El juglar

FantásticoDrama
El juglar

Sobre un camino de olvidos polvorientos y bajo la luz de un sol susurrante, Manuel María Morales, montado en su burro triste y parsimonioso, trataba de imitar con un viejo acordeón los cantos invisibles que resonaban escondidos tras las flores amarillas de los cañaguates, mientras el sendero lo llevaba sin afanes hasta el próximo caserío para cantar en las parrandas sus canciones, aquellas composiciones que narraban aventuras, amores y desamores, y una que otra pelea con el diablo y otros vecinos fantásticos de aquellas tierras de encanto.

Vytautas Kasiulis el acordeonista c1950Cuando el burro se detuvo en la orilla de una vía de cemento, que tenía a ambos lados, una fila de casuchas de barro y bahareque, Manuel María, que venía distraído susurrando una nueva melodía que le había inspirado un pájaro azul, se percató de que había llegado a su destino, entonces, se bajó del noble animal, se acomodó el acordeón, agarró el hico del cabestro y se acercó a los ojos del asno para preguntarle:

—¿Cuándo será que le vas a perder el miedo al pavimento?

El burro, que desde hacía tiempo ya le entendía, no le quiso rebuznar para no empezar a discutir y simplemente agachó la cabeza para que lo dejara descansar. Manuel María, lo haló hasta la sombra de un palo de caracolí que estaba cerca y lo dejó allí, en tanto él se iba a buscar un jolgorio en donde poder cantar y así ganarse un par de centavos para sobrevivir, y no tuvo que caminar mucho, porque en la plaza, al frente de la iglesia y bajo el peso de un calor sofocante e indiferente a la fe de cualquier creencia divina o de las otras, los pobladores tenían alzado en un altar de flores, la estatua sudorosa de su santo patrono, al que le tocaban los pies para que su yeso divino pudiera bendecirlos con la asistencia a sus peticiones, mientras en las orillas del lugar, en la cordialidad de algunos árboles de almendro, otros empezaban a abrir las botellas de ron, después de pagar sus mandas y de olvidarse de aquel beato sediento hasta el próximo año, donde volverían a acordarse de él para pedirle por la misma súplica u otra que los estuviera mortificando.

Un grupo de lugareños, que ya se habían acomodado en una de esas estancias, vieron pasar al hombre con el acordeón pegado al pecho y lo llamaron. Manuel María los saludó a todos como si desde siempre los conociera y sin decir nada más, comenzó a estirar y a encoger el fuelle de aquel aparato, al que su propia madre había maldecido por haber arrastrado a su marido a una muerte ingrata después de que un tiro celoso acabó con su vida cuando un esposo, borracho e iracundo, le disparó sin acordarse de que él mismo lo había contratado para darle una serenata a su mujer. También había desterrado a su hijo por ese afán incomprensible de andar de pueblo en pueblo, cantándole a borrachos que se gastaban sus míseros jornales en licor, al tiempo que sus mujeres hacían maromas para distraer con aguas de panela, las velas verdes de mocos hambrientos que salían de las narices llorosas de sus hijos.

Después que fue guardada la imagen insolada de aquel santo y que las campanas de la iglesia dejaron de sonar para repetir la misma misa cada hora, la parranda fue creciendo hasta que los sonidos del acordeón de Manuel María eran lo único que se escuchaba en aquel caserío. Los hombres, que se iban multiplicando alrededor del palo de almendro, unos sentados y otros de pie, jubilosos, escuchaban aquellas canciones fantásticas con las que se sentían identificados porque no eran otra cosa que sus propias historias y vivencias.

Un forastero que estaba presente y cuyos colores calmados desentonaban con la imagen desdichada del lugar, no podía dar crédito a la destreza de aquel provinciano que, mientras con su voz de tierra cantaba sus desventuras, con las manos hacía deslizar por el ambiente las notas musicales más conmovedoras que hubiera escuchado jamás. Pero, aunque por su emoción quiso preguntarle al intérprete su nombre y hablar con él, su instinto le advirtió que no interrumpiera el jolgorio y simplemente, como los demás, solo escuchara lo que aquel cantante de caminos de olvido tenía que decir.

