El color del espacio exterior

Clásico
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Al oeste de Arkham, las colinas se alzan agrestes, y hay valles con espesos bosques que ningún hacha ha talado jamás. Hay sombrías y oscuras cañadas en las que los árboles se inclinan fantásticamente, y por donde discurren estrechos arroyuelos a los que nunca han llegado los destellos de la luz solar. En las laderas más suaves hay alquerías, antiguas y roqueñas, con cottages desproporcionadamente bajos, cubiertos de musgo, que rumian permanentemente los viejos secretos de Nueva Inglaterra al abrigo de enormes salientes; pero todas ellas están ahora vacías, las amplias chimeneas se han desmoronado y las paredes cubiertas de ripias se pandean peligrosamente bajo los techos a la holandesa.

Los antiguos moradores se han ido, y a los forasteros no les gusta vivir allí. Los francocanadienses lo han intentado, los italianos también, y los polacos se marcharon nada más llegar. Y no es por algo que se pueda ver, oír o tocar, sino por lo que se imaginan. El lugar no sugiere nada bueno, y no proporciona sueños apacibles por la noche. Debe ser eso lo que mantiene alejados a los forasteros, pues el viejo Ammi Pierce no les ha contado nunca lo que recuerda de aquellos extraños tiempos. Ammi, que ha estado un poco chiflado desde hace varios años, es el único que permanece allí, o que habla de aquellos extraños tiempos; y se atreve a hacerlo porque su casa está muy próxima al campo abierto y a los caminos concurridos que rodean Arkham.

Hace tiempo había un camino en las colinas que, atravesando los valles, conducía directamente hasta donde ahora está el páramo maldito; pero la gente dejó de utilizarlo y se trazó un nuevo camino que daba un amplio rodeo hacia el sur. Todavía pueden encontrarse vestigios del antiguo camino entre la maleza de la selva en que se ha convertido, y algunos persistirán sin duda aun cuando la mitad de la hondonada quede inundada por el nuevo embalse. Entonces se talarán los sombríos bosques y el páramo maldito dormitará muy por debajo de las aguas azules cuya superficie reflejará el cielo y se rizará al sol. Y los secretos de aquellos extraños tiempos se fundirán con los secretos de las profundidades; se fundirán con la tradición oculta del viejo océano, y con todo el misterio de la tierra primordial.

Página mecanografiada original de este cuento, corregida por Lovecraft (1927)Cuando examiné a fondo las colinas y valles para levantar los planos del nuevo embalse, me dijeron que aquel lugar era aciago. Eso me dijeron en Arkham, y como se trata de una ciudad muy antigua llena de leyendas de brujas, pensé que lo de aciago debía ser algo que las abuelas habían susurrado a los niños a través de los siglos. El nombre de «páramo maldito» me pareció muy extraño y teatral, y me pregunté cómo habría llegado a formar parte del folklore de una gente tan puritana. Luego, al ver con mis propios ojos aquel sombrío laberinto de cañadas y laderas, ya no me asombraba nada aparte de su propio misterio ancestral. Aunque las vi por la mañana, la sombra acechaba por todas partes. Los árboles crecían demasiado juntos, y sus troncos eran demasiado grandes para como suelen ser los bosques de Nueva Inglaterra. En los oscuros pasillos que se abrían entre ellos había demasiado silencio, y el suelo estaba demasiado blando debido al frío y húmedo musgo y a los esterales acumulados tras infinidad de años de descomposición.

En los espacios abiertos, principalmente a todo lo largo del antiguo camino, había pequeñas alquerías en las laderas; unas veces, con todas sus edificaciones en pie, otras con sólo una o dos, y en ocasiones con sólo una chimenea o un sótano completamente relleno de cascotes. Las malas hierbas y las zarzas reinaban por doquier, y furtivas criaturas salvajes susurraban en la maleza. En todo el paraje había un tufo de inquietud y opresión; un amago de irrealidad e incongruencia, como si algún elemento vital de la perspectiva o el claroscuro estuviese mal puesto. No me extrañó que los forasteros no quisieran vivir en ella, pues aquella no era una región para quedarse a dormir. Se parecía demasiado a un paisaje de Salvator Rosaburbujita; a un grabado de un cuento de terror.

Pero nada de todo esto era tan nocivo como el páramo maldito. Lo comprendí en cuanto tropecé con él en el fondo de un espacioso valle; ningún otro nombre podía ser más apropiado para semejante lugar, ni ningún otro lugar se adecuaba mejor a semejante nombre. Era como si el poeta hubiese acuñado la frase después de haber visto aquella zona. Debe ser, pensé al verla, el resultado de un incendio; pero ¿por qué no había crecido nunca nada sobre aquellos cinco acres de triste desolación, que se extendían bajo el cielo por los bosques y campos como una gran mancha corroída por el ácido? Está situado en buena parte hacia el norte del trazado del antiguo camino, pero invade un poco el otro lado. Mientras me acercaba sentí una extraña sensación de desconfianza, y si me decidí finalmente a hacerlo fue sólo porque mi ocupación me lo exigía. No había vegetación de ninguna clase en aquella amplia extensión; tan sólo una capa de fino polvo o ceniza gris, que ningún viento parecía haber dispersado nunca. Los árboles más próximos tenían un aspecto raquítico y estaban atrofiados, y muchos troncos sin vida seguían en pie o se estaban pudriendo en el borde. Mientras andaba a toda prisa vi a mi derecha las piedras y ladrillos caídos de una vieja chimenea y un sótano, y las negras fauces abiertas de un pozo abandonado cuyos estancados vapores gastaban extrañas travesuras con los matices de la luz solar. Incluso el extenso y sombrío bosque que se alzaba más allá parecía agradable por contraste, y ya no me asombraban los asustados susurros de la gente de Arkham. No había en sus inmediaciones ni casas ni ruinas de ninguna clase; incluso en los viejos tiempos, el lugar debió de ser solitario y apartado. Y al anochecer, temiendo pasar de nuevo por aquel ominoso lugar, regresé a la ciudad dando un rodeo por el tortuoso camino del sur.

Por la noche pregunté por el páramo maldito a los ancianos de Arkham, y lo que significaba la frase «extraños días» que a tantos había oído murmurar con evasivas. Sin embargo, no pude obtener ninguna respuesta válida, salvo que el misterio era mucho más reciente de lo que yo me había temido. No se trataba ni mucho menos de una vieja leyenda, sino de algo que había ocurrido en vida de los que hablaban conmigo. Sucedió en los años ochenta, y una familia había desaparecido o fue asesinada. Nadie podía precisar más detalles y, como todos me dijeron que no hiciera caso de las disparatadas historias del viejo Ammi Pierce, a la mañana siguiente fui en su busca, después de enterarme de que vivía solo en un viejo y ruinoso cottage que se alzaba donde los árboles empiezan a espesarse. Era un lugar tremendamente antiguo, y había empezado a rezumar ese tenue olor infecto que impregna las casas que han permanecido en pie demasiado tiempo. Tuve que llamar insistentemente para que el anciano se levantara y, cuando salió tímidamente a la puerta arrastrando los pies, pude notar que no se alegraba de verme. No estaba tan débil como yo había esperado; pero los ojos se le cerraban de una forma extraña, y su descuidada vestimenta y su barba blanca le daban un aspecto consumido y deprimente.

No sabiendo cómo hacer para que me hablara de sus historias, fingí que se trataba de un asunto de trabajo; le conté que estaba levantando unos planos, y le hice algunas vagas preguntas acerca de la región. Era un hombre más listo y más educado de lo que yo había supuesto y, antes de que me diese cuenta, comprendió todo el asunto tan bien como cualquiera de los hombres con los que había hablado en Arkham. No era como otros palurdos que había conocido en las zonas donde iban a construirse embalses. No protestó por las millas de bosque antiguo y de tierras de labranza que iban a ocultar, aunque quizá lo habría hecho si su hogar no estuviera situado fuera de los límites del futuro lago. Lo único que mostró fue alivio; alivio por el fatídico destino de los sombríos valles antiguos por los cuales había correteado toda su vida. Estarían mejor debajo del agua… era lo mejor que podía sucederles desde aquellos extraños días. Y, al decir eso, su ronca voz bajó de tono, mientras su cuerpo se inclinó hacia delante y el dedo índice de su mano derecha empezó a señalar algo con mano temblorosa y de un modo impresionante.

Fue entonces cuando oí la historia y, mientras la inconexa voz seguía chirriando y susurrando, me estremecí una y otra vez a pesar del día veraniego que hacía. A menudo tuve que interrumpir al narrador para que no divagara, completar cuestiones científicas que él sólo conocía a través de los borrosos recuerdos del discurso de los catedráticos, cuyas palabras repetía como un papagayo; o llenar lagunas allí donde fallaba su sentido de la lógica y de la continuidad. Cuando hubo terminado, no me extrañó que su mente le fallase un poco, o que la gente de Arkham no quisiera hablar del páramo maldito. Volví rápidamente a mi hotel antes de la puesta del sol, pues no quería tener las estrellas sobre mi cabeza estando en campo abierto; y al día siguiente regresé a Boston para renunciar a mi empleo. No podía ir de nuevo a aquel tenebroso caos de antiguos bosques y laderas, ni enfrentarme otra vez con aquel triste páramo maldito donde se abría el profundo pozo negro junto a los derrumbados ladrillos y piedras. El embalse iba a ser construido en seguida, y todos aquellos antiguos secretos estarían a salvo para siempre bajo varias brazas de agua. Pero ni siquiera entonces creo que me gustaría visitar aquella región por la noche… al menos, cuando las siniestras estrellas hayan salido; y nada podrá convencerme para que beba el agua de la nueva ciudad de Arkham.

