El intruso

Drama

Abrió los ojos. Su sueño había sido interrumpido por un sonido casi imperceptible. Aguzó su oído... silencio.

La modorra lo envolvió de nuevo; sus párpados se cerraron. Morfeo volvía a hacer acto de presencia.

Otra vez; un sonido aún más sutil que el anterior. Abrió los ojos y decidió levantarse para averiguar su origen.

No había comenzado a moverse cuando un destello en el espejo de la peinadora de su esposa, heló su sangre. Se quedó inmóvil.

Un nuevo resplandor, en esta oportunidad más evidente, atravesó la pared hacia la cual dirigía su aún adormecida mirada. Comenzó a sudar.

Por un tiempo que se le antojó eterno, una luz proveniente de algún lugar a sus espaldas enfocó su cabeza. Diversas reacciones tuvieron lugar en su cuerpo. En un principio sus articulaciones se tornaban rígidas, lo que le hizo temer que algún movimiento involuntario, derivado de la misma tensión, delatara que no se encontraba dormido. Seguidamente experimentó un cambio radical, al sentir que su anatomía se descoyuntaba, se derretía; que perdía el control sobre sí mismo.

Segundos más tarde notó que alguien se desplazaba por la habitación. El tenue ruido que producía el roce de unas pisadas sobre el suelo, se hizo manifiesto: sin lugar a dudas una persona se dirigía hacia el lado de la cama donde él yacía. Cerró los ojos.

La luminosidad que instantes después traspasó el velo de sus párpados, le advirtió que era observado, directamente a la cara, por el intruso. Sus sentidos colapsaron. La mente, devastada por la tensión, parecía estar a punto de estallar. Sin embargo, no movió un solo músculo.

Luego de unos instantes que le parecieron eternos, la indirecta claridad se esfumó. Intentó captar algún ruido, alguna señal que le indicara que el invasor se alejaba; pero al no recibirla, su razonamiento forjó la idea de que, fuera quien fuese que estuviera frente a él, aún lo miraba fijamente y esperaba la más mínima reacción para atacarlo. La sensación se hizo desesperante. Casi podía sentir una respiración sobre su rostro, un soplo caliente y espeso que se transformaba en una voz amenazadora: ¡Atrévete!

La angustia y la incertidumbre superaron el nivel de miedo que lo usurpaba: “Lo enfrentaré; no me importa lo que sea o quien sea, no me importan las consecuencias, no me importa nada”, se dijo con vehemencia.

Abrió los ojos... oscuridad total.

Sentía que las gotas de sudor corrían por sus costados y por su frente y por... “¡Mi familia!”, dijo conteniendo un grito al recordar que tenía esposa y tres hijos y que debía velar por ellos.

Para su sorpresa, pudo moverse. Deslizó la mano derecha por debajo de la sábana que lo cubría para intentar tocar el cuerpo de su mujer, quien debería estar a su lado. Finalmente lo logró. La tibieza de la piel y la laxitud del cuerpo le notificaron que dormía. “¡Qué envidia!” —murmuró apenas moviendo los labios.

Sus hijos. ¿Estarían todos en casa?

Con rapidez sacó cuentas: Rafael, el mayor, normalmente regresaba tarde, al finalizar las clases en la universidad; Eduardo siempre estaba temprano en casa, ¿estaría en su cama?, y Francis, su hija menor, debería estar durmiendo en su cuarto... “¡Coño, mi Francis!”

Respiró profundo. Debía hacerle frente a la situación; no tenía alternativa.

Se descubrió el cuerpo tomando la esquina de la sábana y lanzándola hacia el sitio ocupado por su mujer. Se sentó con decisión en la cama y a continuación se puso de pie. Seguía sudando copiosamente y su respiración se había acelerado.

Caminó hacia la puerta de la habitación, sintiendo, tras cada paso, que las extremidades inferiores, al principio débiles y “gelatinosas”, iban cobrando vigor.

