El Hombre que abolió el deseo

DramaFantásticoFilosófico
La obra maestra desconocida

Fue ingenuo creer por tantos años que podía adivinar el futuro. No lo digo con desdén, al contrario; la ingenuidad es una virtud que rara vez trasciende la niñez, ese fugaz cachito de vida en el que estamos más cerca de nuestra esencia, antes de que la petulancia adolescente nos mancille el candor y, en el afán de ser para los demás lo que creemos que quieren, nos falsifiquemos hasta convertirnos en adultos.

Juan —lo llamaré Juan; los olvidados no tienen nombre— no entendió al principio la índole de su peculiaridad. Una voluntad subrepticia, parecida al instinto, relegó al rincón oscuro de su mente donde se esconde lo atroz e inverosímil la verdad aciaga, demasiado espantosa, imposible de asumir, de ser culpable de todo… El malentendido se gestó cuando tenía seis años, una tarde de curiosidad exaltada en la que, tras acosar a don Matías con preguntas sobre su antiguo oficio de enterrador, el anciano, harto de evocar aquella vida que para entonces, despojada ya del disfraz de la costumbre, había sido una larga desventura, le dio un manotazo en la cabeza diciendo: «¡Ya no joda, m’hijo!». El asunto debió quedar ahí, pero había público, y la troupe del bar Danubio, siempre más atenta a lo que ocurría en otras mesas que en la propia, estalló en carcajadas. Años después, Juan comprendió que no lloró por el golpe, sino de vergüenza, y que fue la reacción de los demás lo que le arraigó el rencor hacia don Matías, pero esa noche, mientras daba vueltas en su cama, todavía sonrojado, entre la ilusión de ser Simbad y un viaje a cierta isla remota, visualizó con notable viveza al viejo muerto en un cajón y a su padre paleándole tierra encima. El orgullo cedió ante la culpa y se fue con Gulliver a Laputa hasta quedarse dormido.

Cuando despertó, la comidilla del barrio era la súbita muerte de don Matías. Juancito abrió los ojos enormes al enterarse y en el sepelio, viendo a su padre palear tierra sobre el cajón con el resto de la troupe, debido a una huelga del Sindicato de Tanatoprácticos y Afines, pasó del asombro al horror: todo ocurría exactamente como lo visualizó, excepto por el hecho de que su papá volvió a casa maltrecho, tosiendo mucho, y también murió esa noche, asfixiado, según el médico, por el polvo que inhaló en la tarde.

El enigma del Oráculo - Giorgio de Chirico

Juan atravesó el duelo absorto en su terror, como despertando despacito de una pesadilla, y no fue hasta semanas después que le confesó a su madre la sospecha de que podía ver el futuro. Ella lo miró triste, pensando que ¡qué desgracia!, como si fuera poco quedarse viuda, ahora su hijito perdía la chaveta, y dominando la angustia le dijo que no fuera ridículo, que aquel delirio debió ser pura casualidad, porque si de veras fuera vidente habría predicho la muerte de su papá, no la de un viejo que apenas conocían y vivía como a tres cuadras… Esa lógica endeble le bastó al niño para disipar el sentimiento entreverado de horror, admiración y culpa que lo embargaba, aunque le quedó la sensación de ser un poco raro.

Pronto volvió a la escuela. No era un buen alumno y la intuición de ser distinto, reflejada en los demás, se convirtió en certeza. Se burlaban de él, andaba siempre solo, un par de brutos lo acosaban y a cada rato la maestra lo reprendía por alguna torpeza, hasta que un día más triste que otros se vio de abanderado, querido por todo el mundo, con muchos amigos…, y el augurio se cumplió otra vez fielmente. Fue una lástima que Rubén, el mejor alumno de su clase y del colegio, quedara medio turulato por una meningitis. A Juancito le habría encantado vencerlo en su propio juego. Se sentía capaz de todo.