Cuando la madrugada se presentó y ya la parranda se comenzó a esfumar con el tambaleo de los borrachos que empezaban a buscar, sobre los hombros de otros más borrachos, sus casas antes de que la claridad se convirtiera en sol, Manuel María miró los centavos que tenía en la mano, calculó por las metálicas caras de perfil, más o menos cuánto se había ganado, se los guardó en el bolsillo y se devolvió por donde había venido para ir a darse cuenta de su burro, pero antes de montarse en el pequeño animal y seguir su camino, se alarmó por la presencia del forastero, desenvainó un machete que escondía en el sillón y le preguntó:

—¿De este mundo o del otro?

El hombre, asustado, soltó una pequeña maleta que traía y le mostró las manos en señal de calma y le respondió:

—Todavía de este. Todavía de este ¿Puedo hablar con usted?

Manuel María apuntó el machete hacia el suelo y le contestó con la cabeza. El hombre, que todavía no bajaba las manos, se presentó como Fabricio Atehortúa, empleado de una de las primeras casas disqueras que habían abierto sus puertas en el país y que se había dado a la tarea de llegar hasta esas latitudes para conocer a los intérpretes de una música que era capaz de colmar el alma de alegrías monumentales o de deshojarla en tristezas descomunales, según le habían dicho, y siempre que preguntaba por algún expositor, le daban el mismo nombre: Manuel María Morales.

—Sí señor, ese soy yo —respondió el juglar al lado del burro que, con una oreja alerta, estaba atento a la conversación—. ¿Qué puedo hacer por usted? —preguntó, mientras acomodaba otra vez el machete en el sillón del asno.

—Señor Morales, no es lo que usted pueda hacer por mí. Es lo que yo puedo hacer por usted —le respondió el extraño.

Manuel María dio la vuelta y detalló al hombre, tratando de encontrar sus verdaderas intenciones. Miró sus ojos claros de fulano extraviado, el cuello delgado, atravesado por una manzana de Adán que no parecía de él, las extremidades largas con las que se movía en ademanes tranquilos y sus manos de redentor que, sin que fueran garantía de nada, le dieron la confianza que buscaba.

—¿Y qué es lo que puede hacer por mí?

—Lo puedo hacer famoso —le contestó Fabricio y siguió —quiero que el mundo entero conozca la música vallenata.

—¿Y qué gano yo con ser famoso? El vallenato no es pa’ eso, paisano.

Fabricio, que contaba con una sabiduría casi divina para manejar cualquier transacción comercial, supo enseguida que aquella alma silvestre no se la iba a ganar con banalidades y cambió de estrategia antes de que el hombre, que ya estaba montado en el asno, se fuera:

—Señor Manuel, entonces, permítame que el mundo conozca el vallenato.

El burro se volteó para ver al forastero y esperó a que Manuel María le respondiera.

—Y usted ¿cómo puede hacer eso? ¿Me va a llevar por todos los pueblos del mundo en mi burro?

El asno, que se conocía todos los caminos de la región, se percató por un instante de la grandeza de la tierra, del esfuerzo que le tocaría hacer y rebuznó, pero se tranquilizó cuando Fabricio, en medio de una sonrisa respetuosa y llena de admiración por la inocencia de aquel hombre, le dijo:

—Señor Manuel, no hay necesidad de que usted ande con su burro por todo el mundo. Eso lo podemos arreglar con un disco.

