos que corrían a ambos lados, uno cantando ruidosamente entre los guijarros y el otro filtrándose inadvertido de charca en charca, el sonido del viento entre los viejos castaños silvestres, y, una vez cada siete días, el tañido de la campana y las viejas melodías del chantre eran los únicos sonidos que perturbaban el silencio que reinaba en torno a aquella iglesia rural. El resurreccionista —por emplear la jerga de la época— no se detenía por el respeto a la santidad piadosa. Despreciar y profanar los pergaminos y las trompetas de las viejas tumbas, los senderos hollados por los pasos afligidos de los feligreses y las ofrendas y las inscripciones de afecto desconsolado era parte de su negocio. El ladrón de cuerpos, lejos de apartarse por un respeto natural, se sentía atraído por la seguridad de los vecindarios rústicos, donde el amor es más tenaz de lo normal y donde los lazos de sangre y camaradería unen a toda la parroquia. Los cadáveres que habían sido enterrados con la gozosa esperanza de una resurrección muy distinta sufrían la apresurada y terrorífica resurrección de la pala y el pico iluminados por la neblinosa luz de un farol. El ataúd se forzaba, se rasgaban las mortajas y los tristes restos, envueltos en una tela de saco, después de traquetear muchas horas por oscuros caminos, eran expuestos por fin a toda clase de indignidades delante de una clase de jóvenes boquiabiertos.

Igual que dos buitres que se abaten sobre un cordero agonizante, Fettes y Macfarlane se dispusieron a abalanzarse sobre una tumba en aquel verde y silencioso cementerio. La esposa de un granjero, una mujer que había vivido sesenta años y era conocida solo por su excelente mantequilla y su conversación piadosa, iba a ser arrancada de su tumba a medianoche y trasladada, muerta y desnuda, a esa lejana ciudad que ella había honrado siempre con sus mejores galas; el lugar que debía ocupar con su familia quedaría vacío hasta que sonara el día del juicio; sus miembros inocentes y casi venerables serían expuestos a la curiosidad infinita del anatomista.

A última hora de la tarde, la pareja se puso en camino, bien arropados en sus capas y provistos de una botella gigantesca. Una lluvia fría y recia que les azotaba la cara caía sin pausa. De vez en cuando, soplaba una racha de viento, pero aquel manto de agua seguía cayendo sin cesar. A pesar de la botella, el viaje hasta Penicuik, donde tenían pensado pasar la noche, fue triste y silencioso. Solo se detuvieron una vez para ocultar las herramientas en un espeso arbusto cercano al cementerio y otra en el Albergue del Pescador para tomar una tostada delante del fuego de la cocina y acompañar los sorbos de whisky con una cerveza. Una vez llegados a su destino, los dos jóvenes médicos mandaron guardar el calesín en la cochera, dar de comer al caballo, y se sentaron en un reservado a dar cuenta de la cena y el mejor vino de la casa. Las luces, el fuego, el ruido de la lluvia en la ventana y el tétrico e incongruente trabajo que les esperaba les hicieron disfrutar más de la comida. Con cada vaso fue aumentando su cordialidad. Pronto Macfarlane le dio a su compañero una pila de monedas de oro.

—Un regalo —dijo—. Entre amigos, estos malditos donativos deberían circular como los fósforos para encender la pipa.

Fettes se metió el dinero en el bolsillo y aplaudió aquel sentimiento como un eco.

—Eres un filósofo —gritó—. Hasta que te conocí, yo no era más que un idiota. Entre tú y K…, ¡Satanás mediante!, acabaréis haciéndome un hombre.

—Pues claro que sí —aplaudió Macfarlane—. ¿Un hombre? Eso precisamente es lo que había que ser para respaldarme aquella mañana. Hay muchos grandullones, cuarentones y pendencieros que se habrían puesto enfermos al ver aquella condenada cosa, pero tú…, tú conservaste la calma. Me di perfecta cuenta.

—Bueno, ¿y por qué no? —se jactó Fettes—. No era asunto mío. Por un lado no habría ganado más que disgustos y por el otro podía granjearme tu gratitud, ¿acaso no lo ves? —y se golpeó el bolsillo para hacer que tintinearan las monedas de oro.