Primera página del cuento publicado en Amazing Stories (marzo de 1927)Todo empezó, dijo el viejo Ammi, con el meteorito. Antes de esa fecha no había habido ninguna leyenda descabellada desde los tiempos de los procesos por brujería, e incluso entonces aquellos bosques occidentales no eran ni la mitad de temidos que la pequeña isla del Miskatonic, donde el diablo concedía audiencia junto a un curioso altar de piedra, más antiguo que los propios indios. Aquellos bosques no estaban encantados, y su fantástica oscuridad nunca fue terrible hasta aquellos extraños días. Luego había llegado aquella blanca nube meridional, aquella sucesión de explosiones en el aire, y aquella columna de humo procedente del valle, lejos en el bosque. Y por la noche, todo Arkham se había enterado de que una gran roca había caído del cielo y se había incrustado en la tierra, junto al pozo de la casa de Nahum Gardner. Aquella era la casa que se había levantado en el lugar que luego ocuparía el páramo maldito… la muy cuidada casa blanca de Nahum Gardner rodeada de fértiles jardines y huertos.

Nahum había ido a la ciudad para contar lo de la piedra, y de camino pasó por casa de Ammi Pierce. Por aquel entonces Ammi tenía cuarenta años, y todas las cosas raras que ocurrían se le grabaron profundamente en el cerebro. Él y su esposa habían acompañado a los tres catedráticos de la Universidad Miskatonic que a la mañana siguiente fueron precipitadamente a ver al extraño visitante procedente del ignoto espacio sideral, y se habían preguntado por qué Nahum había dicho el día anterior que era muy grande. Había encogido, dijo Nahum, señalando el gran montículo pardusco que había encima de la tierra desgarrada y la hierba chamuscada junto al arcaico cigoñal del pozo en el patio delantero; pero los sabios respondieron que las piedras no encogen. Seguía irradiando calor, y Nahum declaró que había brillado débilmente durante la noche. Los catedráticos pusieron a prueba la piedra con un martillo de geólogo y comprobaron que era sorprendentemente blanda. En verdad, era tan blanda que casi parecía de plástico; y arrancaron, más que desportillaron, una muestra para llevársela a la universidad y analizarla. La metieron en un viejo cubo que tomaron a préstamo de la cocina de Nahum, ya que, aunque el trozo era tan pequeño, no llegaba a enfriarse. En su viaje de regreso se detuvieron a descansar en la casa de Ammi, y parecieron quedarse pensativos cuando Mrs. Pierce observó que el fragmento se estaba haciendo más pequeño y estaba quemando el fondo del cubo. Realmente no era muy grande, pero quizás habían cogido menos de lo que pensaban.

Al día siguiente —todo esto ocurría en el mes de junio de 1882—, los catedráticos salieron de nuevo en tropel, muy excitados. Al pasar por la casa de Ammi le contaron las extrañas cosas que le había pasado a la muestra, y cómo se había consumido por completo cuando la pusieron en una cubeta de cristal. La cubeta también había desaparecido, y los sabios hablaron de la extraña afinidad de la piedra con el silicio. Se había comportado de un modo completamente increíble en aquel laboratorio tan bien organizado; no le pasó absolutamente nada ni mostró ningún gas ocluso cuando se calentó al carbón, su reacción al ser tratada con una perla de bórax fue completamente negativa, y resultó ser absolutamente no volátil a cualquier temperatura producible, incluyendo la del soplete oxhídrico. En el yunque parecía muy maleable, y en la oscuridad su luminosidad era muy apreciable. Como se negaba obstinadamente a enfriarse, pronto puso a toda la universidad en un estado de verdadera excitación; y cuando al calentarla en el espectroscopio mostró unas franjas brillantes de un color distinto a los del espectro normal, hubo intensas discusiones acerca de nuevos elementos, raras propiedades ópticas, y otras cosas que los perplejos hombres de ciencia suelen decir cuando se enfrentan con lo desconocido.

Caliente como estaba, la analizaron en un crisol con todos los reactivos adecuados. El agua no le hizo nada. Lo mismo sucedió con el ácido clorhídrico. El ácido nítrico e incluso el agua regia se limitaron a silbar y esparcirse en gotas sobre su tórrida invulnerabilidad. Ammi tuvo dificultad para recordar todas esas cosas, pero reconoció algunos disolventes a medida que yo se los mencionaba en el habitual orden de utilización. Se utilizó amoniaco y sosa cáustica, alcohol y éter, nauseabundo bisulfito de carbono y una docena más; pero, aunque el peso disminuía sin parar, y el fragmento parecía enfriarse ligeramente, no había ningún cambio en los disolventes que demostrara que habían atacado a la sustancia. Sin embargo, se trataba de un metal sin lugar a dudas. Era magnético, para empezar; y después de su inmersión en los disolventes ácidos parecían existir leves huellas de las figuras de Widmanstätten encontradas en el hierro meteórico. Cuando el enfriamiento era ya considerable, continuaron las pruebas en un recipiente de cristal; dejaron en una cubeta de cristal los trocitos desprendidos durante las pruebas del material del que se componía el fragmento original. A la mañana siguiente, los trocitos y la cubeta habían desaparecido sin dejar rastro, y únicamente una mancha chamuscada en el estante de madera señalaba el lugar donde habían estado.

Eso fue lo que los catedráticos le contaron a Ammi cuando se detuvieron a la puerta de su casa, y una vez más fue con ellos a ver el pétreo mensajero de las estrellas, aunque en esta ocasión su esposa no le acompañó. Esta vez la piedra había encogido sin duda alguna, y ni siquiera los catedráticos más sensatos pudieron dudar de lo que veían. Alrededor de la menguante masa pardusca situada junto al pozo había un espacio vacío, excepto donde la tierra se había hundido; y mientras el día anterior tenía un diámetro de más de siete pies, ahora apenas llegaría a cinco. Todavía estaba caliente, y los sabios examinaron su superficie con curiosidad mientras separaban otro fragmento más grande con la ayuda de un martillo y un cincel. Esta vez ahondaron más y, al arrancar un trozo más pequeño, vieron que el núcleo central no era completamente homogéneo.

Habían descubierto lo que parecía ser la cara exterior de un voluminoso glóbulo incrustado en la sustancia. El color, parecido al de algunas de las franjas del extraño espectro del meteoro, era casi imposible de describir; y sólo por analogía se atrevieron a llamarlo “color”. Su textura era lustrosa y, al golpearlo ligeramente, parecía augurar que era quebradizo y hueco. Uno de los catedráticos le dio un golpe seco con un martillo, y estalló con un vigoroso y leve chasquido. No desprendió nada, y con la punción el glóbulo desapareció sin dejar rastro. Si bien quedó un espacio esférico vacío de unas tres pulgadas de diámetro, y todos pensaron que probablemente descubrirían otros glóbulos a medida que la sustancia encerrada se consumiera.

La conjetura no tenía fundamento; de modo que, después de un vano intento de encontrar más glóbulos mediante perforación, los investigadores se marcharon de nuevo con su nueva muestra… que sin embargo resultó ser en el laboratorio tan desconcertante como su predecesora. Aparte de ser casi plástica, de tener calor, magnetismo y ligera luminosidad, de enfriarse ligeramente al ser sumergida en potentes ácidos, de poseer un espectro desconocido, de desvanecerse en el aire, y de atacar a los compuestos de silicio con mutua destrucción como resultado, no presentaba ninguna otra característica que la identificara; y al término de las pruebas, los científicos de la universidad se vieron obligados a reconocer que no podían clasificarla. No procedía de este planeta, sino que era una muestra del gran espacio exterior; y, como tal, estaba dotada de propiedades exteriores y obedecía a leyes exteriores.

H. P. Lovecraft a los 2 años, vestido de niña (1892)Aquella noche hubo una tormenta y, cuando los catedráticos acudieron a casa de Nahum al día siguiente, se encontraron con una amarga decepción. La piedra, que era magnética, debía tener alguna peculiar propiedad eléctrica; ya que había «atraído al rayo», como dijo Nahum, con una singular persistencia. Seis veces en el espacio de una hora, el granjero vio caer los rayos en el patio delantero, y al cesar la tormenta no quedaba más que un hoyo desigual junto al arcaico cigoñal del pozo, que estaba medio obstruido por la tierra procedente del socavón.

Excavar no dio ningún resultado, y los científicos comprobaron la total desaparición del meteorito. Fue un completo fracaso; de modo que no se podía hacer otra cosa que regresar al laboratorio y analizar de nuevo el evanescente fragmento que habían encerrado cuidadosamente en una caja de plomo. Aquel fragmento duró una semana, al cabo de la cual no se había averiguado nada valioso. Cuando desapareció, no quedó el menor residuo, y con el tiempo los catedráticos no estaban muy seguros de haber visto realmente y no en sueños aquel enigmático vestigio de los insondables abismos exteriores; aquel único, misterioso mensaje de otros universos y otros reinos de materia, energía, y entidad.

Como era comprensible, los periódicos de Arkham dieron mucha importancia al incidente y enviaron periodistas a entrevistar a Nahum Gardner y a su familia. Al menos un diario de Boston envió también un reportero, y Nahum se convirtió rápidamente en una especie de celebridad local. Era un hombre delgado y afable, de unos cincuenta años, que vivía con su esposa y sus tres hijos en una agradable granja del valle. Él y Ammi se hacían frecuentes visitas, lo mismo que sus esposas; y Ammi sólo tenía frases de elogio para él después de todos aquellos años. Parecía estar un tanto orgulloso de la atención que su casa había despertado, y en las semanas que siguieron habló con frecuencia del meteorito. Aquel año, julio y agosto fueron meses calurosos; y Nahum trabajó de firme para recoger el heno de los diez acres de pastos que tenía en Chapman’s Brook; su traqueteante carreta dejó profundos surcos en los sombríos caminos que los recorrían. Las faenas agrícolas le cansaron más que otros años y le pareció que los años empezaban a afectarle.