Manuel María se preguntó, cómo sería aquel disco que lo iba a llevar alrededor del mundo, pero se guardó su duda para no parecer más ignorante de lo que ya se sentía, además, había escuchado que, en otras tierras, se habían inventado cosas que no se sabía si eran obra de Dios, del diablo o del hombre. Le habían dicho que las personas ya no se movían a pie o en animales de la creación, sino en caballos de cuero de lata con patas redondas. Que en las casas ya no había mecheros o lámparas de gas para la oscuridad de la noche sino unos cocuyos brillantes atrapados en bolitas de vidrio que, pegados a los techos, eran alimentados por un cable que llevaba por dentro una cosa luminosa, que también mataba gente. Y que en un pueblo, no muy lejos de allí, vieron a un pájaro enorme y oscuro que, mientras volaba, bramaba como los toros, y los habitantes creyeron que era el fin de los tiempos, hasta que el cura, que tenía el único radio en el caserío, le tocó salir en medio del pánico que causó la aparición, para explicarles, que lo que habían visto y escuchado, no era otra cosa, que el primer avión que surcaba aquellos cielos virginales. Así que no sería raro que hubieran inventado un disco para andar por el mundo.

—Bueno, entonces, dígame cómo nos montamos en ese disco.

Fabricio, volvió a sentirse abrumado hasta la ternura por el espíritu rústico de aquel hombre y le indicó que, lo primero que tenían que hacer, era viajar hasta la ciudad amurallada para reportarse con su jefe, y después de eso, comenzar a trabajar en el disco, y aprovechó para explicarle lo que era un “LP” o “long play”, pero el andariego quedó más confundido que antes, aunque no cuestionó nada por aquella vergüenza de volver a sentirse ignorante.

Fabricio agarró su maleta y comenzó a caminar al lado del burro, que no perdía oportunidad para verlo por el rabillo de sus pestañas largas y tristes mientras su jinete se guardaba la emoción de ese viaje por el orbe, que había empezado en ese momento.

otto gustav carlsund musician with accordion blue bar 1926Después de dos días de camino por fin habían llegado a una población, que desde entonces se alzaba como la metrópolis de la provincia y que luego sería la sede del festival de la Leyenda Vallenata, pero antes de continuar, el burro se resistió a seguir porque se encontró de frente con una calle pavimentada y a Manuel María le tocó amarrarlo a un palo de ceiba que estaba en la entrada porque no lo pudo convencer de continuar, aunque él estaba más asustado que el animal porque era la primera vez que llegaba a la ciudad de los Santos Reyes del Valle del Cacique Upar.

Lo primero que le llamó la atención a Manuel María fueron las casas grandes de dos plantas, vestidas de una cal inmaculada que las hacía parecer señoras altivas, inmóviles y silentes, que lo miraban desde sus puertas y ventanas abiertas, en tanto la brisa que bajaba de la sierra les refrescaba los calores a sus pisos ajedrezados con el murmullo oloroso de guayabas amarillas. Se alarmó por lo rápido que andaba todo, incluida la gente, que caminaba con un afán inexplicable por llegar a cualquier parte y estaba tan conmocionado por aquellas primeras veces, que a Fabricio, le tocó apartarlo de la vía para no ser atropellado, cuando quedó pasmado por el andar de uno de esos animales de piel de lata y patas redondas, que parecían tener un fogón en el culo por el humo que salía de ellos.

Después de sentarlo bajo la sombra de un palo de mango que estaba en la plaza, Fabricio le trató de explicar la velocidad con la que se empezaba a mover el mundo, lejos de burros, caminos solitarios y leyendas de cándidos montes, y hasta le comenzó a señalar las cosas por su nombre y para qué servían. Después de un rato, caminaron hasta lo que para entonces era la oficina de transporte, que no era otra cosa que un espacio abierto lleno de gente, que alrededor de un bus enorme de aberturas grandes, trataba de acomodarse en cualquier rincón entre bultos de yuca, plátano, malanga, ñame y el resuello de chivos, cerdos y gallinas, para poder llegar a sus destinos. Pero cuando Manuel María ya estaba montado y listo para partir, le dijo a Fabricio, que estaba a su lado, que él no podía irse sin su burro.

