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El alienista

HumorFilosófico
El alienista
 

I - De cómo Itaguaí ganó una casa de orates

Las crónicas de la villa de Itaguaí dicen que en tiempos remotos había vivido allí un cierto médico, el doctor Simón Bacamarte , hijo de la nobleza de la tierra y el más grande de los médicos del Brasil, de Portugal y de las Españas. Había estudiado en Coimbra  y Padua . A los treinta y cuatro años regresó al Brasil, no pudiendo el rey conseguir que él permaneciera en Coimbra dirigiendo la universidad, o en Lisboa, encargándose de los asuntos de la monarquía.

—La ciencia —dijo él a Su Majestad— es mi ocupación única; Itaguaí, mi universo.

Dicho esto, se metió en Itaguaí, y se entregó en cuerpo y alma al estudio de la ciencia, alternando las curaciones con las lecturas y demostrando los teoremas con cataplasmas. A los cuarenta años se casó con doña Evarista da Costa e Mascarenhas, señora de veinticinco años, viuda de un juez-de-fora , ni bonita ni simpática. Uno de los tíos de él, cazador de pacas  ante el Eterno y no menos sincero, se admiró de semejante elección y se lo dijo. Simón Bacamarte le explicó que doña Evarista reunía condiciones fisiológicas y anatómicas de primer orden: digería con facilidad, dormía regularmente, tenía buen pulso y excelente vista, de modo que era apta para darle hijos robustos, sanos e inteligentes. Si además de estos atributos —únicos dignos de preocupación de un sabio— doña Evarista era mal compuesta de facciones, lejos de molestarlo, se lo agradecía a Dios, ya que no corría riesgo de posponer los intereses de la ciencia en favor de la contemplación exclusiva, ínfima y vulgar de la consorte.

Doña Evarista defraudó las esperanzas del doctor Bacamarte: no le dio hijos robustos ni débiles. La índole natural de la ciencia es la paciencia; nuestro médico esperó tres años, luego cuatro, luego cinco. Al cabo de este tiempo, hizo un estudio profundo de la materia, releyó a todos los escritores árabes y otros que había traído a Itaguaí, envió consultas a las universidades italianas y alemanas y acabó por aconsejar a su mujer un régimen alimenticio especial. La ilustre dama, nutrida exclusivamente con la deliciosa carne de cerdo de Itaguaí, no atendió las exhortaciones de su esposo, y a su resistencia —explicable, pero incalificable— debemos la total extinción de la dinastía de los Bacamartes.

Pero la ciencia tiene el inefable don de curar todas las amarguras , y nuestro médico se sumergió enteramente en el estudio y la práctica de la medicina. Fue entonces que uno de los misteriosos rincones de ésta le llamó especialmente la atención: el misterioso rincón psíquico, el examen de la patología cerebral. No había en la colonia, ni aun en el reino, una sola autoridad en semejante materia, mal explorada o casi inexplorada. Simón Bacamarte comprendió que la ciencia lusitana, y particularmente la brasileña, podía cubrirse de “laureles inmarcesibles”, expresión usada por él mismo, pero en un arrebato de intimidad doméstica, porque con los demás era modesto, según conviene a los eruditos.

—La salud del alma —proclamó él— es la ocupación más digna del médico.

—Del verdadero médico —corrigió Crispín Soares , boticario de la villa y uno de sus amigos y comensales.

La Cámara Municipal de Itaguaí, entre otros pecados de los que es acusada por los cronistas, no se ocupaba en lo más mínimo de los dementes, de modo que cada loco furioso era encerrado en una habitación de su propia casa, no curado, sino descuidado, hasta que la muerte lo venía a despojar del beneficio de la vida; los mansos andaban sueltos por la calle. Simón Bacamarte asumió desde luego reformar tan funesta costumbre; pidió permiso a la Cámara para hospedar y tratar en el edificio que habría de construir a todos los locos de Itaguaí y de las villas y ciudades aledañas, mediante un estipendio, que la Cámara le pagaría cuando la familia del enfermo no pudiera hacerlo. La propuesta exaltó la curiosidad de toda la villa y encontró gran resistencia; tan cierto es que difícilmente se desarraigan los hábitos absurdos, o aun los malos. La idea de meter a los locos en una misma casa, viviendo en común, pareció en sí misma un síntoma de demencia y no faltó quien se lo insinuara a la propia mujer del médico.

—Mire, doña Evarista —le dijo el padre Lopes, vicario del lugar—, procure que su marido vaya de paseo a Río de Janeiro. Eso de estudiar siempre, siempre, no es bueno, altera el juicio.

Doña Evarista, aterrada, fue buscar a su marido y le dijo que estaba con antojos”, uno principalmente, el de ir a Río de Janeiro y comer todo lo que a él le pareciera adecuado con cierto fin. Pero aquel gran hombre, con la rara sagacidad que lo distinguía, penetró en la intención de su esposa y le replicó sonriendo que no tuviera miedo. De allí se dirigió a la Cámara, donde los concejales debatían la propuesta, y la defendió con tanta elocuencia que la mayoría resolvió autorizar lo que había pedido, votando al mismo tiempo un impuesto destinado a subsidiar el tratamiento, alojamiento y manutención de los locos pobres. El asunto del impuesto no fue fácil de resolver; todo estaba gravado de impuestos en Itaguaí. Después de largos estudios, se dispuso permitir el uso de dos penachos en los caballos de los entierros. Quien quisiera emplumar los caballos de una carroza funeraria pagaría dos tostões  a la Cámara, repitiéndose tantas veces esa cantidad cuantas fuesen las horas transcurridas entre la del fallecimiento y la de la última bendición en la sepultura. El notario se perdió en los cálculos aritméticos del rendimiento pasible de la nueva tasa; y uno de los concejales, que no creía en la empresa del médico, pidió que se relevara al notario de aquel trabajo inútil.

—Los cálculos no son precisos —dijo él—, porque el doctor Bacamarte no propone nada acertado. ¿A quién se le ocurre meter a todos los locos en la misma casa?

Se engañaba el digno magistrado; el médico acertó en todo. Una vez en posesión de la licencia, comenzó inmediatamente a construir la casa. Era en la calle Nueva, la más hermosa calle de Itaguaí en aquel tiempo. Tendría cincuenta ventanas por lado, un patio en el centro, y numerosos cubículos para los huéspedes. Como era un gran arabista, descubrió en el Corán que Mahoma declaró venerables a los locos , al considerar que Alá les quita el juicio para que no pequen. La idea le pareció hermosa y profunda, y él la hizo esculpir en el frontispicio de la casa; pero como temía al vicario, e indirectamente al obispo, atribuyó el pensamiento a Benedicto VIII , mereciendo a causa de ese fraude, por demás piadoso, que el padre Lopes le contara, en un almuerzo, la vida de aquel pontífice eminente.

La Casa Verde fue el nombre dado al asilo, por alusión al color de las ventanas, que eran las primeras de ese color que se veían en Itaguaí. Se inauguró con inmensa pompa. De todas las villas y poblaciones próximas, y hasta remotas, y de la propia ciudad de Río de Janeiro, llegó gente para asistir a las ceremonias, que duraron siete días. Muchos dementes ya estaban internados, y los parientes tuvieron ocasión de ver el cariño paternal y la caridad cristiana con que ellos serían tratados. Doña Evarista, contentísima con la gloria de su marido, se vistió lujosamente, se cubrió de joyas, flores y sedas. Ella fue una verdadera reina en aquellos días memorables; nadie dejó de visitarla dos o tres veces, a pesar de las costumbres caseras y recatadas del siglo, y no sólo la cortejaban sino que la alababan, debido a que —y este hecho es un testimonio altamente honroso para la sociedad de aquel tiempo— debido a que veían en ella a la feliz esposa de un alto espíritu, de un varón ilustre y, si le tenían envidia, era la santa y noble envidia de los admiradores.

Al cabo de siete días expiraron las fiestas públicas e Itaguaí tuvo finalmente una casa de Orates.

II - Torrentes de locos

Tres días después, en un desahogo íntimo con el boticario Crispín Soares, reveló el alienista el secreto de su corazón.

—La caridad, señor Soares, entra ciertamente en mi procedimiento, pero entra como condimento, como la sal de las cosas, que es así como interpreto el dicho de San Pablo a los Corintios: “Si yo conozco cuanto se puede saber y no tengo caridad, no soy nada . Lo principal en esta obra mía de la Casa Verde es estudiar profundamente la locura, sus diversos grados, clasificar los casos, descubrir al fin la causa del fenómeno y la cura universal. Éste es el secreto de mi corazón. Creo que con esto presto un buen servicio a la humanidad.

—Un excelente servicio —corrigió el boticario.

—Sin este asilo —continuó el alienista—, poco podría hacer. Él me da, sin embargo, mucho mayor campo para mis estudios.

—Mucho mayor —agregó el otro.

Y tenía razón. De todas las villas y poblados vecinos afluían locos a la Casa Verde. Eran furiosos, eran mansos, eran monomaniacos, era toda la familia de los desheredados de espíritu. Al cabo de cuatro meses, la Casa Verde era una ciudad. No bastaron los primeros cubículos; se mandó anexar una galería de treinta y siete más. El padre Lopes confesó que no imaginaba la existencia de tantos locos en el mundo, y menos aún lo inexplicable de algunos casos. Uno, por ejemplo, un joven grosero y despreciable que todos los días, después del almuerzo, hacía regularmente un discurso académico ornado de metáforas, de antítesis, de apóstrofes, con sus recamos de griego y latín y sus borlas de Cicerón, Apuleyo y Tertuliano. El vicario no quería acabar de creerlo. ¡Qué! ¡Un joven al que había visto, tres meses antes, jugando peteca  en la calle!

—No digo que no —le respondía el alienista—, pero la verdad es lo que Vuestra Reverendísima está viendo. Esto es de todos los días.

—En mi opinión —respondió el vicario—, sólo se puede explicar por la confusión de lenguas en la Torre de Babel, según nos cuentan las Escrituras; probablemente, confundidas antiguamente las lenguas, es fácil intercambiarlas ahora, dado que la razón no trabaja…

—Ésa puede ser, en efecto, la explicación divina del fenómeno —concordó el alienista tras reflexionar un instante—, pero no es imposible que haya también alguna razón humana, puramente científica; y eso trato…

—Lo que sea que sea…, y quedo ansioso. ¡Realmente!

Los locos de amor eran tres o cuatro, pero sólo dos maravillaban por lo curioso del delirio. El primero, un tal Falcão, joven de veinticinco años, creía ser la estrella del alba, abría los brazos y extendía las piernas para darles cierto aspecto de rayos, y se quedaba así largas horas preguntando si el sol ya había salido para él retirarse. El otro andaba siempre, siempre, siempre rondando en las salas o en el patio, o a lo largo de los corredores, en busca del fin del mundo. Era un desgraciado a quien su mujer dejó por seguir a un figurín. Apenas descubrió la fuga, se armó de un trabuco y salió tras su rastro; los encontró dos horas después junto a una laguna, y los mató a ambos con exuberante despliegue de crueldad.

El despecho se satisfizo, pero el vengado estaba loco. Y entonces comenzaron aquellas ansias de ir al fin del mundo en procura de los fugitivos.

El delirio de grandeza tenía ejemplares extraordinarios. El más notable era un pobre diablo, hijo de un ropavejero, que narraba a las paredes (porque no miraba nunca hacia ninguna persona) toda su genealogía, que era ésta:

—Dios engendró un huevo, el huevo engendró la espada, la espada engendró a David, David engendró la púrpura, la púrpura engendró al duque, el duque engendró al marqués, el marqués engendró al conde, que soy yo.

Se daba una palmada en la frente, chasqueaba los dedos, y repetía cinco, seis veces seguidas:

—Dios engendró un huevo, el huevo…, etcétera.

Otro de su misma especie era un notario, que se hacía pasar por mayordomo del rey; otro era un vaquero de Minas, cuya manía era distribuir ganado a todos, daba treinta cabezas a uno, seiscientas a otro, mil doscientas a otro, y no terminaba nunca. De los casos de monomanía religiosa no hablaré; apenas citaré a un sujeto que, llamándose Juan de Dios, decía ahora ser el dios Juan, y prometía el reino de los cielos a quien lo adorase, y las penas del infierno a los otros; y además de éste, el licenciado García, que no decía nada, porque imaginaba que el día que llegara a proferir una sola palabra, todas las estrellas se desprenderían del cielo y abrasarían la tierra; tal era el poder que recibiera de Dios.

Así lo escribía él en el papel que el alienista mandaba a darle, menos por caridad que por interés científico.

De verdad, la paciencia del alienista era aun más extraordinaria que todas las manías hospedadas en la Casa Verde. ¡Ciertamente asombrosa! Simón Bacamarte comenzó por organizar al personal administrativo; y, tras aceptar esa idea del boticario Crispín Soares, le aceptó también dos sobrinos, a quienes asignó la ejecución de unas normativas que les dio, aprobadas por la Cámara, sobre la distribución de comida y ropa, como así también de la rutina, etc.. Era lo mejor que podía hacer para ocuparse solamente de su oficio.

—La Casa Verde —dijo él al vicario—, es ahora una especie de mundo en el que hay un gobierno temporal y un gobierno espiritual.

Y el padre Lopes reía del pío juego de palabras, y agregaba, con el único fin de decir también alguna chanza:

—Siga usted, siga usted, que habré de mandarlo a denunciar con el Papa.

