Carta para Peterson

DramaCiencia Ficción
 
DOCTOR FREDERICK PETERSON:

Cuando empiece su investigación, cuando venga y se lleve muestras de mi cuerpo líquido para estudiarlo en secreto, hallará estas anotaciones cerca del charco que seré, todas manchadas de negro. Las leerá y entenderá lo que pasó en Marsh Island después de que aquel meteorito cayó en el Golfo de México y destruyó el oleoducto. Lo entenderá antes de que usted mismo, quizá, se disuelva por completo.

Disculpará si le aburro al recapitular algunos sucesos de sobra conocidos por usted y por mí, pero debe entender que es probable que no sea usted quien al final lea estas palabras y quizá esa persona tenga intenciones más nobles o, Dios no lo quiera, más desesperadas que las suyas.

Aún recuerdo las palabras que le dijo a Sara cuando regresó a México, luego de la exploración que realizó con sus colegas en Louisiana. «El crudo ha traspasado la barrera y empieza a extenderse, no hay más opción. La Gulf’s Oil Company está consciente de que tendrá pérdidas multimillonarias cuando soltemos a las oleófagas para detener la fuga».

Usted no tardó mucho en volver a Louisiana con todo el cargamento. Yo seguí con mis labores en el laboratorio de la Facultad: puse al corriente el inventario y los reactivos, revisé los instrumentos y documenté el progreso de los cultivos experimentales de las muestras que usted trajo de la zona de desastre.

Luego de salir del laboratorio, pasaba al súper, recogía a mis hijos en su escuela, hacía el amor con mi esposa, iba al cine.

Una noche recibí una llamada de Sara pidiéndome que partiera de inmediato a Louisiana para apoyarlos. Usted insistió en que necesitaba todas las manos posibles para contener la fuga; y Sara hizo esa voz que siempre me convencía.

Me presenté con usted y el resto del equipo de ingenieros, genetistas, astrobiólogos y epidemiólogos; aquel dream team universitario en la contención de desastres que parecía el reparto de una película de catástrofes. Mientras estudiábamos el comportamiento de las cepas de bacterias que usarían como último recurso en un entorno no controlado, le rezábamos a Malthus para que no se les ocurriera meterse al oleoducto a devorarse todo el yacimiento, porque la Gulf’s Oil, consciente de esa posibilidad, nos había hecho firmar un documento en el que consentíamos que se presentaran en la Facultad para embargarnos hasta el alma.

Durante mis tiempos libres, tomaba uno de esos románticos cepillos dentales que repartían los de Greenpeace y me ponía a limpiar pelícanos y gaviotas. Todo era negro: rocas, cangrejos, hasta esas focas errantes de Florida que habían salido en Animal Planet. Aquel era un trabajo negro, verdaderamente negro, a veces sin atisbos de progreso.

Por las noches aprovechaba el tiempo con Sara, cuando usted se iba a los laboratorios de la Louisiana State University y la dejaba sola. Salíamos al Bar Luau del hotel, o a escuchar música cajún y, ya con algunas copas encima, subíamos a mi alcoba y nos poníamos a calcar las películas porno de la televisión. Después ella se bañaba y regresaba a la suite en la que se alojaba con usted.

Luego de meses reporteros, voluntarios, Sara, científicos, asesores y ejecutivos, volvimos a México. La Gulf’s Oil Company había tardado casi cinco meses en reparar la fuga del oleoducto desde la caída del meteorito. Al parecer, la compañía se había mostrado flexible, incluso hizo llegar a la Facultad un cheque en dólares “con varios ceros”, como dicen ellos, “para su compatriota Peterson”, que lo utilizaría para continuar las investigaciones.

Pasé aquellos meses entre petróleo, acostumbrado totalmente a él, a su olor y textura, a traerlo pegado a la ropa y la piel. Diariamente me lavaba sobre todo las manos pues el aceite tardaba más en quitarse y de algún modo me había producido una reacción alérgica.

O eso creía. Cuando me bañé en mi casa, un día después de regresar, descubrí que aún tenía algo de líquido negro sobre las zonas enrojecidas. Al terminar de lavarme, vi cómo se iba por el desagüe; noté que mi mano derecha tenía carne expuesta y mucho tejido que empezaba a necrosar desde el dedo índice hasta la parte baja del pulgar.

Preferí no presentarme en el laboratorio hasta que aquella herida sanara. Cuando fui al médico, éste me dijo que seguramente me había contagiado de alguna infección cuando limpiaba a los animales en Marsh Island, pero él tampoco entendía por qué mi cuerpo supuraba aquella sustancia negra. Decidió hacerme unos cultivos para ver qué era.

Me llamaron de los laboratorios médicos dos días después para interrogarme: que dónde trabajaba y a qué me dedicaba. La bacteria que hallaron, al parecer, no correspondía con ninguna conocida, poseía una velocidad de propagación inusual y resistencia a todos los antibióticos. Cuando mencioné mi trabajo como asistente de laboratorio en la universidad se preocuparon más.

No volví al trabajo. Permanecí encerrado en casa y, mientras vi extenderse la gangrena hacia el antebrazo, estuve pendiente de las noticias acerca del desastre, esperando hallar alguna clave que me ayudara a entender qué demonios me había contagiado.

Un atisbo de respuesta vino pocos días después. Un periódico de circulación local publicó una nota desconcertante.

