El cementerio

DramaPsicológico
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El hombre cavaba con cuidado. Más cuidado del que habitualmente tomaba.

El triunfo de la muerte - Pieter Brueghel el viejo (circa 1562)

Después de cincuenta y seis años trabajando en el cementerio, cavar le resultaba simplemente una rutina. Ahora demoraba más y los brazos no le respondían como antes. Pero no había ninguna diferencia entre la tumba que había cavado la primera vez y la última antes de jubilarse. La profundidad era la misma y el ancho era el mismo. Los cajones eran los mismos y, de cierta manera, las personas que venían a verlos hundirse en la tierra también eran las mismas. Solo él había cambiado.

Desde niño le había gustado pasear por el cementerio. Le gustaba ver las cruces y los mausoleos. Los comparaba con el humilde rancho en el que vivía con sus padres y hermanos y creía que los muertos debían vivir mejor si tenían casas tan lujosas. Le gustaba sobre todo observar al señor Martín cavar las fosas que luego cubrirían y adornarían con cruces de piedra o de mármol. Le gustaba la tierra negra y el olor que despedía. Observaba los desfiles de carros negros y a las personas, también de negro, que miraban y lloraban y llevaban flores y luego se iban. Entonces miraba con atención cómo el pozo donde habían colocado el cajón volvía a ser tapado con la misma tierra. Como niño, y sin haber todavía comprendido la muerte, le costaba entender el sentido de todo este proceso, pero le daba una sensación de orden que le hacía sentir bien. Admiraba al señor Martín que podía por sí solo abrir y cerrar el ciclo.

Su padre murió cuando él tenía catorce años y lo enterraron en un cementerio lejano. Él, sin embargo, había estado varios días cerca del señor Martín para ver en qué momento llegaba su familia con el cajón. Ese fue su primer encuentro con la muerte. Supo que su padre no volvería nunca más, que estaba muerto. Y comprendió que no todos los muertos eran enterrados por el señor Martín y que este hombre, al que admiraba, no era un enviado de Dios para ocuparse de los muertos, sino simplemente una persona que vivía de enterrar gente y que cavar pozos no era más que un trabajo. Esto le había causado una doble impresión. Por un lado, la idea de que a alguien se le pagara para poner a los muertos bajo tierra le parecía asombrosa, pero pudo entender que era algo necesario. Por otro lado, se dio cuenta de que, si al señor Martín le pagaban por hacer algo tan hermoso, él también trabajaría de eso cuando fuera grande.

No tuvo que esperar mucho tiempo. Siendo el mayor de siete hermanos, al morir su padre tuvo que dejar la escuela y buscar trabajo para ayudar a su madre a sostener a la familia. Fue a ver al enterrador y le pidió que le diera trabajo, que le diera la posibilidad de ayudarlo a cavar las tumbas. El señor Martín le dijo que le gustaría que lo ayudara pero que no podía pagarle un sueldo, pero le dijo que en el puesto de flores de la entrada al cementerio estaban buscando una persona que los ayudara.

De esta manera consiguió un trabajo para ayudar a su familia y también la posibilidad de estar cerca del señor Martín y aprender su trabajo. Entraba al puesto de flores temprano y a las tres de la tarde era reemplazado por otro muchacho. A esa hora iba al lado del enterrador y le ayudaba a cavar y aprendía todo lo que podía de él.

Así pasaron varios años en los que se sintió cada vez más cerca del señor Martín y aprendió todo lo que necesitaba para poder trabajar de lo que siempre había querido. Cuando el viejo enterrador se jubiló le ofreció su puesto. A los veintidós años se convirtió en el nuevo enterrador. Su sueño de niño era una realidad.

Descubrió que el trabajo era más duro de lo que había pensado. En el verano la tierra seca y dura hacía que cavar fuera una tarea ardua, lenta y difícil. Con las lluvias del otoño todo se convertía en barro. Los pies su hundían en la tierra al hacer fuerza y el barro volvía a caer en el hueco tornando la labor casi imposible. Pero había visto al señor Martín hacerlo año tras año, logrando siempre tumbas para él perfectas. Con los años aprendió a superar todos los obstáculos, hasta que cavar tumbas fue su forma de acercarse a la perfección con la que había soñado al ver a su antecesor.

Cementerio - Alice Bailly (1913)

El trabajo físico era para él solo eso, esfuerzo físico a ser superado y perfeccionado día tras día. Le costaba más acostumbrarse a las personas que venían todos los días a ver a sus familiares desaparecer bajo la tierra. En esos breves momentos de descanso entre el cavar y el cubrir, observaba atentamente a las personas que rodeaban su hueco y veían lentamente al cajón desaparecer. Sabía que algunos regresaban y podía verlos poniendo flores sobre las tumbas mucho tiempo después, pero para él los que se alejaban llorando mientras él tiraba la tierra sobre el cajón, no eran los mismos que volvían más tarde.

Algunos se acercaban y le hablaban y le dejaban algunos billetes en la mano. Le gustaba este gesto, no por el dinero, sino porque lo sentía como un agradecimiento y reconocimiento de su labor.

Los años pasaron. Su madre falleció y pudo enterrarla él mismo. Uno de sus hermanos menores murió de meningitis y a través de ese dolor pudo entender mejor a las personas que veía todos los días. También pudo entender el sentido de llevar flores a una tumba largamente tapada.