Macfarlane sintió cierta aprensión al oír aquellas desagradables palabras. Puede que lamentara haber aleccionado tan bien a su joven discípulo, pero no tuvo ocasión de interrumpirle, pues el otro continuó con sus bravatas.

—Lo importante es no tener miedo. Entre tú y yo, Macfarlane, no quiero que me ahorquen, pero lo cierto es que nací escéptico. Puede que el infierno, Dios, el demonio, el bien, el mal, el pecado, el crimen y todas esas paparruchas asusten a los niños de teta, pero los hombres de mundo, como tú y yo, despreciamos esas cosas. ¡Brindo en memoria de Gray!

Se estaba haciendo tarde. Tal como habían ordenado, les dejaron el calesín en la puerta con los dos faroles encendidos, y los jóvenes pagaron la cuenta y se pusieron en camino. Dijeron que iban a Peebles y condujeron en esa dirección hasta que perdieron de vista las casas del pueblo; luego, apagaron los faroles, volvieron sobre sus pasos y tomaron un camino secundario en dirección a Glencorse. No se oían más que sus pasos y el ruido incesante y estridente de la lluvia. Estaba negro como la boca del lobo; aquí y allí, una cerca o un mojón pintados de blanco les guiaban en la noche, pero la mayor parte del trayecto tuvieron que avanzar muy despacio y casi a tientas en la resonante negrura de la noche, camino de su solemne y aislado destino. En los oscuros bosques que hay cerca del cementerio no tuvieron más remedio que volver a encender uno de los faroles del calesín. Así, entre los árboles chorreantes y rodeados de sombras huidizas y gigantescas, llegaron a la escena de su sacrílega labor.

Ambos tenían experiencia en aquellos asuntos y sabían manejar bien la pala, por lo que apenas pasaron veinte minutos antes de que oyesen la recompensa del golpe sordo contra el cierre del ataúd. En ese momento, Macfarlane, que se había herido en la mano con una piedra, la lanzó por encima de su cabeza sin mirar. La tumba, en la que estaban metidos casi hasta los hombros, estaba casi al borde de la explanada donde se encontraba el cementerio; habían apoyado el farol del calesín contra un árbol, justo en la pendiente que descendía hacia el torrente, para que les iluminara mientras trabajaban. La casualidad quiso que la piedra acertara en el blanco. Se oyó el ruido de un cristal al romperse, luego se hizo la oscuridad y oyeron el ruido sordo y metálico del farol que caía por la pendiente y se golpeaba de vez en cuando con los árboles. Una piedra o dos, que lo acompañaron en su caída, resonaron tras él hacia las profundidades del valle. A continuación el silencio, como la noche, lo inundó todo; y por mucho que aguzaron el oído no oyeron nada más que la lluvia, que tan pronto era arrastrada por el viento como caía firmemente a lo largo de kilómetros y kilómetros de campo abierto.

Estaban tan cerca del final de su abominable tarea que juzgaron más conveniente terminarla a oscuras. Sacaron el ataúd y lo abrieron; metieron el cadáver en el saco empapado y lo trasladaron entre los dos hasta el calesín; uno subió para sujetarlo y el otro, tomando al caballo por el bocado, se abrió paso a tientas a lo largo de la tapia del cementerio hasta llegar al camino que llevaba al Albergue del Pescador. Allí había un resplandor vago y difuso que les pareció tan luminoso como la luz del día. Pusieron al caballo a buen paso y empezaron a traquetear alegremente en dirección a la ciudad.

Los dos se habían calado hasta los huesos durante la operación, y ahora, mientras el calesín saltaba entre las profundas roderas, el objeto que sostenían entre los dos caía primero sobre uno y luego sobre el otro. A cada repetición de aquel horrible contacto, ambos se apresuraban a rechazarlo instintivamente; y el proceso, aunque fuese de lo más natural, empezó a sacar de quicio a los dos compañeros. Macfarlane hizo un chiste de muy mal gusto acerca de la mujer del granjero, pero sonó sin gracia en sus labios y los dos guardaron silencio. Su extraña carga siguió golpeando a uno y otro lado; y o bien la cabeza se apoyaba confiadamente en sus hombros, o el saco empapado aleteaba helado contra sus caras. Un gélido escalofrío empezó a adueñarse del alma de Fettes. Miró el bulto y le pareció más grande que al principio. Por todo el campo, y desde cualquier distancia, los perros de las granjas acompañaban su paso con sus trágicos aullidos, y, poco a poco, se fue convenciendo de que debía de haber ocurrido algún extraño milagro y el cadáver había sufrido algún cambio indescriptible y que lo que hacía aullar a los perros era el miedo que les inspiraba su sacrílega carga.