Ciudad de México. (El Necronomista press).- Activistas ecológicos presentan extrañas heridas después de las labores de limpieza en las playas de Louisiana. “Al principio pensamos que los pelícanos y las focas tenían mucho aceite pegado, pero mientras más tallábamos, sin éxito, nos convencimos de que no era una mancha de petróleo sino una verdadera herida que supuraba sustancias negras”, declaró uno de los voluntarios, preocupado porque animales y personas empezaron a mostrar aquellas heridas originadas por una exposición prolongada al crudo que, durante meses, contaminó la región y extinguió al menos 400 especies acuáticas animales y vegetales (sigue en la pág. 8)…

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Poco tiempo después llamó Sara encabronadísima. No le importó que le contestara mi esposa; le dijo a gritos que sus manos y sus genitales secretaban aceite negro. Asumí que los de usted también.
Cuando Sara colgó, mi esposa sospechó de aquella vehemencia, vino conmigo y monologó mucho tiempo; después, sin darme ninguna explicación, se llevó a los niños y ya no volví a saber nada de ella. Unos días antes se había quejado de una comezón similar.

 

Luego de otro mes, la mitad de mis dedos índice y medio se han diluido y este aceite negro continúa manando de la herida que ya llegó hasta mi pecho.

Odilon Redon the man 1916Con tanto tiempo a solas y la desesperación carcomiendo mis nervios, hice un repaso de todo lo ocurrido, lo que me había llevado a donde estaba.

Mis recuerdos me arrojaron más allá de las mañanas limpiando animales con cepillos de dientes, hasta la plática que sostuve con usted la primera vez que volvió de Louisiana, apenas una semana después del desastre. Usted habló de una idea que se le había ocurrido en sus breves días en la plataforma petrolera. Fue después de esa visita que la Gulf’s Oil Company empezó a patrocinarlo.

«Hemos trabajado con oleófagas durante bastante tiempo», me dijo, «en ese lapso las empresas sólo han podido pensar en esta investigación en términos de las pérdidas para ellas, no de beneficios. Imagina por un instante un panorama opuesto.»

Su flexibilidad ética no me sorprendió. A mí me parecía que los únicos que querrían más petróleo serían justamente aquellos caníbales. El resto de la humanidad ya sólo esperaba que se acabara pronto para empezar a utilizar otro tipo de energías.

Usted continuó: «Dime a quién no le gustaría obtener más. Imagina si encontráramos una bacteria que, en vez de desintegrar el combustible fósil en elementos inocuos, tuviera como producto de desecho justamente una sustancia similar al petróleo. Millones de años de plancton descompuesto en el fondo de los océanos reducido a unos cuantos meses. Imagina lo que eso representaría en términos económicos, un recurso no renovable que se volvería renovable y más barato. Aprovechar toda la materia orgánica de los rellenos sanitarios y el gas natural que producen los biodigestores. Un pequeño cultivo y las bacterias se encargarían del resto.»

«Pero la huella de carbono, doctor, y el efecto invernadero.»

«Esas son pendejadas, Hans.»

Me aterra pensar que usted empezara aquel experimento en secreto, a espaldas de la Facultad. Me aterra porque usted mantenía correspondencia con sus colegas de Louisiana sobre el análisis de las muestras del meteorito, y recordé al grupo de investigadores con quienes trabajó durante todo el tiempo que duró la crisis; siempre tan alegres, siempre con esa mirada tan parecida a la avaricia que suele confundirse con el frenesí científico.

Tal vez, si en verdad desarrolló el proyecto, el resultado fue más efectivo de lo que usted pensó. Tal vez creyó que aquellos cultivos de bacterias que usted obtuvo de quién sabe dónde no se adaptarían para reproducirse en organismos vivos, pero sólo así tendría sentido la forma en que mi cuerpo y el de cientos de activistas y animales se diluye.

A veces me pasa por la mente la idea de adelantar el proceso, pegarme un tiro y dejar que las bacterias trabajen aprisa, sin mi sistema inmunológico deteniéndolas. Pero aún no me atrevo.

Quizá no tenga que ser así. Quizá, como dijeron los activistas, la exposición prolongada provocó esta infección y será cuestión de tiempo antes de que usted desarrolle una cura. Tal vez esta herida negra cierre pronto y yo esté mejor. Y cuando eso pase volveré al cine y al súper y al laboratorio; y Sara querrá estar conmigo otra vez.

Quizá. Pero es una simple idea y, mientras me desintegro, el valor de mi cuerpo se triplica, junto con el resto de las especies del Golfo de México. Sólo espero que alguien, la Gulf’s Oil, por ejemplo, o usted, estén allí en ese momento para meter mis restos en un barril.

 

Rafael Tiburcio GarcíaRafael Tiburcio García
Villahermosa, Tabasco – México
AutorInvitadoEscritor , locutor, docente y melómano. Reside en Pachuca. Maestro de Estudios Humanísticos en Literatura por el ITESM. Ha colaborado en La Revista de la Universidad de México, Marvin, Círculo de Poesía, Vozed, Página Salmón, Semillas de Sauce y Melómano.
Editor de la revista de ciencia ficción Espejo Humeante. Productor y conductor de los podcasts Espejo Humeante e Indisciplina.
Autor de “Cuentos de bajo presupuesto(Cecultah, 2014) y de la novela “Rabia | Ikari(Conaculta, 2015). Su obra ha sido reconocida con una mención en el Premio Bellas Artes de Narrativa Colima para Obra Publicada 2016, el Premio de Cuento Ricardo Garibay 2014, el primer lugar en el Concurso Nacional de Literatura ISSSTE 2018 y una mención honorífica en el Primer Premio de Libro de Cuento Imaginación y Futuro 2021 de MexiCona. Gestiona sus redes como @juancorvus.
 

Etiquetas: Drama, Ciencia Ficción

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