Luego llegó la época de la cosecha y recolección de fruta. Las peras y manzanas maduraban despacio, y Nahum juraba que sus huertos habían prosperado más que nunca. La fruta crecía hasta alcanzar un tamaño espectacular y un brillo desacostumbrado, y era tal la abundancia que tuvo que encargar más barriles para ocuparse de la futura cosecha. Pero con la maduración llegó una gran decepción; pues de toda aquella espléndida colección de piezas de vistosa exquisitez ni un solo ápice era apropiado para comer. Un amargor nauseabundo se había introducido furtivamente en el excelente sabor de peras y manzanas, de modo que hasta el menor bocado producía una repugnancia duradera. Lo mismo ocurrió con los melones y los tomates, y con gran tristeza Nahum comprendió que toda su cosecha estaba perdida. Rápidamente relacionó los hechos y declaró que el meteorito había emponzoñado el suelo, y dio gracias al cielo de que la mayor parte de las demás cosechas se encontraban en la parcela elevada que tenía a lo largo del camino.

El invierno llegó muy pronto, y fue muy frío. Ammi veía a Nahum con menos frecuencia que de costumbre, y observó que empezaba a parecer preocupado. También el resto de la familia parecía haberse vuelto taciturna; y fueron espaciando sus visitas a la iglesia y su asistencia a los diversos acontecimientos sociales de la comarca. No pudo encontrarse ningún motivo para aquella reserva o melancolía, aunque todos los habitantes de la casa confesaron de cuando en cuando tener peor salud y una imprecisa sensación de inquietud. El propio Nahum proporcionó una declaración más categórica que la de cualquier otro miembro de su familia al afirmar que le preocupaban ciertas huellas de pasos en la nieve. Se trataba de las habituales huellas invernales de las ardillas rojas, de los conejos blancos y de los zorros, pero el caviloso granjero aseguraba haber visto algo no del todo correcto en la naturaleza y disposición de aquellas huellas. No precisó más, pero parecía creer que no eran tan características de la anatomía y las costumbres de ardillas, conejos y zorros como debieran ser. Ammi no hizo mucho caso de lo que decía hasta una noche en que pasó por delante de la casa de Nahum en su trineo, cuando regresaba de Clark’s Corners. Había luna, y un conejo cruzó corriendo el camino, y los saltos de aquel conejo eran más largos de lo que a Ammi y a su caballo les hubiera gustado. La verdad es que este último casi se había desbocado de no habérselo impedido las riendas empuñadas con mano firme. A partir de entonces, Ammi prestó mayor consideración a las historias que contaba Nahum, y se preguntó por qué los perros de Gardner parecían tan acobardados y temblorosos por las mañanas. Pareció incluso que habían perdido el ánimo para ladrar.

En febrero, los chicos de McGregor, de Meadow Hill, salieron a cazar marmotas, y no lejos de las tierras de Gardner atraparon un ejemplar muy especial. Las proporciones de su cuerpo parecían ligeramente alteradas de un modo muy raro, imposible de describir, en tanto que su cara tenía una expresión que hasta entonces nadie había visto en una marmota. Los chicos se asustaron realmente y soltaron inmediatamente la pieza, de modo que a la gente de los alrededores sólo le llegó la grotesca historia que ellos contaron. Pero el respingo de los caballos cerca de la casa de Nahum había acabado por convertirse en un hecho reconocido, sentando las bases para que rápidamente empezara a tomar cuerpo una leyenda, susurrada en voz baja.

La gente juraba que la nieve se fundía más rápidamente en los alrededores de la casa de Nahum que en cualquier otro sitio, y a principios de marzo se produjo una impresionante discusión en el almacén de Potter, en Clark’s Corners. Stephen Rice había pasado aquella mañana por las tierras de Gardner, y se había dado cuenta de que, junto a los bosques que había al otro lado de la carretera, brotaba del cieno Dragón Fétidoburbujita. Nunca hasta entonces se habían visto especímenes de aquel tamaño, y tenían colores tan extraños que era imposible describir con palabras. Sus formas eran monstruosas, y el caballo había resoplado ante un olor tan inaudito que paralizó a Stephen. Aquella misma tarde, varias personas pasaron por allí para ver aquel crecimiento anormal, y todas estuvieron de acuerdo en que plantas de aquella clase no deberían brotar en un mundo saludable. Se habló con franqueza de la mala fruta del otoño anterior, y corrió de boca en boca que las tierras de Nahum estaban emponzoñadas. Por supuesto, se trataba del meteorito; y recordando lo extraño que les había parecido a los hombres de la universidad, varios granjeros hablaron del asunto con ellos.

Un día hicieron una visita a Nahum; pero como no estaban inclinados a dar crédito a las historias descabelladas y al folklore, se mostraron muy prudentes en sus conclusiones. Las plantas eran raras, desde luego, pero el dragón fétido es más o menos raro en cuanto a forma, olor y color. Quizás algún elemento mineral de la piedra había penetrado en el suelo, pero no tardaría en ser arrastrado. Y en cuanto a las huellas en la nieve y a los caballos asustados… se trataba por supuesto de simples habladurías campesinas que fenómenos como el aerolito con toda seguridad habían puesto en marcha. Ningún hombre serio podía tener en cuenta tales cotilleos absurdos, pues los campesinos supersticiosos dicen y se creen cualquier cosa. De modo que durante aquellos extraños días los catedráticos se mantuvieron desdeñosamente al margen. Sólo uno de ellos, encargado año y medio más tarde de analizar dos redomas de polvo en el curso de una investigación de la policía, recordó que el extraño color de aquel dragón fétido era muy parecido al de una de las anómalas franjas de luz que reveló el fragmento del meteoro en el espectroscopio de la universidad, y al del quebradizo glóbulo que encontraron incrustado en la piedra del abismo. En el análisis, las muestras dejaron al principio las mismas extrañas franjas, aunque más tarde perdieron dicha característica.

H. P. Lovecraft a los 7 años (1897)Los árboles florecieron prematuramente cerca de la casa de Nahum, y por la noche se mecían al viento ominosamente. El segundo hijo de Nahum, Thaddeus, un muchacho de quince años, juraba que también se bamboleaban cuando no hacía viento; pero ni siquiera los chismosos dieron crédito a eso. No obstante, era indudable que había algo raro en el ambiente. Toda la familia Gardner adquirió la costumbre de escuchar a hurtadillas, aunque no esperaban oír ningún sonido que pudieran identificar deliberadamente. A decir verdad, la escucha era más bien resultado de momentos en los que la conciencia parecía haberse desvanecido. Desgraciadamente, esos momentos fueron en aumento a medida que pasaban las semanas, hasta que se hizo de dominio público que «algo le pasaba a la familia Nahum». Cuando salió la primera saxífraga, tenía también un color muy extraño; no exactamente igual al del dragón fétido, pero claramente relacionado e igualmente desconocido para cualquiera que lo viera. Nahum cogió algunos capullos y se los llevó a Arkham para enseñarlos al director de la Gazette, pero aquel dignatario se limitó a escribir un artículo humorístico acerca del tema, en el que ridiculizaba amablemente los sombríos temores de los campesinos. Nahum cometió un error al contarle a un ciudadano tan terco el comportamiento de las grandes, demasiado crecidas, mariposas antíope en relación con aquellas saxífragas.

Abril trajo una especie de locura a las gentes de la comarca y empezaron a dejar de utilizar el camino que pasaba por delante de la casa de Nahum, hasta abandonarlo definitivamente. Era por la vegetación. Todos los árboles del huerto florecieron con extraños colores, y por el suelo de piedra del corral y en los pastos adyacentes crecía una extraña vegetación que solamente un botánico podía relacionar con la flora propia de la región. En ningún sitio podía verse un color normal y saludable, excepto en la hierba verde y el follaje; por todas partes aquellas febriles y prismáticas variantes de una tonalidad enfermiza y primaria sin cabida entre los matices conocidos en la tierra. Las Dicentras acabaron por convertirse en una siniestra amenaza, y las Sanguinarias del Canadáburbujita crecían con insolencia en su perversión cromática. A Ammi y a los Gardner les parecía que la mayoría de aquellos colores tenían una especie de inquietante familiaridad, y decidieron que les recordaban el glóbulo quebradizo descubierto dentro del meteoro. Nahum labró y sembró los diez acres de pasto y la parcela de la altiplanicie, pero no llegó a tocar los terrenos que rodeaban la casa. Sabía que no serviría de nada y tenía la esperanza de que aquellas extrañas hierbas que crecieron durante el verano extraerían toda la ponzoña del suelo. Estaba ya preparado para cualquier cosa, y se había acostumbrado a la idea de que había algo cerca de él que estaba a punto de oírse. El ver que los vecinos rehuían su casa le afectó, desde luego; pero mucho más a su esposa. Los chicos lo llevaban mucho mejor porque iban a la escuela todos los días; pero no pudieron evitar que las habladurías les asustasen. Thaddeus, un muchacho especialmente sensible, era el que más sufría.

En mayo llegaron los insectos, y la casa de Gardner se convirtió en una pesadilla, llena de zumbidos y hormigueos. La mayoría de aquellas criaturas no parecían tener un aspecto normal y se movían de un modo muy raro, y sus costumbres nocturnas contradecían cualquier experiencia anterior. Los Gardner empezaron a vigilar por las noches, mirando en todas direcciones al azar en busca de algo… sin saber exactamente qué. Fue entonces cuando reconocieron que Thaddeus tenía razón en lo referente a los árboles. Mistress Gardner fue la primera en comprobarlo una noche mientras contemplaba desde la ventana las hinchadas ramas de un arce que se recortaban contra un cielo iluminado por la luna. Sin duda las ramas se movían, y no corría el menor soplo de viento. Debía ser por efecto de la savia. Todo cuanto crecía lo hacía ahora de una forma extraña. No obstante, el siguiente descubrimiento no lo hizo ningún miembro de la familia de Nahum. Se habían familiarizado tanto con lo anormal que sus facultades mentales se habían ofuscado, y lo que ellos no fueron capaces de ver fue vislumbrado por un asustadizo representante de un aserradero de Bolton, que pasó por allí una noche, ignorante de las leyendas que circulaban por la región. Lo que contó en Arkham dio de sí un breve suelto en la Gazette; y fue allí donde lo vieron por primera vez todos los granjeros, incluido Nahum. La noche había sido oscura y los faros de la calesa casi no daban luz, pero alrededor de una granja del valle, que a juzgar por la información todo el mundo dedujo que debía ser la de Nahum, la oscuridad había sido menos densa. Una débil, aunque nítida luminosidad parecía ser inherente a toda la vegetación, tanto la hierba como las hojas y las flores, y en un momento determinado un trozo suelto de aquella fosforescencia dio la impresión de introducirse furtivamente en el corral que había cerca del establo.