Desde entonces, la vida de Juan cambió por completo y, pese a que las desgracias le fueron tan afines como su buena estrella, se convirtió en oráculo de su propia buenaventura. Era muy inteligente y una magia sobrenatural parecía responder siempre a sus deseos. Se graduó con honores en Física a los catorce y a los dieciséis en Filosofía, a los veinte era un exitoso hombre de negocios y a los treinta, en un país que atravesaba la peor crisis económica de su historia, mientras millones de infelices se sumían en la miseria, había amasado una cuantiosa fortuna. En el amor no fue menos afortunado: tuvo a todas las mujeres que quiso y se casó con una famosa actriz danesa que lo enamoró desde la pantalla del cine Fancy. Su madre no pudo asistir a la boda: murió el mismo día que él conoció a Esbjerg.

El amor, el deseo y la muerte - George BarbierLo asombroso, sobre todo para él, era que jamás se había esforzado por nada, y eso opacaba sus alegrías. Tras cada logro volvía a acosarlo velado, subrepticio, el mismo resabio de culpa que lo acosó de niño. Se sentía indigno, como si su bonanza fuera una injusticia; pero muy dentro de nosotros hay un guardián secreto que nos protege, que nos hace ignorar las verdades incómodas sustituyéndolas por otras plausibles, convincentes, y Juan le endilgó a la codicia y envidia de los demás la razón de su buenaventura. Todos querían estar bajo su influjo y, aunque no buscaba los negocios, las propuestas aparecían sobre su escritorio como súplicas en un altar. Jamás tuvo que invertir ni arriesgar nada; se había convertido en un símbolo del éxito y la imagen que proyectaba era suficiente para que su firma, por sí sola, valiera millones. Muchas veces quiso explicarse la razón de aquel absurdo, pero era el mismo modelo de negocios de los bancos, excepto porque los bancos avalaban con dinero ajeno y él no, de modo que siempre halló respuesta en una frase que escuchó o leyó en alguna parte: «El dinero atrae al dinero», se decía, y aunque no quedaba del todo satisfecho, fue un anestésico efectivo hasta que una de las muchas tardes que dedicaba a la lectura, la verdad horrenda que su candor pueril relegó a las sombras y la conveniencia mantuvo ahí, emergió al fin.

Tres cosas había conservado Juan intactas desde su temprana infancia: la curiosidad exaltada; la pasión por la lectura, donde hallaba refugio de las desgracias que opacaban el fulgor de su buena estrella; y una inocencia de espíritu que lo hacía profundamente humano, acaso demasiado; de modo que no fue extraño que tuviera una revelación mientras leía: al parecer, solo somos capaces de conocemos a nosotros mismos por comparación, como si resultara imprescindible que lo poco de esencial que nos ocurre le haya ocurrido antes a otro para que, en la contemplación de las vicisitudes ajenas, se revelen nuestros propios secretos…, ¿y dónde, si no en los libros, podría alguien extraordinario hallar un personaje con el que identificarse?

Prudencia y Deseo - Frances MacdonaldJuan dedicaba la mayor parte del tiempo a sus inquietudes intelectuales. En aquellos días lo ocupaba una ingente curiosidad por las religiones, que en su mayoría le parecían desquiciadas, y al comparar diversas traducciones del Viejo Testamento, indignado por la magnitud de la infamia, no se percató al principio de que el personaje principal de aquel hermoso libro de antropología y filosofía, poco a poco se le iba haciendo carne. Ese creador torpe, replicado en su Adán, que incurría en un error tras otro —¡qué torpeza dar libre albedrío y vedar el conocimiento del bien y del mal!— era, como él, una víctima de su propia ignorancia: no se había dado cuenta de que ni los dioses pueden burlar la inexorable Ley del Equilibrio que rige el universo… Tenía el rostro empapado en lágrimas aun antes de entender que se estaba viendo a sí mismo en aquel personaje patético. Bajó el libro a su regazo, fijó la vista en un rincón oscuro del estudio, ciego a todo, y de pronto, el celoso guardián secreto de las verdades incómodas quedó indefenso.

Juan temblaba, absorto en la certeza que se le revelaba despacio, como una fotografía, de que no veía el futuro, ¡lo creaba! Había confundido sus deseos consumados con presagios cumplidos… ¡Su condición no era de oráculo, sino la de un dios!