Fabricio, que se había olvidado por completo del asno, se percató de su descuido y enseguida bajó para hablar con el chófer y llegar a un acuerdo por el transporte del animal.

Se necesitó de la fuerza de diez hombres bien nutridos para montar al pasivo burro en el techo del bus, y aunque al comienzo, tuvieron la intención de amarrarle las patas para que no se cayera, el parsimonioso animal, simplemente se echó a sus anchas como el pasajero que mejor asiento tenía.

—Vea pues, el sinvergüenza ese, le tiene miedo al pavimento, pero ni rebuznó pa’ subirse al coso este —dijo Manuel María mientras ponía el acordeón sobre sus piernas para cubrir sus temblorosos miedos.

Cuando llegaron a La Heroica, nombre que se había ganado la ciudad amurallada por haber resistido el bloqueo del pacificador Murillo, tanto al burro como a Manuel María se les llenaron los ojos de la presencia imponente de un castillo nostálgico que silbaba una melodía lastimera pero resuelta, que el acordeonero empezó a tararear con sus dedos sobre los botones del aparato que le respiraba sobre el pecho. Lo dos se dejaron envolver por el viento cargado de mar que los hizo estornudar al mismo tiempo y después perderse en los andares de las negras con sus polleras generosas y luminiscentes, mientras sostenían sobre sus cabezas poncheras repletas de frutas que crecían y se maduraban ante la mirada atónita de unos turistas, de piel de rana y cabellos colorados, que descendían de una casa gigante que estaba flotando en el océano, y que luego Fabricio les explicó, tanto a Manuel María como al burro, que se trataba de un barco.

Cuando descendieron del enorme bus, entumecidos por el viaje, los mismos hombres bien nutridos, bajaron al burro del techo y Fabricio, pensando en el miedo que sentía el asno por las calles pavimentadas, no perdió tiempo y buscó un par de coches tirados por caballos, que usaban los visitantes para conocer la ciudad. En uno, se montaron Manuel María y Fabricio, y en el otro, como si fuera una imagen sacada de las historias de algún Calígula criollo, al noble asno, que no dejaba de parar sus largas orejas y abrir sus grandes ojos, maravillado por todo lo que veía.

Cuando llegaron a las oficinas de la disquera, el dueño y patrocinador de aquella cruzada, el señor Manantial, les dio la bienvenida, aunque tuvo que parpadear dos veces porque, al igual que los transeúntes, que habían formado una algarabía, no podía creer que un burro estuviera sentado en uno de los coches que había servido para pasear a presidentes y diputados, cuando llegaban, por milagro o interés, a aquel trozo de tierra.

El señor Manantial saludó a Fabricio, a quien felicitó por la tarea cumplida, y le estrechó la mano a Manuel María, que sin dejar de cargar su pedazo de acordeón en el pecho, lo saludó con un gesto sincero de cordialidad y todo porque aquel hombre fofo lo había llenado de confianza por las formas redondas de su cuerpo, ahogado por una corbata que hacía parecer más pequeña su cabeza circular adornada por tres cabellos y una frente amplia seguida por unas gafas de soñador.

Al burro tuvieron que dejarlo montado en el carruaje porque por más que le insistió Manuel María, no se quiso bajar, así que los esperó allí, sentado como una eminencia popular.

Cuando los tres hombres entraron al pequeño edificio, cuyo nombre: Discos Manantial, reposaba en la entrada en un mural lleno de notas musicales y un pentagrama, Manuel María se maravilló por los espacios, los cucullos en bolitas de cristal de los que había escuchado y los retratos de los diferentes artistas que reposaban en las paredes y que, con orgullo, el señor Manantial mencionaba, así el juglar no supiera de ellos. Después le mostraron la cabina donde iba a grabar su “long play” y los tres quedaron de acuerdo en empezar los trabajos de grabación al día siguiente, debido al cansancio por el viaje y lo tarde que era ya.