De momento la hierba no pareció verse afectada, y las vacas pacían libremente en la parcela cercana a la casa, pero hacia finales de mayo la leche empezó a estropearse. Entonces Nahum llevó a las vacas a las tierras altas, tras lo cual cesó el problema. Poco después el cambio en la hierba y en las hojas empezó a apreciarse a simple vista. Todo el verdor se volvió gris y empezó a adquirir un aspecto quebradizo sumamente raro. Ammi era ahora la única persona que visitaba el lugar, y sus visitas fueron espaciándose cada vez más. Cuando se acabó el curso escolar, los Gardner quedaron virtualmente aislados del mundo, y a veces dejaban que Ammi les hiciera sus recados en el pueblo. Curiosamente su salud tanto física como mental seguía decayendo, y nadie se sorprendió cuando empezó a circular clandestinamente la noticia de que Mrs. Gardner se había vuelto loca.

Eso ocurrió en junio, más o menos cuando se cumplía el aniversario de la caída del meteoro, y la pobre mujer gritaba que veía cosas en el aire que no podía describir. En su desvarío no pronunciaba ningún sustantivo concreto, sino únicamente verbos y pronombres. Las cosas se movían, se transformaban y revoloteaban, y los oídos le zumbaban debido a estímulos que no eran del todo sonoros. Algo se llevaban… algo la estaba consumiendo… algo se estaba aferrando a ella que no debería estar allí… alguien tenía que alejarla de aquello… nada permanecía quieto por las noches… las paredes y las ventanas se desplazaban. Nahum no la envió al manicomio del condado, sino que dejó que vagara por la casa mientras fuera inofensiva para sí misma y para los demás. Ni siquiera hizo nada cuando le cambió la expresión. Pero cuando los chicos empezaron a tenerle miedo y Thaddeus casi se desmayó al ver las muecas que le hacía, Nahum decidió encerrarla bajo llave en el desván. En julio había dejado de hablar y se arrastraba a cuatro patas, y antes de terminar el mes, Nahum llegó a tener la insensata impresión de que era ligeramente luminosa en la oscuridad, tal como ya veía a las claras que sucedía con la vegetación de los alrededores de la casa.

Un poco antes de eso, los caballos se habían desbocado. Algo los había despertado durante la noche, y sus relinchos y coces en los establos habían sido algo terribles. Nada parecía poder calmarlos y, cuando Nahum abrió la puerta de la cuadra, todos se largaron como ciervos del bosque asustados. Se tardó una semana en seguir la pista a los cuatro, y cuando los encontraron comprendieron que no servían para nada, que era imposible controlarlos. Algo les había pasado en el cerebro, y hubo que matarlos a todos por su propio bien. Nahum le pidió prestado un caballo a Ammi para hacer heno, pero comprobó que el animal no quería acercarse al granero. Se asustó, se plantó y relinchó, y al final no pudo hacer más que meterlo en el corral, mientras los hombres empleaban todas sus fuerzas para acercar el pesado carro al henil lo suficiente para arrojar con comodidad el heno. Entre tanto, la vegetación iba tornándose gris y quebradiza. Incluso las flores, cuyos colores habían sido tan extraños, ahora se volvían grises, y la fruta crecía gris, enana e insípida. Las Asteráceas y la Vara de Oro florecieron grises y deformes, y las Rosas, las Zinnias y las Malvarrosas del patio delantero presentaban un aspecto tan abominable que el hijo mayor de Nahum, Zenas, las cortó todas. Más o menos por entonces fueron muriéndose los insectos, hinchados de una forma extraña, e incluso las abejas, que habían abandonado sus colmenas y se dirigieron hacia el bosque.

En septiembre toda la vegetación se desmenuzó rápidamente hasta convertirse en un polvillo grisáceo, y Nahum temió que los árboles murieran antes de que el veneno hubiera desaparecido del suelo. Su esposa sufría accesos de furia, durante los cuales profería gritos terribles, y Nahum y los chicos vivían en un estado de constante tensión nerviosa. Rehuían a la gente, y cuando la escuela volvió a abrir sus puertas los chicos no acudieron a ella. Pero fue Ammi, en una de sus raras visitas, el primero en darse cuenta de que el agua del pozo ya no era buena. Tenía un sabor horrible, que no era exactamente hediondo ni exactamente salobre, y Ammi aconsejó a su amigo que excavara otro pozo en un terreno más elevado para utilizarlo hasta que el suelo volviera a ser bueno. Sin embargo, Nahum no hizo caso de aquella advertencia, ya que para entonces se había vuelto insensible a las cosas extrañas y desagradables. Él y sus hijos siguieron utilizando las aguas contaminadas del pozo, bebiéndola con la misma indiferencia y tan maquinalmente como comían sus exiguas y mal cocinadas comidas y llevaban a cabo sus ingratos y monótonos quehaceres durante días a la ventura. Había en todos ellos una especie de impasible resignación, como si en cierto modo anduvieran en otro mundo entre hileras de anónimos guardianes hacia un destino conocido y seguro.

Thaddeus se volvió loco en septiembre, después de una visita al pozo. Había ido con un cubo y regresó con las manos vacías, gritando y agitando los brazos, recurriendo a veces a una especie de risita ahogada o murmurando algo acerca de «los colores que se movían allá abajo». Dos locos en una misma familia era bastante grave, pero Nahum lo afrontó muy bien. Permitió que el muchacho corriera por todas partes durante una semana, hasta que empezó a dar traspiés y a lastimarse, y entonces lo encerró en el desván, frente a la habitación que ocupaba su madre. El modo en que se gritaban el uno al otro tras sus puertas cerradas con llave era algo atroz, especialmente para el pequeño Merwin, que imaginaba que hablaban en algún terrible lenguaje que no era de este mundo. Merwin se estaba volviendo tremendamente imaginativo, y su desasosiego empeoró desde que encerraron al hermano que había sido su mejor compañero de juegos.

Casi al mismo tiempo empezó la mortalidad entre el ganado. Las aves de corral adquirieron un color grisáceo y murieron muy rápido, comprobándose al cortarla que su carne estaba seca y olía mal. Los cerdos engordaron desmesuradamente y luego empezaron a experimentar repugnantes cambios que nadie podía explicar. Su carne era inservible, por supuesto, y Nahum no sabía qué hacer. Ningún veterinario rural quiso acercarse a su casa, y el de Arkham quedó francamente desconcertado. Los puercos empezaron a volverse grises y quebradizos, y antes de morir la carne se les caía a pedazos. Aquello resultaba tanto más inexplicable por cuanto aquellos animales nunca habían pastado en la vegetación contaminada. Luego les sucedió algo a las vacas. Ciertas partes, o a veces el cuerpo entero, se ajaban o contraían extrañamente, y eran corrientes los atroces colapsos o desintegraciones. En las últimas fases —cuya consecuencia era siempre la muerte del animal— adquirían un color grisáceo y se volvían quebradizas, como les había sucedido a los cerdos. No podía tratarse de veneno, ya que todos los casos ocurrieron en un establo cerrado con llave en el que no se produjo la menor alteración. Ninguna mordedura de animales al acecho podía haber inoculado el virus, pues ¿qué bestia terrestre podría traspasar unos obstáculos tan sólidos? Sólo podía ser una enfermedad natural… aunque nadie era capaz de adivinar qué clase de enfermedad podría producir tales resultados. Cuando llegó la época de la siega no quedaba ningún animal vivo en la casa, ya que el ganado y las aves de corral habían muerto y los perros habían huido. Los perros, tres en total, habían desaparecido una noche y nunca volvió a saberse de ellos. Los cinco gatos se habían marchado un poco antes, pero su desaparición apenas fue notada, pues en la casa ya no parecía que hubiera ratones y únicamente la señora Gardner mimaba a los gráciles felinos.

El 19 de octubre, Nahum entró haciendo eses en casa de Ammi con espantosas noticias. La muerte había sorprendido al pobre Thaddeus en su habitación del desván, y de un modo imposible de describir. Nahum había excavado una tumba en la parcela vallada que había detrás de la granja y allí había metido lo que encontró en la habitación. Nada podía haber entrado desde fuera, ya que la pequeña ventana enrejada y la cerradura de la puerta estaban intactas; pero era muy parecido a lo que había ocurrido en el establo. Ammi y su esposa consolaron al afligido granjero lo mejor que pudieron, pero sintieron un escalofrío al hacerlo. El terror más absoluto parecía rondar alrededor de los Gardner y de todo cuanto tocaban, y la sola presencia de uno de ellos en la casa era como un torbellino procedente de regiones innominadas e innominables. Ammi acompañó a Nahum a su hogar a regañadientes e hizo lo que pudo para calmar los histéricos sollozos del pequeño Merwin. Zenas no necesitaba que lo calmasen. Últimamente no hacía más que mirar a las musarañas y cumplir lo que su padre le ordenaba; y Ammi pensó que su destino era muy compasivo. De vez en cuando los gritos de Merwin eran contestados débilmente desde el desván y, en respuesta a una mirada inquisitiva, Nahum dijo que su esposa estaba muy débil. Cuando se acercaba la noche, Ammi se las arregló para marcharse; pues ni siquiera la amistad podía hacerle permanecer en aquel lugar cuando la vegetación empezara a brillar débilmente y los árboles se pusieran a balancear aunque no soplase el viento. Era una verdadera suerte para Ammi no ser una persona más imaginativa. Tal como estaban las cosas, apenas podía concentrarse; pero de haber sido capaz de reflexionar sobre todos aquellos portentos que le rodeaban y de relacionarlos entre sí, forzosamente se habría vuelto loco. Al ponerse el sol regresó apresuradamente a su casa, sintiendo resonar en sus oídos de una forma horrible los gritos de la loca y del irritable niño.

