Deambular por el desierto

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Deambular por el desierto

El tiempo perdidoIlustración: Miguel Vararte 2020© 

Me desperté en la noche un poco agitado, parece que tuve un sueño que me intranquilizó pero no recuerdo nada.

Me asomé por la ventana y vi la luna redonda con su traje de brillantes. Me quedé observando un rato cómo las estrellas tanto grandes como pequeñas se mostraban temblorosas frente a mis ojos. Recordé de pronto que había dejado al personaje de mi cuento en una escena del capítulo siete, titilando de miedo.

No sabía si mostrarlo con vacilaciones o más decidido.

—Soy una persona respetable —dijo José a su jefe— y usted me está tratando como un ladrón. Quiero que me diga por qué piensa que se fugó dinero de la empresa por mi causa.

Acompañaba sus palabras moviendo las manos con ahínco, para reforzar una voz quebradiza y débil.

—Los números José, no cierran. Y usted manejó todo lo referente a esa cuenta.

—Pero usted dio a entender que yo me lo robé y eso no se lo permito —dijo tomando una bocanada de aire para empujar esas palabras que no se animaban a salir—. Además no soy el único involucrado en el manejo de ese cliente.

—Usted es el máximo responsable. Quiero que esto se solucione. Usted me entiende ¿no? Lo señalaba con su lapicera y José creyó ver un arma en esas manos.

¿Qué hago, ubico a José en el lugar del culpable o lo absuelvo del pecado y todo se aclara?

Mientras fumaba un cigarrillo, veía cómo el humo se desvanecía y concluí que tenía que volver la trama más consistente e interesante y ubicar a José en el lugar de culpable, un ladrón maquillado con buenos modales y costumbres.

Así fue que antes de ir a dormir, terminé el capítulo y lo condené.

Me cubrí con las sábanas y me metí en el útero de mi cama. Abrí el cerrojo de la puerta de la oniria e ingresé a un sueño que parecía muy real. Estaba en un desierto y los besos del sol ya empezaban a lastimar mi piel. Tenía sed, la garganta seca y mi optimismo muy golpeado. Hasta que divisé a lo lejos un poblado, aunque temía que fuera un reflejo de mi deseo. Pero no, a medida que me acercaba, las casitas de adobe subían de talle.
Deshidratado y arrastrando mis pies por la arena que pulseaba conmigo y me ofrecía resistencia, llegué al umbral de una casa y me desmayé.

Me desperté en una habitación blanca, con unas cortinas floreadas que hacían juego con la manta. Recordé de golpe, estaba escapando de un lío enorme porque estafé a gente con la que no tenía que meterme.

Entró al cuarto un hombre que alguna vez he visto o imaginado y me entregó una taza de té.

—¿Cómo se siente ahora que descansó?

—Mejor, caminé mucho por el desierto y creo que me desmayé.

—Así fue, cuando iba a salir de mi casa lo encontré tendido en la puerta.

—Tengo que irme pronto ¿Me puede ayudar con un poco de dinero para tomar un avión y regresar a mi casa? Le doy mi palabra de honor que se lo devuelvo.

José buscó en un cajón oculto y sacó los pocos ahorros que le quedaban, porque siempre había ayudado a sus familiares y amigos.

—Tome, es todo lo que tengo.

Al día siguiente me desperté de este sueño y tenía en mi retina la vastedad y la desnudez del desierto, pero fingí estar cuerdo.

Me preparé un café bien cargado y tomé los borradores del capítulo siete de mi libro.

Repasé los últimos párrafos porque no recordaba hasta dónde había llegado con la historia. ¡Cierto! Tenía que definir si José iba a ser culpable o inocente de una estafa.

Mi pluma se deslizó con fluidez porque estaba convencido de dar vida a un personaje noble y de principios.

El relato pegó un giro y el responsable del robo resultó ser un personaje secundario que intentó huir por el desierto.

Y pensé que el desierto era una buena metáfora, ya la usaron muchos filósofos “¡Bienvenido al desierto de lo real!” dijo Baudrillard. Y qué mejor que ubicarla en mi cuento, mi pequeño mundo de ficción.

Todos hemos caminado por el desierto de mi metáfora, creyendo que forjamos cosas reales y muchas veces son sólo espejismos y simulacros que se desvanecen como un sueño.

Quedé satisfecho al terminar mi libro pero de golpe me embargó una sensación extraña al comprobar que había arena en mis zapatos.

Patricia Licciardi

Etiquetas: Patricia, Fantástico, Filosófico

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6 comentarios en “Deambular por el desierto”

  1. Lunes, 05 Julio 2021 21:52

    Patricia, un cuento muy interesante que se sumerge en los recovecos de la mente y los sueños de un escritor. Dijo Chéjov: "sin imaginación no hay cuentista" y tú tienes imaginación de sobra. Felicitaciones.

    Un abrazo.

    1. Martes, 06 Julio 2021 01:43

      Gracias Fernando por leer y por tus comentarios tan estimulantes. Me alegro que te haya gustado. Un abrazo

  2. Sábado, 19 Diciembre 2020 02:27

    Gracias Diego por leer y por tus buenos comentarios. Saludos.

  3. Sábado, 19 Diciembre 2020 02:04

    ¡Es buenísimo! Has creado una historia dentro de otra pero sin saber cual es cual. La verdad, la realidad, una cosita fácil de manipular, para aquellos que tienen la paciencia y la habilidad. 

  4. Jueves, 17 Diciembre 2020 13:52

    Gracias Jesús por tus comentarios. Saludos

     

  5. Jueves, 17 Diciembre 2020 11:01

    Un final inquietante

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