En algún momento pensó despertar a su esposa, pero consideró que ello podría traerle más inconvenientes que ventajas. Primero, porque le pediría explicaciones sobre la situación y él no podría dárselas, ya que en esos momentos el silencio era imprescindible; y luego, porque no tenía idea de la forma en que reaccionaría, pues dependiendo de la vena con que abriera los ojos sería capaz de emprenderla a gritos para pedir auxilio o de salir en carrera a enfrentar al bandido, después de armarle a él una bronca por cobarde.

Hombre primitivo sentado en las sombras – Odilon Redon (c. 1890)Un par de pasos antes de llegar a la puerta decidió devolverse. Aunque no disponía de un arma de fuego, que tampoco sabría utilizar, era inconveniente enfrentarse sin ningún tipo de armamento al desconocido que había violado su hogar.

Con mucho cuidado abrió el clóset y tanteó dentro de él hasta ubicar, recostado en el fondo, su bate de béisbol.

Más seguro de sí mismo, caminó de nuevo hasta la puerta y asomó la cabeza para ojear el pasillo que comunicaba las cuatro habitaciones y el baño exterior, piezas que conformaban el piso superior de la casa.

A la izquierda quedaban el cuarto de Eduardo y el baño, y a la derecha las habitaciones de Francis, de Rafael y la escalera que llevaba a la planta baja de la vivienda.

Con las manos temblorosas levantó el bate... con el alma en un hilo se encomendó a Dios.

“¡Adelante! ¡Por mi familia!”, se dijo, tratando de mentalizarse para la batalla.

Por encontrarse más cerca, se dirigió primero al cuarto de Eduardo. Penetró en él de espaldas, para no descuidar la retaguardia, y se acercó a la cama. Entre la penumbra logró ver que su hijo dormía.

Volvió al pasillo, se persignó y, atento a cualquier movimiento o ruido, con el bate en alto, listo para descargarlo ante cualquier eventualidad, avanzó.

Llegó a la puerta de la habitación de Francis, quien acostumbraba mantenerla cerrada, aunque sin cerrojo.

Agarró el picaporte, lo giró y, justo antes de empujar la puerta, vio un reflejo que provenía de la planta baja de la casa.

Su reacción inmediata fue agacharse. A continuación se acostó sobre el suelo y se arrastró hasta la baranda de la escalera, a través de la cual pudo ver buena parte del piso inferior de la vivienda. Del interior de la cocina emergía una titilante y mortecina luz.

Sabía que en cualquier momento el ladrón tendría que retornar al comedor, ya que la cocina y las dependencias de servicio a las que se accedía a través de aquélla no tenían salida al exterior de la casa, por ello decidió bajar la escalera y tomar una posición que le permitiera atacar por sorpresa al maleante.

Reptando bajó la escalera. Luego se puso de pie y, escudado en la oscuridad, se dirigió hacia la puerta de la cocina; al lado de la cual esperaría al intruso para asestarle un solo estacazo y reducirlo.

Sentía que el corazón se le iba a escapar del pecho; sin embargo estaba decidido a acabar con la pesadilla... de hecho no tenía otra opción. Levantó el bate.

¿Era una vela lo que había prendido el individuo? No podía ser otra cosa por el tipo de luz que emitía. ¡Qué descaro! Seguramente la había colocado sobre la mesa de la cocina mientras hurgaba entre las cosas que eran de él y de su familia, para seleccionar lo que se iba a robar. Ese canalla les venía a quitar lo que habían adquirido con tanto esfuerzo. “¡No señor, no le iba a ser fácil!” se juró a sí mismo.

Sintió que una gran furia lo envolvía, confiriéndole una energía adicional que bien necesitaba para el enfrentamiento. Se concentró para oír lo que sucedía en la cocina.

Toda la energía se le vino al suelo, todo el valor que había reunido lo abandonó y su temor pareció duplicarse cuando escuchó susurros, cuchicheos que revelaban la existencia de más de un ratero. “¡Eran dos los carajos!” se dijo en silencio, mientras sus ojos se abrían desmesuradamente y el temblor retomaba su humanidad.