Una vez exonerado de la administración, el alienista procedió a una exhaustiva clasificación de sus enfermos. Los dividió primeramente en dos clases principales: los furiosos y los mansos; de ahí pasó a las subclases, monomanías, delirios, alucinaciones diversas…

Hecho esto, comenzó un estudio sistemático y continuo; analizaba los hábitos de cada loco, las horas de sus accesos, las aversiones, las simpatías, las palabras, los gestos, las tendencias; indagaba la vida de los enfermos, profesión, costumbres, circunstancias de la revelación mórbida, accidentes de la infancia y juventud, enfermedades de otra especie, antecedentes en la familia…, en fin, una investigación como no la haría el más sagaz de los magistrados. Y cada día efectuaba una observación nueva, un descubrimiento interesante, un fenómeno extraordinario. Al mismo tiempo estudiaba la mejor dieta, las sustancias medicamentosas, los medios curativos y los recursos paliativos, no sólo los que provenían de sus amados árabes, sino los que él mismo descubría, a fuerza de sagacidad y paciencia. Ahora bien, todo este trabajo le llevaba lo más y mejor de su tiempo. Dormía mal y mal comía; y, aun comiendo, era como si trabajara, porque o bien consultaba un texto antiguo, o rumiaba una cuestión e iba muchas veces del principio al fin de la comida sin decirle una sola palabra a doña Evarista.

III - ¡Dios sabe lo que hace!

Ilustre dama, al cabo de dos meses, hallose la más desgraciada de las mujeres; cayó en profunda melancolía, se puso amarilla, flaca, comía poco y suspiraba a cada momento. No osaba hacerle ninguna queja o reproche, porque respetaba en él a su marido y señor, pero padecía callada y se consumía a ojos vista. Un día, en la cena, al preguntarle el marido qué le ocurría, respondió tristemente que nada; después se atrevió un poco y fue al punto de decir que se consideraba tan viuda como antes. Y agregó:

—Quién diría que media docena de lunáticos…

No terminó la frase; o mejor dicho, la terminó alzando los ojos hacia el techo, los ojos que eran su rasgo más insinuante, negros, grandes, lavados por una luz húmeda, como dos auroras. En cuanto al gesto, era el mismo que empleara el día en que Simón Bacamarte la pidió en casamiento. No dicen las crónicas si doña Evarista blandió aquella arma con la perversa intención de degollar de una vez a la ciencia o, por lo menos, amputarle las manos, pero la conjetura es verosímil. En todo caso, el alienista no le atribuyó intención. Y no se irritó el gran hombre; no quedó siquiera consternado. El metal de sus ojos no dejó de ser el mismo metal duro, liso, eterno; ni la menor arruga vino a ondular la superficie de su frente, quieta como el agua de Botafogo . Tal vez una sonrisa le abrió apenas los labios, por entre los cuales se filtró esta frase suave como el cántico de los Santos Óleos:

—Consiento que vayas a dar un paseo a Río de Janeiro.

Doña Evarista sintió que faltaba el suelo bajo sus pies. Jamás de los jamases había visto Río de Janeiro, que aunque no era ni una pálida sombra de lo que es hoy, era sin duda algo más que Itaguaí. Ver Río de Janeiro, para ella, equivalía al sueño del judío cautivo  . Especialmente ahora que su marido se había afincado en aquel poblado interior, ahora que ella había perdido las últimas esperanzas de respirar los aires de nuestra buena ciudad, justamente ahora él la invita a cumplir sus deseos de niña y de muchacha. Doña Evarista no pudo disimular el gusto por semejante propuesta. Simón Bacamarte le tomó la mano y sonrió; una sonrisa un tanto filosófica, además de conyugal, en la que parecía traducirse este pensamiento: “No hay un remedio cabal para los dolores del alma; esta señora se consumía por creer que no la amo, pero le ofrezco un viaje a Río de Janeiro, y se consuela”. Y como era un hombre estudioso tomó nota de la observación.

Pero un dardo atravesó el corazón de doña Evarista. Se contuvo, en tanto; se limitó a decirle a su marido que, si él no iba, ella no iría tampoco, porque no habría de meterse solita por aquellos caminos.

—Irás con tu tía —argumentó el alienista.

Nótese que doña Evarista había pensado en eso mismo; pero no quería pedirlo ni insinuarlo, en primer lugar porque sería imponer grandes gastos al marido, en segundo lugar porque era mejor, más propio y racional que la propuesta viniera de él.

—¡Oh, pero el dinero que será preciso gastar! —suspiró doña Evarista sin convicción.

—¿Qué importa? Hemos ganado mucho —dijo el marido—. Recién ayer el contador me rindió cuentas. ¿Quieres ver?

Y la llevó a los libros. Doña Evarista quedó deslumbrada. Era una vía láctea de dígitos. Y después la llevó a las arcas, donde estaba el dinero.

¡Dios!, eran cerros de oro, eran mil cruzados sobre mil cruzados, doblones sobre doblones; ¡era la opulencia!

Mientras ella devoraba el oro con sus ojos negros, el alienista la contemplaba, y le decía al oído con la más pérfida de las alusiones:

—Quién diría que media docena de lunáticos…

Doña Evarista comprendió, sonrió y respondió con mucha resignación:

—¡Dios sabe lo que hace!

Tres meses después se efectuaba el viaje. Doña Evarista, la tía, la mujer del boticario, un sobrino de éste, un cura que el alienista conociera en Lisboa y que inesperadamente se encontraba en Itaguaí, cinco o seis sirvientes, cuatro mucamas…, tal fue la comitiva que la población vio salir de allí cierta mañana del mes de mayo. Las despedidas fueron tristes para todos, menos para el alienista. Aun cuando las lágrimas de doña Evarista fueron abundantes y sinceras, no llegaron a conmoverlo. Hombre de ciencia, y sólo de ciencia, nada lo consternaba fuera de la ciencia; y si algo le preocupaba en aquella ocasión, si él dejaba correr sobre la multitud una mirada inquieta y policial, no era otra cosa que la idea de que algún demente se encontrara allí, mezclado con la gente de sano juicio.

—¡Adiós! —sollozaron al fin las damas y el boticario.

Y partió la comitiva. Crispín Soares, al regresar a su casa, traía la mirada perdida entre las dos orejas de la bestia ruana en que venía montado; Simón Bacamarte extendía la suya por el horizonte lejano, dejando al caballo la responsabilidad del regreso. ¡La viva imagen del genio y de la plebe! Uno mira el presente, con todas sus lágrimas y nostalgias, otro indaga el futuro con todas sus auroras.

IV - Una nueva teoría

Al tiempo en que doña Evarista, en lágrimas, iba en busca de Río de Janeiro, Simón Bacamarte estudiaba desde todos los ángulos una cierta idea intrépida y nueva, capaz de ampliar las bases de la psicología. Todo el tiempo que le sobraba de los cuidados de la Casa Verde era poco para andar por las calles, o de casa en casa, conversando con las personas sobre treinta mil asuntos, y acentuando las frases con una mirada que le metía miedo a los más heroicos.

Un día, por la mañana —habían pasado tres semanas— estando Crispín Soares ocupado en preparar un medicamento, vinieron a decirle que el alienista lo mandaba llamar.

—Se trata de un asunto importante, según él me dijo —agregó el mensajero.

Crispín palideció. ¿Qué asunto importante podía ser, sino alguna noticia de la comitiva y en especial de su mujer? Porque este tópico debe quedar claramente definido, ya que en él insistieran los cronistas: Crispín amaba a su mujer y, en treinta años, nunca habían estado separados un solo día. Así se explican los monólogos que él decía ahora, y que los criados le escucharan muchas veces: Ahí tienes, bien hecho. ¿Quién te mandó consentir el viaje de Cesaria? ¡Adulador, torpe adulador! Sólo para adular al doctor Bacamarte. Pues ahora aguántate; vamos, aguántate, alma de lacayo, debilucho, vil miserable. ¿Dices amén a todo, verdad? ¡Ahí tienes tu ganancia, canalla!”. Y muchos otros insultos que un hombre no debería decir a otros, y mucho menos a sí mismo. De aquí a imaginar el efecto del recado es una nada. Tan pronto él lo recibió, soltó las drogas y voló a la Casa Verde.

Simón Bacamarte lo recibió con la alegría propia de un sabio, una alegría con la circunspección abotonada hasta el cuello.

—Estoy muy contento —dijo él.

—¿Noticias de nuestra gente? —preguntó el boticario con voz trémula.

El alienista hizo un gesto grandilocuente, y respondió:

—Se trata de cosa más elevadas, se trata de un experimento científico. Digo experimento porque no me atrevo a asegurar desde ya mi idea; la ciencia no es otra cosa, señor Soares, sino una investigación constante. Se trata, pues, de un experimento, pero de un experimento que va a transformar la faz de la tierra. La locura, objeto de mis estudios, era hasta ahora una isla perdida en el océano de la razón, pero empiezo a sospechar que es un continente.

Dijo esto y se calló, para rumiar el pasmo del boticario. Después explicó extensamente su idea. En el concepto de él, la insania abarcaba una vasta superficie del cerebro, y desarrolló esto con gran acopio de razonamientos, de citas, de ejemplos. Los ejemplos los encontró en la historia y en Itaguaí pero, como el espíritu excepcional que era, reconoció el peligro de citar todos los casos de Itaguaí y se refugió en la historia. Así, se refirió especialmente a algunos personajes célebres, Sócrates, que tenía un demonio familiar ; Pascal, que veía un abismo a su izquierda ; Mahoma, Caracalla, Domiciano, Calígula , etc., una multitud de casos y personas, entre las que se mezclaban entidades odiosas y entidades ridículas. Y como el boticario se admirara de tal promiscuidad, el alienista le dijo que todo era la misma cosa, y hasta agregó sentenciosamente:

—La ferocidad, señor Soares, es lo verdaderamente grotesco.

—¡Gracioso , muy gracioso! —exclamó Crispín alzando las manos al cielo.

En cuanto a la idea de ampliar el territorio de la locura, al boticario le pareció extravagante; pero la modestia, principal adorno de su espíritu, no le permitió confesar otra cosa más que un noble entusiasmo; la declaró sublime y verdadera y agregó que era asunto de matraca”. Esta expresión no tiene equivalente en lenguaje moderno. En aquellos tiempos, Itaguaí, que como las demás villas, aldeas y poblados de la colonia no contaba con periódicos, tenía dos modos de divulgar una noticia: o por medio de carteles manuscritos y clavados en las puertas de la Cámara y de la Iglesia matriz; o por medio de la matraca.

He aquí en qué consiste el segundo recurso. Se contrataba a un hombre, por uno o más días, para andar por las calles del pueblo, con una matraca en la mano.

De cuando en cuando tocaba la matraca, se reunía la gente, y él anunciaba lo que les incumbía: un remedio para la fiebre, unas tierras cultivables, un soneto, un donativo eclesiástico, la mejor tijera de la villa, el más hermoso discurso del año, etc.. El sistema era inconveniente para la paz pública; pero era conservado por la gran fuerza de divulgación que poseía. Por ejemplo, uno de los concejales —justamente aquel que más se opuso a la creación de la Casa Verde— gozaba de la reputación de perfecto adiestrador de serpientes y monos, aun cuando nunca había domesticado ni a uno solo de esos animales, pero tomaba cuidado de hacer trabajar la matraca todos los meses. Y dicen las crónicas que algunas personas afirmaban haber visto serpientes de cascabel bailando en el pecho del concejal; afirmación totalmente falsa, debida solamente a la absoluta confianza en el sistema. Es verdad que no todas las instituciones del antiguo régimen merecían el desprecio de nuestro siglo.

—Hay algo mejor que anunciar mi idea, y es ponerla en práctica —respondió el alienista a la insinuación del boticario.

Y el boticario, no en total desacuerdo con este modo de ver, le dijo que sí, que era mejor comenzar por la ejecución.

—Siempre habrá tiempo de darle a la matraca —concluyó.

Simón Bacamarte reflexionó todavía un instante y dijo:

—Imagino al espíritu humano como una vasta concha y mi propósito, señor Soares, es ver si puedo extraer la perla, que es la razón; en otros términos: demarcar definitivamente los límites entre la razón y la locura. La razón es el perfecto equilibrio de todas las facultades; todo lo demás es insania, insania y sólo insania.

El vicario Lopes, a quien él le confió la nueva teoría, declaró llanamente que no llegaba a entenderla; que le parecía una obra absurda y, si no absurda, era tan colosal que no merecía intentar su ejecución.

—Con la definición actual, que es la de todos los tiempos —agregó—, la locura y la razón están perfectamente delimitadas. Se sabe dónde una acaba y dónde la otra empieza. ¿Para qué cruzar el cerco?

Sobre el labio delgado y discreto del alienista asomó la vaga sombra de una intención de sonrisa, en la que el desdén iba unido a la lástima, pero ni una palabra brotó de sus egregias entrañas.

La ciencia se contentó con extender la mano a la teología con tal seguridad, que la teología no supo finalmente si debía creer en sí misma o en la otra. Itaguaí y el universo estaban al borde de una revolución.

V - El terror

Cuatro días después, la población de Itaguaí oyó consternada la noticia de que un tal Costa había sido internado en la Casa Verde.

—¡Imposible!

—¡Nada de imposible! Fue internado hoy por la mañana.

—Pero, la verdad, él no lo merecía… ¡Sobre todo, después de tanto que él hizo por…!

