Cristo viejo

Fantástico

Ebarrio era el último de la ciudad, casi expulsado de la imponente urbe, tal vez por lo pobre y precario. La marginación y escasez se les veía en el rostro a sus habitantes.

Anciano en pena (en las puertas de la eternidad) - Vincent van Gogh  (1890)Después de Santa Teresita solo quedaba el llano pelado y la nopalera que, al igual que el barrio y sus habitantes, eran expertos en sobrevivir a la miseria.

Recuerdo la primera vez que vi al viejo, flaco y desaliñado, iba enfundado en pantalón y chaqueta de mezclilla, como todo un rockero de barrio, tal vez porque era lo único que le daba figura, nunca le vi otra indumentaria; lo que más le notaba era su guitarra a la espalda, cuando pasaba por la calle principal del barrio, toda polvorienta en los meses que el sol acostumbra beber las lluvias y lodosa cuando estas llegan hasta el suelo, me hacía pensar en el deambular de un fantasma distraído, de esos que se les olvida ocultarse a los ojos de la gente.

Siempre regresaba a su remedo de casa al caer la noche, las personas ocupadas en sus propias penas le ignoraban, pero los perros pulguientos y malhumorados por el hambre y el frío no, ellos le ladraban y le reñían sin parar, como si pelearan el mismo infortunio del hombre, hasta que las sombras de la nopalera oscura se tragaban su desfasada estampa.

Si Santa Teresita estaba marginada del resto de la ciudad, la casa del hombre con la guitarra a la espalda estaba marginada hasta del barrio pobre, solo la nopalera, los coyotes escuálidos, muertos de hambre y el viento silbador le acogían.

Todos le llamaban “Cristo viejo’’ primero, por la melena larga y canosa, el rostro delgado y marcado por la tristeza, después, porque así se llamaba la única canción que tocaba en los camiones para ganarse la vida.

El guitarrista - Paul Gauguin (1894)La noche que de frente nos encontramos sobre la lodosa avenida, era el veinticuatro de diciembre, Nochebuena, hasta en aquel barrio pobre la gente se había retirado a sus casas y con sus familias, por eso Cristo viejo y yo parecíamos ser los únicos transeúntes en aquella solitaria y lluviosa noche. Tal vez en el barrio, Cristo viejo y yo seríamos los únicos que viviríamos la navidad a través de la alegría de los demás.

Sus ojos grandes parecían brillar como dos luceros del cielo de Belén y su sonrisa tenía la tibieza y hospitalidad del pesebre legendario.

¡Quihubo chaval!

A mis escasos ocho años y acosado por el miedo y la lluvia no pude contestar.

¿Ya le pediste tu regalo al güey santa clòs?

No sé si fue el desconcierto que vio en mis ojos, o tal vez que estaba acostumbrado a ser ignorado, pero siguió hablando sin parar con su ronca pero amable voz.

A ver mi chavito, ¿qué tal le caería la lira del Cristo viejo como regalo de navidad? Jo jo jo ¡Feliz navidad mi cabroncito! 

Cristo viejo me colgó a la espalda su guitarra y después se perdió en la oscuridad de aquella noche de navidad; como lo hacía todas las noches.

Jamás lo volví a ver.

Su jacal en la nopalera fue absorbido por el viento y el polvo del tiempo, a mí me quedó la costumbre de cantar y tocar con una guitarra viejísima ya, una canción que se llama Cristo viejo, precisamente en navidad, el día que Cristo nace.

Nadie lo entiende, pero yo sonrío y viajo en el tiempo hasta aquella noche lluviosa y fría en un barrio miserable, la noche en la que recibí mi primer regalo de navidad de manos de un hombre que después supe que se llamaba Jesús Felipe de Dios.

Pablo Velásquez

 

Etiquetas: Fantástico

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2 comentarios en “Cristo viejo”

  1. Viernes, 15 Enero 2021 15:47

    Genial Pablo. Es un cuento de Navidad muy especial pero con la esencia que todos llevan de moraleja.

    Saludos!!

    1. Sábado, 16 Enero 2021 14:45

      Muchas gracias por comentar Números. Abrazos.

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