H. P. Lovecraft a los 25 años (1915)Tres días más tarde Nahum entró dando tumbos en la cocina de Ammi muy temprano, y en ausencia de su anfitrión se puso a balbucear de nuevo una terrible historia, mientras la señora Pierce le escuchaba sobrecogida de miedo. Esta vez se trataba del pequeño Merwin. Había desaparecido. Había salido de casa por la noche con un farol y un cubo para traer agua, y no había regresado. Hacía varios días que había perdido el dominio de sí mismo y apenas se daba cuenta de lo que hacía. Chillaba por cualquier cosa. Aquella noche se oyó un grito desesperado en el patio, pero antes de que el padre pudiera llegar a la puerta, el muchacho había desaparecido. No se veía ni rastro de él, ni el farol que se había llevado brillaba en ninguna parte. En aquel momento, Nahum creyó que el farol y el cubo habían desaparecido también; pero al clarear el día y, tras regresar de su penosa búsqueda de toda la noche por campos y bosques, había descubierto unas cosas muy raras cerca del pozo. Se trataba de un amasijo de hierro aplastado y al parecer un poco fundido, que sin duda alguna había sido el farol; y a su lado un asa doblada y unos aros retorcidos de hierro, ambas cosas semifundidas, que parecían corresponder a los restos del cubo. Eso fue todo. Nahum se imaginó lo peor, la señora Pierce estaba perpleja y, cuando Ammi llegó a casa y oyó la historia, no sabía qué decir. Merwin había desaparecido, y no tendría sentido decírselo a la gente que vivía en los alrededores, que ya rehuía a todos los Gardner. Tampoco serviría de nada contárselo a los ciudadanos de Arkham, que se reían de todo. Thad había desaparecido, y ahora Merwin había hecho otro tanto. Algo se acercaba poco a poco sigilosamente, a la espera de ser visto, oído y palpado. Nahum no tardaría en desaparecer, y quería que Ammi cuidase de su esposa y de Zenas, si es que le sobrevivían. Aquello debía ser un especie de castigo divino, aunque Nahum no podía adivinar por qué, pues, que él supiera, siempre había seguido rectamente los caminos del Señor.

Durante más de dos semanas, Ammi no volvió a ver a Nahum; y entonces, preocupado por lo que pudiera haber sucedido, venció sus temores y fue a visitar la casa de los Gardner. No salía humo de la gran chimenea y por un momento el visitante temió lo peor. El aspecto de toda la granja era espantoso: la hierba estaba grisácea y marchita y había hojas por el suelo, las enredaderas se caían a pedazos desde sus arcaicas paredes y gabletes, y los grandes árboles pelados desgarraban el cielo gris de noviembre con una malevolencia premeditada, que Ammi no pudo por menos de pensar que procedía de algún sutil cambio en la inclinación de las ramas. Pero Nahum estaba vivo, después de todo. Se encontraba muy débil y estaba tendido en un sofá en la cocina de techo bajo, pero plenamente consciente y capaz de dar órdenes sencillas a Zenas. Hacía un frío de muerte en la habitación; y como Ammi tiritaba visiblemente, Nahum le gritó a Zenas con voz ronca que trajera más leña. En efecto, la leña era muy necesaria, ya que el cavernoso hogar estaba apagado y vacío, y en él revoloteaba una nube de hollín impulsada por el viento helado que bajaba por el tiro de la chimenea. En seguida, Nahum le preguntó si la leña adicional que había traído su hijo le hacía sentirse más cómodo, y entonces Ammi comprendió lo que había sucedido. El cordón más resistente se había roto por fin, y la mente del desventurado granjero ya no podía soportar más pesares.

Preguntando discretamente, Ammi no logró aclarar la desaparición de Zenas. «En el pozo… vive en el pozo…», fue lo único que dijo el obcecado padre. Luego el súbito recuerdo de la esposa loca cruzó como un rayo la mente del visitante y cambió de tema. «¿Nabby? ¡Está aquí, cómo no!», fue la sorprendida respuesta del pobre Nahum, y Ammi no tardó en darse cuenta de que tendría que indagar por su cuenta. Dejando en el sofá al inofensivo y balbuceante granjero, cogió las llaves que colgaban de un clavo junto a la puerta y subió las crujientes escaleras que conducían al desván. Allí arriba el aire estaba cargado y olía mal, y no se oía el menor ruido en ninguna dirección. De las cuatro puertas a la vista, sólo una estaba cerrada, y en ella probó Ammi varias llaves del manojo que había cogido. La tercera resultó ser la apropiada y, después de varias tentativas, Ammi abrió de par en par la estrecha puerta pintada de blanco.

El interior estaba completamente a oscuras, ya que la ventana era pequeña y estaba medio oculta por las toscas rejas de hierro; y Ammi no pudo ver absolutamente nada en el entarimado. El hedor era inaguantable y, antes de seguir adelante, tuvo que retroceder a otra habitación y volvió con los pulmones llenos de aire respirable. Cuando entró, observó algo oscuro en un rincón y, al verlo con mayor claridad, gritó abiertamente. Mientras gritaba le pareció que una nube pasajera eclipsaba la ventana, y un segundo después tuvo la impresión de que le rozaba una especie de odiosa corriente de vapor. Unos extraños colores bailaron ante sus ojos; y si el horror que experimentó en aquellos momentos no le hubiera paralizado habría creído que se trataba del glóbulo del meteorito que el martillo de los geólogos había destrozado, y de la malsana vegetación que había brotado en primavera. Con todo, sólo pudo pensar en la abominable monstruosidad que tenía enfrente, y que con toda evidencia había compartido la indecible suerte del joven Thaddeus y del ganado. Pero lo más terrible de aquel horror era que se movía muy lenta y perceptiblemente mientras seguía desmenuzándose.

Ammi no me dio más detalles de aquella escena, pero la figura del rincón no volvió a aparecer en su relato como un objeto móvil. Hay cosas de las que no puede hablarse, y a veces lo que se hace por simple humanidad es cruelmente juzgado por la ley. Deduje que en aquella habitación del desván no quedó ningún ser que se moviera, y que no dejar allí nada capaz de moverse debió de ser algo tan monstruoso como para condenar al responsable al tormento eterno. Cualquiera que no fuese un impasible granjero se habría desmayado o enloquecido, pero Ammi atravesó deliberadamente el umbral de la estrecha puerta pintada de blanco y cerró con llave tras él aquel execrable secreto. Ahora debía ocuparse de Nahum; tenía que ser alimentado y atendido, y trasladado a algún lugar donde pudieran cuidarlo.

Cuando empezaba a bajar la oscura escalera, Ammi oyó abajo un ruido sordo. Incluso le pareció que era un grito que de pronto se había interrumpido, y recordó nerviosamente el frío y húmedo vapor que le había rozado en aquella espantosa habitación del desván. ¿A qué ser impalpable, pero cercano y perceptible, había sobresaltado su entrada y subsiguiente grito? Un vago temor le hizo detenerse, y siguió oyendo más ruidos abajo. Sin duda estaban arrastrando algo pesado, y se oía un sonido detestablemente tenaz, como el que produciría una especie de succión diabólica e inmunda. Con un sentido asociativo exacerbado hasta un grado desasosegante, pensó incomprensiblemente en lo que había visto en el piso superior. ¡Dios santo! ¿Con qué espeluznante mundo de pesadilla se había topado? No se atrevió a avanzar ni a retroceder, sino que se quedó allí inmóvil, temblando, en la negra curva de la escalera que le cerraba el paso. Cada detalle de la escena se le grabó en el cerebro. Los sonidos, la sensación de que le aguardaba algo pavoroso, la pendiente de los estrechos escalones y, ¡que el cielo se apiade!, la débil pero inconfundible luminosidad de todo el maderamen que tenía delante: peldaños, paneles, listones descubiertos, ¡y hasta vigas!

Entonces se oyó en el exterior el frenético relincho del caballo de Ammi, seguido inmediatamente de un estrépito que ponía de manifiesto su enloquecida huida desbocado. Al cabo de unos instantes, caballo y calesa estaban fuera del alcance del oído, dejando al asustado hombre en la oscura escalera, intentando adivinar qué los había despachado. Pero aquello no fue todo. Se oyó otro ruido fuera de la casa. Una especie de chapoteo líquido, posiblemente agua… debió de haber sido en el pozo. Ammi había dejado a Hero desatado cerca de allí, y una rueda de la calesa debió de rozar la albardilla, golpeando en una piedra que caería al pozo. Y aquella pálida fosforescencia seguía brillando en aquel maderamen detestablemente antiguo. ¡Dios mío! ¡Qué vejestorio de casa! La mayor parte de ella edificada antes de 1670, y el tejado de cubierta a la holandesa no más tarde de 1730.

En seguida se oyó perfectamente un débil chirrido en el suelo de la planta baja, y Ammi apretó con fuerza el pesado palo que había cogido a propósito en el desván. Armándose de valor poco a poco, terminó su descenso y se dirigió audazmente a la cocina. Pero no llegó a ella, porque lo que buscaba ya no estaba allí. Había salido a su encuentro, y hasta cierto punto todavía estaba vivo. Si se había arrastrado o le había llevado a rastras alguna fuerza externa, era algo que Ammi no sabría decir; pero la muerte había tomado parte en ello. Todo había ocurrido durante la última media hora, pero el desplome, el color ceniciento y la desintegración estaban bastante avanzados. Se había desmoronado con una facilidad espantosa, y su cuerpo se había descamado en fragmentos secos. Ammi no pudo tocarlo, limitándose a contemplar horrorizado aquella deforme caricatura de lo que había sido un rostro. «¿Qué ocurrió, Nahum… qué ocurrió?», susurró, y los agrietados y tumefactos labios apenas pudieron chasquear una última respuesta.