Costa era uno de los ciudadanos más estimados en Itaguaí. Había heredado cuatrocientos mil cruzados  en buena moneda del rey don João V, dinero cuya renta bastaba, según le declaró su tío en el testamento, para vivir sin preocupaciones “hasta el fin del mundo”. Tan aprisa como cobró la herencia, comenzó a dividirla en préstamos, sin intereses, mil cruzados a uno, dos mil a otro, trescientos a este, ochocientos a aquél, a tal punto que, al cabo de cinco años, estaba sin nada. Si la miseria hubiera llegado de golpe, el asombro de Itaguaí habría sido enorme, pero llegó despacio; fue pasando de la opulencia a la abundancia, de la abundancia a la mediocridad, de la mediocridad a la pobreza, de la pobreza a la miseria, gradualmente. Al cabo de cinco años, personas que llevaban el sombrero al suelo apenas él se asomaba al final de la calle, ahora le palmeaban el hombro con intimidad, le pellizcaban la nariz, le hacían bromas groseras. Y Costa siempre amable, risueño. Ni se le ocurría pensar que los menos corteses eran justamente los que aún mantenían deudas con él, al contrario, parecía que los saludaba con mayor placer y más sublime resignación. Un día en que uno de esos incurables deudores se burlara de él con saña, él mismo se rió de la broma y una persona ajena observó con cierta perfidia: “Tú soportas a este sujeto para ver si te paga”. Costa, sin perder ni un minuto, fue hasta el deudor y le perdonó la deuda. “No me sorprende, replicó el otro; “Costa soltó una estrella que está en el cielo”. Costa era perspicaz, entendió que él le negaba todo merecimiento a su acción atribuyéndole la intención de desprenderse de lo que nunca habría de llegar a su bolsillo. Era también pundonoroso e imaginativo, así que dos horas más tarde encontró un medio de probar que no le cabía semejante mácula: tomó algunos doblones y se los envió en préstamo al deudor.

—Ahora espero que… —pensó él sin concluir la frase.

Ese último gesto de Costa persuadió a crédulos e incrédulos; nadie más puso en duda los sentimientos caballerescos de aquel digno ciudadano. Las necesidades más vergonzosas que andan por la calle fueron a golpear su puerta con sus pantuflas viejas, con sus capas remendadas. Un parásito, entre tanto, roía el alma de Costa: era el concepto de la enemistad. Pero incluso eso acabó. Tres meses después vino aquel crítico a pedirle ciento veinte cruzados con la promesa de restituirlos en dos días; era el residuo de la gran herencia, pero era también un noble desahogo. Costa le prestó el dinero inmediatamente, y sin intereses. Infelizmente no tuvo tiempo de cobrarlo; cinco meses después era internado en la Casa Verde.

Imagínese la consternación de Itaguaí, cuando se supo del asunto. No se habló de otra cosa. Unos decían que Costa enloqueció durante el almuerzo; otros que de madrugada, y se narraban sus accesos, que eran furiosos, sombríos, terribles —o mansos, y hasta graciosos, según las versiones—. Mucha gente corrió a la Casa Verde y encontró al pobre Costa tranquilo, un poco asustado, hablando con mucha claridad y preguntando por qué motivo lo habían llevado allí. Algunos fueron a buscar al alienista. Bacamarte aprobaba esos sentimientos de estima y compasión, pero agregaba que la ciencia era la ciencia, y que él no podía dejar en la calle a un mentecato. La última persona que intercedió por él (porque después de lo que voy a contar nadie más se atrevió a buscar al terrible médico) fue una pobre señora, prima de Costa. El alienista le dijo confidencialmente que ese digno hombre no estaba en perfecto equilibrio de sus facultades mentales, a juzgar por el modo en que había dilapidado la fortuna que…

—¡Eso no! ¡Eso no! —interrumpió la buena señora con energía— Si él gastó tan rápidamente lo que recibió, la culpa no fue de él.

—¿No?

—No, señor. Yo le diré qué fue lo que ocurrió. Mi difunto tío no era un mal hombre; pero cuando estaba furioso era capaz de no sacarse el sombrero ni ante el Santísimo. Entonces, un día, poco antes de morir, descubrió que un esclavo le había robado un buey; ¡imagínese cómo se puso! Su rostro parecía un pimiento; todo él temblaba, la boca le espumaba, lo recuerdo como si fuera hoy. Entonces un hombre feo, melenudo, en mangas de camisa, se acercó a él y le pidió agua. Mi tío (¡Dios lo tenga en la gloria!) respondió que fuera a beber al río o al infierno. El hombre lo miró, abrió la mano en un gesto de amenaza y le lanzó esta maldición: “¡Todo su dinero no habrá de durar más de siete años y un día, tan cierto como que este es el signo de Salomón  Y mostró el signo de Salomón tatuado en el brazo. Fue eso, mi señor. Fue esa maldición de aquel maldito.

Bacamarte clavó en la pobre señora un par de ojos agudos como puñales. Cuando ella terminó, le extendió la mano cortésmente, como si lo hiciera a la mismísima esposa del virrey, y la invitó a ir a hablar con el primo. La desdichada le creyó; él la llevó a la Casa Verde y la encerró en la galería de los alucinados.

La noticia de esta alevosía del ilustre Bacamarte llevó el terror al alma de la población. Nadie quería terminar de creer que, sin motivos, sin enemistad, el alienista encerrara en la Casa Verde a una señora perfectamente en su juicio que no había cometido otro crimen que interceder por un infeliz. Se comentaba el asunto en todas las esquinas, en las barberías; se edificó una novela sobre ciertas sutilezas apasionadas que el alienista otrora dirigiera a la prima de Costa, la indignación de Costa y el desprecio de la prima…, y de ahí la venganza. Era claro. Pero la austeridad del alienista, la vida de estudios que él llevaba, parecían desmentir una hipótesis semejante. ¡Habladurías! Todo eso era, naturalmente, una cortina de humo. Y uno de los más crédulos llegó a insinuar que sabía de otras cosas, no las decía por no tener absoluta certeza, pero sabía…, casi que podía jurar.

—Usted, que es íntimo de él, no nos podría decir lo que pasa, que pasó, qué motivos…

Crispín Soares se derretía todo. Ese interrogatorio de la gente inquieta y curiosa, de los amigos atónitos, era para él una consagración pública. No cabía duda: toda la población sabía por fin que el confidente del alienista era él, Crispín, el boticario, el colaborador del gran hombre y de las grandes empresas; por eso la corrida a la botica. Todo se reflejaba en el rostro jocundo y en la sonrisa discreta del boticario, la sonrisa y el silencio, porque él no respondía nada; uno, dos, tres monosílabos, cuando mucho, sueltos, secos, encubiertos en la fiel sonrisa constante y diminuta, llena de misterios científicos, que él no podía, sin deshonra ni peligro, confesar a ninguna persona humana.

—Algo hay —pensaban los más desconfiados.

Uno de ellos se limitó a pensarlo, alzó los hombros y se fue. Tenía asuntos personales. Acababa de construir una casa suntuosa. Sólo la casa bastaba para dejar de juntarse con todo el mundo; pero había más: el mobiliario, que él había mandado traer de Hungría y de Holanda, según contaba, y que se podía ver desde afuera, porque las ventanas siempre estaban abiertas, y el jardín, que era una obra maestra de arte y de buen gusto. Este hombre, que se había enriquecido fabricando albardas, había tenido siempre el sueño de una casa magnífica, jardín pomposo, mobiliario exclusivo…, no dejó el negocio de las albardas, pero descansaba de él en la contemplación de su casa nueva, la mejor de Itaguaí, más grandiosa que la Casa Verde, más noble que la de la Cámara. Entre la gente ilustre de la población había lamentos y rechinar de dientes cuando se pensaba, se hablaba, o se alababa la casa del albardero, ¡un simple albardero, Dios del cielo!

—Ahí está él, boquiabierto —decían los transeúntes de mañana.

Por la mañana, en efecto, era costumbre de Mateo extenderse en el centro del jardín, con los ojos en la casa, enamorado, durante una hora larga, hasta que venían a llamarlo para almorzar. Los vecinos, aunque lo saludaban con cierto respeto, se reían de él a sus espaldas que era un contento. Uno de ellos llegó a decir que Mateo sería mucho más próspero y estaría riquísimo si fabricara las albardas para sí mismo; epigrama ininteligible, pero que hacía reír a todos a carcajadas.

—Ahora allá está Mateo, para ser contemplado —decían por la tarde.

La razón de esta otra expresión era que, por la tarde, cuando las familias salen a pasear (cenaban temprano) acostumbraba Mateo apostarse en la ventana, bien al centro, llamativo, sobre un fondo oscuro, vestido de blanco, actitud señorial, y así se quedaba dos o tres horas hasta que anochecía del todo. Puede creerse que la intención de Mateo era ser admirado y envidiado, ya que él nunca confesó a nadie lo contrario, ni al boticario, ni al padre Lopes, sus grandes amigos. Y sin embargo, no fue otro el alegato del boticario cuando el alienista le dijera que quizás el albardero padecía de “amor a las piedras”, manía que él, Bacamarte, había descubierto y estudiado desde hacía algún tiempo. Aquello de contemplar la casa…

—No, señor —intercedió vivamente Crispín.

—¿No?

—Tendrá que perdonarme, pero tal vez no sabía usted que él de mañana examina la obra, no la admira; de tarde, son los otros que lo admiran a él y a la obra —y contó las costumbres del albardero, todas las tardes, desde temprano hasta caer la noche.

Una lujuria científica iluminó los ojos de Simón Bacamarte. O él no conocía las costumbres del albardero, o nada más quiso, interrogando a Crispín, confirmar una información incierta o alguna sospecha vaga. La explicación lo satisfizo, pero como tenía las alegrías propias de un sabio, concentradas, nada vio el boticario que le hiciera sospechar una intención siniestra. Al contrario. Era de tarde y el alienista le pidió el brazo para ir de paseo. ¡Dios!, era la primera vez que Simón Bacamarte le concedía a su confidente tal honor; Crispín se estremeció, confundido, dijo que sí, que estaba listo. Llegaban dos o tres personas de fuera, Crispín los mandó mentalmente al diablo; no sólo retrasaban el paseo, sino que podía llegar a ocurrir que Bacamarte eligiese a alguno de ellos para acompañarlo y lo dispensara a él. ¡Qué impaciencia! ¡Qué aflicción! Finalmente, salieron. El alienista se dirigió hacia el lado de la casa del albardero, lo vio en la ventana, pasó cinco, seis veces frente a él, lentamente, deteniéndose, examinando las actitudes, la expresión del rostro. El pobre Mateo, apenas advirtió que era objeto de la curiosidad o admiración de la más impotante figura de Itaguaí, enfatizó su expresión, dio otro relieve a sus actitudes… ¡Triste! Triste. No hizo más que condenarse. Al día siguiente fue internado en la Casa Verde.

—La Casa Verde no es más que una cárcel privada —dijo un médico sin clínica.

Nunca una opinión repercutió y se propaló tan rápidamente. Cárcel privada; eso era lo que se repetía de norte a sur y de este a oeste en Itaguaí, con miedo, es verdad, porque durante la semana que siguió a la captura del pobre Mateo, veinte y tantas personas —dos o tres prominentes— fueron internadas en la Casa Verde. El alienista decía que sólo eran admitidos los casos patológicos, pero poca gente lo creía. Se sucedían las especulaciones populares. Venganza, codicia, castigo de Dios, monomanía del propio médico, plan secreto de Río de Janeiro con el fin de destruir en Itaguaí cualquier germen de prosperidad que pudiera brotar, arborecer y florecer en desmedro y mengua de aquella ciudad, y mil otras explicaciones que no explicaban nada. Tal era el producto diario de la imaginación pública.

En tanto llegó de Río de Janeiro la esposa del alienista, la tía, la mujer de Crispín Soares y toda la demás comitiva —o casi toda— que algunas semanas antes había partido de Itaguaí. El alienista fue a recibirla con el boticario, el padre Lopes, los concejales y algunos otros magistrados. El momento en que doña Evarista puso los ojos en la persona de su marido es considerado por los cronistas de la época como uno de los más sublimes de la historia moral de la humanidad, y esto por el contraste entre las dos naturalezas, ambas extremas, ambas notables. Doña Evarista soltó un grito, balbuceó una palabra y se arrojó sobre su consorte con una actitud que no puede ser mejor definida que comparándola con una mezcla de pantera y tórtola. No así el ilustre Bacamarte, frío como un diagnóstico, sin desbaratar ni por un instante la rigidez científica, extendió los brazos a su mujer que cayó en ellos y se desmayó. Corto incidente. Al cabo de dos minutos, doña Evarista recibía los saludos de los amigos y la comitiva se puso en marcha.

Doña Evarista era la esperanza de Itaguaí, se contaba con ella para menguar el flagelo de la Casa Verde. Por eso las aclamaciones públicas, la enorme cantidad de gente que colmaba las calles, los banderines, las flores y damascos en las ventanas. Con el brazo apoyado en el del padre Lopes —porque el eminente había confiado su mujer al vicario y los acompañaba con paso meditativo—, doña Evarista volvía la cabeza a un lado y otro, curiosa, inquieta, presumida. El vicario indagaba sobre Río de Janeiro, que no veía desde el virreinato anterior, y doña Evarista respondía entusiasmada que era la cosa más hermosa que podía haber en el mundo. El Paseo Público estaba terminado, un paraíso al que ella había ido muchas veces, y la Calle de las Bellas Noches, la Fuente de las Ocas… ¡Ah!, ¡la Fuente de las Ocas! Eran propiamente ocas, hechas de metal y lanzando agua por la boca. Algo elegantísimo. El vicario decía que sí, que Río de Janeiro debía estar ahora mucho más bonito. ¡Si ya lo era en otro tiempo! No era para sorprenderse, más grande que Itaguaí, y además sede del gobierno… Pero no puede decirse que Itaguaí fuera feo; tenía casas hermosas: la de Mateo, la Casa Verde…

—A propósito de la Casa Verde —dijo el padre Lopes desplazándose hábilmente hacia el asunto importante—. La señora la encontrará muy llena de gente.