Sus hermanos venían algunas veces a visitarlo, pero no muy seguido. Aunque a él le costara entenderlo, muchas personas le tenían miedo al cementerio. La mayoría de las personas le tienen miedo a la muerte, y por lo tanto, al lugar donde descansan sus muertos. Pocos venían al cementerio para recorrerlo, para admirar los mausoleos o las lápidas y cruces trabajadas en homenaje a las personas amadas. Los que venían lo hacían para recordar y traer flores y dejarlas sobre las tumbas. Sabía que la gente le temía especialmente a la noche en el cementerio. Este era uno de los momentos que el más disfrutaba. El silencio, la paz. Podía escuchar sonidos que quizás otros habrían temido creyendo que provenían de los muertos. Pero él sabía que no era así. Eran los ruidos de los árboles, los pequeños animales nocturnos, la propia tierra que se movía y acomodaba a sus nuevos ocupantes. Eran todos sonidos que le hablaban. Le hablaban de amistad, tranquilidad y compañerismo. A pesar de haberlo intentado nunca había podido transmitirles estos sentimientos a los demás. De cierta manera estaba solo. No únicamente por el hecho de no haber tenido compañera para compartir su vida, sino porque había pocas personas que podían llegar a ver las cosas como él las veía.

Así fue creciendo y su familia se alejó, salvo esporádicas y muy bienvenidas visitas de hermanos o sobrinos. Pero su vida pasó a ser la del cementerio. Se lo podía ver día a día rondar por el terreno, abriendo tumbas y cerrándolas nuevamente. Siempre vestido de negro, color que le resultaba apropiado para el lugar y la ocupación.

Envejeció. Los años siguieron pasando. Todos iguales. Con lluvias, sequías, barro, tierra, llantos, flores, personas de negro, carros de negro. Y pudo ver a un muchacho que se acercaba y lo observaba. Al principio lo veía los domingos, luego varias veces por semana, y con el tiempo todos los días. Lo llamó y comenzaron a hacerse amigos. Lo veía como se había visto a sí mismo años antes. Le enseñó lo que sabía y lo preparó para que fuera su reemplazo cuando él ya no pudiera seguir cavando.

El muchacho comenzó a trabajar y él, cuando estaba muy cansado o no podía seguir, le dejaba hacer el trabajo difícil. Cada vez hacía menos y el muchacho más. Esto no lo ponía triste. Así había entendido la vida al aprenderla de su maestro y así la entendía al transmitírsela a su sucesor.

Estaba cansado y sabía que pronto debería dejar su trabajo definitivamente. El día que decidió hacerlo habló con su discípulo y le dijo: “hace muchos años mi maestro, el señor Martín, me dejó todos sus conocimientos y su experiencia. Le estoy agradecido eternamente por eso, y gracias a él mi vida ha sido feliz. Te dejó a ti todo lo que he podido enseñarte. Solo te pido que hagas siempre tu trabajo con amor y tú también podrás ser feliz. Recuérdame, y hasta que tengas alguna tuya para hacerlo, lleva cuando puedas algunas flores a la tumba de mi hermano, ya sabes cuál es.”

Así se alejó del trabajo, pero no del cementerio. Los años siguieron pasando y de lejos siguió observando, con cariño y ternura a su sucesor. Cuando sintió que sus días llegaban al final buscó y encontró un lugar alejado, cerca de los árboles más altos y frondosos. Y eligió el lugar en el que cavaría su propia tumba.

Cuando terminó de hacerlo tuvo que sentarse. Sentía algo extraño entre el cansancio y la edad, y la satisfacción de haber podido realizar su último trabajo. Miro el hueco y recordó otros miles que había realizado en sus largos años de enterrador. Pero este era distinto. Era más delicado, más perfecto. Era el suyo, el lugar donde pasaría el resto de su muerte.

Después de haber descansado unos momentos se incorporó. Tomo la pala y el pico y caminó lentamente. A medio camino de nuevo sintió cansancio y se sentó sobre una piedra en el lugar más alto del terreno. Desde allí podía ver el césped cubierto de cruces y lápidas, casi siempre blancas, y a lo lejos el muro donde se encontraban los nichos, y a cierta distancia, con orgullo de maestro, al nuevo enterrador haciendo su trabajo. Se quedó sentado observando lo que había sido su vida hasta que la noche, poco a poco, lo cubrió todo.

 

Ivan Silvero Salgueiro
 

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Etiquetas: Drama, Psicológico

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2 comentarios en “El cementerio”

  1. Viernes, 15 Enero 2021 15:54

    Muy bueno el cuento y muy bien manejado el ritmo de la escritura. Estoy seguro que él cabaría de la misma forma y con el mismo ritmo. Por otro lado creo que este sistema que nos acompaña hace muchos pero muchos años debiera continuar, volver a la tierra es algo natural, en cambio la cremación es una forma desquisiada de sacarse un muerto propio de encima. La sociedad cada vez se quiere comprometer menos. No respeta ni a sus propios muertos.

    1. Viernes, 15 Enero 2021 19:44

      Muchas gracias Hernán. Creo que algo de eso sentí al escribirlo. 

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