Criador de peces

DramaFantásticoPsicológico

Todo empezó cuando me quedé sin trabajo y un amigo me dijo:

―¿Por qué no te dedicás a criar peces?

―¿Peces? Pero no tengo ni la menor idea de cómo es eso.

El pez cantante ( o "Pez cantando")
Joan Miró (circa 1972)

―Es muy fácil, vos prepará un lugar en tu casa, yo te oriento y te consigo dos parejas para que empieces, la indemnización que te pagaron te va a alcanzar y a sobrar.

Él se fue y me quedé observando el patio de este caserón enorme en el que me crie, empapelado de celebraciones, entierros, penas y alegrías. Demoré unos días en decidirme, tenía que vaciar un enorme cantero donde estaban los geranios que había cultivado mi madre y que nunca en tantos años pude dejar de cuidar, como si de ese modo algo de ella aun permaneciera conmigo.

Presionado por un futuro incierto, por fin lo hice; mi amigo me ayudó con el primer estanque y con los conocimientos sobre el filtrado del agua, el oxigenador y otros tecnicismos.

Mi primera sorpresa, agradable por cierto, fue conocer la enorme paz, relajación y tranquilidad que da observar nadar a los peces. Eso fue algo impactante. Después de alimentarlos me pasaba la mañana sentado en el borde del estanque mirándolos.

La segunda sorpresa fue la comunicación que ellos establecían conmigo y la que fui interpretando de a poco, proporcionándoles lo que necesitaban para que estuvieran felices. Su bienestar contribuía al mío; además de sentirme acompañado, como nunca hubiera podido imaginar, por seres a los que toda la vida había asociado con algo frío, alejado de lo que yo consideraba “humano”.

Ellos retribuían mis atenciones acercándose a mí cuando me sentaba cerca y no sólo cuando los alimentaba; nadaban a mi alrededor, incluso algunos más osados saltaban por pequeños instantes fuera del agua como si quisieran acariciarme, o por lo menos así lo sentía yo.

Como comenzaron a reproducirse y en cada desove eran cientos de hijos, tuve que acondicionar otros espacios en el patio para ir albergándolos, pues se necesita separar a los padres de los bebés de inmediato, de otro modo se los comen. Esto no suena muy humano, ¿o sí?

Compré unos recipientes de plástico bastante grandes para ir poniendo las crías, que además eran de distintas especies, ya que tenía peces adultos diferentes, había japoneses, carpas koi, ángeles y algunos muy exóticos y extraños.

Pasado un año tenía todo el patio ocupado con esos recipientes y debía ver la manera de adaptar otros espacios, pues como es lógico los bebés crecían. A esa altura me había conseguido otro trabajo porque estaba tan encariñado con todos que ya no concebía la idea de criarlos para la venta.

Así fue como mandé a hacer un enorme estanque que ocupaba todo el patio, alrededor del cual sólo dejé medio metro como para poder pasar a cuidarlos y atenderlos. Poco a poco, a medida que los peces iban creciendo, los fui poniendo allí.

Pero algo me palpitaba adentro, algo muy fuerte, como una energía que me atraía y de la que no podía sustraerme, sé que sonará raro pero era como eso que se suele decir “el llamado de la sangre”; en ese momento no me daba cuenta, sólo me pareció divertido meterme al estanque y nadar acompañándolos. Eso fue realmente increíble, me sentí uno más entre ellos, algo que no me sucedía con las personas desde hacía muchos años.

Esa conducta se fue transformando en un hábito ¡qué digo hábito! Bueno, al principio puede ser, pero día a día pasó a ser una imperiosa necesidad, casi casi como si yo también necesitara vivir dentro del agua. Cuando llegó el invierno comencé a notar cambios en mi piel, no sólo no se arrugaba pese a pasar en el estanque todo el tiempo que estaba en mi casa, sino que tampoco me afectaba el frío. En aquel momento no había notado lo que, poco a poco, fui distinguiendo mejor como algo equiparable a escamas. Mis ojos se volvieron algo saltones, mi cabello se tornó un poco anaranjado, y algunos mechones se erizaban solitos flotando en el agua como las aletas de algunos peces. Cada vez la comunicación entre nosotros era más fluida.

Como no puedo prescindir de mi trabajo, ni de contactar con otros humanos para proveerme de lo que necesitamos, debo seguir disimulando, uso ropa que me cubra el cuerpo completamente, holgada para que no se noten mis aletas, pero aún no resuelvo los cambios en mi cara y en mi pelo y lo que es peor, la dificultad que tengo para respirar fuera del agua.

CuauhtémocC

Edith Vulijscher

Etiquetas: Edith, Fantástico, Drama, Psicológico

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4 comentarios en “Criador de peces”

  1. Viernes, 02 Julio 2021 05:37

    Buen cuento. Lograste ir creando, a medida que avanza la historia, la atmósfera adecuada hasta llegar al final que me dejó un sabor de irrealidad posible que me dejó la desazón de quién cuidará de todos ellos cuando él no pueda salir de compras.

    Me recordó un poco un cuento de Cortázar (Axólotl).

    Una observación técnica: falta una "a" en la parte donde dice: "Poco a poco, a medida que los peces iban creciendo, los fui poniendo allí.”

    Abrazo.

     

    1. Sábado, 03 Julio 2021 13:35

      Hola Fernando. muchas gracias por tu comentario y por tu observación que ya fue arreglada.  Tampoco yo sé cómo se van a arreglar para sobrevivir, jaja. Saludos,. Edith

  2. Lunes, 04 Enero 2021 22:10

    Interesante texto, me sorprendió mucho el final no lo vi venir.  

    1. Martes, 05 Enero 2021 01:25

      Hola Pablo, muchas gracias por tu comentario, me alegra que lo hayas encontrado interesante y más aún, que el final te haya sorprendido. Saludos Edith

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