El hombre de la sesera de oro

Clásico
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Nací en un pequeño pueblo de la antigua Suabia, en casa del escribano del tribunal, un soleado día de Pentecostés. Mi venida al mundo estuvo acompañada de algunos signos extraños que conviene contar. Toda la familia estaba reunida alrededor del lecho de la parturienta, mi tío, el inspector de aduanas, me cogió delicadamente entre sus dedos y me llevó junto a la ventana para contemplarme a gusto; pero el peso de mi pequeño ser le sorprendió hasta el punto de que el buen hombre, asustado, me soltó, y fui a caer a plomo en el suelo, con la cabeza por delante. Me creyeron muerto en el acto, y podéis imaginar los gritos que lanzaron; el cráneo de un recién nacido es algo tan débil, su tejido es tan frágil, la piel tan delicada; ¡un ala de mariposa deslizándose por ella puede causar los mayores estragos! ¡Oh, sorpresa! La tenuidad de mi cráneo apenas se resintió de aquella terrible sacudida, y mi cabeza, al tocar el suelo, devolvió un sonido metálico que todos oyeron y que hizo estirarse veinte orejas a la vez. Me rodean, me levantan, me palpan, y grande fue el estupor cuando el doctor declaró que tenía el remate de la cabeza y los sesos de oro, demostrando como prueba un fragmento que se había separado en mi caída, y que reconocieron como un fragmento de oro purísimo y muy fino.

Alphonse Daudet a los 26 años (1866)—¡Singular niño! —dijo el señor doctor moviendo la cabeza.

—¡Destinado a grandes cosas! —hizo observar juiciosamente mi tío.

Antes de separarse, se prometieron el mayor secreto sobre el episodio; esa fue la primera idea de mi madre, por temer que mi valor, una vez conocido, fuese a tentar la codicia de gente malvada. Por lo demás, yo era un niño como todos los otros, que comía o más bien bebía mucho, con gran precocidad en este aspecto y portador de unos rasgos divertidos capaces de alegrar la frente más severa. ¡Por temor a algún accidente, mi madre quiso alimentarme ella misma! Así pues, crecí en nuestra vieja casa de la calle des Tanneurs, sin poner casi nunca un pie fuera, siempre consentido, mimado, vigilado, seguido de cerca, sin atreverme a dar un paso por mí mismo y solo por miedo a destrozar mi preciosa persona, y mirando tristemente a través de los cristales a mis pequeños vecinos, que jugaban a las tabas en la calle y daban volteretas encantados en los riachuelos. Como bien supondréis, se guardaron mucho de enviarme a la escuela: mi padre hizo venir con grandes gastos a los maestros a casa, y al mismo tiempo conseguí una instrucción presentable. Confesaré incluso que estaba dotado de una inteligencia que sorprendía a la gente, inteligencia cuyo secreto solo mis padres y yo conocíamos. ¿Quién no habría sido inteligente con una sesera tan magnífica como la mía? No pasaba día sin que en casa dejáramos de bendecir al cielo por haber hecho un milagro en mi favor y haber honrado con un niño prodigio la humilde morada del escribano.
¡Ah, favor maldito, execrable ahora! ¡Ojalá hubieras caído en la casa de enfrente!

II

Mi padre estaba lejos de ser rico; era un modesto escribano que ganaba con esfuerzo unos cuantos miserables florines al año copiando y registrando actas de tribunal. El dinero que había gastado en mi educación estaba muy por encima de sus posibilidades; por eso, una vez terminados mis estudios, y cuando yo acababa de cumplir dieciocho años, se encontró sin recursos.

Una noche, al volver de un paseo por la explanada, encontré a cuatro mocetones muy feos inspeccionando la casa y tomando el pulso a nuestros pobres muebles para cerciorarse de su salud y su valor. Mi madre lloraba en un rincón, de cuclillas en un escabel, con la cabeza entre las manos; mi padre, pálido como un sudario blanco, hacía inspeccionar el piso a aquellos señores y se volvía de vez en cuando para enjugar una gruesa lágrima vergonzosa. Comprendí que asistía a una lúgubre escena del drama del señor Lealburbujita. Una vez que los hombres se fueron con la promesa de volver al día siguiente, nos quedamos solos en la sombría habitación, y yo solo oía llantos y sollozos.