—Por el amor de Dios —dijo con gran esfuerzo—, por el amor de Dios, ¡encendamos una luz!

Por lo visto, Macfarlane también se había dejado impresionar, pues aunque no respondió, detuvo el caballo, le pasó las riendas a su compañero, se apeó y encendió el farol que les quedaba. Todavía no habían llegado al cruce de Auchenclinny.

La lluvia seguía cayendo como si fuese el diluvio universal, y no fue fácil encender fuego en un sitio tan húmedo y oscuro. Cuando por fin lograron trasladar a la mecha la temblorosa llama azul, que empezó a expandirse y aclararse y derramó un amplio círculo de nebulosa claridad en torno al calesín, los dos jóvenes pudieron verse y contemplar el objeto que llevaban consigo. La lluvia había moldeado la tosca tela de saco con el perfil del cuerpo que iba dentro; la cabeza se distinguía claramente del tronco, los hombros estaban claramente modelados, algo entre humano y espectral les obligó a fijar la mirada en su espantoso compañero de viaje.

Macfarlane se quedó quieto un momento sujetando la lámpara. Un terror indescriptible envolvió, como una sábana mojada, el cuerpo y la blanca piel del rostro de Fettes; un temor sin el menor sentido, un horror de lo que no podía ser, siguió creciendo en su imaginación. Un segundo más y habría hablado. Pero su compañero se lo impidió.

—Eso no es una mujer —dijo Macfarlane en voz baja.

—Lo era cuando lo metimos en el saco —susurró Fettes.

—Sujeta el farol —dijo el otro—. Quiero verle la cara.

Y mientras Fettes sujetaba el farol, su compañero desató las cuerdas del saco y descubrió la cabeza. La luz iluminó con toda claridad las curtidas y agradables facciones y las mejillas bien afeitadas de un rostro demasiado familiar para los dos jóvenes, que lo habían visto a menudo en sueños. Un terrible alarido resonó en la noche; cada cual corrió por su lado hacia la carretera; el farol cayó, se rompió y se apagó; y el caballo, asustado por tan insólita agitación, se encabritó y salió al galope hacia Edimburgo, llevando consigo, como único ocupante del calesín, el cuerpo del difunto y diseccionado Gray.

  

Robert Louis StevensonRobert Louis Stevenson

Edimburgo (Escocia), 1850 - 1894, Samoa

Novelista, cuentista, poeta y ensayista británico cuyas obras más reconocidas son La isla del tesoro (1883) y El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde (1886). Los críticos no logran ponerse de acuerdo respecto a la relevancia de su obra (algunos lo consideran un escritor menor), sin embargo ejerció una notable influencia en autores de la talla de Conrad, Joyce, Graham Greene, Chesterton, H. G. Wells y Borges, entre otros.
El ladrón de cadáveres(“The Body Snatcher”), se publicó por primera vez en el periódico londinense Pall Mall Gazette (dic., 1884) y tuvo un éxito inmediato. Se hicieron de él tres adaptaciones cinematográficas, la primera de ellas de 1945, protagonizada por Boris Karloff y Bela Lugosi.
Este cuento de terror está claramente basado los asesinatos de Burke y Hare, inmigrantes irlandeses que mataron a 16 personas en Edimburgo en 1828 para venderle los cadáveres al doctor Robert Knox. La maestría de Stevenson logra, a partir de una crónica de prensa que ya tenía más de 50 años al momento de escribirlo, un relato fluido, bien estructurado y de notable profundidad psicológica, en el que la brújula moral del protagonista fluctúa, cambia el norte según su conveniencia. El cuento cierra con un final inesperado que logra darle a la trama un tono aún más macabro del que ya tenía.

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