—¿Si?

—Es verdad. Allá está Mateo…

—¿El albardero?

—El albardero; está Costa, la prima de Costa, y Fulano, y Zutano, y…

—¿Todos ellos locos?

—O casi locos —objetó el cura.

—¿Pero, entonces…?

El vicario movió las comisuras de los labios a la manera de quien no sabe nada o no quiere decir todo; respuesta vaga, que no puedo reproducir por falta de palabras adecuadas. Doña Evarista encontró realmente extraordinario que toda aquella gente enloqueciera; uno que otro podría ser, ¿pero todos? Por otra parte, le costaba dudarlo; su marido era un sabio, no internaría a nadie en la Casa Verde sin pruebas irrefutables de su locura.

—Sin duda… sin duda… —iba enfatizando el vicario.

Tres horas después, cerca de cincuenta comensales se sentaban en torno a la mesa de Simón Bacamarte; era la cena de bienvenida. Doña Evarista fue el tema obligado de los brindis, discursos, versos de ocasión, metáforas, exageraciones, apologías… Ella era la esposa del nuevo Hipócrates, la musa de la ciencia, ángel, ser divino, aurora, caridad, vida, consuelo; traía en los ojos dos estrellas, según la versión modesta de Crispín Soares, y dos soles, en el concepto de un concejal. El alienista oía esas cosas un poco fastidiado, pero sin visible impaciencia. A lo mucho, le decía al oído a su mujer que la retórica permitía tales osadías sin significado. Doña Evarista hacía esfuerzos por adherirse a esa opinión del marido, pero aun descartando tres cuartas partes de las lisonjas, quedaba mucho con qué llenarle el alma. Uno de los oradores, por ejemplo, Martín Brito, muchacho de veinticinco años, verdadero dandi curtido de noviazgos y aventuras, declamó un discurso en el que el nacimiento de doña Evarista era explicado por el más singular de los retos. “Dios”, dijo él, “después de dar el universo al hombre y a la mujer, ese diamante y esa perla de la corona divina” (y el orador arrastraba triunfalmente esta frase de una punta a otra de la mesa), “Dios quiso vencer a Dios, y creó a doña Evarista”.

Doña Evarista bajó los ojos con ejemplar modestia. Dos señoras, encontrando la cortesía excesiva y audaz, interrogaron los ojos del dueño de casa y, la verdad, el gesto del alienista les pareció nublado de sospechas, de amenazas, y probablemente de sangre. El atrevimiento fue grande, pensaron las dos damas. Y una y otra pedían a Dios que evitara cualquier episodio trágico, o que al menos lo aplazara para el día siguiente. Sí, que lo aplazara. Una de ellas, la más piadosa, llegó a admitir para sí misma que doña Evarista no merecía ninguna desconfianza; tan lejos estaba de ser atrayente o bonita. Una simple “agua tibia”. Verdad es que, si todos los gustos fueran iguales, ¿qué sería del amarillo? Esta idea la hizo temblar otra vez, aunque menos; menos, porque el alienista sonreía ahora a Martín Brito y, ya todos de pie, se aproximó a él y le habló del discurso. No le negó que fuera una improvisación brillante, llena de matices magníficos. ¿Sería suya la idea relativa al nacimiento de doña Evarista, o la había encontrado en algún autor que…? No, señor; era efectivamente de él; la encontró en aquella ocasión y le pareció apropiada para un arrebato oratorio. Por lo demás, sus ideas eran más atrevidas que tiernas o jocosas. Se le daba lo épico. Una vez, por ejemplo, compuso una oda a la caída del marqués de Pombal, en que decía que ese ministro era “el dragón aspérrimo de la Nada”, aplastado por las “garras vengadoras del Todo”, y así otras, más o menos fuera de lo común. Le gustaban las ideas sublimes y raras, las imágenes grandes y nobles…

—¡Pobre muchacho! —pensó el alienista y prosiguió consigo mismo—. Se trata de un caso de lesión cerebral; fenómeno sin gravedad, pero digno de estudio…

Doña Evarista quedó estupefacta cuando supo, tres días después, que Martín Brito fue internado en la Casa Verde. ¡Un muchacho que tenía ideas tan hermosas! Las dos señoras atribuyeron el acto a los celos del alienista. No podía ser otra cosa; realmente, el discurso del muchacho había sido demasiado audaz.

¿Celos? ¿Pero cómo explicar que, inmediatamente después fueran internados José Borges do Couto Leme, persona estimada; “Chico”, el de los bueyes blancos, holgazán emérito; el escribano Fabricio, e incluso otros? El terror se acentuó. No se sabía ya quién estaba sano y quién estaba loco. Las mujeres, cuando sus maridos salían, mandaban encender una vela a Nuestra Señora, y no todos los maridos eran tan valientes; algunos no andaban fuera sin uno o dos guardaespaldas. Positivamente, era el terror. Quien podía, emigraba. Uno de esos fugitivos llegó a ser detenido a doscientos pasos de la población. Era un muchacho de treinta años, amable, conversador, educado, tan educado que era incapaz de saludar a nadie sin llevar su sombrero hasta el suelo; en la calle era frecuente verlo recorrer una distancia de diez a veinte brazas para ir a estrechar la mano a un hombre grave, a una señora, o a veces a un niño, como sucedió con el hijo del juez-de-fora. Tenía la vocación de la cortesía. Además, se debía a las buenas relaciones sociales, no sólo a sus dotes personales, que eran excepcionales, como la noble tenacidad por la que nunca se desanimaba ante uno, dos, cuatro, seis rechazos, caras feas, etc.. Lo que sucedía era que una vez que entraba en una casa, no la dejaba más, ni los de la casa lo dejaban a él, así de encantador era Gil Bernardes. Pues Gil Bernardes, a pesar de ser tan estimado, tuvo miedo cuando le dijeron un día que el alienista lo tenía entre ojos. La madrugada siguiente huyó de la villa, pero fue enseguida apresado y conducido a la Casa Verde.

—¡Debemos acabar con esto!

—¡No puede continuar!

—¡Abajo la tiranía!

—¡Déspota! ¡Violento! ¡Goliath!

No eran gritos en la calle, eran susurros en casa, pero no estaba lejana la hora de los gritos. El terror crecía; se avecinaba la rebelión. La idea de una petición al gobierno para que Simón Bacamarte fuera capturado y deportado ya había rondado algunas cabezas antes de que el barbero Porfirio la expresara en su local, con grandes gestos de indignación. Nótese —y esa es una de las páginas más puras de esta sombría historia—, nótese que Porfirio, desde que la Casa Verde comenzara a poblarse tan extraordinariamente, vio crecer sus ingresos por la aplicación asidua de sanguijuelas que de allí le pedían; pero el interés particular, decía él, debe ceder ante el interés público. Y agregaba: ¡Es necesario derrocar al tirano!”. Nótese además que él emitió este grito justamente el día en que Simón Bacamarte había internado en la Casa Verde a un hombre que había interpuesto una demanda en su contra, el señor Coelho.

—¡No me dirán en que se trata de que Coelho es loco! —vociferó Porfirio.

Y nadie le respondía; todos repetían que era un hombre perfectamente “enjuiciado”. La misma demanda que él había entablado contra el barbero, referente a unos terrenos de la villa, era hija de la oscuridad de una cédula real y no de la codicia o del odio. Una excelente persona, Coelho. Los únicos descontentos con él eran algunos sujetos que diciéndose taciturnos, o alegando estar con prisa, apenas lo veían de lejos doblaban en la primera esquina, entraban en una tienda, etc.. La verdad, él amaba la buena charla, la charla extensa, degustada a sorbos largos, de modo que nunca estaba solo; prefería a los que sabían decir dos palabras, pero no desdeñando a los otros. El padre Lopes, que cultivaba a Dante y era uno de los enemigos de Coelho, nunca lo vio separarse de una persona sin declamar y repetir este fragmento:

La bocca sollevò dal fiero pasto
Quel "seccatore"… 

Pero algunos ya sabían del resentimiento del cura, y los demás pensaban que se trataba de una oración en latín.

VI - La rebelión

Cerca de treinta personas se unieron al barbero, redactaron y presentaron una petición a la Cámara.

La Cámara se negó a aceptarla, declarando que la Casa Verde era una institución pública, y que la ciencia no podía ser enmendada por votación administrativa, menos aún por movimientos callejeros.

—Regresen al trabajo —concluyó el presidente—, es el consejo que les damos.

La irritación de los agitadores fue enorme. El barbero declaró que iban a izar la bandera de la rebelión y a destruir la Casa Verde; que Itaguaí no podía seguir sirviendo de cadáver para los estudios y experimentos de un déspota; que muchas personas estimables, algunas distinguidas y otras humildes, pero dignas de aprecio, yacían en los cubículos de la Casa Verde; que el despotismo científico del alienista se mezclaba con el espíritu de lucro, visto que los locos, o supuestos locos, no eran tratados gratuitamente; las familias, y a falta de ellas, la Cámara, le pagaban al alienista…

—Es falso —interrumpió el presidente.

—¿Falso?

—Hace casi dos semanas recibimos un oficio del ilustre médico en el que nos declara que, en el intento de hacer experimentos de alto valor psicológico, renuncia al estipendio votado por la Cámara, y que nada recibirá de las familias de los enfermos.

La noticia de este acto tan noble, tan puro, apaciguó un poco las almas de los rebeldes. Seguramente, el alienista podía estar en un error, pero ningún interés ajeno a la ciencia lo instigaba; y para demostrar lo contrario sería necesario algo más que tumultos y aclamaciones. Eso dijo el presidente, con aplausos de toda la Cámara. El barbero, después de algunos instantes de concentración, declaró que estaba investido de un mandato popular y no restituiría la paz de Itaguaí antes de ver por tierra la Casa Verde, “esa Bastilla de la razón humana”, expresión que escuchara de un poeta local y que él repitió con mucho énfasis. Habló y, a su señal, todos salieron con él.

Imagínese la situación de los concejales; urgía al ayuntamiento evitar la rebelión, la lucha, la sangre… Para colmo de males, uno de los concejales que apoyaba al presidente, habiendo escuchado la denominación dada por el barbero a la Casa Verde (“Bastilla de la razón humana”), la encontró tan elegante que cambió de parecer. Dijo que consideraba de buen tino decretar alguna medida que redujera la Casa Verde, y como el presidente, indignado, manifestó en términos enérgicos su pasmo, el concejal hizo esta reflexión:

—Nada tengo que ver con la ciencia, pero si tantos hombres a los que suponemos sanos son recluidos por demencia, ¿quién nos asegura que el alienado no sea el alienista?

Sebastián Freitas, el concejal disidente, tenía el don de la palabra y habló todavía por algún tiempo, con prudencia pero con firmeza. Sus colegas estaban atónitos; el presidente le pidió que al menos diera el ejemplo de orden y de respeto a la ley no aventando sus ideas a la calle para darle cuerpo y alma a la rebelión, que por ahora era solo un torbellino de átomos dispersos. Esta figura corrigió un poco el efecto de la otra: Sebastián Freitas prometió suspender cualquier acción, reservándose el derecho de solicitar por medios legales la reducción de la Casa Verde. Y se repetía a sí mismo, apasionado: ¡Bastilla de la razón humana!”.

Mientras tanto el alboroto crecía. Ya no eran treinta, sino trescientas las personas que acompañaban al barbero, cuyo apodo debe ser mencionado, porque él dio nombre a la revuelta; lo llamaban Mazamorra , y el movimiento se hizo célebre con el nombre de rebelión de los Mazamorras. La acción podría ser restringida, dado que muchos, por miedo o por hábitos de educación no salían a las calles; pero el sentimiento era unánime, o casi unánime, y los trescientos que marchaban hacia la Casa Verde —dada la diferencia entre París e Itaguaí— podrían ser comparados a los que tomaron la Bastilla.

Doña Evarista tuvo noticias de la rebelión antes de que llegaran; vino a decírselo uno de sus criados. Ella se probaba en esa ocasión un vestido de seda —uno de los treinta y siete que trajera de Río de Janeiro—, y no quiso creer.

—Ha de ser alguna broma —dijo ella cambiando la posición de un alfiler—. Benedicta, mira si el ruedo está bien…

—Está, siñora —respondió la mucama agachada en el suelo—, está bien… ¿La siñora podrá girá un poquito…? Así. Está muy güeno.

—No es broma, no, señora. Ellos están gritando: ¡Muera el doctor Bacamarte! ¡El tirano! —decía el negrito asustado.

—¡Cállate la boca, tonto! Benedicta, mira ahí del lado izquierdo, ¿no te parece que la costura está un poco torcida? La línea azul no sigue hasta abajo, está muy feo así, hay que descoserlo para que quede parejito, y…

—¡Muera el doctor Bacamarte! ¡Muera el tirano! —vociferaban afuera trescientas voces.

Era la rebelión que desembocaba en la Calle Nueva.

Doña Evarista quedó sin gota de sangre. Al primer instante no dio ni un paso, no hizo ni un gesto; el terror la petrificó. La mucama corrió instintivamente hacia la puerta del fondo. En cuanto al negrito, a quien doña Evarista no diera crédito, tuvo un instante de triunfo súbito, imperceptible, entrañable, un instante de satisfacción moral al ver que la realidad venía a jurar por él.

—¡Muera el alienista! —bramaban las voces más cerca.