H. P. Lovecraft a los 44 años (1934)«Nada… nada… el color… quema… frío y húmedo… pero quema… vive en el pozo… lo he visto… una especie de humo… igual que las flores de la primavera pasada… el pozo brilla por la noche… Thad, y Mernie, y Zenas… todas las cosas vivas… le chupa la vida a todo… en aquella piedra… tuvo que llegar en aquella piedra… maldijo a todo el lugar… no sé lo que pretende… esa cosa redonda que la gente de la universidad sacó de la piedra… la rompieron… era aquel mismo color… el mismo, como las flores y las plantas… tiene que haber más… semillas… semillas… crecieron… lo vi por vez primera esta semana… tuvo que darle fuerte a Zenas… era un chico grande, lleno de vida… te abate la mente y luego se apodera de ella… te abrasa… en el agua del pozo… tenías razón… agua nociva… Zenas nunca volvió del pozo… no pudo escapar… te atrae… te das cuenta de que algo viene hacia ti, pero es inútil… lo he visto una y otra vez desde que se llevó a Zenas… Ammi, ¿dónde está Nabby?… mi cabeza no está bien… no sé cuánto tiempo hace que no la he alimentado… la conseguirá si no tenemos cuidado… el mismo color… su rostro tiene a veces ese color por las noches… y quema y chupa… viene de algún lugar donde las cosas no son como aquí… uno de los catedráticos lo dijo… tenía razón… cuidado, Ammi, lo volverá a hacer de una forma u otra… chupa la vida…»

Pero eso fue todo. El que había hablado no pudo seguir haciéndolo porque se derrumbó por completo. Ammi cubrió lo que quedó de él con un mantel a cuadros rojos, salió dando tumbos por la puerta trasera y se internó en los campos. Trepó por la ladera hasta los diez acres de pasto y dando traspiés volvió a su casa por el camino del norte que atraviesa los bosques. Fue incapaz de pasar por delante del pozo del que había huido su caballo. Lo había examinado a través de una ventana y se había asegurado de que no faltaba ninguna piedra en el borde. Por consiguiente, después de todo los bandazos de la calesa no habían hecho caer ninguna piedra… el chapoteo se debía a otra cosa… algo que entró en el pozo después de lo que le había hecho al pobre Nahum…

Cuando Ammi llegó a su casa el caballo y la calesa le habían precedido y su mujer era presa de un ataque de nervios. Después de tranquilizarla, partió inmediatamente para Arkham, sin darle ninguna explicación, y notificó a las autoridades que la familia Gardner ya no existía. No entró en detalles, se limitó a comunicar las muertes de Nahum y de Nabby; la de Thaddeus ya era conocida, y dijo que la causa de tales muertes parecía ser la misma extraña dolencia que había acabado con el ganado. También declaró que Merwin y Zenas habían desaparecido. En la comisaría de policía le interrogaron bastante, y al final Ammi se vio obligado a acompañar a tres agentes a la granja de Gardner, junto con el juez de instrucción, el médico forense y el veterinario que había atendido a los animales enfermos. Fue con ellos de mal grado, ya que la tarde estaba muy avanzada y temía que la noche se les echara encima en aquel lugar maldito, aunque era un alivio saber que le acompañaba tanta gente.

Los seis hombres montaron en un carro, siguiendo a la calesa de Ammi, y llegaron a la granja apestada alrededor de las cuatro. A pesar de que los policías estaban acostumbrados a contemplar espectáculos espantosos, nadie permaneció indiferente ante lo que encontraron en el desván y debajo del mantel a cuadros rojos en la planta baja. El aspecto de la granja con su desolación gris era ya bastante terrible, pero aquellas dos cosas desmenuzadas sobrepasaban todos los límites. Nadie pudo quedarse mirándolos mucho tiempo, e incluso el médico forense admitió que allí había muy poco que reconocer. Podían analizarse unas muestras, desde luego, de modo que él mismo se ocupó de obtenerlas… y es obvio que tuvo unas repercusiones muy curiosas en el laboratorio de la universidad, adonde se llevaron finalmente los dos frascos de polvo. En el espectroscopio ambas muestras emitieron un espectro desconocido, en el que muchas de sus desconcertantes franjas eran exactamente iguales a las que había producido el extraño meteoro al ser examinado el año anterior. La propiedad de emitir aquel espectro desapareció al cabo de un mes, y a partir de entonces el polvo consistía principalmente en fosfatos y carbonatos alcalinos.

Ammi no les habría hablado del pozo a aquellos hombres de haber sabido que pensaban hacer algo inmediatamente. Se aproximaba el ocaso y él estaba deseando alejarse de allí. Pero no pudo evitar lanzar miradas nerviosas al brocal de piedra y al enorme cigoñal y, cuando uno de los policías le interrogó, confesó que Nahum temía que hubiese algo allá abajo… tanto es así que ni siquiera se le ocurrió buscar a Merwin o Zenas en su interior. Después de aquello no tuvieron más remedio que vaciar el pozo y sondearlo inmediatamente, de modo que Ammi tuvo que esperar, temblando, mientras izaban un cubo tras otro de agua maloliente y los rociaban sobre el empapado suelo de alrededor. El olor de aquel fluido repugnaba tanto a los hombres que al final tuvieron que taparse las narices para protegerse de la hediondez que estaban dejando al descubierto. El trabajo no les llevó tanto tiempo como habían temido, ya que el nivel del agua era increíblemente bajo. No hace falta entrar en detalles acerca de lo que encontraron. Merwin y Zenas estaban ambos allí, en parte, aunque prácticamente no quedaba de ellos más que el esqueleto. Había también un ciervo pequeño y un perro grande en parecido estado, y varios huesos de animales más pequeños. El cieno y el limo del fondo parecían inexplicablemente porosos y burbujeantes, y un hombre que bajó, sujeto por las manos y provisto de una larga pértiga, comprobó que podía hincar la vara de madera en el fango a la profundidad que quisiera sin encontrar ningún obstáculo sólido.

Acababa de ponerse el sol y trajeron faroles de la casa. Entonces, cuando comprendieron que no podían sacar nada más del pozo, fueron todos a la casa y conferenciaron en la antigua sala de estar mientras la intermitente luz de una media luna espectral iluminaba tenuemente la gris desolación del exterior. Los hombres estaban francamente anonadados ante aquel caso y no pudieron encontrar ningún factor convincente que vinculara las extrañas circunstancias que rodeaban a los vegetales, la desconocida enfermedad del ganado y de las personas, y las inexplicables muertes de Merwin y Zenas en el pozo infectado. Es verdad que habían oído el tema corriente de conversación de los campesinos; pero no podían creer que hubiese ocurrido algo contrario a las leyes naturales. Sin duda el meteoro había emponzoñado el suelo, pero la enfermedad de personas y animales que no habían comido nada crecido en aquel suelo, eso era diferente. ¿Se trataba del agua del pozo? Es muy probable. No sería mala idea analizarla. Pero ¿qué singular locura habría llevado a los dos muchachos a tirarse al pozo? Habían actuado de un modo tan parecido… y los fragmentos demostraban que los dos habían padecido la muerte gris y quebradiza. ¿Por qué era todo tan gris y quebradizo?

Fue el juez de instrucción, sentado junto a una ventana que daba al patio, el primero en darse cuenta del resplandor que había alrededor del pozo. Era noche cerrada, y todos aquellos repugnantes terrenos parecían despedir una débil luminosidad más acusada que la de los intermitentes rayos de luna; pero aquel nuevo resplandor era más definido y nítido, y parecía surgir del negro agujero como el atenuado haz luminoso de un proyector, reflejándose débilmente en los pequeños charcos que el agua había formado en el suelo al vaciar el pozo. Tenía un color muy raro y, mientras todos los hombres se agrupaban alrededor de la ventana, Ammi se sobresaltó de manera furibunda. Pues el extraño destello de aquel mortecino miasma no le resultaba desconocido. Aquel color lo había visto antes, y le asustaba pensar lo que podría significar. Lo había visto hacía dos veranos en aquel desagradable glóbulo quebradizo del aerolito, lo había visto en la decrépita vegetación de la pasada primavera, y había creído verlo por un momento aquella misma mañana contra la pequeña ventana enrejada de aquella terrible habitación del desván donde habían ocurrido cosas indescriptibles. Había centelleado allí durante un segundo, y una viscosa y detestable corriente de vapor le había rozado al pasar… y a continuación el pobre Nahum había caído en manos de aquel color. Lo había dicho en su última hora… dijo que era como el glóbulo y las plantas. A continuación se había producido el desbocamiento del caballo en el patio y el chapoteo en el pozo… y ahora aquel pozo arrojaba en plena noche un pálido e insidioso destello del mismo color diabólico.

Dice mucho a favor de lo despierta que era la mente de Ammi el hecho de que en aquellos momentos de tanta tensión le diera vueltas en la cabeza a una cuestión que era básicamente científica. No pudo evitar asombrarse de haber recibido la misma impresión de una corriente de vapor vislumbrada en pleno día por una ventana abierta al cielo matinal, y de un efluvio nocturno en forma de neblina fosforescente recortada contra el negro e inhóspito paisaje. No era normal… era contra natura… y recordó aquellas atroces últimas palabras pronunciadas por su acongojado amigo: «Viene de algún lugar donde las cosas no son como aquí… uno de los catedráticos lo dijo…»

Los tres caballos que estaban en el exterior de la casa, atados a un par de pimpollos secos que había junto al camino, empezaron a relinchar y a piafar frenéticamente. El conductor del carro se dirigió hacia la puerta para ver qué pasaba, pero Ammi lo agarró del hombro con mano temblorosa. «No salga», susurró. «Hay más cosas que tampoco sabemos. Nahum dijo que en el pozo vivía algo que chupa la vida. Dijo que debe tratarse de algo surgido de una bola redonda como la que todos vimos dentro del meteorito que cayó aquí en junio hará un año. Dijo que chupa y quema, y que es una nube de color exactamente igual que esa luz de ahí fuera, que apenas puede verse y que nadie sabe lo que es. Nahum creía que se alimentaba de todo lo viviente y que cada vez es más fuerte. Dijo que lo vio la semana pasada. Tiene que ser algo venido de muy lejos del cielo, como el año pasado dijeron los catedráticos de la universidad que era el meteorito. Su forma y su manera de actuar no tienen nada que ver con este mundo de Dios. Es algo que viene del más allá».