Posiblemente mientras uno había visitado las habitaciones del piso superior para constatar que los moradores dormían, el otro había comenzado a desvalijar el resto de la vivienda. Con seguridad ahora asaltarían el piso de arriba, cosa que sin duda dejarían para el final por la probabilidad de que se produjera algún enfrentamiento... con el dueño de la casa.

Tendría que golpear al primero de ellos en la cabeza para anularlo e inmediatamente hacerle frente al otro. ¿Qué tipo de arma llevarían? ¿Estarían drogados? ¿Serían violadores?

No podía esperar más. Con cada segundo que transcurría aumentaban la angustia y el temor, haciendo mella en su persona, desgastándolo. Sentía unas inmensas ganas de llorar, de salir corriendo.

De repente oyó que alguien se acercaba a la puerta. Era ahora o nunca…

—Aaaahhhh, malditos —entró gritando en la cocina para toparse con un hombre al que propinó el primer y único batazo que pudo descargar antes de desplomarse al piso.

* * *

El cuervo – Odilon Redon (1882)—Ha reaccionado bastante bien. Es un hombre fuerte. Salúdenlo y denle ánimos, pero no digan nada que pueda alterarlo. Aunque está estable, cualquier emoción fuerte podría desencadenar un nuevo ataque. Lo tenemos sedado, por lo cual es posible que lo noten algo extraño; pero los estará oyendo. Pueden pasar... solo tres minutos.

—Está bien doctor. Gracias.

La llorosa mujer y sus tres hijos entraron a la Unidad de Cuidados Intensivos, donde se recuperaba el paciente ingresado en horas de la madrugada, víctima de un ataque al corazón.

El primer minuto lo pasaron en silencio, viendo la cara del enfermo, que con los ojos entrecerrados y la mirada perdida, se notaba ajeno a la presencia de sus seres queridos.

—Hola viejito. Ya pasó lo peor. De aquí en adelante a recuperarte. Nosotros te ayudaremos —dijo la esposa mientras dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.

—La bendición papá —dijeron los tres jóvenes casi al mismo tiempo, tan pronto su madre terminó de hablar.

—Ya vas a ver que más pronto de lo que piensas estarás de nuevo en casa. Si sigues recuperándote como hasta ahora, creo que en un par de días estarás de vuelta —agregó Rafael.

Al no observar ninguna reacción, Francis se acercó a la cama y tomó entre las suyas una de las manos de su padre.

—Mejórate pronto, mira que te necesitamos —dijo con voz dulce mientras apretaba cariñosamente la flácida extremidad.

A Eduardo sólo se le ocurrió decir:

—Vamos “pa”, cúrate rápido; mira que es muy fastidioso venir a visitarte aquí. Prefiero tenerte en la casa.

A continuación, como si se hubiesen puesto de acuerdo, se acercaron a la cama, dieron un beso al enfermo y se fueron retirando de la habitación.

En la sala de espera donde se reunieron al salir, aguardaba por ellos la novia de Rafael, quien ayudó a sentar a su enamorado sosteniéndole el enyesado brazo izquierdo, recientemente atendido en el mismo centro asistencial y con el cual se había protegido de la agresión de su padre, cuya actitud aún no lograban entender.

En ese momento entró en la estancia Efraín, hermano del paciente.

Luego de los saludos de rigor, el recién llegado preguntó:

—¿Qué fue lo que pasó? ¿Podrían decírmelo?

Rafael, con el brazo escayolado reposando en su regazo, tomó la palabra.

—La verdad tío, estamos muy preocupados. Papá tiene días diciendo que ha visto personas raras rondando la casa. Está convencido de que quieren robarnos... ya es una obsesión. Hasta anoche solo habían sido palabras, pero ahora se ha vuelto agresivo; creo que tendremos que hablar con algún siquiatra para que lo atienda. Si no ponemos reparo, esta nueva manía del viejo va a terminar muy mal.

—¿Cómo sucedió eso? —preguntó Efraín haciendo un gesto con su cabeza para señalar el brazo roto de Rafael.