Otro, cualquiera, hubiera sucumbido a la euforia al saberse omnipotente; habría deseado la vida eterna, ser el rey del mundo, poseerlo todo…, pero Juan no lo hizo. Él no se parecía a nosotros, era —lo dije— profundamente humano: le preocupaban los demás y, a medida que la revelación se completaba, una razón distinta, inconsciente, como si una lógica de otra índole se impusiera desde sus emociones, lo hizo comprender que todas las desgracias que lo asolaron fueron el costo de sus éxitos… «Es Ley el equilibrio», dijo su voz desde tan adentro que le pareció ajena, y lo invadió una tristeza monstruosa, indescriptible. Se supo maldito, sintió sobre sus hombros el peso infinito de todas las culpas. Las cosas buenas de las que también fue responsable perdieron para él toda importancia y recordó en un instante, veloces e hirientes como rayos, cada una de las fatalidades que había provocado; desde las muertes de don Matías y su padre hasta la miseria en que sumió a miles de infelices por ambición; su mamá, la meningitis de Rubén… ¡Todo! ¡Todo era su culpa!

Encerrado en su estudio, con la voluntad quebrada, lloró semanas enteras en la más profunda soledad hasta la última lágrima. Se negó a endilgarle a alguien más aquella inconmensurable pena y no deseó alejarla. Quiso sufrir resignado lo que creyó merecer y, mientras le crecía la barba y el desespero, Esbjerg, presa de una insólita alegría, se fugó a la India con su instructor de yoga.

Cuando Juan halló al fin algo de calma, buscó una explicación plausible que mitigara su dolor. «Todo deseo cumplido tiene consecuencias nefastas para los demás», pensó, «no solo los míos; el mismo día que alguien compra un yate de millones, miles de niños mueren de hambre… En este mundo absurdo que creamos, el deseo del más fuerte se paga con la necesidad del desgraciado», y esa verdad le pareció razonable: todos somos dioses en un olimpo que privilegia el egoísmo…, pero no bastó para convencerlo. La culpa persistía. Si podía crear otras realidades con solo desearlo, él era un dios más poderoso que sus congéneres. Se le ocurrió entonces que tal vez, si deseara el bien de todos los demás, podría redimirse, pero pronto entendió que era imposible: la inexorable Ley del Equilibrio compensaría la felicidad ajena haciéndolo acreedor de todos los pesares, y no podría tolerarlo; tarde o temprano iba a desear un alivio. Ni los omnipotentes pueden soportar ese tormento.

¡Estaba preso en la desgracia de ser consciente!

Autorretrato de Rembrandt como Demócrito, el filósofo que ríe.Fue inútil proponerse no desear hasta que hallara la forma de enmendar sus errores. A veces el conserje tocaba la puerta del penthouse llevándole una pizza que no había pedido, canastas con foie-gras y Champagne, el Courvoisier Napoleon que tanto le gustaba o ropa limpia que nunca envió a la lavandería. Decidió entonces satisfacer por sí mismo cada deseo que asomara, limitar su contacto con el mundo al conserje —a quien le asignó un generoso estipendio para verlo siempre feliz y agradecido— y refugiarse en el sueño… Es aquí oportuno señalar que los deseos cumplidos de Juan, esos que tenían consecuencias nefastas para los demás, eran conscientes; de algún modo que no podía comprender, estaban vinculados a la voluntad, pero a una voluntad que, siendo suya, le parecía ajena; una especie de pulsión que lo dominaba a su pesar y le hizo sospechar que él también se veía con los ojos del prójimo, que al medirse con la vara de los demás se había convertido en alguien que no era: una versión adulterada de sí mismo que lo subyugaba.