De modo que los hombres vacilaron, indecisos, mientras la luz del pozo aumentaba de intensidad y los caballos atados piafaban y relinchaban con creciente frenesí. Realmente fue un momento espantoso; además del terror que reinaba en aquella antigua casa maldita, estaban los cuatro montones de restos monstruosos —dos procedentes de la propia casa y dos del pozo— que había en la leñera de detrás, y aquel rayo de luz de desconocida e infame iridiscencia que surgía de las profundidades fangosas de delante. Ammi había detenido al conductor del carro llevado por un impulso, olvidando que él mismo había salido indemne en la habitación del desván después del roce viscoso de aquel horrible vapor coloreado, pero tal vez fue eso lo mejor que pudo haber hecho. Nadie sabrá jamás lo que había afuera aquella noche; y aunque la abominación del más allá no había hecho daño de momento a ningún ser humano de mente no pusilánime, es imposible saber lo que podría haber hecho en el último momento, cuando su fuerza aumentase y mostrase en seguida sus intenciones bajo el cielo medio nublado, iluminado por la luna.

De repente, uno de los policías que estaba en la ventana lanzó un grito agudo. Los demás le miraron, y a continuación siguieron rápidamente la dirección hacia la que había levantado la vista y de repente la había detenido distraídamente. No hacían falta palabras. Lo que habían puesto en duda las habladurías de los campesinos ya no podía discutirse, y si jamás volvió a hablarse en Arkham de aquellos extraños días es porque todos los hombres de aquel grupo se pusieron de acuerdo en guardar el secreto. Es preciso dejar sentado que a aquella hora de la noche no soplaba nada de viento. Poco después se levantó un poco, pero en aquel momento no corría absolutamente ninguno. Ni siquiera las puntas secas del tardío Jaramago, grises y marchitas, ni los flecos del techo del carro estacionado se movían. Y, sin embargo, en medio de aquella tensa y atroz calma, las ramas desnudas de las copas de los árboles del patio estaban moviéndose. Temblaban morbosa y espasmódicamente, desgarrando con convulsiva y epiléptica furia las nubes bañadas por la luz de la luna; arañando con impotencia el nocivo aire, como si las sacudiera algún extraño e incorpóreo eslabón de horrores subterráneos que se retorciesen y forcejeasen bajo las negras raíces.

Durante varios segundos los hombres contuvieron la respiración. Luego, una nube todavía más oscura que las demás pasó por delante de la luna, y la silueta de las crispadas ramas se desvaneció momentáneamente. A todo eso se oyó un grito generalizado, amortiguado por el temor, pero ronco y casi idéntico en todas las gargantas. Pues el horror no se había desvanecido con la silueta, y en un espantoso instante de oscuridad más espesa los observadores vieron retorcerse en lo más alto de aquella copa un millar de diminutos puntos que emitían un tenue e impío resplandor, coronando cada rama como el fuego de San Telmo o las lenguas de fuego que descendieron sobre las cabezas de los Apóstoles el día de Pentecostés. Era una monstruosa constelación de luces artificiales, como un saciado enjambre de luciérnagas necrófagas bailando una zarabanda de mil demonios sobre una ciénaga maldita; y su color era el mismo que el de aquella indescriptible intrusión que Ammi había llegado a reconocer y a temer. Entre tanto, la fosforescencia del pozo cada vez brillaba más, proporcionando a los hombres allí agrupados una sensación de sino y anormalidad que superaba con creces cualquier imagen que sus mentes conscientes pudieran concebir. Ya no brillaba: salía a raudales; y mientras aquel informe chorro de irreconocible color abandonaba el pozo, parecía desembocar directamente en el cielo.

El veterinario se estremeció y se dirigió a la puerta principal para echar la pesada tranca adicional. Ammi temblaba también y tuvo que esforzarse y señalar con el dedo, por falta de control en la voz, cuando quiso llamar la atención de los demás sobre la creciente luminosidad de los árboles. Los relinchos y el piafar de los caballos se habían vuelto completamente espantosos, pero de todo aquel grupo ni un alma se habría aventurado a salir de la vieja casa por nada del mundo. El brillo de los árboles aumentaba por momentos, mientras sus agitadas ramas parecían estirarse cada vez más hacia la verticalidad. La madera del cigoñal del pozo también brillaba, y acto seguido un policía, sin decir nada, señaló unos cobertizos de madera y unas colmenas que había al oeste, cerca de la tapia de piedra. Estaban empezando a brillar también, aunque de momento los trabados vehículos de los visitantes no parecían verse afectados. Entonces se produjo un atronador tumulto y un ruido de cascos de caballos en el camino, y cuando Ammi apagó la lámpara para ver mejor, se dieron cuenta de que la pareja de frenéticos rucios había roto el pimpollo al que estaban atados y huían con el carro.

La conmoción bastó para desatar varias lenguas y se intercambiaron embarazosos cuchicheos. «Se extiende sobre todas las cosas orgánicas que hay por aquí», murmuró el médico forense. Nadie contestó, pero el hombre que había bajado al pozo insinuó que su larga pértiga debió de haber avivado algo intangible. «Fue horrible», añadió. «No había fondo en modo alguno. Sólo cieno y burbujas, y la sensación de algo oculto debajo…»

El caballo de Ammi seguía piafando y relinchando ensordecedoradamente afuera en el camino, y casi ahogó la temblorosa voz de su dueño mientras mascullaba sus deshilvanadas reflexiones. «Viene de aquella piedra… creció allí abajo… se aprovecha de todas las cosas vivas… se alimenta de ellas, alma y cuerpo… Thad y Merwin, Zenas y Nabby… Nahum fue el último… todos bebieron aquella agua… se hizo más fuerte gracias a ellos… viene del más allá, donde las cosas no son como aquí… ahora vuelve al lugar de donde procede…»

En aquel momento, mientras la columna de color desconocido brillaba de pronto con mayor intensidad y empezaba a urdir esbozos de formas fantásticas que cada espectador describió más tarde de un modo distinto, el pobre Hero profirió un sonido como jamás ningún hombre había oído salir de un caballo. Todos los que se encontraban en aquella sala de estar de techo bajo se taparon los oídos, y Ammi se alejó de la ventana horrorizado y asqueado. No había palabras para expresar lo que vio… Cuando miró de nuevo el desventurado animal yacía inerte, acurrucado en el suelo iluminado por la luna, entre las astilladas varas de la calesa. Allí se quedó hasta que lo enterraron al día siguiente. Pero aquel no era el momento adecuado para lamentarse, pues casi en el mismo instante uno de los policías les llamó silenciosamente la atención sobre algo terrible que había en la misma habitación donde se encontraban. A falta de la luz de la lámpara no cabía duda de que una débil fosforescencia había empezado a invadir todo el cuarto. Brillaba en el suelo de tablas y en los raídos jirones de la alfombra, y rielaba en los marcos de las ventanas de cristales pequeños. Subía y bajaba a toda velocidad por los cornijales al descubierto, centelleaba en el anaquel y en la repisa de la chimenea, y contaminaba hasta las puertas y muebles. A cada momento adquiría mayor intensidad, y al final estaba claro que los seres vivos todavía sanos debían abandonar aquella casa.

Manuscrito típico de H. P. LovecraftAmmi les mostró la puerta trasera y el camino que conducía a los diez acres de pasto, atravesando los campos. Fueron dando traspiés, como en sueños, y no se atrevieron a mirar hacia atrás hasta encontrarse lejos en terreno alto. Agradecieron aquel sendero, pues no hubieran podido ir por el camino principal debido al pozo. Ya fue bastante tener que pasar por delante de los radiantes cobertizos y del establo, y de aquellos relucientes árboles del huerto con sus nudosos y diabólicos perfiles; aunque, gracias a Dios, las ramas altas eran las más retorcidas. Unos oscuros nubarrones ocultaron la luna cuando el grupo atravesó el rústico puente sobre Chapman’s Brook, y tuvieron que andar a tientas desde allí hasta los prados en campo abierto.

Cuando miraron atrás, hacia el valle y la lejana granja de Gardner en el fondo del mismo, contemplaron un horrible espectáculo. Toda la granja brillaba con aquella horrorosa mezcla de colores desconocidos; hasta los árboles, los edificios e incluso la hierba y la vegetación que todavía no se había vuelto quebradiza y gris. Todas las ramas apuntaban hacia el cielo, coronadas con asquerosas lenguas de fuego, y vacilantes rescoldos de aquel mismo monstruoso fuego se deslizaban por las cumbreras de la casa, del establo y de los cobertizos. Era una escena sacada de una visión de Fuseliburbujita, y sobre todo el resto reinaba aquel derroche de amorfismo luminoso, aquel extraño y descomunal arco iris de enigmático veneno que brotaba del pozo… borboteando, palpando, chapoteando, extendiéndose, centelleando, deformándose y burbujeando malignamente en medio de aquel irreconocible cromatismo cósmico.