Después que se despidieron del señor Manantial, Fabricio se llevó a los visitantes para su casa, que era una vivienda pequeña pero acogedora, apenas para un soltero sin remedio como él, cuya pasión por la música no lo había dejado incubar ninguna otra relación. Al burro lo bajaron de su carruaje y lo acomodaron en el patio y a Manuel María, lo instaló en la habitación de huéspedes, pero él no pudo pegar los ojos un solo instante, no tanto por la emoción de aquella experiencia sino porque la cama le producía mareo.

Al día siguiente, los dos hombres se levantaron temprano y se fueron para la disquera y dejaron al asno libre en el patio. Cuando llegaron a la disquera, ya el señor Manantial tenía todo listo para la grabación y simplemente le dijo a Manuel María:

—Cuando esté listo, empezamos.

Manuel María, respiró profundo, apartó los nervios y dejó deslizar sus dedos por el acordeón, entonces, la habitación comenzó a inundarse de su epifanía, así como cada vericueto de aquella ciudad de murallas heroicas hasta que, como siempre que Manuel María tocaba su acordeón, fue lo único que se escuchaba alrededor, incluso el burro, que estaba pastando, alzó una de sus orejas al escuchar las notas musicales que se le enredaron en la paja que masticaba.

Cuando Manuel María dejó de tocar, el señor Manantial lo miró extasiado y solo hizo señales frenéticas con sus pulgares hacia arriba y, junto con Fabricio, salió para felicitarlo y enseguida reprodujeron la grabación para que el juglar escuchara su voz.

—Este es el inicio de su disco —le dijo Fabricio a Manuel María, que se seguía asombrando de los avances de aquel mundo que era nuevo para él, pero cuando escuchó su eco en las bocinas un terror le invadió el alma y el cuerpo, porque pensó que aquellos dos hombres le habían robado el canto. Y fue tanto el miedo que se sintió mudo al instante.

El burro, que dejó de pastar en el momento que escuchó el silencio pavoroso de su amigo, se olvidó de sus miedos, saltó el pequeño portón que daba la calle y comenzó a galopar hasta que llegó al edificio de la disquera, entró por la puerta principal y en medio de la recepción rebuznó con tanta fuerza, que por un momento los cristales de los ventanales vibraron con el peligro de partirse, Manuel María, que estaba de rodillas en el piso con su acordeón jadeante en el pecho, bajo las explicaciones ciertas de aquellos dos buenos hombres, salió desesperado de allí al oír su nombre en el hocico de su amigo, y después de montarlo, salieron disparados hacia sus caminos de olvidos polvorientos. Una semana duró el burro andando con Manuel María en su lomo hasta que se sintió seguro en las brisas de Punta Gallinas, en la parte más al norte de La Guajira; allí se agachó y dejó que el juglar, que se sentía mudo, descansará al igual que él. Dos mujeres fantasmales de la etnia Wayú que pasaban por ahí, al verlos sedientos y desvalidos, sacaron agua de sus múcuras y, les brindaron y volvieron a desaparecer en los vientos del desierto, entonces a Manuel María, a pesar de su tristeza y de su silencio, le llegó una inspiración por las mantas coloridas que vestían a aquellas mujeres misteriosas y empezó a tocar y a cantar con su voz de tierra, sin que se percatara de lo que estaba haciendo y fue el burro quien le hizo caer en cuenta, sin coma de que no le habían robado la voz como el creía. El hombre se puso a llorar con tanto sentimiento, que el acordeón comenzó a tocarse solo y allí se quedaron hasta el día siguiente. Cuando amaneció, Manuel María se volvió a montar en su asno, y sin afanes, ambos dejaron que el camino los llevara de nuevo a la casa de la mamá del juglar, después de diez años de un destierro voluntario.