Dedicó sus horas de vigilia a procurar en la filosofía un auxilio, un método o cualquier recurso que lo ayudara a abrazar la ataraxia que vislumbró Demócrito y Epicuro desglosó con lucidez. La búsqueda fue ardua, interrumpida constantemente por reflexiones que lo alejaban de su propósito. Es normal que las mentes inquietas se disipen, y Juan no solo se desviaba por sendas insospechadas, sino que incluso se detenía para cuestionarse cosas insólitas, como que no estaba leyendo las palabras de Demócrito y Epicuro, sino las de doxógrafos que acaso malinterpretaron o hasta falsificaron sus pensamientos; entonces se desviaba por los caminos del existencialismo, que luego debía desandar, para concluir que estaba obligado a ver hasta a los antiguos griegos con los ojos de otros…, o que la historia era una creación falaz, una verdad incluso más incierta que el futuro…, y seguía leyendo a Lucrecio como si leyera a Epicuro para no desesperarse y sucumbir a la tentación de desear saberlo todo, dejando al mundo sumido en la más completa ignorancia.

El filósofo - Edouard ManetAsí estuvo varios años. Los periódicos ya habían dejado de hablar de su presunto surmenage, de la honda depresión en que lo sumió el abandono de su esposa y de publicar fotos de intrépidos paparazzis que lo sorprendían en cueros, barbudo y con la greña descuidada, durmiendo en el balcón, cuando decidió hacer un último intento por redimirse antes de tomar la decisión extrema que había vislumbrado.

Consagró la mayor parte de su fortuna a ayudar a los necesitados. Vendió sus empresas e instaló comedores comunales, refugios, escuelas, asignó becas…, pero no tardó en comprender que la caridad era una farsa, una pantomima que le compraba una pizca de alivio efímero sin reparar nada, y no le quedó otro remedio que abrazar la decisión desesperada cuyas inciertas consecuencias podían sumirlo en la peor de las desgracias: ¡haría realidad un último deseo!

Se mudó a un pueblo remoto y en una piecita humilde, casi pobre, deseó con toda el alma ya no desear nada, nunca.

Desde entonces, nadie sabe de Juan. Se lo ha olvidado, e intuyo que si lo recordaran en este tiempo, tan afín a la convicción de que vivir sin deseos es algo así como un ensayo de la muerte, lo creerían vegetando. Yo, en cambio, que soy un viejo anacrónico y para recordarlo lo tuve que inventar —desear que exista—, creo que encontró por accidente la felicidad verdadera; que al discernir el deseo de la necesidad, al fin vive satisfecho, leyendo, callando lo que sabe, sin otro propósito que gozar de la belleza cuando se presenta, sin esperarla, sorprendiéndose a cada rato de un ocaso, del colibrí o las mariposas. Lo imagino libre de caprichos y fracasos, exento de toda vanidad, recordando con desdén a ese otro dios —el que creyeron muerto— que vive escondido con sus culpas en un rincón del universo, no por piedad, como él, sino avergonzado de su cobardía, de no tener el coraje para renunciar a la omnipotencia que diseminó como una plaga en réplicas exactas de su ignorancia y barbarie; soberbio y mezquino, como nosotros.

El enigma de la llegada y la tarde - Giorgio de Chirico

CuauhtémocC

Etiquetas: Álvaro, Fantástico, Drama, Filosófico

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2 comentarios en “El Hombre que abolió el deseo”

  1. Martes, 04 Mayo 2021 06:46

    Vaya historia!!! Me dejo un poco revuelto el coco; pensando, imaginando, intuyendo, creyendo, y refutando: Que solo vemos lo que queremos ver, que lo que encontramos es lo que buscamos; que le damos significado a cada pequeño e insignificante detalle, siempre y cuando, le prestamos la atención adecuada justa para ver eso de ahí que queremos ver, que ansiamos, deseamos, anhelamos, depositamos nuestra fe, en él lo que esperamos ver, de una u otra forma. Así pienso. Por otro lado, excelente historia, Álvaro. Sigo leyendo y seguiré leyendo cada cuando pueda. 

    1. Martes, 04 Mayo 2021 21:08

      Hola, Diego. Gracias por leerlo y comentar... El entorno nos condiciona. Deseamos lo que nos dicen que debemos desear y, sin embargo,el ombligo de cada uno es el centro del universo. Un abrazo.

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