—Anoche cuando llegué a casa, a eso de la una de la mañana, se fue la luz. Francis, que estaba viendo televisión en el momento del apagón, buscó su linterna de excursionista y salió a ver qué pasaba. Se acercó hasta la habitación de papá y mamá, pero no quiso molestarlos porque estaban durmiendo tranquilamente. Bajó a tomar agua y por casualidad nos encontramos en la cocina. Prendimos una vela que pusimos sobre la mesa y con la linterna fuimos juntos a chequear los brakers en el tablero principal de la casa; el que queda atrás... tu sabes, por el lavadero. Cuando vimos que no podíamos hacer nada decidimos irnos a dormir. En ese momento entró papá en la cocina hecho un energúmeno y me dio un batazo. Tengo fractura del cúbito. Gracias a Dios entró pegando gritos, porque así se descubrió y me dio tiempo de meter el brazo para protegerme. Si entra en silencio y me da el golpe en la cabeza, no lo estaría contando.

—¡Qué broma, Efraín! Mi viejo se nos está volviendo loco —dijo la esposa del enfermo, pensando con resignación en los desagradables momentos que le esperaban.

* * *

Cuando faltaba poco para el amanecer, precisamente en el momento en que en el centro asistencial el tío Efraín escuchaba los pormenores de la historia acontecida unas pocas horas atrás, dos personajes, cargados de diversos objetos de valor y de una apreciable cantidad de dinero en efectivo, abandonaban la casa de la atribulada familia, que habían dejado sola por la emergencia médica.

Desde hacía varios días los hampones estaban tramando el robo y, aunque el golpe no estaba planificado para esa noche, las circunstancias aceleraron su ejecución.

—Mierda, socio, ¿Qué le habrá pasao al viejo? ¿Crees que haya estirao la pata? —preguntó uno de los maleantes a su compañero de fechoría antes de encender un cigarrillo, que ya colgaba de la comisura de sus labios.

—No se brother, pero esa ambulancia salió flasheando. No se si habrá entregao cuentas al de arriba, pero te aseguro que por lo menos las estaba sacando. Yo creo que fue un infarto —le respondió su cómplice; mientras en el bolsillo estrujaba con codicia un fajo de dólares americanos que había encontrado en una de las habitaciones y que no pensaba compartir con su “amigo”.

 

Luís Gutiérrez G.

Luís Gutiérrez González

Etiquetas: Luis, Drama

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8 comentarios en “El intruso”

  1. Lunes, 16 Agosto 2021 21:51

    Estupendo texto, me encantó la intriga y el suspense, y muy buen final. El pobre viejo no estaba tan loco. Felicidades.

     

     

    1. Miércoles, 18 Agosto 2021 19:53

      Hola Nati. Agradecido por tu lectura y gentil comentario. Un saludo. 

  2. Viernes, 06 Agosto 2021 06:53

    Lo mejor del cuento es la primera parte en que el suspenso (bien logrado) me atrapó deseando llegar hasta el final.

    1. Viernes, 06 Agosto 2021 17:47

      Mil gracias, Fernando, por tu lectura y comentario. Un saludo. 

  3. Miércoles, 21 Julio 2021 03:44

    Muy buen texto, aunque la primera parte se me hizo demasiado larga, pero creo que era necesario hacerla así para crear suspenso. Sólo faltaron las comas de vocativo y en los diálogos de los hampones ambos hablan exactamente igual, como si tuvieran la misma personalidad. De igual manera es un texto disfrutable. Muchas gracias por compartirlo. 

    1. Miércoles, 21 Julio 2021 22:19

      Gracias a ti, Alejandro, por tu lectura, comentario y observaciones. Recibe un cordial saludo.

  4. Jueves, 15 Julio 2021 16:36

    Muy interesante y bien elaborada trama. Felicitaciones.

    1. Jueves, 15 Julio 2021 22:14

      Gracias, Edith. Agradecido por su lectura y comentario. Un saludo cordial. 

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