wassily kandinsky reciprocal accords 1942

Cuando por fin llegaron a la pequeña casucha de barro, luego de una larga travesía por la serranía del Perijá, encontraron a la señora Rosalía Muegues, la mamá de Manuel María, de cuclillas al frente de un pequeño fogón de leña, echándole brisa a la candela con un pedazo de cartón, esperando a que en una olleta roída por la pobreza, hirviera un café cerrero. Al escuchar la voz de su hijo, la minúscula mujer enseguida se puso en pie, vio al hombre de sus pesares sosteniendo el acordeón de sus miserias y las marcas de los caminos que había recorrido con su imagen desamparada, al lado de un burro, que enseguida reconoció como el pollino que se había ido de alcahuete con su hijo, y corrió a darle de chancletazos a los dos.

—¿Cuándo fue, que yo te enseñé a ser un hombre grosero? Ah, Manuel María ¿Cuándo? —le comenzó a reprochar Rosalía al juglar mientras le dejaba caer por donde fuera su descontento.

—Ve, este señor lleva tres días esperándote, angustiado porque no sabía de ti —y le señaló a Fabricio, que por la oscurana del pequeño cuarto no se había dejado ver. Manuel María se sintió sorprendido, más por su vergüenza que por verlo allí y se acercó en medio de los chancletazos de su mamá para abrazarlo y pedirle disculpas por su miedo. Fabricio le correspondió el gesto, pero le dijo que su presencia no era por disculpas.

—Manuel María , vine hasta acá para entregarle esto —y le pasó dos sobres, en uno venían quinientos pesos por la grabación, y en el otro, un contrato donde se estipulaba el porcentaje de las regalías por cada disco vendido, pero Manuel María, al igual que su mamá, no sabían ni leer ni escribir, entonces Fabricio les explicó lo que decía aquel papel.

—Lo único que necesito es que ponga una “x” aquí. Y ya está.

Manuel María, con su mano temblorosa marcó el papel con una “x” trémula y le pasó el documento a Fabricio, quien, después de estrecharle la mano, le alcanzó un cuadro grande de papel grueso con el dibujo de un hombre montado en un burro y un disco de acetato adentro.

—Y este es su disco maestro. Quien lo va a llevar a recorrer el mundo.

Manuel María agarró el “long play” con las dos manos, se lo pasó a su mamá, que no entendía muy bien qué era eso, junto con una copia del papel que acababa de firmar, el dinero que había recibido y un beso en la frente. A Fabricio le volvió a estrechar la mano, le pidió el favor que le saludara al señor Manantial, se montó en su burro, que rebuznó un “hasta luego”, se acomodó su acordeón en el pecho y los dos volvieron al sendero hasta que fueron una sombra llena de luz que enseguida los convirtió en una de las tantas leyendas de la música vallenata.

“La fama de los juglares, jamás se trató de la cantidad de discos vendidos, sino de sus canciones en el viento y sus míticas parrandas”.

 

Federico

Etiquetas: Federico, Fantástico, Drama

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5 comentarios en “El juglar”

  1. Lunes, 22 Noviembre 2021 01:35

    Me encanta todos los relatos como siempre felicitaciones un abrazo enorme 

  2. Domingo, 31 Octubre 2021 08:33

    Me encantó Federico, como siempre un placer leerte.

     

    1. Jueves, 11 Noviembre 2021 12:07

      Nati, muchas gracias por tu apoyo. Un abrazo enorme. 

  3. Lunes, 25 Octubre 2021 09:16

    Me encantan las descripciones que haces de los personajes. El del juglar rezuma ingenuidad, nobleza, pureza de alma, asombro por las "moderneces" que va descubriendo, de la mano de su manager. Ese contraste entre lo de antaño y lo moderno, lo animal y lo mecánico. Muy bueno, como siempre. Saludos, Lourdes.

    1. Lunes, 25 Octubre 2021 13:12

      Lourdes, muchas gracias por tu apoyo y tu comentario. Me alegra que te haya gustado. Un abrazo 

       

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