Doña Evarista, si bien no resistía fácilmente las conmociones del placer, sabía lidiar con los momentos de peligro. No se desmayó. Corrió a la habitación interior donde su marido estudiaba. Cuando ella entró allí, precipitada, el ilustre médico escrutaba un texto de Averroes; sus ojos, empañados por la reflexión, ascendían del libro a la cuestión y descendían de la cuestión al libro, ciegos a la realidad exterior, videntes solo para profundos trabajos mentales. Doña Evarista llamó a su marido dos veces, sin que él le prestara atención; la tercera, escuchó y le preguntó qué tenía, si estaba enferma.

—¿Tú no escuchas esos gritos? —preguntó la digna esposa entre lágrimas.

El alienista prestó atención entonces; los gritos se aproximaban, terribles, amenazadores. Él comprendió todo. Se levantó de la poltrona en la que estaba sentado, cerró el libro y, con pasos firmes y tranquilos fue a depositarlo en su estante. Como la introducción del volumen había desdibujado levemente la línea de dos tomos contiguos, Simón Bacamarte cuidó de corregir ese defecto mínimo, aunque por demás interesante, y luego le dijo a su mujer que se encerrara, que no hiciera nada.

—¡No, no! —imploraba la digna señora—, quiero morir a tu lado…

Simón Bacamarte insistió en que no, que no era caso de muerte; y aun si lo fuera, la intimaba, en nombre de la vida, a se quedara encerrada. La infeliz dama inclinó la cabeza, obediente y llorosa.

—¡Abajo la Casa Verde! —bramaban los Mazamorras.

El alienista caminó hacia el balcón del frente y llegó allí en el momento en que la rebelión también llegaba y se detenía, de frente, con sus trescientas cabezas rutilantes de civismo y sombrías de desesperación. “¡Muera, muera!”, bramaban de todos lados apenas el bulto del alienista se asomó al balcón. Simón Bacamarte hizo una señal pidiendo la plabra; los revoltosos cubrían su voz con gritos de indignación. Entonces el barbero, agitando el sombrero, a fin de imponer silencio a la turba, consiguió aquietar a los amigos y le dijo al alienista que podía hablar, pero agregó que no abusara de la paciencia del pueblo como lo había hecho hasta entonces.

—Diré poco, o hasta no diré nada si fuera necesario. Deseo saber primero qué es lo que piden.

—No pedimos nada —replicó enardecido el barbero—; ordenamos que la Casa Verde sea demolida, o por lo menos despojada de los infelices que allí están.

—No entiendo.

—Entendéis bien, tirano; queremos libertad para las víctimas de vuestro odio, capricho, codicia…

El alienista sonrió, pero la sonrisa de este gran hombre no era cosa visible a los ojos de la multitud; era una contracción leve de dos o tres músculos, nada más. Sonrió y respondió:

—Señores míos, la ciencia es cosa seria y merece ser tratada con seriedad. No doy razón de mis actos de alienista a nadie, salvo a los maestros y a Dios. Si queréis enmendar la administración de la Casa Verde, estoy dispuesto a oíros; pero si exigís que me niegue a mí mismo, no ganaréis nada. Podría invitar a algunos de vosotros, en representación de todos, a venir conmigo para ver a los locos recluidos; pero no lo hago, porque sería daros razón de mi sistema, lo que no haré ante legos ni rebeldes.

Dijo esto el alienista y la multitud quedó atónita. Era evidente que no esperaban tanta energía y menos aun tal serenidad, pero el asombró creció de pronto cuando el alienista, cortejando a la multitud con mucha gravedad, les dio la espalda y se retiró hacia adentro. El barbero volvió en sí rápidamente y, agitando el sombrero, invitó a sus amigos a demoler la Casa Verde. Pocas y débiles voces le respondieron. Fue en ese momento decisivo que el barbero sintió despuntar en él la ambición de gobernar; le pareció entonces que, demoliendo la Casa Verde y derrocando la influencia del alienista, llegaría a apoderarse de la Cámara, dominar a las demás autoridades y constituirse en señor de Itaguaí. Desde hacía algunos años él se venía esforzando por ver su nombre en las listas de candidatos a concejal, pero era rechazado por no tener una posición compatible con tan digno cargo. La ocasión era ahora o nunca. Además, la revuelta ya había llegado tan lejos que la derrota significaría la prisión, o quizá la horca o el destierro. Infelizmente, la respuesta del alienista había disminuido el furor de sus secuaces. El barbero, apenas lo percibió, sintió un impulso de indignación y quiso gritarles: “¡Canallas! ¡Cobardes!”, pero se contuvo y arremetió de este modo:

—¡Amigos míos, luchemos hasta el final! La salvación de Itaguaí está en vuestras manos dignas y heroicas. Destruyamos la cárcel de vuestros hijos y padres, de vuestras madres y hermanas, de vuestros parientes y amigos, y de vosotros mismos. ¡O moriréis a pan y agua…, tal vez a latigazos, en las mazmorras de ese indigno!

La multitud se agitó, murmuró, bramó, amenazó, se congregó toda alrededor del barbero. Era la rebelión que volvía en sí del ligero síncope y amenazaba arrasar la Casa Verde.

—¡Vamos! —bramó Porfirio, agitando el sombrero.

—¡Vamos! —repitieron todos.

Los detuvo un incidente: era un cuerpo de Dragones  que, al trote, entraba en la Calle Nueva.

VII - Lo inesperado

Cuando llegaron Dragones frente a los Mazamorras, hubo un instante de estupefacción. Los Mazamorras no querían creer que las fuerzas públicas fueran enviadas contra ellos, pero el barbero comprendió todo y esperó. Los Dragones se detuvieron, el capitán intimó a que multitud se dispersara, pero aun cuando una parte de ella estaba inclinada a hacerlo, la otra parte apoyó fuertemente al barbero, cuya respuesta consistió en estos términos altisonantes:

—No nos dispersaremos. Si queréis nuestros cadáveres, podéis tomarlos, pero sólo los cadáveres; no os llevaréis nuestro honor, nuestra convicción, nuestros derechos…, y con ellos la salvación de Itaguaí.

Nada más imprudente que esa respuesta del barbero, y nada más natural. Era el vértigo de las grandes crisis. Tal vez fuera también un exceso de confianza en la deposición de las armas por parte de los Dragones; confianza que el capitán disipó en seguida, ordenando cargar sobre los Mazamorras. El momento fue indescriptible. La multitud rugió furiosa; algunos, trepando a las ventanas de la casa o corriendo hacia las calles laterales consiguieron escapar, pero la mayoría quedó bufando de cólera, indignada, animada por la exhortación del barbero. La derrota de los Mazamorras era inminente cuando un tercio de los Dragones —cualquiera que fuera el motivo, las crónicas no lo declaran— se pasó súbitamente al lado de la rebelión. Este inesperado refuerzo reanimó a los Mazamorras, al tiempo que lanzó el desánimo sobre las filas de la legalidad. Los soldados fieles no tuvieron coraje para atacar a sus propios camaradas, y uno a uno fueron uniéndose a ellos, de modo que, al cabo de algunos minutos, el aspecto de las cosas era totalmente distinto: el capitán estaba de un lado con algunos hombres contra una masa compacta que lo amenazaba de muerte. No tuvo más remedio que declararse vencido y le entregó la espada al barbero.

La revolución triunfante no perdió un solo minuto; guareció a los heridos en las casas vecinas y se dirigió hacia la Cámara. Pueblo y tropa fraternizaban, daban vivas al rey, al virrey, a Itaguaí, al “ilustre Porfirio”. Éste iba al frente, empuñando tan diestramente la espada como si fuera solo una navaja un poco más grande. La victoria le rodeaba la frente de una aureola misteriosa. La dignidad del gobierno empezaba a ensancharle el pecho.

Los concejales, en las ventanas, viendo la multitud y la tropa, creyeron que la tropa había capturado a la multitud y, sin más examen, entraron y votaron una petición al virrey para que ordenara dar un mes de sueldo extra a los Dragones, “cuya osadía salvó a Itaguaí del abismo al que lo había lanzado una cáfila de rebeldes”. Esta frase fue propuesta por Sebastián Freitas, el concejal disidente cuya defensa de los Mazamorras tanto escandalizara a sus colegas. Pero la ilusión acabó rápidamente. Los vivas al barbero, los mueras a los concejales y al alienista vinieron a darles noticias de la triste realidad. El presidente no se desanimó: “Cualquiera que sea nuestra suerte”, dijo, “recordemos que estamos al servicio de Su Majestad y del pueblo”. Sebastián Freitas insinuó que mejor se podía servir a la corona y a la villa saliendo por los fondos y yendo a conferenciar con el juez-de-fora, pero toda la Cámara rechazó esa propuesta.

Inmediatamente, el barbero, acompañado de algunos de sus tenientes, entraba en la sala de la concejalía e intimaba a la Cámara su dimisión. La Cámara no resistió, se entregó y fueron de allí a la prisión. Entonces los amigos del barbero le propusieron que asumiera el gobierno de la villa en nombre de Su Majestad. Porfirio aceptó el cargo, aunque no desconocía (agregó) las espinas que traía; dijo además que no podía prescindir de la participación de los amigos presentes, cosa que ellos rápidamente aceptaron. El barbero fue a la ventana y comunicó al pueblo esas resoluciones, que el pueblo ratificó, aclamando al barbero. Éste tomó la denominación de “Protector de la villa en nombre de Su Majestad, y del pueblo”. Se expidieron inmediatamente varios edictos importantes, comunicaciones oficiales del nuevo gobierno, una exposición minuciosa al virrey, con muchas expresiones de obediencia a las órdenes de Su Majestad, y finalmente, una proclama al pueblo, corta pero enérgica:

¡ITAGUAENSES!

Una Cámara corrupta y violenta conspiraba contra los intereses de Su Majestad y del pueblo. La opinión pública la había condenado; un puñado de ciudadanos, fuertemente apoyados por los bravos Dragones de Su Majestad, acaba de disolverla ignominiosamente, y por unánime consenso de la villa me fue confiado el mando supremo hasta que Su Majestad se sirva ordenar lo que le pareciere mejor a su real servicio. ¡Itaguaenses! No os pido sino que me rodeéis de confianza, que me ayudéis a restaurar la paz y la hacienda pública, tan desbaratada por la Cámara que ahora sucumbió por vuestra mano. Contad con mi sacrificio y estad seguros de que la corona estará con nosotros.

El Protector de la villa en nombre de Su Majestad y del pueblo.

Porfirio Caetano das Neves”

Todos advirtieron el absoluto silencio de esta proclama respecto a la Casa Verde y, según algunos, no podía haber más vivo indicio de los proyectos tenebrosos del barbero. El peligro era tanto mayor dado que, aun en medio de estos graves sucesos, el alienista había metido en la Casa Verde a unas siete u ocho personas, entre ellas a dos señoras y siendo uno de los hombres, pariente del Protector. No era un desafío, un acto intencional, pero todos lo interpretaron de esa manera, y la villa respiró con la esperanza de que, a más tardar en veinticuatro horas, el alienista estaría entre rejas y su terrible cárcel sería destruida.

El día acabó alegremente. Mientras el heraldo de la matraca iba recitando de esquina en esquina la proclama, el pueblo se volcaba a las calles y juraba morir en defensa del ilustre Porfirio. Hubo pocos gritos contra la Casa Verde, prueba de la confianza en el accionar del gobierno. El barbero hizo expedir un edicto declarando feriado aquel día y entabló negociaciones con el vicario para la celebración de un Te Deum; tan conveniente era a ojos de él la conjugación del poder temporal con el espiritual; pero el padre Lopes se rehusó abiertamente a participar.

—En todo caso, Vuestra Reverendísima no se alistará entre los enemigos del gobierno, ¿verdad? —le dijo el barbero, dando a su fisonomía un aspecto tenebroso.

A lo que el padre respondió sin responder:

—¿Cómo alistarme, si el nuevo gobierno no tiene enemigos?

El barbero sonrió; era la pura verdad. Excepto el capitán, los concejales y los principales de la villa, toda la gente lo aclamaba. Los mismos principales, si bien no lo aclamaban, tampoco se habían pronunciado en su contra. Ningún almotacén dejó ir a recibir sus órdenes. En general, las familias bendecían el nombre de aquel que por fin iba a liberar a Itaguaí de la Casa Verde y del terrible Simón Bacamarte.

VIII - Las angustias del boticario

Veinticuatro horas después de los sucesos narrados en el capítulo anterior, el barbero salió del palacio de gobierno —ese fue el nombre que le dieron a la Cámara— con dos auxiliares y se dirigió a la residencia de Simón Bacamarte. No ignoraba él que era más decoroso para el gobierno mandar a llamarlo; el recelo, sin embargo, de que el alienista no obedeciera, lo obligó a parecer tolerante y moderado.

No describo el terror del boticario al escuchar decir que el barbero iba a casa del alienista. “Va a detenerlo”, pensó, y se redoblaron sus angustias. En efecto, la tortura moral del boticario en aquellos días de revolución excede toda descripción posible. Nunca un hombre se encontró en más apremiantes circunstancias: su cercanía con el alienista lo llamaba a permanecer a su lado, pero la victoria del barbero lo atraía al barbero. Ya la simple noticia de la sublevación le había sacudido fuertemente el alma, porque él sabía la unanimidad del odio hacia el alienista, y la victoria final fue también el golpe final. Su esposa, mujer valiente, amiga personal de doña Evarista, le decía que su lugar estaba al lado de Simón Bacamarte, mientras que su corazón le gritaba que no, que la causa del alienista estaba perdida y que nadie, por voluntad propia, se ata a un cadáver. “Lo hizo Catón , es cierto, sed victa Catoni , pensaba él, recordando algunas de las frecuentes prédicas del padre Lopes; “pero Catón no se ató a una causa perdida; él era su propia causa perdida, la causa de la República; su acto, por lo tanto, fue el de un egoísta, el de un miserable egoísta; mi situación es otra”.