Mi padre se levantó y paseó unos instantes por la sala.

—¡Ah, maldito niño! —dijo deteniéndose de repente—, ¡cuántos dolores nos cuestas! ¿Y cómo me pagarás alguna vez las lágrimas que haces derramar a tu madre?

Quise hablar, pero el llanto me lo impedía; mi madre rezaba en voz baja en un rincón.

Acercándose a mí, mi padre continuó:

—¡Y pensar que nos morimos de miseria al lado de este oro!

Y, con un gesto febril, apoyó su mano en mi frente. ¡Oro! Ante esta palabra, un escalofrío hizo crujir mis miembros, al mismo tiempo que una idea terrible se abatía sobre mí y me invadía. Pensé en las riquezas inmensas que contenía mi cerebro.

—¡Oh!, si yo pudiera…

Y, presa de ese pensamiento, corrí a encerrarme con él en mi cuarto.

Muchas veces me habían contado la escena que acompañó a mi nacimiento; y, dado que había sobrevivido a la pérdida de un trozo de mi sesera, me pareció que, sin peligro, podía separar de nuevo una pizca para acudir en ayuda de mis desgraciados padres. Sin embargo, una horrible objeción se alzaba ante mí: aquel jirón de sesera que iba a arrancarme ¿no era de otro tanto de inteligencia de lo que me privaba? La inteligencia, esa palanca, esa fuerza, ese poder; la inteligencia, mi única riqueza propiamente mía. ¿Tenía derecho a disponer de aquel modo de un bien que no había adquirido con trabajo y fatigas? ¿Y qué sería de mí, santo cielo, si fuera a caer en la estupidez y el embrutecimiento?… Por un lado, veía la desesperación de aquella pobre gente que había creído conveniente sacrificarse por mí; mi corazón se conmovió, mis ojos se humedecieron, no pude resistir más y, tomando una repentina decisión —qué sufrimiento tan horrible—, creí que mi cabeza estallaba.

Entré en la sala donde estaban mis padres.

—Tomad —les dije—, no lloréis más.

Y arrojé a sus pies un trozo de oro del grosor de una avellana, aún sangrante y palpitante. Mientras me cubrían de caricias, yo era presa de una tristeza profunda y de una situación singular: mis ideas me parecían menos nítidas, menos lúcidas; era como si un velo se extendiera sobre mi mente. Esquivé todo aquello.
«¡Bah! —me dije—, es para la casa; además, he dado tan poco…».

III

Alphonse Daudet a los 51 años (1891)Poco tiempo después, unos miserables compañeros de juerga me arrastraron a una orgía que debía costarme cara. Ocurrió en el Hôtel de France: allí hicimos un jaleo de mil diablos, vaciamos la bodega y la despensa; nos divertimos hasta el exceso. Cuando se les pasó la borrachera, mis excelentes amigos, aprovechando mi embriaguez, consideraron oportuno escabullirse sin avisarme y sin pagar. Pasé una noche durmiendo en los divanes del Hôtel, y al día siguiente, al despertar, me encontré frente a una interminable factura que había que pagar en el acto. No tenía ni un kreutzer2 en el bolso y, por grande que fuese mi desconsuelo, hube de recurrir de nuevo a mi sesera y exigirle un segundo y terrible sacrificio… Desde aquel día, un amargo abatimiento se apoderó de mi ser; unos cuantos sacrificios de ese tipo, y habría terminado con aquella inteligencia de la que tan orgulloso estaba. Esta idea, que me hacía temblar, se alzaba sin cesar ante mis ojos; me volví sombrío, misántropo; de todos mis amigos, solo había conservado uno, el más antiguo y el más seguro de todos, que conocía desde hacía mucho mi secreto y me recomendaba a todas las horas del día que cuidase celosamente aquel tesoro; este querido amigo tenía sus razones para hacerlo; una noche que llovía y el mal tiempo le hizo dormir en casa, se acercó furtivamente y durante mi sueño me arrancó un enorme trozo de sesera.