Acto seguido, sin previo aviso, aquella repugnante cosa salió disparada verticalmente hacia el cielo como un cohete o un meteoro, sin dejar tras ella ningún rastro y desapareciendo por un agujero redondo y curiosamente uniforme abierto en las nubes, antes de que ninguno de los hombres pudiese lanzar un grito ahogado o gemir. Ningún observador podrá olvidar nunca aquel espectáculo, y Ammi se quedó mirando sin comprender nada a las estrellas de la constelación del Cisne, entre las que Deneb centelleaba por encima de las demás, mientras el desconocido color se confundía en la distancia con la Vía Láctea. Pero un momento después su mirada fue atraída velozmente hacia la tierra por la crepitación que se produjo en el valle. Fue sólo eso, un aserrado y una crepitación de maderas, no una explosión, como juraron muchos otros integrantes del grupo. Pero el resultado fue el mismo, ya que en un caleidoscópico y febril instante brotó de aquella condenada y maldita granja un reluciente cataclismo eruptivo de monstruosas chispas y sustancias, que enturbió la vista de los pocos que lo vieron, y envió al cenit un bombardeante chaparrón de fragmentos tan fantásticos y de tales colores que nuestro universo no tiene más remedio que repudiar. A través de aquellos vapores que rápidamente volvieron a cerrarse, siguieron a aquella gran morbosidad que acababa de desaparecer, y al cabo de un segundo ellos también habían desaparecido. Detrás y debajo de aquellos hombres sólo había una oscuridad a la que no se atrevían a volver, y por todas partes soplaba un viento ascendente que parecía echarse encima en negras y heladas ráfagas procedentes de los espacios interestelares. Bramaba y rugía, y azotaba los campos y los distorsionados bosques en un furioso arrebato cósmico, hasta que el tembloroso grupo pronto se dio cuenta de que sería inútil esperar a que la luna mostrara lo que había quedado de la granja de Nahum.

Demasiado atemorizados incluso para aventurar alguna teoría, aquellos siete hombres regresaron temblorosos a Arkham por el camino del norte, caminando con dificultad. Ammi se encontraba peor que sus compañeros y les suplicó que le acompañasen hasta la cocina de su casa en vez de dirigirse directamente a la ciudad. No quería cruzar solo y cuando hubiera anochecido los bosques azotados por el viento para llegar a su casa por el camino principal. Pues él había sufrido una conmoción adicional de la que los demás se habían librado, y estaba siempre abatido a causa de un inquietante temor que durante muchos años no se atrevió a mencionar. Mientras el resto de los que observaban desde aquella borrascosa colina habían vuelto sus imperturbables rostros hacia el camino, Ammi había mirado un momento hacia atrás para contemplar el sombrío valle de desolación en el que últimamente se había refugiado su malhadado amigo. Y desde aquel remoto lugar asolado había visto algo que se alzaba débilmente para hundirse de nuevo en el sitio desde el que había salido disparado hacia el cielo aquel gran horror informe. Era sólo un color… pero no era ningún color de nuestra Tierra ni de los cielos. Y como Ammi reconocía aquel color, y sabía que sus últimos y débiles restos debían estar todavía ocultos en el pozo, desde entonces no ha vuelto a estar completamente cuerdo.

Ammi no volvió a acercarse a aquel lugar. Hace más de medio siglo que ocurrió aquel horror, pero desde entonces no ha vuelto por allí y se alegrará cuando el nuevo embalse lo oculte. Yo también me alegraré, pues no me gusta cómo cambió de color la luz del sol cuando pasé cerca de la boca de aquel abandonado pozo. Espero que el agua tenga siempre mucha profundidad, pero aunque así sea nunca beberé de ella. No creo que vuelva a visitar la región de Arkham de ahora en adelante. Tres de los hombres que habían estado con Ammi volvieron a la mañana siguiente para ver las ruinas a la luz del día, pero no había ninguna ruina. Únicamente los ladrillos de la chimenea, las piedras del sótano, algunos residuos minerales y metálicos aquí y allá, y el borde de aquel nefando pozo. A excepción del caballo muerto de Ammi, que remolcaron y enterraron aquella misma mañana, y de la calesa, que en seguida devolvieron a su dueño, todas las cosas que habían tenido alguna vez vida habían desaparecido. Sólo quedaban cinco espeluznantes acres de polvoriento desierto gris, en los que no ha crecido nada desde entonces. Hasta el día de hoy se extiende a cielo abierto como una gran mancha corroída por el ácido en medio de los bosques y campos, y los pocos que se han atrevido a echarle una ojeada a pesar de las habladurías de los campesinos lo llaman «el páramo maldito».

Las habladurías de los campesinos son muy curiosas. Y podrían ser todavía más curiosas si los hombres de la ciudad y los químicos de la universidad estuvieran lo suficientemente interesados como para analizar el agua de aquel pozo abandonado, o el polvo gris que ningún viento parece poder dispersar. Los botánicos deberían estudiar también la atrofiada flora que crece en los confines de aquel lugar, ya que podrían aclarar la teoría que circula por aquel territorio de que la plaga se está extendiendo… poco a poco, tal vez una pulgada al año. La gente dice que en primavera el color de la vegetación que crece en aquellos alrededores no es el apropiado y que cuando llega el invierno los animales salvajes dejan extrañas huellas en la ligera capa de nieve que la cubre. La nieve no parece tan espesa en el páramo maldito como en otras partes. Los caballos —los pocos que quedan en esta época motorizada— se vuelven asustadizos en el silencioso valle; y los cazadores no pueden fiarse de sus perros en las inmediaciones de la mancha de polvo grisáceo.

Dicen también que su influencia en las mentes de aquellas gentes ha sido muy nociva. Varias personas perdieron la razón en los años siguientes a la captura de Nahum, y siempre les faltó fuerza de voluntad para irse. Los más decididos abandonaron la zona, y sólo los extranjeros intentaron establecerse en aquellas viejas granjas derrumbadas. Pero no pudieron quedarse; y uno a veces se pregunta qué percepción fuera de nuestro alcance les ha proporcionado su absurdo e increíble surtido de magia susurrada. Se quejan de padecer horribles pesadillas por las noches en aquella atroz comarca; y sin duda la mera contemplación de aquel tenebroso dominio basta para excitar las más morbosas fantasías. Ningún viajero ha podido evitar una sensación de extrañeza en aquellas profundas quebradas, y los artistas se estremecen al pintar espesos bosques cuyo misterio es tanto espiritual como visual. Yo mismo siento curiosidad por la sensación que me produjo mi único paseo solitario por aquellos parajes antes de que Ammi me contara su historia. Cuando anocheció deseé vagamente que se formaran algunas nubes, pues un extraño temor a los profundos espacios celestes me invadió el ánimo.

No me pidan mi opinión. No sé… esto es todo. Ammi era la única persona a quien se podía preguntar; pues la gente de Arkham no quiere hablar de aquellos extraños días, y los tres catedráticos que vieron el aerolito y su glóbulo coloreado están muertos. Había otros glóbulos… no les quepa la menor duda. Uno de ellos debió alimentarse a sí mismo y escapó, y seguramente había otro que llegó demasiado tarde. Sin duda todavía está en el fondo del pozo… creo que le pasaba algo a la luz del sol que vi reflejarse en aquel borde infecto. Los campesinos dicen que la plaga se desliza una pulgada al año, de modo que tal vez siga creciendo o alimentándose de alguna manera, incluso ahora. Pero, cualquiera que sea el demonio incubado que hay allí, debe estar trabado a algo, de lo contrario se extendería rápidamente. ¿Está sujeto a las raíces de aquellos árboles que dan zarpazos al aire? Una de las historias que circulan por Arkham habla de unos robles gruesos que resplandecen y se mueven de noche cuando no deberían hacerlo.

Lo que es, sólo Dios lo sabe. En cuanto a los hechos, supongo que la cosa que Ammi describió podría tratarse de un gas, pero aquel gas obedecía a unas leyes que no son de nuestro cosmos. No era fruto de los mundos ni de los soles que iluminan los telescopios y las placas fotográficas de nuestros observatorios. No era ningún soplo de los cielos, cuyos movimientos y dimensiones miden nuestros astrónomos o consideran demasiado vastos para medirlos. No era más que un color procedente del espacio exterior… un horrible mensajero de unos informes reinos de extensión ilimitada situados más allá de la Naturaleza que nosotros conocemos; unos reinos cuya mera existencia nubla el cerebro y nos aturde con los negros abismos extracósmicos que abre de par en par ante nuestra extraviada mirada.

Dudo mucho que Ammi me mintiera deliberadamente, y no creo que su historia sea producto de una mente enloquecida, como había advertido la gente de la ciudad. Algo terrible llegó a las colinas y valles en aquel meteoro, y algo terrible —aunque ignoro en qué medida— sigue estando allí. Me alegraré cuando vea llegar el agua. Entretanto, espero que no le suceda nada a Ammi. Averiguó tanto de aquel ser… cuya influencia era tan insidiosa. ¿Por qué no ha sido capaz de alejarse de aquel lugar? Evidentemente recordaba aquellas últimas palabras de Nahum: «… no pudo escapar… te atrae… te das cuenta de que algo viene hacia ti, pero es inútil…» Ammi es tan buena persona… cuando la cuadrilla se ponga a trabajar en el embalse tengo que escribir al ingeniero jefe para que lo someta a una estrecha vigilancia. Lamentaría recordarlo como esa monstruosidad gris, retorcida y quebradiza que se empeña cada vez más en turbarme el sueño.

 

H. P. LovecraftH. P. Lovecraft
Providence (Rhode Island), 1890 - 1937
Howard Phillips Lovecraft fue un escritor estadounidense de novelas de terror y ciencia ficción que revolucionó estos géneros con su particular estilo, al grado de crear una nueva escuela, el Círculo Lovecraft, al que se adhirieron varios autores de su generación y tuvo gran influencia en las generaciones subsiguientes. El Círculo Lovecraft giró en torno a la serie Mitos de Cthulu, un ciclo literario escrito por Lovecraft entre 1921 y 1935, complementado por otros autores de esa comunidad de autores.
Pese a que su estilo literario abunda en adjetivos, resulta adecuado a los géneros que explora y se adecua también a su particular forma de narrar, convirtiéndolo en una característica de sus obras.
El color del espacio exterior(traducido también como “El color que cayó del cielo”), fue publicado por primera vez en la revista Amazing Stories de marzo de 1927, y rápidamente se convirtió en uno de sus cuentos más populares, siendo, además el favorito del autor. Cabe señalar que este cuento se concibió mientras escribía su ensayo “El horror sobrenatural en la literatura(1927), y que Lovecraft tuvo especial cuidado de aplicar en él todos los conceptos teóricos desarrollados en dicho ensayo.
 

 

Etiquetas: Clásico, Lovecraft

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