Sin embargo, ante la insistencia de su mujer, Crispín Soares no encontró otra salida a tal crisis que enfermarse, así que se declaró enfermo y se metió en cama.

—Allá va Porfirio a la casa del doctor Bacamarte —le dijo la mujer al día siguiente en la cabecera de la cama—, va acompañado de algunos.

—Lo van a detener —pensó el boticario.

Una idea trae otra; el boticario imaginó que, una vez preso el alienista, vendrían también a buscarlo a él en calidad de cómplice. Esta idea fue el mejor de los medicamentos. Crispín Soares se irguió, dijo que estaba bien, que iba a salir, y a pesar de los exhortos y protestas de su consorte, se vistió y salió. Los antiguos cronistas son unánimes en decir que la certeza de que su marido iba a colocarse noblemente al lado del alienista consoló a la esposa del boticario, y anotan con mucha perspicacia el inmenso poder moral de la ilusión, dado que el boticario se dirigió resueltamente hacia el palacio de gobierno y no a la casa del alienista. Al llegar allí, se mostró sorprendido de no ver al barbero, a quien iba a presentar sus votos de adhesión, no habiéndolo hecho en la víspera por encontrarse enfermo. Y tosía con alguna dificultad. Los altos funcionarios que escucharon esta declaración, sabedores de la intimidad entre el boticario y el alienista, comprendieron toda la importancia de esta nueva adhesión y trataron a Crispín Soares con mucho cariño. Le aseguraron que el barbero no tardaría. Su Señoría había ido a la Casa Verde, por asuntos importantes, pero no tardaría. Le dieron una silla, refrescos, elogios; le dijeron que la causa del ilustre Porfirio era la de todos los patriotas, a lo que el boticario iba repitiendo que sí, que nunca habría pensado otra cosa, que eso mismo mandaría a declarar ante Su Majestad.

IX - Dos lindos casos

No demoró el alienista en recibir al barbero. Declaró que no tenía medios para oponerse, y por lo tanto estaba presto a obedecer; sólo una cosa pedía: que no lo obligaran a asistir personalmente a la destrucción de la Casa Verde.

—Se engaña Vuestra Señoría —dijo el barbero tras una pausa—, se engaña al atribuir al gobierno intenciones vandálicas. Con razón o sin ella, la opinión pública cree que la mayor parte de los locos allí recluidos están en su sano juicio, pero el gobierno reconoce que la cuestión es puramente científica, y no pretende resolver con decretos cuestiones científicas. Además, la Casa Verde es una institución pública; así la aceptamos de manos de la Cámara ahora disuelta. Entretanto, existe la necesidad de un arbitraje intermedio que restituya el sosiego al espíritu público.

El alienista apenas podía disimular su asombro. Confesó que esperaba otra cosa: la demolición del hospicio, su prisión o el destierro, todo, menos…

—El pasmo de Vuestra Señoría —interrumpió gravemente el barbero—, deriva de no comprender la grave responsabilidad del gobierno. El pueblo, ganado por una ciega piedad, que le provoca en tal caso una legítima indignación, puede exigir del gobierno cierto orden de acción; pero éste, con la responsabilidad que le incumbe, no los debe practicar, al menos íntegramente, y tal es nuestra situación. La generosa revolución que ayer destituyó a una Cámara vilipendiada y corrupta, pidió a gritos la demolición de la Casa Verde, pero ¿puede entrar en el ánimo del gobierno eliminar la locura?… ¡No! Y si el gobierno no la puede eliminar, ¿está al menos capacitado para discernirla y reconocerla? ¡Tampoco! Es materia de la ciencia. Por tanto, en un asunto tan delicado, el gobierno no puede, no quiere dispensar el concurso de Vuestra Señoría. Lo que le pide es que de cierta forma demos alguna satisfacción al pueblo. Unámonos, y el pueblo sabrá obedecer. Una de las propuestas aceptables, si Vuestra Señoría no indica otra, sería hacer retirar de la Casa Verde a aquellos enfermos que estuvieran casi curados, a los maniáticos de poca monta, etc.. De ese modo, sin gran peligro, mostraremos alguna tolerancia y benignidad.

—¿Cuántos muertos y heridos hubo ayer en el conflicto? —preguntó Simón Bacamarte al cabo de tres minutos.

El barbero quedó espantado con la pregunta, pero respondió enseguida que once muertos y veinticinco heridos.

—¡Once muertos y veinticinco heridos! —repitió dos o tres veces el alienista.

Inmediatamente expresó que la solución le parecía buena, pero que él iba a elaborar alguna otra, y en pocos días le daría una respuesta. Y le hizo varias preguntas referentes a los sucesos de la víspera: ataque, defensa, adhesión de los Dragones, resistencia de la Cámara, etc., a lo que el barbero iba respondiendo con información detallada, insistiendo especialmente en el descrédito en que la Cámara había caído. El barbero confesó que el nuevo gobierno no contaba aún con la confianza de los principales de la villa, pero que el alienista podía hacer mucho en lo referente a este punto. El gobierno, concluyó el barbero, estaría complacido si pudiera contar no ya con la simpatía, sino con la benevolencia del más alto espíritu de Itaguaí, y seguramente del reino. Pero nada de eso alteraba la noble y austera fisonomía de aquel gran hombre que escuchaba callado, sin desvanecimiento ni modestia, sino impasible como un dios de piedra.

—Once muertos y veinticinco heridos —repitió el alienista después de acompañar al barbero a la puerta—. He aquí dos lindos casos de enfermedad mental. Los síntomas de dualidad y desvergüenza de este barbero son positivos. En cuanto a la necedad de quienes lo aclaman, no es necesario otra prueba que los once muertos y veinticinco heridos… ¡Dos lindos casos!

—¡Viva el ilustre Porfirio! —bramaban unas treinta personas que aguardaban al barbero en la puerta.

El alienista espió por la ventana y alcanzó a escuchar este fragmento de una pequeña locución del barbero a las treinta personas que lo aclamaban:

—…porque yo velo, podéis estar seguros de eso, yo velo por la ejecución de la voluntad popular. Confiad en mí, y todo se hará de la mejor manera. Sólo os recomiendo orden. Porque el orden, mis amigos, es la base del gobierno…

—¡Viva el ilustre Porfirio! —clamaron las treinta voces, agitando los sombreros.

—¡Dos lindos casos! —murmuró el alienista.

X - La restauración

En los siguientes cinco días, el alienista internó en la Casa Verde a cerca de cincuenta aclamadores del nuevo gobierno. El pueblo se indignó. El gobierno, aturdido, no sabía cómo reaccionar. Juan Pina, otro barbero, decía abiertamente en las calles que Porfirio estaba “vendido al oro de Simón Bacamarte”, afirmación que congregó a su alrededor a la gente más resuelta de la villa. Porfirio, viendo a su antiguo rival de navaja a la cabeza de la insurrección, comprendió que su pérdida sería irremediable si no daba un gran golpe, y expidió dos decretos: uno aboliendo la Casa Verde; otro desterrando al alienista. Juan Pina mostró claramente, con grandes frases, que las medidas de Porfirio eran simple demagogia, una carnada que el pueblo no debía morder. ¡Dos horas después caía Porfirio!, ignominiosamente, y Juan Pina asumía la difícil tarea de gobernar. Tan pronto como encontró en las gavetas las minutas de proclamación, la exposición al virrey y otras actas inaugurales del gobierno anterior, se apresuró a hacerlas copiar y expedir. Agregan los cronistas (y además se sobrentiende) que cambió los nombres, y donde el otro barbero había hablado de una Cámara corrupta, éste refirió a “un intruso plagado por las malas doctrinas francesas, y contrario a los sacrosantos intereses de Su Majestad”, etc..

Entre tanto, entró en la villa una fuerza enviada por el virrey y restableció el orden. El alienista exigió desde luego la entrega del barbero Porfirio como así también de unos cincuenta individuos a los que declaró mentecatos, ¡y no sólo le entregaron a esos!, sino además a otros diecinueve secuaces del barbero, que convalecían de las heridas recibidas en la primera rebelión.

Este punto de la crisis de Itaguaí marca también el grado máximo de influencia de Simón Bacamarte. Todo cuanto quiso le fue dado, y una de las más vivas pruebas del poder del ilustre médico la encontramos en la celeridad con que los concejales, restituidos a sus lugares, consintieron en que Sebastián Freitas también fuese internado en el hospicio. El alienista, sabiendo de la extraordinaria inconsistencia de las opiniones de ese concejal, entendió que era un caso patológico y lo pidió. Lo mismo ocurrió con el boticario. El alienista, desde que le hablaran de la momentánea adhesión de Crispín Soares a la rebelión de los Mazamorras, la cotejó con la aprobación que siempre recibiera de él, incluso en la víspera, y mandó a capturarlo. Crispín Soares no negó el hecho, pero lo explicó diciendo que había cedido a un arrebato de terror, al ver la rebelión triunfante, y dio como prueba la ausencia de cualquier otro acto suyo, agregando que había vuelto inmediatamente a la cama, enfermo. Simón Bacamarte no lo contrarió, pero le dijo a los presentes, sin embargo, que el temor también es padre de la locura, y que el caso de Crispín Soares le parecía de los más característicos.

Pero la prueba más evidente de la influencia de Simón Bacamarte fue la docilidad con que la Cámara le entregó a su propio presidente. Este digno magistrado había declarado, en plena sesión, que no se contentaba, para lavar la afrenta de los Mazamorras, con menos de treinta almudes  de sangre; frase que llegó a los oídos del alienista por boca del secretario de la Cámara, entusiasmado con tamaña energía. Simón Bacamarte empezó por internar al secretario en la Casa Verde, y fue de allí a la Cámara, ante la cual declaró que el presidente padecía de “demencia taurina”, un género que él pretendía estudiar, con gran beneficio para los pueblos. La Cámara al principio dudó, pero acabó cediendo.

De ahí en adelante fue una recolección desenfrenada. Un hombre no podía dar origen o curso a la mentira más simple del mundo, incluso a una de esas que ironizan al propio inventor o divulgador, sin que fuera enseguida internado en la Casa Verde. ¡Todo era locura! Los cultores de adivinanzas, los inventores de charadas, de anagramas, los malhablados, los curiosos de la vida ajena, los que ponían mucha atención en vestir bien, uno u otro almotacén presuntuoso… Nadie escapaba a los emisarios del alienista. Él respetaba a las muchachas enamoradas, pero no perdonaba a las seductoras, aduciendo que las primeras cedían a un impulso natural y las segundas a un vicio. Si un hombre era avaro o pródigo, iba del mismo modo para la Casa Verde; de ahí el alegato de que no había regla para la completa sanidad mental. Algunos cronistas creen que Simón Bacamarte no siempre procedía con transparencia, y citan, para fundamentar tal afirmación (que no sé si puede ser aceptada), el hecho de haber logrado que la Cámara aprobara una petición autorizando el uso de un anillo de plata en el dedo pulgar de la mano izquierda a toda persona que, sin otra prueba documental o tradicional, declarase tener en las venas dos o tres onzas de sangre goda. Dicen esos cronistas que el fin secreto de la insinuación a la Cámara fue enriquecer a un joyero amigo y compadre de él, pero aunque es cierto que el joyero vio prosperar su negocio tras la nueva ordenanza municipal, no es menos cierto que dicha ordenanza dio a la Casa Verde una multitud de inquilinos, dado lo cual no se puede definir, sin caer en la especulación, el verdadero propósito del ilustre médico. En cuanto a la razón concreta de la captura y reclusión en la Casa Verde de todos los que usaran el anillo, es uno de los puntos más oscuros de la historia de Itaguaí. La opinión de los más confiables es que todos ellos fueron encerrados por andar gesticulando como tontos en las calles, en las casas, en la iglesia… Nadie ignora que los locos gesticulan mucho. En todo caso, es una simple conjetura; en concreto, nada hay.

—¿Adónde irá a parar este hombre? —decían los principales de la tierra—. ¡Ah, si hubiéramos apoyado a los Mazamorras…!

Un día, en la mañana —día en que la Cámara debía ofrecer un gran baile— la villa entera fue conmovida por la noticia de que la propia esposa del alienista había sido internada en la Casa Verde. Nadie lo creyó. Debía ser un invento de algún bromista. Y no era: ¡era la pura verdad! Doña Evarista había sido recluida a las dos de la madrugada. El padre Lopes corrió a ver al alienista y lo interrogó discretamente acerca del asunto.

—Ya hace algún tiempo que yo desconfiaba —dijo gravemente el marido—. La modestia con que ella había vivido en ambos matrimonios no podía conciliarse con el furor de las sedas, terciopelos, tejidos y piedras preciosas que manifestó tras su regreso de Río de Janeiro. Desde entonces empecé a observarla. Sus conversaciones eran todas sobre esos objetos. Si yo le hablaba de antiguas cortes, ella preguntaba en seguida por la forma en que vestían las damas; si una señora la visitaba en mi ausencia, antes de decirme el motivo de la visita, me describía su atuendo, aprobando unas cosas y censurando otras. Un día, creo que Vuestra Reverendísima ha de recordarlo, se propuso hacer anualmente un vestido para la imagen de Nuestra Señora de la Matriz. Todos estos eran síntomas graves, pero esta noche, no obstante, irrumpió la demencia total. Tenía escogido, preparado y adornado el vestuario que llevaría al baile de la Cámara municipal; sólo dudaba entre un collar granate y uno de zafiros. Anteayer me preguntó cuál de los dos llevaría; le respondí que tanto uno como el otro le quedaban muy bien. Ayer, me repitió la pregunta durante el almuerzo; poco después de la cena la encontré callada y pensativa. “¿Qué tienes?”, le pregunté. “¡Quería llevar el collar de granates, pero el de zafiros me parece tan hermoso!”. “Pues lleva el de zafiros”. ¡Ah!, ¿pero en qué queda el de granates?”. En fin, pasó la tarde sin novedad. Cenamos y nos fuimos a acostar. Entrada la noche, serían como la una y media, me despierto y no la veo. Me levanté, fui al vestidor, y la encuentro frente a los dos collares, probándoselos ante el espejo, ahora uno, ahora el otro… Era evidente la demencia, la interné inmediatamente.