Me despertó el dolor, y me incorporé en la cama gritando; el miserable, pillado en flagrante delito, solo supo palidecer, balbucear y echarse a temblar. En última instancia escapó llevándose su botín. No sé cómo habría soportado este último golpe si una pasión violenta no hubiera venido a distraerme durante un tiempo de los siniestros sueños en que me hundía; me enamoré y decidí casarme, convencido de que en un hogar tranquilo y cariñoso conseguiría escapar a la completa destrucción de lo mejor de mí.

IV

La mujer que escogí estaba hecha para encantar, desde luego; tenía ojos, espíritu y corazón, un apellido que me gustaba, buenas relaciones y sentido del ahorro; empezamos a vivir juntos y me creí feliz para siempre. ¡Ay!, el día de mi boda fue cuando empezaron mis verdaderos sufrimientos, y cuando iba a devorar el hermoso lingote de oro que aún me quedaba en el cráneo.

Mi mujer, de gustos modestos, se sentía, sin embargo, aguijoneada por un inmoderado deseo de vestidos; por la noche, en el concierto, la oía muchas veces suspirar y mirar dolorosamente cuando pasaba al lado de las damas de la ciudad, todas ellas suntuosamente vestidas. Yo comprendía bien aquellos suspiros, y, aunque ella no se atreviese a confesármelo, sentía el pesar que le provocaba aquel alarde de lujo. Poco a poco creí darme cuenta de que la frialdad se deslizaba en la casa: dejó de haber efusión de corazón, expansiones, largas y dulces charlas. Comprendí que se me empezaba a acusar de mucho egoísmo.

«¿Por qué —se decía— dejarme en semejante indigencia? Y, dado que tiene el medio de hacerme feliz, ¿por qué no utilizarlo? ¿Qué hará con sus riquezas, si no las gasta por mí?».

Yo leía todas estas cosas y muchas otras más en el azul de un par de ojos demasiado bellos para mentir, y, mientras yo observaba por mi lado, el amor se iba por el otro. Había que tomar una decisión, y preferí dejar actuar a mi corazón. Mi mujer tuvo diamantes, mi mujer me dirigió sus más dulces sonrisas, pero no, nunca sabréis a qué precio pagué todo eso… ¿Cómo hacerlo de otra manera si yo carecía de fortuna? ¿Podía entrar a trabajar en una tienda, medir las piezas de paño, fabricar cucuruchos de papel? Algo divino que sentía dentro de mí me prohibía de forma insistente oficios como esos. Necesitaba dinero; mi sesera valía dinero, y, palabra, gasté mi sesera. Gasto de todos los días, tortura de todas las horas, para las alegrías de la vida, para las alegrías de la vanidad, esta noche para un baile, mañana para la cena, ayer para un vestido, hoy para el pan; el tesoro se iba por entero. A veces, en las horas de soledad y de miradas interiores, me dominaban rabias repentinas, me cogía la cabeza entre las manos como para detener las olas de oro que de ella salían; gritaba: «¡No te vas! ¡No te vas!». Al momento siguiente me hería con furia el cráneo para extraer su divino mineral. En esto, una felicidad imprevista vino a traer algún alivio a mi horrible situación, a poner un bálsamo en mis heridas siempre sangrantes. Nos nació un niño, una joya de niñito, verdadera miniatura de la madre. Mi primer cuidado fue asegurarme de que no tendría la sesera de su padre, y cuando vi que no había heredado esa enfermedad regia me sentí contento durante un tiempo.

V

Daudet retratado por Nadar (sin fecha)El niño creció; ¡oh, dolor! Era una criatura más a la que mantener a partir de mi cerebro. Nodrizas, médicos, educadores. ¡Qué sé yo! Otros tantos miserables que vinieron a encarnizarse sobre mi mina de oro, con tanta frecuencia y tan cruelmente explotada. No ahorré nada por la querida criatura; y lo que sobre todo me sorprendía era la cantidad de riquezas contenidas en mi sesera, y el esfuerzo que debía hacer para agotarlas. Sin embargo, aquello tenía que terminar algún día… Estábamos en el día de Año Nuevo; fuera, un alegre sol cabrilleaba sobre la nieve; en casa, las frentes estaban taciturnas y los ojos hinchados. El niño suspiraba en su cama; por el aire de miseria que reinaba en la casa era fácil adivinar que no debía de estar pensando en aguinaldos, y que esa jornada de alegría se convertiría para él en jornada de lágrimas. Triste por aquella tristeza, la madre callaba, y de buena gana hubiera dado su sangre por ver un rayo de alegría en los ojos del chiquillo; pero, al ser consciente de mis numerosos sacrificios, no se atrevía a pedirme aquel. Desde mi sitio, veía aquel drama familiar, desgarrador y desolado… Al fin, sin poder aguantar más, pasé a la habitación vecina y busqué mi sesera… ¡Dios de dioses! El tesoro había huido; apenas quedaba un despojo del tamaño de la mitad de mi dedo meñique.

—¡No, nunca! —exclamé temblando.

En ese mismo momento oí en la pieza de al lado al niño, a quien mi presencia ya no frenaba, lanzar un largo sollozo. No vacilé… Una vez cumplido el sacrificio, volví al lado de mi mujer y le dije que fuera con su hijo a comprar aguinaldos; el niño aplaudió, ella, llorando de alegría, se arrojó a mis brazos y me estrechó contra su pecho con amor.

—¡Ah, querido, qué bueno eres!

Cuando se marcharon, me dejé caer en una silla y pensé amargamente en aquellas espléndidas riquezas, de las que ya no me quedaba la menor brizna y que ya no podría volver a ver. Recapitulé todas las
circunstancias de mi vida en las que había perdido mi oro brizna a brizna, todos los matorrales del camino en que había dejado un jirón de mi vellocino; la torpeza de mi tío, mi amor por mis padres, la jugarreta de mis camaradas en el Hôtel de France, la horrible conducta de mi amigo, mis deberes de esposo y de padre, todo pasó ante mis ojos. ¿Qué hacer ahora? ¿Qué desear? Una cama de hospital o un trabajo de mozo de tienda en alguna parte, en la Bobina de Plata, por ejemplo; ese era el futuro que me estaba reservado, y aún no había cumplido cuarenta años. Luego, mientras me afligía y lloraba a raudales, me puse a pensar en tantos desgraciados que viven de su sesera como yo había vivido, en esos artistas, en esos escritores sin fortuna, obligados a hacer pan de su inteligencia, y me dije que no debía de ser yo el único en este bajo mundo en conocer los sufrimientos del hombre de la sesera de oro.

 

Alphonse DaudetAlphonse Daudet
Nimes, 1840 – 1897, París
 Escritor y dramaturgo francés cuya obra más conocida es “Las aventuras prodigiosas de Tartarín de Tarascón(1872), aunque su libro de cuentos, “Cartas desde mi molino(1869), fue tan bien aceptado por el público y la crítica, que el molino de Saint-Pierre, al que refiere, se convirtió en una atracción turística de Fontvieille, y es conocido desde entonces como “El molino de Daudet”.
El cuento “El hombre de la sesera de oro(traducido también como “El hombre de los sesos de oro” y “El hombre del cerebro dorado”), se publicó por primera vez en 1866 en la edición de septiembre del periódico L'Événement. Esta es la versión que decidimos incluir en la revista, ya que existe una segunda versión de este cuento, más breve y con trama ligeramente distinta (más conocida y fácil de hallar en Internet) que, con el título “La leyenda del hombre de la sesera de oro(“La Légende de l'homme à la cervelle d'or”) fue incluida en “Cartas desde mi molino” tres años después.
 

 

Etiquetas: Clásico, Daudet

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