Al padre Lopes no le satisfizo con la respuesta, pero tampoco objetó nada. El alienista, sin embargo, lo percibió y le explicó que el caso de doña Evarista era de “manía suntuaria”, no incurable, y en todo caso digno de estudio.

—Cuento con que esté recuperada dentro de seis semanas —concluyó él.

La abnegación del ilustre médico le dio gran realce. Conjeturas, invenciones, desconfianzas, todo cayó por tierra desde que él no dudó en internar en la Casa Verde a su propia esposa, a quien amaba con todas las fuerzas de su alma. Nadie más tenía el derecho de resistirlo, menos aún el de atribuirle intenciones ajenas a la ciencia.

Era un gran hombre, austero. Un Hipócrates en los mantos de Catón.

XI - El asombro de Itaguaí

Y ahora prepárese el lector para el mismo asombro que se apoderó de Itaguaí al enterarse un día de que los locos de la Casa Verde serían puestos en la calle.

—¿Todos?

—Todos.

—Es imposible. Algunos sí, pero todos…

—Todos. Así lo dijo él en el oficio que envió esta mañana a la Cámara.

De hecho el alienista había oficiado ante la Cámara declarando: — 1º: que habiendo verificado en las estadísticas de la villa y de la Casa Verde que cuatro quintas partes de la población estaba aposentada en aquel establecimiento; 2º: que dicho desplazamiento de la población lo había llevado a examinar los fundamentos de su teoría sobre las molestias cerebrales, que excluía de la razón a todos los casos en los cuales el equilibrio de las facultades no fuera perfecto y absoluto; 3º: que de dicho examen y del hecho estadístico, resultara para él la convicción de que la verdadera doctrina no era aquélla, sino la opuesta, y por tanto, debía admitirse como normal y ejemplar el desequilibrio de las facultades, y como hipótesis patológica todos los casos en los que dicho equilibrio fuese constante; 4º: que a la vista de ello, declaraba a la Cámara que concedería libertad a los recluidos en la Casa Verde y procedería a acoger en ella a las personas que se encontraban en las condiciones ahora expuestas; 5º: que, tratando de descubrir la verdad científica no se ahorrarían esfuerzos de toda naturaleza, esperando de la Cámara igual dedicación; 6º: que devolvería a la Cámara y a los particulares la suma total del estipendio recibido por el alojamiento de los supuestos locos, descontada la parte efectivamente gastada en alimentación, vestimenta, etc.; lo que la Cámara mandaría a verificar en los libros y arcas de la Casa Verde.

El asombro de Itaguaí fue grande, y no fue menor la alegría de los parientes y amigos de los reclusos. Cenas, bailes, fuegos artificiales, música…, hubo de todo para celebrar tan fausto acontecimiento. No describo los festejos porque no atañen a nuestro propósito, pero fueron espléndidos, conmovedores y prolongados.

¡Así se desarrollan los asuntos humanos! En medio del regocijo que produjo por el oficio de Simón Bacamarte, nadie reparó en la frase final del artículo 4º, una frase llena de experiencias futuras.

XII - El final del Artículo cuarto

Se apagaron los fuegos artificiales, se reconstituyeron las familias y todo parecía restaurado sobre sus antiguos ejes. Reinaba el orden. La Cámara ejercía otra vez el gobierno sin ninguna presión externa; hasta el mismo presidente y el concejal Freitas volvieron a sus lugares. El barbero Porfirio, aleccionado por los acontecimientos, habiéndolo “probado todo”, como dijo el poeta de Napoleón, y alguna cosa más, porque Napoleón no probó la Casa Verde, el barbero encontró preferible la gloria oscura de la navaja y la tijera a las brillantes calamidades del poder. Fue, es cierto, procesado, pero la población de la villa imploró la clemencia de Su Majestad, y de ahí el perdón. Juan Pina fue absuelto, entendiéndose que él había derrocado a un rebelde. Los cronistas piensan que de este hecho fue que nació nuestro proverbio: “Ladrón que roba al ladrón, tiene cien años de perdón”; proverbio inmoral, es verdad, pero enormemente útil.

No sólo cesaron las quejas contra el alienista, sino que no quedó ni el menor resentimiento por sus prácticas; añadiéndose que los reclusos de la Casa Verde, desde que él los declarara plenamente en su juicio, se sintieron investidos de un profundo reconocimiento y fervientemente entusiasmados. Muchos entendieron que el alienista merecía una especial manifestación y le organizaron un baile, al que siguieron otros bailes y cenas. Dicen las crónicas que doña Evarista tuvo al principio la idea de separarse de su consorte, pero el dolor de perder la compañía de tal gran hombre venció cualquier resentimiento de amor propio, y la pareja pasó a ser aun más feliz que antes.

No menos íntima se hizo la amistad entre el alienista y el boticario. Éste concluyó respecto al oficio de Simón Bacamarte, que la prudencia es la primera de las virtudes en tiempos de revolución, y apreció mucho la magnanimidad del alienista, que al darle la libertad le extendió su mano de viejo amigo.

—Es un gran hombre —le dijo a su mujer, refiriéndole aquella circunstancia.

No es preciso hablar del albardero, de Costa, de Coelho, de Martín Brito y de los otros específicamente nombrados en este escrito. Basta decir que pudieron ejercer libremente sus hábitos anteriores. El propio Martín Brito, recluido por un discurso en el cual elogiara enfáticamente a doña Evarista, hizo ahora otro en honor del insigne médico, “cuyo altísimo genio, elevando las alas muy por encima del sol, dejó debajo de sí a todos los demás espíritus de la tierra”.

—Le agradezco sus palabras —replicó el médico—, y si de algo no me arrepiento es de haberle restituido la libertad.

Entretanto la Cámara, que respondiera el oficio de Simón Bacamarte con la salvedad de que oportunamente se pronunciaría respecto al final del artículo 4º, intentó finalmente legislar sobre él. Fue sancionada, sin debate, una ordenanza autorizando al alienista a acoger en la Casa Verde a las personas que se encontraran en gozo del perfecto equilibrio de sus facultades mentales. Y como la experiencia de la Cámara había sido dolorosa, quedó establecida una cláusula indicando que la autorización era provisional, limitada a un año, con el fin de experimentar la nueva teoría psicológica, pudiendo la Cámara, incluso antes de dicho plazo, mandar a cerrar la Casa Verde, si así fuera aconsejado por motivos de orden público. El concejal Freitas propuso también la moción de que en ningún caso fuesen los concejales encerrados en el asilo de los alienados: cláusula que fue aceptada, votada e incluida en la ordenanza, pese a los reclamos del concejal Galvão. El principal argumento de este magistrado era que el Ayuntamiento, legislando sobre un experimento científico, no podía excluir a sus miembros de las consecuencias de la ley; la excepción era odiosa y ridícula. Apenas había proferido estas dos palabras, rompieron los concejales en una gritería contra la audacia e insensatez de su colega; éste, sin embargo, los escuchó y se limitó a decir que votaba en contra de la excepción.

—La concejalía —concluyó él— no nos da ningún poder especial ni nos excluye del espíritu humano.

Simón Bacamarte aceptó el decreto con todas las restricciones. En cuanto a la exclusión de los concejales, declaró que se sentiría profundamente dolido si se viese obligarlo a recluirlos en la Casa Verde; la cláusula, sin embargo, era la mejor prueba de que ellos no padecían del perfecto equilibrio de sus facultades mentales. No ocurría lo mismo con el concejal Galvão, cuyo acierto en la objeción formulada y moderación en la respuesta que diera a las invectivas de sus colegas mostraba, de parte de él, un cerebro bien organizado; por lo que rogaba a la Cámara que se lo entregase. La Cámara, sintiéndose aún agraviada por el proceder del concejal Galvão, puso a consideración el pedido del alienista y votó unánimemente la entrega.

Se comprende que, de acuerdo a la nueva teoría, no bastaba un hecho o un dicho para internar a alguien en la Casa Verde; era necesario un largo examen, un vasto análisis del pasado y del presente. El padre Lopes, por ejemplo, sólo fue capturado treinta días después del decreto, la mujer del boticario cuarenta días. La reclusión de esta señora colmó al consorte de indignación. Crispín Soares salió de su casa espumando de cólera y diciéndole a las personas que encontraba que le iba a arrancar las orejas al tirano. Un sujeto, adversario del alienista, oyendo en la calle esa noticia, olvidó los motivos de disidencia y corrió a casa de Simón Bacamarte para informarle del peligro que corría. Simón Bacamarte se mostró complacido con el proceder de su adversario, y pocos minutos le bastaron para reconocer la rectitud de sus sentimientos, la buena fe, el respeto humano, la generosidad…; le estrechó mucho las manos y lo internó en la Casa Verde.

—Un caso de éstos es raro —dijo él a la mujer pasmada—. Ahora esperemos a nuestro Crispín.

Crispín Soares entró. El dolor había vencido a la rabia; el boticario no le arrancó las orejas al alienista. Éste consoló a su confidente asegurándole que no era un caso perdido; tal vez la mujer tuviera alguna lesión cerebral; iba a examinarla con mucha atención; pero antes de hacerlo, no podía dejarla en la calle. Y pareciéndole ventajoso reunirlos, porque la astucia y picardía del marido podrían, de cierto modo, curar la belleza moral que él había descubierto en la esposa, dijo Simón Bacamarte:

—Usted trabajará durante el día en la botica, pero almorzará y cenará con su mujer, y aquí pasará las noches, los domingos y días santos.

La propuesta colocó al pobre boticario en la situación del asno de Buridan . Quería vivir con la mujer, pero temía volver a la Casa Verde; y en esa lucha estuvo algún tiempo, hasta que doña Evarista lo sacó de la dificultad prometiéndole que se encargaría de ver a su amiga, quien trasmitiría los recados de uno al otro. Crispín Soares le besó las manos agradecido. Este último rasgo de egoísmo pusilánime le pareció sublime al alienista.

Al cabo de cinco meses estaban recluidas unas dieciocho personas; pero Simón Bacamarte no desistía; iba de calle en calle, de casa en casa, acechando, interrogando, estudiando; y cuando atrapaba un enfermo lo llevaba con la misma alegría con que otrora los arreaba por docenas. Esa misma desproporción confirmaba la nueva teoría; había encontrado por fin la verdadera patología cerebral. Un día consiguió encerrar en la Casa Verde al juez-de-fora, pero procedía con tanto escrúpulo que no lo hizo sino hasta después de estudiar minuciosamente todos sus actos e interrogar a los principales de la villa. Más de una vez estuvo a punto de recluir a personas perfectamente desequilibradas; fue lo que ocurrió con un abogado, en quien reconoció un conjunto tal de cualidades morales y mentales que era peligroso dejarlo en la calle. Ordenó detenerlo, pero el agente, desconfiado, le pidió autorización para hacer un experimento; fue a ver a un compadre que había sido demandado por un testamento falso, y le dio el consejo de que tomara por abogado a Salustiano; que era el nombre de la persona en cuestión.

—Entonces, ¿te parece?…

—Sin duda: ve, confiésale todo, toda la verdad, sea cual fuere, y confíale la causa.

El hombre fue a ver al abogado, confesó haber falsificado el testamento y terminó pidiéndole que tomara la causa. El abogado no se negó; estudió los papeles, reflexionó largamente y probó a todas luces que el testamento era más que verdadero. La inocencia del reo fue solemnemente proclamada por el juez y la herencia pasó a sus manos. El distinguido jurisconsulto debió a esta experiencia la libertad.

Pero nada escapa a un espíritu original y penetrante. Simón Bacamarte, que desde hacía tiempo notaba el celo, la sagacidad, la paciencia, la moderación de aquel agente, reconoció la habilidad y el tino con que él había llevado a cabo un experimento tan delicado y complejo, y determinó internarlo inmediatamente en la Casa Verde, dándole, sin embargo, uno de los mejores cubículos.

Los alienados fueron alojados por clases. Se creó una galería de modestos, es decir, los locos en los que predominaba esta perfección moral; otra de tolerantes, otra de veraces, otra de sencillos, otra de leales, otra de magnánimos, otra de sagaces, otra de sinceros, etc.. Naturalmente, las familias y los amigos de los reclusos protestaban contra la teoría, y algunos intentaron presionar a la Cámara para revocar la licencia. La Cámara, sin embargo, no había olvidado las palabras del concejal Galvão, y si se revocaba la licencia, lo verían en la calle y restituido en su cargo, por lo cual se rehusaron. Simón Bacamarte envió un oficio a los concejales, no agradeciendo, sino felicitándolos por ese acto de venganza personal.

Desengañados de las vías legales, algunos principales de la villa recurrieron secretamente al barbero Porfirio y le garantizaron todo el apoyo en términos de gente, de dinero e influencias en la corte si él se pusiera a la cabeza de otro movimiento en contra de la Cámara y del alienista. El barbero les respondió que no; que la ambición lo había llevado por primera vez a transgredir las leyes, pero que él se había enmendado, reconociendo su propio error y la poca consistencia de opinión de sus secuaces; que la Cámara había autorizado el nuevo experimento del alienista por un año y cabía pues esperar el agotamiento del plazo, o recurrir al virrey, en caso de que la Cámara rechazara la petición. Jamás aconsejaría el empleo de un recurso que él había visto fallar en sus propias manos, a costa de muertos y heridos que serían su eterno remordimiento.

—¿Qué es lo que me está diciendo? —preguntó el alienista cuando un agente secreto le contó la conversación del barbero con los principales de la villa.

Dos días después, el barbero era recluido en la Casa Verde.

—¡Preso por tener perro, preso por no tener perro! —gimió el infeliz.

Llegó el fin del plazo. La Cámara autorizó una prolongación suplementaria de seis meses para el ensayo de medios terapéuticos. El desenlace de este episodio de la crónica de Itaguaí es de tal orden y tan inesperado, que merecería por lo menos diez capítulos de exposición, pero me contento con uno, que será el remate de la narrativa y uno de los más bellos ejemplos de convicción científica y abnegación humana.

XIII - ¡Plus ultra!

Era el turno de la terapéutica. Simón Bacamarte, activo y sagaz para descubrir enfermos, se superó a sí mismo en la diligencia y compenetración con que comenzó a tratarlos. En este punto todos los cronistas están plenamente de acuerdo: el ilustre alienista hizo curas sorprendentes, que excitaron la más viva admiración en Itaguaí.

En efecto, era difícil imaginar un sistema terapéutico más racional. Estando los locos divididos por clases, según la perfección moral que en cada uno de ellos excedía a las otras, Simón Bacamarte se concentró en atacar de frente la cualidad predominante. Supongamos un modesto. Él le aplicaba la medicación que pudiera inculcarle el sentimiento opuesto, y no aplicaba de inmediato las dosis máximas: las graduaba de acuerdo al estado, la edad, el temperamento, la posición social del enfermo. A veces bastaba una chaqueta, una cinta, una peluca o un bastón, para restituirle la razón al alienado; en otros casos, la afección era más rebelde; recurría entonces a los anillos de brillantes, a las distinciones honoríficas, etc.. Hubo un enfermo poeta que resistió a todo. Simón Bacamarte empezaba a perder la esperanza de curarlo, cuando tuvo la idea de mandar a dar matraca con el fin de proclamarlo como un auténtico rival de Garção  y de Píndaro .

—Fue un santo remedio —contaba la madre del infeliz a una comadre—; fue un santo remedio.

Otro enfermo, también modesto, opuso la misma resistencia a la medicación; pero no siendo escritor (apenas si sabía escribir su nombre), no se le podía aplicar el remedio de la matraca. A Simón Bacamarte se le ocurrió entonces solicitar para él el cargo de secretario de la Academia de los Encubiertos, establecida en Itaguaí. Los cargos de presidente y secretarios eran de nominación real, por especial gracia del finado Rey Don Juan V, e implicaba el tratamiento de Excelencia y el uso de una placa de oro en el sombrero. El gobierno de Lisboa negó el diploma, pero arguyendo el alienista que no lo pedía como premio honorífico o distinción legítima, sino solamente como un medio terapéutico para un caso difícil, el gobierno cedió excepcionalmente a la súplica, y aun así no lo hizo sin extraordinario esfuerzo del ministro de marina y ultramar, que venía a ser primo del alienado. Fue otro santo remedio.

—¡Realmente, es admirable! —se decía en las calles, al ver la expresión saludable y ensoberbecida de los dos ex-dementes.

Tal era el sistema. Imagínese el resto. Cada belleza moral o mental era atacada en el punto en que la perfección parecía más sólida, y el efecto era el adecuado. Aunque no lo era siempre. Hubo casos en que la cualidad predominante resistía todo; entonces el alienista atacaba otra parte, aplicando a la terapéutica los métodos de la estrategia militar, que toma una fortaleza por un punto, si por otro no lo puede conseguir.

Al cabo de cinco meses y medio la Casa Verde estaba vacía; ¡todos curados! El concejal Galvão, tan cruelmente enfermo de moderación y equidad, tuvo la felicidad de perder un tío; digo felicidad porque el tío dejó un testamento ambiguo y él obtuvo una interpretación favorable corrompiendo a los jueces y denostando a los otros herederos. La sinceridad del alienista se manifestó en esa ocasión; confesó inocentemente que no tuvo parte en la cura; fue la simple vis medicatrix  de la naturaleza. No sucedió lo mismo con el padre Lopes. Sabiendo el alienista que él ignoraba totalmente el hebreo y el griego, le encargó que realizara un análisis crítico de la versión de los Setenta ; el cura aceptó la encomienda, y en buena hora lo hizo; al cabo de dos meses poseía un libro y la libertad. En cuanto a la señora del boticario, no permaneció mucho tiempo en la celda que la acogía, y donde por lo demás no le faltaron atenciones y cuidados.

—¿Por qué Crispín no viene a visitarme? —decía ella todos los días.

Le respondían ahora una cosa, ahora otra; finalmente le dijeron la verdad íntegra. La digna matrona no pudo contener la indignación y la vergüenza. En las explosiones de cólera se le escaparon expresiones como éstas:

—¡Granuja!… ¡Bellaco!… ¡Ingrato!… Un canalla que ha hecho casas a costa de ungüentos falsificados y putrefactos... ¡Ah!, ¡granuja!

Simón Bacamarte advirtió que, aun cuando no fuese verdadera la acusación contenida en estas palabras, ellas bastaban para demostrar que la excelente señora estaba finalmente restituida al perfecto desequilibrio de sus facultades, y rápidamente la dio de alta.

Ahora, si imagináis que el alienista estaba radiante al ver salir al último huésped de la Casa Verde, mostráis con ello que aún no conocéis a nuestro hombre. ¡Plus ultra! era su lema. No le bastaba haber descubierto la teoría verdadera de la locura; no lo contentaba haber establecido en Itaguaí el reinado de la razón. ¡Plus ultra! No estaba alegre, estaba preocupado, meditabundo; algo le decía que la nueva teoría tenía, en sí misma, otra y novísima teoría.

—Veamos —pensaba él—, veamos si llego finalmente a la verdad última.

Decía esto paseándose a lo largo de la amplia sala, donde fulgía la más rica biblioteca de los dominios ultramarinos de Su Majestad. Una amplia bata de damasco, sujeta a la cintura por un cordón de seda con borlas de oro (obsequio de una universidad) envolvía el cuerpo majestuoso y austero del ilustre alienista. La peluca le cubría una extensa y noble calva adquirida en las cavilaciones cotidianas de las ciencias. Los pies, no delgados ni femeninos, no anchos ni cuadrados, sino proporcionados a su figura, eran resguardados por un par de zapatos cuyas hebillas no eran sino de simple y modesto latón. Ved la diferencia: sólo denotaba lujo en aquello que era de orden científico; lo que propiamente venía de él traía el color de la moderación y la simpleza, virtudes tan adecuadas a la personalidad de un sabio.

Era así que iba él, el gran alienista, de un extremo a otro de la vasta biblioteca, introspectivo, ajeno a todo lo que no fuera el tenebroso problema de la patología cerebral. De pronto, se detuvo. De pie, frente una ventana, con el codo izquierdo apoyado en la mano derecha, abierta, y el mentón en la mano izquierda, cerrada, se preguntó a sí mismo:

—¿Pero realmente estarían ellos locos, y fueron curados por mí? ¿O lo que pareció una cura no fue más que el descubrimiento del perfecto desequilibrio del cerebro?

Y cavando en aquellas profundidades, esta es la conclusión a la que llegó: los cerebros bien organizados que él acababa de curar, eran tan desequilibrados como los otros. Sí, se decía a sí mismo, yo no puedo tener la pretensión de haberles inculcado un sentimiento o una facultad nueva; una y otra cosa existían en estado latente, pero existían.

Llegando a esta conclusión, el ilustre alienista tuvo dos sensaciones contrapuestas: una de gozo; otra de abatimiento. La de gozo fue por ver que, al cabo de largas y pacientes investigaciones, constantes trabajos, lucha ingente con el pueblo, podía afirmar esta verdad: “no había locos en Itaguaí”. Itaguaí no tenía un solo mentecato. Pero tan pronto como esta idea le refrescara el alma, apareció otra que neutralizó el primer efecto; fue la idea de la duda. ¿¡Pero cómo!? ¿Itaguaí no tenía ni un solo cerebro que hubiera sido sanado? Esta conclusión tan absoluta, ¿no sería por eso mismo equivocada, y no venía, por lo tanto, a destruir el amplio y majestuoso edificio de la nueva doctrina psicológica?

La aflicción del ilustre Simón Bacamarte es definida por los cronistas de Itaguaí como una de las más tremendas tempestades morales que hayan asolado al hombre. Pero las tempestades sólo aterrorizan a los débiles; los fuertes se afirman ante ellas y miran fijo al trueno. Veinte minutos después se iluminó la fisonomía del alienista con una suave claridad.

—Sí, tiene que ser eso —pensó.

Eso es esto . Simón Bacamarte encontró en sí mismo las características del perfecto desequilibrio mental y moral; le pareció que poseía la sagacidad, la paciencia, la perseverancia, la tolerancia, la veracidad, el vigor moral, la lealtad…, en fin: todas las cualidades que pueden constituir a un absoluto mentecato. Dudó en seguida, es cierto, y llegó incluso a concluir que era una ilusión; pero, siendo hombre prudente, resolvió convocar un consejo de amigos a quienes interrogó con franqueza. La opinión fue afirmativa.

—¿Ningún defecto?

—Ninguno —dijo a coro la asamblea.

—¿Ningún vicio?

—Nada.

—¿Todo perfecto?

—Todo.

—¡No, imposible! —rxclamó el alienista—. Digo que no siento en mí esa superioridad que acabo de ver definida con tanta magnificencia. La simpatía es lo que os hace hablar. Me estudio, y nada encuentro que justifique los excesos de vuestra bondad.

La asamblea insistió; el alienista resistió; finalmente, el padre Lopes explicó todo con este concepto digno de un gran observador:

—¿Sabe la razón por la que no ve sus elevadas cualidades, que a todos nos admiran? Es porque tiene usted todavía otra cualidad que realza las otras: la modestia.

Era decisivo. Simón Bacamarte inclinó la cabeza, al mismo tiempo alegre y triste, y aun más alegre que triste. Acto seguido, se internó en la Casa Verde. En vano la mujer y los amigos le dijeron que no lo hiciera, que estaba perfectamente sano y equilibrado: ni ruegos ni sugerencias ni lágrimas lo detuvieron un solo instante.

—La cuestión es científica —decía él—; se trataba de una nueva doctrina, cuyo ejemplo más relevante soy yo. Reúno en mí mismo la teoría y la práctica.

—¡Simón! ¡Simón! ¡Mi amor! —le decía la esposa con el rostro empapado de lágrimas.

Pero el ilustre médico, con ojos inflamados de convicción científica, cerró sus oídos a la angustia de su mujer y la rechazó blandamente. Cerrada la puerta de la Casa Verde, se entregó al estudio y a la cura de sí mismo. Dicen los cronistas que murió a los diecisiete meses en el mismo estado en el que entró, sin haber podido lograr nada. Algunos llegan al extremo de conjeturar que nunca hubo otro loco además de él en Itaguaí, pero esta opinión fundada en un rumor que corrió desde que el alienista expiró, no tiene otra prueba más que el rumor, dudoso rumor, pues se lo atribuyen al padre Lopes, que con tanto ardor realzara las cualidades de aquel gran hombre. Sea como fuere, se efectuó el entierro con mucha pompa e inusual solemnidad.

 

 

Machado de AssisJoaquim Maria Machado de Assis

Rio de Janeiro, Brasil, 1839 - 1908

Escritor, poeta, periodista, dramaturgo y crítico literario, cuya obra excelsa, lamentablemente poco difundida en español, lo enarbola como el máximo exponente de la literatura brasileña y uno de los más notables, al menos, de Iberoamérica.
El alienista”, acaso el más notable de sus muchos cuentos notables, se publicó por primera vez en el periódico La estación (A Estação, Rio de Janeiro) entre el 15 de octubre de 1881 y el 15 de marzo de 1882, siendo incluido ese mismo año en su tercer libro de cuentos, "Papéis Avulsos".
El magnífico despliegue de ironía de Machado de Assis en este relato hace converger sus muy diversas críticas en la condición humana, y la maestría con que lo construye logra que el universo absurdo de Itaguaí no solo resulte creíble, sino que se confunda con la realidad. A través de la atmósfera del relato logra que una frase tan inequívoca y halagadora como «la ciencia es cosa seria y merece ser tratada con seriedad» suene ridícula y, sin ninguna otra acotación, esté cargada de sarcasmo.
Lamentablemente, el principal debate sobre esta obra radica en si es un cuento o una novela, y la opinión generalizada de sus “analistas” es que se trata de una crítica al cientificismo (incluso hay quienes la limitan a la psiquiatría), de modo que, al no encontrar opiniones de críticos serios, nos vemos obligados a darles la nuestra, que resumimos así: ¡este cuento va mucho más allá de esas obviedades!
A lo largo del texto nos parece poder leer nítidamente entre líneas: «buscamos darle sentido a la vida porque ella, por sí misma, no lo tiene»… Prefigura el absurdismo con un estilo netamente surrealista casi medio siglo antes del surrealimo y de que naciera Camus… La perfecta integración de sus críticas al sistema político, a las figuras de poder, la filosofía, la ciencia, a la sumisión de la mujer, a las debilidades e incluso a las fortalezas de carácter, convierten a este cuento en una obra maestra que, sin renunciar al humor, le dan una gran dimensión filosófica y lo posicionan (a nuestro entender) en un lugar de privilegio en los anales de la literatura universal.

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